Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 26
Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca. Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas; tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión, montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban, por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de la silla.
Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que iba a tomar posesión de un virreinato.
CAPITULO XIII
Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una señorita.
Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.
Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?--exclamó mi ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras--. ¿No bien me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija mía--le respondí--, no pretendemos separarte de nosotros dándote marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.»
«Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco adelantaría usted--le respondí--aunque yo se lo concediera. Serafina depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto, señores--prosiguió ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.»
«Pero, en suma--dijo Escipión--, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso, no!--respondió Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos, sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se llama?» «Don Juan de Antella--respondió la mujer de Escipión--. Ha poco tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana suya.» «Oí en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio menos--exclamó Escipión--la hidalguía que las buenas prendas, y ese don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversación--, y los vecinos de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija.
Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales, y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan, sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no podía ofrecer mejor colocación a Serafina.
Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles, cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del edificio.
Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir. Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin embargo, el conjunto me embelesaba.
En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?--me dijo Escipión mirándome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo--le respondí--, y estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre, a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda resistir?» «Señor--me replicó el hijo de la Coscolina--, parecíame a mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella. Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted: la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más ilustres.»
CAPITULO XIV
De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana.
Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso, no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano, el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada, no estaba sin zozobra.
Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa de vestirme. «Señor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho, y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo--me dijo--que no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi vida!» «Señor don Juan--le respondí--, ya que usted ha ido derechamente al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada, implore los de usted para con su hermana.»
A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro, del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor--exclamó prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro corazón!» «Me ha encantado--le dije--, y me tendré por el hombre más dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso debe usted estar seguro--me replicó--, pues, aunque somos nobles, no desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro--repuse yo--que no tenga usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón, entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la mayor satisfacción. «Está muy buena--me dijo al devolvérmela--. Dorotea es de usted.» «Y usted--exclamé yo--cuente con Serafina.»
Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión, Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar, correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.
Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto--le dije--va a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va que no puede ir mejor--me respondió--. No he necesitado emplear la autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!--exclamó fuera de mí de alegría--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.»
Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas. Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina; y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme, y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo, fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con nuestras novias.
Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte, advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia.
Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad.
FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO
INDICE DEL TOMO III
LIBRO OCTAVO
Páginas.
CAPÍTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna. 5
CAPÍTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él. 12
CAPÍTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió obligado a guardar. 18
CAPÍTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un secreto de importancia. 23
CAPÍTULO V.--En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria. 26
CAPÍTULO VI.--Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro. 31
CAPÍTULO VII.--De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él. 38
CAPÍTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada. 41
CAPÍTULO IX.--Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia. 52
CAPÍTULO X.--Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este señor y él se metieron. 62
CAPÍTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a Catalina. 71
CAPÍTULO XII.--Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. 77
CAPÍTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio. 81
LIBRO NOVENO
CAPÍTULO I.--Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin. 87
CAPÍTULO II.--Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo. 92
CAPÍTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los inutilizó. 96
CAPÍTULO IV.--De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo supo la causa de su prisión. 98
CAPÍTULO V.--De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó. 104
CAPÍTULO VI.--Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo. 108
CAPÍTULO VII.--Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas noticias. 130
CAPÍTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo. 134
CAPÍTULO IX.--Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido de la torre de Segovia y conversación que tuvieron. 140
CAPÍTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este encuentro. 144
LIBRO DECIMO
CAPÍTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital. 151
CAPÍTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias. 162
CAPÍTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué recibido en ella y qué gentes encontró allí. 172
CAPÍTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo doña Serafina. 179
CAPÍTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia. 185
CAPÍTULO VI.--Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso. 190
CAPÍTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia. 198
CAPÍTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. 203
CAPÍTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró. 210
CAPÍTULO X.--Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión. 217
CAPÍTULO XI.--Prosigue la historia de Escipión. 248
CAPÍTULO XII.--Fin de la historia de Escipión. 263
LIBRO UNDECIMO
CAPÍTULO I.--De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana volviese a ella. 287
CAPÍTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos de esta recomendación. 293
CAPÍTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José Navarro. 299
CAPÍTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares. 302
CAPÍTULO V.--Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares. 305
CAPÍTULO VI.--En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse. 312
CAPÍTULO VII.--Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación que tuvieron. 317
CAPÍTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a Santillana de su viaje. 322
CAPÍTULO IX.--Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única y los sinsabores que produjo este matrimonio. 326
CAPÍTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que le produjo esta desgracia. 330
CAPÍTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca para Nueva España. 335
CAPÍTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. 338
CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo Santillana a Tordesillas. 343
CAPÍTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí. 352
LIBRO DUODECIMO