Part 11
--Sí señora --dijo Beatriz levantándose--; descuide, que todo se hará punto por punto como la señora desea.
Despidiéronse besándole la mano; la Condesa las besó en el rostro, y al despedirlas en la puerta, cuando ya habían bajado algunos peldaños, las llamó para hacerles una advertencia.
--Oye, Beatriz. Mi buen Cecilio padece de una maldita sed que no se le quita sino con vino. Ya está tan cascado el pobre, que sería crueldad privarle de satisfacer su vicio. Durante el viaje, le permitirás que tome una copa en alguna de las ventas por donde pasen, no en todas... Fíjate bien: con tres o cuatro copas de pardillo en todo el camino tiene bastante; pero nada más, nada más... Ea, adiós, y buen viaje.
VIII
Llegó poco después un señor eclesiástico, amigo íntimo de Flórez, don Modesto Díaz, que goza fama de predicador excelente, uno de los primeros de Madrid. Tres o cuatro veces al día iba a enterarse del estado del enfermo, a quien entrañablemente quería, pues se conocieron desde la infancia, y en Madrid vivieron luengos años en cordialísimas relaciones, aunque cada cual actuaba en esfera distinta dentro de lo eclesiástico, pues si Flórez era relativamente rico, y no tenía que discurrir para proveer decorosamente a la existencia, Díaz, obrero incansable, trabajó toda su vida, _propter panem_. De joven, tuvo que ganarlo para su madre, y en edad madura crió y educó sin fin de sobrinos huérfanos, que debían de padecer hambre canina, según lo que el pobre cura bregaba para mantenerlos, pues él daba lecciones de latín y moral, en colegios y casas particulares, de retórica y poética en un instituto, traducía del francés obras religiosas para un editor católico, y con esto y la celebración y sus sermones, que llegaron a constituirle un ingreso de cuenta, salió el hombre adelante con todo aquel familiaje, y algo le quedaba para socorrer a un pobre.
La diferente atmósfera en que Díaz y Flórez vivían, y el distinto camino de cada cual, no impidieron que se juntaran en el terreno de una amistad tan antigua como cariñosa. Eran vecinos: muchas tardes paseaban juntos, y perfectamente acordes en ideas y gustos, nunca surgió entre ellos disputa ni desavenencia por cosa dogmática ni temporal. Ambos eran buenos y estimados de todo el mundo; ambos piadosos y bienavenidos con su conciencia. Hasta se parecían un poco en lo físico; solo que Díaz no se arreglaba tan bien como el otro, ni era tan pulcro, o si se quiere, tan elegante.
Con expresiones de sincero dolor se condolió don Modesto de la gravedad de su amigo, manifestándose confuso por aquel repentino mal, que había venido como un escopetazo.
--¡Pero si hace tres semanas estaba Manuel vendiendo vidas! Una tarde que fuimos de paseo hacia la Moncloa, hicimos recuento de los años que tenemos a la espalda, y calculando lo que podríamos vivir si el Señor nos conservaba nuestra salud, nos corríamos tan frescos hasta los ochenta. De buenas a primeras, Manuel da este bajón tremendo... ¿Pero por qué? Las últimas tardes que paseamos, le noté muy metido en sí, cosa rara, pues era hombre tan social, que siempre le veía usted el alma revoloteando alegre fuera de la jaula... En fin, Dios lo quiere así. Cúmplase su santa voluntad.
Con un hondo suspiro nada más comentó la Condesa estas expresiones, y el buen sacerdote, después de enjugarse una lágrima, cambió de tono para decir:
--Entre paréntesis, señora Condesa, sé que se va usted a su finca de Pedralba, próxima a San Agustín, y conviene que sepa que el cura de esta villa es mi sobrino Remigio, a quien escribiré para que se ponga a las órdenes de usted, y la sirva en cuanto guste ordenarle. ¡Buen muchacho, señora, que sabe su obligación, y tiene además un don de gentes que ya lo quisieran más de cuatro! Yo le crié; es mi hechura, y a mí me debe su doble carrera, pues a más del grado en teología y cánones, es licenciado en derecho. Alguna guerra me dio cuando estudiaba, porque en la Universidad por poco me le tuercen. Le tiraba más la filosofía que la teología, y su comprensión fácil, su talento flexible le encariñaron más de la cuenta con los estudios de materias filosóficas y sociales novísimas. Bueno es saber de todo, y conocer toda la extensión de las ideas humanas; pero yo dije: «para, hijo». Él obstinado en doblárseme, y yo en que había de ponerle derecho como un huso. Naturalmente, gané yo: el chico era dócil, respetuoso, y me quería con locura. Cantó misa diez años ha, día de la Candelaria, y ahí le tiene usted hecho un sacerdote modelo, obscurecido, es verdad, en una villa de corto vecindario, pero con esperanzas de pasar a una parroquia de la Corte, o a una canonjía.
Contestó Halma con las expresiones urbanas que el caso requería, y la conversación, por su propio peso, recayó en don Manuel, y en la dificultad de sacarle adelante, si Dios no hacía un milagro.
--Para mí --dijo Díaz con hondísima tristeza-- es una pérdida irreparable, pues no tengo ningún amigo que pueda comparársele en lo afable, en lo cariñoso y servicial. Siempre que yo necesitaba una tarjeta de recomendación, él a dármela. Sus buenas relaciones con gente principal eran una bendición de Dios para los que estamos en esfera más baja. ¡Cómo le quería toda la grandeza! Y ahí tiene usted a un hombre que hubiera podido ser obispo. Pero lo que él decía con toda la modestia de Dios: «No sirvo, no sirvo: es mucho trabajo para mí.» Cada lobo en su senda, y la de Manuel era fomentar la piedad en las clases elevadas, y dirigirlas en sus campañas benéficas... Era hombre de tan extraordinario don de gentes, que su trato lo mismo cautivaba al rico que al pobre, y con su ten con ten, a todos les enseñaba la buena doctrina... ¡Dios sabe cuán solo y triste me quedo sin Manuel en este valle de lágrimas!... ¡Pues apenas tiene fecha nuestra amistad! Él es natural de Piedrahita, yo de Muñopepe, en el mismo partido. Juntos nos criamos, juntos fuimos a la escuela, juntos recibimos la sagrada investidura. Él era casi rico, yo pobre; él vivía de sus rentas, yo de mi trabajo rudo. Siempre que necesité de algún auxilio, porque hay meses crueles, señora mía, sobre todo en verano, cuando se despuebla Madrid, a él acudía..., ¡ay! y le encontraba siempre. ¡Qué excelente amigo! Me facilitaba cortas cantidades, sin ningún interés... ¡Ave María Purísima, ni hablarle de ello siquiera! Me habría pagado. ¡Entre amigos...! Llegaba el invierno, y yo le pagaba religiosamente. Por Navidad, de los infinitos regalos que recibe, participo yo. El Señor le premia tanta bondad, pues sus tierras de Piedrahita siempre le dan buenas cosechas... Así es que viviendo con decoro y sin boato, como un buen sacerdote, tiene sobrantes, con los cuales pudo costear una excelente escuela en Piedrahita. Sí señora, una lápida de mármol dice a la posteridad el nombre del fundador. Pues con estas esplendideces, aún le sobra, y no hay año que no compre alguna tierra limítrofe con su heredad. Propietario generoso, y buen cristiano, no apura a sus renteros, ni escatima jornales en tiempo de miseria. En fin, que hombres como este hay pocos. El Señor le quiere para sí; acatemos su voluntad suprema, y reconozcamos que todas las grandezas terrenas son ceniza, polvo, nada.
Manifestose doña Catalina conforme con todo esto, y seguían platicando sobre la vanidad de las grandezas humanas, cuando el enfermo dio una gran voz, diciendo:
--¿Ha venido Modesto?... Que entre aquí. ¡Modesto, Modesto!
Acudió el señor Díaz, y los dos amigos se abrazaron con ardiente cariño. El sano no podía contener las lágrimas; el enfermo, debilitado y con el cerebro inseguro, perdiendo y recobrando a cada momento el sentido y la palabra, no hacía más que darle palmetazos en el hombro, y sus ojos extraviados, tan pronto reconocían a don Modesto, como le miraban con extrañeza y estupor.
--Mi buen amigo --le dijo en un momento lúcido--, te sentí, y quise que entraras para darte la gran noticia. Ya siento un gran alivio en mi alma. A mi conciencia le han nacido alas, y mírame cómo subo hasta los cielos. ¿No sabes? ¡Ay, Modesto, qué alegría! Acabo de decidir que mi viña de Barranco de Abajo, la mejor que tengo, sea para ti. Ya es tiempo de que descanses, hombre. ¡Qué león para el trabajo...! Ahora, con tu viña, que puede darte tus mil cántaras, que te echen sobrinos. Bastante tienen estas tontas con lo demás de Piedrahita, y yo nada necesito ya, pues quiero ser pobre lo que me quede de vida... No te vayas, Modesto, acompáñame, pues me dan más congojas... y me parece que me he muerto, y que me han enterrado vivo, y... No, no... que no me entierren vivo... Yo soy pobre... muy pobre, no quiero mausoleos, ni que pongan sobre mí una de esas piedras enormes con letras de oro... No, no quiero letras de oro, ni hebillas de plata. Y en cuanto a mi gran cruz de Isabel la Católica, os digo que no me la pongáis, cuando me amortajéis... el día de mi muerte. No quiero más cruz que la de mi Redentor... a quien no me parezco nada, pero nada... Él era todo amor del género humano, yo todo amor de mí mismo. ¿Verdad, Modesto, que no me parezco nada... pero nada?
Procuraban calmarle; pero ni aun podían, con la ayuda del señor Díaz, sujetarle en el lecho, pues dos o tres veces se quiso arrojar de él desarrollando una fuerza nerviosa increíble en su extenuación.
--Dejadme --decía--, no seáis pesadas. Huyo de lo que fui... No quiero verme, no quiero oírme. Hay un hombre, que en el siglo se llamó Manuel Flórez. ¿Sabéis cómo le llamaría yo? _el santo de salón_. Yo no soy él; yo quiero ser como mi Dios, todo amor, todo abnegación, todo caridad... No entiendo de intereses. Aquel hacía cuentas, yo las deshago; aquel vivió en mil vanidades, yo corro detrás de la verdad, ya la toco, y vosotras, ruines cócoras, no me dejáis...
El médico, que en mitad de esta crisis apareció, dispuso remedios que no tenían más objeto que hacerle menos dolorosa la agonía. La parálisis de la parte inferior del cuerpo era absoluta. El derrame se había iniciado sobre la médula, dejando libre el cerebro. Don Modesto Díaz resolvió quedarse allí toda la noche. Después de las doce, el moribundo, inmóvil, rígido, descompuesto el rostro, honda y débil la voz, entornados los ojos, llamó a su amigo y le dijo:
--Modesto, hazme el favor de leerme aquel capítulo de los _Soliloquios de nuestro Padre San Agustín... Confesión de la verdadera Fe_.
--No necesito leértelo, querido Manuel --dijo don Modesto, con sus manos en las manos del moribundo--, pues me lo sé de memoria: «Gracias os hago, luz mía, porque me alumbrasteis y yo os conocí. Conocíos Criador del Cielo, y de todas las cosas visibles e invisibles, Dios verdadero, todopoderoso, inmortal, interminable, eterno, inaccesible, incomprensible, inconmutable, inmenso, infinito, principio de todas las criaturas visibles e invisibles, por el cual todas las cosas son hechas, y todos los elementos perseveran en su ser, cuya Majestad, así como nunca tuvo principio, así jamás tendrá fin...»
Y siguió recitando de memoria largo trecho, hasta que Flórez, que como extasiado escuchaba, repitiendo algunas palabras, le interrumpió diciéndole:
--Más adelante, más adelante, Modesto, donde dice... ¡Ah! yo lo recuerdo: «Tarde os conocí, lumbre verdadera, tarde os conocí, porque tenía delante de los ojos de mi vanidad una gran nube obscura y tenebrosa, que no me dejaba ver el sol de justicia y la lumbre de la verdad. Como hijo de tinieblas...»
Lo restante no se entendió. Fue tan solo un murmullo ininteligible, un pegar y despegar de labios, como si algo saboreara.
Doña Catalina y don Modesto rezaban, y el ama y sobrina habrían hecho lo mismo si su copioso llanto se lo permitiera. Llegaron muchos amigos, y a la madrugada, conservando el enfermo su conocimiento, aunque turbado, se le dio la Extremaunción. Pronunció después conceptos incoherentes, sin conocer a nadie; pero cuando ya era día claro, como si la luz solar alentase la última chispa del pensamiento que se extinguía, miró y conoció a la señora Condesa, y alargando lentamente el brazo hasta tocar la manga del vestido con su mano temblorosa, le dijo con voz apagada:
--No me olvide en sus oraciones, mi buena y santa amiga. Dios tendrá misericordia de mí, el más inútil soldado de la cristiandad militante. Nada hice de gran provecho: entrar, salir, saludar, consejos vanos... charla, etiqueta, buena vida, sonrisas... bondad pálida.. ¿Sufrir? nada... ¿Sacrificio? ninguno... ¿Trabajos? pocos. ¡Ah, señora mía y hermana, de lo mucho y grande que usted hará en la vida mística que emprende, pídale al Señor que me aplique a mí alguna parte, por la buena fe con que servía sus ideas, figurando que las inspiraba! Yo no he inspirado nada, nada grande... Todo pequeñito, todo vulgar... No fui bueno, no fui santo: fui... simpático... ¡ay de mí! simpático. Válgame ahora, Redentor mío, mi simplicidad, esta pena de no haber sabido imitarte, de no haber sido como tú, sencillo, amoroso, manso, de no haber sabido labrar con el bien propio el bien ajeno, ¡el bien ajeno!, único que debe regocijar a un alma grande; la pena de no haber muerto para toda vanidad, y vivido solamente para encenderme en tu amor, y comunicar este fuego a mis semejantes.
Esta llamarada de elocuencia fue la última, y precedió a la extinción tranquila y lenta de la vida, sin sufrimiento. Diversas cláusulas fluctuaron en sus labios, como burbujas: una invocación a la Virgen, y la idea, la tenaz idea que no quería soltarle hasta el dintel mismo de la eternidad, que quizás le seguiría más allá, haciéndose también eterna:
--No soy nada, no he hecho nada... Vida inútil, _el santo de salón, clérigo simpático_... ¡Oh, qué dolor, _simpático_, farsa! Nada grande... Amor no, sacrificio no, anulación no... Hebillas, pequeñez, egoísmo... Enseñome aquel... aquel, sí...
Acercándose mucho a su rostro, pudo el buen Díaz percibir estas expresiones... La vida se apagó tan mansamente, que no pudieron los doloridos circunstantes determinar el momento preciso en que entregó su alma al Señor el virtuoso don Manuel Flórez; pero aquella diminuta porción de tiempo, punto de escape hacia la misteriosa eternidad, se escondía entre los quince minutos que precedieron a las nueve de la mañana.
CUARTA PARTE
I
No se avenía con su desamparo José Antonio de Urrea, que, desde el momento de la desaparición de la Condesa de Halma, arrebatada de su presencia en carromato, y no de fuego, vivía sumergido en un mar de tristeza, sin más entretenimiento que medir con ojos lánguidos la extensión de la soledad cortesana que le rodeaba. Madrid, con todo su bullicio, y los mil encantos de la vida social, habían venido a ser para él una estepa, en cuya aridez ninguna flor, ni la del bien ni la del mal, podía coger para su consuelo. Pasaba el día tumbado en un sofá, rumiando sus amargos hastíos de la lectura, del trabajo, de la meditación misma. Por las noches se lanzaba fuera de casa, buscando en un voltijear inquieto por calles y plazas el alivio de su melancolía. No volvió a poner los pies ni de día ni de noche en las casas de sus parientes, hacia los cuales sentía un despego muy próximo al horror. Sus amigos íntimos de otros tiempos, compañeros de desorden, se le habían hecho tan antipáticos, que de ellos huía como del cólera. De amistades de otro sexo, no se diga: éranle, más que antipáticas, odiosas. Con todo, una noche fue tan hondo su tedio, y tan vivo su afán de encontrar algo en que su alma se esparciera, que se dejó tentar del demonio de sus recuerdos. Pudo creer un momento que refrescando pasadas amistades se consolaría; pero no hizo más que llegar a las puertas del vicio, y retrocedió sobresaltado. Las tentaciones no hacían más que soliviantarle la imaginación; pero sin poder debelar la fortaleza de su voluntad.
Otro aspecto singularísimo del estado de su espíritu, era que todas las personas que conocía se habían transformado en su criterio social así como en sus afectos. El primo Feramor no era más que un figurón, una inteligencia secundaria, petrificada en las fórmulas del positivismo, y barnizada con la cortesía inglesa; Consuelo y María Ignacia dos fantochonas, en las cuales se encontraba la comadre vulgarísima, a poco que se rascara la delgada costra aristocrática que las cubría; mujeres sin fe, sin calor moral, ignorantes de todo lo grave y serio, instruidas tan solo en frivolidades que las conducirían al desorden, al vicio mismo, si no las atara el miedo social, y las posiciones de sus respectivos maridos; la Marquesa de San Salomó una cursi por todo lo alto, queriendo hacer grandes papeles con mediana fortuna, echándoselas de mujer superior porque merodeaba frases en novelas francesas, y tenía en su tertulia media docena de señores entre políticos y literarios que poseían cierto gracejo para hablar mal del prójimo; Zárate, un sabio cargante que coleccionaba nombres de autores extranjeros y títulos de obras científicas, como los chicos coleccionan sellos o cajas de fósforos; Jacinto Villalonga un político corrompido, de esos que envenenan cuanto tocan, y hacen de la Administración una merienda de blancos y negros; Severiano Rodríguez otro que tal, mal revestido de una dignidad hipócrita; el general Morla un Diógenes cuyo tonel era el casino; el Marqués de Casa-Muñoz un ganso, digno de morar en los estanques del Retiro; y por este estilo todos cuantos en otro tiempo le movían a envidia o estimación, se degradaban a sus ojos hasta el punto de que él, José Antonio de Urrea, mirado con menosprecio y lástima, se conceptuaba ya superior a todos ellos. Para él toda la humanidad se condensaba en una sola persona, la celestial Catalina de Halma, resumen de cuanto bueno existe en nuestra Naturaleza, excluido absolutamente lo malo; con la ausencia, que la misma señora le impuso como última etapa del procedimiento educativo, tomaba en el alma del discípulo proporciones colosales la figura moral y religiosa de su maestra, y la veneración que hacia ella sentía iba rayando en delirio. Sus insomnios eran martirio y consuelo, porque en la soledad de la noche, el excitado cerebro sabía engañar la realidad, oyendo la propia voz de Halma, y viendo entre vagas claridades la figura misma de la noble dama. «Voy a concluir loco perdido» --se dijo una mañana--, y diciéndolo tomó la temeraria determinación que había de poner fin a su soledad. No se detuvo a pensarlo más, para no arrepentirse, y en el breve espacio de algunas horas vendió sus trebejos de zincografía, y heliograbado, traspasó la casa, arregló un breve equipaje, y liquidadas varias cuentas pendientes, salió a tomar informes del coche de Aranda. «No puedo más, no puedo más --decía corriendo de calle en calle--. La desobedezco; pero ya me perdonará, si quiere. Y si no, arrostro su enojo. Todo antes que este vacío en que me muero.»
El coche de Aranda había salido ya cuando él llegó a la administración, y no queriendo esperar veinticuatro horas más para lanzarse fuera de Madrid, que había llegado a ser su Purgatorio, tomó billete en un coche que al amanecer salía para Torrelaguna. Impaciente por partir, la noche se le hizo larguísima. Una hora antes de la salida, ya estaba en la administración, temeroso de que el coche se le escapara. Lo que hizo este fue retardar media hora la salida, pero al fin, gracias a Dios, viose el hombre en la delantera, junto al mayoral, y las casas de Madrid se iban quedando atrás, ¡oh alegría! y atrás se quedaron los depósitos del Lozoya, y las casetas de los vigilantes de Consumos en Cuatro Caminos, y Tetuán; y después todo era campo, la estepa del Norte de Madrid, a trechos esmaltada de un verde risueño, gala de los primeros días de Abril, y limitada por el grandioso panorama de la sierra. El corazón se le ensanchaba, el aire asoleado y puro llenábale de vida los pulmones. Desde su infancia no se había visto tan contento, ni gozado de una tan feliz y espléndida mañana. Se sentía niño, cantaba a dúo con el mayoral, y lo único que de rato en rato obscurecía el sol de su dicha era el temor de que Halma se enfadase por su desobediencia.
Y en verdad que los Hados, o hablando cristianamente, la Providencia Divina, no le favorecieron en aquel viaje, sin duda en castigo de su indisciplina, porque antes de llegar a Alcobendas, una de las caballerías (dicen las historias que fue _la Gallarda_) dio a conocer su inquebrantable resolución de no seguir tirando del coche, por piques sin duda y rozamientos con el mayoral. Y ni los furibundos argumentos que en forma de palos este le aplicaba, la convencían del perjuicio que su obstinación causaba a los viajeros. En esta y otras cosas, la parada en Alcobendas, que debía ser breve, duró una horita larga, resultando después que el jamelgo con que fue sustituida _la Gallarda_, cojeaba horrorosamente. Urrea contaba llegar a San Agustín al medio día, y a las dos, todavía faltaba largo trecho. Pero lo peor fue que como a un tiro de fusil más allá de Fuente el Fresno, una de las ruedas dijo con estallido formidable, que primero la hacían astillas que dar una vuelta más, y ved aquí a todos los viajeros en pie, sin saber si quedarse allí, o volver al pueblo por donde acababan de pasar. Urrea no vaciló un momento, y encargando su maleta al mayoral para que la entregase en San Agustín, echó a andar resueltamente para esta villa. A buen paso, llegaría al caer de la tarde, y no había de ser tan desgraciado que no encontrara allí una caballería que le llevase a Pedralba.
Anduvo con sostenido paso y sin sentir fatiga, y cuando conceptuaba haber andado más de una legua preguntó a un hombre que iba en la misma dirección, en un borriquillo:
--Buen amigo, ¿estoy muy lejos de San Agustín?
--Como una media horica.
--¿Encontraré allí una caballería para ir a Pedralba?
--¿A Pedralba, señor... a la casa de los locos?
--¡De los locos!
--Nada, es un decir. Así la llamamos, desde que está allí esa señora que ha traído no sé cuántos orates para ponerles en cura.
--Doña Catalina, Condesa de Halma, a quien todo el país respetará y venerará como una santa.
--Dígole, señor, que mejorando lo presente, así es. ¿Sabe lo que se cuenta en el pueblo?
--¿Qué, hombre, qué?
--Que la doña Catalina es reina, sí señor, una reina o emperadora de los extranjis de allá muy lejos, y que hubo una rigolución por donde la echaron del trono, y el Papa Santísimo la mandó acá en son de penitencia. Eso dicen: yo no sé.
--Patrañas. Pero en fin, ¿podré ir a caballo a Pedralba?
--Como decírselo a lo seguro, no puedo, señor. Llegará y veralo. Para caballerías, el cura.
--Don Remigio Díaz, ¿no es eso? Le conozco de nombre, y por la fama de su mérito. ¿Y el señor párroco podría facilitarme...?
--Como tenerlo, lo tiene: jaca, y por más señas, una burra hermana de este... Y si el señor va cansado y quiere montarse un poco...
Sin esperar respuesta, el bondadoso campesino se desmontó, ofreciendo su rucio al caballero. No vaciló Urrea en aceptarlo, más que por cansancio, por no desairar tan gallarda atención. Llevando su cabalgadura al paso del dueño de ella, siguió José Antonio pidiéndole informes de los habitantes de Pedralba.
--Y esa que ustedes creen reina, vendría en una carroza magnífica, escoltada de lacayos y servidores.
--No señor... ¡Qué risa! Vino en carromato. Parece que ha hecho voto de vivir a lo pobre mientras no le devuelvan el reino que le quitaron. Primero llegó el carromato con muebles, baúles de ropa fina, y cosas para el lavatorio de las señoras principales. Un espejo trajeron de más de una vara, y otros muchos arrequisitos de palacios reales. Después volvió el carro trayendo a la señora, vestidita de negro, como la Virgen de la Soledad.
--Y esos locos que aloja consigo llegaron antes, según creo.