Halma

Part 3

Chapter 34,042 wordsPublic domain

--Si no me río. Pues estaría bueno que yo me riera de la fe... no, querida y respetada hermana... Debo poner punto por hoy en estas discusiones. Sé que no he de convencerte. Yo digo: «terquedad, tu nombre es Catalina de Halma...» Espero que otro será más afortunado que yo.

--¿Quién?

--Don Manuel... Nuestro buen amigo triunfará de tus manías.

En aquel punto entró en el despacho la Marquesa, que acababa de llegar de misa, y cogiendo al vuelo las últimas palabras, terció en el debate, repitiendo, como un eco de su marido:

--Don Manuel, don Manuel te convencerá.

VI

Y como si las palabras de Consuelo fueran una evocación, apareció en la puerta, sin que antes se le sintieran los pasos, un clérigo alto y viejo, que sonriendo y con blanda vocecilla, decía:

--Don Manuel, sí, aquí está don Manuel, dispuesto a convencer a la misma sinrazón... ¡Oh, mi señora doña Catalina!... A fe de Manuel Flórez que no esperaba tan grato encuentro, y pensaba, antes de almorzar, darme una vueltecita por arriba.

--Hoy es día solemne --dijo el Marqués con su habitual cortesanía--; hoy tenemos a almorzar al señor don Manuel, y mi hermana, que sabe cuánto se merece un amigo de tal calidad, quebranta su clausura, baja al comedor y nos acompaña a la mesa.

--No merezco yo tanto... ¡Oh!

Doña Catalina quiso protestar sin ofender al venerable sacerdote; pero su voz fue ahogada por admoniciones cariñosas, y poco después pasaron los cuatro al comedor. Por el camino decía el simpático Flórez a la Condesa de Halma:

--No está demás, mi buena y santa amiga, aflojar un poquito la cuerda de vez en cuando.

Con decir que la educación del Marqués y la de su esposa era exquisita, se dice que en el curso del almuerzo no se habló más que de cosas gratas, en las cuales pudieran todos decir su palabra sin ninguna violencia. Catalina estuvo melancólica y amable, don Manuel festivo, el Marqués reservado, y Consuelo con todos fina y obsequiosa. Nada ocurrió, pues, que merezca especial mención. Dijeron algo de política, que Feramor trataba siempre con criterio muy elevado, huyendo de las personalidades, cuatro palabras de literatura y academias, y un poco también del proceso del cura Nazarín, que por aquellos días monopolizaba la atención pública, y traía de coronilla a todos los periodistas y _reporters_. Divididos los pareceres sobre aquella extraña personalidad, unos le tenían por santo, otros por un demente, en cuyo cerebro se habían reunido con extraordinaria densidad los corpúsculos insanos que flotan, por decirlo así, en la atmósfera intelectual de nuestro tiempo. Interrogado sobre tan peregrino caso, el bonísimo don Manuel dijo que aún no tenía datos suficientes para formar criterio en aquel punto, y que se reservaba su opinión para cuando hubiese estudiado, con repetidas visitas y conferencias, al loco, santo, o lo que fuera. La de Halma no dijo esta boca es mía, ni aun demostró interés en un asunto, que por ser cosa que andaba en los periódicos, debió de parecerle de interés vano y pasajero.

Después del almuerzo, subieron don Manuel y doña Catalina al aposento de esta, y se entretuvieron largo rato charlando con los chiquillos y la institutriz, la cual era inglesa, de edad madura, con rostro de pájaro disecado, buena persona, que sabía su oficio y cumplía muy bien, transmitiendo a las criaturas sus maneras finísimas, y sus tópicos de ciencia fácil para uso de familias bien acomodadas. Cuatro eran los niños de los señores Marqueses, y a todos se les nombraba con los diminutivos familiares, a la usanza inglesa. Alejandrito, el mayor (_Sandy_), despuntaba por su corrección de pequeño _gentleman_, y era un fiel trasunto de su papá, por lo comedido, lo económico, y la precocidad de las cosas prácticas. Seguía Catalinita (_Kitty_), ahijada de su tía del mismo nombre, monísima criatura, muy espiritual y un poquitín traviesa. Paquito (_Frank_) era un poco abrutado, pero en él despuntaba una inteligencia sólida para la mecánica y... las obras públicas. Como que su juego preferido era imitar el ferrocarril, haciendo él de locomotora. Seguía Teresita, de tres años, a la cual llamaban _Thressie_, gordinflona, comilona, y nada espiritual, por el momento. Se pirraba por chapotear en agua, lavar trapos, y otras ordinarias ocupaciones. Era la que más daba que hacer a la _miss_, a quien llamaban _Dolly_, que es lo mismo que Dorotea.

Fuéronse todos de paseo muy bien arregladitos, pastoreados por la inglesa, y solos ya la Condesa y don Manuel, se encerraron, quiero decir, que a solas estuvieron larguísimo tiempo, casi toda la tarde, charlando de cosas graves de religión y de beneficencia. No es posible continuar en esta verídica narración sin afirmar que don Manuel Flórez era un sacerdote muy simpático: sus singulares prendas lo mismo le daban prestigio y consideración en las clases altas, que popularidad en las inferiores. Entre diversos linajes de personas andaba de continuo, codeándose con aristócratas, o alternando con la pobreza humilde, y arriba y abajo sabía emplear el lenguaje más propio para hacerse entender. En él eran de admirar, más que las virtudes hondas, las superficiales, porque si no carecía de austeridad y rectitud en sus principios religiosos, lo que más en él resplandecía era la pulcritud esmerada de la persona, la dulzura, la benevolencia, y el lenguaje afectuoso, persuasivo y en algunos casos retórico de buen gusto. La malicia pudo alguna vez tratar de mancharle, arrojándole salpicaduras de lodo callejero; pero siempre salió limpio y puro de aquellos ataques por su constancia en despreciarlos y no darles ningún valor.

Nunca tuvo ambición eclesiástica. Hubiera podido ser obispo con solo dejarse querer de las muchas personas de gran influencia política que le trataban con intimidad. Pero creyó siempre que, mejor que en el gobierno de una diócesis, cumpliría su misión sacerdotal utilizando en servicio de Dios la cualidad que este, en grado superior, le había dado, el don de gentes. ¡Prodigiosa, inaudita cualidad, cuyos efectos en multitud de casos se revelaban! No era solo la palabra, ya graciosa, ya elocuente, familiar o grave según los casos; era la figura, los ojos, el gesto, el alma flexible y escurridiza que se metía en el alma del amigo, del penitente, del hermano en Dios, y aun del enemigo empecatado. Podría creerse que tal cualidad serviría para lucir en el púlpito. Pues no señor. En su juventud había probado la oratoria sagrada con éxito dudoso. Predicador adocenado, pronto hubo de conocer que a ninguna parte iría por aquel camino. Su apostolado tenía por órgano la conversación, y el trato social era el campo inmenso donde debía ganar sus grandes batallas.

Vivía Flórez con independencia, de la renta de dos buenas fincas que heredó de sus padres en Piedrahita. No tenía, pues, que afanarse por la _pícara olla_, ni que volver los ojos, como otros infelices, al palacio episcopal, a las parroquias o al Ministerio de Gracia y Justicia. Dios le había hecho vitalicio el pan de cada día, poniéndole en condiciones de ejercer su ministerio con la eficacia que da... una alimentación perfecta. No le venía mal la independencia hasta para la conservación de su fácil ortodoxia, de su perfecta conformidad con el espíritu y la letra de cuanto enseña y practica la Santa Iglesia. Vestía con pulcritud y hasta con cierta elegancia dentro de la severidad del traje eclesiástico, sin que en ello hubiera ni asomos de afectación, pues en él el aseo y la compostura eran cosa tan natural como el habla correcta y la bondad de las acciones. Era elegante, por la misma razón porque cantan los pájaros y nadan los peces. Cada ser tiene su epidermis propia, producto combinado de la nutrición interior y del medio atmosférico. La ropa es como una segunda piel, en cuya composición y pátina tanta parte tiene lo de dentro como lo de fuera.

Importantísimo debía de ser lo que hablaron aquella tarde don Manuel y doña Catalina, porque la encerrona fue larga. Despidiose el buen sacerdote al fin, diciendo al coger su teja:

--Quedamos en eso..., ¿eh?

--Yo no diré nada, ni haré nada.

--Corriente, mi buena y santa amiga. Si algo le dicen a usted, desentiéndase. Si sobreviene algún disgustillo, écheme la culpa. No tiene más que decir: «cosas de don Manuel».

--Perfectamente. Si consigo lo que deseo, a usted lo deberé todo, y suya será la gloria.

--No, eso no: la gloria es de usted, quedamos en eso, en que la gloria es de usted. No soy más que el ejecutor o el auxiliar de una grande, de una excelsa idea. Adiós, adiós.

VII

Bajó despacito las escaleras, fija la vista en los peldaños, mientras volteaba en su mente la grande, la excelsa idea, y en el portal se encontró a los señores Marqueses que regresaban de su paseo en coche.

--¿Todavía por aquí, don Manuel?

--¿Quiere quedarse a comer?

--Gracias mil. Ya saben que no como a estas horas. Mi chocolatito, y a la cama como un ángel. Consuelo, buenas tardes.

--¿Y cuándo tendremos el gusto de volver a verle por aquí? --le preguntó el Marqués.

--Ese gusto lo tendrán ustedes mañana.

--El disgusto será de usted.

--Quizás... Pero en fin, mañana hablaremos. Abur, abur.

Requirió el manteo, y se fue, dejando a su buen amigo un tanto caviloso con aquel anuncio de conferencia, que debía de ser, se lo decía el corazón, alguna extravagancia de su señora hermana la Condesa. Preparose, pues, prejuzgando todos los órdenes, de razonamientos con que podría embestirle don Manuel, y le aguardó tranquilo. Las diez no eran todavía cuando el sacerdote entró en la casa, y ambos en el despacho, sentaditos a uno y otro lado de la mesa, hablaron largo tiempo. El Marqués, si le dejaban, era un águila para las amplificaciones; pero Flórez sabía ser lacónico y contundente cuando el caso lo exigía. La confianza autoritaria, de superior a inferior, con que le trataba, por haber sido su maestro antes de la partida de Feramor para Inglaterra, facilitaba mucho a don Manuel las fórmulas de concisión.

--Ya, ya me lo figuraba --dijo el Marqués, oída la breve exposición que hizo don Manuel de su visita--. Desde que usted me indicó anoche... Bajaba usted de su cuarto, donde estuvo en cónclave con ella toda la tarde... En seguida comprendí. Mi señora hermana desea que le entregue su legítima.

--Exactamente.

--¿Y para eso tanto misterio, y conferencias tan largas entre usted y ella? ¿Por qué no me lo dice? ¿Acaso me niego a entregarle lo suyo? ¿Por ventura no tengo mis cuentas bien claras, y mi conciencia muy tranquila, y todos los asuntos tan en regla, que fácilmente podría contestar a cuantas objeciones se me hicieran? Vea usted, vea usted...

Y diciendo esto sacó un legajo cuyo rótulo decía: «Cuenta de las cantidades suplidas a mi señora hermana Catalina...»

--Ya, ya --dijo el clérigo continuando de memoria la lectura del rótulo--. «Suplidos en Madrid cuando se casó... y después en Sophia, Constantinopla, Corfú...» Dame acá.

Y tomó los papeles, y sin dignarse pasar por ellos la vista, con resolución firme y calmosa empezó a romperlos, no pudiendo hacerlo con todo el legajo de una vez, por ser demasiado grueso.

--¡Qué hace usted, don Manuel! --exclamó el Marqués abalanzando su cuerpo por encima de la mesa, pero sin atreverse a quitarle al otro de las manos los papeles que rompía pausadamente, echando los pedazos en una cestita próxima.

--Ya lo ves... Hago lo que tú harías si fueras como Dios y yo queremos que seas, lo que harás seguramente si reflexionas en ello... Déjame, déjame que deshaga toda esta podredumbre...

--Pero...

--No hay pero que valga. ¡Si has de concluir por aprobarlo, y ayudarme a romper los que quedan! Hijo mío, tengo de ti mejor idea de lo que parece, y aunque te empeñes en disimular tu buen corazón con esas apariencias de egoísmo que te impone la sociedad, no has de conseguirlo. Ya, ya estás comprendiendo que debes entregarle a tu hermana su legítima íntegra, y que esa resta infame que tenías preparada no es propia de un caballero cristiano... como debes ser... como eres, lo digo y lo repito, como eres.

--¡Don Manuel!

--Don Manuel te quiere mucho, y cuando te ve desfigurado por el egoísmo, que todo lo contamina, te rehace a su gusto... Yo quiero que seas conforme al tipo de caballero cristiano que quise formar en ti cuando te llevaron a tierras de ingleses metalizados. No pongas esa cara compungida, ni abras esos ojazos, Paco, amigo mío y discípulo amado. Los anticipos que hiciste a tu hermana son miserias... miserias para ti, que eres rico; y si retienes esas cantidades al entregarle su legítima, rebajas tu dignidad, y te pones al nivel de la gente mal nacida. Prueba que eres noble, no solo de nombre, sino de hechos, y perdónale a tu pobre hermana las limosnas que le hiciste, que si el no dar limosna es cosa fea, el reclamar la que se dio es cosa feísima, plebeya, vil.

--Permítame usted, mi querido Flórez --dijo el Marqués palideciendo, sin ningunas ganas de ceder, pero también sin ánimo para oponerse al rasgo de su amigo y maestro--; permítame usted que le diga que no es esa la manera de tratar las cuestiones de intereses. Discutamos...

--Eso es lo que tú quieres, discutir, porque en ello siempre llevas ventaja. Pues yo aborrezco las discusiones; soy muy poco parlamentario. ¿Y para qué habíamos de discutir? Ya han desaparecido en pedacitos mil tus famosas cuentas. Mía es la responsabilidad de este crimen de lesa majestad... económica. Pero mi conciencia está tranquila, y aquí donde me ves, al romper tus papelotes he sentido en mi interior un goce vivísimo. ¡Si tú eres bueno, si tú mismo no sabes lo bueno que eres! Ea, voy a echármelas de parlamentario. Discusión: planteo el debate. Seré breve, muy breve. Escúchame. Tú eras rico, tu hermana pobre. Tú habías hecho un buen casamiento, bajo todos puntos de vista; tu hermana lo había hecho detestable. Tú eras feliz, ella desgraciada. ¿Qué menos podías hacer que socorrerla en su miseria, cuando aún no podías entregarle su legítima, por no estar ultimada la testamentaría? La socorriste, fuiste buen hermano, buen caballero, y ahora, cuando ella te pide la herencia de vuestro padre, te adelantas gallardamente y le dices: «Querida hermana, toma lo que te pertenece, y olvida los sinsabores que te causé, como yo olvido los socorros que te di.» Esto hace un prócer, esto hace un caballero, esto hace el primogénito de una casa ilustre que hoy se encuentra en posesión de grandes riquezas.

--No me deja usted hablar... ¡Pero don Manuel de mi alma...!

--Si estoy yo _en el uso_ de la palabra, como decís allá. Después hablará su señoría, que aún tengo mucho que decir... Sigo. Pues me figuro que tengo delante de mí a tu padre, o mejor aún, que el hombre que tienes frente a ti, no soy yo, sino aquel bonísimo aunque desordenado Pepe Artal, mi noble amigo. ¿Por qué me decidí a romperte todo este papelorio? Porque tenía la seguridad de que él lo hubiera roto. No era yo, era él, quien lo rompía. Hago revivir ante ti la imagen, más que la memoria, de tu padre, para que le imites en este caso, aunque en otros me guardaría muy bien de presentártelo como modelo. ¡Ah!... Paco mío, tu padre era un perdido... digo, tanto como un perdido no, era una mala cabeza, el desbarajuste, la imprevisión. Cabeza de trapo, corazón de oro. ¡Qué corazón el de Pepe Artal! Era el caballero español, dispuesto a todas las barbaridades imaginables; pero también generoso, verdaderamente noble y magnánimo. El pobrecito no conoció a los economistas ingleses, ni siquiera por el forro. Había oído hablar con grandes encarecimientos de los políticos de allá: Lord Palmerston, Pitt, qué sé yo; pero él no les conocía más que yo a los sacerdotes de Confucio. Creía que todo lo bueno ha de traer una marca que diga _Londón_, y se empeñó en que tú habías de entrar en el mundo social y político con esa etiqueta. Fuiste allá, volviste hecho un inglesote. Vales mucho, yo no lo niego. Serás capaz de arreglar la Hacienda española... trabajo te mando... como has arreglado la tuya. Tienes grandes cualidades, algunas muy raras aquí, y que nos hacen mucha falta; pero careces de otras, quizás las más elementales... Pero yo, que te quiero tanto, tanto, te cojo, como se coge un muñeco o cualquier figurilla de materia blanda, y te retuerzo, y te doy una gran vuelta, hasta enderezar en ti lo que me parece torcido, y hacerte a mi gusto... Conque se acabó el discurso. Quedamos en eso: en que le entregarás a tu hermana su legítima sin escatimarle las sumas con que acudiste a sus necesidades en los tiempos de su extrema pobreza... ¿Estamos? Pues bien, ahora, yo que soy un gran embustero cuando el caso llega, subiré a ver a Catalina, y le soltaré una mentira muy gorda, pero muy gorda...

--¡Qué!

--Que tú, por tu propia iniciativa, como saliendo de ti, ¿me entiendes? has tenido ese rasgo. Que yo no te he dicho nada, que los papeles los rompiste tú, mejor, que ya los habías roto; en fin, yo me entiendo.

--¿Y eso dirá usted a mi hermana?

--Eso mismo, tal como lo oyes.

--Pues no lo creerá --dijo Feramor, sonriendo por primera vez después del sofoco que acababa de pasar.

--Tanto peor para ella y para ti... Pero sí lo creerá. Basta que se lo diga yo.

--Con muchos actos de veracidad como este...

--¡Pero si en rigor no es mentira lo que pienso contarle! ¡Si tú, al fin, sientes ya no haber tenido aquella espontaneidad, porque tu corazón se ha vuelto del lado de la esplendidez galana y noble! Y el aceptar ahora gozoso lo que antes no hiciste, es lo mismo que si lo hubieras hecho, y llegas a creer que tú mismo rompiste las cuentas, y... Vaya, confiésame que te has penetrado de tu papel de caballero y de buen hermano, y que estás contento de haberlo mostrado con una gallardísima acción. Confiésalo, di que sí, y con esa declaración me quedo yo más tranquilo, y no me remorderá la conciencia por el embuste que voy a encajarle a la Condesa...

--Hm...

VIII

--Mire usted, mi querido don Manolo --dijo el Marqués sentándose, después de dar dos o tres vueltas por la estancia--. Sin esfuerzo alguno, y con solo una ligera indicación de usted o de ella misma, habría usted visto en mí eso que llama rasgo, si supiera yo que al entregar a mi hermana su legítima, daba un empleo útil a ese pequeño capital... Déjeme usted seguir, que ahora me toca hablar a mí. ¡Pues no faltaba más sino que usted se lo dijera todo! Continúo _en el uso_ de la palabra. Cúreme usted a mi hermana de sus manías de fundadora...

--Pero ven acá, majadero, ¿acaso la fe es una enfermedad?

--Que hablo yo ahora: no se interrumpe al orador. Quítele usted de la cabeza a mi señora hermana esas ideas y esos planes para cuya realización no le ha dado Dios el cacumen que se necesita, y no solo le entregaré gustoso lo que le pertenece, sin merma alguna, sino que añadiré algo, siempre que ella se humanice, dejándose de aspirar a la canonización, y vuelva al mundo, mirando por su propio interés y por el de la familia. De buen grado daré todo el esplendor posible a la posición que ella podría crearse, bien casándose con el viudo Muñoz Moreno-Isla, bien con...

--¡Paco, por Dios, no desbarres!... Sí, te interrumpo, no te dejo hablar, no consiento que barbarices de ese modo. ¡Pero tonto, si su grande espíritu la llama hacia cosas bien distintas de eso que llamas posición!... ¡Vaya una posición! ¡Si ella quiere la más alta de todas, la que será siempre inaccesible para todos esos Casa-Muñoz y demás traficantes ennoblecidos que se revuelcan en la vulgaridad, entre barreduras de plata y oro! ¡Buena está Catalina para vender la alegría de su alma, que consiste en estar siempre en Dios y con Dios, por el dinero de esos publicanos! ¡Divertida estaría tu hermana con esa gente, pues a trueque de poseer unas cuantas acciones del Banco, tendría que soportar a su lado noche y día al de Casa-Muñoz y oírle decir _áccido_, _carnecería_, y otros barbarismos! ¡Y de añadidura, tener por cuñada a la Josefita Muñoz, la _reina de las tintas_, como la llama no sé quién, y oírla y aguantarla y estar cerca de ella, cosa tremenda, porque es público y notorio que le huele mal el aliento!... Yo no me he acercado... tate... Me lo han dicho. Pues otra: la madre de esos tenía su tienda en la calle de la Sal. ¡Dios misericordioso, las varas de sarga que me ha medido a mí la buena señora para sotanas! ¡Y hoy sus hijos son Marqueses, y en señal de finura se llevan la mano a la boca cuando les viene un eructo, y van a París como maletas para introducir en España la moda... de los _huevos al plato_! ¡Y esa es la posición que quieres para tu hermana!

--No se puede con usted, mi buen don Manolo, cuando toma las cosas en solfa --replicó el Marqués festivamente--. Búrlese usted todo lo que quiera; pero yo repito y sostengo que no hay otro medio, para crear clases directoras en esta desquiciada sociedad, que cruzar la aristocracia de pergaminos con la de papel marquilla, dueña del dinero que fue de la Iglesia y de las casas vinculadas. Yo le aseguro a usted...

--No me asegures nada... Tu hermana no quiere ser clase directora en el sentido social. Puede serlo en otro mucho más elevado. Sus desgracias le han hecho aborrecer toda esa miseria dorada del mundo. Ningún amor terrestre puede sustituir en su alma al cariño que tuvo a su esposo. Ahí donde la ves, con todo ese aire de poquita cosa, es una heroína cristiana. Fue buena esposa, mártir de sus deberes; la memoria del pobre muerto es su consuelo, y la llama vivísima de fe que arde en su alma se traduce en la ambición de consagrar su vida al bien de sus semejantes, a aliviar en lo posible los males inmensos que nos rodean, y que vosotros los ricos, los prácticos, los parlamentarios, veis con indiferencia, cuando no los escarnecéis, queriendo aplicar a su remedio las famosas leyes económicas, que vienen a ser como la receta del italiano contra las pulgas.

--Pero si yo no me opongo a que mi hermana sea piadosa... Accedo a que no se case, a que se dedique a la oración en la soledad de un claustro. Soy creyente, bien lo sabe usted.

--Hm... ¡Creyente! Todos los señores prácticos, políticos y parlamentarios lo son por conveniencia, por decoro y exterioridad. Van con vela a las procesiones, y cuando se arrodillan ante el Santísimo y ven elevar la hostia, están pensando en que los cambios suben también, o bajan.

Dijo esto don Manuel nervioso, impaciente, levantándose y dando tumbos por el cuarto. De pronto entra _Sandy_ a pedir a su padre los sellos que había recibido aquellos días, y el buen sacerdote, después de acariciarle, le dice:

--Corre al segundo, alma mía, y a tu tiíta Catalina que baje al momento, que tu papá y yo tenemos que hablarle.

Subió el chiquillo como una exhalación, y en el tiempo transcurrido hasta que se presentó la Condesa, el Marqués hubo de parafrasear sus últimas afirmaciones para evitar que Flórez las interpretara torcidamente. Era hombre práctico, y humillándose ante los hechos consumados, quería quedar bien con todo el mundo.

--He querido decir, señor don Manuel, que no ha demostrado mi hermana, hasta ahora, aptitudes para cosa tan grande, para una empresa que no solo requiere piedad, sino inteligencia, saber del mundo y de los negocios. Eso sostuve y sostengo. ¿Pero acaso el que no haya demostrado aptitudes, significa que no pueda adquirirlas cuando menos se piense? La fe hace milagros, ¿quién lo duda? La fe puede mucho.

--Según tú, los milagros los hace la santa economía.

--También. Y la inteligencia, y el método, y...

La entrada de su hermana le cortó la palabra. Antes de saludarla, don Manuel le alargó desde lejos los brazos, diciéndole con tanta seriedad como alegría: