Halma

Part 12

Chapter 124,122 wordsPublic domain

--Sí señor. Los trajo Cecilio, y por ahí andan sueltos. Dicen que uno es cura trajinante, y otro el primer músico de la capilla de los palacios mostrencos de Inglaterra. De una de las mujeres se dice que es loca médica, y que cura todas las enfermedades de flato con solo mirar, y la otra parece que es la mejor mano para salar guarros que la señora tenía en su reino.

--Vaya --dijo Urrea parando y descendiendo del borrico--. Ya he descansado. Muchas gracias, y vuelva usted a montarse, que si no me equivoco, ya estamos cerca, y aquellas casas que allí se ven son las primeras del pueblo.

--A fe que sí. Ya llegamos --dijo el labriego, mirando hacia un grupo de gente que por entre unos árboles, a mano derecha del camino real, a este se aproximaba--. Señor, señor... ahí tiene a don Remigio, nuestro peine de cura... digo peine porque sabe más que Merlín. Véalo: viene hacia acá, y le mira a usted mucho.

Urrea vio que hacia él se llegaba, destacándose presuroso del grupo, un clérigo joven, vivaracho, con el balandrán colgado de los hombros, gorro de terciopelo negro, bastón nudoso. Descubriose el madrileño para saludarle, y el curita le preguntó con extraordinaria viveza si era don José Antonio de Urrea.

--Servidor de usted, señor cura.

--¡Alto! Dese usted preso --dijo el párroco en un tono que reunía el humorismo y la buena crianza--. Nada, nada, que se viene usted conmigo a la prevención, señor de Urrea, donde le tengo apercibida una modesta cama para que descanse, cena frugal, y una yegua para que le lleve a Pedralba.

--Señor cura, ¡cuánta bondad! Pero permítame usted que me asombre de esa previsión que parece sobrenatural. Yo no he anunciado mi viaje...

--Pero lo que usted no anuncia, porque se ha venido acá como un colegial escapado, otros lo adivinan.

--No entiendo.

--La señora Condesa me dijo ayer: «He dejado en Madrid a un loquinario de primo mío, con órdenes terminantes de no moverse de allí, para que no desatienda las obligaciones que le he impuesto. Pero le conozco y se cansará, y querrá venir a verme, con pretexto de recibir nuevas órdenes. De hoy o mañana no pasa. Cuando recale por San Agustín, señor don Remigio, hágame el favor de atenderle, darle hospitalidad si llega de noche, y facilitarle una modesta caballería para que venga a Pedralba.»

--Estoy encantado, señor cura --dijo Urrea loco de alegría--. Esto parece un sueño, un cuento de hadas..., y usted el genio protector, y yo... no sé qué parezco yo, el más feliz de los hombres..., y en este momento el más agradecido de los viajeros.

II

Dirigiéronse hacia la casa rectoral, escoltados por los que de paseo venían con don Remigio, y este hizo el gasto de conversación por el camino, dedicando un sentido recuerdo a la memoria del santo don Manuel Flórez, y condoliendose de lo triste y solo que con tal desgracia se habría quedado el tío Modesto. En la puerta se despidieron afectuosamente los acompañantes, y don Remigio y su improvisado amigo entraron.

--¡Valeriana, Valeriana! --gritó el curita desde la puerta, y habiendo comparecido una mujer gruesa y tan entrada en años como en carnes, le dijo--: Este es el caballero que esperábamos, o que creíamos ver llegar de Madrid hoy, mañana o pasado. Cenaremos pronto, Valeriana, que el señor, diga lo que quiera, trae un apetito muy regular. ¿Verdad que sí?

Dio las gracias Urrea cortésmente, añadiendo con cierta timidez que su deseo era llegar pronto a Pedralba...

--Tenga usted calma... y váyase convenciendo de que está secuestrado --le dijo el clérigo con ese humorismo hospitalario que suelen emplear los ricos de pueblo--. ¿Creía usted que yo le iba a soltar tan pronto? Está fresco el señor de Urrea. Mire usted: ya es de noche, y no tenemos luna; el camino de aquí a Pedralba es muy malo para ir a pie, y a caballo no puede ser, porque hoy el chico del alcalde me llevó la jaca a Torrelaguna, y esta es la hora que no ha vuelto. Conque resígnese, y mañana con la fresca saldrá usted, acompañado de _este cura_, que también tiene que visitar a la señora Condesa.

¿Qué remedio tenía el impaciente viajero más que conformarse con la voluntad de Dios, representado en aquella ocasión por el bondadoso y vivaracho don Remigio? Entraron en una sala espaciosa, lugareña, clerical, de paredes blancas, descubiertas las añosas vigas del techo, limpia, oliendo a iglesia y a pajar, con diversos objetos religiosos de adorno, enfundados en tul color de rosa para defenderlos de las moscas. Trajo una lámpara la niña del ama, pues era ya casi de noche, y don Remigio hizo sentar a su huésped en el largo sofá de Vitoria con colchoneta de percal rojo rameado, ocupando él un sillón verde, cubierto en brazos y respaldo por estrellas de _crochet_. Frente a frente los dos, pudo Urrea observar la fisonomía del buen curita, el cual era hombre como de treinta y cinco años, de poquísimas carnes, mediana estatura, con la cabeza y manos siempre en movimiento, pues no hablaba con ellas menos que con la voz. En su rostro descollaba una nariz pequeña, picuda y roja, en cuyo caballete se apoyaba malamente la montura de las gafas, y quedando entre estas y los ojos mayor espacio del conveniente, tan pronto bajaba el hombre la cabeza para mirar por encima de los vidrios, como la alzaba para mirar por ellos. La pequeñez de la nariz le obligaba a llevarse la mano a las gafas tres o cuatro veces por minuto, no porque se cayeran, sino porque entre mano, nariz y anteojos había esta instintiva señal de inteligencia. Todo el rostro era un poquito encendido de color, y las orejas más, y su mirada revelaba agudeza, penetración, y un natural bondadoso y tolerante. Urrea encontró en don Remigio extraordinaria semejanza, salva la edad, con la fisonomía expresiva, inolvidable, de don Juan Eugenio Hartzenbusch. Y en el curso de la conversación, entrando ya en confianza, se aventuró a decírselo. Echose a reír don Remigio, y le contestó:

--Otros han hecho la misma observación. Indudablemente me parezco al ilustre poeta, al gran erudito y académico, honra y prez de las letras españolas. Es un triste honor para mí, porque el parecido del rostro patentiza más la desemejanza intelectual entre hombres de tan relevante mérito y esta modestísima personalidad.

--¡Oh! no se achique usted, amigo mío --le dijo Urrea, saliendo al encuentro de aquella modestia, un poquito afectada--. Ya sabemos, ya sabemos lo que usted vale...

--¡Por Dios, señor de Urrea!... Y aunque algo valiera un hombre, más por el estudio que por dotes naturales, ¿de qué le sirve en este rincón del mundo, en este destierro...?

Con la presteza del pájaro que salta de un palito a otro en la estrechez de su jaula, saltaba don Remigio de un asunto a otro en la conversación.

--¿Pero no sabe, señor de Urrea? --dijo levantándose del sillón para sentarse en el sofá--. ¿No sabe a quién tengo de huésped desde hace dos días? ¡Qué sorpresa le voy a dar! ¿No adivina?

--No señor.

--Pues al mismísimo padre Nazarín.

Urrea saltó de su asiento, y lo mismo hizo don Remigio, que al levantarse, impuso silencio a su huésped, diciéndole en voz baja:

--Vamos a verle y observarle sin que él se entere. Venga usted conmigo.

Llevole por un pasillo de recodos, al extremo del cual había una puerta de cuarterones, pequeña y fuerte. La claridad de la cocina, que en uno de los huecos de la izquierda se denunciaba con picantes olores, permitíales recorrer sin tropiezo aquella parte de la casa, que por su irregularidad era un modelo de arquitectura villanesca. Antes de llegar a la puerta, que a Urrea le pareció desde el primer momento misteriosa, don Remigio secreteó algunas explicaciones en el oído de su huésped.

--En este cuarto, que mi antecesor destinó a la cría de palomas, he instalado yo mi modestísima biblioteca. Aquí tengo a mi hombre. Por esta mirilla, que hay en la tabla, fíjese bien, como del vuelo de un duro, puede usted verle...

El débil rayo de luz que salía por la mirilla guió a José Antonio, que, aplicando los ojos, vio una estancia, cuya capacidad no pudo apreciar, y en el centro de ella, junto a una mesa, frente a la puerta sentado, un hombre... La luz de un candilón de dos mecheros, de los que ya son arqueológicos, le iluminaba la cara, que al pronto el observador no reconoció. Era un clérigo, vestido exactamente como don Remigio, con gorro de terciopelo y sotana. Hojeaba un grueso librote, y después de fijar su atención y su dedo índice en una página, escribía rápidamente en cuartillas colocadas sobre el mismo libro.

--Pero no es... --murmuró el forastero apartando su rostro de la mirilla.

Díjole el cura que se fijase bien, y en efecto, después de mucho mirar, José Antonio reconoció y diputó al clérigo de la biblioteca por el padre Nazarín en persona.

Cogiéndole de un brazo, don Remigio volvió a conducir a su huésped a la sala, para poder hablar con libertad, y antes de llegar a ella le dijo:

--Claro, ha tardado usted en reconocerle, porque se lo figuraba como le conoció en Madrid, con barba, y el traje de mendigo seglar. Así nos le trajo aquí doña Catalina. Con franqueza, yo tenía curiosidad vivísima de ver a este hombre, porque conozco el libro que de sus inauditas aventuras cristianas anda por ahí, he leído también en la prensa mil informaciones acerca del proceso, y así, en cuanto supe que había llegado el tal, me planté en Pedralba con mi amigo Láinez, el médico del pueblo. ¡Figúrese usted nuestro asombro, señor de Urrea, cuando le hablamos, y advertimos en él discernimiento claro, serenidad pasmosa, y una mansedumbre evangélica, de la cual creo que no hay otro ejemplo! Claro que a pesar de estas señales, la locura existe. Algo tiene el agua cuando la bendicen, y por algo los señores facultativos y la Audiencia le han declarado irresponsable de las extravagancias que constan en el proceso. Pero a pesar de todo, señor de Urrea, este hombre ha llegado a interesarme, le he tomado cariño en los pocos días que ha que nos tratamos, y... qué sé yo, no le tengo por cosa perdida, ni mucho menos. La piedad angelical de la señora Condesa y nuestra modesta cooperación, triunfarán de la malicia que se ha infiltrado invisible en el cerebro de este buen señor, y le devolveremos sano y equilibrado a la Iglesia militante, en la cual, o mucho me engaño, o puede ser un elemento, sí señor, un elemento de grandísima valía.

--Pero esta transformación...

--A eso voy. Con mil artificios traté yo, en mis primeras visitas a Pedralba, de despertar en él la soberbia, y no lo pude conseguir, no señor. Creíamos todos que se quejaría de los que en una u otra forma le han traído a mal traer de algunos meses acá. Nada de eso. Ni contra la curia, ni contra la prensa, ni contra nadie ha pronunciado la más leve recriminación, ni tiene por cruel o injusto lo que con él se ha hecho. Esto es muy raro, ¿verdad? Láinez me decía: «Es muy extraño que no observemos en él ni el menor destello de delirio persecutorio, que es uno de los síntomas primordiales...» Si delirio es el amar sin restricción alguna, y ponderar y encarecer como mercedes los ultrajes que ha recibido, ahí puede estar el principio de la desorganización cerebral. Le digo a usted que este caso nos tiene pasmados.

--Realmente...

--Pues verá usted. Por buscarle las vueltas, le digo: «Padre Nazarín, gran violencia será para usted no poder salir ahora descalzo y harapiento por los caminos.» Contestación: «Para mí, señor don Remigio, no es violencia ningún estado que se me imponga por quien debe y puede hacerlo. Pedí limosna cuando creí que debía vivir como los más desdichados y menesterosos. Dios, en mi corazón, me ordenaba hacerlo así, y ninguna ley humana me lo prohibía. Pero al mismo tiempo que la pobreza, o antes quizás, Dios me ordena la obediencia. Yo vagaba en libertad. La ley humana me cortó el paso, y me mandó que la siguiera. Obedecí. Sometime sin réplica a cuanto de mí quisieron hacer. Contesté con verdad a cuanto me preguntaron. Conforme me hallaba de antemano con la sentencia que contra mí se pronunciara, fuera la que fuese. Determinaron que soy un enfermo. Diéronme a escoger, para mi reposo, entre un asilo y la morada patriarcal y campestre de la señora Condesa de Halma, y preferí esto. Aquí me tienen dispuesto, hoy como ayer, a la suma obediencia. La señora doña Catalina, y usted, señor cura, por delegación de la ley eclesiástica, que ahora sustituye a la civil en mi castigo, enmienda o curación, pues de todo habrá en ello, son los dueños de mis acciones y de mi vida. No soy libre, ni quiero serlo, si los que saben más que yo deciden que no debe dárseme libertad.»

--Es extraño, sí...

--Pues verá usted. Digo yo: «Amigo Nazarín, si la señora Condesa lo consiente, ¿se decide usted a venirse conmigo unos días a mi modesta casa de San Agustín?» Contestación: «Yo no decido nada. Voy a donde me lleven.»

--Como el loro del cuento.

--Exactamente. Con licencia de la señora, me le traje aquí, y por el camino se me ocurrió tantearle en teología. Un asombro, señor de Urrea. Se expresa con sencillez, sin énfasis doctoral ni literario, y tan fuerte está el hombre, que por más que quise no pude cogerle en tanto así de falsedad lógica o desliz herético. En sus opiniones, ni el menor asomo de demencia, mi señor de Urrea, de donde yo deduzco, y en ello conviene conmigo el amigo Láinez, que el desvarío, si existe, no radica en la parte de los espacios cerebrales que sirve como de vehículo a las ideas, sino en aquella otra por donde pasa todo este torrente de las acciones, de la conducta, señor de Urrea. ¿Es esto claro?

--Sí. Pero la transformación personal...

--A eso voy.

(El ama anunció que estaba dispuesta la cena.)

--Ya vamos. Pues cuando llegó aquí, le digo: «Si es verdad que yo mando y usted obedece, amigo Nazarín, ahora mismo se va usted a afeitar, y a vestirse con mi ropa.» Pues tan conforme. Yo mismo le afeité. Fue una risa... Y mi modesta ropa y mi calzado, señor de Urrea, le vienen como hechos a la medida. Cuando se lo ponía, le digo: «¡Cómo extrañará usted la sujeción de esta ropa civilizada, hecho ya el cuerpo a su pergenio salvaje, y bíblico, según los periodistas!» ¡Vaya que llamar bíblico...! ¿Pues qué cree usted que me contestó?

--(Señor cura --vino a decir el ama--, que la cena se enfría.)

--Contestaría que el hábito no hace al monje.

--Vamos al instante... Y que él no ha fijado nunca la atención en las diferencias entre estos y los otros vestidos. Dijo más... Señor de Urrea, pasemos a mi modesto comedor... Palabras textuales: «El vestido que usted llama salvaje, señor don Remigio, no lo tenía yo por indecoroso en mi vida errante y entre gente pobrísima. Pero esto no quiere decir que lo prefiera yo sistemáticamente a todos los demás estilos y maneras de cubrir el cuerpo, porque sería afectación, y la afectación, gracias a Dios, no cabe en mí.»

--Lo mismo nos dijo un día en el Hospital, cuando los periodistas y otras muchas personas que íbamos a verle, nos permitíamos interrogarle... Palabras textuales: «Vean en mí cuanto quieran, señores míos; pero la afectación, por más que miren, no la verán jamás.»

III

Avisado Nazarín para la cena, ocupó su asiento a la izquierda del buen don Remigio, después de saludar a Urrea con las fórmulas corrientes de cortesía, sin extremos de urbanidad, sin alegría ni pena de verle. Diríase que su presencia no le causaba la menor sorpresa, bien porque de nada se sorprendía, bien porque hubiera previsto la visita del protegido a su protectora. Bendijo el cura la cena, y la emprendieron los tres con las sopas de ajo, que eran de mucha fuerza condimentaria, crasas, picantes y espesas. No hablaba Nazarín sino para responder a lo que le preguntaban, y don Remigio ponía toda la amenidad posible en su palabra fácil. Las sopas precedieron a dos platos substanciosos, de ave el uno, el otro de carnero, todo bien cargadito de especias odoríferas, suculento, muy hecho. El vino sabía horrorosamente a pez. El olor de paja quemada, difundido por toda la vivienda, parecía consubstancial con el de la comida, y a Urrea no le desagradaba sentirlo y mascarlo. No era la casa sola; el pueblo y el país entero despedían aquel olor, que el forastero creía llevar ya dentro de sí.

--Para que el amigo don Nazario no esté ocioso --dijo entre otras cosas don Remigio--, le propuse hacerme un extracto del sapientísimo libro del maestro Fray Hernando de Zárate, _Discursos de la paciencia cristiana_. La obra consta de ocho Libros, cada uno de los cuales contiene lo menos una docena de Discursos, todos sobre el mismo tema. Ha de leérselos de cabo a rabo, anotando el sentido particular y explicaciones de cada uno en sendas cuartillas de papel. Pues tan aplicado le tiene usted, señor de Urrea, que en tres días se ha echado al cuerpo unos cuarenta Discursos, y ya le tiene usted en el _Libro Cuarto_, que trata...

--«De las razones que tenemos para tener paciencia y consolarnos en los trabajos» --dijo Nazarín sin dar importancia a su tarea--. Es cosa fácil. Pronto concluiremos.

--Y se me figura --apuntó Urrea irónicamente--, que ha de ser sumamente divertido.

--No hay más sino practicar, leyendo y escribiendo --indicó el manchego--, la misma virtud a que el maestro Zárate consagra su gran obra.

--Pero usted no come nada, amigo Nazarín --observó repentinamente don Remigio--. Siempre lo mismo. Pues dice Láinez que necesita usted comer... de duro, y aplicarse a la carne, principalmente.

--Señor cura --replicó don Nazario con timidez--, como lo que puedo, no sé pasar de lo que mi naturaleza me pide para sostenerse.

Como Urrea deseaba llevar la conversación al tema más de su gusto, que era su prima y cuanto a ella se refiriese, interrogó a los dos sacerdotes, recreándose anticipadamente con los elogios que esperaba oír de la ilustre señora.

--Yo digo, con plena conciencia --afirmó el párroco de San Agustín--, que no creo exista en el mundo persona de virtud más pura, y de ideas más elevadas. Si por un lado veo en ella una imagen del gran Emperador Carlos V de Alemania y I de España, que después de reinar sobre los pueblos, gustadas hasta la saciedad todas las grandezas humanas, se encierra en monasterio humilde para consagrar a Dios el resto de su vida, por otro, encuentro a la señora Condesa de Halma más grande que aquel soberano, pues si los bienes a que renuncia no son de tanta valía, la pobreza y humildad que acepta son más meritorias. La señora Condesa es joven, y consagra a la caridad y a la oración los mejores años de la vida. Y veo otra gran diferencia, a favor de nuestra doña Catalina --añadió con tonillo pedantesco--, y es que el Monarca, dueño de medio mundo, trajo a la soledad de Yuste, según rezan las crónicas, innumerables servidores, cocineros, maestresalas, escuderos y lacayos, y grande repuesto de vituallas, para que no le faltase en su voluntario destierro nada de lo que halaga el gusto de un magnate en la vida palatina. Pues esta señora, que ha venido a Pedralba en carromato, no ha traído más que los indispensables objetos tocantes al aseo y pulcritud de una noble dama, que aun en la penitencia quiere ser limpia, y su séquito es una corte de mendigos, y gente miserable o enferma, a cuyo cuidado piensa consagrarse. ¡Ejemplo único, señores, ejemplo inaudito, y que es la más grande maravilla de estos tiempos de positivismo, de estos tiempos de egoísmo, de estos tiempos de materialismo!

--Luego --dijo Urrea con entrañable gozo--, convienen ustedes conmigo en que mi prima es una excepción humana, un ser en el cual se revelan los caracteres de la inspiración divina.

--Sí señor, convenimos en ello.

--Y el buen curita peregrino, ¿qué dice?

--¿Qué he de decir yo? --contestó modestamente don Nazario, no queriendo expresar nada que resultara superior a lo dicho por su generoso compañero--, ¿qué he de decir yo después del panegírico elocuentísimo que acaba de hacer el señor cura? Mi palabra es torpe. Permítanme que diga tan solo: ¡Bendita sea de Dios eternamente, la grande, la santa Condesa de Halma!

--Amén --dijo don Remigio entornando los ojos, y acariciando el vaso de vino.

A Urrea le faltaba poco para echarse a llorar.

--Y es decisiva --añadió el cura-- la resolución de la señora Condesa de pasar en Pedralba el resto de sus días. ¡Qué bendición para estos olvidados y pobres lugares! Me ha dicho el otro día que en Pedralba labrará su sepulcro y el de sus compañeros que no la abandonen. ¡Ah! yo leo en aquella grande alma el amor de Dios en el grado más ardoroso y puro, el amor de la Naturaleza, el amor del prójimo, y veo en el plan de vida de la señora una síntesis admirable de estos tres amores.

--Mi prima ha sufrido mucho --dijo Urrea, a quien el entusiasmo ponía un nudo en la garganta--, ha pasado horrorosas humillaciones y amarguras. Perdió a su esposo, que era su grande amor, el consuelo único de su vida. En Madrid, como en Oriente, la vida no tenía para ella más que espinas, tristezas, dolores. Su familia, sus hermanos, no supieron poner un calmante en las heridas de su alma. La empujaban hacia el ascetismo, hacia el destierro y la soledad. Mi prima empezó por mirar con prevención la vida social, y acabó por detestarla. Todo ese conjunto de artificios que componen la civilización le es odioso. La tierra está para ella vacía: quiere el cielo.

--Y lo tendrá --dijo don Remigio con tanta seguridad como si se sintiera casero y administrador de los espacios infinitos--. Tendrá el cielo. ¿Pues para quién es el cielo más que para esos seres escogidos, para esas voluntades robustas, para las almas que no saben mirar más que al bien? Según he podido comprender, amigo Urrea, la señora Condesa ha roto todo lazo con el mundo, o sea la clase a que pertenece. Y es más: todo afecto mundano ha muerto en ella, para poder ocupar entero el espacio del querer con la adoración ferviente de las cosas divinas.

--Así es sin duda --dijo Urrea--, y su sociedad con los pobres, a quienes tratará como iguales, elevándoles un poquito, y rebajándose ella otro tanto, resultará una comunidad dichosa, pacífica, feliz. ¿No piensa lo mismo el buen Nazarín?

--Pienso, señor don José Antonio, que ser el último de los protegidos, o de los asilados, el último de los hijos, si se me permite decirlo así, de la señora Condesa de Halma, constituye la mayor gloria a que puede aspirar un ser humano, sobre todo si es un triste, un solitario, un náufrago de las tempestades del mundo.

Tan contento estaba Urrea, que al concluir la cena les abrazó a los dos. Acostáronse todos, porque había que madrugar. Dicen las crónicas que el huésped no pudo dormir bien, primero, porque las limpias sábanas, impregnadas también del olor de paja, eran algo piconas; segundo, porque sus ideas se le insubordinaron aquella noche, y la admiración del ascetismo de su prima le encendía llamaradas en el cerebro. Más que mujer, Halma era una diosa, un ángel femenino, y al pensarlo así, su ferviente admirador no pasaba por que los ángeles carecieran de sexo: era lo femenino santo, glorioso y paradisíaco. Por entre estas imaginaciones asomaban de vez en cuando la figura austera de Nazarín, semejante a un retrato del Greco, y el vivaracho rostro de don Juan Eugenio Hartzenbusch, transmutado físicamente en don Remigio Díaz de la Robla, párroco de San Agustín.

El mismo cura le llamó al amanecer dando golpes en la puerta, y gritándole desde fuera:

--Arriba, compañero, que tenemos que decir misa y desayunarnos antes de partir.

Levantose el huésped a escape, y cuando llegó a la iglesia, ya había salido al altar don Remigio. Nazarín oía la misa de rodillas en el presbiterio.

Media hora después, ya estaban todos en la rectoral, desayunándose con chocolate, bizcochos y pan de picos, reforzado por fresquísimo requesón de la Sierra. Varios amigos acudieron a despedirles, entre ellos el médico don Alberto Láinez, y el alcalde, don Dámaso Moreno.