Part 10
--No, no --dijo Flórez, encalabrinándose--. De esto precisamente quiero hablar yo. Soy una pobre medianía; pero abdicando en este trance mis ridículas pretensiones, y pisoteando delante de vosotras, y delante del mundo entero, mi orgullo, me entrego a la misericordia de mi Padre Celestial, para que haga de mi insignificancia lo que quiera. Mi alma no se ennegrece con pecados infames, ni se abrillanta con heroicas virtudes. Soy lo que el lenguaje corriente llama un buen hombre. Soy... simpático... ¡ja, ja!, simpático. En el mundo no quedará rastro de mí, y lo mismo que es hoy la sociedad, habría sido si Manuel Flórez y del Campo no hubiera existido en ella. ¿Cómo llamáis santo a un hombre que se enfada, aunque no mucho, cuando alguien le molesta? ¿A ti, Constantina, no te he reñido alguna vez porque la sopa estaba fría, o el chocolate muy caliente, o el arroz pegado, o el café poco fuerte? Ya ves: ¡qué santidad es esa, ni qué...! Y tú, Asunción, ¡buenas broncas te has llevado..., porque las hebillas de mis zapatos no estaban bien relucientes! Ya ves: ¡como si el que relucieran o no las hebillas importara algo!... Si os apuráis mucho por lo que os estoy diciendo, os confesaré que en mi esfera, una esfera que parece amplísima y es muy reducida, he hecho todo el bien que he podido, y que mal, lo que es mal, no lo hice nunca a nadie, a sabiendas. Pero de eso a que yo sea nada menos que santo, como vosotras creéis, pobres tontas, hay mucho camino que andar... Los santos son otros, el santo es otro... Y de eso que dice el vulgo de que ahora no hay santos, me río yo... Los hay, los hay, creedlo porque os lo afirmo yo... Pero no me tengáis a mí por tal, grandísimas babiecas, y si no, contestadme: ¿qué méritos extraordinarios veis en mí?... ¿qué infortunios y trabajos han templado mi alma, qué injurias he tenido que sufrir y perdonar, qué grandes campañas por el bien humano y por la fe católica han sido las mías? ¿Acaso fui perseguido por la justicia, y tratado como los malhechores? ¿Por ventura me han ultrajado, me han escarnecido, me han llenado de vilipendio? ¿Es tribulación andar de casa en casa, festejado y en palmitas, aquí de servilleta prendida, allá charlando de mil vanidades eclesiásticas y mundanas, metiéndome y sacándome con achaque de limosnitas, socorros y colectas, que son a la verdadera caridad lo que las comedias a la vida real? ¡Ah! si lloráis por verme rebajado de esa categoría en que vuestra inocencia quiso ponerme, llorad, sí, llorad conmigo, lloremos juntos, para que el Señor tenga piedad de vosotras y de mí, y nos iguale a los tres en su santa gracia.
No dijo más, porque el ama y sobrina, limpiándose el moco, y sobreponiéndose a su acerba pena, le exhortaron para que callase y no pensara cosas que al Divino Jesús y a la Virgen habían de serle desagradables. Buena era la humildad; pero no tanto, Señor.
VI
También lloraba la sin par Catalina oyendo los gritos de la conciencia de su buen amigo, y las tres convinieron luego en que mientras más se humillara el bonísimo don Manuel al prosternarse ante el Dios de Justicia, más le ensalzaría este, dándole el premio que por sus virtudes merecía. A las once de la noche, ya levantados los manteles de la frugal cena, hallándose la Condesa en el comedor, embebecida en la lectura de sus devociones ante una lámpara con pantalla de figurines, entró José Antonio. No pudiendo pasarse un día entero sin verla y hablar con ella (tal era su adhesión ardiente, que más parecía de perro que de persona), agarrábase a la obligación de informarse del estado del enfermo para entrar en la casa y aproximarle a su bienhechora.
--Nuestro don Manuel está mal --le dijo Halma, cerrando su libro y marcando la página con un dedo--. Tenemos que pedir a Dios con toda nuestra alma que nos conserve esa vida tan preciosa, tan necesaria. Hay que rezar, rezar sin tregua, Pepe, y tú también... Pero sin duda no sabes; lo has olvidado... Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías tú?
--Tú conseguirás de mí cuanto quieras, y nada tengo por imposible si tú me lo mandas --replicó el joven con alegría--. Soy hechura tuya, soy un hombre nuevo, que has formado entre tus dedos, y luego me has dado vida y alma nuevas...
--Entre paréntesis, dime una cosa: ¿nos critican mucho por ahí?
--Horriblemente. Pero tu grande alma me ha enseñado lo que me parecía, más que difícil, imposible, despreciar esas infamias, y no castigarlas inmediatamente.
--Dios es nuestro juez, y nos acusa o nos absuelve, por medio de nuestra conciencia. Vete fijando en lo que te digo, y asegúralo en tu pensamiento. Eres un niño, y como a tal te instruyo.
--Y yo lo aprendo todo. No tendrás queja de mí. Pero yo quisiera, mi buena Halma, que me mandaras cosas difíciles, muy difíciles, para que probaras mi obediencia ciega.
--Por ejemplo, que te arrojes a un horno encendido, o que te tires por la ventana.
--No es eso, aunque también eso haría si me lo mandaras. Cosas difíciles digo, de las que ponen a prueba la voluntad de un hombre. Mientras tú no me mandes eso, y yo te obedezca, no me creo digno de lo que estás haciendo por mí. Tú eres extraordinaria, increíble, inverosímil. Mi amor propio se pica, y también quiero salirme un poquitín de lo común.
--Descuida, que todo se andará. Como inverosímil, tú, que desde que empezamos a curar tu alma con una medicina de que todo el mundo se burlaba, te has desmentido a ti mismo. Hasta ahora parece que voy triunfando, y que mi extravagancia llevaba y lleva en sí algo de eficacia divina. Pero aún falta mucho, José Antonio, y si te cansas en lo peor del camino, me dejarás mal.
--No me cansaré. Voy contigo al fin del mundo, ya me lleves tirando de mí por un fino hilo de seda, ya por un dogal muy fuerte. Tira sin miedo, que no haré nada por soltarme.
--Te advierto que aunque te sueltes, aunque al tirar de la cuerda me hieras y lastimes, no me arrepentiré de lo hecho.
--Porque tú eres... no diré una santa, ni un ángel, expresiones vagas que han desacreditado los poetas y los predicadores..., sino una mujer superior a cuantas andan por el mundo, la mejor, la única, el femenino en grado sublime.
--Eh... basta. Ahí tienes otra maña que he de quitarte, la lisonja.
A los motivos de gratitud que subyugaban al parásito corregido haciéndole esclavo sumiso de la Condesa de Halma, habíase añadido últimamente uno, que era sin duda el más fuerte eslabón de su cadena. A la penetración de la reformadora no podían ocultarse las recónditas miserias y envilecimientos de la vida de Urrea, úlceras morales que por su calidad indecorosa no podían ser mostradas. Pero la sagaz doctora las conocía, por inducción, y creyendo, en conciencia, que para la completa cura había que atacar aquel secreto desorden, antes que corrompiera la parte del ser que iba paulatinamente sanando, incitó al enfermo, en buena ley de moral médica, a la confesión o sinceridad más radicales. Él se resistía, creyendo que cuanto a tal asunto se refiriese no podía ni siquiera mentarse en presencia de la santa y pura señora, como no es lícito decir en la iglesia palabras indecentes, ni fumar, ni cubrirse. Pero ella, valerosa y serena, como Santa Isabel de Turingia poniendo sus manos en la cabeza de los tiñosos, le abrió camino para la explicación que deseaba, rompiendo el secreto en esta forma:
--No es menester ser zahorí, querido Pepe, para saber que en tu vida de pobreza vergonzante, angustiada y vil, ha de haber, además de los sapos que ya hemos sacado del fango, culebras que necesitamos extraer para sanarte por entero. Es inútil que me lo niegues. ¡Ah, tonto, como se ven los gusanos que se alimentan de la putrefacción, veo en derredor tuyo enjambre de mujeres, a quienes solo llamaré desgraciadas, porque no hay mayor desdicha que perder el pudor!
--Es cierto. ¿Cómo negarte nada, si tú lo sabes todo?
--Tienes que limpiarte de esa podredumbre, Pepe, pues de lo contrario, estás expuesto a corromperte de nuevo el mejor día.
--Sí, sí.
--Pero pronto, pronto. Adivino que esto no es fácil, y que para romper con todo ese pasado vergonzoso hay obstáculos materiales. Confiésamelo, dímelo todo, ten conmigo la franqueza que tendrías con un camarada de tu sexo. La vida humana ofrece tantas anomalías, que aun para librarse de la ruina se necesita tener dinero, y que del mismo vicio no puede huirse sin mostrarse con él caballeresco y dadivoso.
--Es verdad. Eres la ciencia humana y divina --replicó Urrea con viva emoción.
--Más claro: para cortar tus lazos viles con esa infeliz gente, necesitas dinero. Al hacer la cuenta de tus ahogos y de los compromisos que amargaban tu vida, has ocultado esta por delicadeza, por respeto hacia mí. ¿No es verdad?
--Sí.
--Quizás te encuentras obligado y sujeto por favores recibidos.
--Sí.
--Quizás has contraído deudas... en común. No te apures. Hablaremos de esto lo menos posible, para ahorrarte la vergüenza que el caso entraña. Prométeme cortar en absoluto y para siempre, con propósito de no reincidir, esas relaciones infames, y yo te doy el dinero que necesites para tu completa liberación. Así, así, las cosas se dicen clarito, y se hacen con valor.
--¡Oh, Halma! --exclamó anonadado el calavera, arrodillándose ante su prima, e intentando besarle las manos--. Si no te digo que te tengo por criatura sobrenatural, no expreso todo lo que siento.
--Levántate. Hoy mismo te ocuparás de eso. Dímelo todo: no ocultes nada. Mañana liquidas tus deudas de ignominia. Si sintieras duda, o escrúpulo, porque hubiese algún lazo dificilillo de cortar, aun con tijeras de oro, vienes y me lo cuentas, y yo te daré ánimos, razones... y veremos de arreglarlo.
Alentado por tan poderoso estímulo, Urrea cortó relaciones indecorosas, algunas que le estorbaban horrorosamente, llenando su alma de hastío; otras que, si afectaban algo a su corazón, no tenían raíces tan hondas que no pudieran arrancarse con mediano esfuerzo. ¡Y qué libre, qué ancho, qué desahogado se sintió después! ¡Con qué placer veía las caras bonitas y risueñas perderse en la bruma que precede a las tinieblas del olvido! Uno solo de los tirones que tuvo que dar le produjo dolor. Pero acordándose de su prima, lo sufrió valeroso, y aun lo hubiera resistido con heroísmo si fuera de los hondos y lacerantes. Pero ello se redujo a un poquitín de pena o desconsuelo, y dos días bastaron para que la mundana figura que motivaba aquel estado psíquico, se desvaneciera también con las otras en una neblina de indiferencia. Al terminar esto, la Condesa de Halma tomó ante su aplacado espíritu proporciones enteramente divinas. Lo que sintió Urrea no podía compararse sino al júbilo inenarrable del náufrago que pisa tierra después de angustiosa lucha con las olas. Le salvaba aquella luz, faro, o estrella del mar, y ante ella hacía la ofrenda de su vida futura.
No satisfecho con informarse por la noche del estado de don Manuel Flórez, José Antonio iba también por las mañanas. Comúnmente entre nueve y diez, Catalina había vuelto de misa, y estaba barriendo y limpiando la sala y gabinete, mientras el ama y sobrina atendían al enfermo. Cubría la Condesa su talle con un mandil de Constantina, y manejaba la escoba con rara habilidad. ¡Quién había de decirlo, viendo aquellas manos aristocráticas, finas, blancas como azucenas, de forma bonitísima, largos, gordezuelos y puntiagudos los dedos, verdaderas manos de Santa Isabel de Murillo, que ni en las cabezas plagadas de miseria perdían su virginal pureza y pulcritud! Urrea no se atrevió a pedirle permiso para besarle las manos, por no profanarlas con su labio pecador. No merecía tan grande honra. Verdaderamente aquellos dedos que cogían la escoba eran dignos de tomar la hostia consagrada.
--¿Y don Manuel, cómo sigue?
--Mal. La noche ha sido intranquila. No ha podido dormir, sufría mucho de la cabeza. No ha desvariado, antes bien, habla como un santo que es. Hoy se le administra el Santo Sacramento. Prepárase a recibirlo con unción y alegría. ¿Sabes en qué conozco que nuestro buen don Manuel se nos muere? En que su alma es toda candor. Piensa y habla como un niño. Tanta simplicidad demuestra que su alma se ha despojado de todo lo terreno. ¡Qué hermosura morir así! Aprende, primo mío, aprende, y para que mueras como un justo, vive en la justicia y la verdad.
--Yo vivo donde tú me mandes --dijo el parásito apartándose para no estorbarle en su barrido--. Donde me pongas allí me estaré. Y ahora, déjame que te pregunte una cosa. Dicen en tu casa que te vas a vivir a Pedralba.
--Eso había determinado; pero la falta de este incomparable amigo perturba mis planes, y aún no sé lo que haré.
--¡Y yo me quedo aquí! --observó Urrea con pena--. Yo aquí solo. Verdad que no estamos lejos, y puedo ir a verte con frecuencia. Pero no sé si tú lo consentirás. Debo seguir en Madrid para evitarte disgustos, para que no se ceben en ti la envidia y la malignidad.
--Esa razón no es razón. Ya sabes que no me afectan los dichos de la gente frívola y vana. La calumnia misma, que a otros aterra, puede venir a mí y acometerme y destrozarme. De sus ataques saldré más fuerte de lo que soy. Es la forma civilizada del martirio, ahora que no tenemos Dioclecianos que persigan el Cristianismo, ni sectarios furibundos que corten cabezas de creyentes... Pero si la calumnia no es motivo para que aquí te quedes --añadió, dejando la escoba, y poniendo los muebles en su sitio, después de restregarles la madera con un paño, tarea en que gustosamente le ayudó su protegido--, en Madrid continuarás solito, por razón de tus trabajos. No olvides la segunda parte de nuestro convenio. Has de hacerte un hombre útil que viva honradamente, sin depender de nadie.
--Sí, sí. Yo realizaré tu hermosa idea. Eres como una madre para mí, y debo venerarte, porgue me das el ser.
--Y debo creer que este hijo mío es ya crecidito, con fuerza suficiente para no necesitar andadores, y juicio para gobernarse por sí solo.
--Así será, si tú lo quieres. ¿Y ahora qué me mandas? ¿Me retiro?
--Sí, tenemos mucho que hacer. Luego hemos de preparar la casa y adornarla para recibir al Divino Visitante, que hoy tendremos aquí. Márchate y vuelve esta tarde a la hora del Viático. No quiero que faltes.
--No faltaré --dijo Urrea, y besando la orla del delantal grosero que ceñía el cuerpo de la noble dama, se retiró triste... ¡Partir Halma, quedarse él! ¡Enorme consumo de voluntad exigiría esta separación del hijo y la madre, del discípulo aún muy tierno y la santa y fuerte maestra!
VII
No faltó aquel día el Marqués de Feramor, que solo cruzó con su hermana palabras secas. En su atildado lenguaje inglés, parlamentario y económico, dijo que los hombres temen la muerte como temen los niños entrar en un cuarto obscuro. Esto lo había escrito Bacon, y él lo repetía, añadiendo que las penas que ocasiona la pérdida de seres queridos, tienen el límite puesto por la Naturaleza a todas las cosas. El mundo, la colectividad, sobreviven a las mayores desdichas personales y públicas. No debemos entregarnos al dolor, ni ver en él un amigo, sino un visitante importuno, a quien hay que negar todo agasajo para que se despida lo más pronto posible.
La ceremonia religiosa fue hermosa y patética, acudiendo un gran gentío eclesiástico y seglar, de lo más distinguido que en una y otra esfera contiene Madrid. Recibió el enfermo el pan eucarístico con cristiana unción y mansedumbre, mostrando gratitud inefable al Dios que penetraba en su humilde morada, y se mantuvo tan sereno y dueño de sí mientras duró el acto, que parecía repuesto de su grave mal. Después habló con entusiasmo a sus amigos del gozo que sentía, y de las esperanzas que la santa comunión despertaba en su alma.
Por la noche, tras un ratito de tranquilo sueño, llamó al ama y sobrina, y les dijo:
--Ya sé que está en casa la señora Condesa, y en verdad no sé por qué se oculta. Su presencia es gran consuelo para mí. Que entre, pues a las tres tengo algo que decirles.
Besó Catalina la mano del sacerdote y se sentó junto al lecho, quedando las otras en pie:
--De veras os digo que estoy tranquilo. Me prosterné ante mi Dios, y llorando amargamente, le ofrecí la confesión de toda mi vida pasada, la cual, por mi incuria, por mi egoísmo, por mi insubstancialidad, no ha sido muy meritoria que digamos. Lo que poseo es para vosotras, Constantina y Asunción: ya lo sabéis. Atended a vuestras necesidades, reduciéndolas a la medida de una santa modestia, y lo demás empleadlo en servicio de Dios; socorred a cuantos menesterosos estén a vuestro alcance, sin reparar si lo merecen o no. Todo necesitado merece dejar de serlo. Y a usted, señora Condesa de Halma, nada le digo, porque a quien es más que yo y vale más que yo, y me gana en saber de lo espiritual y lo temporal, ¿qué ha de decirle este pobre moribundo? He concluido con toda vanidad, y tan solo le ruego que encomiende a Dios a su buen amigo. El que a mí me ha iluminado no está presente; si lo estuviera, yo le diría: compañero pastor, quisiera cambiar por tu cayado robusto el mío, que no es más que una caña adornada de marfil y oro. Tú pastoreas, yo no; tú _haces_, yo _figuro_...
Siguió murmurando en voz baja expresiones que las tres mujeres no entendían. No cesaban de recomendarle el silencio y la tranquilidad. Poco después rezaban los cuatro, llevando la de Halma el rosario. Antes de terminar, el enfermo pareció aletargarse. Quedó Asunción de guardia, y Constantina y la Condesa salieron de puntillas.
Tenían de guardia en el recibimiento a la chiquilla de la portera, para que abriese al sentir pasos de visitas, precaución indispensable por haber sido quitada la campanilla. A poco de salir de la alcoba, el ama dijo a la Condesa:
--Ha entrado una mujer que quiere hablar con la señora. Debe de ser una pobre... de estas que acosan y marean con sus petitorios. Yo que vuesencia, le daría medio panecillo y la pondría en la calle, porque si nos corremos demasiado en la limosna, esto será el mesón del tío Alegría, y nos volverán locas. Trae una niña de la mano, y me da olor a trapisonda, quiero decir, a sablazo de los que van al hueso. Con que póngase en guardia la señora Condesa, que en eso de dar o no dar con tino está el toque, como dice nuestro pobrecito don Manuel, de la verdadera caridad.
Ya sabía Catalina quién era la visitante, y sin decir nada se fue a la sala, donde aguardaban en pie una mujer con mantón y pañuelo a la cabeza, y una niña como de seis años, arrebujada en una toquilla.
--Beatriz --dijo Halma, muy afectuosa, entregándoles sus dos manos, que mujer y niña besaron con amor--, ya me impacientaba yo porque no venías a verme. ¿Te dijo Prudencia que vinieras acá?
--Sí señora; pero yo no quería venir, por no ser molesta --replicó Beatriz, sentándose en el borde de una silla--. Por fin, esta noche me determiné, y he traído a esta para que me enseñe las calles, que no conozco bien. Rosa sabe al dedillo todos estos barrios, porque ayudaba a sus padres a repartir la leche, cuando tuvieron la cabrería... ¡ah! negocio malísimo, en que se metió mi prima con los vecinos del bajo derecha, por ayudar a Ladislao, que con la afinación de pianos no sacaba para dar de comer a la familia. El pobre Ladislao ha pasado amarguras horribles, persiguiendo el garbanzo, y soñando siempre con la ópera que tenía a medio componer, dentro de su cabeza. Todo lo probó: tocaba el trombón en un teatro, y repartía prospectos por las calles. La cabrería les empeñó más de lo que estaban. Yo he visto la miseria de aquella casa, miseria negra, como hay tanta en Madrid, sin que nadie la vea ni la socorra, porque no es posible, Señor, no es posible... Bien lo sabe la señora, que la ha visto con sus propios ojos, porque con la señora entró Dios en aquella casa... Y puedo decirle que sus palabras cariñosas las han agradecido aquellos infelices más aún que el socorro que les ha dado para comer y abrigarse. La señora es... no tan solo la caridad, sino también la esperanza.
--¿Y el pobre Ladislao, está contento?
--Tan contento, que de puro alegre no pega los ojos. Dice que su _desiderato_ sería la plaza de maestro de capilla; pero que si la señora no tiene capilla en sus estados, lo mismo la servirá de cochero que para traer leña del monte, si a mano viene...
--Que no piense en eso, y espere --dijo la Condesa, impaciente por tratar de otro asunto--. Bueno, Beatriz, ¿y qué...?
--Nada, es cosa resuelta. He venido acá, para que la señora Condesa no tarde en saber que hoy fueron a verle al hospital dos señores curas, que parece son del Tribunal eclesiástico. Dijéronle que Su Ilustrísima le proponía dos maneras de asistirle y curarle, en el suponer de que está enfermo. O bien darle un vale perpetuo para el Asilo de señores sacerdotes, o bien ser recogido en una casa honestísima de persona principal y muy cristiana. Diéronle a escoger, y, por de contado, escogió lo segundo. Lo he sabido por él mismo: esta tarde fui allá, y me encontré en la celda al señorito de Urrea, que le aconsejaba salir de aquel encierro, pues ya está libre. Mas no quiere el bendito don Nazario gozar de libertad mientras no le dé licencia la persona que le toma bajo su amparo, y le diga cuándo, cómo y a qué lugar ha de ir con sus pobres huesos.
--Pues mira lo que has de hacer, Beatriz, y pon atención a lo que te ordeno. Mañana llegará un carro con tres mulas que he mandado venir de Pedralba. Al amanecer del día siguiente, lo tendrás en tu calle, y el carretero, que es un viejo llamado Cecilio, un poco hablador y refranero, pero buen hombre, subirá a tu casa para avisarte. Metes en el carro a Ladislao y a Aquilina con sus tres chicos, y a Nazarín, y tú misma de añadidura. Cabréis perfectamente, y si vais estrechos, los hombres pueden ir algunos ratos a pie... En fin, arreglaos del mejor modo posible. No llevéis muebles ni ropas de cama. Repartid todo eso entre los vecinos que sean más pobres. Ropa de vestir podéis llevar... ¡Ah! se me olvidaba el piano de Ladislao. Dile que es mi deseo se lo regale al ciego, también afinador, que vive en el cuartito próximo. Puede meter en el carro aquella balumba de papeles de música que tiene encima de la cómoda. Todo el día emplearéis en el viaje, porque las mulas irán al paso, para que puedan hacer un poco de ejercicio los que se cansen de la estrechez del carro, y meterse en él un rato los _de infantería_, para descansar de la caminata. Cecilio os llevará hasta mi casa, y en ella os dará alojamiento hasta que, pasados unos días, cuando yo avise, vuelvan Cecilio y las tres mulas por mí.
--¡En carromato la señora! --exclamó Beatriz llevándose las manos a la cabeza.
--Como vais vosotros, iré yo. ¿Qué más da? Si es hasta más cómodo, y más alegre. No veas en esto un mérito, ni menos afectación de pobreza: no gusto de hacer papeles. Además, establezco en mi pequeño reino toda la igualdad que sea posible. No me atrevo aún a decir, antes de que la práctica me lo enseñe, a qué grado de igualdad llegaremos.
--Reino ha dicho la señora --afirmó la nazarista con gozo--, y aunque así no lo llamara, reina y señora nuestra será siempre.
--Tampoco sé aún qué grado de autoridad tendré sobre vosotros. Quizás no pueda tenerla, o la abdique desde el primer momento. Pero no pensemos aún en lo que será, y ocupémonos tan solo de lo presente. Con el dinero que te di, y que conservarás en tu poder...
--Sí señora, menos lo que, por encargo de la señora, gasté en el vestidito de Aquilina y en las botas de Ladislao.
--Pues aún te queda para comprar zapatos y alpargatas a los tres chicos, y para lo que gastéis por el viaje, que será bien poco. No necesito decirte que economices, porque sé que sabes hacerlo. Como la hija de Cecilio cuidará de daros de comer mientras yo llegue, ten bien cerrada la bolsa, Beatriz, y no gastes ni un céntimo de lo que en ella te quedare al llegar allá; no olvides que somos pobres, pobres verdaderos... No creas que nuestro reino es una pequeña Jauja.
--Si lo fuera, no nos tendría la señora por vasallos...
--¿Te has enterado bien?