Halma

Part 13

Chapter 134,079 wordsPublic domain

--Usted, señor de Urrea, que sin duda es buen jinete --propuso don Remigio con extraordinaria movilidad en manos, nariz, ojos y gafas--, irá en el caballo de Láinez, bestia de mucha sangre, aunque segura para quien la sepa manejar; yo voy en mi jaca, que tiene un paso como el de un ángel, y el amigo Nazarín, pues le llevamos, sí señor, le llevamos, oprimirá los lomos de mi modesta burra..., cabalgadura digna de un arzobispo... Conque señores, a montar. Despejen la puerta. Valeriana, que vendremos a cenar.

Partió la caravana, despedida con cordiales saludos por multitud de gente que en la plaza se reunió. Delante iban Urrea y el cura, detrás Nazarín en su rucia, bien albardada y sin estribos. Ambos clérigos vestían, a horcajadas, lo mismo que en el pueblo, sotana, gorro de terciopelo, y balandrán. Regía el madrileño su caballo con gran destreza. Don Remigio no cesaba de recomendar a su jaca la mayor circunspección o tacto de pezuña en el desigual y áspero camino por donde se metieron, a Occidente de San Agustín, y don Nazario, confiado en el andamento parsimonioso de su borrica, atendía más a la admiración del paisaje de la Sierra, que a conversar con los otros jinetes, de los cuales parecía como escudero o espolique.

De tan diferentes cosas habló don Remigio, que no es posible recordarlas todas. Hizo observar a su acompañante las hermosuras de la Naturaleza, la ruindad de los caseríos, el descuidado cultivo de las tierras; explicó historias de ruinas y caserones viejos; se lamentó de la falta de caminos; designó el sitio por donde se había trazado un canal de riego, que no se abriría nunca, y estos y otros comentarios del viaje fueron a parar a las quejas de su mala suerte, por haberle tocado empezar su carrera en comarca tan desmedrada y pueblo tan mísero.

--Yo me conformo, ya ve usted... Deme el Señor salud para servirle, que lo demás no importa. Sepa usted que, al venir a este curato de San Agustín, me dijeron que por tres meses, y ya van tres años. Prometiéronme pasarme a Buitrago, o Colmenar Viejo, y hasta ahora. No es que yo sea ambicioso; pero, francamente, es uno licenciado en ambos derechos; ama uno el estudio, y la verdad, la vida obscura y ramplona de estos poblachos no estimula al trato de los libros. El tío, que es mejor que el buen pan, me anima, me asegura que no se descuida en recomendarme, y que a la primera ocasión pasaré a un curato de Madrid, ¡ay! su desiderátum y el mío. Y no me hablen a mí de otras poblaciones. ¡Mi Madrid de mi alma, donde me crié, donde probé el pan del estudio, y adquirí mis modestas luces! No aspiro yo a tener allí la independencia de un don Manuel Flórez; sé que tengo que trabajar de firme. Quiero que mi corta inteligencia no sea un campo baldío, como estos barbechos que usted ve por aquí, señor de Urrea; debo cultivarla y coger en ella algún fruto, para ofrecerle a Dios, que me la ha dado... No me quejaría si no viera ciertas desigualdades. Amigos y compañeros míos, a los cuales no debo mirar, porque no debo, ¡ea! como superiores en saber religioso ni profano, ocupan plazas en catedrales, o en las parroquias de Madrid... Mi tío me dice: «No te apures, hijo, y confía en el favor de Dios y de la Santísima Virgen, que ya premiarán con el merecido ascenso tu paciencia y conformidad...» Claro que me conformo, señor de Urrea, y aun alabo al Señor porque no me da mayores males. Tengo, gracias a Dios, un genio de mucho aguante para desgracias, injusticias y sinsabores. Yo digo: ya me tocará la buena, ¿verdad? ya me llegará la buena.

Procuraba el forastero refrescarle las esperanzas, asegurando que los méritos de su interlocutor, así morales como intelectuales, saltaban a la vista, y no podían ser desconocidos de los que en Madrid manejan todo este tinglado del personal eclesiástico. Y al decir esto, hizo notar la diferencia entre los gustos y aspiraciones de uno y otro, pues mientras a don Remigio le atraían los llamados centros de civilización, a él, José Antonio de Urrea, los tales centros se le habían sentado en la boca del estómago, y todo su afán era perderlos de vista. Verdad que entre las circunstancias de uno y otro no había paridad: don Remigio era un hombre puro y virtuoso, inteligencia llena de frescura, y a los treinta y cinco años apenas había desflorado la vida, mientras que Urrea, a la misma edad, se conceptuaba viejo, y aun por muerto se tendría, si de entre las cenizas de su alma no sintiera que otra alma nueva le brotaba. Con estas y otras pláticas se fue pasando el camino árido, de muy escasos atractivos para el viajero. El terreno era cada vez más quebrado, como de estribaciones de la Sierra, y ostentaba la severa vegetación de encina baja, brezos y tomillares. De pronto señaló don Remigio un caserío arrimado a unos cerros cubiertos de verdura, y dijo a su compañero:

--Ahí tiene usted a Pedralba.

Pareciole a Urrea encantador el sitio y espléndido el paisaje, mirando más a su interior que al paisaje mismo. Al acercarse vieron tierras de labrantío junto a las casas, que eran tres, destartaladas y grandonas. Picaron las caballerías, y cuando ya se hallaban como a medio kilómetro, empezó Nazarín a dar voces:

--¡Mírenlas, mírenlas: allí están... ya nos han visto!

--¿Quién, hombre?

--La señora Condesa y Beatriz.

--¿Dónde?... Pero qué vista tiene este hombre.

--Allá... allá... ¿Ven ustedes ese campo de amapolas todo encarnado, todo encarnado? ¿Y más allá, no ven unos olmos? Pues por allí van..., digo vienen, porque salen a encontrarnos.

--No vemos nada; pero pues usted lo dice...

--Y ahora nos saludan con los pañuelos... Miren, miren.

IV

Ya cerca de las casas vieron a las dos mujeres, que avanzaban por entre un campo de cebada. Ambas miraban risueñas, y casi casi burlonas, a los tres caballeros. Cuando Urrea, apeándose ante su prima, le pidió perdón poco menos que de hinojos por su desobediencia, doña Catalina no se mostró muy severa con él, sin duda por no avergonzarle delante de los dos sacerdotes, y de otras personas que allí se reunieron.

--Si ha habido falta, señora Condesa --dijo don Remigio galanamente--, yo intercedo por el culpable y solicito su perdón.

--Ya sabe el pícaro que padrinos le valen --replicó Halma sonriendo, y todos reunidos, después que los jinetes entregaron a Cecilio las caballerías, se encaminaron al castillo, que así en la comarca era llamada la casona, aunque de tal castillo solo tenía la robustez de sus paredes, y una torre desmochada, en cuyo cuerpo alto, mal cubierto de tejas, había un palomar. Del escudo de los Artales, apenas quedaban vestigios sobre el balcón principal del llamado castillo. La piedra era tan heladiza que solo se podía ver una garra de dragón, y un pedazo de la leyenda, que decía _Semper_. Mejor se conservaba la berroqueña de los ángulos y del dovelaje, y el ladrillo revocado de los paramentos no tenía mal aspecto; pero los hierros todos, balcones y rejas, no podían con más orín, por lo que había dispuesto su propietaria reponerlos, mientras un buen maestro de Colmenar preparaba la reparación de toda la fábrica, interior y exteriormente. Veíase ya, frente a la casa, dentro del recinto murado que a la entrada precedía, el montón de cal batida, y maderas para andamios y obra de carpintería. Junto a la torre, se alzaban los descarnados murallones que la tradición designaba como ruinas de un monasterio cisterciense, y que más que edificio destruido, parecían una segunda casa a medio hacer. Respetando los basamentos, y aprovechando el material de lo restante, la Condesa pensaba construir allí su capilla y panteón, con la mayor economía posible. A un tiro de piedra de la casa-castillo, estaban las cuadras, y más abajo, un tercer edificio, habitado por los que llevaron en renta la finca hasta el año anterior. Últimamente, Pedralba estuvo a cargo del administrador de las propiedades de Feramor en Buitrago, don Pascual Díez Amador, el cual dio posesión del castillo y casas y tierras a la señora doña Catalina, el día de su llegada en el carromato, que fue el 22 del mes de Marzo del año de mil ochocientos noventa y tantos.

Era la heredad de Pedralba extensísima; pero no se labraban más que los terrenos próximos a la casa, labor descuidada, somera y primitiva, que daba escaso rendimiento. Lo demás era monte, bien poblado de encinas, enebros, y algunos castaños en la parte alta. Lo más próximo al llano sufrió varias talas, y uno de los renteros propuso al Marqués, años atrás, la roturación. Pero asustaron al propietario los dispendios de la empresa, y quedó en tal estado, ni monte ni labrantío, a trechos pradera desigual, cruzada de viciosos retamares. Dos riquísimas fuentes surtían de cristalinas y puras aguas potables a Pedralba, la una entre la casa-castillo y las cuadras, la segunda, manantial de primer orden, en una encañada a la vera del monte. Árboles de sombra había pocos. Los que puso el último arrendatario se perdieron por incuria. Frutales no existían más que tres en finca tan vasta, un moral inmenso detrás de la torre, el cual cargaba anualmente de dulcísimas moras negras, y dos albérchigos en el sendero que unía las dos casas. Los madroños diseminados en distintos parajes no se contaban, por su silvestre lozanía y lo desabrido del fruto, en el reino propiamente frutal. Tal era Pedralba, finca de primer orden según opinión de don Pascual Díez Amador, siempre y cuando se _tiraran_ en ella veinte o treinta mil duros.

No eran estos los planes de Catalina, que solo se propuso sostener la propiedad tal como la encontró, con los mejoramientos que su residencia imponía, y procurarse en ella la vida retirada y humilde que adoptar anhelaba, sin caer en la tentación del negocio agrícola, ni pensar en aumentos de riqueza que habrían desmentido sus ideas y propósitos de modestísima existencia. Lo que le restaba de su legítima, pensaba conservarlo en valores de renta, reservando los dos tercios para sostenimiento de su persona y casa, y de la familia de infelices que en torno de sí había reunido: el otro tercio lo dedicaba a las reparaciones indispensables, a la construcción de la capilla y enterramientos, a plantar una huerta, y, si aún había margen, a mejorar la finca.

Entremos ahora en el castillo, y veamos la mejor pieza de él, que era la cocina, en el piso bajo y al fondo del edificio, a la parte del Norte. Todo era grandioso en aquella pieza, hogar, alacenas, horno, el piso de hormigón muy sólido, el techo alto y la campana bien dispuesta para dar salida a los humos rápidamente. Las otras piezas bajas valían poco; eran estrechas, y sus ventanas, que más parecían troneras, les daban muy tasada la luz. En cambio, las del piso alto teníanla de sobra. Seis o siete estancias existían en él, que bien arregladas habrían podido alojar mucha gente. En dicho piso, al lado de Levante, vivían la Condesa y Beatriz, en aposentos separados y próximos; a la parte de Occidente, el matrimonio Ladislao-Aquilina con sus hijos, y aún quedaban entre estas y las otras viviendas algunas estancias vacías. En la torre, debajo del palomar, tenía su cuarto Nazarín, comunicado con la casa-castillo por estrecho pasadizo. El mueblaje era casi todo del siglo pasado, o del tiempo de Fernando VII, confundido con sillerías modernas de paja, de lo más ordinario, llevadas de Colmenar Viejo. Las cómodas y consolas, las sillas de caoba con respaldo de lira, las camas de pabellones _a la griega_, las laminotas con marco de ébano y asuntos pastoriles, ofrecían un aspecto sepulcral, lastimoso, como de objetos desenterrados, a los cuales se había limpiado el humus de la fosa, a fuerza de jabón y estropajo.

Doña Catalina y Beatriz vestían exactamente lo mismo, con las ropas de la primera, que habían venido a ser comunes: falda de merino negro, calzado grueso, blusa de percal rayada de negro y blanco, y un mandil de retor. Al adoptar la vida pobre, la señora Condesa no estimó que debía renunciar a sus hábitos de pulcritud; decía que el aseo exterior, por causa de la educación y la costumbre, afectaba al alma, y que la suciedad del cuerpo era pecado tan feo como la de la conciencia. No vacilaba, pues, en aplicar estas ideas a la realidad, manteniendo en su cuarto y persona la misma esmerada limpieza de sus mejores tiempos de vida cortesana.

--El aseo --decía--, es a la pureza del alma, lo que el rubor a la vergüenza.

No comprendía el ascetismo de otro modo.

Y como nada tiene la fuerza del buen ejemplo, Beatriz, que había llegado a reinar en la intimidad y en el afecto de la Condesa, por feliz concordancia de sentimientos, se asimiló en breve plazo los hábitos de pulcritud de su amiga y señora, y la imitaba sin darse cuenta de ello. Sobre la admirable simpatía, o compatibilidad, que había llegado a borrar entre aquellos dos caracteres la diferencia de clase y educación, hay mucho que hablar: el fenómeno se inició por un irresistible afecto la primera vez que se vieron, cuando doña Catalina, por mediación de su criada Prudencia, fue a socorrer en su pobre domicilio al afinador de pianos. Mientras duró el proceso de Nazarín y consortes, Beatriz vivía con su prima Aquilina Rubio, esposa del mísero don Ladislao, compartiendo la escasez, ya que no el bienestar, que ninguno tenía. Halma llevó el pan, la vida, la salud, a la triste vivienda de la calle de San Blas, y atraída de aquel espectáculo de pobreza y resignación, añadió al socorro material el consuelo de sus visitas. Habló largamente con Beatriz, admirándose de lo mucho y bueno que esta mujer humilde sabía, tocante a cosas espirituales y de nuestras relaciones con lo invisible y eterno; admiró también su piedad no afectada, la firmeza de sus ideas, y la elocuencia sencilla con que las expresaba. Sentíase la Condesa inferior, por todos aquellos respectos, a la que ya miraba como amiga del alma; aprendió de ella muchas y buenas cosas, enseñándole a su vez otras de un orden social más que religioso, y con este cambio llegaron a encontrarse la una para la otra, y las dos en una, fenómeno raro en estos tiempos, que dan pocos ejemplos de una tan radical aproximación de dos personas de opuesta categoría. Pero de esto hemos de ver mucho en los tiempos que ahora comienzan, porque las llamadas clases rápidamente se descomponen, y la humanidad existe siempre, sacando de la descomposición nuevas y vigorosas vidas.

Ya se comprende que de la intimidad entre Beatriz y Halma nació el vivo interés por Nazarín, y su propósito de llevársele consigo, para intentar su curación, y devolverle sano y útil al poder eclesiástico. Una discrepancia en cierto modo accidental existía entre la dama y la mujer del pueblo, y era que, mientras la Condesa, sin asegurar que Nazarín fuese loco, abrigaba sus dudas sobre punto tan difícil de aclarar, la otra sostenía con sincera conciencia y fe la completa regularidad de las funciones cerebrales de su maestro.

Instaladas en Pedralba, la concordia entre una y otra llegó a ser perfecta. Beatriz observaba delicadamente la distancia social, que la otra con la misma o más sutil delicadeza trataba de acortar. Ambas trabajaban juntas desde el primer día en el arreglo y limpieza del destartalado castillo, o en la resurrección del mueblaje, y a Beatriz no le valió reservar para sí las faenas más duras, porque la otra invadía su terreno, y la igualdad triunfaba gradualmente, por ley de ambos corazones, que sin darse cuenta de ello propendían a lo mismo. Aquilina no había sido aún elevada al grado de comunidad de su prima Beatriz. Era una mujer excelente; pero sin intuición bastante para comprender las ideas de su bienhechora. Manteníase con tenacidad en su puesto inferior, contenta de que su marido y sus hijos tuvieran que comer. Los primeros días encargáronla de la cocina, oficio muy apropiado a sus aptitudes, y las otras dos pudieron consagrarse descuidadas al fregoteo de muebles viejos, al remendar de colchones y a otros engorrosos menesteres. Luego alternaron en los diferentes oficios, y mientras cocinaba la nazarista, Halma y Aquilina lavaban la ropa en la fuente cercana. El día que precedió a la llegada de Urrea con don Remigio y Nazarín, Aquilina actuó de cocinera, y la Condesa y Beatriz lavaban en la fuente del monte, repartiéndose las dos por igual la carga de la ropa al ir y volver. Como Beatriz se obstinase en llevarla sola, pretextando ser más fuerte que su compañera, Catalina le dijo:

--Te equivocas si crees tener más poder de musculatura que yo. Parezco débil, pero no lo soy, Beatriz, y esta vida ha de robustecerme más. Y sobre todo, no me prives de este gusto de la igualdad. Es el sueño de mi vida desde que perdí a mi esposo, y me sentí igual a todos los desgraciados del mundo. Haz el favor de no llamarme Condesa, ni volver a usar esa palabra estúpidamente vana delante de mí. Arrojé la corona en los empedrados de Madrid cuando salí en el carromato... Las escobas de los barrenderos no la encontrarán, porque fue arrojada con el pensamiento, pues no la tenía en otra forma; pero allá quedó. Llámame Catalina, como me llaman mis hermanos, o Halma, como mi primo. Y no te digo que me tutees, porque parecería afectación, y ya sabes que el maestro te la prohíbe. Pero todo se andará.

V

La llegada de los tres amigos no debía alterar la marcha de los asuntos domésticos en el castillo, porque, claramente lo decía la Condesa, ya que no ayudaran, no era bien que estorbasen.

--Primo mío, supongo que desearás conocer esta gran finca, los estados de Pedralba, donde hacemos vida recogida y modesta, sin pretensiones de ascetismo, mis amigos y yo. Usted también, señor don Remigio, necesita enterarse del terreno que consagro a mi obra. Váyanse, pues, a dar un paseíto, guiados por el bonísimo Nazarín, que lo conoce ya palmo a palmo, mientras nosotras les preparamos de comer. No esperen que salgamos de nuestro pobre régimen. Aquí no hay ni puede haber comilonas, pues aunque yo quisiera darlas, no habría con qué. Comerán de nuestro diario frugalísimo, con el poquitín de exceso que pide la hospitalidad. Conque vean, vean mi ínsula, y tráiganse la salsa que nosotras no podemos hacerles, un buen apetito.

Fuéronse los tres de paseo, conducidos de don Nazario, que les hizo subir al monte para que vieran los castaños robustos que lo coronaban, al barranco para probar el agua de la rica fuente, y después de brincar y despernarse por lomas y vericuetos, volvieron a casa a las doce, hora invariable de la comida. En una pieza próxima a la cocina, pusieron la mesa, la cual era de una robustez patriarcal, de castaño renegrido y con torcidos herrajes en su armadura. Dos sillas había de la misma casta y edad, las demás variaban entre el estilo Fernando VII, de caoba, y la forma y material llamados de Vitoria. Pero la mayor y más sorprendente variedad estaba en la vajilla y ropa de mesa, pues al lado de vasos de cristal finísimo, se veían otros del vidrio más ordinario, servilletas finas, servilletas bastas, platos de porcelana rica, y otros de cerámica tosca.

--Dispensen la diversidad de la loza --les dijo doña Catalina--. En mi comedor reina todavía una confusión de clases estupenda, como en tiempos revolucionarios. Pero esta confusión no es parte para que yo olvide las categorías de los comensales. Para los dos señores sacerdotes lo fino, que ellos mismos irán escogiendo; para ti, José Antonio, y don Ladislao, el barro plebeyo.

--Pues yo propongo --dijo don Remigio con buena sombra--, que no establezcamos diferencias humillantes, y que nos repartamos como hermanos, como hijos de Dios, lo malo y lo bueno. Venga ese barro, señor de Urrea.

Lo más extraño de aquella singular comida fue que las mujeres no se sentaron a la mesa. Las tres, funcionando con igual destreza y alegría, servían a los señores. Luego comían ellas en la cocina. Esta era una costumbre medieval, que Halma no alteraba jamás por consideración alguna. Diéronles una sopa muy substanciosa hecha con hierbas diferentes, patatas picadas muy menudito y golpes de chorizo; luego un plato de carnero bien condimentado, vino en abundancia, postre de requesón de la Sierra, leche con bizcochos de Torrelaguna, y a vivir. Sobria y nutritiva, la comida fue saboreada con delicia por los forasteros, que no cesaron de alabar el buen trato de Pedralba, y la pericia de las tres marmitonas.

Entre la sopa y el carnero llegó inopinadamente don Pascual Díez Amador, administrador que fue de la finca, y propietario vecino, pues suya es la dehesa extensísima que linda por Poniente con Pedralba. Dos o tres veces por semana visitaba a la Condesa, caballero en su jaca torda, para ver si se le ofrecía algo. Era un hombre mitad paleto, mitad señor, lo primero por el habla ruda, por la camisa sin cuello y el sombrero redondo, lo segundo por las acciones nobles, por el andar grave, que hacía rechinar las espuelas. Una faja encarnada parecía separar el lugareño del hidalgo, o más bien empalmar las dos mitades. Tanto afecto había puesto en doña Catalina, que dispuso que dos de sus guardias jurados estuviesen de punto noche y día en la casa de abajo, para que la señora descansase en la persuasión de una absoluta seguridad. Muchos días caía por allí en su jaca a la hora de comer, otros a cualquier hora, en que también comía. Su cara redonda, episcopal, crasa y mal afeitada, despedía fulgores de patriarcal soberanía, de conformidad con la suerte, sin duda por ser esta de las más próvidas y felices.

--¡Hola, Remigio!... señora doña Catalina..., don Nazario..., don Ladislao, aquí estamos todos...

Los saludos duraron hasta después que el gordinflón paleto-señor tomó asiento sin ceremonia, disponiéndose a comer cuanto le diesen. Porque, eso sí, hombre de mejor diente no lo había en todo el partido judicial, con la particularidad notable de que no sabía ponerse tasa en la bebida.

--¿Sabe usted lo que estábamos hablando, amigo don Pascual? --dijo el curita de San Agustín--. Que esta es una gran finca, y que es lástima no trabajarla.

--¡Hombre, a quién se lo cuenta! Si estos señores Feramores no tienen perdón de Dios... ¡Menuda brega tuve yo con el Marqués actual y con el otro, para que tiraran aquí veinte o treinta mil durillos! Sí, lo digo: era sembrarlos hoy, para coger el día de mañana, cinco años más o menos, tres o cuatro millones. Y esto solo con el ganado, que metiéndonos a ponerlo todo de labrantío... ¡Jesús, oro molido...! Es una tierra esta, que no la hay mejor ni donde están las pisadas de la Virgen Santísima, ea.

Don Pascual se incomodaba al tocar este punto, viéndose precisado a sofocar su enojo con copiosas libaciones. Y como siguieran hablando del mismo asunto, concluyó por expresar una idea muy atrevida.

--Yo que la señora Condesa..., digo lo que siento, sin ofender, ea..., pues yo que la señora, me dejaría de capillas y panteones, y de toda esa monserga de poner aquí al modo de un convento para observantes _circuspetos_ y _mendicativos_, dedicando todo mi capital a...

--Poco a poco --replicó vivamente don Remigio--, no paso por eso. Lo espiritual es lo primero.

--¡Potras corvas! ¿Y de qué sirve lo _espertual_ sin lo... sin lo otro?

--Yo que la señora Condesa, persistiría impertérrito en mi grandioso plan... contra el dictamen de los estripaterrones.

--Y yo, contra el _ditame_ de los engarza-rosarios, digo que sí... no, digo que no... que sí.

--Si no sabe usted lo que dice, amigo don Pascual.

--¡Vaya! paz y concordia entre los príncipes cristianos --dijo doña Catalina risueña--. Por un exceso de consideración a mis huéspedes, me permito el lujo de darles una golosina: café.

Alabado y festejado por todos el obsequio, Amador y don Remigio lograron encontrar una fórmula de transacción entre sus opuestos pareceres. Al servir el café, doña Catalina pidió perdón por la pobreza y rustiquez de la comida, añadiendo que para otra vez tendrían pan bueno, hecho en casa, y menos desigualdades en vajilla y servicio de mesa.