Halma

Part 8

Chapter 84,155 wordsPublic domain

--Hijo, no sé. Poco entiendo de Jurisprudencia criminal.

--Pues ayer en el Congreso --prosiguió el otro con gravedad--, me dijo a mí mismo don Antonio Cánovas del Castillo... Palabras textuales: «Condenar a Nazarín sería la mayor de las iniquidades.»

--Lo mismo creo.

--Pero los pareceres están divididos, aunque la mayoría de la opinión es favorable a la inculpabilidad del apóstol. Yo le digo a usted la verdad. A mí me tiene medio conquistado. A poco más, voy a la redacción descalzo, abandono la casa de huéspedes, y me paso la noche en el hueco de una puerta... Nada, que me seduce ese hombre, que me atrae.

--Su humildad llevada al extremo, su conformidad absoluta con la desgracia --afirmó el sacerdote pensativo, mirando al suelo, y quitando la ceniza del cigarro con el dedo meñique--, son, hay que reconocerlo, una fuerza colosal para el proselitismo. Todos los que padecen sentirán la formidable atracción.

--Pues no hay tanta gente como yo creía --dijo el otro _chico de la prensa_ volviendo presuroso--. Está un actor..., no me acuerdo de su nombre... que quiere estudiar el tipo del Cristo para las representaciones de la _Pasión y Muerte_, en no sé qué teatro. También tenemos ahí a los pintores Sorolla y Moreno Carbonero, que quieren hacer una cabeza de estudio, y José Antonio de Urrea, que pretende volver a fotografiarle.

--Pues ya le cayó que hacer al pobre don Nazario --dijo Flórez mohíno--. Entraremos dentro de un ratito, y procuraremos despejar la celda. Y ustedes, caballeritos, ¿se largarán pronto?

--¡Oh, sí! tenemos que ver a Ándara. ¿Viene usted, señor don Manuel? Le llevamos en coche.

--Gracias.

--Pues Ándara es deliciosa: más fea que una noche de truenos; pero con un talento para las réplicas, y una viveza, y una energía de carácter, que le dejan a uno pasmado.

--Y una fe en Nazarín que vale cualquier cosa. Si la ponen en una parrilla para que reniegue de su maestro, morirá tostada, escupiendo sangre a sus verdugos y proclamando a Nazarín, como ella dice, el _preferente_ de todos los santos de la tierra y del cielo, ¡caraifa!

Llegaron otros dos del oficio, y saludando cortésmente al buen eclesiástico, formaron todos corrillo junto a un ventanón de la galería.

--Parece esto la antesala de un ministro --dijo uno de los que acababan de llegar, llamado Zárate, hombre muy leído, según general opinión, quiere decirse, que leía mucho.

--O de un soberano del antiguo régimen. Aquí estamos aguardando que salga la tanda que está dentro.

--Pero falta un chambelán que ponga orden en estas audiencias.

--Pues hoy --dijo Zárate echándose hacia atrás el sombrero--, no me voy sin interrogarle sobre las concomitancias que veo entre el ideal nazarista...

--¿Y qué?

--Y el misticismo ruso.

--¡Hombre, por Dios!

--Yo veo un parentesco estrecho, una filiación directa entre aquellas y estas florescencias espiritualistas, que no son más que una manifestación más de la soberbia humana.

II

--Pues ayer --manifestó el vivaracho--, le interrogué yo sobre eso del _rusismo_. Se mostró sorprendido, y me dijo que sus actos son la expresión de sus ideas, y estas le vienen de Dios; que no conoce la literatura rusa más que de oídas, y que siendo una la humanidad, los sentimientos humanos no están demarcados dentro de secciones geográficas, por medio de líneas que se llaman fronteras. Aseguró después que para él las ideas de nacionalidad, de raza, son secundarias, como lo es esa ampliación del sentimiento del hogar que llamamos patriotismo. Todo eso lo tiene nuestro don Nazario por caprichoso y convencional. Él no mira más que a lo fundamental, por donde viene a encontrar naturalísimo que en Oriente y Occidente haya almas que sientan lo mismo, y plumas que escriban cosas semejantes.

--Si es lo que yo digo --indicó el que había entrado con Zárate--. Ese es un tío muy largo, pero muy largo... No hay quien me apee de la opinión que formé de él el primer día. Estamos aquí haciéndole la corte al patriarca de los tumbones, y popularizando al Mesías de la gorronería... ¡Oh! convengamos en que hace su papel con un histrionismo perfecto, y que ha sabido llevar hasta lo sublime el carácter del farsante aventurero y vagabundo. Yo sostengo que este tipo es la condensación más acabada del españolismo en todas sus fases... sin negar que lo muy español pueda ser también muy ruso... entendámonos.

--Pero vengan acá, señores míos --dijo don Manuel atrayendo con su gesto y con sus palabras la atención benévola y cortés de toda aquella tropa--. Perdónenme si meto baza en sus discusiones. Piense cada cual de este desdichado Nazarín lo que quiera. Pero al demonio se le ocurre ir a buscar la filiación de las ideas de este hombre nada menos que a la Rusia. Han dicho ustedes que es un místico. Pues bien: ¿a qué traer de tan lejos lo que es nativo de casa, lo que aquí tenemos en el terruño y en el aire y en el habla? ¿Pues qué, señores, la abnegación, el amor de la pobreza, el desprecio de los bienes materiales, la paciencia, el sacrificio, el anhelo de no ser nada, frutos naturales de esta tierra, como lo demuestran la historia y la literatura, que debéis conocer, han de ser traídos de países extranjeros? ¡Importación mística, cuando tenemos para surtir a las cinco partes del mundo! No sean ustedes ligeros, y aprendan a conocer dónde viven, y a enterarse de su abolengo. Es como si fuéramos los castellanos a buscar garbanzos a las orillas del Don, y los andaluces a pedir aceitunas a los chinos. Recuerden que están en el país del misticismo, que lo respiramos, que lo comemos, que lo llevamos en el último glóbulo de la sangre, y que somos místicos a raja tabla, y como tales nos conducimos sin darnos cuenta de ello. No vayan tan lejos a indagar la filiación de nuestro Nazarín, que bien clara la tienen entre nosotros, en la patria de la santidad y la caballería, dos cosas que tanto se parecen y quizás vienen a ser una misma cosa, pues aquí es místico el hombre político, no se rían, que se lanza a lo desconocido, soñando con la perfección de las leyes; es místico el soldado, que no anhela más que batirse, y se bate sin comer; es místico el sacerdote, que todo lo sacrifica a su ministerio espiritual; místico el maestro de escuela que, muerto de hambre, enseña a leer a los niños; son místicos y caballerescos el labrador, el marinero, el menestral, y hasta vosotros, pues vagáis por el campo de las ideas, adorando una Dulcinea que no existe, o buscando un más allá, que no encontráis, porque habéis dado en la extraña aberración de ser místicos sin ser religiosos. He dicho.

Celebraron los buenos _chicos_ el discurso del venerable don Manuel, y cuando alguno, con el respeto debido, a contestarle se disponía, llegaron nuevos visitantes, dos damas y dos caballeros aristocráticos, que anhelaban conocer a Nazarín, y tres o cuatro personas más, gente literaria o política, que ya le había visto y deseaba sondearle de nuevo, porque entre sí traían grande y enmarañada discusión sobre si era un tunante muy largo o un sencillote con la cabeza trastornada.

--¿Qué? ¿no podemos verle? --dijo sobresaltada una de las damas.

--Habrá que esperar a que salgan los que están dentro... la pintura, señora, la fotografía y las artes del diseño.

--¿Y qué? --preguntó a los periodistas uno de los de oficio literario que acababa de entrar.

--¿Saben ustedes si ha leído el librito de su nombre que anda por ahí?

--Lo ha leído --replicó uno de los que llegaron con Flórez--, y dice que el autor, movido de su afán de novelar los hechos, le enaltece demasiado, encomiando con exceso acciones comunes, que no pertenecen al orden del heroísmo, ni aun al de la virtud extraordinaria.

--A mí me aseguró que no se reconoce en el héroe humanitario de Villamanta, que él se tiene por un hombre vulgarísimo, y no por un personaje poemático o novelesco.

--Y dice también que en su reyerta con los bandidos en la cárcel de Móstoles, no le costó tanto trabajo vencer su ira como en el libro se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo.

--Pues para mí --manifestó el caballero aristocrático--, el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de la Coreja, la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de Belmonte es primo mío, le conozco bien, y sé que en ningún caso pudo sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo cogiera una estaca, y le moliera los huesos, y le plantara en medio del camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil. Está en carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca de la pareja de la Guardia civil!

En esto vieron salir a Urrea de la celda, seguido de los pintores y del cómico.

--Ea, ya tenemos aquí al chambelán, que viene a anunciarnos que Su Excelencia nos espera.

Pero el chambelán traía muy distintas órdenes.

--Señores --les dijo--, tengo el sentimiento de participarles que el amigo Nazarín les suplica por mi conducto que le dejen solo. Siente fatiga, y si no me engaño, tiene bastante fiebre. Le he tomado el pulso. Necesita descanso, quietud, silencio.

El efecto de estas palabras fue desastroso. Las dos damas no tenían consuelo.

--¿Pero no podremos verle, siquiera un instante?

--Me ha suplicado que, por hoy, le libre del vértigo de las visitas.

--Y hace bien en cerrar la puerta --declaró Flórez--. No sé cómo aguanta tanta impertinencia. Ea, señores, estamos de más aquí.

--Poco a poco --dijo Urrea--. La orden tiene una excepción. Supo que está aquí don Manuel, y ha manifestado deseos de verle. Pase usted; pero solo.

--¡Ay! nosotras... podríamos pasar también, hablarle un ratito... --indicó una de las damas.

--¡Oh!, no... sin duda quiere confesarse. Vámonos.

--¡Qué fastidio!... ¡Volveremos otro día! Yo quiero verle. Díganme ustedes, señores periodistas: ¿cómo es Nazarín? ¿Es cierto que su rostro tiene tal expresión, que desconcierta a cuantos le miran? ¿Y cómo está vestido? ¿Qué dice? ¿Ríe o llora? ¿Habla con los que le visitan, les echa la bendición, o no hace más que mirarles?

Contestaban los buenos _chicos_ a estas preguntas, excitando la curiosidad de las nobles señoras, en vez de calmarla. Inconsolables ellas por el chasco sufrido, y no pudiendo anegar sus ojos, sedientos de aquella gran novedad, en la fisonomía del apóstol errante, los clavaban en la puerta. ¡Ah! detrás de aquella puerta estaba... Volverían a la mañana siguiente.

Entró don Manuel, y desfilaron por las escaleras abajo todos los demás. Alguno propuso a las aristócratas llevarlas a ver a Ándara. Pero después de una espontánea conformidad con esta idea, una de las dos reflexionó y dijo:

--¡Imposible! ¿Está usted loco? ¡Nosotras entrar en la Galera!

Luego fue apuntada la idea de visitar a Beatriz, y esto no pareció tan mal a las dos señoras. Sí, sí, podrían ver a la mística vagabunda y soñadora. Dividióse el grupo en la calle, y unos se dirigieron a la inmediata de San Blas, y los otros a la remota de Quiñones.

Salió Ándara al locutorio, y lo primero que le preguntaron los _chicos_ fue si había leído el libro titulado _Nazarín_.

--Me lo leyeron --replicó la presa--, porque a mí me estorba lo negro. ¡Ay, qué mentironas dice! Yo que ustedes, pondría en el papel que el _escribiente_ de ese libro es un embustero, y le avergonzaría, para que se fuera con sus papas a otra parte. ¿Pues no dice que yo pegué fuego a la casa?

--Tú también lo dijiste al principio; pero ahora, ausente de tu señor Nazarín, que no te permite mentir, has arreglado con tu defensor, que es hombre listo, esa salidita del fuego casual. El hecho queda por lo menos dudoso, y la pena será relativamente corta.

--¡Que fue _de_ casual, ¡ea!... ¡Caraifa con los niños de la prensa! Yo al principio no supe lo que decía. Se me derramó el condenado petróleo... Quedeme a obscuras... Encendí un misto, y vele ahí todo ardiendo... ¿Que no lo creen? Así _costa_... ¿Y quién me lo desmiente? ¿Quién me prueba que fue de voluntad? Si alguno de ustedes es el que ha escrito ese arrastrado libro, arrastrado le vea yo, ¡mal ajo!

--¿Sabes que te estás volviendo otra vez muy mal hablada?

--Desde que no está con el apóstol, ha vuelto a sus mañas.

--Ándara, nosotros somos tus amigos, y te queremos mucho. Pero si dices expresiones feas, se lo contaremos a don Nazario, y verás, verás.

--No, no se lo digan. Es la costumbre de antes, que sale... Pero una palabra mala, dicha sin pensar, no hace pecado. Es que me encalabrino cuando me hablan del maldito libraco. ¡Miren que decir ese desgalichao autor que yo parezco un palo vestido! Fea soy, digo, lo que es bonita, no soy ahora, como lo era antes, aunque sea mala comparación... pero no tan fea que me tenga miedo la gente. Él será un esperpento, y en sus escrituras quiere hacer conmigo una _desageración_. ¿Verdad que no tanto?

--Tienes razón, no tanto, Andarilla. Otra cosa: ¿Deseas mucho ver a tu maestro?

--¡Ay, no me lo diga! ¡Verle! ¡Qué diera yo por verle, por oír su voz!... Créanme, señores de la prensa, y pueden ponerlo en el papel, si les viene a mano. Por verle daría yo la salud que ahora tengo, y la que tendré en muchos años. Me conformaría con estar en esta cárcel o en un presidio toda mi vida, si supiera que le había de ver todos los días, aunque no fuera más que un cuarto de hora.

--Eso es querer, Ándara.

--Esto es querer, y creer en él, pues no ha mandado Dios al mundo otro que se le parezca... lo digo y lo sostengo, aunque me claven en cruz para que cante otra cosa. Que me desuellen viva para que diga que no le quiero, y ayudando yo misma a que me arranquen el pellejo, diré que es mi padre, y mi señor, y mi todo.

--¡Bien, brava Ándara!

--Nos contó Beatriz que ella le ve en espíritu, y siempre que quiere le hace revivir en su imaginación...

--Esa es muy _soñona_. Yo, como más bruta que mi hermana Beatriz, ¡bendita sea! no le veo cuando quiero, sino cuando él quiere dejarse ver.

--¡Hola, hola! Explícanos eso.

--No sean _materiales_, y compréndanlo sin más explicadera. Por las noches, cuando me tumbo en mi jergón, en medio de unas obscuridades como las del alma de Caín, si he sido buena por el día, si no he tenido pensamientos malos, abro los ojos, y en lo más negro de lo negro, veo una claridad, y en ella mi Nazarín que pasa... no hace más que pasar y mirarme sin decir nada... Pero por los ojos que me pone, entiendo lo que quiere hablarme. Unas veces me riñe unas miajas, otras me dice que está contento de mí.

--Pues si le ves esta noche, no es mala peluca la que te echa.

--¿Por qué?

--Por esa mentira tan gorda de que el incendio de la casa fue _de_ casual.

--¡Eh, que no es mentira!... Mentira lo que dice el libro, tocante a que quise _zajumar_ el cuarto... ¡Vaya, que ya es por demás tanta conferencia! Lárguense al periódico, que allá tendrán que plumear.

--Antes hemos de preguntarte otra cosa, ¡caraifa!

--No respondo más.

--¿A que sí? ¿La Beatriz viene a verte?

--Dos veces por semana. Ayer me trajo un vestido, que le dio para mí una señora de la grandeza.

--¡Hola, hola!... Noticia. ¿No te dijo el nombre de esa señora?

Y todos ellos sacaron papel y lápiz.

--Sí; pero no me acuerdo. Era un nombre muy bonito... así como... Señor, ¿cómo era?

--Haz memoria, Andarilla. ¿Sería la Condesa de Halma?

--Esa misma... Bien decía yo que era cosa buena... pues... del alma santísima.

--Bien, Ándara... te dejamos ya, caraifa.

--Adiós... adiós.

III

En mal hora se metió don Manuel Flórez en conferencias de exploración espiritual con el apóstol andante, porque siempre salía de la celda medio trastornado, ya creyendo ver en Nazarín la mayor perfección a que puede llegar alma de cristiano, ya viéndole y juzgándole como un ser dislocado, completamente fuera del ambiente social en que vivía. «No puede ser, Señor, no puede ser --se decía el buen viejo, dándose palmadas en el cráneo, ya retirado en su vivienda, y descansando de los trajines del día--. Cada tiempo trae su forma y estilos de santidad. No nos disloquemos, Señor, no nos desviemos de nuestra agrupación planetaria, si no queremos ser bólido errante, perdido por los espacios. Lo que yo digo: la locura no es más que eso, o mejor dicho, es precisamente eso, el escape por la tangente... y este hombre, con toda su virtud, que hay que reconocer, ha tomado mucha fuerza, y se escapa, se dispara fuera de la órbita... ¡Qué lástima, Señor, qué lástima! Porque... lo digo con verdad... difícilmente se encontraría un espíritu de mayor rectitud, de mayor pureza... Pero ha tomado la doctrina en su sentido más riguroso, por lo más estrecho, por donde duele, y... no sé, no sé... Él cree que el equivocado soy yo, y yo que el equivocado es él. Él dice que procede conforme a razón, y con plena conciencia de ajustarse a la ley de Cristo, y yo digo... No, Señor, yo no digo nada, no sé, he perdido los papeles; este hombre me ha trastornado, ha llenado mi cabeza de confusión. No, no vuelvo a verle más. La sinrazón es contagiosa... Un loco hace mil. No más, no más.»

Y a pesar de esto, volvía, pues siempre le quedaba algún puntillo que dilucidar, o seno escondido que reconocer en el pensamiento del peregrino. Volvía, y a nueva conferencia, nueva turbación y desconcierto del buen clérigo social. Se creerá que es exageración lo que se cuenta, pero es la verdad pura. Don Manuel llegó a perder el apetito, cosa de extraordinaria novedad en él, dormía mal, y se desmejoró su rostro. Creyeron sus amigos que había dado el bajón repentino de la aproximación a los setenta, y no faltó quien atribuyese a una causa moral la pérdida de aquel excelso aplomo que era su característica. Quizás su bondad se resintió de haber encontrado una bondad superior, o que tal le pareciera, y como vivía en la rutina de no tratar más que inferiores, en el terreno de conciencia, el repentino encuentro de un ser, ante el cual alguna de las energías de su alma tenía que hacer reverencia, le puso quizás de mal talante, aunque sin llegar, ni por asomo, a las tristezas de la envidia, pues era incapaz de este odioso sentimiento. ¿Consistiría tal vez en que el trato social, las consideraciones y aun lisonjas de que era objeto, habían llegado a formar en su alma la concreción de amor propio (de la cual los caracteres más dueños de sí no pueden librarse), y el conocimiento y trato de Nazarín rebajaron un poquito el concepto de su propio valer moral? Con independencia de la humillación y desprecio de sí mismo que impone la idea cristiana, todo ser conserva un poder de apreciación o evaluación psíquica, por el cual, sin darse cuenta de ello, a sí propio se estima y tasa. Sin duda Flórez empezó a conocer que se había tasado en algo más de lo que realmente valía. Como era recto y noble, acababa por conformarse diciéndose: «Bueno, Señor, bueno. Yo creí ser de lo mejorcito, y ahora resulta que hay quien me da quince y raya. Pues reconozca yo mi insignificancia, o mi inferioridad manifiesta, y alabada sea la perfección donde quiera que se encuentre.»

El buen señor no podía pensar en otra cosa, y la fijeza de tal idea iba socavando su salud. A veces se pasaba las noches en habilidosos distingos y paralelos, anhelando engrandecer el concepto propio, sin rebajar excesivamente el ajeno: «Él es bueno, yo también. No digamos santos, porque la santidad en nuestros tiempos ¿dónde está? Yo soy social, él individual; mi esfera es el mundo de los ricos, la suya el de los pobres. En ambas esferas se sirve a Dios, ¡vaya! Él fortifica su alma en la soledad, yo en el bullicio; yunque por yunque, no sé decir cuál es el mejor. Cierto es que si miramos a la doctrina pura y a su aplicación a nuestras acciones, él aparece con ventaja, yo con desventaja; pero miremos a los resultados prácticos de una y otra forma de ejercer el ministerio, y entonces, ¿cómo dudar que la supremacía está de la parte acá? Y por último, Señor, él se va del seguro, él se corre de lo posible a lo imposible, en él la virtud se permite hacer sus escapatorias al campo de la extravagancia, y...»

Elevando los brazos, y mirando al techo de su alcoba, en la cual se paseaba para entretener el insomnio, añadía: «Señor, Señor, llevar a la práctica la doctrina en todo su rigor y pureza, no puede ser, no puede ser. Para ello sería precisa la destrucción de todo lo existente. Pues qué, Jesús mío, ¿tu Santa Iglesia no vive en la civilización? ¿Adónde vamos a parar si...? No, no, no hay que pensarlo... Digo que no puede ser... Señor, ¿verdad que no puede ser?»

Como pasaban días y días sin que Catalina le interrogase sobre el examen o estudio psicológico del apóstol vagabundo, creyó del caso don Manuel tomar la iniciativa en aquel asunto, que más valía dar su opinión antes que la dama por sí misma y por otros caminos llegase a formarla. Todo lo temía de su talento agudo, afinado por una voluntad persistente.

--¿Y qué? --le preguntó Halma, demostrando menos curiosidad de la que Flórez esperaba.

--Empiezo por declarar --dijo don Manuel con solemnidad sincera, la mano puesta sobre su corazón--, que no conozco alma más bella que la del desventurado sacerdote, a quien la ley ha perseguido por vagancia y por haber dado amparo y protección a una mujer criminal. Si del estado de su entendimiento tengo aún mis dudas, de su conciencia, de su intención pura y rectamente cristiana, no puedo dudar. Quiero decir, señora mía, que encuentro una disconformidad irreductible entre la conciencia y el intellectus de ese singular hombre, y que si yo hallara manera de conciliar una con otro, tendría que declarar a Nazarín el ser más perfecto que ha podido formarse dentro del molde humano.

--Según eso, usted sigue viendo en él las dos naturalezas, el santo y el loco, y ni sabe separarlas, ni fundirlas, porque locura y santidad no pueden ser lo mismo.

--Exactamente.

--Bien podría deducirse de todo ello que, en nuestra imperfectísima comprensión de las cosas del alma, no sabemos lo que es locura, no sabemos lo que es santidad.

--¡No sé, no sé! --exclamó el limosnero extraordinariamente turbado, llevándose las manos a la cabeza.

--Serénese, don Manuel. ¿Será que usted, en su larga vida, nunca se ha visto delante de un problema semejante? Contésteme ahora: ¿el buen Nazarín practica la doctrina de Cristo tal como los Evangelios santísimos nos la enseñan?

--Sí señora.

--Y a pesar de esto, la conducta del buen hombre nos parece desconcertada... porque nuestras ideas así nos lo imponen. Si creyéramos otra cosa, debiéramos imitarle, renunciar a todo, abrazando el estado de absoluta pobreza.

--Sí señora.

--Y eso no puede ser. Hay algo dentro de nosotros mismos, y en la atmósfera que respiramos y en el mundo que nos rodea, que nos dice que no puede ser.

--Sí... puede ser... pero no puede ser... Ser no ser... He aquí, señora, la gran duda.

--Sigo preguntando. ¿Nazarín es humilde?

--Humildísimo. Asombra ver su tranquilidad ante los resultados probables del proceso. Si le condenan a presidio, lo acepta gozoso, lo mismo que si le hicieran subir al cadalso. Si le encierran en un manicomio, en el manicomio entrará y vivirá sin protesta. No se queja de la ley, ni de los jueces, ni de sus acusadores, ni de la opinión, que con tan distintos criterios le juzga.

--Y en el caso de que saliera libre, ¿se sometería al superior eclesiástico, sacrificando su independencia al rigor de la disciplina?

--También. Pues esto es lo admirable. Dice que si le absuelven libremente, se someterá y que...

--¿Qué más?... Sigo yo contando, pues usted, mi señor don Manuel, no tiene hoy la palabra tan expedita como de costumbre. Dice también el buen Nazarín que cuando se encuentre libre, persistirá en el cumplimiento del voto de pobreza que ha hecho al Señor.