Halma

Part 14

Chapter 143,911 wordsPublic domain

Mientras las mujeres comían, salieron los hombres al patio, llevando cada uno su silla, y allí platicaron formando dos grupos. Don Remigio y Amador charlaban de los asuntos de Colmenar Viejo, de lo mal mirado que en la cabeza del partido estaba el cura titular, y de los esfuerzos que hacían los caciques para hacerle saltar de allí... Naturalmente, se gestionaría para que ocupase la vacante el curita de San Agustín. A otra parte hablaban Urrea, don Ladislao y Nazarín, preguntando el primero al segundo si seguía cultivando la música en aquel retiro, a lo que contestó el afinador que no le hablaran a él de músicas ni danzas, pues se hallaba tan contento y gozoso en su nueva vida, que había tomado en aborrecimiento todo su pasado musical y cabrerizo. La mejor ópera no valía ya tres pitos para él, y aunque le aseguraran que había de componer una superior a todas las conocidas, no quería volver a Madrid. Salió Nazarín a la defensa de arte tan bello, y le propuso que siguiera cultivándolo allí, pues se compadecía muy bien la música con la vida campestre. Y añadió que él se permitiría aconsejar a la señora Condesa que trajese un órgano, para que don Ladislao compusiera tocatas campesinas y religiosas, y les deleitara a todos con aquel arte tan puro y que hondamente conmueve el alma.

Con estos y otros paliques, fue llegada la hora de la partida, y Urrea no cabía en sí de inquietud, por no haber podido hablar a solas con su prima, ni esta decirle que se quedara, como era su deseo. El temor de que contestase con una rotunda negativa a su propósito de permanecer en Pedralba, le sobresaltó de tal modo, que no tuvo ánimos para formularlo. Tristeza infinita cayó sobre su alma cuando Halma le dijo en tono de maestro:

--Ahora, José Antonio, te vas por donde has venido, y sin mi permiso no vuelvas acá, ni abandones las ocupaciones a que deberás una independencia honrada.

Con tal autoridad pronunció estas palabras, que el calavera arrepentido no tuvo aliento para contradecirlas y exponer su deseo. Sentíase tan inferior, tan niño, ante la que le gobernaba en sus sentimientos y en su conducta, que no pudo ni pedirle menos severidad, ni explicarse con ella sobre la pesadísima y cruel condena que le imponía. Verdad que estaban delante Nazarín y los forasteros, y no era cosa de hacer ante ellos el colegial mimoso. Faltaban tan solo minutos para la partida, cuando la Condesa dijo al curita de San Agustín:

--Señor don Remigio, si usted no se opone a ello, se quedará en el castillo el amigo don Nazario, porque si es bueno para la salud el ejercicio del entendimiento, no lo es menos el corporal, y conviene que alternen. Ya concluirá más adelante esa gran recopilación de los Discursos de la Paciencia.

--Lo que usted disponga, señora mía, es ley --replicó don Remigio, ya con el pie en el estribo--. Si nuestro buen Nazarín prefiere quedarse, quédese en buen hora... Que lo diga él.

Con semblante confuso, y casi casi con lágrimas en los ojos, el peregrino respondió:

--Yo no determino nada.

--¿Pero usted qué prefiere?

--Pues, la verdad, estimando mucho la hospitalidad del señor cura, y ofreciéndole ponerme a su disposición para terminar aquellos apuntes y cuanto guste mandarme, hoy me quedaría, pues la señora Condesa así lo desea.

--Es que... verá usted, don Remigio, como tenemos tanta obra en casa, necesito que me ayuden mis buenos amigos. Hay que estar en todo, y cuantos viven aquí han de arrimar el hombro a las dificultades. Mañana pienso probar el horno de pan, y deshacerlo si no nos resulta bien. Conque...

--Que se quede, que se quede. Usted es aquí la santa madre, usted manda, y los hijos... a obedecer calladitos. Señor de Urrea, ¿no monta usted?

Lívido y tembloroso, Urrea no acertaba ni a despedirse airosamente de su prima. Era una máquina, no un hombre. Su tristeza le cogía todo el ser como una parálisis, matándole la voluntad. Montó a caballo, y partió con el cura y con Amador, sin saber que existía en el mundo un pueblo llamado, por buen nombre, San Agustín.

VI

Mientras Amador fue en compañía de los dos viajeros, menos mal. Don Remigio charlaba con él de montura a montura, dejando al otro en la libre soledad de sus pensamientos. Pero el bravo paleto se despidió en los Molinos (encrucijada de donde partía el sendero que a sus casas de la Alberca conducía), y ya solos el cura y el primo de la Condesa, desencadenó aquel sobre este todo el torrente de su locuacidad. Difícilmente, apurando sus donaires, logró sacarle del cuerpo alguna que otra palabra, y conociendo al fin que el motivo de su tristeza no era otro que el pronto regreso a San Agustín, quiso consolarle con estas compasivas razones:

--Créame, señor de Urrea, en Pedralba, a estas horas, estaría usted soberanamente aburrido. ¿Sabe usted lo que hacen allá desde anochecido hasta que cenan? Pues rezar, rezar, y rezar que se las pelan, y usted, hombre de piedad muy problemática, cortesano al fin, chapado a la modernísima, huirá del santo rezo como los gatos del agua fría. ¡Si entiendo yo a mi gente... ah!... Verdad que también en San Agustín, en cuanto lleguemos, rezaré yo el rosario con Valeriana y algunas vecinas. Pero usted se puede ir con Láinez al casino, y cenar con él, y volver a mi modesta casa, a la suya, digo, a la hora que le acomode. En Pedralba, con el último bocado de la cena en la boca, se acuestan todos a dormir como unos santos. ¡Bonita noche iba usted a pasar allá! No, señor madrileño, con sus puntas de calavera, y sus ribetes de escéptico materialista, no está usted forjado en estas costumbres entre rústicas y monásticas. ¡El campo! ¡Pues poco que le cansará el campo! Para usted, ponerle de noche en medio de estas soledades, será lo mismo que si a mí me meten de patitas en un salón de baile. ¿Qué haría yo? Salir bufando. _Suum cuique_, señor de Urrea. Conque, no le pese venir conmigo. En el casino, entiendo que hay billar, tresillo, y se habla de política... lo mismo que en Madrid.

No consiguió el buen curita consolarle, y el alma del calavera arrepentido se ennegrecía más conforme se acercaban a San Agustín. Llegados al pueblo, resistiose a ir al casino. Desde la sala oía el rezo del rosario en el comedor; durante la cena hizo desesperados esfuerzos por aparentar alegría, y se retiró a la alcoba, impregnada del olor de paja. Le dolía la cabeza.

Interminable y tormentosa fue para él la noche; levantose muy temprano, acompañó a la iglesia a su digno amigo y anfitrión, y mientras este se despojaba en la sacristía de las vestiduras sacerdotales, José Antonio puso en práctica la idea concebida entre dolorosas vacilaciones al amanecer, resolución que, una vez compenetrada en su voluntad, adquirió la fuerza de un acto instintivo. Como escolar castigado, que se escapa del colegio, tomó el caminito de Pedralba, a pie, y al perder de vista las casas de San Agustín, sintiose más aliviado de su mortal ansiedad, y con valor para arrostrar lo que por tan atrevido paso le sucediese. Las nueve serían cuando avistó el castillo, y antes de acercarse, exploró las tierras circunstantes, dudando si hacer su entrada por el camino derecho, o por algún atajo. Esto era pueril, y sus vacilaciones, al término del viaje, denunciaban al colegial prófugo. No viendo a nadie por aquellos contornos, anduvo un poco más, y su vista prodigiosa le permitió distinguir desde muy lejos, en una ladera del monte, dos bultos, dos personas. Con un poco más de aproximación pudo reconocer a Nazarín y don Ladislao, que estaban cortando leña, y allá se fue, rodeando un buen trecho, para que no le viera la gente del castillo. Hablar con Nazarín antes de presentarse a la Condesa, le pareció un trámite muy oportuno, tras del cual ya vio, con fácil optimismo, solución satisfactoria. Al llegar junto a los dos leñadores, Nazarín, que desde lejos le había visto venir, no manifestó sorpresa. Vestía el cura ropas de Cecilio, calzaba gruesos zapatones, y su cabeza descubierta recordaba más al procesado del hospital de Madrid que al sacerdote de la rectoral de San Agustín.

--¡Hola, don Nazario...! ¿trabajando, eh?... Aquí me tiene usted otra vez. Pues he venido... ¿Conque cortando leña?

--Sí señor... Este ejercicio al aire libre me agrada mucho. La señora Condesa está buena, gracias a Dios. Parece que ha venido usted a pie.

--Un paseíto. No estoy cansado.

--Pues no pudimos arreglar el horno: tienen, que venir los albañiles. La señora me mandó a paseo, quiero decir, a que me paseara, y aquí estoy ayudando al amigo don Ladislao.

--Bien, hombre, bien. Pues yo quería... hablar con usted, querido Nazarín --balbuceó Urrea, abordando el asunto--. Usted es un santo, digan lo que quieran, y me ayudará a obtener el perdón de Halma, por haber vuelto acá sin su permiso.

--La señora es muy indulgente.

--Pero mi falta es más grave de lo que parece, porque he venido con propósito firme de quedarme aquí, y no salgo ya de Pedralba si no me sacan descuartizado. Óigame.

--¡Hombre, hombre!... señor de Urrea --dijo Nazarín dejando a un lado el hacha, para consagrarse a oír con calma las confidencias del parásito corregido.

--Pues verá usted... Mi prima quiere tenerme en Madrid. Ya está usted al corriente. Yo era un perdido; ella, con su infinita bondad, maestra de la virtud y destructora del pecado, me transformó; hizo de mí otro hombre, hizo de mí un niño; me infundió el miedo del mal, el amor del bien. Yo no me conozco. La tengo por una madre, y la obedezco en cuanto mandarme quiera; pero no puedo obedecerla en una cosa... repito que soy un niño... no puedo obedecerla en la disposición tiránica de vivir en Madrid, porque lejos de ella me asaltan tentaciones, o llámense recuerdos, de mi anterior vida mala, y la corrección que tanto ella como yo deseamos, no se afirma, no puede afirmarse.

--¡Hombre, hombre...!

--Ayer vine con propósito de hablarle de este asunto y pedirle que me dejase aquí; pero no tuve valor para decírselo. ¡Tanta gente delante...! Convénzase usted de que soy un niño, y de que el antiguo desparpajo del calavera se ha convertido en una timidez invencible... Palabra que sí... Pues me dijo que me volviera a San Agustín, y me volví; el caballo me llevó como una maleta, y hoy, sin darme cuenta de ello, movido de una irresistible fuerza, me he venido a Pedralba, me han traído las piernas, que antes se me romperán en mil pedazos, que volver a llevarme a Madrid. Y yo le pregunto a usted: ¿Se enojará mi prima? ¿Se obstinará en que viva lejos de ella? Porque ha de saber usted que he cometido una falta gravísima, una falta en la cual parecen reverdecer mis mañas antiguas, mi mal corregida perversidad. Verá usted.

--¿A ver, a ver...?

--Pues Halma me arregló en Madrid una pequeña industria para que yo trabajase, y adquiriera, como ella dice, una honrada independencia. Mientras Halma permaneció en Madrid, muy bien: yo trabajaba, y empecé a ganar dinero... Pero se va ella, quiero decir, se viene acá, y adiós hombre, adiós propósitos de enmienda, adiós trabajo y formalidad. Me entró una murria espantosa; yo no vivía, yo no comía, yo no pegaba los ojos. Una mañana..., no sé si fue un demonio o un ángel quien me tentó. ¿Qué cree usted que hice? Pues en un santiamén vendí todos los trebejos, máquinas, utensilios, papel; realicé, liquidé, y me vine acá.

--Con propósito de no volver a la Villa y Corte. ¡Pobre señor de Urrea! Ignoro cómo tomará la señora este arranque. Yo, sin autoridad para juzgarlo, no lo veo con malos ojos.

--¡Porque usted es un santo! --exclamó Urrea con ardor, levantándose del suelo para abrazarle--. Porque usted es un santo, y el ser más hermoso y puro que hay sobre la tierra, después de mi prima; y el que diga que Nazarín está loco, ¡rayo! el que se atreva a decir delante de mí tal barbaridad...!

--¡Eh... Señor de Urrea, calma, pues creeremos que el loco es usted...!

--Para concluir, señor Nazarín de mi alma, si usted intercede por mí, lo primero que debe decirle, después de darle cuenta de mi última calaverada, el traspaso de los trebejos, es que yo quiero que me admita aquí como a uno de tantos. Quiero ser un pobre recogido, un infeliz hospiciano. ¿Que se necesita hacer vida religiosa?... pues seré tan religioso como el primero. ¿Que se necesita trabajar en estos oficios rudos del campo? pues José Antonio será el más activo y el más obediente obrero que ella pueda suponer. Pónganme en el último lugar; aposéntenme en la cuadra que no se crea bastante cómoda para las caballerías; rebájenme todo lo que quieran. ¿Qué piden? ¿Humildad, paciencia, anulación? Pues aquí, bajo su gobierno, sintiendo su autoridad materna y su divina protección, yo seré humilde, sufrido y no tendré voluntad. ¿Que habrá que rezar largas horas? Yo rezaré cuanto ella y usted me enseñen. Las faenas rudas no solo no me asustan, sino que las deseo, y pienso que han de serme tan útiles para el cuerpo como para el alma... Y diciéndole usted todo esto, señor Nazarín, como usted puede y sabe decirlo, yo creo que... ¡Ah! se me olvidaba una cosa muy importante...

Diciendo esto, echó mano al bolsillo y sacó una carterita.

--Aquí está lo que obtuve de la venta de todo aquel material, y del traspaso de mi negocio. Déselo usted; no vaya a creer que me lo he gastado de mala manera en Madrid.

--No, mejor es que lo guarde para entregárselo usted mismo.

--Pues en broma, en broma, son la friolera de nueve mil y pico de pesetas, con las cuales _podríamos_ hacer aquí algo de lo que ayer indicaba don Pascual Amador.

Dijo el _podríamos_ con acento de ingenua oficiosidad, que hizo sonreír a Nazarín.

--No sé --replicó este, incorporándose en el suelo--. Tenga usted presente, que al instalarse aquí la señora con nosotros, sus pobres amigos en Dios, sus hijos más bien, ha quebrantado toda relación con el mundo de allá, para emplear su vida en el servicio de Dios y en actos de caridad sublime. Podría considerar la señora que usted no es enfermo, ni pobre, ni necesitado, y que...

--Que me admitan en concepto de loco --dijo Urrea interrumpiéndole con viveza.

--¡Oh, no! para locos, bastante tienen conmigo --replicó don Nazario, con inflexión humorística, casi casi perceptible.

--Y como pobre, ¿quién lo es más que yo? Y como necesitado de corrección, de atmósfera moral... ¡Por Dios, queridísimo Nazarín, no me quite usted las esperanzas!

--Aquí no se entra sino con el corazón bien dispuesto para la piedad, amigo Urrea, y si la señora dejó en las calles de Madrid, como ella dice, su corona y todos los demás signos del orgullo social, nosotros debemos arrojar en la puerta de Pedralba las pasiones, los deseos desordenados, todo ese fárrago que entorpece la vida del espíritu. Son aquí precisas de todo punto la obediencia a nuestra madre doña Catalina, y un acatamiento incondicional a sus designios.

--Nadie me ganará --afirmó Urrea con emoción--, en venerar y adorar a mi prima, mirándola como lo que Dios nos permite ver de su presencia en esta tierra miserable. Que me admita, y ninguno, ni usted mismo, me aventajará en sumisión, ni en considerar a nuestra maestra y señora como una madre. Si quiere someterme a una prueba de acatamiento, que no me hable, que no me mire, que me dé sus órdenes por conducto de usted o de otro cualquiera, y yo viviré calmado y satisfecho solo con sentirme cerca de ella, bajo su dulce despotismo. Admirándola, aprenderé el amor de Dios; y su perfección, relativa como humana, me dará el sentimiento de la absoluta perfección divina. Ella será mi iniciación de fe; por ella seré religioso, yo que he sido un descreído y un disipado, y ahora no soy nada, no soy nadie, hombre deshecho, como un edificio al cual se desmontan todas las piedras para volverlas a montar y hacerlo nuevo.

--Bien, señor, bien --indicó Nazarín, impresionado vivamente por esta declaración, y sintiendo una gran simpatía hacia Urrea--. Ya se acerca la hora de comer. Bajaré, y hablaré a la señora. Y otra cosa: ¿usted no come?

--¿Yo qué he de comer? Mientras usted no le hable, yo no bajo al castillo. Cuando vuelva, don Nazario, tráigame un pedazo de pan.

--Espéreme aquí.

--Y acabaré de partirle aquellos troncos; así voy aprendiendo a aprovechar el tiempo --afirmó Urrea desembarazándose de la americana y cogiendo el hacha.

--Como usted quiera. Adiós. Ladislao, ya es hora: vamos.

VII

Con infantil ardor, alentado por las esperanzas que la mediación de Nazarín le infundía, el parásito la emprendió con los troncos; pero al cuarto de hora de estrenarse en el oficio de leñador, tuvo que moderar sus bríos, porque se sofocaba y un sudor copioso brotaba de su frente. Luego volvió a la carga, conteniéndose en la medida de sus naturales fuerzas, y mientras más troncos partía, más vivo era el contento que inundaba su alma. ¡Ah, pues si le fuera permitido meterse de lleno en aquella vida! Aprendería mil cosas gratas, como arar, sembrar, escardar, cuidar aves y brutos, hacerse amigo de la tierra, súbdito del reino vegetal y campestre. Y no se le haría cuesta arriba en tal ambiente la vida religiosa, ascética, privándose de todo regalo y hasta de hablar con gente. No tendría más amigos que los animales, y esclavo del terruño, conservaría libre y gozoso el pensamiento para elevarlo a Dios a todas horas del día. En estas cavilaciones le cogió la vuelta de Nazarín, a eso de la una y media. Cuando le vio venir, con su reposado paso de siempre, sin anticipar con su mirada albricias ni desengaños, el corazón se le saltaba del pecho.

--La señora --manifestó el cura mendigo, cuando estuvo a tiro de palabra--, dice que baje usted a comer.

--Pero...

--Nada, que baje usted a comer. No me ha dicho nada más.

--¿Sigue usted aquí cortando leña?

--No, hoy es jueves, y toca explicar la Doctrina a los niños. Aquilina les ha dado la lección. Cuando la señora tenga organizada la escuela, todos alternaremos en la enseñanza.

--Hasta eso haría yo, si ella me lo mandara: domar chicos, y meterles en la cabeza el a, b, c. ¡Quién me lo había de decir...! En fin, voy. ¿Sabe usted que estoy temblando? ¿Y qué tal? ¿Se enfadó al saber...?

--Se mostró más compasiva que enojada.

--Eso ya es buen síntoma. Voy... ¿Y he de ir ahora mismo?

--Ahora mismo, pues le tienen preparada la comida.

--No tengo apetito... ¿Y de veras no dijo que soy una mala cabeza?... ¡Oh, qué bondad, qué santidad, Dios mío! ¡Ni siquiera recriminarme! ¿Cómo no adorarla lo mismo que al Dios que está en los altares? Nada, verá usted cómo me perdona, y me admite, y... El corazón me dice que sí. Procede como la Divinidad, la cual, según ustedes, concede todo lo que se le pide con fe y compunción. Yo tengo fe en ella, querido Nazarín, y derramo lágrimas del alma solo por sentirme bajo su divino amparo. Vamos allá, que seguramente usted, que es también santo, habrá intercedido gallardamente por este infeliz. Lo dicho, dicho: el que se atreva a sostener que Nazarín está loco, se verá con José Antonio de Urrea. No lo tolero... mi palabra que no...

--Sea usted juicioso, amigo mío.

--¡Locura la piedad suprema, locura la pasión del bien ajeno, locura el amor a los desvalidos! No, no... Yo sostengo que no, y lo sostendré delante del cura y del juez y del Obispo y del Papa, y del mundo entero.

--No alborotarse, y vaya comprendiendo que en Pedralba no se disputa, ni se sostienen opiniones más que por quien puede y debe hacerlo. Los demás, a obedecer y callar. ¿Usted qué sabe si yo soy loco o soy cuerdo?

--¿Pues no he de saberlo?

--Ea, basta... Vamos pronto, que la señora nos aguarda.

Bajaron, y cuando Urrea entró en la casa y en el comedor más muerto que vivo, lo primero que le dijo su prima, poniéndole la comida en la mesa, fue:

--Pero, hijo, estarás desfallecido. ¿Por qué no bajaste a comer con Nazarín y don Ladislao?

Echose Urrea de rodillas a sus pies, diciendo con trémula voz que él no probaría bocado mientras no recibiera el perdón que humildemente solicitaba.

--Eres un niño --le dijo Halma--. Come, y después hablaremos... Pero como eres un niño grande, y con resabios mañosos, hay que sentarte un poquito la mano. Come con calma, pobrecito... ¿Tú quieres hierro? Pues hierro. Yo no contaba contigo para esta vida, porque nunca creí que la resistieras. Se hará la prueba con todo el rigor que exige tu pasado y las malas costumbres que todavía conservas.

Comiendo y suspirando, por momentos risueño, por momentos conmovido hasta derramar lágrimas, José Antonio le dijo que por grande que fuera el rigor de la prueba, no lo sería tanto como su energía y tesón para resistirla, y que a todo se hallaba dispuesto con tal de vivir bajo la santa autoridad de Halma. No le arredraban las cuestas por agrias que fuesen. ¿Cuesta religiosa? pues a ella. ¿Cuesta de trabajos rudos, como de presidiario? pues a ella.

Como llegara don Pascual Amador, se habló de otros asuntos. Iba el paleto hidalgo a llevar a la señora unos documentos de la Alcaldía de Colmenar para que los firmara, y se despidió después de tomar un vasito de vino.

--Don Pascual --le dijo Halma, entregándole la cartera que poco antes le había dado su primo--. Hágame el favor de guardarme eso. Son...

--Nueve mil seiscientas cincuenta --apuntó Urrea.

--No lo necesitaré --añadió la Condesa--, hasta que emprenda la roturación del prado grande. Porque me decido, señor don Pascual, me decido. Hay que sacar del suelo de Dios todo lo que se pueda. La huerta la empezaremos el lunes, rompiendo la tierra con los brazos que aquí tengo. Mire usted, mire usted que obrerito se me ha entrado por las puertas...

Celebró mucho Amador los nuevos propósitos de la señora, que concordaban con sus ideas del fomento de Pedralba, y partió a vigilar a los jornaleros que tenía en la Alberca.

--Para hacer boca --dijo Catalina al neófito--, me vais a desescombrar, entre tú y los sobrinos de Cecilio, las ruinas estas, hasta descubrirme el suelo.

--Ahora mismo.

--Ten calma. Esta tarde vas al cuarto bajo de la torre, donde provisionalmente tenemos la escuela, y oirás la explicación de la Doctrina Cristiana... Como has estado cortando leña, esta noche tendrás unas agujetas horribles. Descansas, y mañana, a lo que te he dicho, como preparativo para faenas más penosas.

--Para mí no hay nada difícil estando aquí.

--Vivirás en la otra casa, con Cecilio. Esta noche arreglarás tu cama en el pajar, como Dios te dé a entender. ¿No has dormido tú nunca sobre un montón de paja? Yo sí, allá muy lejos de España... y en aquellos días de abandono y miseria, me pareció el colmo de la incomodidad y de la humillación. Hoy me sería indiferente.

--Me instalaré muy gustoso en el pajar.