Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 24
Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia--dice un Papa--, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión.
Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay mi amada maleta--exclamé--, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas--me dijo entonces la vieja--; crea usted que nada le han robado! He guardado su maleta lo mismo que mi honra.»
Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera, no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es esto, buena mujer?--dije a mi asistenta--. Mi caudal se ha disminuído mucho.» «Nadie ha llegado a él--respondió la vieja--, y he gastado lo menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho; es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted--añadió la buena económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles--, vea usted una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he malgastado un ochavo.»
Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas, etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?--le interrumpí con precipitación--. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi ropa?» «El fué realmente--me respondió--; por más señas, que al dármela me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta maleta hay con qué hacerle las honras.»
«¡Ah maldito napolitano!--exclamé entonces--. ¡Ya no necesito saber en dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y despedirla de allí a tres días.
Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así, cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la desazoncilla que le causé el día de la lavativa.
El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro en que me había visto, atribuyendo este beneficio--decía él--a dos copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado y que ni aun le quedaba el húmedo radical.
Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata prosperidad.
FIN DEL TOMO SEGUNDO
ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO
_Páginas._
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO I.--No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia. 5
CAPÍTULO II.--Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo. 13
CAPÍTULO III.--De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora. 18
CAPÍTULO IV.--El casamiento por venganza. (Novela). 26
CAPÍTULO V.--De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca. 64
CAPÍTULO VI.--De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco. 78
CAPÍTULO VII.--Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco. 89
CAPÍTULO VIII.--Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la visitaban. 104
CAPÍTULO IX.--Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y cuál fué su paradero. 110
CAPÍTULO X.--Historia de don Alfonso y de la bella Serafina. 117
CAPÍTULO XI.--Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba entre amigos. 136
LIBRO QUINTO
CAPÍTULO I.--Historia de don Rafael. 143
CAPÍTULO II.--De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del bosque. 235
LIBRO SEXTO
CAPÍTULO I.--De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó. 241
CAPÍTULO II.--De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta aventura. 249
CAPÍTULO III.--Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso. 254
LIBRO SÉPTIMO
CAPÍTULO I.--De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora. 259
CAPÍTULO II.--De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores. 268
CAPÍTULO III.--Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto de sus gracias. 276
CAPÍTULO IV.--Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que salió de él. 283
CAPÍTULO V.--Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su agradecimiento. 288
CAPÍTULO VI.--Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con ella. 292
CAPÍTULO VII.--Historia de Laura. 300
CAPÍTULO VIII.--Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el vestuario. 317
CAPÍTULO IX.--Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos. 321
CAPÍTULO X.--De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario. 325
CAPÍTULO XI.--De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él. 329
CAPÍTULO XII.--Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este oficial y qué negocio le había llevado a Madrid. 334
CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que tuvieron. 343
CAPÍTULO XIV.--Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia. 356
CAPÍTULO XV.--De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas. 360
CAPÍTULO XVI.--Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad. 368
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EDITADAS POR CALPE
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