Part 7
Con esta admonición, en que advirtieron las tres damas un marcado acento de severidad y amargura, cosa muy rara en don Manuel, que era un almíbar en el trato social, especialmente con señoras, se reprimieron, dando a sus críticas un tono puramente amistoso. Pasaron algunos días, en los cuales no tuvo Flórez ocasión de sacar las disciplinas; pero al ser puesto en práctica el plan de corrección del pobre Urrea, las hablillas recrudecieron. ¡Santo Cristo! Cuando se corrió la voz de que _le ponían casa_ a José Antonio, de que doña Catalina le cuidaba la ropa, y don Manuel andaba por todo Madrid a la husma de los usureros que desollaban vivo al primo de Feramor, levantose un tumulto tan imponente, que el bueno de Flórez tuvo que plantarse. Todo lo consentía, menos que su autoridad fuese puesta en solfa. Que se hicieran comentarios más o menos discretos de sus acciones, no le importaba; pero que sus acciones se desfiguraran maliciosamente, no podía quedar sin correctivo. Fue, ¿y qué hizo? Convocó a las tres damas que eran cabeza de motín, y les echó un sermón por todo lo serio, dejándolas, si no convencidas, calladas, y con pocas ganas de meterse en vidas ajenas. Retirose el buen limosnero a su casa, fatigado de aquellas luchas a que la genial iniciativa de la Condesa le comprometía, rompiendo la placidez fácil de su religioso gobierno, y al introducirse en la cama, después de sus rezos, o entreverando el rezo con la meditación profana, se decía: «¡Cuánto mejor que esta buena señora siguiera los caminos ya hechos y despejados, en vez de empeñarse en abrirlos nuevos, desbrozando la trocha salvaje! ¡Cuánto más cómodo para todos que acatara _lo establecido_, y se echara en brazos de los que ya tienen perfectamente organizados los servicios de caridad, las Juntas de damas, las archicofradías, las hermandades, mis colectas para escuelas, mis...! ¡Cuánto mejor abrazarse _a lo establecido_, Señor, que...!»
A pesar de los pesares, don Manuel dormía como un bendito. No así José Antonio, que en la casa frontera (calle del Olivar) se pasaba las noches en claro, por causa de la exaltación de su felicidad, pues la onda venturosa, cuando viene con fuerza, se parece a la onda del infortunio en que quita el sueño y aun el apetito. Tan grande novedad era para él ver definitivamente resuelto el problema alimenticio, no vivir mañana y tarde discurriendo en qué rama posarse para comer, que el mismo asombro de su dicha le tenía como en ascuas, receloso de su destino. ¡Le parecía tan inverosímil ser amo de su casa, es decir, estar en seguras paces con el casero, ver un principio de arreglo en las cosas necesarias para vivir; tener en su comedor loza modesta, pero loza al fin, en vez de los dos o tres platos rotos que eran su único ajuar; encontrarse los armarios surtidos de ropa blanca, que la misma Catalina con solícita mano materna había puesto allí! Todo esto era como un sueño, como un pasaje fantástico de las _Mil y una noches_. Temía despertar, y que tantos bienes desaparecieran en un restregar de ojos, volviéndole a la tristísima realidad de su vida anterior. Y para colmo de ventura, podría consagrarse seriamente a un trabajo fácil y muy de su gusto, la zincografía, pues ya le iban a disponer local y aparatos a propósito. ¡Qué dicha, qué gloria, qué divina lotería! ¿Con qué lengua, con qué voces bendeciría a su celestial Providencia, la santa y amorosa Halma?
Su nueva vida apartó al parásito de los sitios que ordinariamente frecuentaba, sin dejar de concurrir alguna noche a las casas de sus parientes. Y, al conocer allí los comentarios zumbones que del nobilísimo acto de su prima se hacían, perdió el hombre los estribos, cruzó palabras agrias con el Duque de Monterones y con dos o tres sujetos más, cuyas esposas o hermanas se habían permitido ridiculizar a la Condesa, y seguramente, si él fuera otro y en más le estimaran, de sus destempladas expresiones hubiera resultado algún lance. Feramor le calmaba, pues sus principios de buena educación repugnaban aquella forma violenta, y hasta cierto punto española, de tratar asunto tan delicado. Cuanto menos se hablara de ello, mejor. Pero Urrea estimaba el silencio como una complicidad cobarde con los murmuradores, y quería, por el contrario, hablar hasta que le oyeran los sordos, proclamar a gritos, no solo la inmaculada virtud de Catalina, sino su talento, y la superioridad de sus ideas, que aquel vulgo elegante y corrompido no podría comprender nunca. Feramor le dijo con gravedad:
--La forma, mi querido José Antonio, es cosa de suma importancia en la vida social, y no es posible desconocer su valor positivo, sin exponerse a gravísimos males. Todo se puede hacer haciéndolo bien; nada es factible con malas formas.
Retirose Urrea maldiciendo a su primo, a quien llamaba _el hombre de cartulina Bristol_, y a la mañana siguiente muy temprano se fue a ver a la Condesa, hacia la cual una atracción invencible le arrastraba en cuerpo y alma. El agradecimiento vivísimo se transformaba en una adhesión caballeresca, en un cariño fraternal o filial, que así debe llamársele para expresar bien su pureza, en el deseo de serle útil, y prestarle algún servicio proporcionado a la inmensidad del bien que de la ilustre señora había recibido. Pero siempre que a ella se acercaba, sentíase agobiado de tristeza, porque su conciencia le acusaba de agravios inferidos anteriormente a la generosa viuda, y aquel día hizo propósito firme de descargar su alma de aquel peso, confesando a su bienhechora los pecados que contra ella había cometido. Encontróla dobladillando, con la ayuda de su criada Prudencia, las sábanas y ropa de comedor que faltaban para completar el ajuar del perdis redimido. Retirose Prudencia, y prima y primo hablaron lo que sigue:
VIII
--Halma, de hoy no pasa que yo tenga contigo una explicación. Mi conciencia me lo pide, me lo exige. Gracias a ti, no solo tengo casa y cama en que dormir, y platos en que comer, sino conciencia. Esta me abruma: siempre que vengo, me digo: «De esta vez, se lo confieso.» Y siempre me falta valor. Pero lo que es hoy, querida prima, hoy, o canto o reviento.
--¿Pero qué es eso, José Antonio, has hecho alguna cosa inconveniente?
--No, no: no temas que yo falte a lo tratado. Mi corrección es tan cierta como que ahora vivimos tú y yo. Trátase de pecadillos antiguos, que no tienen en sí mucha gravedad, quiero decir, sí la tienen por ser contra ti. Cualquier falta cometida contra ti es gravísima. Yo quiero confesarlos hoy... Verás...
--Pero, hijo, vale más que se lo cuentes a un confesor. Por mí, tus pecadillos están perdonados. Falta que Dios te los perdone.
--Yo no tengo que buscar más perdón que el tuyo.
--Eso... casi casi es una irreverencia.
--Tú eres mi confesor, mi altar; tú eres mi santa, mi Virgen Santísima, mi...
--Calla, y no digas más desatinos. Pareces un chiquillo.
--Lo soy. Tú me has vuelto a la infancia, a la inocencia, a la edad aquella venturosa en que correteábamos los dos por los andurriales de Zaportela. Soy y quiero ser un niño, y como niño, a ti, que eres como mi madre, te confieso mis horribles pecados. Atiende. Lo primero... cuando tu hermano me sugirió la idea de pedirte socorro, yo no tenía más objeto que darte lo que llamamos un sablazo, ni más intención que emplear tu dinero en pagar algunas deudas apremiantes, quizás en probar fortuna al juego para sacar cantidad mayor. Pues cuando tu hermano me lo indicó, yo dije que tú estabas loca. ¡Ya ves qué insolencia!
--¿Y no es más que eso? --dijo Catalina riendo, y rasgando a tirón un gran pedazo de lienzo, de modo que su risa y el estridor de la tela se confundían--. Pues con muchas abominaciones como esa, tu rinconcito en el Infierno no hay quien te lo quite.
--Es más, es mucho más --añadió Urrea suspirando fuerte--. Dije también que tú eras tonta.
--¡Bah, bah!
--¡Llamarte tonta a ti, que eres la misma inteligencia...! El tonto es él, tu hermano, con la tiesura planchada de su alma inglesa, él, incapaz de nada grande, ni de un rasgo de sensibilidad...
--Eh... caballero; está usted pecando en el mismo confesonario. Por un lado se sincera, y por otro se carga con nuevas culpas, haciendo juicios temerarios.
--Pues no digo nada de tu hermano. Sabrás que también hablé pestes del bonísimo don Manuel, y le llamé _congrio_, y...
--Ja, ja... de seguro que te lo perdonará si lo sabe.
--Y después, una noche que comí en casa de Monterones, hablamos tu hermano y yo. Siempre que estoy a su lado, me siento con malos instintos, no puedo resistir las ganas de chafar su pulcra educación inglesa, como la felpa planchada y lisa de los sombreros de copa. Me gusta cepillarla a contrapelo, expresar conceptos que le contraríen y le hieran. Pues con esa intención, y sin ánimo de ofenderte, dije que yo pensaba contratar contigo, en cinco mil duros, la conducción a España de las cenizas de tu querido esposo, y añadí mil tonterías... Te advierto, en descargo mío, que había bebido más de la cuenta... Lo peor fue que no hablé del pobre Carlos Federico con el respeto que merece su memoria. Mi palabra que no.
--Eso es un poquito más grave --dijo Halma con severidad, fijos los ojos en su costura--; pero te lo perdono también, puesto que declaras que no sabías lo que hablabas, y que no tenías intención de agraviarme. ¿Qué más?
--Por ahora nada más. ¿Te parece poco? Me quedo muy tranquilo, después de habértelo confesado. Y ahora vamos a otra cosa. ¿Sabes que tu hermana y tu cuñadita, y todo el enjambre de amigas te critican acerbamente, por no haber correspondido a sus cuestaciones como ellas esperaban, y que además te ponen en solfa a ti y a don Manuel por lo que estáis haciendo por mí?
--¿Y qué? No me afano por eso. Les perdono cuanto digan de mi, ya sea impertinencia sin malicia, ya malicia verdadera.
--No se detienen en la línea del chiste más o menos discreto, sino que la traspasan, llegando a ofenderte con apreciaciones calumniosas. La de San Salomó dice que eres una hipócrita, y que las visitas que me has hecho estas mañanas para arreglarme el cuarto, no pertenecen al orden de la beneficencia domiciliaria.
--Todo eso es para mí --dijo la viuda con augusta serenidad--, lo mismo que el ruido del viento entre las tejas de la casa... Dios conoce mi interior, y ante Él expongo mi conciencia como realmente es. Los juicios de los hombres para mí no existen.
--¡Oh, yo no tengo esa virtud! ¡Claro, cómo he de tener esa que es tan difícil, si otras muy fáciles no las puedo tener! Lo que yo siento es furor de venganza al oír tales infamias. Sería feliz si pudiera retorcerle el pescuezo a la bribona que tal piensa y dice.
--¡Oh, por Dios, Pepe, no sigas por ese camino, si no quieres lastimarme, y perder en absoluto mi estimación!
--Anoche tuve dos o tres agarradas en las casas de Monterones y de Cerdañola por defenderte, porque para mí no hay mayor gloria que poner tu nombre y tus actos por encima de cuanto hay en el mundo. Yo me pelearía con todo el que no te confesase como la virtud más grande y pura que conocen Madrid y España entera; y haría morder el polvo al que pusiese en duda tu santidad, tu honestidad, tu entendimiento soberano.
--¡Jesús, cállate por Dios, y no disparates más, primo! ¿Estás loco?
--Y si te conviene probarlo, dime quién te ha ofendido en tu dignidad, en tu honor, o siquiera en tu amor propio, para aplastarle contra el suelo como un reptil, Catalina, para hacerle polvo...
Decía esto en pie, accionando con calor y énfasis de personaje heroico. Su prima, después de romper un hilo con los dientes, mirándole asustada, le calmó con una franca y placentera sonrisa.
--Dije que eras un niño, y ahora lo pareces más que nunca. Nadie me ha ofendido en mi dignidad ni en mi honor; pero aunque alguien me ofendiera, no consentiría yo que tú hicieses por mí el paladín en esa forma criminal y anticristiana. Estoy pasmada de tu falta de cristianismo. ¿Pero de dónde sales tú, desdichado? ¿En qué mundo de soberbia y de errores has vivido? Primo mío, si quieres que yo te proteja y mire por ti hasta hacerte persona regular, no me traigas acá bravatas caballerescas. ¡Matar! ¿Crees tú que puedo yo estimar a quien hiera a su semejante por un dicho, por una opinión, ni aun por un hecho ofensivo? No, José Antonio, eso conmigo no te vale. Ahoga esos sentimientos de crueldad, de venganza, y de desprecio de las leyes divinas. Si no, no te quiero, no podré quererte, no serás nunca el niño bueno, con el cual quiero hacer un hombre... mejor.
Desbordábanse en el alma de Urrea la gratitud y el afecto filial, y reconociendo que Halma hablaba conforme a sus cristianos sentimientos, replicó manifestando su incondicional sumisión a cuanto la dama pensara y resolviera. Despidiose, porque tenía que ver y escoger aquel mismo día unos aparatos para su industria, y preguntando a su protectora si debía volver por la tarde, díjole ella que no solo se lo permitía, sino que le rogaba que volviese después de comer.
A poco de salir Urrea entró don Manuel Flórez, el cual, después de informar a la soberana de los pasos dados para recoger cuentecillas y pagarés del primo pobre, le dijo que había visto a Nazarín; pero que aún no podía formar juicio definitivo de aquel hombre sin semejante. Por cierto que el Marqués, con quien hablado había del propio asunto (y esto se lo dijo Flórez a la Condesa en la forma más delicada), no encontraba pertinente que el infeliz sacerdote manchego fuese llevado a su casa, porque siendo el tal, en aquellos días, objeto de las indagaciones informativas de los noticieros de la prensa, si estos se enteraban de que había sido conducido a la casa de Feramor, armarían un alboroto que a él no le gustaba. Por respeto de su casa, por consideración al mismo apóstol vagabundo, a quien él sabía respetar también, no era procedente, no era correcto, no era oportuno..., pues...
--Mi hermano tiene razón --dijo Halma, anticipándose al consejo de su canciller--. No es conveniente, mientras no se calme el rebullicio del público. Desista usted, pues, por ahora...
--No, si ya he desistido --replicó don Manuel, queriendo hacer constar su iniciativa.
Y sin hablar cosa de más provecho, se retiró. Después de anochecido, cuando la viuda acababa de comer, entró José Antonio, y movido de nerviosa impaciencia, no aguardó mucho tiempo para decirle:
--Vengo furioso, querida prima. ¿Sabes que abajo hacen mil catálogos, y se permiten indicaciones ridículamente maliciosas...? Aciértame por qué... Dicen que anoche saliste con tu criada a eso de las nueve, y que no volviste hasta muy tarde. Están locas. Es mucho cuento que no puedas tú salir y entrar cuando gustes. Y puesto que a esa hora no hay novenas, ni sermón, ni Cuarenta Horas, ni costumbre de pasear, ni tú frecuentas los teatros, aquí tienes a tres señoras de alta alcurnia devanándose los sesos por averiguar a qué sitio, que no sea iglesia, ni paseo, ni teatro, puede ir una dama virtuosa entre nueve y diez de la noche.
--Déjalas que digan lo que quieran. Con eso se entretienen las pobres. En medio de su frivolidad, y del tumulto que las rodea, ¡se aburren tanto!... Pues sí, anoche salimos. ¿Sabes a qué hora regresamos? Ya habían dado las once.
Y volviéndose a su criada, que recogía la costura, le dijo:
--Prudencia, no recojas. Esta noche te quedas aquí cosiendo. Mi primo me acompañará.
--¿Sales también esta noche? --le dijo el de Urrea estupefacto.
--Sí, y te llevo de rodrigón, por si tuviera algún mal encuentro. ¿Por qué pones esa cara? Prudencia, mi abrigo, mi mantilla.
En un momento se dispuso para salir. Cogiendo un lío de ropa, bien envuelta dentro de un pañuelo prendido con alfileres, lo entregó a su primo, y sin tomarle el brazo, bajaron y salieron a la calle. A excepción del portero, nadie les vio salir.
--Aunque no es muy lejos --dijo Catalina guiando hacia Puerta Cerrada--, como los pisos están malísimos, tomaremos un coche, si te parece.
Así lo hicieron, y la Condesa dio las señas: San Blas, 3.
--¿Sabes a quién vi cuando pasábamos frente a San Justo? --le dijo Urrea, no bien empezó a rodar el pesetero--. Pues a Perico Morla. Sin duda iba a tu casa. Se paró para mirarnos. Ese llevará el cuento a Consuelo.
--Déjale que lleve todos los cuentos que quiera.
--Y de seguro ha venido en acecho hasta Puerta Cerrada, y nos ha visto entrar en el simón. Verás qué pronto da la noticia, que será la novedad de esta noche.
--Bien. ¿A ti te importa algo?
--¿A mí? Absolutamente nada. Palabra...
--Pues a mí tampoco...
--Lo que más me ha inquietado al ver a Morla, dejándome muy mal sabor de boca, es que... ¿Quieres que te lo diga?
--Sí, hombre, dímelo.
--Pues que le debo doce duros. Ya se me había olvidado...
--¡Ah! pues recuérdamelo mañana para mandárselos, es decir, para que se los mandes tú.
No tardaron en llegar al término de su viaje, que era una casa de apariencia bastante mediana, con estrecho portal y una escalera sucia, desquiciada y bulliciosa. Desde los descansos veíase un patio de corredores, y en estos, arriba y abajo, multitud de puertas entornadas, por las cuales salía ruido de voces, claridad y tufo de petróleo, olores de cenas pobres. Subieron Catalina y su acompañante al tercero, y cuando se aproximaban a la puerta, Urrea lanzó una exclamación, diciendo:
--¡Ah! ya sé a dónde vamos, prima. Desde que entré por el portal, me pareció reconocer la casa. Pero no caía; ¡qué confusión! no daba en lo cierto. Ya sé, ya sé. Como que aquí estuve yo la semana pasada con los periodistas. Aquí vive Beatriz, la discípula de Nazarín.
--Es verdad. Llama.
TERCERA PARTE
I
Si don Manuel Flórez inició sus visitas al místico vagabundo, don Nazario Zaharín, por complacer a su señora y soberana, la Condesa de Halma-Lautenberg, pronto hubo de repetirlas por cuenta y satisfacción de sí mismo, porque, la verdad sea dicha, el misterioso apóstol árabe manchego le encantaba, y cuanto más le veía, más quería verle y gozar de su sencillez hermosa, de la serenidad de su espíritu, expresada con palabra fácil y concisa. Y cada vez salía el buen presbítero social más confuso, porque la persona del asendereado clérigo se iba creciendo a sus ojos, y al fin en tales proporciones le veía, que no acertaba a formular un juicio terminante. «Yo no sé si es santo, pero lo que es a pureza de conciencia no le gana nadie. Desde luego le declararía yo digno de canonización, si su conducta al lanzarse a correr aventuras por los caminos no me ofreciera un punto negro, la rebeldía al superior... De todo lo cual voy coligiendo que en este hombre bendito existen confundidas y amalgamadas las dos naturalezas, el santo y el loco, sin que sea fácil separar una de otra, ni marcar entre las dos una línea divisoria. Es singular ese hombre, y en mis largos años no he visto un caso igual, ni siquiera que remotamente se le asemeje. He conocido sacerdotes ejemplarísimos, seglares de gran virtud; sin ir más lejos, yo mismo, que bien puedo, acá para mí, sin modestia, ofrecerme como ejemplo de clérigos intachables... Pero ni los que he conocido, ni yo mismo, salimos de ciertos límites... ¿Por qué será, Dios Poderoso? ¿Será porque este maniobra en libertad, y nosotros vivimos atados por mil lazos que comprimen nuestras ideas y nuestros actos, no dejándolas pasar de las dimensiones establecidas? No sé, no sé...» Y con este _no sé_, _no sé_, Flórez expresaba la turbación y las dudas de su espíritu.
Por aquellos días acreció el tumulto periodístico, por estar próximo a sentenciarse el proceso en que metidos andaban don Nazario y Ándara, y menudeaban las interrogaciones, que llaman _interviews_; los _reporters_ no dejaban en paz a ninguna de las celebridades de la ruidosa causa, y al paso que estimulaban con picantes relaciones la curiosidad del público, se desvivían por darle pasto abundante un día y otro, rebuscando incidentes en la vida privada de los héroes de aquel drama o comedia. Echábase Flórez al cuerpo la escalera que conduce a los pisos altos del Hospital, cuando sintió tras sí voces alegres, y dos jóvenes que con paso vivo subían de dos en dos peldaños le alcanzaron antes de llegar al tercero.
--Señor don Manuel, aunque usted no quiera... ¿Cómo va ese valor?
--No tan bien como ustedes... --contestó el sacerdote parándose, más para tomar aliento que para contestar al saludo. Y después de mirarles fijamente y de reconocerles, añadió con severidad--: ¿Con que otra vez aquí los señores periodistas?... ¡Pero, hombre, no han mareado ya bastante a ese pobre señor! Francamente, me parece el delirio de la publicidad.
--Qué quiere usted, don Manuel. La fiera nos pide más carne, más noticias, y no hay otro remedio que dárselas --dijo el primero de los dos, vivaracho y simpático.
--Agotado tenemos ya el filón --indicó el segundo--; pero como es forzoso servir al público diariamente, ayer le di yo reseña exacta de lo que come Nazarín, y una interesante noticia de los malos partos que tuvo su madre.
--Pero, hijos míos --dijo Flórez con más bondad que enojo--, vuestra información nos va a volver locos a todos. Habéis dicho mil cosas inconvenientes, otras que no le importan a nadie. Yo no sé cómo estos pobrecitos presos aguantan vuestro fuego graneado de preguntas, y no os mandan a paseo cien veces al día.
--Servimos al público.
--¿Pero no sería mejor que le sirvierais dirigiéndole, que dejándoos arrastrar por su novelería caprichosa y malsana?
--¡Ah, don Manuel! No somos nosotros, pobres _reporters_, los que encendemos la hoguera. Nos mandan llevar cuanto combustible se encuentra; troncos bien secos si los hay; si no, leña verde, para que estalle, y hasta paja, si no encontramos otra cosa.
--Bueno, señor, bueno.
--Pues ayer, mi querido don Manuel --dijo el vivaracho, mostrando un periódico--, me sacó usted de un gran apuro. No sabiendo qué escribir, me metí con usted. Vea, vea lo que le digo: «Le visita diariamente el venerable sacerdote don Manuel Flórez, que sostiene con el procesado empeñadas controversias sobre puntos sutilísimos de teología y de alta moral...»
--¡Jesús!... ¡Mayor mentira! ¡Pero si no hemos hablado nada de teología, ni...! Y además, ya os he dicho que no teníais que mentarme a mí para nada. Yo vengo aquí a cumplir mis deberes cristianos de consolar al triste, y dar un buen consejo al que lo ha menester.
--Es usted un santo, don Manuel. ¡Pues menudo bombito le doy aquí, más abajo! Vea...
--Ninguna falta me hacen a mí vuestros bombitos, y os agradecería mucho que no sacarais mi nombre en esta contradanza informativa.
--Déjeme que se lo lea. Digo: «Aquel venerable y ejemplar sacerdote, que es el primero en acudir, allí donde hay miserias que socorrer, y grandes amarguras que mitigar con el inefable consuelo de la piedad cristiana; aquel varón respetabilísimo, cuya modestia corre parejas con su virtud, cuya actividad en servicio de los grandes ideales religiosos...»
--Basta, basta... No quiero oír más.
Llegaron al corredor alto que da vuelta al inmenso patio, y el vivaracho se adelantó diciendo:
--Me temo que hoy tenga el apóstol mucha gente, y que no podamos hablarle.
--Pero si esto es un escándalo --dijo don Manuel--. Aquí viene, en busca de satisfacciones de la curiosidad, un público no menos numeroso que el que va a los teatros y a las carreras de caballos. Al pobre Nazarín le volverían loco si ya no lo estuviera, y como es hombre que no sabe negarse a nadie, ni ser descortés y altanero, que casos hay en que la descortesía y un poquitín de soberbia no están de más, resulta que los que venimos a consolarle y a poner algún concierto en sus ideas, no podemos realizar este fin.
Arrimáronse a una ventana el sacerdote y el segundo periodista, a echar un cigarrillo, mientras el primero entraba en la celda de Nazarín. Flórez sacó sus tenacillas de plata, pues no fumaba sin este adminículo, y el otro, al darle lumbre, le habló así:
--Dígame, señor de Flórez, ¿usted qué opina del resultado del proceso? ¿Cree usted que el tribunal verá en este hombre un criminal?