Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 1
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Le Sage
HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
TOMO III y ÚLTIMO
MCMXXII
Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
LE SAGE
Historia de Gil Blas de Santillana
NOVELA
TOMO III y ÚLTIMO
Traducción del P. Isla
[Ilustración]
MADRID, 1922
Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID
GIL BLAS DE SANTILLANA
LIBRO OCTAVO
CAPITULO PRIMERO
Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna.
Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el duque de Medinasidonia.
Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse. Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando, mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!--añadió, estrechándome lleno de gozo--. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted. Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa. Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.»
Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.»
La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues, y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él y el mayordomo estaban muy bien avenidos.
Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre, me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma, primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de comer, iremos a su casa.»
Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo del administrador que había sido despedido, el cual consistía en visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre.
Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas, que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en la corte. Esta historia es la siguiente:
En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le hacían excitar pasiones hasta en su vejez.
Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde, enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.» «Pues bien--replicó ella--, una vez que con tanta porfía queréis continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi vista.»
Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó, suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora, rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»
Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula para huir de mis deseos!» «¡No, no!--interrumpió ella--. Te revelo un secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre, no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»
Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no haberle podido cometer.
El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había hecho, me eligió para substituir a este joven.
CAPITULO II
Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él.
Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo, que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que subiréis mucho en poco tiempo.»
Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije: «Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues, decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado--me respondió el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues--prosiguió--, que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano. Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público, frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública. Por lo que acabo de decir conoceréis--añadió don Diego--cómo debéis portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así--repuso Monteser--, voy a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.»
Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio. Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos, que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que respondía muy cortésmente a los que le hablaban.
Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes. Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana, a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla. «Señor de Santillana--me dijo sonriéndose al fin de mi narración--, a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor--le respondí sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco--replicó--. Veo, hijo mío, que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo Santillana--continuó el ministro--, no te acuerdes más de lo pasado; piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de registro en folio muy gruesos. «Aquí--me dijo--has de trabajar. Todos estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española. Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno, veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero emplearte en él.»
En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y, por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas. Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--, te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey.
Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido, sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las ordinarias no convenía a mi persona. _¡Piensa que ahora sirves al rey!_ Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por momentos en mi ánimo.
CAPITULO III
Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió obligado a guardar.
Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona.
A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España.
Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en las Universidades.
En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha que servimos--decía uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» «Por lo que hace a mí--decía el otro--, quisiera haber recibido veinte zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el castillo de Alicante!»
«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna, vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que, por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar. Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.