Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 18
Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados. Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó mucho. «Señor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de comer--, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que podrá servirte de gobierno. No será malo--prosiguió--dar principio por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad; pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones, no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios; los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima, jamás se acordaría de hacerles el menor bien.»
Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche, en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo.
CAPITULO III
Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto de sus gracias.
Mientras la siesta, había yo sacado de la posada mi maleta y caballo y vuelto después a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto decente con muy buena cama. El día siguiente me hizo llamar Su Ilustrísima muy de mañana para darme a copiar una homilía, encargándome mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutélo así, sin omitir acento, punto ni coma, de lo que manifestó el prelado un gran placer mezclado de sorpresa. Luego que recorrió todas las hojas de mi copia, exclamó admirado: «¡Eterno Dios! ¿Puede darse una cosa más correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramático. Háblame con satisfacción, amigo mío: ¿has encontrado al escribir alguna cosa que te haya chocado? ¿Algún descuido en el estilo o algún término impropio? Es muy fácil se me haya escapado algo de esto en el calor de la composición.» «¡Oh, señor--respondí modestamente--, no tengo tanta instrucción que pueda meterme a crítico! Y aun cuando la tuviera, estoy cierto de que las obras de Su Ilustrísima no caerían bajo mi censura.» Sonrióse con mi respuesta y nada me replicó, pero en medio de toda su piedad se traslucía que amaba con pasión sus escritos.
Acabé de granjear su amistad con esta adulación. Cada día me quería más; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me aseguró había de tal modo ganado su voluntad que podía dar por hecha mi fortuna. Mi amo mismo lo confirmó poco tiempo después con la ocasión siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio delante de mí una homilía que había de predicar en la catedral al otro día, no se contentó con preguntarme en general qué me había parecido, sino que me obligó a decirle los pasajes que más habían llamado mi atención, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que él estaba más satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el concepto de Su Ilustrísima por un conocedor delicado de las verdaderas bellezas de una obra. «¡Eso es--exclamó--lo que se llama tener gusto y finura! ¡Sí, querido, te aseguro que no es tu oído oreja de asno!» En fin, quedó tan contento de mí que me dijo con mucha expresión: «Gil Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te proporcionaré una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de ello quiero que seas mi confidente.»
Al oír estas palabras, me eché a los pies de Su Ilustrísima, penetrado de reconocimiento. Abracé gustosamente sus piernas torcidas y creíme ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. «Sí, hijo mío--prosiguió el arzobispo, cuyo discurso había interrumpido mi acción--, quiero hacerte depositario de mis más ocultos pensamientos. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el Señor bendice mis homilías, porque mueven a los pecadores, les hacen volver en sí y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfacción de ver a un avaro, atemorizado con las imágenes que presento a su codicia, abrir sus tesoros y distribuirlos con mano pródiga; a un lascivo, huir de sus torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante y firme en sus obligaciones a una esposa a quien hacía titubear un amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberían por sí solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza: todavía me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud me reprende inútilmente; éste es el aprecio que hace el público de las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado tiene para mí muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enérgicas y sublimes, pero no querría caer en las faltas de los buenos escritores que escriben muchos años, y sí conservar toda mi reputación. En este supuesto, mi amado Gil Blas--continuó el prelado--, exijo una cosa de tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi estilo declina, no dejes de avisármelo. En este punto no me fío de mí mismo, porque el amor propio podría cegarme. Esta observación necesita de un entendimiento imparcial, y así, elijo el tuyo, que contemplo a propósito, y desde luego abrazaré tu dictamen.» «Señor--le dije--, Su Ilustrísima está todavía muy distante de ese tiempo, a Dios gracias; además de que un ingenio como el de Su Ilustrísima se conservará más bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su Ilustrísima será siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrísima como un segundo cardenal Jiménez, cuyo superior talento parecía recibir nuevas fuerzas de los años en lugar de debilitarse con ellos.» «¡Déjate de alabanzas, amigo mío!--respondió mi amo--. Yo sé que puedo declinar de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento. De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con franqueza y sinceridad, porque tu aviso será para mí una prueba del amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu interés, pues si, por desgracia tuya, supiese que se decía en la ciudad que mis sermones habían decaído de su ordinaria elevación y que podía ya dar de mano a mis tareas, perderías no sólo mi afecto, sino el acomodo que te tengo prometido. Te hablo con claridad: esto sacarías de tu necio silencio.»
Aquí acabó la exhortación de mi amo, para oír mi respuesta, que se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada tuvo secreto para mí y vine a ser su privado. Todos los familiares envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de ver cómo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de Su Ilustrísima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento; sus bajezas me hacían dudar que fuesen españoles. Aunque conocía que los guiaba el interés, y nunca me engañaron sus lisonjas, no dejé por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrísima a proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compañía y le puso en estado de lucir en el ejército; a otro envió a Méjico con un grande destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logré para él una buena gratificación. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le pedía.
Pero me parece que debo referir con más extensión lo que hice por un eclesiástico. Un día nuestro mayordomo me presentó un licenciado llamado Luis García, hombre todavía mozo y de buena presencia, y me dijo: «Señor Gil Blas, este honrado eclesiástico es uno de mis mayores amigos. Ha sido capellán de unas monjas, pero su virtud no ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con Su Ilustrísima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada, pero nuestro amo es inflexible.» «Señores--les dije--, este negocio se ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeñado a nadie; por hacerle bien al señor licenciado, le han hecho mucho daño. Yo conozco a Su Ilustrísima y sé que las súplicas y recomendaciones no hacen mas que agravar en su idea la culpa de un eclesiástico. No ha mucho que le oí decir a él mismo que a cuantas más personas empeña en su favor un eclesiástico que está irregular, tanto más aumenta el escándalo y tanto más severo es para con él.» «¡Malo es eso!--dijo el mayordomo--. Y mi amigo se vería muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero, por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia para mantenerse.» Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me celebraba era mejor que la mía. El licenciado me manifestó una muestra que traía prevenida, la cual me admiró, pues me parecía una de las que dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra me ocurrió una idea, y pedí a García me dejase el papel, diciéndole que acaso le sería útil; que no podía decirle más por entonces, pero que al otro día hablaríamos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo había, según presumo, celebrado mi ingenio, se retiró tan satisfecho como si ya le hubiesen restituído a sus funciones.
A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel día trabajó en ello del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le enseñé la letra de García, que le gustó infinito, y aprovechándome entonces de la ocasión, le dije: «Señor, una vez que Su Ilustrísima no quiere imprimir sus homilías, a lo menos desearía yo que se escribiesen de esta letra.»
El prelado me respondió: «Aunque me agrada la tuya, te confieso que no me disgustaría tener copiadas mis obras de esta mano.» «No se necesita más--proseguí--que el consentimiento de Vuestra Ilustrísima. El que tiene esta habilidad es un licenciado conocido mío, y se alegrará tanto más de servir a Su Ilustrísima cuanto que por este medio podrá esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por desgracia se halla.» «¿Cómo se llama este licenciado?», me preguntó. «Luis García--le dije--, y está lleno de amargura por haber caído en la desgracia de Su Ilustrísima.» «Ese García--interrumpió--, si no me engaño, ha sido capellán de un convento de monjas y ha incurrido en las censuras eclesiásticas. Todavía me acuerdo de los memoriales que me han dado contra él. Sus costumbres no son muy buenas.» «Señor--dije--, no pretendo justificarle, pero sé que tiene enemigos y asegura que sus acusadores han tirado más a hacerle daño que a decir la verdad.» «Bien puede ser--replicó el arzobispo--, porque en el mundo hay ánimos muy perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre irreprensible, acaso se habrá arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado gran misericordia. Tráeme ese licenciado, a quien desde luego levanto las censuras.»
He aquí cómo los hombres más rígidos templan su severidad cuando media el interés propio. El arzobispo concedió sin dificultad a la vana complacencia de ver sus obras bien escritas lo que había negado a los más poderosos empeños. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien sin pérdida de tiempo la participó a su amigo García. Al día siguiente vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le presenté a mi amo, quien, contentándose con una ligera reprensión, le dió algunas homilías para que las pusiera en limpio. García lo desempeñó tan perfectamente que Su Ilustrísima le restableció en su ministerio y aun le dió el curato de Gabia, lugar grande inmediato a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se confieren a la virtud.
CAPITULO IV
Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que salió de él.
Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el arzobispo.» «Estoy contentísimo--le respondí--con este gran prelado, y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--, pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar.
A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más: el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin concierto.
No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron, como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído: «¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro de las homilías--me dije a mí mismo--, prepárese usted para hacer su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas, sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.»
A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego, desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin, persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné a romper el silencio.
Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación. Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón. Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer, la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes. ¿Cómo es eso, amigo?--respondió sobresaltado--. ¿Habrá encontrado algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo--le dije--, no son obras las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo eso, señor ilustrísimo--interrumpí todo turbado--; es excelente, aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya entiendo!--replicó--. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.» «Jamás--le contesté--hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios--interrumpió precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en haberme sometido a tu limitada capacidad.»
Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto, hijo mío--me dijo--. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación. Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor. En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces de decidir que tú. ¡Anda--prosiguió, empujándome para que saliera de su estudio--y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»
CAPITULO V
Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su agradecimiento.
Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.
Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas. Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna, pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.»
Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver. Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y de irme en seguida a casa del conde de Polán.
Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos que antes había despreciado.
Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.»