Halma

Part 5

Chapter 54,068 wordsPublic domain

--Lo que parece es una figura bíblica.

--¿Y esta mujer...?

--Vean, vean esa cabeza, y díganme si la impostura puede llegar jamás a esa ideal belleza.

--Bonito perfil. Pero aquí hay retoque.

--Más que la _Beatrice_ del Dante, parece un Dante joven.

--Digan que es una pitonisa, con la inspiración pintada en sus ojos.

--O una Santa Clara.

--Eso no; no es figura medieval, es bíblica.

--Del Antiguo Testamento. No confundir...

--¿Y este? ¿Qué mico es este?

--Esa es Ándara... la monstruosa, porque en su rostro hay un guiño del Infierno y otro del Cielo.

--¡Ándara!... ¡Jesús, qué endiablada fisonomía!

--Todo es extraño, sublimemente enigmático y misterioso en esa familia, o dígase tribu... Pero fíjense, fíjense bien en la cara de Nazarín. ¿Es Job, es Mahoma, es San Francisco, es Abelardo, es Pedro el Ermitaño, es Isaías, es el propio Sem, hijo de Noé? ¡Enigma inmenso!

Desembuchaba estos calurosos encarecimientos el bueno de Urrea, como un viajante que enseña las muestras de los artículos que ofrece al comercio, y en tanto las fotografías corrían de mano en mano. Las señoras principalmente las arrebataban, y ponían en ellas su atención con una curiosidad intensísima, insaciable, febril.

III

--Pero, amigo Urrea --dijo el Marqués de Cícero con sinceridad infantil--, esto debe publicarse.

--Se publicará.

--¿Y el texto... cosa buena?

--¡Ah!...

--Pero es tan considerable el gasto --dijo Feramor--, que la empresa que ha tomado a su cargo la propaganda nazarista, solicita una subvención de ocho mil pesetas.

--¡Oh!... No has exagerado, querido primo --manifestó Urrea--. Y también te aseguro, palabra de honor, que para hacerlo bien, a la altura del asunto, no vendrían mal nueve mil.

--Chico, más vale que llegues de una vez a la cifra redonda: dos mil duros.

--Para mil cosas baladís han dado eso, y mucho más, Mecenas que yo conozco. Palabra que sí. Lo que se pretende ahora está circunscrito dentro de los términos de una modestia casi inverosímil: diez mil pesetas. ¿Qué menos?

--No me parece mucho. Que se las dé a usted el Gobierno.

--O pedirla a las Sacramentales --dijo Manolo Infante--, que tienen la contrata de la conducción a la vida inmortal.

--Mejor a las empresas funerarias, porque el nazarismo hace propaganda de la muerte.

--Pues yo que usted, Urrea --indicó una dama que sabía tomar el pelo con suave mano--, pediría la subvención al gremio de constructores de imágenes y de pasos para la Semana Santa.

No se acobardaba el ingenioso aventurero por la rechifla graciosa con que los amigos de la casa acogían sus proyectos; antes bien, hallábase excitado, sentía en su mente audaces iniciativas y una pasmosa fecundidad de recursos para trabajar en aquel negocio. La idea sugerida por Feramor era felicísima. ¡Ah, si él pudiera maniobrar en terreno libre, es decir, en el bondadoso corazón de su prima! Pero aquel intruso y pegadizo don Manuel Flórez, tamiz por donde pasaban todos los pensamientos y actos de Catalina de Halma, le desconcertaba, infundiéndole la tormentosa duda del éxito. Para discurrir a sus anchas sobre problema tan difícil, necesitaba estar solo, aguzar su ingenio hasta lo increíble, prepararse, en fin, con todo el aparato de artimañas y sutilezas que, en su larga experiencia de aquella esgrima, le habían dado tantas victorias. Despreciando las burlas de que era objeto en casa de Feramor, salió de allí presuroso, sin despedirse de nadie; contra su costumbre, se fue a su casa, y en su reducida alcoba se encerró a meditar el plan de ataque, tratando de prever las posiciones del enemigo para escoger bien el palmo de terreno en que embestirle debía. Al meterse en la cama, con los pies fríos y la cabeza caliente, se dijo: «No hay que achicarse: la timidez será mi fracaso. Concretando mi honrada petición a dos mil duros, podrían creer que es para vicios. Para que vean que es un negocio serio, un asunto en que median los _grandes intereses_ del espíritu humano, necesito correrme a tres mil.»

Durmiose a la madrugada, y si al principio soñó que don Manuel Flórez, al oír su demanda, le disparaba a quemarropa un cañón Hontoria, su sueño fue después optimista y placentero, porque se vio abrazado tiernamente por el dicho Flórez, mientras Catalina sacaba del bargueño una arqueta gótica, y de ella muchos fajos de billetes de Banco, de los cuales daba una parte a Nazarín y otra a él: y como Nazarín era todo abnegación y menosprecio de los bienes terrestres, le regalaba su parte sin mirarla siquiera. El movimiento pudoroso del apóstol mendigo al coger el dinero, prevaleció en la mente de Urrea aun después de haber pasado de aquel sueño a otro bien distinto. Soñó que con parte de aquel numerario compraba una mina de hierro, que en poco tiempo le daba rendimientos fabulosos; con las ganancias de la mina compraba dos manzanas de casas, y mucho papel del Estado, y negociando por alto, llegaba a hacerse dueño de toda la red de ferrocarriles de España... aquí que no peco... y de Francia e Inglaterra... Y a todas estas, Nazarín apartando de sí la resma de billetes con apostólica repugnancia.

Al romper el día, mientras cosas tan inauditas pasaban en el cerebro de un hombre dormido, don Manuel Flórez, que vivía en la misma calle, frente por frente al soñador Urrea, salía de su domicilio. Fue con vivo paso a decir su misa, entretuvo después un par de horas en esta y la otra iglesia, y a eso de las diez se dejó caer en la casa de Feramor. Entrando sin anunciarse en el despacho del Marqués, que trabajaba con su administrador y apoderado, le dijo:

--Querido Paco, quisiéramos que eso se ultimara pronto, si fuera posible, hoy.

--¿Pues no ha de ser posible? Hoy mismo, mi querido don Manolo. Mucha prisa tiene la redentora por entrar en funciones.

--La miseria humana, hijo mío, es la que tiene prisa, el hambre humana, la sed y la desnudez humanas.

--Pues por mí no quede.

Terció el administrador, asegurando que ya estaba avisado el notario para preparar la documentación, y que si terminaba aquel día, en el siguiente quedaría hecha la entrega de la legítima de la señora Condesa, parte en fincas o valores, parte en dinero contante.

--Perfectamente --dijo el buen sacerdote acariciándose una mano con otra--. Y ya que estás hoy de vena de amabilidad...

--¿Pero no se sienta, don Manuel?

--No; me voy en seguida. Digo que ya que te encuentro en vena de concesiones, me atrevo a hacerte presente un antojito de tu hermana, cosa insignificante; verás...

--Acabe usted pronto, que ya empiezo a sentir escalofrío.

--¿Por qué, hijo de mi alma?

--Porque podría ser que para redimir a la pobrecita humanidad, no le bastase su legítima, y en nombre del Dios Uno y Trino me pidiese también la mía... y podría suceder que usted se empeñase en que se la diera.

--Vamos, no bromees. Lo que te pide es que le adjudiques la torre de Zaportela, en Aragón. En esa casona destartalada pasó ella parte de su infancia con tu tía doña Rudesinda. Tiene recuerdos...; en fin, que para nada te sirve a ti ese nidal de lagartijas, y ella tiene el capricho de restaurarlo, y...

--Es que la casa de Zaportela y dos predios adyacentes se los tengo dados en usufructo a los Urreas, los tíos de este perdido de José Antonio, pedigüeños insaciables como él, que practican la mendicidad por el terror. Si les echo de allí, son capaces de quemarme todas las casas que tengo en Aragón.

--Bueno, pues en vez de Zaportela, le darás el castillo de Pedralba en esta provincia, término de San Agustín; ya sabes... un caserón viejo, con una torre, y no sé qué ruinas de un monasterio cisterciense... Conque no hay que vacilar, hijo mío, y agradéceme que abra anchos horizontes a tu generosidad. Eres un ángel, y el perfecto tipo del caballero cristiano.

--Basta, basta. No necesita usted emplear la lisonja para desvalijarme. Eso se arreglará. Particípele usted a su discípula que no llore por el castillo. Pedralba será suyo.

--Se lo participarás tú, porque yo no subo hasta la tarde --dijo Flórez mirando su reloj--. Tengo mucha prisa. A las once he de ver al señor Vicario; y a las doce me esperan en Gracia y Justicia para ir a la Nunciatura... Bueno, señor, bueno.

--¿Qué más?

--Nada más. ¿Te parece poco?

--Creí que me iba usted a pedir el coche para todos esos viajes.

--No pensaba pedírtelo; pero lo tomo si me lo das. Está Madrid perdido de barros. Bueno, señor, bueno.

Poco después salía gozoso y vivaracho el buen don Manolo, y en el portal, ¡zás! José Antonio de Urrea que entraba. Quedose el joven como quien ve visiones, y no acertaba ni a saludar al respetable limosnero de la casa.

--¡Pepillo, dichosos los ojos!... ¡Ven acá, hijo mío, dame un abrazo! --le dijo el clérigo con efusión--. ¿Pero qué tienes? Te has puesto pálido. ¿Estás enfermo?... Tiemblas.

--No señor... La emoción... Cabalmente venía pensando en usted --replicó Urrea besándole la mano--. ¿Cree usted que ver, después de tanto tiempo, a este amigo venerable, a este ángel tutelar de toda la familia, no es cosa que impresiona?

--Calla, calla, zalamero.

--Deme usted a besar otra vez esas manos.

--Basta, basta. Ya sé, ya sé que estás muy corregido. Sé que trabajas, que has sentado la cabeza. Ya era tiempo, hijo mío.

--¿Quién se lo ha dicho a usted? --preguntole Urrea con cierta alarma, temiendo las ironías de su primo Feramor.

--Me lo han dicho... ¿A ti qué te importa? Tus primas, las de Hinestrosa me lo han dicho, ea.

--Soy otro hombre. ¡Y qué bueno es ser bueno, don Manuel! ¡Qué hermosura es una conciencia tranquila, una pobreza honrada, y una conducta normal, ordenada y perfectamente correcta! ¡Qué descanso la pureza de las intenciones, la sujeción de los deseos, la adaptación de nuestros goces a la medida de la realidad! ¡Qué consuelo tan grande vivir en armonía con todo el mundo, y sentirse querido, respetado!...

--Sí, hijo mío, sí.

--Verdad que mi vida es azarosa, pues no puedo prescindir de ciertos hábitos de decencia, y careciendo de bienes de fortuna, el pan de cada día, mi queridísimo don Manuel, representa para mí esfuerzos hercúleos.

--Dios bendecirá tu trabajo. Adelante por ese camino. Persiste en tus ideas; ten constancia, valor, confianza en ti mismo.

--Así lo haré. Descuide.

--¿Vas a ver a Consuelo?

--No, voy a visitar a Halma.

Con esta brevedad familiar, _Halma_, nombraba comúnmente el parásito a su prima.

--Bien, bien. ¡Acompañar a los desgraciados, endulzar su tristeza con palabras de consuelo! La pobrecita te lo agradecerá mucho. Hazme el favor de decirle que no puedo ir hasta la tarde... ¡ah! y que eso, ya sabe lo que es, quedará ultimado mañana. Anda, anda, hijo mío. Y que el Señor te conserve en esa buena disposición. Adiós...

Volvió a besarle la mano, y después de acompañarle a entrar en el coche, subió el gran Urrea, más que gozoso, ebrio de entusiasmo y felicidad, porque las cosas se le deparaban mejor de lo que en los desenfrenos de su optimismo hubiera podido imaginar. Primer golpetazo de la suerte: encontrarse a don Manuel Flórez en aquel pie de increíble benevolencia, enterado ya de sus nuevas costumbres laboriosas. Segundo golpetazo: saber que hasta la tarde no iría el susodicho a la débil fortaleza, amenazada de un terrible asedio. Cierto que el enemigo podía presentarse a última hora con un socorro formidable, ideas y autoridad de refresco; pero también podía suceder que llegase tarde, y que, arrancada por el sitiador una promesa, la egregia dama no tuviera más remedio que cumplirla. El hombre se creció moral y hasta físicamente al subir la escalera, derecho al cuarto segundo. Se sentía impetuoso, audacísimo, invencible, y sobre todo grande, enorme. Creía tocar con su cabeza en el tramo alto de la escalera, y que las puertas no tenían bastante hueco para darle entrada. Sin duda la Providencia Divina se ponía de su parte. ¡Qué bien había hecho aquella mañana en rezar al Padre Eterno, a la Virgen y a San Antonio bendito, implorando su eficaz auxilio! ¡Qué diantre! ¿No era él un pobre, no era un triste, un mísero? ¿Pues qué hacía más que pedir una limosna, y proporcionar a las buenas almas el ejercicio de la más hermosa de las virtudes, la caridad?

«Fuera timideces, fuera mezquindades que podrían comprometer el éxito --se dijo al traspasar la puerta, soberbio y arrogante, como un campeón que anhela engrandecer los peligros para que sea mayor la gloria de vencerlos--. Allá van los hombres valientes. Le pido... pst... veinte mil pesetas.»

IV

Siempre que entraba don Manuel, después de larga ausencia de medio día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma, encontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro de la _Ciudad de Dios_, de San Agustín, o alguna otra obra mística; apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del Paraíso. Viéndola en tales tristezas anegada, silenciosa y ceñuda, procuraba don Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y unas veces lo conseguía y otras no. Pues aquella tarde ¿cuál no sería la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de aire.

--¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? --le preguntó el sacerdote--. ¿Qué le pasa?

--Nada, no me pasa nada. Estoy contenta. ¿Esto es pasar algo?

--Sí... Me alegro mucho de verla tan gozosa. No conviene dejar caer el espíritu en la tristeza. La virtud es por naturaleza alegre, y la conciencia pura se regocija en sí misma...

--Siéntese usted si gusta, y déjeme a mí en pie. Siento una inexplicable necesidad de andar, de moverme. De repente, la quietud ha empezado a serme molesta.

--La he recomendado a usted un ejercicio prudencial. La virtud no requiere precisamente la postración sedentaria, que hasta puede llegar a ser un vicio y llamarse pereza.

--Y ahora me preguntará usted el motivo o razón de este contento que en mí observa.

--En efecto, señora mía, se lo pregunto a usted.

--Y yo le respondo que no lo sé; que no puedo explicar qué pasa esta tarde en mi alma. Veremos si llego a darme cuenta de ello. Y ahora, voy a interrogar yo. Dígame: ¿quién es Nazarín?

Quedose un rato suspenso el buen Flórez, y miró el rostro de la Condesa como quien quiere descifrar un obscuro acertijo.

--Pues Nazarín... --murmuró.

--¿Qué hombre es ese? ¿Le conoce usted?

--Sí, señora.

--¿De ahora, o le conoce usted hace tiempo?

--Es un sacerdote, manchego, de mediana edad. Hace dos o tres años, no recuerdo bien la fecha, tuve ocasión de tratarle en la sacristía de San Cayetano. Pareciome un hombre excelente, de costumbres purísimas, humilde, de no común inteligencia, parco de palabras... Después me le encontré alguna que otra vez en la calle; hablamos. El infeliz parecía disgustado; revelaba una pobreza honda, sin quejarse de ella. Creí que su cortedad de genio y su extremada delicadeza le tenían en tal estado, y le aconsejé que se sacudiera, procurando adquirir un poco de don de gentes. Después le he visto incluido en un proceso escandaloso, y su nombre arrastrado por la vía pública. Francamente, me supo muy mal que un sacerdote viniese a tal situación, ya fuese por debilidad de carácter, ya por verdadera malicia. Supe que estaba en el hospital, convaleciente de un tifus agudísimo, y, ¿qué cree usted?... me fui a verle. Yo soy así: me gusta enterarme por mí mismo. Le vi, hablamos largamente, y...

--¿Opina usted como casi todo el mundo, que es un pobre loco?

--Esa es la opinión general.

--Pero la de usted, la de usted es la que yo quiero saber.

--La mía no tiene importancia. Expertos facultativos le han examinado, profesores de enfermedades mentales y nerviosas.

--Pero usted tiene bastante entendimiento para no necesitar de los juicios ajenos para formar el suyo. Dígame lo que piensa, en conciencia, de ese hombre. ¿Es un pillo?

--Creo que no.

--¿Firmemente que no?

--Sostengo con plena convicción que no es un malvado.

--Luego es un loco.

--No me atrevo a decir tanto.

--Luego, es un hombre de miras elevadas, un hombre que...

--Tampoco afirmo eso.

--Luego, usted no ha podido formar una opinión concreta.

--No señora, no he podido. Y, créame usted, ha sido para mí el tal Nazarín objeto de grandes confusiones.

--¿Cómo no me había hablado de eso, don Manuel?

--Porque no pensaba que tal asunto mereciera fijar la atención de la señora Condesa.

--¿Sabe usted que anda por ahí un libro que trata de Nazarín, en el cual se cuenta cómo salió a sus peregrinaciones, cómo encontró prosélitos, cómo realizó actos de verdadero heroísmo y de sublime caridad?

--He leído ese libro, que me regaló su autor, con una dedicatoria muy expresiva. Pero no me fío de lo que allí se cuenta, por ser obra más bien imaginativa que histórica. Los escritores del día, antes procuran deleitar con la fantasía que instruir con la verdad.

--¿Puedo yo leer ese libro?

--Seguramente. Pero sin olvidar que es novela.

--Entonces prefiero otra cosa.

--¿Qué?

--Ver al propio Nazarín. El sujeto vivo dará más luz que una historia cualquiera, aun suponiendo que no fuese fantástica, y tan solo escrita para entretenimiento de los desocupados.

--¿Ver a Nazarín? ¿Dónde?

--En cualquier parte. En el hospital..., aquí.

--Eso me parece más grave. Con todo, no digo que no.

--Diga usted que sí, y acabaremos más pronto. Ahora, punto y aparte: hablemos de otra cosa.

--Pues a otra cosa --repitió Flórez, algo caviloso por el repentino salto de la tristeza al contento en el ánimo de la ilustre señora--. Ya sabe usted que mañana se hará la entrega de la legítima. Ya hemos salido de eso.

--¡Gracias a Dios! Mucho tengo que agradecer también a mi hermano --dijo Catalina sentándose algo fatigada, cual si sus excitados nervios entraran en sedación--. Si he de decirle a usted la verdad, veo con absoluta indiferencia la llegada de ese dinero a mis pobres manos.

--La persona que mira al cielo --dijo el cura entornando los ojuelos para ver mejor el rostro de su amiga--, se acostumbra mejor que otras a despreciar los bienes terrenales.

--Y respecto al empleo que debemos dar a ese capitalito, ya hablaremos despacio.

--Si no recuerdo mal, ya hemos hablado bastante. Convinimos en que usted fundaría, en pleno campo y lejos del bullicio, un instituto de caridad, con rentas propias...

--Y que antes, se reservaría una suma para repartirla entre los necesitados.

--Sí; pero eso es difícil, porque no tendríamos ni para empezar. La caridad debe hacerse con método, apoyándose en el criterio de la Iglesia, y favoreciendo los planes de la misma. No vale dar limosna sin ton ni son. Falta saber a quién se da, y cómo se da.

--¿Sabe usted, mi buen don Manuel, que no entiendo bien eso?

--Se lo expliqué a usted con toda latitud ayer mismo.

--Pues lo he olvidado. Pero no hay que repetirlo. Ya lo comprenderé cuando tenga la cabeza más serena.

De repente, el buen clérigo se dio un golpe en la frente, como si quisiera matar un mosquito que le picaba, y exclamó:

--¡Ah, ya caigo, ya, ya!

--¿Qué?

--Nada, que mientras hablábamos, me devanaba yo los sesos pensando quién habría estado aquí hoy de visita. Y ahora me ha venido súbitamente a la memoria.

--Mi primo Pepe Antonio de Urrea.

--Le encontré en el portal: él entraba, yo salía. Me han dicho que es hombre corregido.

--Así parece... ¡pobrecillo! Me ha conmovido contándome sus apuros para ganarse la vida con un rudo trabajo.

--Y seguramente le ha pedido a usted dinero para sus empresas.

--Sí...

--Y le ha hablado a usted de Nazarín.

--Exactamente.

--Pero no puedo encontrar la relación entre Nazarín y los conflictos pecuniarios del descendiente de los Urreas.

--Le he prometido estudiar su petición, y resolverla de acuerdo con usted.

--Lo menos le habrá pedido a usted dos o tres mil reales.

--Algo más: cinco mil duros.

--¡Ave María purísima!... ¡San Antonio bendito!

--Crea usted que me reí, y desde que me habló de esto, empecé a sentirme alegre. Los apuros de un hombre por cosa que tan poco vale, como es el dinero, me causan alegría. Es como el rechazo de todo lo que yo he sufrido por el maldito dinero, en los días terribles en que me hacía tanta falta. Y ahora que en nada de mi propio interés puedo emplearlo, pues perdí el bien de mi vida, ahora que tengo bajo tierra los restos del que era mi único amor, y considero en el cielo su alma, me alegra el gemido de los que piden dinero con apremiante necesidad, y al ver que lo tengo, me alegro más. Experimento, créalo usted, como un secreto anhelo de venganza..., sí, quiero vengarme de mi destino, que a tantas privaciones me sujetó, y tantas amarguras me hizo pasar... Y cuando se acerca a mí un desgraciado pidiéndome aquello que yo no pude tener cuando lo necesitaba, y que poseo ahora que no lo necesito...

--Se venga usted... negándoselo.

--No señor, dándoselo... Es una venganza en la cual confundo a mi destino y al mismo dinero, materia vil y despreciable, cuyo reparto no debe someterse a ninguna regla de orden y gobierno. Las leyes económicas de mi hermano me parecen una de las más infames invenciones del egoísmo humano.

--¿De modo que usted, señora mía, cree que para despreciar al dinero y castigarlo por su vileza, debe dársele al primer loquinario que lo pide sin que sepamos en qué lo ha de emplear?

--Creo que el empleo final de la moneda es siempre el mismo, dese a quien se diere. Caiga donde caiga, va a satisfacer necesidades. El manirroto, el disipado, el vicioso mismo, lo hacen pasar a otras manos, que lo aprovechan en lo que debe aprovecharse. Lance usted un puñado de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase, al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto en el mar inmenso de la miseria humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es siempre el mismo.

--Señora mía --dijo don Manuel un poco aturdido--. No seamos paradójicos..., no seamos sofísticos. Si usted me permite que la contradiga, que le haga una demostración clara de su error en esa materia...

El hombre no podía expresarse bien. Estaba sofocadísimo, sentía calor, y se abanicaba con su teja.

V

--Por más que usted diga --prosiguió la Condesa--, yo creo que la limosna consiste esencialmente en dar lo que se tiene al que no lo tiene, sea quien fuera, y empléelo en lo que lo empleare. Imagine usted las aplicaciones más abominables que se pueden dar al dinero, el juego, la bebida, el libertinaje. Siempre resultará que corriendo, corriendo, y después de satisfacer necesidades ilegítimas, va a satisfacer las legítimas. ¡Dar a los pobres, nada más que a los pobres! Sobre que no se sabe nunca quiénes son los verdaderos pobres, todo lo que se da va a parar a ellos por un camino o por otro. Lo que importa es la efusión del alma, la piedad, al desprendernos de una suma que tenemos y que otro nos pide.

--¿Y usted siente esa efusión del alma al dar a su primo el auxilio que solicita?