Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 23
Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia.
El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa. «¡Buenos días--le dije al entrar--, señor don Fabricio, flor y nata de la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado--me dijo--que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío--le respondí--, y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación, te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente--respondió--; pero en verdad que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas gentes--¡y Dios sabe qué clase de gentes!--que hacen les llamen don Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero mudemos de conversación--añadió--. Anoche, durante la cena en casa del duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios, y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador. Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia. En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que te pronosticaron en Granada.»
«Había resuelto--dije a Núñez--pasearme y divertirme algún tiempo antes de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto estarás--me dijo--, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo, quien estaba entonces en una hacienda de campo.
Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas, y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados. Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede dar hermosura.
Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.
Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear con un gran mono, al que llamaba _Cupido_. Ignoro por qué pusieron el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío, ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor--exclamó Núñez--. Soy más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer reconvenciones.»
Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia, y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad. Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.» Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y _Cupido_.
El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró. «En cuanto a vuestra habitación--me dijo el mesinés--, os he destinado una que os gustará. Ahora bien--prosiguió--: ¿os habéis desayunado?» Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!--me dijo--. ¿Por qué no habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en donde, a Dios gracias, nada falta.»
Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón, lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.
CAPITULO XV
De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.
Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! ¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!
Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: «Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo. Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no siempre se consigue el fin.»
En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al lado. «Acércate, Gil Blas--me dijo--; toma una silla y escúchame.» Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto, cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes. Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti, Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte muy ventajosamente en Sicilia.»
Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.
No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa; que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito. Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree--añadió el marmitón--, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso--le dije--, ¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy--respondió--el que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del mayordomo.»
Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada. No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.
El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó. Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.
El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez. Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y, sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su ostentación.
No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso. Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él. Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir, y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte, recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las casas principales.
El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.
Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que a aprobarla. «¡Quiera Dios--me dijo un día--que al cabo y al postre sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos, creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el repostero.» «Pues qué--le respondí--, ¿este ladrón ha de tener la osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?» «¿Y por qué no?--replicó serenamente--. Que te dé la mitad del aumento y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo--continuó, meneando la cabeza--, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso, atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi amo por lo menos tres mil ducados.
CAPITULO XVI
Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad.
El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser muy serio para los criados, y sobre todo para mí. _Cupido_, aquel mono de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas. Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido, repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta su perfecta curación.
Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en todo el día de su _Cupido_? Estaba presente cuando le curaban y de noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.
Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su _Cupido_ que caí enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara, porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.
Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga, diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me asistían.
El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación, se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra, y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su cara que en las drogas que había recetado.
Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano, se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza, apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar su vestido.
A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré, enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme una palabra.
Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje, contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras: rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero, usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto a Sicilia.»
Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor, desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa, tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria.