Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 2
Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más. Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este secretario.
Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario--me decía yo en este tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el ajo antes que usted se lo haga morder a otros!»
Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo, que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza; pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera servirme.
Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos personas que contrastaban singularmente.
Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores) abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en aprovecharme de los momentos de conversación con el duque.
CAPITULO IV
Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un secreto de importancia.
Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él--respondió el duque--. Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar muy bien con él.
«Para principiar--prosiguió el duque--a ponerte en posesión de mi confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el conde de Lemos, mi sobrino.»
Habiendo advertido el ministro que este último punto me había sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto te manifiesto--continuó--lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España. Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi proyecto--añadió--, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo que tenga que participarme.»
Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi inquietud. «¡En fin--decía yo--, heme aquí colocado en una situación que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.
CAPITULO V
En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.
Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano consumado.
También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la corte que con menos fundamento se tienen por tales.
Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.
Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía, y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--, noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su sentir acerca de ello.»
Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones, de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde, diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia. ¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe! «¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como otro. Solamente se diferencian en el provecho.
Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle. Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.
Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días después.
CAPITULO VI
Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.
Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva, de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su excelencia no le disgustaban.
Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves--dijo el duque--parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su pendencia.» «Señor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté en estos términos:
«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía, manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir, a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque, viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su lengua.» «Señor--le respondió el cachemiriano--, vuestros deseos se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, señor--respondió Zangir--, que un dervís cabalista me enseñó el idioma de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré palabra por palabra lo que les haya oído.»
»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!--exclamó el ministro persiano--. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos--replicó el secretario--ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas, viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a poco!--interrumpió el otro cuervo--. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a la miseria.»
Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma, quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del atrevimiento de su secretario. «No, señor--le respondí, algo turbado de su pregunta--; la fábula dice, al contrario, que le colmó de beneficios.» «Fué fortuna--replicó el duque con seriedad--, porque hay ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones. Pero--añadió, cortando la conversación y levantándose--creo que el rey no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana.
Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado. Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted, señor de Santillana?--dijeron al verme--. ¡Usted está muy demudado! ¡A usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»
Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado--me dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al revés.» «Esa es mucha verdad--dijo el otro--. ¡Quiera Dios que sea usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa, que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es--le dijo el ministro--que se os pague. Tomad--prosiguió, dándole una libranza de mil ducados--, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios. El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.»
Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!--decía--. ¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre, para echarle a él toda la culpa!»
Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró, contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo me permitieron suspirar y lamentarme.
El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado. «Santillana--me dijo alargándome un papel que tenía en la mano--, toma esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies, le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a entender a vuestra excelencia mi miseria!»
El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil Blas--me respondió--, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal, amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.»