Halma

Part 2

Chapter 24,016 wordsPublic domain

Aunque es persona muy conocida en Madrid, quiero decir algo ahora del carácter del señor Marqués de Feramor, cuya corrección inglesa es ejemplo de tantos, y que si por su inteligencia, más sólida que brillante, inspira admiración a muchos, a pocos o a nadie, hablando en plata, inspira simpatías. Y es que los caracteres exóticos, formados en el molde anglosajón, no ligan bien o no funden con nuestra pasta indígena, amasada con harinas y leches diferentes. Don Francisco de Paula-Rodrigo-José de Calasanz-Carlos Alberto-María de la Regla-Facundo de Artal y Javierre, demostró desde la edad más tierna aptitudes para la seriedad, contraviniendo los hábitos infantiles hasta el punto de que sus compañeritos le llamaban _el viejo_. Coleccionaba sellos, cultivaba la hucha, y se limpiaba la ropita. Recogía del suelo agujas y alfileres, y hasta tapones de corcho en buen uso. Se cuenta que hacía cambalaches de tantas docenas de botones por un sello de Nicaragua, y que vendía los duplicados a precios escandalosos. Interno en los Escolapios, estos le tomaron afecto y le daban notas de sobresaliente en todos los exámenes, porque el chico sabía, y allá donde no llegaba su inteligencia, que no era escasa, llegaba su amor propio, que era excesivo. Contentísimo del niño, y queriendo hacer de él un verdadero prócer, útil al Estado, y que fuese salvaguardia valiente de los _intereses morales y materiales_ del país, su padre le mandó a educar a Inglaterra. Era el señor Marqués anglómano de afición o de segunda mano, porque jamás pasó el canal de la Mancha, y solo por vagos conocimientos adquiridos en las tertulias sabía que de Albión son las mejores máquinas y los mejores hombres de Estado.

Allá fue, pues, Paquito, bien recomendado, y le metieron en uno de los más famosos colegios de Cambridge, donde solo estuvo dos años, porque no hallándose su papá en las mejores condiciones pecuniarias, hubo de buscar para el chico educación menos dispendiosa. En un modesto colegio de Peterborough dirigido por católicos, completó el primogénito su educación, haciéndose un verdadero inglés por las ideas y los modales, por el pensamiento y la exterioridad social. En Peterborough no había los refinados estudios clásicos de Oxford, ni los científicos de Cambridge; los muchachos se criaban en un medio de burguesía ilustrada, sabiendo muchas cosas útiles, y algunas elegantes, cultivando con moderación el _horse racing_, el _boat-racing_, y con la suficiente práctica de _lawn-tennis_ para pasar en cualquier pueblo del continente por perfectas hechuras de Albión.

Hablaba el heredero de Feramor la lengua inglesa con toda perfección, y conocía bastante bien la literatura del país que había sido su madre intelectual, prefiriendo los estudios políticos e históricos a los literarios, y siendo en los primeros más amigo de Macaulay que de Carlyle, en los segundos más devoto de Milton que de Shakespeare. Tiraba siempre a la cepa latina. Al salir del colegio, consiguiole su padre un puesto en la embajada, para que por allá estuviese algunos años más empapándose bien en la savia británica. En aquel periodo se despertaron y crecieron sus aficiones políticas, hasta constituir una verdadera pasión; estudió muy a fondo el Parlamento, y sus prerrogativas, sus prácticas añejas, consolidadas por el tiempo, y no perdía discurso de los que en todo asunto de importancia pronunciaban aquellos maestros de la oratoria, tan distintos de los nuestros como lo es el fruto de la flor, o el tronco derecho y macizo de la arbustería viciosa.

Ya frisaba don Francisco de Paula en los treinta años cuando por muerte de su señor padre heredó el marquesado; vino a España, y a los diez meses casó con doña María de Consolación Ossorio de Moscoso y Sherman, de nobleza malagueña, mestiza de inglesa y española, joven de mucha virtud, menos bella que rica, y de una educación que por lo correcta y perfilada a la usanza extranjera, no desmerecía de la de su esposo. Poco después casó la hermana mayor del Marqués con el Duque de Monterones. Catalina, que era la más joven, no fue Condesa de Halma hasta seis años después.

Pues, señor, con buen pie y mejor mano entró el decimoséptimo Marqués de Feramor en la vida social y aristocrática del pueblo a que había traído las luces inglesas y la ortodoxia parlamentaria del país de John Bull. Afortunadísimo en su matrimonio, por ser Consuelo y él como cortados por la misma tijera, no lo fue menos en política, pues desde que entró en el Senado representando una provincia levantina, empezó a distinguirse, como persona seria por los cuatro costados, que a refrescar venía nuestro envejecido parlamentarismo con sangre y aliento del país parlamentario por excelencia. Su oratoria era seca, _ceñida_, mate y sin efectos. Trataba los asuntos económicos con una exactitud y un conocimiento que producían el vacío en los escaños. ¿Pero qué importaba esto? Al Parlamento se va a convencer, no a buscar aplausos; el Parlamento es cosa más seria que un circo de gallos. Lo cierto era que en aquella soledad de los bancos rojos, Feramor tenía admiradores sinceros y hasta entusiastas, dos, tres y hasta cinco senadores machuchos, que le oían con cierto arrobamiento, y luego salían poniéndole en los cuernos de la luna:

--Así se tratan las cuestiones. Aquí, aquí, en este espejo tienen que mirarse todos: esto es lo bueno, lo inglés _de la tía Javiera_, la marca _Londón_ legítima, de patente.

IV

Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores, que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él y por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!» El amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable.

Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por cualquiera de los _sports_ que en Albión se usan. Para gloria suya, no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose de lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun algos entendía de lo referente al _turf_, no se ocupaba de ello sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media intelectualmente entre un _handicap_ y un discurso político, aunque sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto de sus facultades dominaba la que Dios le había dado para que gobernase a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores. «¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!»

La fortuna patrimonial del Marqués no era grande, porque su padre había puesto en práctica doctrinas que se daban de cachetes con la regularidad administrativa. Pero la riqueza aportada al matrimonio por la Marquesa fortalecía considerablemente la casa, en la cual reinaba un orden perfecto, gastándose tan solo la mitad de las rentas. Vivían, pues, con decoro y modestia, sometidos gustosamente a un régimen de previsión entre dos jalones, el de delante fijando el límite de donde no debía pasar el lujo, para evitar despilfarros, el de atrás marcando la raya de la economía, para no llegar a la sordidez. A mayor abundamiento, la Marquesa, que parecía hecha a imagen y semejanza de su esposo, y que con la convivencia se asimilaba prodigiosamente sus ideas, salió tan administrativa y administradora como él, y le ayudaba a sostener aquel venturoso equilibrio. Ambos lucían en el gobierno de la casa, con una perfecta entonación económica, si es permitido decirlo así. Diversas eran las opiniones mundanas sobre esta manera de vivir, pues si algunos les criticaban por no tener una cuadra de gran importancia hípica, como correspondía a los gustos ingleses del Marqués, otros le elogiaban sin tasa por su excelente biblioteca, principalmente consagrada ¡oh!... a ciencias morales y políticas. Su mesa era inferior a la biblioteca, y superior a la cuadra. Solo había cinco convidados un día por semana.

Expresadas las opiniones, conviene apuntar las hablillas, aunque estas desdoren un poco la noble figura de los Feramor. Lenguas, que evidentemente eran malas, decían que el Marqués colocaba el sobrante de sus rentas a préstamo con réditos enormes, sacando de apuros a sus compañeros de grandeza, comprometidos en el juego, en el _sport_ o en otros vicios. En esto la maledicencia no acertaba, como casi siempre sucede, pues los préstamos del Marqués no eran de calidad extremadamente usuraria. Se reforzaba, sí, con buenas hipotecas, y cuando la garantía era floja y el reembolso problemático, sus principios económicos le aconsejaban aumentar prudencialmente los intereses. Ello es que si en rigor de verdad no debía ser llamado usurero, tampoco habría mayor injusticia que aplicarle el calificativo de generoso. Ni la adulación que todo lo puede, podía llamarle así. Los amigos más benévolos no acertaban a descubrir en él un rasgo de desprendimiento, o un ejemplo de favor desinteresado. Era todo exactitud en el pensar, precisión matemática en las acciones, como una máquina de vida social en la que se suprimieran los movimientos de la manivela afectiva. No faltaba jamás a sus deberes, no se le podía coger en descuido de sus compromisos; pero tampoco se le escapaba la sensiblería de hacer el bien por el bien. Siempre en guardia, y custodiándose a sí propio con llaves seguras que solo él manejaba, no permitía nunca que la espontaneidad abriese su interior de hierro, ni menos que mano profana penetrase en él.

Ved aquí por qué no gozaba de simpatías, y los que le admiraban como el último modelo inglés de corte de personas, no le querían. Encontrábanle todos poco español, privado de las virtudes y de los defectos de la compleja raza peninsular. Habríanle querido menos reglamentado moralmente, menos exacto, y un poquitín perdido. Físicamente, era hermoso, pero sin expresión, de facciones a las cuales no se podía poner la menor tacha, rematadas por una corona negativa, es decir, por una calva precoz, lustrosa y limpia, que él consideraba como la más airosa tapadera de la seriedad británica. Su trato fuera de casa era delicado y fino, dentro de una elegante tibieza, y en la intimidad doméstica seco y autoritario, sin ninguna disonancia, pero también sin asomos de dulzura, como un preceptor o intendente, más que como padre y esposo. De la señora Marquesa, que no era más que el _feminismo_ del carácter de su marido, poco hay que decir. La asimilación había llegado a ser tan perfecta, que pensaban y hablaban lo mismo, usando las propias locuciones familiares. Ambos se expresaban en inglés con notable soltura. Y la asimilación no paraba en esto, pues ocurría en aquel matrimonio joven lo que en algunos viejos, reducidos por larga convivencia a una sola persona con dos figuras distintas. El Marqués y la Marquesa se parecían físicamente; ¿qué digo se parecían? eran iguales, a pesar de señalarse ella por poco bonita y él por bastante guapo; iguales el mirar, el respirar, los movimientos musculares del rostro, el aire grave de la frente, el temblor imperceptible de las ventanillas de la nariz, la manera de llevar los quevedos, pues ambos eran miopes, la boca, la sonrisa de buena educación más que de bondad. Decía un guasón, amigo de la casa, que si uno de los dos se muriera, el superviviente sería viudo de sí mismo.

Vivían en la casa patrimonial de los Feramor, en una de las plazoletas irregulares próximas a San Justo, con vistas a la calle de Segovia y al Viaducto por la parte de Poniente; casa vetusta, pero que con los remiendos y distribuciones hechas por el Marqués no había quedado mal. La parte baja, agrandada y mejorada notablemente, se dividía en dos cuartos de renta, y se alquilaron, el uno para litografía, el otro para las oficinas de una Sacramental. El segundo, distribuido al principio en tres cuartos de alquiler, fue después anexionado a la casa para aposentar convenientemente a los niños mayores, a la institutriz y a parte de la servidumbre. En aquel piso escogió su habitación doña Catalina, no permitiendo que fuera amueblada con lujo, sino más bien como celda de convento, a lo cual se opusieron los Marqueses, enemigos declarados de toda exageración. La exageración les sacaba de quicio, y por tanto arreglaron la estancia modestamente, pero evitando la afectación de pobreza monástica.

Al mes de su regreso a Madrid, la triste viuda empezó a salir de aquel estupor doloroso en que había venido. Ya tomaba gusto a la vida de familia, rompía la melancólica solemnidad de su silencio, y se distraía algunos ratos en la sociedad inocente de sus sobrinitos, dándoles de comer, ayudando a la institutriz, o bien recreándoles con cuentecillos y juegos que no fueran ruidosos. Nunca bajaba al comedor grande a la hora oficial de comida. O se la servía en su cuarto, o con la familia menuda, en el comedor de arriba. Su vida era simplísima, y de una regularidad conventual: se levantaba al romper el día, oía misa en el Sacramento o en San Justo, volvía sobre las ocho, rezaba o leía haciendo labor de gancho, y el resto del día lo empleaba en repasar a los chiquillos la lección, volviendo de rato en rato a la misma tarea de la lectura, el gancho y el rezo. Su cuñada subía con frecuencia a darle conversación y distraerla; su hermano rara vez remontaba su seriedad al segundo piso, y cuando tenía algo de interés que comunicarle la llamaba a su despacho. Una mañana, después de preparar el discurso que había de pronunciar aquella tarde en el Senado, extrayendo mil y mil datos de revistas y periódicos que trataban de la monserga económica, habló largamente con su hermana de lo que se verá a continuación.

V

--Y yo te pregunto, querida hermana: ¿vas a estar así toda la vida? ¿No es ya bastante duelo? ¿No te hartas todavía de obscuridad, de silencio, de rezos monjiles y de ese quietismo, que al fin dará al traste con tu salud y hasta con tu vida?... ¿No respondes? Bueno. Conociendo tu terquedad, ese silencio me indica que aún tenemos melancolías y soledades para un rato. ¡Ah! Catalina, ¿por qué no eres como yo? ¿por qué no tienes un poco de sentido práctico, y das de mano a esas exageraciones? Ea, planteemos la cuestión en terreno despejado. ¿Piensas consagrar absolutamente tu vida a las devociones, a la religión, en una palabra?

--Sí --respondió la de Halma con lacónica firmeza.

--Bueno. Ya tenemos una afirmación, ya es algo, aunque sea un disparate. Vida religiosa: corriente. ¿Y tú lo has pensado bien? ¿No temes que venga el desaliento, el cambio de ideas cuando ya sea tarde para el remedio?

--No.

--Corriente. Una negación tan rotunda ya es algo. Adelante... Luego, tu determinación es irrevocable; luego, te sientes con fuerzas para afrontar esa vida, que yo soy el primero en alabar y enaltecer... esa vida, ¡ah! de la cual hallamos ejemplos tan hermosos en los tiempos pasados, pero que en los presentes... ¡ah!... Resumiendo: que te propones ingresar en alguna de las Órdenes existentes, y acabar tu vida en un claustro. Perfectamente; pero aquí entro yo, aquí entra tu hermano mayor, el jefe actual de la familia, el cual tiene la suerte de ver las cosas con gran claridad, y de plantear todas las cuestiones en el terreno positivo. Yo te pregunto: ¿es tu deseo pertenecer a alguna de las Órdenes claustradas y reclusas, o a estas modernas, a la francesa, que persiguen fines esencialmente prácticos y sociales? Te lo pregunto, querida hermana, no porque piense oponerme a tu resolución en ninguno de los dos casos, sino para fijar bien los términos de la cuestión, y puntualizar tus relaciones ulteriores con la familia bajo el punto de vista social y económico. Conviene tratar el tema de la dote, o sea de tu religiosidad bajo el aspecto de los intereses materiales... Porque si no fijamos bien... si no demarcamos bien...

Doña Catalina interrumpió con nerviosa impaciencia a su hermano, en el momento en que este acentuaba sus argumentaciones con los dos dedos índices sobre el filo de la elegantísima mesa de su despacho.

--No te canses en tratar este asunto como si fuera una discusión del Senado. Esto es sencillísimo; tanto, que yo sola puedo resolverlo sin consejo ni auxilio de nadie. Quédense tus sabidurías para cosas de más importancia. Yo tengo mis ideas...

Aquí la interrumpió él prontamente, apoderándose de la frase para comentarla con cierta acritud:

--Eso es lo que yo temo, señora hermana; y cuando te oigo decir: «Tengo mis ideas», me echo a temblar, porque los hechos me prueban que tus ideas no son de una perfecta congruencia con la realidad.

--Ello es que las tengo, querido hermano --dijo la Condesa de Halma con humildad--, y tú tienes las tuyas. Fácil es que no concuerden unas con otras. Pensamos, sentimos la vida de un modo muy distinto. Déjame a mí por mi camino, y sigue tú el tuyo. Quizás nos encontremos, quizás no. ¿Eso quién lo sabe? Cierto es que yo quiero hacer vida religiosa. No puedo decirte aún si entraré en las Órdenes antiguas, o en las modernas. Soy un poco lenta en mis resoluciones, y mis ideas han de madurar mucho para que yo me decida a ponerlas en práctica. Quizás te sorprenda con algún proyectillo que pase un poquito la línea de lo común. No sé. Cada cual tiene sus aspiraciones. Yo las tengo en mi esfera, como tú en la tuya.

--Ya, ya --dijo el Marqués encontrando un fácil motivo de argumentación humorística--. Mi señora hermana pica alto. La fuerza de su humildad le sugiere ideas que se parecen al orgullo como una gota a otra gota. No encuentra dignas de su ardor religioso las Órdenes consagradas por el tiempo, y aspira a eclipsar la gloria de las Teresas y Claras, fundando una nueva Regla monástica para su recreo particular... Y yo pregunto: ¿corresponderán las facultades intelectuales de mi querida hermana a la nobilísima aspiración de su alma generosa? Me permito dudarlo... No me niegues que has pensado en ello, Catalina, y que sueñas con la celebridad de fundadora. Te lo he conocido en lo que callas, conversando conmigo, más que en lo que dices. Te lo he conocido en ciertas reticencias sorprendidas en ti, cuando de soslayo tratamos alguna vez del empleo que pensabas dar a los restos de tu legítima. Y ahora, hermana mía, abordo nuevamente la cuestión de intereses, asaltado de una duda. Yo pregunto: ¿mi señora hermana, en el estado cerebral particularísimo que es producto infalible del misticismo, está en el caso de apreciar con exactitud la cuantía de su legítima, después de los suplidos de Oriente, que no hay para qué recordar ahora? Permítaseme dudarlo.

--Creo poder apreciarlo --dijo la de Halma con firmeza--; aunque, según tú, me falta el sentido de las cosas materiales.

--No es caprichosa esa opinión mía, pues la fundo en una triste experiencia. Por no haber sabido a tiempo amaestrar la imaginación, esta te desfigura los hechos, te agranda todo lo que pertenece al concepto ventajoso, y te empequeñece lo...

--¡Ay, no! --replicó la viuda con viveza--. ¿Piensas que la imaginación me empequeñece lo malo?... Di más bien lo contrario. Veo siempre considerablemente extendido todo aquello que me perjudica...

--Seguramente creerás que la parte de tu legítima que está en mi poder --dijo don Francisco de Paula con cierta conmiseración--, se eleva a una cifra fabulosa. Fuera de que la legítima era en sí bastante menor de lo que pudimos creer en vida de nuestro querido padre (que de Dios goce), hay que tener en cuenta que tu disparatado casamiento más ha sido para disminuirla que para aumentarla.

--Dejaremos esta cuestión para cuando sea más oportuno tratarla --dijo doña Catalina levantándose.

--Como quieras. Pero no te impacientes por subir a tu nido, y oye la observación que quiero hacerte respecto a tus proyectos de vida monástica. Siéntate un momento más, y bueno será que atiendas ahora, más que otras veces lo hiciste, a las sanas advertencias de tu hermano, que a falta de otra sabiduría, tiene la de presentar las cuestiones en su aspecto serio. No te censuro que te lances con ardor a la vida religiosa y santa. También eso, aunque con apariencias imaginativas, puede ser práctico, esencialmente práctico. Si tu conciencia, si tu corazón te impulsan por ese camino, síguelo, que tu carácter y los hábitos adquiridos no te permitirán quizás, o sin quizás, ir por otro. Mi aprobación en toda regla. Cuanto pertenezca al orden de la piedad, y a los supremos _intereses_ espirituales, me tendrá siempre en favorable disposición. Pero concrétate a un papel puramente pasivo, pues no naciste tú para la iniciativa ni para la actividad, en su acepción más lata. Temo mucho a tus ambiciones de fundadora, y veo en peligro los reducidos intereses que constituyen tu legítima. Con ellos se te podría constituir una dote decorosa, y si me apuran, una dote espléndida. Pero si en vez de concretarte a ser humilde oveja, como piden tu carácter débil y, permíteme que lo diga, tus cortos alcances, te quieres meter a pastora, no tienes ni para empezar. ¡Ah! vivimos en un siglo en que no se pueden desmentir las leyes económicas, querida hermana; y el que no tenga en cuenta las leyes económicas, se estrellará en toda empresa que acometa, aun aquellas del orden espiritual. Así como no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, no puede emprenderse cosa alguna sin capital. Hoy no se crean Órdenes o Congregaciones con el esfuerzo puro de la fe y del ejemplo edificante. Se necesita que el que funda, posea una fortuna que consagrar al servicio de Dios, o que encuentre protectores ricos y piadosos. Tú no los encontrarás para ese objeto, si piensas buscar apoyo en la familia. Los parientes próximos, puedo citártelos uno por uno, no están en disposición de consagrar a un negocio tan problemático como la salvación de las almas propias y ajenas sus apuradas rentas. De modo, que si te obstinas en llevar adelante un pensamiento demasiado ambicioso, no harás nada de provecho, y perderás en vanas tentativas lo poco que tienes. Nuestra época admite los arrebatos místicos, pero con la razón siempre por delante; admite la caridad en grado heroico, pero con capital a la espalda, capital para todo, hasta para allanarle a la humanidad los caminos del Cielo. Tú no posees ni ese capital encefálico que se llama razón, ni esa razón suprema de los actos colectivos, que se llama capital. Intenta algo que se salga de lo común, y verás como sale un despropósito. Siembra tu pobre iniciativa, y cogerás cosecha de tristes desengaños.

--¿Has concluido?... ¡Qué bien se explica el señor senador! --le dijo Catalina con gracejo--. ¿Y si te dijera que no me has convencido? Me reñirías un poquito más. ¿Y si al reñirme más, yo me permitiera el atrevimiento de no hacerte caso? Pero si no conoces mis ideas, ni mis planes, ¿para qué los criticas? Es una verdadera desdicha que seas tan parlamentario, porque a todo le das el giro de discusión de negocio grave, y te sale un debate político de cada dedo. Yo no discuto, ni critico, ni _parlamenteo_ nada. Lo que pienso hacer lo haré si puedo, y si no, no. ¿Ya te estás curando en salud, creyendo que voy a pedirte algo que no sea mío? Respira tranquilo, hombre práctico, apóstol del dogma económico, y de las sacrosantas doctrinas del capital y la renta, y tal y qué sé yo. Niégame que existe un capital más eficaz que el que se forma con el dinero y la razón.

--A ver... ¿qué?

--La fe... No te rías...