Part 15
--Esta noche, en la nota de los encargos que ha de traer de Colmenar el tío Valentín, pondremos: un chaquetón de paño pardo para ti, unos zapatos gruesos, de lo más grueso que haya, una faja, una montera... Verás qué elegante estás. Como en tu domicilio no hay espejo, podrás mirarte en el charco de la fuente. Y cuando venga la pareja de bueyes, aprenderás a uncirlos, a manejarlos. ¿Sabes tú lo que es un arado, y el peso que tiene? Pues ya te irás enterando. Comerás con nosotros, pues aquí no debe haber más que una mesa para todos los habitantes de la ínsula. Día llegará en que Cecilio y su gente, y el tío Valentín, comamos reunidos. Mañana, si las agujetas no te estorban mucho, después que hayas tomado el tiento a las piedras de las ruinas, vuelves a partir un poquito de leña... No quiero que estés ocioso ni un momento. La prueba tiene que ser seria, para que yo pueda formar de ti un juicio seguro, y te considere capaz o incapaz de compartir nuestra vida. Pues aguárdate, que luego vendrán los ejercicios religiosos, el madrugar con el alba, las mortificaciones, la asistencia de enfermos... ¡Ah! todavía no te has hecho cargo de la gravedad de lo que deseas y pides. Tú, hombre de salones, hombre sin principios, inteligencia demasiado sensible a la actualidad, a lo nuevo y reciente, te has dejado influir por esas rachas de ideas que vienen del extranjero, lo mismo que las modas del vestir, del comer y del andar en coche. Te cogió la ventolera religiosa, que suele soplar de vez en cuando, lanzada por las tempestades que recorren furiosas el mundo, y ya tenemos a Urreíta delirando por lo espiritual, como deliraría por un autor nuevo, o por la última forma de sombreros o trajes. Y te vienes acá con una piedad de _aficionado_, que no es lo que yo quiero, ni nos hace falta ninguna.
--No es eso, no es eso --replicó José Antonio con acento persuasivo--. Yo quiero creer, yo anhelo parecerme a ti, conservando la distancia entre mi monstruosa imperfección y tu...
--Basta: no me gusta la palabrería lisonjera.
--Mi aspiración es volver a empezar, más claro, volver a nacer. Me he muerto; resucito hijo tuyo, y esclavo tuyo. Encárgame de los oficios más bajos y humillantes, y en cosas de religión lo más difícil. ¿Asistir enfermos has dicho? Nazarín me enseñará.
--En eso y en otras muchas cosas, buen maestro tuyo y mío puede ser.
En esto pasó Nazarín por delante de la ventana del comedor, cambiadas ya las ropas de leñador por las de cura. Iba al ejercicio de Doctrina, y ya los rumores de algazara infantil anunciaban que la familia menuda se reunía en la sala provisionalmente destinada a escuela.
--Allá voy yo también --dijo Urrea viéndole pasar--. Quiero ser como los pequeñitos. Verdaderamente, ese hombre me parece divino, y por él, por la influencia que sin duda tiene en ti, he conseguido tu perdón. ¿Qué te dijo, qué razones alegó en mi favor?
--No hizo más que contarme lo que habías hecho.
--¿Y tú...?
--Le pedí su parecer sobre la resolución que debía tomar contigo.
--¿Y él...?
--Me dijo que debía admitirte.
--¡Prima mía --exclamó Urrea con exaltación, braceando por alto--, al que me diga que ese hombre está loco, le mato!... ¡ah, no!
Llevose la mano a la boca como para contener la palabra, y volver a meterla para adentro.
--No, no le mato, dispensa. Pero le... Tampoco... Lo que haré será decir y proclamar, contra la opinión de todo el mundo, que no es demente, que no puede serlo, que el mayor de los contrasentidos sería que lo fuese... Y tú crees lo mismo, Halma, no me lo niegues: tú crees lo mismo.
--¿Tú qué sabes?... Silencio, y a la Doctrina.
--Voy.
QUINTA PARTE
I
Durante tres, cinco, diez, no sé cuántos días, corrieron los sucesos mansamente y como por carriles en el castillo de Pedralba, y sus campos y montes circunstantes, notándose en todo, cosas y personas, el impulso que les diera con firme mano la organizadora de aquella singular familia. Pero aún faltaba mucho para que la idea total de la noble señora se viera íntegramente realizada, porque las deficiencias de local no podían remediarse pronto, y en diversos detalles de organización surgían a cada instante obstáculos que solo la constancia y buena voluntad de todos vencerían al cabo. La roturación de la huerta dio mucho que hacer, por la dureza del terruño y por la dificultad de dotarla de aguas. Como no era fácil ni económico traerla de la fuente por un viaje de arcaduces, se abrió un pozo, en cuya excavación no fue preciso ahondar más que veintitantos pies para encontrar agua abundante. A las dos semanas de empezadas las obras, ya había varios bancales plantados de arvejas, alubias, coles y otras hortalizas de ordinario consumo. Provisionalmente se cercó la huerta con piedra y espinos. La pareja de bueyes no se hizo esperar, y a los tres días de aquellos trajines, ya sabía Urrea manejar a los pacientes animales, como si les hubiera tratado toda la vida. Pronto les tomó cariño, y no habría cambiado su compañía silenciosa por la de amigos de la especie humana, como tantos que había conocido en su primera vida.
Las faenas más rudas no abatían el ánimo del calavera arrepentido: el constante y metódico ejercicio corporal, si al principio le causaba fatiga, no tardó en fortalecerle. La idea de ser hombre nuevo se arraigaba tanto en su conciencia, que creyó haber criado nueva sangre, echado nuevos músculos, y hasta que le habían sacado todos los huesos viejos, para ponérselos flamantes. De su apetito no digamos: no recordaba haberlo tenido igual desde la infancia. Muchos días comía en el monte con el pastor, o con los sobrinos de Cecilio (de quienes se hablará después); y aquella pitanza frugal y sabrosa, que le llevaban en un pucherete Aquilina, Beatriz, o la misma Condesa, le sabía mejor que los más refinados manjares de las mesas cortesanas. Pues cuando improvisaban cena o almuerzo al aire libre, cocinando con escajos y palitroques, sobre un trébede, en la sartén del pastor, unas rústicas migas o cosa tal, el hombre gozaba lo indecible, y daba gracias a Dios por haberle llevado a la vida salvaje. ¡Y luego el sosiego del espíritu, la paz de la conciencia, la seguridad del mañana...! Nada podía compararse a semejantes bienes, nuevos para él. Todo cuanto del mundo conocía, de un orden distinto radicalmente, parecíale una pesada broma del destino. Porque la vida de ciudad, durante los años que a veces sin razón se llaman floridos, de los veinte a los treinta, ¿qué había sido más que suplicio sin término, humillación, ansiedad, y cuanto malo existe? ¡Bendito salvajismo, bendita barbarie, que le permitía lo más elemental, vivir!
Los Borregos, que así nombraban a los dos sobrinos de Cecilio, trabajadores a jornal en la finca, fueron los primeros compañeros de vivienda del improvisado salvaje, y no tardaron en ser sus amigos, maestros también en todo aquel rústico manejo. Más bárbaros no los había criado Dios; pero tampoco más sencillotes ni de corazón más noble y sano. Al principio, la epidermis moral de Urrea se lastimaba un poco al rozarse con la corteza dura de aquellos infelices; pero no tardó en criar callo, y si él al contacto se endurecía, los otros indudablemente se suavizaban. Por las noches, al tumbarse sobre la paja rendidos, en el breve rato que al sueño precedía, charlaban los tres, explicándose cada cual según sus luces, y allí vierais confundida la barbarie y la cultura, el fácil discurso y la jerga torpe, la inteligencia y la superstición. El Borrego mayor, chicarrón de veintidós años, despuntaba por su guapeza descocada y algo insolente; no solo se conceptuaba hombre capaz de medirse en buena lid con el más pintado, sino que en lo tocante al oficio de labrador no daba su brazo a torcer ni a los más peritos. Todo se lo sabía; jactábase de conocer los secretos de la tierra y de la atmósfera. Planta que él hincara en el suelo, de fijo arraigaba y crecía como ninguna. Había inventado sin fin de reglas de fisiología vegetal, de las cuales ni una sola fallaba, según él, en la práctica. Sobre la fecundación, sobre las épocas de siembra y trasplante, y la influencia misteriosa de las fases de la luna en la vida de las plantas, contradecía con el mayor descaro el criterio de los labradores viejos, defendiendo el suyo con arrogante terquedad. A Urrea le encantaba este carácter inflexible, tenaz, basado en un furibundo amor propio. Y más de una vez se preguntó: «En otra esfera, con otra educación, Bartolomé, ¿qué sería?» El segundo Borrego era lo contrario de su hermano, humilde, de voluntad perezosa, que fácilmente se amoldaba a la voluntad ajena, corto de palabras, algo melancólico, curioso y preguntón. Gustaba de que le contaran guerras, aventuras y sucesos extraordinarios, y se enloquecía con las estampas, toda suerte de muñecos pintados, aunque fueran los de las cajas de cerillas, que le parecían tan hermosos como a nosotros los cuadros de Rafael y Velázquez. Y Urrea se decía: «Isidrico en otra esfera y educado como los muchachos finos, ¿qué sería?»
Con estas reflexiones estudiaba José Antonio la Humanidad, al paso que obtenía de la observación de la Naturaleza útiles enseñanzas. En su anterior vida, no se había fijado en multitud de fenómenos que le causaban maravilla. Hasta el cielo estrellado, en noches claras y sin nubes, atraía su atención como cosa nueva y desconocida. Lo había visto, sí, infinitas veces; pero nunca lo había visto tan bien, ni recreádose tanto en su hermosura. Con esto, nuevas ideas iban sustituyendo a las antiguas, que al modo de hoja seca se caían y eran arrebatadas por el viento. Y todo el nuevo retoño cerebral venía fuerte, anunciando una foliación y florescencia vigorosas. Él no cesaba de repetirlo: era como nacer dos veces, la segunda por milagro de Dios, en edad de hombre, conservando el recuerdo de la primera encarnación para poder comparar, y apreciar mejor las ventajas de la segunda.
Pocas veces tenían ocasión de hablarse Halma y su primo en aquellos comienzos de la vida rústica, porque él trabajaba lejos de la casa. Por la noche, después del rosario, o si cenaban en comunidad, la señora le exhortaba en pocas palabras a seguir en aquel ordenado comportamiento. Esto y los saludos de ritual, cuando por acaso se encontraban en el campo, eran su única relación de palabra. Pero en espíritu, Urrea no la separaba de sí: noche y día pensaba en ella, o se la imaginaba, transfigurándola a su antojo. Nada más grato para él que apreciar en los actos y expresiones de sus compañeros el gran respeto que la señora les inspiraba. Y de tal modo en él mismo se había fortalecido aquel respeto, que cuando la veía venir, se turbaba como un chiquillo vergonzoso. Y por mucho que se estimara en su nuevo estado de conciencia, cada día sentía crecer la distancia entre ambos, porque si él se elevaba, ella subía desaforadamente.
No eran pasados quince días de aprendizaje, cuando el novicio recibió por Nazarín órdenes de trasladar su residencia. El buen clérigo peregrino había estado tres días en San Agustín, acabando de extractar el divino libro de la Paciencia, con empleo casi sublime de la suya, y de vuelta a Pedralba, hizo limpieza, sin auxilio de nadie, de los dos aposentos de la torre. Allá se estuvo toda una mañana, blanqueando las paredes, lavando los pisos de baldosín, y extrayendo como podía cuanta mugre había en los rincones.
--Aquí estarás mejor que allá --dijo a Urrea por la noche, dándole posesión de su nuevo domicilio, y mostrándole cama limpia y bien mullida, y los muebles de madera relucientes--. Esto, querido Urrea, lo hago por ti, que estás acostumbrado a la primera de las comodidades, que es el aseo. Aquí la señora nos enseña a ser nuestros propios criados, y yo te doy el ejemplo...
--¡Vaya un ejemplo! Me lo da usted contrario, haciéndose mi sirviente.
--No, bobito. Lo que yo hago esta semana, lo harás tú la próxima.
Nazarín le tuteaba desde los primeros días, porque era en él añeja costumbre. Poco fuerte en tratamientos, no abandonaba la forma familiar más que ante personas de muchísimo respeto, como la Condesa, don Remigio y otros tales.
--Bueno --dijo el neófito--, yo no veo aquí más que una cama. ¿Acaso tiene usted la suya en ese mechinal de al lado, junto a la escalera de piedra?
--Eso que llamas mechinal es un aposento precioso. Pasa y examínalo. Tiene el suficiente espacio para mi lecho, que es esta tarima forradita en una manta... ¿ves? ¡Qué lujo, qué gala!... y como yo, aquí, no he de dar bailes, no necesito más cabida. ¿Ves? echadito en mi tabla, con la cabeza toco en la pared de acá, y aún me falta una tercia para tocar con los pies en la de enfrente. ¡Y si vieras qué abrigado es esto! Lo que tiene es que en obscuridad compite con la boca de un lobo; pero como yo no estoy aquí durante el día, y de noche puedo encender luz, si quiero, me acomodo tan ricamente. En peores alcobas y camas he dormido yo mucho tiempo.
--Ya lo sé. Por eso está usted como está, y le tienen por hombre sin seso. En fin, si ha de haber penitencias y privaciones, dénmelas a mí, y verán qué pronto las acepto.
--¡Penitencias, privaciones! Dios te las irá mandando cuando menos lo pienses. Por el pronto, ¿no dices que te gustaba la holgada libertad del pajar? Pues fastídiate. Ya no vuelves allá. ¡Aquí, en la torre, preso! aguantando mis sermones, si se me ocurre endilgarte alguno, rezando conmigo, sí señor, todo lo que a mí me dé la gana.
--A eso estamos, padre Nazarín; pero en esta casa de la igualdad, debemos alternar en las comodidades, digo, en las mortificaciones. Una noche duermo yo en la cama y usted en la tarima, y a la noche siguiente, cambiamos.
--Eso lo veremos. No hay tanta igualdad como crees, ni debe haberla. Por de pronto, yo estoy por encima de ti en edad, saber y gobierno, y si te mando dormir en cama blanda, tendrás que fastidiarte.
Al volver de cenar en el castillo, y antes de recogerse, charlaron otro poco.
--Pepe --le dijo Nazarín, sentándose en su tarima--, ¿sabes una cosa? Después de cenar, mientras saliste a fumar tu cigarrito, la señora me encargó que te advirtiese...
--¿Qué?
--Nada, no te asustes... ¡Si creerás que es algo de cuidado!... Y si lo es, hijo, yo no lo sé... Pues que te advirtiera que si mañana, o pasado, vamos, don Remigio y el señor de Amador te dicen alguna cosa desagradable, algo que te lastime, procures no incomodarte. Tú no has aprendido aún a sofocar la cólera, y en eso has de poner mucho cuidado, José Antonio, porque la cólera es pecado muy feo. Ya sabes que cuantos vivimos aquí hemos de ser sufridos, mansos y afrontar con semblante sereno la ofensa, el ultraje mismo. Esto tienes que aprenderlo, Pepe, y probar tu paciencia en la práctica, en la realidad. Si no, estás de más en Pedralba.
--¿Pero qué es eso que me van a decir el cura y Amador? ¡voto al hijo de la Chápira! --gritó Urrea, disparándose.
--Temprano empiezas --dijo Nazarín acercándose al lecho en que el otro acababa de tumbarse--. ¡Pero, hombre, te estoy amonestando...!
--¡A mí!... ¡decirme a mí!... ¿Pero qué?
--¿Lo sé yo acaso, hijo de mi alma?
--¡Oh! usted lo sabe, padre Nazarín, y si no, lo adivina, porque usted lee en el pensamiento de las personas, y penetra las más recónditas intenciones.
--Que no sé, te digo... Cumplo mi encargo, y me callo. La señora me manda advertirte que, oigas lo que oyeres, no te enfurezcas, ni siquiera muestres enfado. Ella lo manda, Pepe.
--Pues si ella lo manda, antes me vea muerto que desobediente... Pero no sé, querido Nazarín, no sé lo que me pasa. Con lo que usted me ha dicho..., siento que mi ser antiguo rebulle y patalea, como si quisiera... ¡Ay! no se vuelve a nacer, ¿verdad? No muere uno para seguir viviendo en otra forma y ser. Un hombre no puede ser... otro hombre.
--Indudablemente... uno no puede ser otro --dijo el apóstol sonriendo benévolamente--. No canses tu cerebro con sutilezas. Déjalo descansar en el sueño.
--No podré dormir.
--Rezaremos. Te contaré cuentos. Te arrullaré como a los niños.
--Ni aun así dormiré... Mi tristeza, no sé qué punzante inquietud me desvela.
--Yo no quiero que estés triste, Pepe. Imítame a mí, que siempre vivo en una alegría templada.
--¡Oh, si pudiera...! Y no solo la tristeza. Paréceme que tengo fiebre. Yo voy a caer malo.
--Si caes malo --replicó el curita manchego, clavando en él una mirada penetrante--, yo te cuidaré... y te salvaré de la muerte.
--¡La muerte...! --exclamó Urrea con abatimiento, cerrando los ojos--. ¿Para qué defenderse de ella, cuando es la mejor, la única solución?
--No te cuides tú de tu muerte. Dios se cuidará de eso. Ahora, hijo mío, a dormir.
--A dormir, sí... ¿Usted lo manda?
--Lo deseo...
Callaron, y poco después Urrea dormía, teniendo por guardián vigilante a Nazarín, el cual, sentado junto al lecho, rezaba entre dientes.
II
Al día siguiente, hallándose el salvaje en la huerta, sintió el trote de un caballo. Creyendo que se aproximaba don Remigio, miró con sobresalto. Pero no; era Láinez, el médico de San Agustín, que iba dos veces por semana a Pedralba, a celebrar consulta para todos los pobres circunvecinos. Habíale ajustado la señora para este servicio, temporalmente, mientras se arreglaba la instalación de un médico fijo en la casa, para visitar y asistir a los enfermos de todo el término. Se conocían los días de Láinez en que desde el amanecer asomaban por aquellos vericuetos innumerables personas de cara hipocrática, lisiados y cojos, unos con los ojos vendados, otros con la mano en cabestrillo, este llevado en un carro, aquel arrastrándose como podía. La consulta duraba toda la mañana, y por la tarde visitaba el doctor, por encargo expreso de la Condesa, a los enfermos que vivían más próximos.
Saludó Urrea cortésmente al médico cuando a su lado pasó, y estuvo por preguntarle: «¿Tiene usted que decirme algo por encargo de don Remigio?» Pero como Láinez no hizo más que contestar fríamente al saludo, volvió el joven a su trabajo, silencioso y triste: «Vamos a platicar un poquito con la tierra» --se decía, moviendo con fuerte brazo la pala o el azadón. Y era verdad que hablaban tierra y hombre, él contándole sus penas, ella diciéndole algo de sus misterios impenetrables. Pero como la tierra es tan discreta, que no revela nada de lo que con ella hablan ni los muertos ni los vivos, ignoro lo que se comunicaron hombre y tierra.
Por la tarde, salieron juntos Láinez y Amador. Urrea les miró alejarse, dejando a las caballerías andar al paso. «De fijo hablan de mí» --se dijo, mirándoles de lejos. Era una corazonada, un rasgo de adivinación de los que no fallan, por misteriosa connivencia de los fluidos que al parecer nos rodean. «Hablan de mí --volvió a decir José Antonio--, y hablan mal. Tan cierto es esto, como que me alumbra el sol.» Y tornó a contarle sus cuitas a la arcilla, teniendo por órgano a la pala, y al revolver los esponjados terrones, y verlos quebrarse al sol, oía de ellos vagorosas respuestas.
Amador y Láinez, alejándose despacito de Pedralba, hablaban del neófito lo que este no podía saber ni aun preguntándoselo al terruño.
--Pues verá usted --dijo el paleto hidalgo-- lo que pasó. El señor Marqués de Feramor me mandó a decir con Alonso que si iba por Madrid, no dejase de pasar a verle. Fui el lunes, como usted sabe, y don Paquito me contó lo escandalizada que está toda la grandeza por haberse colado aquí ese perdido de Urreíta. Allá creen que no viene más que a engañarla, y sacarle el poco dinero que tiene, figurándose religioso contrito, y embaucándola con santiguaciones, y farsas de vida labradora. Yo creo lo mismo, amigo Láinez, porque el tal está tan arrepentido como mi jaco; es hombre de historia sucia, y el primer trapisonda de Madrid. Aquí nosotros, los buenos amigos de mi señora la Condesa, los que estimamos y conocemos sus _inminentes_ virtudes, debemos abrirle los ojos, para que vea el dragón que se le ha metido en casa...
--De eso se trata, amigo Amador --dijo el médico, hombrecillo de figura mezquina, con un bigote atusado y gris, que parecía pegado con goma, ojos mortecinos, cara rugosa, cabeza deforme y con poco pelo en el occipucio--. Don Remigio ha recibido cartas de su tío don Modesto Díaz, y de ello resulta que el tal Urrea es un histrión...
--¿Un qué...?
--Un histrión, que es lo mismo que decir un cómico. Finge sentimientos, estados peculiares del ánimo, hace sus comedias con labia y mímica perfectas, y ahí le tiene usted dando la castaña al lucero del alba... Pues sí señor. No me gustó ese sujeto, la primera vez que le eché la vista encima, y ha seguido... no gustándome. Es uno un poco lince, y ha visto muchas monstruosidades de la materia y del espíritu... Pues verá usted. Hablamos de esto don Remigio y yo... Naturalmente, Remigio es el más abonado para...
--Para llevar el gato al agua.
--Y llamar la atención de la Condesa sobre el culebrón a que ha dado abrigo en su seno --dijo Láinez, quedando muy satisfecho de la figura--. Anteayer, Remigio soltó las primeras puntadas; pero la señora, según él cuenta, le oyó con disgusto, y tuvo la generosidad, ¡parece increíble! de asegurar que su primo es un hombre de bien.
--¿Sí?... pues no se libra de un sablazo gordo, o de otra cosa peor... porque ese no es de los que se van sin algo entre las uñas.
--Para mí ha venido con un fin interesado --dijo el doctor mirando fijamente al otro caballero--, y si me apuran, añadiré que con un fin siniestro...
--¡Hombre, tanto no!
--Se verá... Al tiempo.
Llegados al sitio de separación, se detuvieron para concertar el día y hora en que debían reunirse con don Remigio para convenir en la forma y manera de ilustrar mancomunadamente a la señora de Pedralba sobre punto tan delicado. Puestos de acuerdo, cada cual siguió su camino.
Y dos días después, hallándose Urrea en el monte, vio venir tres hombres a caballo por el sendero de San Agustín. A pesar de la distancia enorme a la cual se detuvieron, su vista prodigiosa les conoció al instante, y el corazón le dio un tremendo vuelco. Con furia insana descargó tremendos golpes sobre el tronco del árbol que partiendo estaba, y el leño, en el gemido que parecía exhalar al recibir el hachazo, le decía: «Hablan de ti, y hablan mal.»
Urrea les miraba, suspendiendo a ratos su tarea para volver a ella con terrible ímpetu muscular, y le decía al tronco: «En tu lugar quisiera coger a los tres.» Observó que cerca de la finca, los jinetes se detenían, cual si tuvieran algo importante que discutir y concertar antes de meterse en Pedralba.
Don Remigio, alzándose nervioso sobre los estribos, y tan poseído de su asunto como si en el púlpito estuviera, les dirigió esta retahíla, que más bien arenga o sermón debía llamarse:
--Señores y amigos, la cosa es grave, y es nuestro deber acudir prontamente al remedio, auxiliando con desinteresado consejo a la persona que tantos bienes ha traído a esta mísera tierra. Evitemos que las intenciones de la santa Condesa sean defraudadas por un libertino. Si yo le hubiera conocido, cuando por primera vez llegó a San Agustín, habríale cortado el paso de Pedralba... ¡Ah, conmigo no se juega! Pero yo estaba en la mayor inocencia respecto a ese caballerete, y le agasajé en mi modesta casa, y le traje aquí. En la misma inocencia candorosa vivían ustedes, mis buenos amigos, hasta que al fin, los tres, por noticias fidedignas, hemos caído a un tiempo de nuestros respectivos burros. Ahora bien...