Part 4
--Venga usted acá, señora Condesa de Halma, y dé las gracias a su hermano, este noble hijo de su padre, esta gloria de los Artales y Javierres... El señor Marqués, no bien le indiqué los proyectos de usted, abrió, como quien dice, su corazón y su alma toda, inundada de fe cristiana y de entusiasmo católico. Y nada... que disponga usted de su legítima, sin merma alguna, que no hay cuentas, ni las hubo, ni puede haberlas entre dos hermanos que tanto se aman... que si no basta, él está dispuesto...
--Poco a poco, don Manuel... Yo...
--Sí, sí, quiere decir que no nos abandonará en caso de... En fin, se ha portado como quien es, como un prócer castellano, caballero de la fe de Cristo. Ya lo esperaba yo, que conozco la raza, y he llorado de satisfacción viendo cómo sus ideas a las mías respondieron, cómo su noble corazón se inundó de regocijo ante los sublimes proyectos de su bendita hermana. ¡Vivan los Artales y Javierres, cuyo blasón no tiene igual en nobleza, cuya historia está llena de actos magnánimos, de virtudes heroicas! ¡Viva la familia que cuenta más santos que príncipes en su árbol genealógico, y príncipes a centenares, y felicitémonos todos, y yo el primero, por la honra de ser amigo de tan ilustres personas!
--Bien, muy bien --dijo doña Catalina entre dos sonrisas, demostrando en la frialdad con que pronunció aquellas palabras, que no aceptaba como artículo de fe las del clérigo.
--No me opongo jamás --dijo Feramor tragando saliva, para ahogar con ella la tumultuosa procesión que le andaba por dentro--, no me opongo a nada que sea razonable. Cuando lo espiritual se presenta en condiciones prácticas, soy el primero... ya se sabe... Mis ideas generales, mis ideas políticas, concuerdan con todo lo que sea el _fomento y protección_ de los intereses religiosos. La fe es una fuerza, la mayor de las fuerzas, y con su ayuda, las demás fuerzas, ora sociales, ora económicas, podrán realizar maravillas. Toda empresa de _mejora_ moral me tiene a su lado, porque no veo más camino para el perfeccionamiento humano que las creencias firmes, la misericordia, el perdón de las ofensas, la protección del fuerte al débil, la limosna, la paz de las conciencias.
--¡Qué hermosas ideas! --dijo don Manuel con fingido entusiasmo--. ¡Benditas sean las riquezas que atesoras, porque con ellas harás el bien de tus semejantes desvalidos! Si todos los ricos fueran como tú no habría miseria, ¿verdad?, ni el problema social sería tan pavoroso.
Al llegar a este punto, el Marqués necesitaba violentarse mucho para no coger una silla y dejarla caer sobre la cabeza del ladino y maleante sacerdote. Pero su corrección social, como una conciencia más fuerte que la conciencia verdadera, se sobrepuso a su enojo, y ni un momento desapareció de sus labios la sonrisa, que parecía esculpida, de la buena educación... ¡Ah, la buena educación! Era la segunda naturaleza, la visible, la que daba la cara al mundo, mientras la otra, la constitutiva, rara vez salía de la clausura en que las bien estudiadas formas urbanas la tenían recluida. Prescindir de aquella segunda naturaleza para todos los actos públicos y aun domésticos, era tan imposible como salir a la calle en cueros, en pleno día. Los refinamientos de la educación, si en algunos casos corrigen las asperezas nativas del ser, en otros suelen producir hombres artificiales, que por la consecuencia de sus actos se confunden con los verdaderos.
Apurando los inagotables recursos de su buena educación, de aquella fuerza en cierto modo creadora y plasmante que hace hombres o por lo menos estatuas vivas, el Marqués sostuvo el papel que le había impuesto el eclesiástico amigo de la casa, y terminó la conferencia diciendo graciosamente a su hermana:
--Dispón de... eso cuando quieras. Estoy a tus órdenes. Y, como te ha dicho muy bien don Manuel, entre nosotros, entre hermano y hermana, no se hable de cuentas, ni de anticipos... No, no me des las gracias. Es mi deber perdonarte una deuda insignificante. La fortuna me ha favorecido más que a ti; ¿qué digo la fortuna? Dios, que es quien da y quita las riquezas. Si a mí me las ha dado, es para que puedas consagrarte... consagrarte...
No acabó el concepto, porque la buena educación, empleada a tan altas dosis, hubo de agotarse... Para disimular la repentina extinción de aquella fuerza, el Marqués no tuvo más remedio que fingir una tosecilla.
Y don Manuel, sacando una cajita de cartón, le dijo con buena sombra:
--Tome usted, señor parlamentario, una pastillita de las que yo gasto.
SEGUNDA PARTE
I
Véanse ahora los artificios que en la conducta del Marqués de Feramor determinaba su segunda naturaleza, el ser urbano y correcto, pues el impulso adquirido le llevó a distancias considerables de su verdadera índole interna, petrificada en el egoísmo. Aquella noche y las siguientes, platicando en su tertulia con las personas graves de ambos sexos que a ella concurrían, indicó con discreta jactancia su propósito de coadyuvar a las empresas religiosas de su hermana la Condesa. Verdad que todo esto era de dientes afuera. Hay que manifestar que le incitaba a la expresión de tales ideas y otras semejantes la atmósfera que reinaba en su tertulia, y que no era más que una prolongación del ambiente total. Porque en aquellos días, que no están muy lejanos, había venido sobre la sociedad una de esas rachas que temporalmente la agitan y conmueven, racha que entonces era religiosa, como otras veces ha sido impía. El fenómeno se repite con segura periodicidad. Vienen vientos diferentes sobre la conciencia pública: a veces como una moda de exaltaciones democráticas; a veces la moda del ideal contrario. En literatura también vienen y van estas ventoleras furibundas, que harían grandes estragos si no pasaran pronto. Sopla a veces un realismo huracanado que todo lo moja; a veces un terral clásico que todo lo seca.
La religión no se libra de esta elasticidad atmosférica, que en cierto modo es saludable, dígase lo que se quiera. Vienen altas presiones de indiferentismo; siguen otras de piedad. En los días a que me refiero, la racha religiosa venía con fuerza, y en los salones de Feramor se arremolinaba furibunda. Hablábase con preferencia de Roma y del Santo Padre; a cualquiera se le ocurrían frases felices para ridiculizar a los incrédulos, o para encomiar las hermosuras del simbolismo cristiano y de las artes auxiliares del culto; otros señalaban decadencia, síntomas de ruina moral en los países protestantes. Sostenían estos la frecuencia de las conversiones al catolicismo, y aquellos recordaban con encarecimiento las vidas de santos y fundadores, encontrándolas más bellas que las de los héroes de Plutarco. Se proyectaban viajes en cuadrilla para admirar catedrales y huronear monasterios derruidos, y los aficionados a la estética reconocían más talento en los escritores ortodoxos que en los impíos o indiferentes. Algunos que nunca fueron beatos, enseñaban bajo la mundología una punta de oreja pietista, y los que lo eran se crecían y amenazaban comerse el mundo. De fuera, por el vehículo de la prensa, que siempre ha sido extraordinariamente sensible a estas mudanzas atmosféricas, venía la racha, empujando más cada día, porque los periódicos tachados de librepensadores y que lo eran realmente, al llegar Semana Santa, salían con todas sus columnas abarrotadas de una santurronería que habría hecho palidecer de ira a los progresistas de hace treinta años. Las señoras, naturalmente, aventaban más y más la racha con el aire de sus abanicos y con el aliento de su apasionada fraseología, hasta conseguir que se hinchara como tromba. Ignoraban que cuando se apaciguaran aquellos vientos, vendrían otros con nuevas ideas y pasiones nuevas.
Pues bien, en una atmósfera densa de revindicaciones religiosas, vertía el Marqués de Feramor sus ideas artificiales, que se llaman así para diferenciarlas de las ideas verdaderas, encerraditas muy adentro, lejos del histrionismo seco de la buena educación. Se esforzaba en mostrarse contento por auxiliar a su hermana doña Catalina en las formidables empresas cristianas que acometería muy pronto. ¡Oh, como representante de las clases directoras, él estaba obligado a contribuir a cuanto favoreciera los _grandes intereses espirituales_ de la sociedad! No todo había de ser fomentar obras públicas, y defender como artículo de fe la asociación mercantil. Había que mirar al más allá, enseñar a las clases proletarias el olvidado camino del Cielo, y preparar la vuelta de los grandes ideales. De este modo daba alimento a su vanidad, preconizando en público lo que en su fuero interno detestaba, y hacía propósito de sacar partido de lo que tan contra su voluntad se fraguaba, en el piso segundo de su casa, entre la testaruda Condesa de Halma y el complaciente don Manuel Flórez.
Los concurrentes a su tertulia se veían obligados a mayores alabanzas que las que constantemente le tributaban por su sentido inglés, y su desprecio de las exageraciones. A excepción del Conde de Monte-Cármenes, equilibrista incorregible, que se ponía siempre en un justo medio muy cómodo, equidistante del misticismo y de la impiedad, los amigos de Feramor le veían con gusto en aquel camino. Naturalmente, los hombres de capacidad intelectual y pecuniaria como él, estaban obligados a dar vigor al poder público, vigorizando el _resorte_ religioso. El Marqués de Cícero no podía contener su entusiasmo; Jacinto Villalonga, que al conseguir la senaduría vitalicia se había constituido en adalid de los grandes principios, deploraba no ser rico para ayudar a la Condesa de Halma en sus empresas espirituales, que eran lo mismo que una gran batalla dada a las revoluciones; los Trujillos, los Albert y Arnáiz, de la nobleza frescachona, opinaban que los _títulos_ debían ponerse al frente del movimiento de regeneración; el Conde de Casa-Bohío, Tellería de nacimiento, casado con una cubana rica, declaraba su conformidad y aprobación entusiasta... en nombre de Europa y América. El general Morla no hacía más que repetir y confirmar sus ideas de toda la vida. Severiano Rodríguez cerdeaba un poco; pero sin lanzarse resueltamente a la oposición, porque su urbanidad se lo vedaba.
Pero el que con mayor vehemencia y aspavientos más enfáticos hizo la apología de los _intereses espirituales_, fue un tal José Antonio de Urrea, primo del Marqués, parásito en la casa por temporadas, hombre inconstante, ligero y de dudosa reputación. Más joven que Feramor, algo se le parecía en lo físico, en lo moral poco, porque era la cabeza más destornillada de la familia, y la mayor calamidad que pesaba sobre ella. El Marqués le profesaba una antipatía que a veces era mortal odio, y había hecho los imposibles por mandarle a Cuba, a Filipinas, al fin del mundo, y librarse de sus furiosas acometidas en demanda de socorros pecuniarios. Las adulaciones del dichoso pariente le sacaban de quicio, porque tras ellas venía siempre el golpe inexorable.
Verdaderamente, José Antonio de Urrea era más desgraciado que perverso. Huérfano en edad temprana y sin patrimonio, no tuvo quien le mandase a estudiar a Inglaterra ni a parte alguna. Los parientes ricos quisieron darle carrera; empezó sucesivamente tres o cuatro, Infantería, Montes, Administración Militar, Telégrafos, y no llegó ni a la mitad de ninguna. A los veintidós años, fue preciso conseguirle un destino. Feramor contaba por centenares los viajes al Ministerio para pedir la reposición o el traslado. Ello es que le echaban de todas las oficinas, porque, o no iba, o iba tarde, y no hacía más que fumar, dibujar caricaturas y enredar con los compañeros. Abandonado de sus parientes, dedicábase a desconocidos negocios. Veíasele algún tiempo bien vestido, gastando en coche y teatros, sin que nadie supiese de dónde salían aquellas misas. Tras un largo periodo de eclipse, aparecía mi José Antonio hecho una lástima, enfermo, roto, muerto de hambre; pero con ideas de un gran negocio, que estudiaba y que seguramente sería su salvación. Feramor y su mujer, la Duquesa de Monterones y su marido le compadecían, y haciéndole prometer la enmienda, se dejaban expoliar. El pícaro se valía de mil graciosas artimañas para conquistar los corazones, principalmente los de las señoras; con el socorro que recogía restauraba su ropa o la hacía nueva, y allá le teníais otra vez de punta en blanco, día y noche, de servilleta prendida, y amenizando las tertulias con su fácil ingenio.
Su inconstancia no era inferior a su desvergüenza: a veces desaparecía de las casas de Feramor y Monterones, y parasiteaba en otras, donde sin duda le pagaban con el plato sus amenidades, que no siempre eran de buen gusto. Ello es que en la mesa y tertulia de la parentela pagaba el trato con una adulación asfixiante, y en las casas ajenas se vengaba de la humillación recibida hablando mal de su familia, ridiculizando el anglicanismo de su primo, las vanidades de la Marquesa y de Ignacia Monterones. Tras esto solía venir otro largo chapuzón en obscuridades desconocidas, para resurgir luego arrepentido, implorando misericordia. En cuanto su primo le veía con el incensario en la mano, se echaba a temblar, porque las lisonjas eran siempre precursoras de un golpe despampanante con el mandoble, que manejaba como nadie. Y así, cuando le vio tan entusiasta de los ideales religiosos, el Marqués se dijo: «Este viene armado esta noche. Preparémonos.»
En efecto, aprovechando una ocasión propicia, José Antonio le asaltó en un ángulo del billar, y allí, con alevosía, premeditación y ensañamiento, descargó sobre su cabeza el filo cortante, quedándose el Marqués tan aturdido del tremendo golpe, que no supo contestarle. El terrible sablista mostrose muy animado con la esperanza de un seguro negocio, para el cual reunía el capitalito necesario, y solo le faltaba una cantidad, una miseria, que su primo, su querido primo, su opulento primo y Mecenas le facilitaría al día siguiente... si podía ser por la mañana, mejor.
II
--¿Pero tú estás loco? ¡Que te dé mil pesetas! --le dijo la víctima poniéndole la mano en el pecho, y apartándole de sí como un peso que se le venía encima--. ¡Vaya una historia! ¿Negocios tú...? Y qué es, ¿se puede saber?
--Un negocio editorial, pero seguro, Paco; tan seguro, que ganaré con él en poco tiempo, unos cuantos miles de duros.
--Echa por esa boca. La historia de siempre. ¿Y con mil pesetas estableces una casa editorial?
--¿No me has oído? Tengo más; pero me falta ese pico.
--Lo que a ti te falta es vergüenza --respondió el Marqués, que ante aquella calamidad de la familia se veía privado hasta de su buena educación--. Déjame en paz, o te echo de mi casa.
--Bueno, no es motivo para que te enfades. Me niegas el auxilio que yo, pobre industrial, vengo a pedirte. Y luego me decís: «Trabaja, trabaja, sé hombre, sienta la cabeza.» Pues señor, siento la cabeza, me descrismo trabajando; pero ¡ay! la pícara ley económica se interpone... ¿El capital dónde está? Lo busco; encuentro parte; voy a mi opulento primo a que me lo complete, y mi opulento primo me echa de su casa, me condena a la miseria, me ata las manos... Bien, Paco, bien... Siempre te querré, y te respetaré siempre...
--¡A fe que están los tiempos para poner dinero en empresas editoriales..., precisamente cuando hemos convenido en dedicarlo a las espirituales!
--Tú puedes atender a todo. Estás en el deber de fomentar lo de Dios y lo del César.
--Sí, sí, con la saca que me espera estos días. ¿Sabes que tengo que dar a mi hermana...?
--Lo sé. Le das lo suyo.
--Pero...
--Convenido; tu hermana está loca.
--Habla con más respeto.
--Loca perdida. Locura sublime, si quieres. Yo que tú, no le daba un cuarto. Lo sublime deja de serlo en cuanto le pones dinero encima. Dame a mí lo que te pido, que estoy bien cuerdo y bien pedestre, con mi trabajito metódico, y mis hábitos de hombre previsor y ordenado.
En efecto, dígase porque es verdad, el pobre Urrea llevaba medio año de vida totalmente contraria a la que le diera fama tan triste. Había conseguido dar forma práctica a su habilidad para la fotografía, y asociándose con un industrial muy activo, hizo una excursión por las provincias andaluzas, y se trajo una colección de clichés de monumentos, que le valieron algunos cuartos. Esto le alentó. Fundó un periódico, estudiando la Zincografía y el Heliograbado; pero la endeblez de la parte literaria hizo fracasar la publicación. Con nuevos elementos intentaba la creación de otro semanario ilustrado, esperando obtener considerables ganancias, y juntaba dinero para el material indispensable y para los primeros gastos. El impresor le exigía, a más del papel, una cantidad en fianza para responder de la composición y tirada de los dos primeros números. Hablando de estas materias, metiéndose de lleno en la explicación técnica del negocio por ver si ablandaba a su primo, afiló más el arma, llegando a fijar en dos mil pesetas la suma que necesitaba.
--¡Dos mil!
--Sí, y tú me las vas a dar. Eres mejor de lo que tú mismo crees.
--No; si yo me tengo por inmejorable. Por serlo, no te doy las dos mil pesetas: sería lo mismo que tirarlas a la calle... Oye: una cosa se me ocurre. Pídeselas a mi hermana, que ahora tiene dinero, o lo tendrá pronto, y según dice don Manuel, lo dedica al socorro de la miseria humana. Claro que tú, con tu flamante industria editorial, estás comprendido en esa humanidad miserable, a la cual piensa Catalina redimir.
--Pues mira tú, no es mala idea... ¡Ah! tu hermana es una santa, una heroína cristiana. Yo la admiro, y siempre que la veo, me dan ganas de arrodillarme delante y rezar... Mi palabra de honor... Pues sí, ¡famosa idea!
--Hazle comprender que la protección a las industrias nacientes y a los hombres emprendedores y formales como tú, debe contarse entre las obras de misericordia, y que la caridad empieza por la familia... ¿entiendes? ¡Quién sabe, hombre, quién sabe si...!
--No lo tomes a broma, que bien podría... Se intentará, hombre, se intentará. Catalina es realmente un ángel, y sus desgracias le dan una extraordinaria penetración para comprender las ajenas. Bien mirado el asunto, debe comenzar su campaña caritativa por mí, que la venero, que la idolatro; por mí, el más desgraciado de la familia, más que ella seguramente, más, más. Y creo que, en conciencia, bien puedo pedirle tres mil pesetas.
--Sí... sube, hijo, sube.
--Pero, ¡ay! --exclamó Urrea desalentado súbitamente, llevándose la mano al cráneo--, no me acordaba de... ¡Ay, no puede ser, Paco de mi alma, no puede ser! ¡Qué tontos tú y yo! Claro que dejándose llevar mi prima de su magnánimo corazón, no habría caso. Pero como el que gobierna en su voluntad es ese _congrio_ de don Manuel... Figúrate.
--No te permito hablar así de nuestro dignísimo amigo.
--Perdóname... No le ofendo. ¡Triste de mí! ¡Cuando digo que la mayoría de los males que afligen a la humanidad son de un origen eclesiástico!... ¡Ah! pues si yo cogiera libre a mi prima, quiero decir, en el libre ejercicio de su misericordia, créete que mis cuatro mil pesetillas no habría quien me las quitara. Mi palabra...
--Veo que si no te las dan pronto, acabarás por pedir un millón.
--Se me ocurre una idea... Quizás podríamos... Hay que verlo. ¿Puedo contar contigo?
--¿Conmigo? ¿para qué?
--Para apoyarme, en caso de que ese reverendísimo _percebe_ informe, como parece natural, en contra de mi pretensión.
--Yo... ¿Cómo?
--Diciéndole a la señora Condesa de Halma que ya no soy lo que era, que me he corregido, que trabajo, que con mi pequeña industria doy de comer a multitud de familias indigentes, en fin, que defiendo a rajatabla los grandes ideales cristianos, y que sería obra de caridad muy meritoria auxiliarme con cinco mil...
--¡Calla, hombre, calla! Yo no puedo apoyarte. Creerán que me he vuelto loco. En todo caso, demuéstrame que tus propósitos de enmienda son verdaderos, y tus planes de trabajo cosa seria y decisiva.
Dijo esto el Marqués, pasando al salón próximo, como si por la fuga quisiera librarse de mosca tan importuna; pero el pariente pobre le seguía, cosido a sus faldones, desplegando la pertinaz voluntad de esos caracteres que no desmayan hasta no conseguir lo que se proponen. Minutos después, Feramor se sentó en un diván para hablar de política con Manolo Infante. El parásito hubo de agregarse con oficiosidad pegajosa; la conversación rodó insensiblemente hacia el terreno periodístico, y al instante Urrea se dejó caer con esta indirecta:
--Como yo consiga echar a la calle mis _Sabatinas_, verán ustedes. Cosa nueva, la actualidad presentada con arte y _chic_, precio fenomenal, digo, baratísimo; la parte literaria de primera, la heliografía _ídem de lienzo_, en fin, un negocio que solo espera un poquitín de apoyo para enriquecer a alguien. El primer número, que ya está preparado, lo dedico al célebre apóstol de nuestros tiempos, el gran Nazarín, de quien presento noticias estupendas, la biografía completa, retratos de él y sus discípulas...
--Pero ese Nazarín, ¿qué es? --preguntó el Marqués a Manolo Infante--. Ya nos trae locos la prensa con la dichosa cuadrilla _nazarista_, y el proceso, y las _interviews_... ¿Le has visto tú?
--No necesito verle --replicó Infante--, para pensar, como tu primo, que es el pillo más ingenioso que ha echado Dios al mundo.
--Poco a poco --dijo Urrea con el desparpajo que gastar solía para desmentirse--. Yo no pienso tal cosa.
--Hace un rato nos contabas a Severiano y a mí que le habías visto, y charlado con él y sus compañeras, y que le tenías... son tus palabras... por un impostor vulgarísimo.
--¿Eso dije?... Vamos, os revelaré todo el intríngulis de mi diplomacia. Por desorientaros a ti y a Severiano os dije la opinión corriente y vulgar, reservando para mi público la novedad, la sorpresa. Yo presento a Nazarín como resulta del sondeo que he hecho de su carácter, visitándole en el hospital uno y otro día.
--Y opinas que es un santo. Pues eso no es nuevo, porque no ha faltado quien lo haya sostenido ya.
--Pero no presentan los elementos de prueba que presentaré yo. Es un hombre extraordinario, un innovador, que predica con actos, no con palabras, que apostoliza con la voluntad, no con la inteligencia, y que dejará, no se rían ustedes de lo que afirmo, un profundo surco en nuestro siglo.
--¡Pero si nos has dicho hace media hora que ni siquiera es loco, sino un aventurero que se hace el demente para vivir sobre el país!
--No me convenía hace media hora decirte mi verdadera opinión. En diplomacia y en industria es permitido el engaño. Antes no me convenía propagar la verdad; ahora me conviene.
--A este le entiendo yo mejor que nadie --dijo Feramor riendo--. Tiene sus planes, persigue su negocio, y repentinamente, un cambio atmosférico le hace cambiar de rumbo para llegar más pronto a donde se propone. Es muy astuto mi primo, y ahora quiere ponerse a bien con los que dedican su dinero a los eternos ideales, a las campañas de la caridad evangélica. ¿Es esto, sí o no? Y a propósito, Manolo, ¿sabes tú de alguien que quiera tomar parte en una empresa editorial, con tendencias religiosas, _nota bene_, con tendencias religiosas, haciendo un pequeño sacrificio de seis mil pesetas?
--Poco a poco... --dijo con viveza José Antonio--. La participación en los beneficios no puede darse sino aportando al negocio siete mil pesetas.
Feramor e Infante rompieron a reír, y el otro, sin cortarse ni abandonar el campo de su formidable _sport_, prosiguió de este modo:
--A reír, a reír... Ya veremos quién se ríe el ultimo. Y volviendo a _mi héroe_, les enseñaré algunas pruebas de las diferentes fotografías que he podido sacarle en el Hospital... También tengo las de sus compañeras. Verán.
Echando mano al bolsillo, mostró distintas pruebas fotográficas, obra suya, las cuales fueron examinadas con intensa curiosidad por las distintas personas que al instante formaron grupo.
--¿Conque este es el famoso Nazarín?... A ver, a ver...
--Digan ustedes si cabe en lo humano un rostro más inteligente.
--Parece moro.