Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 13

Chapter 134,102 wordsPublic domain

Después de haber caminado cerca de dos leguas, nos sentimos con gran gana de almorzar; y habiendo visto como a doscientos pasos del camino un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima, escogimos aquel sitio e hicimos alto en él. Allí encontramos a un hombre como de veintisiete a veintiocho años, que estaba mojando en una fuente algunos zoquetes de pan. Tenía a su lado sobre la hierba una espada larga y una mochila. Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen rostro y bien plantado. Saludámosle cortésmente y él nos correspondió con igual cortesanía. Presentónos luego sus mendrugos mojados, y con cierto aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos. Admitimos el convite en el mismo tono, mas con la condición de que había de tener a bien que juntásemos los almuerzos para que fuesen más abundantes. Vino en ello con mucho gusto, y nosotros sacamos nuestras provisiones, lo que ciertamente no lo desagradó. «¡Oh, señores!—exclamó enajenado de alegría—. Verdaderamente que ustedes vienen bien provistos de municiones de boca, y se conoce que son hombres prevenidos y que miran a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna. Sin embargo, a pesar del miserable estado en que ustedes me ven, les puedo asegurar que alguna vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes que no pocas me tratan de príncipe y estoy rodeado de guardias.» «Según eso—dijo Diego—, será usted comediante.» «Adivinólo usted—respondió el desconocido—; por lo menos ha quince años que no tengo otro oficio. Siendo niño representaba ya ciertos papeles cortos, esto es, que tuviesen poco que aprender.» «Hablemos francamente—replicó el barbero meneando ladinamente la cabeza—. Tengo dificultad en creerlo, porque conozco bien a los comediantes y sé que estos señores no acostumbran caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San Antón; y me temo, me temo que si usted ha hecho algún papel no habrá sido otro que el de encender y apagar las lamparillas.» «Piense usted de mí lo que quisiere—respondió el histrión—, lo cierto es que hago los primeros papeles y comúnmente me hacen representar el de primer galán.» «Siendo así—repuso mi camarada—, doy a usted la enhorabuena, y celebro mucho que el señor Gil Blas y yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en compañía de tan gran personaje.»

Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y las preciosas reliquias de la liebre, alternando con tan frecuentes topetadas a la bota que en poco tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin que en todo este tiempo desplegase los labios ninguno de los tres. Al cabo rompió el silencio el barberillo, diciendo al comediante: «Estoy admirado de ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede dudar que es mucha pobreza para un héroe de teatro, y perdone usted si le hablo con esta claridad.» «Por cierto—replicó el actor—que se conoce no ha oído usted hablar del famoso comediante Melchor Zapata, porque ha de saber usted que, por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado. Me da usted mucho gusto en hablarme con tanta franqueza, porque también gusto yo de hablar con ella. Confieso de buena fe que no soy rico; y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto, nos mostró el forro de ella, que era todo de los carteles de comedia que se fijan en las esquinas. «Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro; y si todavía tienen curiosidad de ver lo que hay en mi guardarropa, contentaré a ustedes. Helo aquí—y al mismo tiempo sacó de la mochila un vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata falsa, una gorra muy raída, con un penacho de viejísimas plumas, unas medias de seda con más agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos muy usados de badanilla encarnada—. Ya ven ustedes ahora que soy medianamente infeliz.» «Eso es lo que me admira—le replicó Diego—. Pues qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor—respondió Zapata—, pero vea usted la desgracia de mi estrella: tengo mujer moza, mas no por eso estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta, esperando que no me dejaría morir de hambre; pero, por mi poca fortuna, di con una mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién diablos no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa, que era del número de los cómicos de la legua, me había forzosamente de tocar a mí en suerte!» «Seguramente, es desgracia—dijo el barbero—; pero ¿por qué no se casó usted con alguna bonita comedianta de las compañías de Madrid? ¡Entonces sí que lograría su intento!» «Convengo en ello—respondió el farsante—; pero a un pobre comediante de la legua no le es lícito elevar sus pensamientos a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo podrá hacer alguno de la compañía del corral del Príncipe, y aun en ella se ven muchos precisados a casarse con otras mujeres que no son de la profesión, y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se suele encontrar en él algunas que se las pueden apostar a las princesas del teatro.»

«Pero qué—le replicó mi compañero—, ¿nunca pensó usted entrar en alguna de las compañías de la corte? ¿Acaso se necesita un mérito consumado para lograrlo?» «¡Bravo!—respondió Melchor—. ¡Usted se burla con su mérito consumado! Veinte actores hay en cada compañía. Pregunte usted al público lo que siente de ellos y oirá cosas bellísimas. Más de la mitad, por lo menos, merecían ir cargados como yo con la mochila, y, en medio de eso, no es tan fácil como se piensa ser recibido entre ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños que suplan por la habilidad. Ninguno puede saberlo mejor que yo, porque ahora mismo acabo de representar en Madrid, y salgo más aturdido de palmadas y silbidos que todos los diablos, sin embargo de que me prometía ser muy aplaudido, porque representaba gritando, manoteando, descoyuntándome y torciendo el cuerpo hacia todas partes, con mil gesticulaciones y posturas cien leguas distantes de todo lo natural, hasta llegar una vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama mientras yo estaba declamando. En una palabra, representaba imitando la escuela que el vulgo celebra en los grandes actores; y en medio de eso, lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir en mí. ¡Vea usted cuánto puede la preocupación! En vista de ello, no acertando a dar gusto y no teniendo medios para ser admitido en la compañía a pesar de todos los silbidos de la mosquetería, dejé a Madrid, y me vuelvo a mi Zamora, donde están mi mujer y mis compañeros, que no hacen allí gran fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos precisados a pedir limosna para poder pasar a otra ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!»

Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó, echóse a cuestas la mochila, ciñóse la espada, y despidiéndose de nosotros, «¡Adiós!—nos dijo con mucha gravedad—. ¡Quieran los dioses inmortales derramar sobre ustedes a manos llenas sus favores!» «¡Y quieran los mismos—le respondió Diego en el propio tono—que halle usted en Zamora a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego que el señor Zapata nos volvió la espalda, comenzó a gesticular y a representar caminando, y nosotros le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen tan presto los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó que todavía le sonaban en los oídos, y volviendo la cara y viendo que nosotros nos divertíamos a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo ayudó a la zumba, y prosiguió su viaje dando grandísimas carcajadas. Correspondímosle por nuestra parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el camino real, seguimos nuestra marcha.

CAPÍTULO IX

Estado en que encontró Diego a sus parientes, y cómo Gil Blas se separó de él después de haber participado de ciertas diversiones.

Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas, a un lugarcillo cuyo nombre se me ha olvidado, y al siguiente, a las once de la mañana, entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil Blas—me dijo mi camarada—, aquél es el lugar de mi nacimiento. No le puedo volver a ver sin llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar su patria.» «Señor Diego—le respondí—, un hombre como usted, que tanto amor tiene a su tierra, parece debía haber hablado de ella con mayor estimación. Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo o una aldea y a mí se me presenta como una ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase usted de villa grande.» «Yo le pido perdón—respondió el barbero—, pero diré que después de haber visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y otras principales ciudades de España en la vuelta que he dado por ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos adelantando en la llanura y acercándonos a Olmedo, nos pareció ver junto al pueblo multitud de gente, y cuando nos hallamos a distancia de poder discernir los objetos, tuvimos mucho en qué divertir la vista.

Vimos tres pabellones o tiendas de campaña, poco distante una de otra, y alrededor de ellas muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina que estaban disponiendo una gran comida. Unos ponían unas mesas largas dentro de las tiendas, otros echaban vino en grandes vasijas de barro, éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos daban vueltas a luengos asadores en que estaban espetadas viandas de todo género. Pero a mí nada me llevó tanto la atención como un espacioso teatro que observé, bastante elevado, que estaba adornado con algunos bastidores de cartón pintado de diferentes colores y lleno de inscripciones griegas y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y tanto latín, dijo: «¡Esto me huele terriblemente a mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que ha andado aquí su mano, porque sabe de memoria una infinidad de libros de aula! Lo que me enfada es que en las conversaciones encaja sin cesar pasajes enteros de los tales libros, cosa que no a todos agrada. Fuera de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos y está instruído en la antigüedad, lo que se conoce por las notas con que los ha enriquecido, como, v. gr., aquello de que _en Atenas lloraban los niños cuando los azotaban_, cosa que si no fuera por su vasta y selecta erudición nosotros no la sabríamos.»

Después de haber visto mi camarada y yo todas las cosas que acabo de decir, nos dió gana de preguntar por qué y para qué se hacían todas aquellas prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar, se encontró Diego con un hombre que conoció ser su tío, el señor Tomás de la Fuente, y que al parecer mostraba ser el director de la fiesta. Fuímonos a él apresuradamente; mas este maestro de primeras letras tardó algo en conocer a su sobrino: tanta mudanza había hecho en aquel pobre mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le abrazó estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido sobrino Diego! ¿Conque al cabo has vuelto a ver a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído sano y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces beato! _Albo dies notanda lapillo!_ Muchas novedades encontrarás en la parentela. Tu tío Pedro, aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres meses ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda su vida estuvo temiendo le habían de faltar siete pies de tierra para enterrarse! _Argenti pallebat amore._ Tenía muchas pensiones de los grandes y no gastaba diez doblones al año en comida y vestido. No daba de comer al único criado que le servía. Más insensato que aquel griego Aristipo, el cual, caminando por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos que dejasen en ellos todas las grandes riquezas que llevaban, alegando que aquella carga les incomodaba en la marcha, amontonaba toda la plata y todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para qué? Para que lo gozasen sus herederos, a quienes no podía sufrir. Dejó a su muerte treinta mil ducados, que se repartieron entre tu padre, tu tío Beltrán y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo bien. Mi hermano Nicolás colocó ya a su hija Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de nuestros alcaldes: _connubio junxit stabili, propriamque dicavit_. Este himeneo, concluído bajo los más felices auspicios, es el que estamos celebrando hace ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar estas tiendas de campaña en esta llanura. Los tres herederos de Pedro tienen cada uno la suya y, por su turno, costean la fiesta de un día. Habría celebrado mucho que hubieses llegado antes para que gozases de todas. Anteayer, día en que se celebró la boda, corrió tu padre con el gasto, y dió una soberbia comida, y después hubo parejas, y se corrió sortija. Tu tío el mercader tomó de su cuenta el día de ayer y nos divirtió con una bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores a los diez muchachos más lindos y agraciados del lugar y de pastoras a las diez muchachas más pulidas y aseadas que había en todo Olmedo, empleando en engalanarlas las cintas más ricas y los más preciosos dijes que se hallaron en su tienda. Toda aquella lucida juventud armó mil graciosísimas danzas, cantando después otras tantas letrillas muy chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía posible cosa más divertida, con todo eso no dió gran golpe, sin duda porque en Castilla la Vieja hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles. Hoy me toca a mí, y pienso divertir a los vecinos de Olmedo con un espectáculo todo de mi invención: _finis coronabit opus_. Mandé alzar un teatro, en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar por mis discípulos una de mis tragedias, intitulada _Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, rey de Marruecos_. Se ejecutará con el mayor primor, porque entre los muchachos los hay que declaman como los más célebres comediantes de Madrid. Son todos hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia, y los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes! ¡Verdad es que les he enseñado yo! Su declamación parecerá acuñada en el cuño del maestro: _ut ita dicam_. En cuanto a la tragedia, no te quiero hablar de ella, puesto que la has de oír, por no privarte del placer de la sorpresa, y sólo diré sencillamente que dejará extáticos a todos los espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos que ponen toda el alma en conmoción, por las terribles imágenes de la muerte que ofrecen a la fantasía. Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles: que es necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo me hubiera dedicado al teatro, nunca saldrían a él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias se vería morir no sólo a los primeros personajes, sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo _hasta las mismas guardias_? ¡Haría también degollar al apuntador! En fin, sólo me agrada lo terrible; éste es todo mi gusto. De esta manera, los poemas de esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre, mantienen el lujo de los comediantes y hacen célebre el nombre de los autores.»

Acababa de pronunciar estas palabras, cuando vimos salir del pueblo y entrar en la llanura un gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos esposos, acompañados de sus amigos y parientes, e iban precedidos de diez a doce tocadores de instrumentos, que tañían todos a un tiempo, haciendo un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro Diego y dióse a conocer. Inmediatamente resonaron por el campo los gritos de alegría con que fué recibido del acompañamiento, corriendo todos a abrazarle y procurando cada uno ser el primero. No tuvo poco que hacer en corresponder a todas las demostraciones de amor y cumplimientos que le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la familia y cuantos se hallaban presentes, y luego que se aquietó un poco aquel primer turbión, le dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En verdad que durante tu ausencia han adelantado mucho tus parientes, ¿no es así? Por ahora no te digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.» Mientras tanto, el gentío se fué adelantando hacia la llanura, llegó a ella, entróse en las tiendas y fuése sentando a las mesas, que ya estaban preparadas. Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a él y entrambos comimos con los dos novios, que me parecieron corresponder bien uno a otro. Duró mucho tiempo la comida, porque el preceptor o maestro tuvo la vanidad de querer que tres veces se cubriese la mesa, por aventajar a sus hermanos, que no habían dispuesto las cosas con tanta magnificencia.

Después del banquete, todos los convidados mostraron grande impaciencia por ver la representación de la obra del señor Tomás, no dudando—decían—que una producción de ingenio tan superior sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al teatro, donde todos los músicos ocupaban ya el lugar de la orquesta para tocar en los intermedios. Esperaban todos con el mayor silencio a que diese principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores en la escena, y el autor, con su obra en la mano, estaba tras las cortinas, en sitio donde pudiese apuntar y ser oído de los que representaban. Con mucha razón nos había prevenido que era trágico su drama, porque en el primer acto el rey de Marruecos mató por vía de diversión cien esclavos a flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales portugueses que uno de sus capitanes había hecho prisioneros; finalmente, en el tercero, aquel monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban encerradas y, juntamente con él, las redujo todas a ceniza. Los esclavos moros y los oficiales portugueses estaban representados por unas figuras de mimbre, y el palacio, que era de cartón, se aparentaba abrasado por un fuego artificial. Este incendio, acompañado de lastimosos gritos que parecían salir de en medio de las llamas, dió fin a la tragedia y cerró el teatro de una manera patética y divertida. Resonaron en toda la llanura los _vivas_ y los aplausos con que fué celebrado un drama de tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen gusto del poeta y su singular acierto en la elección y oportunidad de los asuntos.

Creía yo que ya nada había que ver después de _Los pasatiempos de Muley-Bugentuf_, pero engañéme. Anunciáronnos un nuevo espectáculo los timbales y trompetas. Era éste la distribución de los premios, porque Tomás de la Fuente, para mayor solemnidad de la fiesta, a todos sus discípulos, así pupilos como los que no lo eran, les había hecho trabajar varias composiciones, y en aquel día se habían de repartir los premios a los más sobresalientes, consistiendo aquéllos en ciertos libros que el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar a Segovia. De repente, pues, se dejaron ver en el teatro dos bancos largos de escuela y un armario o estante lleno de libros pequeños encuadernados con aseo. Entonces todos los actores se presentaron en la escena y formaron un semicírculo delante del señor Tomás, el cual se dejaba ver con tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto de colegio. Tenía en la mano la lista de los nombres de los que debían ser premiados. Entregósela al rey de Marruecos, quien se puso a leerla en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados para recibir el premio. Cada cual iba con respeto a recibir un libro de la mano del pedante, inclinándose profundamente al ir y volver cuando pasaban delante del monarca marroquí. Juntamente con el libro, se los coronaba a todos con una guirnalda de laurel, y después se iban sentando en uno de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos y admirados de todos, pero particularmente de sus madres, amigos y parientes. Por más cuidado que puso el preceptor en que todos quedasen contentos, no lo pudo conseguir, porque, observándose que la mayor parte de los premios habían tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra, las madres de los otros discípulos lo llevaron muy a mal, se alborotaron y acusaron al maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta tan gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó poco para que se acabase tan desgraciadamente como el banquete de los Lapitas.

LIBRO TERCERO

CAPÍTULO PRIMERO

Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien sirvió allí.

Detúveme algunos días en casa del barbero y juntéme después con un mercader de Segovia que pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con cuatro mulas cargadas con varios géneros y se volvía a su casa con todas ellas de vacío. Hízome montar en una, y tomamos tanta amistad en el camino, que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que me hospedase en su casa. Dos días descansé en ella, y cuando me vió resuelto a marchar a Madrid con el arriero, me dió una carta, encargándome mucho que la entregase yo mismo en mano propia, sin decirme que era una carta de recomendación. Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos del señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que vivía en la puerta del Sol, esquina de la calle del Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su contenido, cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor Gil Blas, mi corresponsal, Pedro Palacios, me recomienda la persona de usted con tan vivas expresiones que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto en mi casa. Además de esto me suplica le busque una buena conveniencia, cosa de que me encargo con gusto y con esperanza de que no me será muy difícil colocar a usted ventajosamente.»

Acepté la generosa oferta de Meléndez, con tanto mayor gusto cuanto veía que mi dinero se iba por instantes acabando; pero no le fuí gravoso largo tiempo. Pasados ocho días, me dijo que acababa de proponerme a un caballero amigo suyo que necesitaba un ayuda de cámara, y que, según todas las señas, no se me escaparía esta conveniencia. Con efecto, habiéndose dejado ver el tal caballero en aquel mismo momento, «Señor—le dijo Meléndez mostrándome a él—, éste es el mozo de quien hablamos poco ha, de cuyo proceder me constituyo por fiador como pudiera del mío mismo.» Miróme atentamente el caballero, y respondió que le gustaba mi fisonomía y que desde luego me recibía en su servicio. «Sígame—añadió—, que yo le instruiré en lo que deberá hacer.» Diciendo esto, se despidió del mercader y me llevó consigo a la calle Mayor, frente por frente de San Felipe el Real. Entramos en una casa muy buena, donde él ocupaba un cuarto, subimos unos cinco o seis escalones y me introdujo en un aposento cerrado con dos buenas puertas, en la primera de las cuales había una rejilla de hierro para ver a los que llamaban. Pasamos después a otra pieza, donde tenía su cama, con otros varios muebles más aseados que preciosos.

Si mi nuevo amo me había mirado bien en casa de Meléndez, también yo le examiné a él después con particular atención. Era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto frío y serio. Parecióme de buena índole y no formé mal concepto de él. Hízome muchas preguntas acerca de mi familia, y satisfecho de mis respuestas, «Gil Blas—me dijo—, yo contemplo que eres un mozo de gran juicio y me alegro mucho de que me sirvas; y por tu parte espero que estarás contento con tu acomodo. Te daré seis reales al día para que comas y te vistas, sin perjuicio de algunos provechos que podrás tener conmigo. Yo no soy hombre que dé mucha molestia a los criados; nunca como en casa, sino siempre con mis amigos. Por la mañana no tienes que hacer mas que limpiarme bien los vestidos; lo restante del día te queda libre y puedes hacer lo que quieras; basta que por la noche te retires a casa temprano y me esperes a la puerta de mi cuarto. Esto es todo lo que exijo de ti.» Después de haberme dado esta instrucción sacó seis reales del bolsillo y me los entregó, para empezar a cumplir nuestro ajuste. Salimos los dos juntos, cerró él mismo las puertas, llevóse consigo la llave y me dijo: «No tienes que seguirme y puedes irte adonde te diere la gana; pero ¡cuidado que te encuentre en la escalera cuando vuelva a casa por la noche!» Diciendo esto se marchó y me dejó que dispusiese de mí como mejor se me antojase.