Halma

Part 16

Chapter 164,104 wordsPublic domain

--Permítame un momento el señor cura --dijo Amador, acordándose de una idea que debía ser agregada a los autos--. Una palabra nada más: lo que tiene indignado al señor Marqués, a la familia, y a todos los títulos de Madrid, es que, habiéndole dado a doña Catalina su legítima sin merma ni descuento... Porque han de saber ustedes que parte de la tal legítima había sido consumida por la señora allá en tierras del Oriente. Pues bien: el señor Marqués, por darle gusto a don Manuel Flórez, que era un alma de Dios, no quiso descontar los suplidos, y entregó a su hermana el total de la herencia, o sean cuarenta mil y pico de duros, creyendo que iba a ser empleado en obras de la religión bendita... ¿Qué resultó? Que a los pocos días de entregarle el caudal, este pillo de Urrea le sacó un _óbolo_ de cinco mil duros... Lo que digo, la Condesa es un ángel, y como ángel no debiera andar suelto. Opino yo que a los ángeles...

--Ya sabíamos lo de los cinco mil duros --dijo don Remigio, anhelante de recobrar la palabra--. Lo que ustedes no saben es que poco antes de venir la señora a Pedralba, ese aventurero le proponía una contrata para traer acá las cenizas del Conde de Halma, encargándose él de todo por otros cinco mil pesos.

--Es un punto terrible --indicó Amador--. El Marqués dice, y tiene razón: «doy mis intereses para el cultivo de la fe y el fomento de la caridad, mas no para que un perdido se ría de Dios, de mi hermana y de mí».

--Muy bien dicho --prosiguió el cura, cogiendo la palabra con propósito de no soltarla más--. Pues yo, que por añeja costumbre dialéctica, me voy siempre derecho a las causas, y cuando veo un mal, busco el origen para atacarle en él, lo mismo que hace Láinez con las enfermedades, en este caso, advirtiendo que corren sucias las aguas, me voy al manantial, y... en efecto, allí veo... En fin, señores, que todo lo malo que advertimos en Pedralba, proviene de los vicios de origen, de la defectuosa fundación. La idea de la señora Condesa es hermosa, pero no ha sabido implantarla. La primera deficiencia que noto aquí es que no hay cabeza. Y esto no puede ser. Para que la institución marche, y se realice el santo propósito de la Condesa, es preciso que al frente del establecimiento haya un director, y para que tenga mucha autoridad, conviene que el tal director sea un eclesiástico. Declaro que no tendría yo inconveniente en desempeñar la plaza, a pesar del mucho trabajo y responsabilidad que puede traer consigo. Procuraría dar ejecución práctica y visible a las ideas, a los elevados sentimientos de caridad de la santa señora, y, modestia a un lado, creo que no me sería difícil conseguirlo... Redactaría constituciones, en las cuales derechos y deberes estuvieran muy claritos. Marcaría la raya entre lo espiritual, _prima facies_, y lo temporal, que es lo secundario... Daría denominación al instituto, estableciendo un distintivo, el cual podría ser una cruz o varias cruces, de este o el otro color, que yo llevaría cosidas en mi manteo... y si no yo, quien quiera que aquí mandase con el nombre de Rector, Mampastor, o Guardián... Pero si es mi propósito convencer a nuestra amiga de la necesidad de una dirección, no está bien, ya lo comprenden ustedes, que yo a mí mismo me proponga para ese modesto cargo. Y no es ambición, conste que no es ambición: en último caso sería sacrificio, y de los grandes; pero a esas estamos. De modo que si la señora, por inspiración divina, admite mis razones, y me designa, no tendré más remedio que bajar la cabeza, con beneplácito del señor Obispo, y mientras Su Ilustrísima no creyera conveniente disponer de mi inutilidad para una parroquia de Madrid.

Asintieron los otros dos con monosílabos. La cara de don Remigio echaba chispas.

III

--Pues si el señor cura me promete no enfadarse --dijo Láinez después de una pausa, en la cual se aseguró bien de sus ideas--, me permitiré manifestarle que si apruebo lo de la dirección, pues sin dirección, o llámese cabeza, no hay nada, no estoy de acuerdo con que el director sea sacerdote. Que haya un eclesiástico, o dos, o veinticinco, para lo pertinente al gobierno espiritual, muy santo y muy bueno. Pero, o yo no sé lo que me pesco, o la señora Condesa ha querido fundar un instituto higiénico, hablando más propiamente, un sanatorio médico-quirúrgico, con vistas a la religión.

--¡Hombre!

--Déjeme seguir: El socorro de la indigencia, el alivio del dolor humano, la asistencia de los enfermos, la custodia de los locos, la práctica, en fin, de las obras de misericordia, da una importancia desmedida al _elemento_ médico-quirúrgico-farmacéutico. Yo soy muy práctico, reconozco la importancia del _elemento_ sacerdotal en un organismo de esta clase; es más, creo que el tal _elemento_ es indispensable; pero la dirección, señores, opino, respetando el parecer del señor cura, opino, entiendo yo... que debe ser encomendada a la ciencia.

--¡Hombre, por Dios, no sea usted...!

--Permítame...

--No, si no es eso. Equivoca usted los términos...

--¡Vaya, hombre! Yo concedo...

--¡La ciencia! Medrados estaríamos...

--Yo concedo...

--Distingamos, señores...

Y un rato estuvieron los tres quitándose uno a otro la palabra de la boca, y tiroteándose con pedazos de expresiones.

--Yo concedo --dijo Láinez, consiguiendo al fin acabar una frase--, que la piedad, la fe sean el corazón de este organismo; pero la cabeza no puede ser más que la ciencia.

--¡Potras corvas! que alguna vez me ha de tocar a mí --gritó Amador furioso, viendo que don Remigio rompía nuevamente, y que no había manera de atajarle--. ¿Digo yo, o no digo mi parecer? Porque si ustedes se lo parlan todo, ¡caracoles! estoy aquí de más... Pues entro en el ajo como tercero en discordia, y digo que los señores _propinantes_ barren para dentro, cada cual mirando por su casa y oficio, este para la Iglesia, este para la Facultad. Pues yo digo que ni lo _juno_ ni lo _jotro_, ¡caracoles! y que la dirección debe ser administrativa, lo dicho, administrativa. Porque aquí lo primero es asegurar la olla para todos, y no se asegura la olla sino trabajando la tierra, y sabiendo después cómo se distribuye el fruto entre estas y las otras bocas. Bueno que tengamos el _elemento_ tal..., religión, bueno; el _elemento_ cual..., medicina, bueno. Pero para que estos puedan concordarse y vivir el uno enclavijado en el otro, se necesita del _elemento_ primero, que es el trabajo, el orden, la cuenta y razón, la labranza de la tierra, y esto no puede hacerlo la Iglesia ni la Facultad. ¡Ah! como ustedes no le saquen su fruto a la tierra, a fuerza de machacar en ella, ¿con qué potras van a sostener la institución? ¿de dónde van a salir estas misas? En Pedralba, lo primero es poner la finca en condiciones, pues... Hoy da cuatro; debe y puede dar cuarenta, y cuando los dé, vengan pobres, y vengan tullidos, y dementes, y tiñosos, y ciegos, para sanarlos a todos. Lo demás, es andarse por las ramas, y empezar las cosas por el fin. La dirección debe ser agrícola y administrativa, y aquí no hay más pontífice del campo que _este cura_, yo mismo, y para concluir, sepan que esos son los deseos del señor Marqués de Feramor, según carta que tengo aquí y que puedo enseñarles.

Callaron un rato el médico y el cura, como agobiados bajo la pesadumbre del último argumento presentado por Amador; pero el ingenioso don Remigio no tardó en recobrarse, y con nuevos y sutiles razonamientos, pegó la hebra en esta forma:

--¡Pero mi querido Amador, si el señor Marqués no es quien ha de decidirlo! No niego yo su respetabilidad, ni su autoridad, ni sus excelentes deseos; pero hay que desengañarse, el señor Marqués no toca pito, no puede tocarlo en un asunto que es de exclusiva competencia de su señora hermana.

--Hemos convenido, amigo don Remigio --dijo Amador--, en que la Condesa es un ángel...

--Un ángel del cielo...

--Los del cielo no sé; pero los de la tierra necesitan curador. Dejemos a la virtuosísima, a la celestial doña Catalina de Halma entregada solita a sus piedades, y a las blanduras de su corazón, y dentro de dos años tendrá la finca embargada.

--Se equivoca usted, Amador. La señora sabe cuidar de sus intereses.

--Pero la señora no labra las tierras, cree que con labrar el cielo basta, y el trigo y la cebada, ¡caracoles! y los garbanzos y las patatas, no veo yo que nazcan de nubes arriba.

--También arriba nacen, señor de Amador, y nuestro Padre celestial, que da ciento por uno, derrama sus dones sobre los que con fervor le adoran.

--Si yo no siembro, nada cogeré, por más que me pase el día y la noche engarzando rosarios y potras. Don Remigio, todo eso del misticismo eclesiástico y de la santísima fe católica, es cosa muy buena, pero hace falta trigo para vivir. Señores, pongámonos en el ajo de lo positivo. Coloquémonos _bajo el prisma_ de que el primero de los dogmas sagrados es la alimentación.

--¡Hombre!...

--La alimentación he dicho, ¡caracoles! Díganme: donde no hay manutención, ¿qué hay?

--No exageremos --replicó Láinez, que un gran trecho había permanecido silencioso--. Concediendo toda la importancia al _aspecto_ administrativo, yo creo que la dirección... no nos apartemos del tema, señores, creo que la dirección no debe ser agrícola ni administrativa. Esto no es una granja.

--Yo digo que sí, una granja hospitalaria y monacal.

--No es eso.

--Y aunque lo fuera --añadió el médico--, la dirección debe correr a cargo de la ciencia, que todo lo abarca, la ciencia, señores, que...

--¡Hombre, no nos dé usted más la tabarra con su cansada ciencia! Porque francamente, si en estas cosas, nos pone usted a la religión bajo la férula de una casquivana como la ciencia, la religión tendrá que inhibirse y decir: «allá vosotros».

--No señor, porque la ciencia...

--En resumen --chilló don Remigio, algo quemado--, que usted propondrá a la señora que le nombre jefe omnímodo de Pedralba, con poder sobre el director espiritual y sobre todo bicho viviente.

--¡Oh, no vengo yo aquí a trabajar _pro domo mea_! Pero si doña Catalina de Halma se digna tomar en consideración mi dictamen, y después de establecer la dirección científica, me hace el honor de designarme para ese puesto, no rehusaré, no señor, tendré a mucha gloria el desempeñarlo.

--Pero como la señora no aceptará tal desatino, mi querido Láinez... No se enfade, no quiero ofenderle...

--Paz, señores, paz --dijo Amador notando en Láinez temblores del bigotillo pegado, y en don Remigio una vertiginosa movilidad de los ojos, las gafas, la nariz y las manos--, y ya que no nos pongamos de acuerdo, no llevemos a la señora, en vez de consejo sano y prudente, un embrollo de mil demonios.

--Está en lo cierto el amigo Amador --manifestó don Remigio recobrando su habitual placidez--; la verdad es que hemos olvidado la cuestión concreta, en la cual estamos de acuerdo, para meternos en una cuestión constituyente, que nosotros no hemos de resolver; al menos hasta ahora la ilustre dama no nos ha consultado sobre la manera de organizar el Instituto Pedralbense. ¿Estamos conformes en que debemos aconsejarle la eliminación, no digo la expulsión, la eliminación del acogido don José Antonio de Urrea?

--Sí --contestaron los otros.

--Pues no hay más que hablar. Yo tomaré la palabra en nombre de los tres.

--Convenido.

--Y si en el curso de la conferencia, apunta el otro problema, el magno problema, lo trataremos, lo discutiremos, cada cual dirá su parecer, y allá la señora Condesa que resuelva. Es sensible que sobre el punto grave de la organización no le llevemos una idea unánime. Vean ustedes: ninguno de los tres es ambicioso, y no obstante, lo parecemos. Si cada cual expresara ante la fundadora de Pedralba sus opiniones en la forma que lo hemos hecho por el camino, lejos de ilustrarla, la llenaríamos de confusiones, y turbaríamos la tranquilidad de su grande espíritu. Dejémosla, que ella sola, con la ayuda del Espíritu Santo, sin oír nuestras proposiciones radicales y un tantico interesadas, ha de llegar a la posesión de la verdad. Las dificultades que la práctica le vaya ofreciendo le han de hacer comprender, aunque el Divino Espíritu no le diga nada, la necesidad de una dirección en cabeza masculina, y el carácter que esta dirección debe tener.

Tan acertadas y discretas razones cayeron muy bien en los oídos de los otros dos caballeros, y como ya estaban a poca distancia del castillo, pusieron punto a su conversación, y se aproximaron con semblante risueño, viendo que la misma señora Condesa salía a recibirles afectuosa.

IV

Por la tarde, Urrea y el mayor de los Borregos estuvieron dando vuelta a la tierra con el arado en una de las piezas de sembradura próximas a la casa. Nazarín y el Borrego chico regaron los plantíos nuevos de la huerta, a mano, con cubos y regadera, y después escardaron los bancales, que con los abundantes riegos de días anteriores, habían formado costra. Silencioso y atento a su trabajo, el clérigo no hablaba con su compañero más que lo preciso. Ladislao había ido a la fuente del monte, a traer la ropa lavada por Aquilina, y los chicos, después de dar la lección con Halma, se fueron a jugar con los nietos de Cecilio en el campo frontero a la casa de abajo. En la cocina se hallaba la Condesa, de mandil al cinto, fregoteando la loza, cuando Beatriz, que arriba trajinaba, bajó a anunciarle la llegada de los tres señores a caballo.

--¡Ah! no les esperaba tan pronto --dijo la dama, preparándose para recibirles decorosamente--. Vienen como en son de capítulo o consejo. ¿No sabes a qué? Luego lo sabrás.

--Me figuro que será para que admitamos a las tres ancianas enfermas de Colmenar, que quieren venir a Pedralba. Yo creo que tendremos local, pasándome yo al cuarto de Aquilina.

--No es eso: las tres viejecitas llegarán el lunes. Las acomodaremos como se pueda, hasta que el maestro nos arregle los cuartos del Norte. Nuestros tres amigos vienen a otro asunto, muy delicado por cierto, del cual me habló anteayer don Remigio. Quiera Dios iluminarles para que conozcan cuán injusto... En fin, no puedo contártelo ahora; es cosa larga.

Salió la señora al encuentro de los viajeros, y subieron los cuatro a la única habitación de la casa, propia para visitas, y aun para cónclaves tan solemnes como el que aquel día en Pedralba se celebraba, porque tenía dotación de sillas hasta para seis personas, y un sofá de principios de siglo con asientos de crin, que a la legua transcendía a cosa eclesiástica y capitular. Encerrados allí la Condesa y sus tres amigos, discutieron y peroraron todo lo que les dio la gana, sin que fuera de la estancia se sintiese rumor alguno, ni había tampoco por allí oreja humana que lo recogiese. A la hora y media, más bien más que menos, salieron, y se marcharon como habían venido. Nadie supo lo que allí con tanto sigilo se había tratado, ni ninguno de los huéspedes de Pedralba, fuera de Urrea, sentía comezón de curiosidad por aquella desusada reunión. Por la noche, en el rosario y cena, notó el ex-calavera muy encendidos los ojos de su prima. Sin duda había llorado. Concluida la cena, y cuando se despedían para marchar cada cual a su dormitorio, la señora dijo a Urrea:

--Poco te ha durado el buen acomodo del cuartito de la torre: tú y el padre tendréis que iros a la casa de abajo, porque necesitamos alojar aquí a tres ancianitas. Se os llevarán las camas allá. Ten paciencia, Pepe. Para eso y para todo te recomiendo la paciencia, sin la cual nada de provecho haríamos aquí.

Y no dijo más, ni él se atrevió a expresar cosa alguna, pues al intentarlo se le ponía un nudo en la garganta. La señora, después de dar a cada cual la orden de trabajo para el día siguiente, se retiró. A Beatriz le tocaba aquella noche la función de conserjería, cerrar puertas y ventanas, apagar fuegos y luces, cuidando de que todos, media hora después de la cena, entrasen en sus respectivos aposentos. Buscándole las vueltas para cogerla sola, Urrea pudo cambiar con ella algunas palabras, cuando atrancaba la puerta del Norte, después de cerrar el gallinero.

--Beatriz, por lo que más quieras en el mundo, dime qué han venido a tratar con mi prima esos tres facinerosos.

--¡Jesús, yo no sé!

--Sí lo sabes. Dímelo por Dios.

--Te has olvidado de una de las principales reglas que nos ha impuesto la señora. Aquí no se permite contar lo que pasa, ni llevar y traer cuentos. Cada cual ocúpese en desempeñar su trabajo, sin cuidarse de lo que digan o hagan los demás.

--Es verdad... Pero como sin duda se trata de alguna conspiración contra mí, tengo que defenderme.

--Yo no sé nada, José Antonio, no me preguntes.

--Pues dime solo una cosa. ¿Ha llorado mi prima?

--Eso no puedo negártelo, porque bien se le conoce en los ojos.

--¿Y sabes el motivo?

--¡Oh, el motivo!... Que no puede hacer todo el bien que quiere. Su alma tiene grandes alas; pero la jaula es corta... Y no más. Silencio te digo, y retírate.

No tuvo más remedio el pobre novicio que meterse en su aposento de la torre, donde encontró a Nazarín de rodillas frente a la imagen del Crucificado. El farolito que alumbraba la estancia estaba en el suelo: iluminadas de abajo arriba las dos figuras vivientes y el estrambótico mueblaje, resultaba todo de un aspecto sepulcral. En el profundo abatimiento de su espíritu, Urrea se creyó en un panteón. Echándose en la cama, como para tomar la postura del sueño eterno, y sin esperar a que el apóstol peregrino acabase su rezo, le dijo:

--Padre, ¿se fijó usted en los ojos de mi prima?

--Sí, hijo mío --replicó el clérigo, siguiendo de hinojos, y moviendo tan solo la cabeza para mirarle--. La señora Condesa, nuestra reina, nuestra madre, ¡ay!, ha llorado mucho.

--¿Se enteró usted del conciliábulo?

--Sé que llegaron juntos esos tres señores, y estuvieron aquí largo rato. Como no me importa, ni es cosa de mi incumbencia, no tengo más que decir.

--Creo firmemente que se han reunido para expulsarme de aquí, y que obedecen a intrigas de mi primo Feramor. Me lo dice el corazón, me lo dice la tierra cuando la labro, los troncos cuando les pego con el hacha, me lo dicen los bueyes cuando les pongo el yugo. No puede haber equivocación en esto; el vivir en medio de la Naturaleza, rodeado de soledad, le hace a uno adivino.

--Si eso fuera cierto --dijo Nazarín levantándose, y acudiendo a él con ademán afectuoso--, si en efecto, por estas o las otras razones, se te mandara salir de Pedralba...

--Ya sé lo que usted me dirá... que me vaya, es decir, que me muera.

--Estamos aquí para la obediencia, para la resignación, para no tener voluntad propia. Ya me ves a mí: toma mi ejemplo.

--¿Pero usted no considera que lanzarme de aquí es ponerme en brazos de la muerte?

--¿Por qué? Dios velará por ti.

--¿Y a dónde voy yo, padre?

--Al mundo, a otra soledad como esta, que encontrarás fácilmente. Búscala, que nada abunda tanto en la tierra como la soledad.

--No, no: yo, fuera de aquí, soy hombre concluido. Halma debe suponer que mi expulsión de Pedralba es mi sentencia de muerte. Dígaselo usted.

--Yo no puedo decir eso a la señora, ni nada. Asilado como tú, la regla me prohíbe hablar al superior, cuando este no me habla. Contesto a lo que me preguntan, y nada más.

--Pues se lo diré yo, le diré que desconfíe de esa gente infame...

--No hables mal, no injuries, no aborrezcas.

--¡Ah! Nazarín es un santo: yo quisiera serlo, pero la maldad antigua, la que existe allá en los sedimentos del corazón no me deja.

--Porque tú quieres. Lucha con tus malas pasiones, pídele a Dios auxilio, y vencerás. Es menos difícil de lo que parece. Si alguien te causa agravios, perdónale; si te injurian, no respondas con otras injurias; si te hieren, resístelo y calla; si te persiguen en una ciudad, huyes a otra; si te expulsan, te vas, y donde quiera que estés, arranca de tu corazón el anhelo de venganza para poner en él el amor de tus enemigos.

--Y haré todo eso, que es muy hermoso, sí, muy hermoso --dijo Urrea con ligerísima inflexión irónica--; pero antes de adoptar vida tan santa, quiero despedirme del mundo con una satisfacción: le cortaré la cabeza a don Remigio, que es el alma de este complot indigno.

--Hijo mío, parece que estás loco --díjole Nazarín, posando la palma de su mano sobre la frente ardorosa del calavera reformado--. Pero qué absurdos se te ocurren. ¡Matar!

--¿Pues no me matan a mí?

--Privarte de estar aquí no es darte la muerte.

--Me la daré yo si me arrojan.

--Bah, eres un niño; pero yo estoy al cuidado tuyo, y procuraré que no hagas mañas.

--No puedo, no podré vivir fuera de aquí... Cuando salga, o me arrojaré con una piedra al cuello en el primer río por donde pase, o buscaré un abismo bien negro y profundo que quiera recoger mis pobres huesos.

Su pecho se inflaba. Una opresión fortísima en la caja torácica le impedía expulsar todo el aire recogido por sus ávidos pulmones. Se ahogaba; le faltó la voz, y de su garganta salía un gemido angustioso. Al fin rompió a llorar como un niño.

--Llora, llora todo lo que quieras --le dijo el curita manchego sentándose a su lado--. Eso es bueno. Las penas de la infancia, con el lloro quedan reducidas a nada.

--¡Ah, bendito Nazarín --exclamó Urrea entre sollozos, estrechándole la mano--, soy muy desgraciado! Reconozca usted que no hay infortunio como el mío.

--Pues hijo, de poco te quejas. Tú eras malo, muy malo, tú mismo me lo has dicho. La señora Condesa quiso corregirte, y lo ha conseguido hasta un punto del cual no ha podido pasar. Pero luego viene Dios a completar la obra, te coge por su cuenta, y te manda adversidades y amarguras para que con ellas puedas alcanzar tu completa reforma. Bendice la mano que te hiere, resígnate, anúlate, y sentirás en tu alma un grande alivio.

--No podré... no podré... --replicó José Antonio, afectado de una gran inquietud nerviosa--. Usted, como santo, ve todo eso muy fácil... y naturalmente, por ser usted así, dicen que está loco... No lo está, yo sé que no lo está... pero por eso lo dicen, por no ser usted humano como yo... Fórmeme a su imagen y semejanza, hágame divino, y entonces... ¡ah! entonces yo también perdonaré las injurias, y bendeciré la mano negra de don Remigio que me hiere, y la boca sucia de Láinez que me escupe.

Y como si le pincharan, saltó del lecho, gritando:

--No puedo, no puedo estar en ese potro... Necesito salir, respirar el aire, ver las estrellas...

--Salir al campo es imposible: la regla no lo consiente, y además, la puerta está cerrada.

--Pues yo quiero salir, correr... ver el cielo.

--Abriendo la ventana lo verás. Ven: ahí lo tienes. ¡Cuán hermoso esta noche!

Ambos contemplaron un instante el estrellado firmamento, y ante la inmensidad muda, indiferente a nuestras desdichas, Urrea sintió crecer su inmensa pena. Retirándose de la ventana, dijo suspirando:

--Padre Nazarín, si usted me quiere, hable de esto con mi prima.

--Yo no puedo hablar de esto ni de nada. ¿Qué soy yo aquí? Nadie, un triste acogido. Ni tengo autoridad, ni voz, ni opinión, y solo en caso de que la señora me preguntara, le manifestaría mi humilde parecer. Calificado de demente, me han puesto en esta santa casa al amparo de la sublime caridad de la Condesa de Halma. Figúrate tú si es posible que esta pida consejo a un hombre cuya razón se cree perturbada, y si yo a dárselo me atreviera, figúrate el caso que haría de mí.

--Catalina, como yo, no cree que nuestro querido Nazarín padezca de enajenación. Esas son vulgaridades en que un espíritu superior como el suyo no puede incurrir. Sabe que usted posee la verdad divina, y que su voz es la voz de Dios...

--No digas desatinos, Pepe. Confórmate con lo que el Señor disponga de ti. No luches contra su poder... entrégate.

Urrea se arrojó en una silla, abatiendo sus brazos como un hombre rendido de luchar.