Halma

Part 9

Chapter 94,067 wordsPublic domain

--Cosa imposible, así tan en absoluto, pues la mendicidad, fuera de las Órdenes que la practican por su instituto, es contraria al decoro eclesiástico.

--Y dice más...

--¿Pero cómo sabe usted...?

--Dice también que el mayor anhelo de su alma es que le devuelvan las licencias para poder celebrar... y que se irá a vivir al presidio a donde sea destinado el _Sacrílego_, si se lo permiten las leyes penitenciarias, o si no, en la misma población, con objeto de verle diariamente. Está comprometido a conducir al cielo el alma de aquel criminal, y la conducirá. Los mismos propósitos tiene respecto a Ándara, y su mayor gozo sería que los encierros a que ambos delincuentes fuesen destinados, radicaran en la misma ciudad. Si no, compartiría su tiempo entre la vecindad de Ándara y la proximidad del _Sacrílego_, llevándose consigo a Beatriz, sin temor alguno de ser censurado y escarnecido por la compañía de una mujer.

--Tales son sus ideas, sí señora... Tan cierto es ello como que usted tiene algo de zahorí --dijo don Manuel, sin disimular su asombro--. ¿Pero usted..., acaso, le ha visto, le ha oído...?

--No; pero veo a Beatriz, de quien soy amiga, y amiga del alma. No he querido decírselo hasta que no viniera una coyuntura propicia.

--¡Ah!... Me parece bien... Beatriz, la discípula...

--Pues bien, señor don Manuel de mi alma, esas ideas y propósitos del don Nazario bastardean un poco aquella pureza del alma de que me hablaba hace un rato. La extrema humildad, ¿no se da la mano con el orgullo?

--Tal vez, tal vez.

--Por lo cual yo, más decidida que usted, sin duda porque soy más ignorante, veo bien patente la locura de ese santo varón... ¿Es un loco santo, o un santo loco?...

--Locura... santidad... --murmuraba Flórez mirando al suelo, la cabeza sostenida por ambas manos, los codos apoyados en las rodillas, con todas las señales en rostro y acento de una hondísima turbación.

IV

No pudieron detenerse, como deseaban, en buscar la explicación de aquel contrasentido, porque entró Urrea con noticias frescas, que hacían revivir el interés del asunto nazarista. Según contó el joven reformado, por los periodistas se sabía ya la sentencia del Tribunal, que se publicaría sin tardanza. No encontraba la Sala en don Nazario Zaharín culpabilidad: la vagancia, el abandono de sus deberes sacerdotales, la sugestión ejercida sobre mendigos y criminales no eran más que un resultado del lastimoso estado mental del clérigo, y como en ninguno de sus actos se veía la instigación al delito, sino que, por el contrario, sus desvaríos tendían a un fin noble y cristiano, se le absolvía libremente. Resultando del informe de los facultativos que repetidas veces le habían examinado, que los actos del apóstol errante eran inconscientes, por hallarse atacado de _melancolía religiosa_, forma de _neurosis epiléptica_, se le entregaba al poder eclesiástico para que cuidase de su curación y custodia en un Asilo religioso, o donde lo tuviere por conveniente.

Don Manuel y Catalina guardaron profundo silencio al oír esta parte interesantísima de la sentencia.

--A Beatriz se la absuelve libremente --prosiguió Urrea--, porque nada resulta contra ella, y la pena que merecía por vagancia, se estima cumplida con las dos semanas que sufrió de prisión correccional.

Ándara salía peor librada, aunque no tan mal como al principio se creyó. De sus primeras declaraciones, y de las de Nazarín, resultaba autora del incendio de la casa número 3 de la calle de las Amazonas. Pero su abogado, hombre muy despierto, había conducido el asunto con rara habilidad, demostrando que lo depuesto por Nazarín no tenía ningún valor testifical, por hallarse este en pleno delirio pietista, presa de la monomanía del sacrificio y de la muerte. Ándara, en sus primeras declaraciones, había obedecido, según su defensor, a una influencia hipnótica del falso apóstol. Ampliado el juicio, y sustentada la no intencionalidad del incendio, el Tribunal admitió la prueba, condenándola, por lesiones a la _Tiñosa_, a catorce meses de reclusión penitenciaria. La causa del _Sacrílego_ no tenía nada que ver con la de la vagancia y desafueros nazaristas. Aún no se había sentenciado, y por bien que saliera, sus catorce o quince años de presidio no se los quitaba nadie, porque eran muchas y muy atroces sus audacias para llevarse la plata y vasos sagrados de las iglesias.

--Ya ve usted --dijo al fin Catalina a su amigo y limosnero--, cómo el Tribunal, haciendo suya la opinión de los facultativos, da por cierto que el santo varón no tiene la cabeza en regla.

--Y sin cabeza no hay conciencia --indicó el sacerdote con cierta alegría, como si entreviera una solución a sus dudas.

--Con todo --añadió la Condesa--, no debemos aceptar ese criterio como definitivo. Se equivocan los Tribunales, se equivocan los médicos. No afirmemos nada, y sigamos, mi señor don Manuel, en nuestras dudas.

--Sigamos, sí, en nuestras dudas --repitió el sacerdote, para quien era ya un descanso no pensar por cuenta propia.

--Y mis dudas --añadió Halma--, van a ser el punto de partida para resolver la cuestión, porque si no dudáramos, no nos propondríamos, como nos proponemos ahora, llegar a la verdad.

--Sí señora --dijo Flórez, hablando como una máquina.

--La sentencia del Tribunal, que yo esperaba, me abre camino para poner en ejecución un pensamiento que hace días me corre por el magín.

--¡Un pensamiento! A ver... --murmuró don Manuel perplejo, admirando de antemano y temiendo al propio tiempo las iniciativas de su ilustre amiga.

--Yo, digo, nosotros, sabremos al fin si nuestro pobre peregrino es santo, o es demente. Espero que podremos reconocer en él uno de los dos estados, con exclusión del otro. Y en el caso de que existieran juntamente santidad y locura, en ese caso...

--Arrancaremos la locura para echarla al fuego, como hierba mala nacida en medio del trigo --dijo don Manuel--, conservando pura e intacta la santidad.

--Y si existieran juntas y confundidas, en una misma planta --agregó Halma--, respetaríamos este fenómeno incomprensible, y nos quedaríamos tristes y desconsolados, pero con nuestra conciencia tranquila.

Flórez miraba al suelo, y Urrea no quitaba los ojos de su prima, cuyas palabras deletreaba en los labios de ella, al mismo tiempo que las oía. Después de una mediana pausa, y queriendo adelantarse al pensamiento de la señora, dijo el sacerdote:

--Pues para llegar a ese conocimiento y a esa separación, señora mía, tendríamos que... digo, veríamos de...

--No, si por más que usted discurra, no puede adivinar lo que he pensado, lo que haremos, si Dios me ayuda, y creo que me ayudará, pues la sentencia que acabamos de saber viene, como de molde, a favorecer mi pensamiento, obra magna, don Manuel, una empresa de caridad que ha de merecer su aprobación. Verá usted --añadió después de otra pausita, aproximando su silla baja al sillón del limosnero--. Pues, señor, ahora la ley civil le dice a la eclesiástica: yo, apoyada en la opinión de la ciencia, he debido declarar y declaro que ese hombre está loco. Como su locura es inofensiva, monomanía pietista nada más, que no exige custodia ni vigilancia muy rigurosas, renuncio a albergarle en mis casas de orates, donde tengo a los furiosos, a los lunáticos, casos mil de las innumerables clases de desorden mental. Ahí tienes a ese hombre; encárgate tú, Iglesia, de cuidarle, y, si puedes, de devolver el equilibrio a su entendimiento. Es pacífico, es bueno, es de dulce condición en su desvarío. No te será difícil restablecer en él el hombre de conducta ejemplar, el sacerdote sumiso y obediente...

--Y le cogemos --dijo Flórez--, y le mandamos a un convento de Capuchinos, o a una de las hospederías religiosas, que existen para estos casos, y le tenemos allí un año, dos, tres, al cabo de los cuales, estará lo mismo que entró.

--Quiere decir que no le cuidarán, que no le observarán, mirando por su existencia y por su razón con el interés paternal que se debe a un alma como la suya, buena, piadosa, a un alma de Dios...

--No digo que...

--Pero nada de esto pasará --afirmó la Condesa, levantándose nerviosa, y cogiendo el bastón de Urrea para reforzar el gesto decidido con que acentuaba la palabra.

--¿Pues qué se hará, señora?

--A usted, mi señor don Manuel, le corresponderá la gloria mundana de esta prueba, si, como creo, Dios la corona con un éxito feliz.

--¿Y qué tengo yo que hacer, señora mía? --preguntó el eclesiástico un poco molesto, pues no le caía en gracia aquello de hacer él cosas que ignoraba, ni que su autoridad quedara reducida a ejecutar órdenes superiores, como un vulgar secretario.

--Una cosa muy sencilla, y que me parece fácil. Mañana mismo... no hay que perder un solo día... mañana mismo, don Manuel Flórez y del Campo, el ejemplarísimo sacerdote, el gran diplomático de la caridad, coge el sombrero y se va a ver al señor Obispo. Su Ilustrísima, naturalmente, le recibe con los brazos abiertos, y usted le dice: «Señor Obispo, una dama de nuestra aristocracia...»

--¡Ah! ya... Una dama de nuestra aristocracia...

--¡Si lo adivina, si lo sabe, si no tengo que decir más! Pues qué: ¿no ha pensado usted lo mismo que yo? ¿No viene hace días dando vueltas en su mente a esta solución? ¿No esperaba saber la sentencia para proponérmelo?

--Sí, sí... Yo pensaba... En efecto... La idea es buena --dijo el limosnero, queriendo cazar al vuelo las de su noble amiga--. Claro que había pensado yo... Pues «Ilustrísimo señor, una dama de nuestra aristocracia, persona de grandes virtudes y celo cristiano, que quiere consagrar su vida al santo ejercicio de la caridad, ha imaginado que...»

Detúvose bruscamente don Manuel, vacilante, clavó sus ojos en Halma, después en Urrea, para volver a mirar con escrutadora fijeza a la ilustre señora, y en aquel punto, como si recibiera inspiración del Cielo, o algún genio invisible en el oído le susurrara, vio el pensamiento de la Condesa con toda claridad. Y recordando al instante palabras y frases sueltas de conversaciones anteriores, y viendo en ellas perfecto ajuste con lo que acababa de oír, ya no necesitó más el agudo presbítero para recobrar toda su compostura mental, y sentirse dueño de sí mismo, y a punto de serlo de la situación. Limpió el gaznate para aclarar la voz, tomó de manos de Halma el bastón de Urrea, y fue marcando con él sobre la alfombra estas o parecidas expresiones:

--La señora Condesa ha tenido un pensamiento grande y bello, como suyo. Hace tiempo concibió el proyecto de destinar su casa de Pedralba a un fin caritativo, estableciéndose allí, al frente de una pequeña sociedad de desvalidos y menesterosos, de pobres enfermos y de ancianos sin recursos. Bueno, Señor, bueno. Pues ahora, la señora Condesa se dirige por mi conducto al señor Obispo, y le dice: «A ese pobre clérigo perseguido, absuelto y tachado de locura, yo me le llevo a Pedralba, allí le cuido, allí le rodeo de calma, de un bienestar modesto; doy a su espíritu la soledad campestre, a su asendereado cuerpo descanso, y como él es bueno y sencillo, y su corazón se conserva puro, respondo de que en breve tiempo podré devolvérselo a la Iglesia, limpio de las nieblas que han empañado su mente. Entréguenme el vagabundo, y les devolveré el sacerdote; denme el enfermo, y les devolveré el santo.»

--¿Y eso puede ser? --preguntó vivamente la viuda, sin admirarse de lo bien que el sagaz Flórez le adivinaba las intenciones--. Quiero decir: ¿consentirá el señor Obispo...?

--¡Ah!... lo veremos. Mucha fuerza ha de hacerle su nombre, señora.

--Y más aún la intervención de usted.

--En casos como este de Nazarín, el Prelado adoptará uno de dos procedimientos: o entregar al enfermo un vale perpetuo para el Asilo de Eclesiásticos, o ponerle bajo la salvaguardia de una familia respetable de reconocida virtud y piedad. Esto último se ha hecho hace poco con un pobre clérigo que padecía de ataquillos de enajenación.

--Pues la familia respetable a quien se encomiende la custodia y cuidado de este santo varón, seré yo.

--Sin duda. Y mucho mejor, si se constituye el Asilo o Recogimiento en forma legal y canónica, poniéndolo, como es natural, bajo la tutela del jefe de la diócesis.

--En fin --dijo Halma gozosa--, que Nazarín es nuestro. Y el señor Obispo, ya lo estoy viendo, alabará mucho este plan al saber que es idea de usted.

--Idea mía no --replicó Flórez sin mirar a la dama--. Si acaso, en parte... Ambos pensamos lo mismo. Pero yo no podía pronunciar sobre ello la primera palabra, y tuve que aguardar a que la dijese quien debía decirla.

--Quedamos en que mañana mismo...

--Mañana mismo, sí señora.

--No se nos adelante alguno...

--¡Ah! lo que es eso... Pierda usted cuidado.

Retirose don Manuel a su casa, y aquella noche fue acometido de una lúgubre congoja, cuyo fundamento el buen clérigo no podía explicarse. «Esta tristeza hondísima y que parece que me abate todo el ser --se decía, sin poder conciliar el sueño--, no proviene de causa puramente moral. Aquí hay algún trastorno grave de la máquina. O el hígado se me deshace, o la cabeza se me quiere insubordinar, o el corazón se fatiga, y me presenta la dimisión.»

V

Hízose todo como Catalina de Artal deseaba, sin que la gestión del buen Flórez tropezase con ninguna dificultad ni obstáculo de importancia. Notaban en él cuantos en aquella ocasión le vieron, lo mismo en las oficinas eclesiásticas, que en las casas nobles que ordinariamente visitaba, una gran decadencia física, la cual parecía más grave por la pérdida de la jovialidad. Además, claramente se advertía cierta inseguridad en las ideas, y dispersión de las mismas en el momento de querer expresarlas, vamos, como si se le fuera el santo al cielo, según el dicho vulgar. No era ya el mismo hombre; en pocos días su cuerpo perdió la derechura que le hacía tan gallardo, su cara se había vuelto terrosa, sus manos temblaban, y cuando quería sonreírse, su habitual expresión afable le resultaba fúnebre.

--O don Manuel está muy malo --decían sus amigos--, o algún hondo pesar silenciosamente le mina.

Una mañana, el Marqués de Feramor le mandó llamar cuando descendía del aposento de la Condesa, y encerrándose con él en su despacho, puso la cara de las grandes solemnidades para decirle:

--¡Parece mentira que nuestro querido Flórez, desmintiendo su grave carácter, se haya prestado a favorecer las increíbles extravagancias de mi hermana! Primero, la tontería de meterse a redentores de José Antonio, poniéndose en ridículo, y dando lugar al desbordamiento de las hablillas y chirigotas. No era esto bastante, y entre mi hermana y su limosnero inventan este sainetón grotesco de llevarse a Pedralba toda la cuadrilla nazarista... porque supongo irán también las discípulas, para mayor edificación... Ya ha principiado el coro de burlas, que a mí no me afectan, no señor, porque todo el mundo sabe que permito a mi hermana lanzarse por su cuenta y riesgo a estas aventuras locas, para que encuentre en la ruina y en el ludibrio de las gentes el castigo de su soberbia.

La actitud y el lenguaje del señor Marqués eran de pontifical, según el rito inglés parlamentario y economista.

--Lo que más me duele --añadió--, es que nuestro buen amigo, en vez de poner un freno a estas que califico benignamente llamándolas extravagancias, les haya dado calor y apoyo con su autoridad...

Al oír esto, una onda de sangre subió del corazón al cerebro del sacerdote, y la ira, que era en él, por índole y por costumbre, sentimiento casi desconocido, se encendió en su corazón súbitamente. Al querer expresarla, las palabras se le atropellaron en la boca, su rostro enrojeció, sus ojos se avivaron. Con lengua torpe pudo decir tan solo:

--¿Tú qué sabes?... ¡Eres un necio!

Y salió, como huyendo de sí mismo, arrastrando el manteo, la teja echada hacia atrás, murmurando incoherentes frases por la escalera abajo. Iba por la calle dando tumbos, sosteniéndose por un desmedido esfuerzo de la voluntad, y al llegar a su casa, agotado bruscamente el esfuerzo, cayó redondo en el portal. Entre el portero y dos vecinos que bajaban, levantáronle del suelo, y como cuerpo muerto le condujeron al cuarto segundo donde vivía. El ama y la sobrina, dos mujeres simplicísimas, ambas entradas en años, que le querían entrañablemente, rompieron en estrepitoso llanto al verle entrar en tan mísero estado, y la sobrina exclamaba:

--¡Virgen de la Valvanera! Ya lo dije yo. Mi tío venía mal desde la semana pasada.

Acostáronle, y como una media hora tardó en recobrar el conocimiento; mas la palabra no. El buen señor quería decir algo, y su lengua inerte no le obedecía. Acudió el médico, fuéronle aplicados los remedios elementales, y ya muy entrada la noche, después de algunas horas de reposo, pudo expresarse con mediana claridad:

--No seáis tontas --dijo al ama y la sobrina, que una a cada lado del lecho le contemplaban atribuladas--, ni deis ahora en la manía de asustaros... Esto no es más que un aire. Lo cogí al salir de casa de Feramor. Ya me encuentro mejor, y con la ayuda de Dios Misericordioso y de la Virgen Santísima, mañana podré echarme a la calle. Y en caso de que determinen que ya estoy de más en este mundo inicuo, ¿qué hemos de hacer más que conformarnos todos, yo con irme a donde mi Padre Celestial me destine, según mis méritos o mis culpas, vosotras con que me vaya y os deje en paz?

Dispuso el doctor que no se le diera conversación y se le dejara descansar toda la noche, ordenando diversas medicaciones internas y externas. A la mañana siguiente la mejoría era bien clara, y desde muy temprano acudieron a la casa multitud de personas. Una de las primeras fue Urrea; a poco llegaron Consuelo Feramor y la de Monterones, y otras muchas señoras y caballeros de distintas categorías. Todos prodigaron al enfermo consuelos cariñosos, deseando su salud como la propia. Iban entrando en la alcoba por tandas, y reunidos después en la sala, lamentaban el repentino accidente del simpático sacerdote.

Consuelo llevó aparte a José Antonio para decirle:

--Sospecho que tú y Catalina no tenéis poca responsabilidad en este arrechucho de nuestro amigo. ¡Ah! su enfermedad arranca de la parte moral... ¿Qué... te haces el tonto? ¿No comprendes tu parte de culpa y la de mi cuñadita, esa loca que no andaría suelta si no llevara el nombre que lleva? ¿Ahora caes en la cuenta de que habéis desprestigiado a este santo varón, de que le habéis puesto en ridículo a los ojos del clero, de todos sus amigos y relaciones?

Contestación enérgica pensó darle Urrea; pero prefirió callarse por no alborotar en casa ajena. A poco, entró Catalina de Halma, vestidita de negro, con humilde severísimo porte, y su hermana y cuñada la saludaron con frialdad compasiva. Ella no les hacía ningún caso, ni se cuidaba de que le manifestaran este o el otro sentimiento. Cuando todos se retiraban, la Condesa expresó al ama y la sobrina su deseo de ayudarlas día y noche en aquel penoso trajín de enfermeras. Conociendo la sinceridad de la buena señora, la familia del sacerdote aceptó tan noble ofrecimiento, felicitándose de que pronto sería innecesario, porque don Manuel mejoraría, con la ayuda de Dios. Pasó a verle Catalina, y él, regocijándose de su presencia, se excitó un poquito, presentando síntomas vagos de trabazón de lengua y de vaguedad en la ideación:

--Señora mía --la dijo--, muy malito tiene usted a su limosnero. Ha sido un aire, nada más que un aire... He soñado con el Recogimiento de Pedralba en que estaríamos tan bien... ¡oh, tan bien! Estos aires... son aires muy malos... La vida social... este vértigo, este bullicio, este mentir continuo... mal aire, señora... ¡Destrucción de los cuerpos, perjuicios de las almas!... Dios quiere llevarme ya. Ha visto que no sirvo... que he llegado a la vejez sin hacer en el mundo nada grande, ni hermoso, ni saludable para las almas. Mi conciencia habla y me dice: «no hay en ti y derredor de ti más que vanidad de vanidades...» Usted es grande, señora Condesa, yo soy pequeño, tan pequeño, que me miro y no me veo mayor que un grano de arena. Un aire me trae, otro me lleva... ¡Ah, la soledad de Pedralba...! Pero no, no soy digno... El señor Marqués me mira desde la altura de su necedad, y me humilla todo lo que yo merezco. ¿Qué he sido yo? Un fantasmón... No hay que desmentirme. ¿Qué hice por la salvación de las almas? Nada... ¡Y usted, que es santa, se digna venir a consolarme en mi tribulación...! ¡Cuánta bondad, cuánta grandeza! Porque nadie mejor que usted conoce mi insignificancia... Dios me dice: «no eres nada... eres el vulgo cristiano, lo que es y no es... Vas bien vestido, y calzas bonito zapato con hebillas de plata... ¿Y qué? Eres atento en el hablar, obsequioso con todo el mundo; respetuoso de mí; pero sin amor. El fuego del amor divino es en ti un fuego pintado, con llamaradas de almazarrón como las de los cuadros de Ánimas. Llevas y traes limosnas como la Administración de Correos lleva y trae cartas... pero tu corazón... ¡ah! Yo que lo veo todo, lo he visto, lo he sentido palpitar, más que por la miseria humana, por la elegancia de tus hebillas de plata...» Luego viene un aire... ¡Hermosa debe de ser la muerte para los que mueren en el Señor. Yo también quiero morir en Él, yo quiero, yo quiero!...

Vivamente alarmada, la Condesa se retiró de la alcoba, pensando que la mejoría del bendito don Manuel había sido engañosa. Y firme en su propósito de desempeñar en la casa los menesteres más humildes, mientras estuviese enfermo su amigo del alma, concertó con el ama y sobrina las faenas a que debía consagrarse, resolviendo entre las tres que, pues la presencia de la señora excitaba al enfermo, sin duda por el cariño que este le profesaba, no era conveniente que entrase en la alcoba sino en los casos de absoluta precisión. Desembarazada de su mantilla, tan pronto trabajaba en la cocina, como se personaba en la sala, para recibir visitas de seglares y clérigos. Comió con las mujeres de la casa, y no quiso que le preparasen cama, pues con descabezar un sueño sentadita en una silla le bastaba. La enfermedad de su amado esposo había sido para ella educación cumplida en aquellos trabajos y desazones, y el no dormir, el no comer, la vigilancia constante no la afectaban lo más mínimo.

Muy bien pasó la tarde don Manuel, y a la noche llamó a sus domésticas para que le acompañasen y diesen parola, pues la costumbre, segunda naturaleza, le pedía trato social, conversación, amenidad. Catalina se escondió tras de la puerta para oírle, temerosa de que volviese a desvariar. Dijéronle Constantina y Asunción, que así se nombraban el ama y sobrina, que ya podía darse por restablecido de aquel arrechucho, y que le bastaría media semanita de descanso para poder entregarse nuevamente a sus habituales quehaceres. A lo que respondió el clérigo con serenidad:

--Puede que tengáis razón; pero por sí o por no, yo me pongo en lo peor, y si me apuráis mucho, digo que en lo mejor, o sea la muerte, fin de esta vida miserable y principio de la eterna.

Como ellas dijeran que siendo él un santo, nada podía temer, ahuecó la voz para contestarles:

--Ni yo soy santo, ni ustedes saben lo que se pescan, pobres rutinarias, pobres almas sencillas y vulgares. Estoy a vuestro nivel... no, digo mal, a un nivel más bajo. Porque vosotras habéis padecido: tú, Constantina, con la mala vida que te dio tu marido; tú, Asunción, con tus enfermedades y achaques dolorosos. Vosotras habéis tenido ocasión de perdonar agravios, yo no. Vosotras habéis sufrido escaseces cuando no estabais a mi lado; yo he vivido siempre en mi dulce y cómoda modestia, sin carecer de nada, bien quisto de todo el mundo, niño mimoso y predilecto de la sociedad. Vosotras habéis luchado, yo no, porque todo me lo encontré hecho. No me llaméis santo, porque hacéis befa de la santidad aplicándola a quien tan poco vale.

Echáronse a llorar las dos mujeres, y le invitaron a variar de conversación, pues aquella no era la más propia de un enfermo de la cabeza.