Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 4

Chapter 44,141 wordsPublic domain

Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--. ¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis pensar--continuó--el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios. Sirvaos esto de gobierno.»

Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero. Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos, canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos, lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del pueblo recontando su dinero.

Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura _compañeras inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba extremadamente.

Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes. Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte--porque tal amo tal criado--también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía tener clavada la rueda de la fortuna.

Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar, señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí--le dije--, amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible--exclamó con viveza--que te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda--añadió--que seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto los mayordomos de las casas grandes.»

Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una palabra, no sería confidente del duque de Lerma.»

Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la confianza del primer ministro!» «La divido--le respondí--con don Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es verdad, señor de Santillana--replicó--, que me causáis admiración. ¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo, poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado. Finalmente, señor--prosiguió--, me alegro mucho de la prosperidad de vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!--interrumpí yo--. ¡Señor Núñez, nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos siempre con familiaridad!» «Tienes razón--repitió--. Aunque te hayas enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he mirado siempre. Pero--añadió--te confieso mi flaqueza: al oír tu fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en ti más que a mi amigo Gil Blas.»

Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas que llegaron. «Señores--les dije mostrándoles a Núñez--, ustedes cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que, tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.

Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi gabinete. «Perdóname, amigo mío--me dijo--, si he ofendido a tus covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré--le dije--mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con razón!--me respondió--. Yo te prometo talentos superiores y de los más entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.»

Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió, acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro, haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--decía él--merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto con profusión.

En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro, vituperando la elección que una academia de literatos acababa de hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido; los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica.

Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien--le dije--, amigo, ¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas. ¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso--me respondió--presentarte otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.»

CAPITULO X

Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este señor y él se metieron.

Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión a José Navarro.

Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde. Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de usted.»

Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien, con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»

José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento. Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me hallaba en la corte.

Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred, investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay tantas gentes que se ocupan en él.

Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta, y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»

Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes, que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el Júpiter enviando una lluvia de doblones.»

Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos, no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía, que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían imperceptibles sus defectos.

Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene, pues a otro no la conseguiréis.»

Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora, vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante: la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--, hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa de usted he hallado lo que buscaba.»

Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad, en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el nombre de su madre con el suyo.»

Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente.

Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina. Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad.

El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones para finalizarla.