Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Part 7

Chapter 74,194 wordsPublic domain

Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme mucho. «¡Ah, malvada!--decía yo con enfado--. ¡Ah, traidora Eufrasia! ¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada. Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad. Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.

Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo: «Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla, tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos, por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella. Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas. Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues qué, señor--interrumpí yo con sentimiento--, dudáis de mi sinceridad, desconfiáis de...?» «No, hijo mío--repuso él--. Te hago justicia; no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación. Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi pobre Gil Blas--continuó--, y te aseguro que no he consentido en ello sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa; fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya casa lo pasarás perfectamente.»

Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva casa.

CAPITULO VIII

Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la visitaban.

Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella, alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su casa la llamaban por excelencia el _tribunal de las obras ingeniosas_.

Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria, una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba con la decisión del _tribunal_; antes bien, censuraba sin reparo las obras que habían sido en él muy aplaudidas.

La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes, disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente. Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela, y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo, volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de haberle visto en alguna parte.»

Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande, a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro. Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.» «Este segundo carácter--le respondí yo--es un carácter muy amable; pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice usted _muy mal en el bello sexo_?--replicó Molina prontamente--. Es tan fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará mucho.»

Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave, cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este es--me dijo--uno de aquellos entes serios que quieren pasar por hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de formarse una buena renta.»

Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en la escalera. «¡Bravo!--exclamó el maestro de pajes--. ¡Aquí tenemos al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea! Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró su visita. «Este licenciado--dije a Molina--parece hombre de ingenio.» «Sí lo es--me respondió--. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una colección de sus agudezas y sus gracias.»

Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la marquesa, que fué de mi gusto. «Esta--me dijo--tiene un talento regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación, y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi sospecha fué el siguiente.

Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo de parte de quién, «¡De la mía!--me respondió arrogante--. Diga usted a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho, se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo contenta que quedaba de él.

En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo: «Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora. Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo le servía de tercero.

Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él. Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien--para hablar con más exactitud--era un bribón que subsistía a expensas de las personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas señoras de distinción.

CAPITULO IX

Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y cuál fué su paradero.

Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar.

Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible, y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido, y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así, tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que tengo--me decía--, gastándolo con discreción, tendré para correr gran parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir, pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.»

Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos. Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo, les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de prender. «El caballero--decía uno de ellos--no tiene mas que veintitrés años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un caballo castaño.»

Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive diez--dije para mí--, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un buen servicio. Señor--le dije--, permítame usted que le pregunte si le ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme, fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta. «Generoso desconocido--me respondió--, no puedo ocultaros que tengo motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería de parecer--repuse entonces--que buscásemos por aquí un sitio retirado, donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo al pie de una montaña, donde encontramos una ermita.

Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío, ¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos--respondió el anacoreta después de haberme mirado con atención--; mi pobre gruta está a vuestra disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis. El caballo--añadió--le podéis meter en aquel corral--señalándolo con la mano--, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre el venerable viejo.

Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared, y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo, hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la noche. «La incomodidad será para vosotros--respondió cortesanamente el anacoreta--; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo ofreceros la de un pobre ermitaño.»

En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua. «Esta--dijo--es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas, que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello que servía de alimento a nuestros primeros padres.»

Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo: «Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío--respondió el caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro--, es muy cierto que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo--replicó el ermitaño--, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló de esta manera.

CAPITULO X

Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.