Part 6
--Sí señor; la siento, porque veo tras su petición un mundo de necesidades abrumadoras, de martirios horribles, en que igualmente gimen el alma y el cuerpo. Veo la falta de alimento, la estrechez de la vivienda, la persecución de los acreedores, la vida angustiosa, llena de humillaciones y vergüenzas ocultas, la disparidad terrible entre los medios de existencia y el nombre retumbante que se lleva en el mundo. Yo creo que en mi primo son ciertos los propósitos de enmienda; pero demos de barato que no lo sean; admitamos que nos engaña, que es un perdido, un tronera lleno de vicios, entre los cuales descuella el de la postulación a diestro y siniestro. ¿Y qué hará usted para sacarle del infierno de esa vida? ¿Predicarle? Nada se conseguirá mientras no se le ponga en condiciones de variar de conducta, y por más que usted se devane los sesos, no hallará otra manera de redención que darle lo que no tiene, porque su mala vida no es más que el resultado fatal, inevitable, de la pobreza.
--¿Según eso, señora mía --dijo el sacerdote con cierta severidad--, usted piensa darle a José Antonio los cinco mil duros que le pide?
--Sí señor, he resuelto dárselos, y así se lo he prometido. Mi palabra es oro. Pero...
--¿Pero qué?...
--¡Oh! aún falta lo mejor. Para que vea usted que no soy paradójica ni sofista, se los doy y no se los doy.
--¿Se los presta usted?
--Tampoco. Se los doy en una forma que usted ha de aprobar seguramente. Le adjudico la cantidad, quedando esta en mis arcas, a disposición de sus administradores.
--Que son...
--Usted y yo. Nosotros nos encargamos de arreglarle una casa decente, de asegurarle la subsistencia durante el tiempo que se determinará, y, por añadidura, le pagamos sus deudas, le rompemos esas cadenas infames que le condenan en vida a un horrible infierno, le libramos de la vergüenza del sablazo, de la humillación de carecer de todo. Completaremos nuestra obra dándole medios de trabajar en esa empresa que dice trae entre manos, especulación que conviene estudiar detenidamente para ver si en efecto es tal que en ella puede formarse un hombre honrado. Vamos, ¿qué me dice de esta forma de practicar la caridad? ¿Cree usted que hay otra manera de traer al buen camino a un hombre lleno de defectos, desquiciado, empedernido en mil hábitos perniciosos?
--Contesto, señora mía, que en principio aplaudo su pensamiento. Respecto a la práctica... no sé... Dígame usted: ¿José Antonio acepta el auxilio en la forma y condiciones que usted acaba de indicarme?
--El pobrecillo se echó a llorar. Bien conocí que sus lágrimas brotaban del corazón. «Eres la Providencia misma --me decía--, y realizas el sueño de mi vida; tú me salvas, tú me redimes, tú haces de mí otro hombre, y por ti, Halma, bien puedo decir que vuelvo a nacer.» Y diciendo esto me besaba las manos.
--Y yo también se las beso a usted ahora --dijo don Manuel, haciéndolo con verdadero enternecimiento--. Es usted una santa... a su manera, quiero decir que cada día saca usted una nueva forma de santidad. Debo decirle, en conciencia, que en estas cosas, la originalidad suele ser un poquitín peligrosa, pero hasta ahora vamos bien, y que siga el Señor inspirándole esas benditas iniciativas.
--Me complace que usted apruebe mi plan --dijo Catalina, excitada por el aplauso--, y que se compadezca de ese desgraciado primo mío, el cual, claramente lo veo, tiene más viciada la cabeza que el corazón. Cierto que es la informalidad andando, que no acaba cuando se pone a enjaretar embustes, que por procurarse el pan de cada día, comete mil bajezas. Por eso mismo, por ser un enfermo del alma, le está perfectamente indicada la medicina de la caridad tutelar y educativa. ¿No estoy en lo cierto?
--Sí, señora mía --replicaba Flórez entornando los párpados y afirmando con la cabeza.
--La caridad se ha de ejercer en toda clase de enfermos y en toda clase de miserables, y este Urreíta es un pobre de solemnidad... _de tres capas_, un desgraciado, cuyas angustias parten los corazones. Él me lo decía, haciéndome reír y llorar al mismo tiempo: «Querida prima, el último de los pordioseros es un millonario comparado conmigo. Recoge zoquetes de pan y peladuras de patatas; pero se lo come en paz, y su espíritu vive con la serenidad y la alegría del pájaro, que al amanecer canta saludando al día... Hasta los ciegos que andan por ahí tocando la flauta o el violín son menos desdichados que yo. Envidio a los vendedores de periódicos, a los mozos de cuerda, y a los poceros de la Villa. Todos comen su bazofia sin comerse al propio tiempo la vergüenza, que es amarga como la hiel.» ¡Pobrecillo de mi alma! No puedo menos de considerarle, señor don Manuel, como un niño mañoso a quien hay que educar. Le haremos todo el bien posible, sin escatimar los azotes. Porque eso sí, mucha caridad, pero mucho rigor.
--Eso, eso; y si conseguimos su enmienda, habremos hecho una obra meritoria y grande --dijo suspirando el sacerdote, que si al principio sintió su poquito de resquemor ante la hermosa iniciativa de su discípula, no tardó en apropiarse las ideas de ella, con la mira de vigorizarlas y recobrar de este modo su magisterio.
--Y nadie me quita de la cabeza --prosiguió Halma-- que el corazón de Pepe es bueno, y que hay en él, aunque por muy escondido no se vea, materia abundante para obtener la verdadera virtud. De niño era un ángel. Somos de la misma edad, y juntos vivimos algún tiempo en Zaportela: su madre, mi tía Rudesinda, me quería locamente, y como yo era endeblilla y enfermucha, me llevaba consigo al campo para que me repusiera. Pepe Antonio y yo pasábamos largas temporadas hechos unos salvajes, corriendo por praderas y sembrados, declarando la guerra a los pobres grillos, y comiéndonos, no solo la fruta madura, sino la verde. Pues mire usted: yo era mucho más traviesa que Pepe Antonio, yo solía tener malicias, inocentes, eso sí, pero malicias, y él no, él parecía un santito en agraz, y no es que fuera hipócrita, no; era la bondad misma, la pureza y la abnegación. Un día, delante de mí, se quitó la camisita para dársela a un niño pobre. Todo lo daba, no era glotón, ni avaricioso, ni envidiosillo, como todos los chicos. Mis faltas las tomaba para sí, y se dejaba castigar para que no me castigaran. Luego, tomó camino tan diferente del mío, que estuvimos sin vernos muchísimo tiempo. Cuando volvimos a encontrarnos, ya era él un hombre, y hacía en Madrid una vida de vértigo y desorden. La orfandad, la miseria vergonzante corrompieron aquella alma buena, que parecía creada para el bien.
--¡Qué cabeza la mía, señora Condesa! --dijo don Manuel, que con un gesto renegaba de su flaca memoria--. ¿Pues no se me había olvidado darle la buena noticia?... Esos recuerdos infantiles de Zaportela me hacen recordar que el señor Marqués ha convenido conmigo en adjudicar a usted, no esa finca, sino otra mejor, el castillo de Pedralba, en esta provincia. ¡Tanto le dije, que...!
--¡Oh, qué dicha!... ¿Pero es cierto? ¡Pedralba nada menos! Tiene usted razón, mi hermano es la misma bondad, y yo no sé cómo agradecerle tantos beneficios. De niña, también viví en Pedralba: no puede usted figurarse el cariño que tengo a las viejas y carcomidas piedras del castillo, que de tal no tiene más que el nombre.
--Y la propiedad de esa finca sin duda facilita los proyectos de fundación... ¿No es eso, señora Condesa?
Doña Catalina no contestó, y su meditación silenciosa llenó nuevamente de recelo el espíritu del buen sacerdote. La pregunta que antecede había sido formulada por Flórez con objeto de explorar el pensamiento de su noble amiga, el cual cada día se concentraba más, arrojando de súbito alguna claridad esplendorosa, que al propio tiempo que deslumbraba al buen maestro, le ponía en gran confusión. Tras largo silencio, la Condesa reanudó el diálogo diciendo:
--Quedamos en eso.
--En que... sí... en que Pedralba puede servir de base...
--No pensaba yo en Pedralba. Lo que digo es que usted no se opone a que vea yo a ese que llaman Nazarín.
--¡Ah!... sí... en efecto... Pues, sí, no hay inconveniente...
--¿Usted no se atreve a afirmar si es loco o santo?
--Al menos, hasta ahora...
--Pues yo quiero saberlo, me conviene saberlo con certeza.
--Espero llegar a la certidumbre con solo tratarle un poco; analizar sus ideas y someter a un examen prolijo sus acciones.
--Y aunque para mi convencimiento me baste el dictamen de usted, ¿será impropio, será impertinente que yo misma le vea y le hable, si no por otro motivo, por satisfacer una curiosidad que me inquieta?
--No creo improcedente que usted aprecie por si misma su estado cerebral --repuso el clérigo, midiendo bien las palabras--. Pero antes conviene que le examine yo, que hablemos despacio. Luego determinaremos en qué sitio y ocasión puede usted satisfacer su curiosidad.
--Perfectamente... Pero prontito, don Manuel.
--Mañana mismo le haré una visita en el hospital. Ea, es muy tarde, y usted va a comer, y yo a mi casa. Es de noche. Adiós, amiga mía, y a descansar. Descanse no solo el cuerpo sino el pensamiento, que harto trabaja en idear cosas grandes. Adiós... Hasta mañana.
VI
Retirose don Manuel bien embozadito en su luenga pañosa, porque apretaba el frío, y meditabundo y un poco descontento de sí, por el camino se decía: «Esta doña Catalina es el demonio... ¡qué barbaridad! Quiero decir que es un ángel, un ser extraordinario. Ya no me queda duda. Tiene mucho más talento que yo, sabe más que yo, y descubre cosas que nadie ve, que si al principio parecen disparates, bien examinadas resultan con toda la hermosura y toda la grandeza de Dios. Cada día sale con una novedad. ¡Y qué ideas, Dios mío! ¿Que me reservará para mañana?»
Esto decía, sintiendo un poquitín la humillación del maestro que se ve convertido en educando. Pero como era tan buena persona, y no dejaba entrar nunca en su alma la ruin envidia, y además estimaba cordialmente a la Condesa, en vez de enojarse neciamente por el gradual desgaste de su autoridad, se apropiaba las ideas de la discípula, y haciéndolas suyas las presentaba de nuevo en forma metódica y sistemática, con lo cual creía resultar a los ojos de ella, y aun a los suyos propios, como el verdadero inspirador, siendo en verdad el inspirado. Hombre flexible, creado para las adaptaciones sociales, y para aplicar y defender la santa doctrina según el medio y las ocasiones en que le correspondía actuar; bastante sagaz para conocer lo bueno donde quiera que saliese, y bastante práctico para saber aprovecharlo, obraba como obran siempre los caracteres de su complexión y hechura, no poniéndose frente a ninguna fuerza que creen útil, sino dejándose llevar por dicha fuerza, con tanto estudio y picardía en la postura, que parezca que la dirigen y conducen.
Metiose el buen clérigo en su casa pensando en la corrección de Urrea, y pues la señora confiaba en su ayuda para lograrla, hacía propósito de adelantarse a ella en el desarrollo de aquel pensamiento, de hacerlo suyo, agregándole pormenores que lo harían de seguro más eficaz. Pero lo que le desconcertaba era no saber qué nuevas invenciones sacaría de su inspirado caletre la Condesa, pues a lo mejor salía por donde menos se esperaba. Las iniciativas de él casi nunca cuajaban; las de ella venían con tal fuerza, que al punto conquistaban al maestro, y no había más remedio que seguirlas, componiéndolas y retocándolas después para conservar las preeminencias exteriores del poder gobernante. En suma, que si al principio Halma parecía una reina constitucional a la moderna, que reinaba y no gobernaba, poco a poco iba sacando los pies de las alforjas, y picando en absoluta soberana. Mas era tan buena, tan discreta y piadosa, que se arreglaba habilidosamente para dejar a su ministro las satisfacciones y aun la creencia de la iniciativa gubernamental.
--Bueno, Señor, bueno --decía don Manuel poniéndose ante su cena, tan frugal como bien condimentada--. Y esto de querer avistarse con el desdichado Nazarín, ¿para qué será? ¿Qué objeto lleva, qué ideas le mueven, qué planes acaricia? No lo entiendo. Pero allá veremos por dónde sale, y quiera Dios que sea por un registro fácil de entender, y más fácil de manejar.
A la misma hora que el respetabilísimo Flórez cenaba, pero no aquel día, sino pasados dos o tres, José Antonio de Urrea comía con su primo Feramor en casa de los Duques de Monterones. Fácil es comprender de qué hablarían, al encontrarse solos en el salón, poco antes de la comida.
--No lo creo, aunque me lo jures --le decía el Marqués, sin poder contener la risa--. Tú estás soñando, Pepe, o quieres burlarte de mí. ¿Y dices que te lanzaste a fijar tu petición en la fabulosa cantidad de...?
--Cinco mil duros. Y aún creo que me quedé corto. Entré en la mística celda decidido a plantear el negocio _sobre la base_ de los cuatro mil... Claro, las bromas o pesadas o no darlas... Y en el curso de la conferencia, viendo las buenas disposiciones de Halma, me arranqué a los cinco mil. Éxito completo. ¡Ah! bien puedo decir ahora que tu hermana es una santa; pero así como suena, ¡una santa!... todo lo contrario de ti, que eres el Sumo Pontífice del egoísmo. ¡Qué bondad, qué dulzura, qué penetración, qué talento sutil para comprender las circunstancias en que yo vivo! Sostengo que ella tiene más talento que tú, y que es mucho más práctica, sublimemente práctica. La indulgencia noble con que iba puntualizando mis miserias, mis acciones indecorosas, me llegó al alma, Paco, porque al propio tiempo que me reñía dulcemente por mi conducta, la disculpaba, atribuyéndola, más que a perversión moral, al inexorable despotismo de la necesidad, del hábito... ¡Oh, qué mujer, qué alma grande y hermosa! Cree que me hizo llorar... mi palabra que sí. Llegué a figurarme que era un chiquillo, que me regañaban por la travesura de romper un juguete de precio, prometiéndome comprarme otro. En fin, que el cielo se ha abierto al fin para mí, después de haber llamado a su puerta inútilmente tanto tiempo. Estoy salvado, Paco; tu hermana me salva... Creo en la Providencia, en Dios... Soy feliz, seré otro hombre, gracias a ella, a ese ángel con más talento que todos los Artales y Feramor de este siglo y de todos los pasados siglos, amén.
--Pues te doy mi enhorabuena --le dijo el Marqués con sorna--. ¿Ves como acerté, al indicarte...? Me daba el corazón que mi hermana se gastaría su dinero en la regeneración de los perdidos de la familia. Obra laudable, a fe.
--Si te burlas, peor para ti.
--No me burlo. Ahora, lo que importa es que tu honradez esté a la altura de la virtud de Catalina, so pena de que resulte una santidad no solo inútil, sino merecedora del manicomio antes que de los altares.
--No temas nada. En primer lugar, no me dan el dinero a mí, lo que en verdad no me importa. Mejor, mejor es así. No me lo dan; lo _dedican_ a la grande y hermosa obra de remediar las penas del primer desdichado del mundo, y de socorrer la miseria más angustiosa y lacerante que alumbran el sol y la luna.
Después de la comida, excitado el hombre por la nutrición abundante y la copiosa bebida, volvió a charlar con su primo mientras fumaban, y se enterneció al referir las bondades de Halma. Colmaba también de elogios a don Manuel Flórez, llamándole padre de los pobres, apóstol de gentiles, lumbrera de la caridad, y al fin, charla que te charla, por entre los entusiasmos del hombre extraviado, deseoso de redención, asomó el cinismo del aventurero arbitrista.
--Tengo además otro proyectillo. A ver qué te parece. Tu hermana adoraba a su marido, aquel pobre _besugo_ alemán, que vino aquí a que le matáramos el hambre. La memoria de Carlos Federico es su única pasión mundana, y su espíritu se alimenta de la idea del muerto, como planta que vive de lo que extraen las raíces. Hablando conmigo, se dejó decir que su mayor gusto sería transportar a España el cuerpo, que debe de estar incorrupto, de su esposo querido, para sepultarse ella con él, naturalmente, cuando se la lleve Dios... Pues bien; se me ha ocurrido proponerle la traída del difunto... Vamos, que le contrato la conducción de las cenizas preciosas por cinco mil duros, siendo de mi cuenta todos los gastos, embarque, transportes por ferrocarril, aduanas... porque las momias también pagan derechos. ¿Qué te parece?
--Que es una contrata como otra cualquiera. Redacta tu pliego de condiciones, estudia el asunto...
--Se pueden ganar un par de mil duros... palabra que sí. Me planto en Corfú, hago la exhumación, y me comprometo a traerlo decorosamente, con una cuadrilla de frailes franciscanos, que vengan cantando responsos por toda la travesía. Y me encargo de asegurar el féretro, de envasarlo convenientemente, y de hacer la entrega en el punto de España que ella designe. He de percibir a toca teja dos mil duros antes de partir para Corfú, y tres mil en el acto de entregar la santa reliquia.
--¡Pobre hermana mía! --exclamó el Marqués, viendo súbitamente las extravagancias de su primo bajo el aspecto serio y peligroso--. Esto le pasa por querer gobernarse sola, desconociendo su incapacidad. Ya verá, ya verá... José Antonio, te prevengo que si continúas inspirando a mi desgraciada hermana esas que no sé si son tonterías o locuras, tendré que intervenir como jefe de la familia.
Dejole con la palabra en la boca, mascullando el cigarro. «Te desprecio --murmuró Urrea viéndole partir--, egoistón, eterno inglés de la humanidad desvalida, usurero... Shylock disfrazado de aristócrata...»
No tardó en circular en la tertulia de Monterones la noticia de la redención del perdido con los dineros y la piedad de Catalina de Halma, y los despiadados comentarios que sobre ello se hicieron, no solo herían a la noble señora, sino a su respetable maestro espiritual.
--Porque yo me explico todo --decía la Duquesa--; me explico las debilidades de mi pobre hermana, cuya cabeza se destornilló lastimosamente desde antes de casarse; me explico las audacias de Pepe Antonio; lo que no entiendo es que don Manuel autorice tales despropósitos.
Consuelo Feramor, que no hacía buenas migas con su hermana política, y censuraba sin piedad su retraimiento, tachándolo de mojigatería y orgullo, llegó a decir a su marido:
--La culpa la tienes tú... y algo le toca al angelical don Manuel. ¡Pues si fuera cierto lo que me dijeron hoy en casa de Cerdañola! No, no puede ser... Lo cuento como chiste. Pues que Catalina ha suplicado a Flórez que le traiga a Nazarín... Esto sería demasiado, ¿verdad? Pero qué sé yo... lo creo, me inclino a creerlo. Un entendimiento soliviantado que se dispara, ¿a qué tonterías, a qué extravagancias no llegará?
--Dejémosla disponer de su dinero como guste --dijo la de San Salomó, menos intransigente que sus amigas, sin duda por no ser de la familia--, y alabemos a Catalina de Halma, si nos da lo que a pedirle vamos. Y no hay que diferir nuestro sablazo, señoras mías. Podría suceder que llegáramos tarde, y encontráramos agotado el filón. Reunámonos mañana, plantémonos allá las tres, levantados en alto los terribles alfanjes de oro... y ¡zás!
Consuelo Feramor, María Ignacia Monterones y la Marquesa de San Salomó eran al modo de presidentas, vicepresidentas o secretarias en estas o las otras Juntas benéficas señoriles que reúnen fondos, ya por medio de limosnas, ya con el señuelo de funciones teatrales, rifas y kermessas, para socorrer a los pobres de tal o cuál distrito, edificar capillas, o atender al inconmensurable montón de víctimas que los desatados elementos o nuestras desdichas públicas acumulan de continuo sobre la infeliz España. No hay que decir que las tres cayeron sobre la solitaria y triste viuda con el furor de piedad que desplegar solían en semejantes casos. Recibiólas Catalina con atento agasajo y finísimas demostraciones de amistad; pero con la misma urbanidad serena que empleó en las cortesanías, negoles el socorro que solicitaban. En redondo, en seco: que cada cual debía entenderse a solas para practicar la caridad.
Salieron desconcertadas, confusas, rabiosas, y en el paroxismo de su ira, Consuelo dijo a su marido:
--Si no fuera ella quien es, y nosotros quien somos, creería yo que la residencia natural de tu hermana era un santo manicomio.
VII
Feramor las calmaba, haciéndoles ver cuánta impertinencia revelaba su enojo, pues cada cual es dueño de hacer el bien, si lo hace, en la forma que más le acomode. Con su claro talento, su fácil palabra, mitad en serio, mitad en broma, logró poner las cosas en su punto, demostrando que si Catalina, por su exagerado individualismo y la salvaje independencia que iba descubriendo, podía merecer censura, no merecía execración, ni menos ser condenada a perpetuo encierro en una casa de orates. Pero si Feramor lograba calmar los ánimos, creando una situación de relativa tolerancia, muy del gusto y del género inglés, no así don Manuel Flórez, el cual, cuando cayeron sobre él furibundas las tres damas, pidiéndole explicaciones de la increíble conducta de la Condesa, no sabía qué contestar, ni por dónde salir: tales eran su confusión y azoramiento. En los días siguientes le traían loco, con preguntas, comentarios y mortificantes indagatorias.
--Pero dígame, don Manuel, ¿lo de la corrección de José Antonio, fue idea de usted?
--De ella..., mía no... La que no comprenda que es una idea hermosísima, que no cuente conmigo para nada.
--Hermosísima, y sobre todo práctica.
--Hemos de ver eso. La silba que se llevará don Manuel, si la corrección fracasa, se ha de oír en Pekín.
--Y sepamos otra cosa: ¿es también de usted el pensamiento de traer a Nazarín?
--Sí señora, mío es --dijo valientemente y tragando saliva el buen sacerdote, decidido a corroborar siempre las ideas de doña Catalina para no perder su autoridad--. Si no comprenden la delicadeza, el noble fin que encierra, peor para ustedes.
--Pues mire usted, no lo comprendemos, y yo lo declaro, aunque usted nos tenga por... indoctas. Somos muy bárbaras, queridísimo don Manuel.
--¿Pero es cierto que traerán a casa a ese pobre demente?... o criminal... vaya usted a saber --dijo Consuelo escandalizada.
--¡Oh! yo voto porque venga --manifestó la de San Salomó, y las mismas demostraciones hizo la Duquesa--. Yo rabio por ver al famoso mendigo y apóstol Nazarín.
--Sí, que le traigan. Y que avisen con tiempo para invitar a todas nuestras amigas.
--Y veremos también a Beatriz, la mística mostolense, de quien decía un periódico que era una especie de Eloísa sin Abelardo.
--El Abelardo es Nazarín... Y que venga también Ándara. Queremos ver toda la tribu. Sí, don Manuel, que vengan todos.
--Como no se trata de satisfacer una insana curiosidad, no les verán ustedes.
--Pues nos oponemos a que entren en casa.
--No, no. Lo que haremos es reconocer y proclamar el delicado pensamiento de Catalina, si los traen y nos permiten verles y hablar con ellos... Pero que conste: ha de venir también Ándara. Ese tipo de travesura procaz y temeridad heroica, me interesa extraordinariamente.
--Hablaremos con ellos, nos explicarán su doctrina.
--Les daremos una merienda.
--Ea, basta --dijo Flórez incomodándose--. No vendrán. Las mujeres nazaristas, no se ha pensado en traerlas. Él, el desdichado sacerdote melancólico y errabundo, no vendrá tampoco, sencillamente porque no quiere venir.
--¡Ah! nuestro gozo en un pozo.
--Entonces, irá Catalina a verles al hospital. Me parece muy inconveniente.
--Me parece una necedad formidable.
--Menos pareceres y más juicio, señoras mías. Lo que disponga _este cura_ en asuntos para los cuales no debe faltarle competencia, al menos por su edad, ya que no por su saber, no debe ser discutido ni menos ridiculizado por mis buenas amigas, alguna de las cuales (lo decía por la de Monterones) recibió de estas manos el agua del bautismo. Conque no digo más por hoy.