Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 5
Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina, porque de todo hace uno mérito para con los grandes.
Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera hacer.»
CAPITULO XI
De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a Catalina.
En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No podíais venir más a tiempo!--me dijo este señor--. He hablado al príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos. Supuesto que le has de acompañar conmigo--prosiguió--, hállate esta noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media noche cerca de Palacio.»
Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la señora Mencía. «Perdone usted, señora--le dije--, si vengo de día a su casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted--añadí entregándole el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a usted las gracias--me respondió--. Pero dígame, señor de Santillana, si al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!--le contesté--. Ninguna cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado con destreza.» «¡Mucho mejor!--exclamó ella enajenada de alegría--. Lo que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con perfección.» «¡Vive diez--exclamé--, esas son muchas habilidades, tía mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de esas gracias le basta.»
Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar. Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres, que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.
Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa, seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina.
«Y bien, príncipe mío--le dijo el conde--, ¿podíamos haber proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más bonitas?» «Ambas me embelesan--respondió el príncipe--. No pienso sacar libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de la tía.»
Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado, tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento. Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una aventurera como si le hubiesen casado con una princesa.
La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente: «Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra alteza desea.» «No es difícil satisfacerle--dijo entonces el duque a su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!--le respondí--. Veo que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.» Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello. «¡Ninguno!--replicó el tío riéndose--. Es que un día Santillana quiso trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor ni en provecho suyo.»
Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones del dinero del duque para irlas a pagar.
Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me retiré con intento de tener una conferencia con Escipión.
CAPITULO XII
Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.
Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos. Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa. Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.
El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es esa?--le dije--. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son poetas?» «¡Perdone usted!--me respondió--. Sería lástima dar a beber vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta. A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros, y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto--le respondí--, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.»
No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha enamorado de ella.» «Señor--me respondió Escipión--, usted se porta demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina--prosiguió--es hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses, después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor: han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique, pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y cuando de nieta, Sirena.»
Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa sea la querida de Calderón!» «Cabalito--respondió--, la misma es. Yo quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no lo creas--repliqué--; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés tú las consecuencias?» «No, a fe mía--replicó Escipión--. ¿Qué mal puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro, contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.»
Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello. Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque.
Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.
CAPITULO XIII
Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.
Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: «Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.
Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_, _Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.
Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»
«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país, llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»
Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes. No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»
En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia, me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--. ¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta.
No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.
La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él, no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.»
«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo, amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor. Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada? No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»
Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables. ¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se entrega a criados!
LIBRO NOVENO
CAPITULO PRIMERO
Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.