Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 14

Chapter 144,250 wordsPublic domain

«Vamos claros, Gil Blas—me dije entonces a mí mismo—, que no te era posible encontrar amo mejor. Tú sirves a un hombre que por limpiar los vestidos, hacerle la cama y barrer su cuarto por la mañana te da seis reales cada día y libertad de hacer después lo que quisieres, ni más ni menos que un estudiante en tiempo de vacaciones. ¡A fe que no será fácil hallar otra conveniencia igual! Ya no me admiro del hipo que tenía por venir a Madrid; sin duda era presagio de la fortuna que me esperaba.» Pasé todo el día en andar de calle en calle, viendo muchas cosas que me cogían de nuevo y que no me daban poca ocupación. Por la noche cené en una hostería poco distante de nuestra casa, y prontamente me retiré al sitio donde el amo me había mandado le esperase. Llegó tres cuartos de hora después y se mostró contento de mi puntualidad. «¡Muy bien!—me dijo—. ¡Eso me gusta! Yo quiero criados que sean exactos en hacer lo que les mando.» Dicho esto abrió las puertas del cuarto, cerrólas, y como nos hallábamos a obscuras, echó yescas y encendió una vela. Ayúdele después a desnudar, y luego que se metió en la cama encendí por su mandato una lamparilla que había en la chimenea, cogí la vela y llevéla a la antesala, donde me acosté en un catre. Al día siguiente se levantó entre nueve y diez de la mañana, cepillé sus vestidos, dióme mis seis reales y despidióme hasta la noche. Salió fuera de casa, sin descuidarse de cerrar bien las puertas, y hétele aquí que uno y otro nos separamos para el resto del día.

Tal era nuestra vida, que a mí me parecía muy dulce y acomodada. Lo más gracioso de todo era que yo no sabía aún cómo se llamaba mi amo y Meléndez lo ignoraba también. Sólo conocía al tal caballero por uno de tantos como concurrían a su lonja a comprar géneros; y los vecinos tampoco pudieron satisfacer mi curiosidad. Aseguráronme todos que no sabían qué clase de hombre era mi amo, aunque hacía dos años que vivía en aquel barrio. Dijéronme que no trataba con ninguno de los vecinos, y algunos, acostumbrados a juzgar temerariamente mal de todo, inferían de aquí que era un hombre de quien no se podía formar juicio alguno bueno. Con el tiempo se adelantó más: sospechóse que fuese un espía del rey de Portugal, y me aconsejaron caritativamente que tomase mis medidas acerca del particular. El aviso me puso en sumo cuidado, porque desde luego formé juicio de que si era verdad lo que decían corría yo gran peligro de visitar los calabozos de Madrid. Mi inocencia no me podía asegurar y mis pasadas desgracias me obligaban a temer a la justicia. Había experimentado ya dos veces que, si no quita la vida a los inocentes, a lo menos guarda tan mal con ellos las leyes de la hospitalidad, que siempre es una desgracia hospedarse en su casa, aunque sea por poco tiempo.

Consulté con Meléndez lo que debía hacer en tan críticas circunstancias; pero no supo qué consejo darme. No podía creer que mi amo fuese espía; mas tampoco tenía razón fuerte y positiva para negarlo. Tomé, pues, el partido medio de observar bien todos sus pasos, y si descubría que verdaderamente era un enemigo del Estado, abandonarle enteramente; pero al mismo tiempo me pareció que la prudencia y lo bien hallado que estaba con él pedían que caminase con el mayor tiento y circunspección en poner por obra lo que había determinado, sin asegurarme antes de la verdad. Comencé, pues, a examinar todas sus acciones y movimientos, y para sondearlos mejor, «Señor—le dije una noche mientras le estaba desnudando—, no sabe un hombre cómo ha de vivir para librarse de malas lenguas. El mundo está perdido y nosotros tenemos unos vecinos que no valen un demonio. ¡Malditas bestias! No creerá su merced cómo hablan de nosotros.» «Y bien, Gil Blas—me respondió—, ¿qué es lo que pueden decir?» «¡Ah, señor—repliqué—, a la murmuración nunca le falta asunto! Encuéntralos o los sueña hasta en la misma virtud. ¿No es bueno que nuestros vecinos tienen aliento para decir que nosotros somos gente peligrosa y que la Corte debe vigilar nuestra conducta? En una palabra: dicen que su merced es espía del rey de Portugal.» Entonces alcé los ojos y le miré con cuidado, como Alejandro a su médico, para notar el efecto que producía lo que acababa de decirle. Parecióme que se turbaba algún tanto, lo cual confirmaba poderosamente las conjeturas de la vecindad. Noté que poco después se quedó pensativo y cabizbajo, y esto tampoco lo interpreté muy favorablemente. Así estuvo por un breve rato; pero luego, como quien vuelve en sí, me dijo en un tono y con rostro muy tranquilo: «Gil Blas, dejemos a los vecinos que digan lo que quieran; nuestra quietud no ha de depender de sus malignas expresiones. No hagamos caso de lo que dicen los hombres mientras no demos motivo a que lo digan.»

Acostóse después con mucho sosiego y yo hice lo mismo, sin saber qué pensar. Al día siguiente, cuando íbamos a salir de casa, oímos llamar recio a la puerta de la escalera. Acudió con prontitud el amo, y mirando por la rejilla vió a un hombre bien vestido, que le dijo: «Señor caballero, yo soy alguacil y vengo de parte del señor corregidor a decir a usted que su señoría desea hablarle dos palabras.» ¿Qué me quiere el señor corregidor?», respondió mi amo. «Eso es lo que no sé—replicó el alguacil—; pero vaya usted a su casa y presto lo sabrá.» «Yo le beso las manos al señor corregidor—repuso su merced—; yo no tengo nada que ver con su señoría.» Diciendo estas palabras cerró enfadado la segunda puerta, y comenzándose a pasear por el cuarto en ademán de un hombre, según lo que a mí me parecía, a quien había dado mucho que discurrir el recado del alguacil, me puso en la mano mis seis reales y me dijo: «Amigo Gil Blas, tú puedes irte a pasear a donde quieras, que yo no te he menester.» Persuadíme al oír esto que tenía miedo de que le prendiesen y que por eso no quería salir. Dejéle, pues, y para ver si me engañaba en mi sospecha, me escondí en paraje desde donde podía observar si salía o no. Habría tenido paciencia para mantenerme allí toda la mañana si él mismo no me hubiese aliviado de este trabajo, pues al cabo de una hora le vi salir y presentarse en la calle con un desembarazo y un aire de confianza que dejó confundida mi penetración. Sin embargo, no me deslumbraron estas apariencias; antes bien me hicieron entrar en mayor desconfianza. Parecióme que todo aquello podía muy bien ser con estudio, y aun casi llegué a creer que se había detenido en casa aquel tiempo para recoger sus joyas y dinero, y que probablemente iba a ponerse en salvo huyendo. Perdí la esperanza de verle más, y aun estuve perplejo en si iría aquella noche a esperarle en la puerta de la escalera: tan persuadido estaba de que saldría aquel día de Madrid para librarse del peligro que le amenazaba. Sin embargo, no dejé de ir a esperarle, y quedé admirado de verle volver como acostumbraba. Acostóse sin la menor muestra de cuidado ni inquietud, y por la mañana se levantó y vistió con la mayor serenidad.

No bien acabó de vestirse, cuando llamaron de repente a la puerta. Fué él mismo a mirar por la rejilla quién llamaba. Vió que era el alguacil del día anterior; preguntóle qué se le ofrecía, y el alguacil respondió que abriese al señor corregidor. Al oír este nombre temible se me heló toda la sangre. Había ya cobrado un endiablado miedo, y más que pánico terror, a toda esta casta de pájaros desde que tuve la desgracia de caer en sus manos, y en aquel momento hubiera querido hallarme cien leguas distante de Madrid; pero mi amo, que no era tan espantadizo ni tan medroso como yo, abrió la puerta con sosiego y recibió al señor corregidor con respeto. «Ya ve usted—dijo a mi amo—que no vengo a su casa con grande acompañamiento, porque nunca he gustado de hacer las cosas con estruendo. Sin hacer caso de los rumores poco favorables a usted que corren por el pueblo, me ha parecido que su persona era acreedora a que se la tratase con miramiento. Sírvase usted decirme cómo se llama, quién es y qué hace en Madrid.» «Señor—le respondió mi amo—, mi nombre es don Bernardo de Castelblanco, familia conocida en Castilla la Nueva. Mi ocupación en Madrid se reduce a pasearme, frecuentar los teatros y divertirme con algunos pocos amigos, gente toda muy honrada y de honesta y grata conversación.» «Sin duda—dijo el juez—, tendrá usted una gran renta.» «No, señor—repuso mi amo—; no tengo rentas, ni tierras y ni aun casa.» «¿Pues de qué vive usted?», le replicó el corregidor. «De lo que voy a enseñar a vuestra señoría», respondió don Bernardo; y al mismo tiempo alzó un tapiz y abrió una puerta que estaba tras de él, sin que yo la hubiese observado, y luego otra que estaba después de aquélla, e hizo entrar al juez en un cuartito, donde había un gran cofre todo lleno de oro, que quiso viese con sus mismos ojos. «Ya sabe vuestra señoría—le dijo entonces—que nosotros los españoles somos por lo general poco amigos del trabajo; mas por grande que sea la aversión con que otros le miran, puedo asegurar que ninguna se iguala con la mía. Soy naturalmente tan perezoso y holgazán, que no valgo para ningún empleo ni ocupación. Si quisiera canonizar mis vicios, dándoles el nombre de virtudes, diría que mi pereza era una indolencia filosófica, un rasgo del entendimiento desengañado de lo que el mundo solicita y busca con tanto ardor; pero debo confesar de buena fe que soy haragán y perezoso de nacimiento; tanto, que si me viera precisado a trabajar para comer, creo que me dejaría morir de hambre. En este supuesto, a fin de pasar una vida que se acomodase con mi humor, por no tener la molestia de cuidar de mi hacienda, y mucho más por no haber de lidiar con administradores ni mayordomos, convertí en dinero contante todo mi patrimonio, que consistía en muchas posesiones considerables. Cincuenta mil ducados en oro hay en este cofre, lo que basta y aun sobra para lo que puedo vivir, aunque pase de un siglo, pues no llegan a mil los que gasto cada año y cuento ya diez lustros de edad. No me da cuidado lo venidero, porque, gracias al Cielo, no adolezco de alguno de aquellos tres vicios que comúnmente arruinan a los hombres: soy poco inclinado a comilonas y meriendas, juego poco, por mera diversión, y estoy ya muy desengañado de las mujeres. No temo que en mi vejez me cuenten en el número de aquellos viejos lascivos a quienes las mozuelas venden sus mentidos e interesados favores a precio de oro.»

«¡Oh y qué dichoso es usted!—exclamó el corregidor—. Teníanle, contra toda razón, por un espía, personaje que de ningún modo podía convenir a un hombre de su carácter. Prosiga usted, don Bernardo, en vivir como ha vivido hasta aquí. Tan lejos estaré de turbar sus días tranquilos y serenos, que desde luego los envidio y me declaro por su defensor. Pídele a usted su amistad y yo le ofrezco la mía.» «¡Ah, señor!—exclamó mi amo, penetrado de tan atentas como apreciables palabras—. Admito el precioso don que vuestra señoría me ofrece. Su amistad es complemento de mi felicidad.» Después de esta conversación, que el alguacil y yo oímos desde fuera, el corregidor se despidió de mi amo, que no hallaba expresiones con que manifestarle su agradecimiento. Yo de mi parte, por imitar a mi amo y ayudarle a hacer los honores de la casa, harté al alguacil de profundas cortesías, aunque en el corazón le miraba con aquel tedio con que todo hombre de bien mira a un corchete.

CAPÍTULO II

De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro con el capitán Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel bandolero.

Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo despedido al corregidor, acompañándole hasta la calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y todas las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia, salió de casa, muy placentero por haberse granjeado tan importante amistad, y yo no menos alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La gana que tenía de contar esta aventura a Meléndez me obligó a encaminarme a su casa; pero al estar ya cerca de ella me encontré con el capitán Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que me quedé con este encuentro ni pude menos de estremecerme y temblar a su vista. El también me conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando todavía su aire de superioridad me mandó que le siguiese. Obedecíle temblando, y en el camino iba diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora querrá que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde me llevará? Puede que tenga en esta villa alguna cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este mismo momento le haría ver que no tengo gota en los pies!» Con estos pensamientos iba andando tras de él, muy atento a observar el sitio donde pararía, con intento de huir de él a carrera tendida por poco sospechoso que me pareciese.

Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció todo mi temor. Entróse en una famosa taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras tanto, nos metimos en un cuarto, y así que el capitán se vió solo conmigo, me habló de esta suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado de verte aquí con tu antiguo comandante; pero más te admirarás cuando hayas oído lo que te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y marché con mis compañeros a Mansilla a vender las mulas y caballos que habíamos robado la noche anterior, encontramos al hijo del corregidor de León, acompañado de cuatro hombres a caballo, todos bien armados, que seguían su coche. Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los otros dos huyeron. Temiendo el buen cochero que hiciésemos lo mismo con su amo, nos suplicó con lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la vida al hijo único del señor corregidor de León. Estas palabras, en vez de enternecer a mis compañeros, los enardecieron más. «Señores—dijo uno—, no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal de los de nuestra profesión. ¿A cuántos de éstos no ha hecho ajusticiar su padre? ¡Venguémoslos y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!» Todos los demás aplaudieron tan inhumano consejo, y hasta mi teniente iba ya a ser el gran sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no le hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!—le dije—. ¿A qué fin derramar sangre sin necesidad? Contentémonos con el bolsillo de este pobre mozo, y pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle; fuera de que él no es responsable de las acciones de su padre, ni aun el padre en condenarnos a muerte hace mas que cumplir con la obligación de su oficio, así como nosotros cumplimos con la del nuestro en robar a los caminantes.»

»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no fué inútil mi intercesión. Sólo le cogimos todo el dinero que llevaba, y juntamente nos apoderamos de los caballos de los hombres que habían muerto en la refriega y vendímoslos en Mansilla con los demás que conducíamos. Volvímonos después a nuestro subterráneo, adonde llegamos el día siguiente poco antes de amanecer. No quedamos poco atónitos de ver levantada la trampa, y mucho más de encontrar a Leonarda amarrada fuertemente en la cocina. Contónos en dos palabras todo lo acaecido y nos admiramos mucho de que hubieses podido engañarnos; nunca te hubiéramos creído capaz de jugarnos semejante petardo y te perdonamos el chasco en gracia de la invención. Luego que desatamos a la cocinera le di orden de que nos compusiese bien de comer. Entre tanto fuimos a la caballeriza a cuidar de los caballos, y encontramos casi expirando al viejo negro, que en veinticuatro horas no había probado bocado ni visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos darle algún alivio; pero había perdido ya del todo el conocimiento, y nos pareció un caso tan desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena voluntad, desamparamos a aquel miserable, que estaba entre la vida y la muerte. No por eso dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber almorzado grandemente, nos retiramos a nuestros cuartos, donde estuvimos durmiendo o descansando todo el día. Cuando despertamos, nos dijo Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos el cadáver a la covacha donde te acordarás que dormías, y allí le hicimos el funeral como si hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros compañeros.

»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo hecho una salida, encontramos muy de mañana, a la entrada del bosque, tres cuadrillas de la Santa Hermandad, que al parecer nos estaban esperando para dar sobre nosotros. Al pronto no descubrimos mas que una. No la temimos, y aunque superior en número a nuestra tropa, la atacamos; pero al tiempo que estábamos peleando con ella, las otras dos, que habían hallado modo de mantenerse emboscadas, se echaron de repente sobre nosotros y nos rodearon de manera que de nada nos sirvió nuestro valor. Fuénos necesario ceder al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos de nuestros camaradas murieron en la función. Los otros dos y yo, cercados por todas partes, nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera fué a cegar y destruir la cueva, que fué descubierta del modo siguiente: atravesando el bosque un labrador del lugar de Luyego, volviendo a su casa, vió por casualidad alzada la trampa de la cueva, que dejaste abierta el mismo día que te escapaste con la señora, y sospechó que aquélla era nuestra habitación, y no teniendo valor para entrar en ella, se contentó con observar bien sus contornos; y para acertar mejor con el sitio, descortezó ligeramente algunos árboles vecinos y otros más, de trecho en trecho, hasta estar fuera del bosque. Pasó después a León, dió parte de aquel descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho mayor por cuanto estaba informado de que su hijo había sido robado por nuestra compañía. El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos, y les dió por guía al labrador que había descubierto el subterráneo.

»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande espectáculo para todos sus vecinos. Aunque yo hubiera sido un general portugués hecho prisionero de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con que todos corrían y se atropellaban por verme. «¡Aquél es—decían—, aquél es el capitán y el terror de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado, y no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos al corregidor, que desde luego comenzó a insultarme. «¡Ya lo ves, malvado—me dijo—: el Cielo, cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!» «Señor—le respondí—, es cierto que he cometido muchos; pero a lo menos no tengo que acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra señoría. Si vive, a mí me lo debe, y me parece que este servicio es acreedor a algún reconocimiento.» «¡Ah, infame!—replicó—. ¡Sin duda que estaría bien empleado un proceder generoso con hombres de tu carácter! Y aun cuando yo te quisiera perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la obligación de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter en un calabozo, donde no dejó pudrir a mis compañeros. Salieron de él al cabo de tres días, para representar un papel un poco trágico en la plaza Mayor. Por lo que toca a mí, estuve tres semanas enteras en la cárcel. Tuve por cierto que se dilataba mi suplicio para que fuese más terrible, y, en fin, cada día estaba esperando un nuevo género de muerte, cuando al cabo mandó el corregidor que me llevasen a su presencia, y estando en ella me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no fuera por ti, mi hijo hubiera sido asesinado en medio de un camino. Como padre, deseaba agradecerte este gran beneficio; pero no pudiendo absolverte como juez, escribí a la Corte en tu favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y lo conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme—añadió—, aprovéchate de tan feliz como no esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para siempre esa desastrosa vida.»

«Atravesado el corazón con estas últimas palabras, tomé el camino de Madrid, con propósito de vivir con sosiego en esta villa. Encontró ya muertos a mis padres y su herencia en manos de un viejo pariente nuestro, que me dió aquella cuenta fiel que acostumbran los tutores. Sólo pude lograr tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había de hacer? Nada adelantaría con ponerle pleito, sino tener de menos todo lo que gastase en él. Por huir la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según cumplo con mi empleo, parece que no he tenido otro en toda mi vida. Mis nuevos compañeros, por decoro, se habrían opuesto a mi admisión si hubieran sabido mi historia; pero, por fortuna mía, la ignoraban, o—lo que viene a ser lo mismo—afectaron ignorarla, porque en este honrado cuerpo todos tienen interés en que no se sepan sus hechos, sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío—continuó Rolando—, yo quiero descubrirte mi corazón. No me gusta el oficio que he tomado. Pide una conducta demasiadamente delicada y misteriosa, que sólo da lugar a sutilezas y raposerías. ¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua y noble profesión! Confieso que es más segura la nueva, pero es más gustosa y divertida la otra, y yo soy amante de la alegría y de la libertad. Voy viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo y desaparecer el día menos pensado, para retirarme a las montañas que están en el nacimiento del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera, habitada por una valerosa tropa llena de catalanes determinados cuyo nombre solo es su mayor elogio. Si me quieres seguir, iremos a aumentar el número de aquellos grandes hombres. Me brindan con el empleo de segundo capitán de tan ilustre compañía, y haré que te reciban en ella, asegurándoles que diez veces te he visto combatir a mi lado, y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré mejor de ti que un general de un oficial cuando le quiere adelantar; pero me guardaré bien de tomar en boca la pieza que nos jugaste, porque esto te haría sospechoso, y así, no diré palabra de la aventura consabida. Ahora bien—añadió—: ¿estás pronto a seguirme? Espero tu respuesta.»

«Cada uno tiene sus inclinaciones—respondí a Rolando—; usted es inclinado a las empresas arduas y peligrosas y yo a una vida tranquila y sosegada.» «¡Ya te entiendo!—me interrumpió—. Aquella señora cuyo amor te hizo hacer lo que emprendiste la tienes todavía muy dentro del corazón, y sin duda que en su amable compañía gozas de aquella vida cómoda y gustosa a que te llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad que, después de haberle restituído sus muebles, estáis comiendo juntos los doblones que recogisteis y robasteis de la cueva.» Respondíle que estaba muy equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras le conté toda la historia de la señora, con todo lo demás que me había sucedido desde que me escapé de su compañía. Al fin de la comida me volvió a hablar de los señores catalanes y me confesó que estaba resuelto a ir a juntarse con ellos, volviéndome a dar otro tiento para persuadirme a que abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía conseguir, me miró con un aire fiero y me dijo con cierta seriedad feroz: «¡Ya que tienes un corazón tan vil y bajo que prefieres tu servil condición al honor de entrar en la compañía de unos hombres valerosos, te abandono a la villanía de tus ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca con persona viviente de este mundo, porque si llego a saber que alguna vez has hablado de mí...! ¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto, llamó al tabernero, pagó la comida y nos levantamos de la mesa para ir cada cual por su camino.

CAPÍTULO III

Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco y entra a servir a un elegante.

Salimos de la taberna, y cuando nos estábamos despidiendo uno y otro pasaba mi amo por la calle. Vióme, y observé que más de una vez se volvió a mirar con cuidado al capitán. Parecióme que le había sorprendido verme en compañía de semejante sujeto. A la verdad, la traza de Rolando no excitaba ideas muy favorables de sus costumbres. Era un hombre muy alto, carilargo, de nariz aguileña, y aunque no de desgraciada figura, tenía no sé qué trazas de un grandísimo bribón.