Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 19
Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme, ¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese: «¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!»
CAPITULO VI
Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con ella.
Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí. Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido a las homilías.
Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos. Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público.
En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera hecho justicia.
Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues ¿de qué tierra viene usted?--me dijo--. Sin duda usted acaba de llegar, cuando no conoce a la hermosa Estela.»
La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella--porque el público jamás ignora las de los cómicos--me informé del mismo sujeto si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba, y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme, por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena ligera--pues en mi posada no se hacían de otra clase--me retiré a mi cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente.
Dormí poco y me levanté al amanecer; mas pareciéndome que la dama de un gran señor no se dejaría ver tan de mañana, antes de ir a su casa gasté tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y perfumarme, porque quería presentarme a ella en tal aparato que no se avergonzase de verme. Salí a cosa de las diez, pregunté en la casa de comedias dónde vivía y pasé a la suya. Vivía en un cuarto principal de una casa grande. Abrióme la puerta una criada, a quien le dije pasase recado de que un joven deseaba hablar a la señora Estela. Entró con él e inmediatamente oí que su ama gritó: «¿Quién es ese joven? ¿Qué me quiere? ¡Que entre!»
Discurrí haber llegado en mala ocasión, pues estaría su portugués con ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que recibía recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba allí el marqués de Marialba, que pasaba con ella casi todas las mañanas. Por tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original, viéndome entrar, se arrojó a mí con los brazos abiertos, exclamando como fuera de sí: «¡Ay hermano mío! ¿Eres tú?» Diciendo esto, me abrazó muchas veces, y volviéndose después hacia el portugués, le dijo: «Señor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la sangre. Después de tres años de ausencia, no puedo volver a ver a un hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Díme, pues, mi amado Gil Blas--continuó, dirigiéndose a mí--, díme algo de nuestra familia. ¿Cómo ha quedado?»
Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetré la intención de Laura, y, apoyando su artificio, le respondí con un tono propio de la escena que ambos íbamos a representar: «Nuestros padres están buenos, gracias a Dios, querida hermana.» «Tú te maravillarás de verme cómica en Granada--interrumpió--; pero no me condenes sin oírme. Bien sabes que hace tres años mi padre creyó establecerme ventajosamente casándome con el capitán don Antonio Coello, quien me llevó desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis meses de estar en ella le sucedió un lance de honor, ocasionado de su genio violento, y mató a un caballero que me había mostrado alguna atención. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento. Mi marido, que ninguno tenía, se salvó huyendo a Cataluña, con todo cuanto encontró en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcóse en Barcelona, pasó a Italia, se alistó bajo las banderas de los venecianos y al fin perdió la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos. En este tiempo fué confiscada una posesión que era el único bien que poseíamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escasísimas. ¿Y qué partido podía tomar en situación tan crítica? Una viuda joven y de honor se halla en mucho compromiso; yo carecía de medios para restituirme a Asturias. ¿Y qué haría allí? El solo consuelo que hubiera recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia. Por otra parte, yo había recibido muy buena educación para resolverme a abrazar una vida licenciosa. ¿Pues qué arbitrio me quedaba? El de hacerme cómica para conservar mi reputación.»
Al oír a Laura finalizar así su novela, fué tal el impulso de risa que me dió que apenas pude reprimirme; pero al fin lo conseguí y le dije con mucha gravedad: «Hermana mía, apruebo tu proceder y me alegro mucho de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.»
El marqués de Marialba, que no había perdido una palabra de nuestra conversación, tomó al pie de la letra todos los enredos que le dió la gana de ensartar a la viuda de don Antonio. También se mezcló en la conversación, preguntándome si tenía algún empleo en Granada o en otra parte. Dudé un momento si mentiría, pero me pareció no había necesidad de ello y le dije lo cierto, contándole punto por punto cómo había entrado en casa del arzobispo y cómo había salido, lo que divirtió infinito al señor portugués. Es verdad que, a pesar de lo que había prometido a Melchor, me divertí un poco a costa del arzobispo. Lo más gracioso fué que, imaginando Laura que ésta era una novela como la suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era realidad.
Después de haber acabado mi relación, que concluí hablando del cuarto que había tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento retirarme para ir a comer a mi hostería, pero Laura me detuvo. «¿En qué piensas, hermano mío?--me dijo--. Has de quedarte a comer conmigo. Tampoco consentiré estés más tiempo en una posada. Mi intención es que vivas y comas en mi casa, y así, haz traer tu equipaje hoy mismo, que aquí hay una cama para ti.»
El señor portugués, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo a Laura: «No, Estela; no tienes aquí comodidad para recibir a nadie. Tu hermano--añadió--me parece un buen mozo, y con la recomendación de ser cosa tan tuya me intereso por él. Quiero tomarle a mi servicio; será a quien más quiera de mis secretarios y le haré depositario de mis confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo mandaré le pongan un cuarto. Le señalo cuatrocientos ducados de sueldo, y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de él, le pondré en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero con su arzobispo.»
A las gracias que di por esto al marqués añadió Laura otras más expresivas. «¡No hablemos más de ello!--interrumpió el marqués--. ¡Es negocio concluído!» Al acabar estas palabras, se despidió de su princesa de teatro y se marchó. Laura me hizo pasar al momento a un cuarto retirado, en donde, viéndose sola conmigo, dijo: «¡Hubiera reventado si hubiese contenido más tiempo la risa!» Y dejándose caer en un sillón y apretándose los ijares empezó a reír como una loca. Yo no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me dijo: «Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi ánimo solamente era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecértelo con decoro fingí que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya facilitado tan buen acomodo. El marqués de Marialba es un caballero muy generoso, que hará por ti aún más de lo que ha prometido. Otra que yo--continuó ella--acaso no hubiera recibido con tan buen semblante a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al picarillo a quien amaron.»
Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa, y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura, entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía relatándome su historia en estos términos.
CAPITULO VII
Historia de Laura.
«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste, sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.
»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo, que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor, que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al hospicio de la Caridad.
»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo, poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada. Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.
»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo contaba hasta los minutos--mi suerte pareció querer mudar de aspecto. Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido, descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio arzobispal.
»Encontré, pues--continuó ella--, al señor Zendono, que me detuvo diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras. Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte algunos días después. «Amada Laura mía--me dijo--, es tanto lo que siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así, intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid, sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor, que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía, hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre, que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo; pero--añadió él--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país. Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora. Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en medio de unos pacíficos placeres.»
»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada, pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver palpablemente que su administración le había suministrado caudal para mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable. Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo matrimonio.
»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!
»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo, me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla en una silla volante.
»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa. Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.
»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!--dijo en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo--. ¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando halles ocasión para ello.»
»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la representación de la comedia famosa _El embajador de sí mismo_, compuesta por Lope de Vega Carpio.