Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 25

Chapter 254,029 wordsPublic domain

Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura, considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--; el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.

Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez, le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí; pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza, o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el honor de las armas españolas.

CAPITULO IX

De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.

Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar, estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una dominación que aborrecían.

Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes, especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su primer ministro.

Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro; pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.

Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días. «Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros, sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.» Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería.

Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos en él, y poco después llegó el resto de la familia.

CAPITULO X

Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en su retiro.

La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina, que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse que era el primero de la monarquía.

La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del conde-duque. «Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.» «Señora--le respondió mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua duración de su autoridad?»

De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente después de su matrimonio con doña Juana.

Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro, quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a quien siempre había aborrecido.

Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud, cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los sinsabores de su vida.

Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí.

Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado--me respondió--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»

CAPITULO XI

El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo.

Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.» «Señor--le respondí en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto, después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación.

Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor. Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía. Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto, donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse, cada día se iba aumentando.

Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor--le dije con aire mezclado de respeto y de cariño--, ¿será permitido a Gil Blas atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes--me respondió--, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho--repliqué--de aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia? ¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había libertado?» «No; gracias al Cielo--respondió el ministro--, ya no me atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me tributaron.» «Pues, señor--le repliqué--, si vuestra excelencia ha podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia? Mi querido amo--prorrumpí, arrojándome a sus pies--, vuestra excelencia tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su antigua confianza?» «La posees todavía--me dijo su excelencia--, pero confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante confesión. Sí--continuó--, me domina una negra melancolía, que poco a poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa. Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión, un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que te confiese--añadió--; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a todos el verdadero motivo de mi melancolía.»

Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor--dije al ministro--, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo pensé yo al principio--me respondió--, y para experimentar si debía atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá--le repliqué para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados, me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.»

Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo, y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le libraron de su visión.

La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el conde-duque.

CAPITULO XII

Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.

Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales, y fundó aniversarios en muchos conventos.

La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré--le respondí--, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!--exclamó el religioso--. Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos! Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana, a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.»

En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y atractivos de la Naturaleza.»

Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión. «Amigo mío--le dije--, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido. Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino, lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid, cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.

Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis, que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una palabra, dejé arreglados todos mis asuntos.

El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había despedido de don Enrique. «Sí, señor--me respondió--, y ambos nos hemos separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de que--añadió--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un amo desacreditado.»