Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Part 6

Chapter 64,188 wordsPublic domain

En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.» «¡Ah libertinillo!--exclamó doña Jimena--. ¡Sin duda estará de jarana!» «No, señora--repliqué yo prontamente--; está en realidad con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito sus disculpas!--repuso mi ama chanceándose--. Sabiendo que he estado indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!» «¡Ah, señora--dijo entonces don Luis--, no toméis tan cruel resolución! Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»

Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto, se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme, amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien, ¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de parecer?--respondió Pacheco--. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo, y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a entendimiento--continuó--, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de mérito extremado!»

Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» «¡No necesito volverla a ver--interrumpió don Luis--para estar ya ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto peor para vos--replicó el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no vaya por el camino real.» «_¿Por el camino real?_--repitió don Luis--. ¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» «¡Oh don Luis!--repuso don Félix--. Supuesto que pensáis de ese modo, desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi prima.»

Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No obstante--prosiguió Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix si su prima se había levantado. «No--respondió la dueña--; todavía está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las señales de un amor verdadero.

Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está escribiendo en mi gabinete--respondió doña Jimena--y presto saldrá.» Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, ¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, caballero--prosiguió volviendo a su natural seriedad--; acabad de conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma persona.»

No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! ¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? ¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un sinnúmero de diversiones.

CAPITULO VII

Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.

Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien con él.»

Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel momento me recibió en su servidumbre.

Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era. Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática, acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»

«¡Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. ¿Y cómo podrán los mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo--prosiguió él--irás conmigo a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro; no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en amor. Sin embargo, fingí--por complacerle únicamente--que le creía; y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza. Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.

Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara; y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo Pacheco--dijo luego que entró--, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido, conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»

Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo, mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso--dije yo entonces para mí sonriéndome--, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme tamaño!»

Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche. Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor. Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad, por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios, conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos. Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas que las visitan.

No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia. Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno, vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta. Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?--me dijo llena de alegría,--. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia, como yo de la de Constanza?» «Así es--respondí yo--; mucho tiempo ha que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción, porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy bien--me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco más o menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro--repuse yo--que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te engañas en eso--respondió Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida, como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi amo--repliqué yo--es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!--repuso Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti, de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero, en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad, cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a fidelidad, soy una tortolilla.»

Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.

«Escucha, Gil Blas--me dijo doña Eufrasia--: en ti consiste hacer tu fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo; su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico, basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora--le respondí--, disponga usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se dará por bien servida.» «Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y sobrinos.»

Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada, confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que, en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví, pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción buena que por las malas que yo pudiera hacer.

Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios; artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise, siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres generaciones.

No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia; muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna, que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don Gonzalo una mujer joven y hermosa.

Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más proporcionado a sus años.