Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 7

Chapter 74,176 wordsPublic domain

--No es posible sino que aquel caballero es el maestre de Calatrava, así por la insignia, como por la osadía que ha tenido de llegar hasta la ciudad.

Y cuando el maestre vio al rey y a las damas, alzó la celada e hizo la reverencia debida; y por todos conocido, le fue fecha cortesía, y en particular por la reina y sus damas. Hecho esto puso el maestre un pendoncillo rojo en la punta de la lanza, que era señal de batalla.

Mostafá, alcaide de Almería, pidió licencia al rey para salir a escaramucear con D. Manuel Ponce de León, maestre de Santiago, atento que en una escaramuza le había muerto a un tío suyo, y quería vengar su muerte.

--No te metas en eso, le dijo el rey, que caballeros hay en mi corte que saldrán.

Todos los caballeros le pidieron licencia para irse a ver con el maestre, y un paje les dijo, que no se cansasen, que ya había salido de palacio un caballero a escaramucear.

El rey preguntó quién le dio licencia. Respondió el paje:

--Mi señora la reina se la dio, porque él se la pidió.

--¿Y quién es el caballero que salió?

--Malique Alabez --dijo el paje.

--Pues si es así yo me huelgo, porque es buen caballero y hará como quien es: siendo ambos tan valientes, será de ver la escaramuza.

A muchos caballeros les pesó, porque iba Malique Alabez a la batalla, y quien más lo sintió fue la hermosa y querida Cobaida, porque le amaba muy tiernamente, y no quisiera que se pusiera en tanto peligro, y pidiendo licencia a la reina, se quitó de los miradores, por no ver la batalla, y estuvo con mucha pena hasta saber el suceso de la escaramuza.

El rey mandó que saliesen cien caballeros armados, que fuesen en guarda de Malique Alabez, por si estuviese puesta alguna emboscada de cristianos. Así como el rey lo mandó, se fueron a armar, y vinieron a la puerta de Elvira a aguardar que el valeroso Alabez viniese para ir en su guarda.

CAPÍTULO VIII.

_De la batalla cruel que Malique Alabez tuvo con D. Manuel Ponce de León en la Vega, y de lo que en ella sucedió._

Así como el caballero cristiano puso el pendoncillo en la punta de la lanza, se quitó de los miradores Malique Alabez, de donde estaba la reina: hincando la rodilla en tierra, la suplicó le diese licencia para salir a escaramucear con aquel caballero cristiano, porque si se la daba, quería en nombre de todas las damas hacer aquella escaramuza.

La reina se holgó de ver el valeroso ánimo del valiente Malique Alabez, y con rostro alegre le dijo:

--Pues es vuestro gusto, caballero gallardo, servirnos hoy, os lo agradecemos mucho: Alá os dé el suceso que deseamos; yo os doy la licencia que pedís, id en dichosa hora.

--Y yo confío en Alá --dijo Alabez-- que con estas mercedes alcanzaré la victoria.

Despidiose con esto de la reina, y al partirse miró a su señora Cobaida, y la vio muy triste; y llegando a su casa, mandó ensillar el potro rucio que su primo alcaide de los Vélez le había enviado, y que le diesen una fina adarga de Fez, y una toca jacerina.

Púsose encima de las armas una aljuba de terciopelo morado, toda guarnecida de tejido oro, y encima del casco un bonete morado, y en él un penacho de plumas pajizas y blancos martinetes, y con él unas garzotas pardas, verdes y azules.

Apretó bonete y casco en la cabeza con una toca azul de seda entretejida con oro, dando vuelta a la cabeza, haciendo de ella un turbante, de la cual asentó una rica medalla de oro de Arabia, labrada de montería, con dos ramos de laurel que parecían naturales; las hojas eran de una finísima esmeralda, y en medio de la medalla esculpida la efigie de la dama muy al natural.

El bizarro y valiente moro tomó una lanza con dos afilados hierros, y bien armado de todo lo necesario, sobre un lozano caballo salió de su casa, y fue para la calle de Elvira, en la cual había muchas damas, las cuales se holgaban de ver la bizarría y gallardía de Alabez.

En llegando a la puerta de Elvira, halló cien caballeros que iban para su seguridad, todos muy bien armados; y en saliendo al campo arremetieron sus yeguas los moros, escaramuceando unos con otros, que era muy de ver. Pasaron todos juntos por delante de los miradores do estaba el rey, la reina y las damas, y Alabez hizo arrodillar el caballo, y el bizarro moro inclinó cuanto pudo la cabeza, haciendo grande acatamiento. Fuele correspondido por todos, y acercándose a D. Manuel, dijo:

--Por cierto, cristiano caballero, que da tanto contento vuestro buen talle, que se echa de ver bien ser vuestro valor mucho, y tengo gran gozo en que mi ventura me haya traído a verme con vos; y si la fortuna me fuese tan favorable que alcanzase de vos la deseada victoria, me tendré por el caballero más dichoso del mundo; y si el hado triste y mi mala suerte me tiene determinado que quede cautivo o muerto a vuestras manos, lo tendré a feliz dicha; y si es voluntad vuestra decirme el nombre que tenéis, lo tendré en merced, porque sepa de quien alcanzo gloria o muerte.

El valiente maestre escuchó las comedidas razones del valeroso moro, y por satisfacerle le dijo:

--Noble moro, cualquiera que vos seáis, vuestro cortesano y discreto término merece mucho, y yo por complaceros os lo diré. A mí me llaman D. Manuel Ponce de León, profesor de mi divisa; y pues ya sabéis mi nombre, si gustáis de decirme el vuestro me holgaré de saberlo.

--No sería término de caballero --dijo el moro-- negar una petición tan justa: yo me llamo Malique Alabez, soy de linaje de reyes, y no será menosprecio vuestro el escaramucear conmigo; y pues sabéis quien soy, y yo quien vos, empecemos nuestra escaramuza.

En diciendo esto revolviendo los caballos, se acometieron con tanta furia, que parecía haberse juntado dos peñascos.

Juntos, pues, los dos caballeros, se daban tan recios y desaforados golpes, y botes de lanza, que causaban admiración.

No fueron bastantes los finos escudos a resistir la gran violencia de la fuerza con que se acometieron, porque ambos fueron falseados; y tornando a revolver los veloces caballos, con vueltas gallardas proseguían su escaramuza el uno contra el otro.

Grande era el contento que recibían todos los que miraban la cruel batalla, por ver los ardides de guerra, y las gentilezas que cada uno hacía por rendir a su contrario.

Dos horas y más había que batallaban los dos valientes guerreros, sin que se pudiesen herir con las lanzas, porque aunque cada uno hacía sus diligencias para herir con ellas, era en balde, respecto que se adargaban muy bien.

El moro vio que el caballo del valiente D. Manuel no tenía ya la velocidad que de antes, porque le pareció que debía de estar cansado; y era así, que lo estaba, pues muy gran rato había que el maestre lo había sentido; pero su esfuerzo suplía la flojedad del caballo, y hacía todo lo que podía.

No quiso mejor ocasión que aquella el astuto Malique Alabez, y aprovechándose de ella, empezó a dar vueltas y acometimientos, y a revolver el caballo tan a menudo y con tanta ligereza, que a D. Manuel le causaba gran admiración. Todo esto hacía el valiente moro con intento de acabarle de cansar el caballo, y desalentarle, para en viendo ocasión ejecutarla.

Fue así, que teniendo ya muy acosado el caballo del maestre, acometió a herirle por el brazo derecho, y D. Manuel fue al remedio, y revolviendo con grande presteza al lado izquierdo, le hirió de una lanzada, sin hacer resistencia la fina cota, porque el temple de los hierros de la lanza de Alabez eran extremados.

La herida fue peligrosa, y de ella salía mucha sangre. El valiente D. Manuel sintiéndose herido, más bravo que su apellido, enristró la lanza al tiempo de revolver para salirse por el lado descubierto, y el hierro le entró en la carne, y abrió una muy peligrosa herida.

No hay serpiente ni áspid tan ponzoñoso como estaba el valiente moro viéndose mal herido, y con una cólera frenética embistió a D. Manuel con la lanza, y pasándole el escudo fue herido otra vez.

Casi corrido D. Manuel arremetió al moro con tal furia, que le dio otra herida peor que la primera.

Andaban tan embriagados de cólera por verse heridos, que mientras más batallaban, mucho más se cegaban en su pelea, y no se conocía ventaja en ninguno.

Y con esto muy enojado D. Manuel por tanta dilación, que había cuatro horas que escaramuceaban, y no se conseguía la victoria; entendiendo que estaba la falta en la flojedad de su caballo, por estar tan sudado y cansado, se apeó de él con una ligereza extraña, y cubierto con su escudo, puso mano a la espada, y con ánimo belicoso se fue al valiente moro, el cual, como le vio a pie, se maravilló mucho, y confirmó el ser de animoso corazón: mas por no ser reputado de villano se apeó y se fue a D. Manuel, fiado en su gran fuerza y valor, cubierto con su adarga, y un alfanje de Marruecos en la mano, y comenzó a dar tan grandes golpes, que el maestre sentía bien la fuerza de su brazo.

No se descuidaba el maestre en herir a su contrario y en defenderse de él; y era de tal suerte, que no se juntaba vez que el moro no saliese herido, por ser mucha la destreza y fortaleza del maestre, y por la mucha experiencia que tenía en la escaramuza, como quien cada día se veía en ellas.

Y aunque el valiente y fuerte moro procuraba herir al maestre, no podía por hallarse siempre muy bien adargado, y en lugar de herir, salía herido en cada entrada que hacía.

A esta causa estaba maltratado y con muchas heridas, muy cansado y desangrado, pero no por eso dejaba el animoso moro de batallar y mostrar tanto esfuerzo, como si empezara en aquel momento.

Fue muy de ver en esta hora ir el caballo de Alabez al del maestre, y las crines erizadas, y con una furia extraña empezó a morder y tirar coces, donde se trabó una escaramuza entre los dos caballos que causaba risa al rey y a las damas, que se admiraban de ver la fortaleza de los caballos, aunque el del moro llevaba lo mejor, porque estaba enseñado en aquello.

Los dos valientes guerreros continuaban su batalla, aunque con notable daño de Malique Alabez, porque estuvo a pique de rendirse, y favoreciole la fortuna en este modo.

El maestre había dejado gran trecho de donde peleaban a ochenta caballeros que traía para su guarda: viendo que duraba tanto la escaramuza, se acercaron los guerreros para ver el estado de la batalla.

Los cien moros que eran en guarda de Alabez, como vieron venir aquel lucido escuadrón de cristianos, y tan bien alistados, se recelaron, y más cuando los vieron acercarse tanto: entonces espolearon las yeguas, y arremetieron contra los cristianos con gran algazara. Los cristianos entendiendo que era traición, por guardar a su señor, les salieron al encuentro, y entre todos se trabó una sangrienta escaramuza. Peleaban valientemente, dándose terribles heridas, tanto, que había por el suelo muchos cuerpos sin almas.

Vista por los caballeros la sangrienta batalla de sus soldados, sin causa, se apartaron para aquietarlos. Ambos caballeros se fueron a coger sus caballos, y no había quien se llegase a ellos según estaban en la pelea.

Los moros acudieron a favorecer a Alabez y a cogerle el caballo, y los cristianos a su señor, y cogiendo el caballo de Malique Alabez subió en él el maestre con la lanza en la mano, y se metió entre los enemigos, hiriéndolos y maltratándolos.

Alabez subió en el caballo de D. Manuel, y no se holgó del trueque, aunque en bondad no debía nada al suyo, salvo que era más ligero, y con la lanza en la mano se entró por los cristianos, haciendo mucho daño.

El rey que vio la batalla tan sangrienta, mandó tocar al arma, y que saliesen mil caballeros en socorro de los suyos.

El valiente Alabez andaba buscando con mucha diligencia a D. Manuel Ponce de León, y viéndole que enfoscado andaba en medio de la batalla, le hizo señas que saliese fuera. El maestre salió muy gozoso por concluir la escaramuza empezada entre ambos.

Llegándose cerca Alabez le dijo al maestre:

--Caballero esforzado y virtuoso, tu nobleza me obliga a que te avise de un venido peligro, y es: atiende el oído, que pues eres tan buen soldado, entenderás el son y ruido de las cajas que se hace: sabe, noble caballero, que tocan al arma, y cuando menos saldrán mil moros en mi socorro, y no ganarán nada los tuyos con la multitud que vendrá, aunque traes buenos soldados: toma mi consejo, y desampara la Vega tú y los tuyos, que a fe de caballero, que te importa mucho, y como tal te juro que cada vez, y cuando que quieras, concluiremos nuestra escaramuza, y se acabará; y te lo aviso como moro hijodalgo; ahora haz tu gusto.

--Yo te agradezco, valiente moro, el aviso que me das, y quiero admitir tu consejo, y porque la primera vez que nos veamos hemos de concluir nuestra escaramuza, no te doy tu caballo: no es el mío peor que el tuyo, trátalo como yo trataré este.

Diciendo esto el maestre, tocó una corneta, que era señal de recoger; y así como los cristianos oyeron la seña dejaron la batalla y se juntaron con el maestre.

Lo mismo hicieron los moros, y entrando Malique Alabez con sus cien caballeros por la puerta de Elvira, salía el socorro, y Alabez los hizo volver.

El rey y los caballeros salieron a recibir a Alabez, y le fueron acompañando hasta su casa, y fue curado de sus heridas.

D. Manuel iba tan enojado por no haber acabado la escaramuza, que no hablaba a nadie, ni respondía a lo que le preguntaban. Echaba la culpa a los suyos, porque habían ido a verlos lidiar, que si no fueran, él consiguiera el fin deseado de la victoria; y era verdad, porque los moros no se movieran si no vieran venir a los cristianos.

Y por esta batalla se dijo el romance siguiente:

Ensíllenme el potro rucio del alcaide de los Vélez, denme la adarga de Fez y la jacerina fuerte, Y una lanza con dos hierros, entrambos de agudo temple, y aquel acerado casco, con el dorado bonete, Que tiene plumas pajizas entre verdes martinetes; garzotas verdes y pardas, antes que me vista, denme. Tráiganme la cota azul, que me dio para ponerme la muy hermosa Cobaida, hija de Celín Hamete: Y decidle a mi señora, que salga, si verme quiere hacer muy cruel batalla con D. Manuel el valiente; que si ella me está mirando, mal no puede sucederme.

CAPÍTULO IX.

_En que se da cuenta de unas fiestas solemnes, y juego de sortija, que se hicieron en Granada, y como se iban encendiendo los bandos de los Zegríes y Abencerrajes._

Ya sabía el valeroso y gallardo moro Abenámar, cómo el valiente Sarracino era aquel con quien había tenido la pendencia aquella noche en la plaza de palacio, y estaba muy enojado contra él, porque le había herido, e impidió su música; y mirando a los balcones, vio que hacía Galiana a Sarracino muchos favores, de lo cual sintió mucho dolor y pena, y procuró olvidar a la ingrata, visto que no admitía, ni se acordaba de lo que había hecho en Almería y Granada en su servicio.

Y para ejecutar su propósito con todas veras, puso los ojos en la bella Fátima, que ya la habían traído a Granada, y estaba tan hermosa como de antes, y con tanta salud; y tenía mucha esperanza el moro galán que no le sería ingrata Fátima respecto de tener olvidado a Muza, por la certidumbre que tuvo de los amores que trataba con Daraja.

El moro enamorado empezó a servirla con grandes demostraciones de amor. Fátima que vio las veras con que Abenámar la amaba, comenzó a favorecerle y amarle con grande amor, por ser muy galán, discreto y valiente.

En este tiempo Daraja y Abenhamín Abencerraje estaban ya para casar, por lo cual el valeroso Muza había puesto los ojos en la hermosísima Celima, hermana de la bella Galiana; y no había caballero de estima que no tuviese puesto todo su amor en alguna dama de palacio, y así cada día había fiestas y regocijos en la corte.

El valiente Audalá amaba a la hermosa Aja, y como era caballero Abencerraje, y muy preso de amor, por dar gusto a su dama, ordenaba y hacía muchas fiestas.

El valiente Abenámar por vengarse de la linda Galiana y de Sarracino, suplicó al rey que se hiciese una fiesta el día de S. Juan de juego de cañas y de sortija, y que él quería ser mantenedor della.

El rey era muy amigo de fiestas, y porque se regocijase toda la corte y se ejercitasen los caballeros, ordenó que se hiciesen, por el contento que todos tenían de que se hubiese escapado Malique Alabez de las manos de D. Manuel Ponce de León, que fue mucha ventura, y por la salud que ya tenía.

Habida la licencia del rey, mandose pregonar por toda la ciudad el juego de cañas y sortija: que cualquiera caballero que quisiese correr tres lanzas con el mantenedor, que era Abenámar, que saliese a él, y trajese el retrato de su dama; que si fuese vencido el aventurero, había de perder el retrato que trajese; y si el mantenedor fuese rendido, llevase el vencedor el retrato de la dama del mantenedor, y una cadena de mil doblas.

Todos los caballeros enamorados se holgaron del pregón en extremo, lo uno por mostrar el valor de sus personas, lo otro porque fuesen vistas las hermosuras de sus damas, con esperanza de ganar al mantenedor su dama y cadena.

El valeroso Sarracino entendió el motivo de Abenámar, y holgose de ello, porque por aquella vía entendía dar a conocer a su señora Galiana el valor de su persona; y él y los caballeros amantes que pretendían correr sortija, hicieron retratar a sus damas, como mejor y más al natural pudieron, y con aquellos vestidos y ropas que más de ordinario acostumbraban traer, porque fuesen conocidas.

Venido el día de S. Juan, fiesta tan celebrada de todas las naciones del mundo, todos los caballeros granadinos se adornaron de las mejores galas y joyas que pudieron, así los que eran del juego como los que no eran, salvo que los del juego se señalaban en las libreas.

Saliéronse a la ribera del fresco Genil, hechas dos cuadrillas para el juego, la una de Zegríes, y la contraria de Abencerrajes: hízose otra cuadrilla de Almoradís y Venegas, y otra contraria de esta de Gomeles y Mazas, y al son de muchos instrumentos comenzaron el juego de cañas.

La cuadrilla de los Abencerrajes iba de tela de oro y leonado, con labores muy costosas y diferentes, unos soles por divisas, y penachos encarnados. Los Zegríes salieron de verde, con tejidos de oro y estrellas sembradas por las vestiduras, y por divisas medias lunas. Los Almoradíes salieron de encarnado y morado, y muy ricamente aderezados. Los Mazas y Gomeles salieron de morado y pajizo.

Era un caso de grande admiración el ver estas cuadrillas corriendo por la Vega de dos en dos, y de cuatro en cuatro, porque más parecía campo de batalla que caballeros de juego.

El rey Chico estaba entre los caballeros con unas vestiduras de inestimable valor; andaba con ellos solo por evitar las ocasiones de pesadumbres que se podían ofrecer.

La reina y todas las damas estaban mirando el juego desde las torres del Alhambra, admiradas de ver el gran concierto que tenían y la destreza de los jugadores.

Los caballeros Abencerrajes y Almoradís fueron los que más se señalaron aquel día. El valeroso Muza, Abenámar y Sarracino hicieron cosas notables en el juego.

Cuando el rey vio que andaba muy trabado el juego, y que se iban encendiendo los Abencerrajes y los Zegríes, temiendo no hubiese otra desgracia como la pasada, mandó cesase el juego; y luego fue obedecido, y empezaron un concertado caracol, y luego dieron muchas carreras, con lo cual concluyeron el juego de cañas.

El gallardo y fuerte Abindarráez se señaló aquel día más que ninguno de los jugadores, porque estaba mirándole la hermosa Jarifa, su dama.

La reina dijo a Jarifa:

--Por dichosa te puedes tener, por ser tu galán tan bizarro y valiente.

Jarifa disimuló, encendiéndose el rostro de vergüenza que la dio de oír aquello.

Fátima no apartaba los ojos de su Abenámar, por estar muy cautiva de su voluntad: Jarifa, entendiendo que miraba a su amado Abindarráez, porque se paseaban juntos los dos enamorados moros, le dijo a Fátima muy celosa:

--Muy grandes son las maravillas de amor, Fátima, hermana y amiga, que donde quiera que da, no puede estar encubierto, porque brota por los ojos, cuando la lengua calla: no me podrás negar, amiga, que tú estás tocada de pasión amorosa, pues realmente tu hermoso rostro da de ello clara señal, que solías estar como la rosa en su zarza, y ahora te veo triste y melancólica, y son todas las mudanzas evidentes señales que causa el incendio de la llama amorosa que en tu pecho labra: y si no me lo niegas, el causador de todo es el valeroso y gallardo Abindarráez, y así no me debes negar ni encubrir tu secreto, pues sabes cuán leal y verdadera amiga te soy.

Fátima, que era muy astuta, sagaz y discreta, luego entendió el blanco donde tiraba el pensamiento de la hermosa Jarifa, porque ya sabía que trataba amores con Abindarráez, y no se lo quiso dar a entender, y disimulando, la respondió:

--Si las maravillas de amor son grandes, no han llegado a mi noticia sus efectos, ni de ellos experiencia tengo. El no tener mis colores como de antes, y estar melancólica, bien sabes que es la causa muy urgente, pues estas presentes fiestas me renuevan mi dolorosa llaga de las tristes pasadas, en las cuales fue muerto mi amado padre, como duran los comenzados bandos entre Zegríes y Abencerrajes; y en caso que de amor procedieran las causas que dices, te certifico que nunca por Abindarráez fuera, porque en el juego de cañas hay caballeros que son de tanto valor, esfuerzo y bondad como él, y en comprobación de mi verdad el día de la sortija se verán los retratos de las damas servidas, que los caballeros sus amantes sacan, y entonces echarás de ver si te he negado el punto de verdad.

Con esto cesó la celosa conversación de las dos enamoradas damas, y levantando Fátima los ojos para ver la trabada escaramuza, vio entre los caballeros a su querido Abenámar, que hacía notables destrezas; conociole la rendida mora en un pendoncillo morado con una F de plata, encima una media luna de oro, armas y divisa de la bellísima Fátima.

Habiendo escaramuceado el rey y los caballeros desde antes que el sol saliera, hasta las once del día, se tornaron a la ciudad por aprestar lo que cada uno había de sacar en el juego de sortija. Por este día de S. Juan, y fiesta que en él se hizo, que fue muy señalada y notable, se hizo aquel antiguo romance, que dice así:

La mañana de S. Juan, al tiempo que alboreaba, grande fiesta hacen los moros por la vega de Granada. Revolviendo sus caballos, jugando van de las lanzas, ricos pendones en ellas, labrados por sus amadas. Ricas aljubas vestidas, de oro y seda labradas: el moro que amores tiene, allí bien se señalaba; Y el moro que no los tiene, de tenerlos procuraba: míranlos las damas moras desde torres del Alhambra, Entre las cuales había dos de amor muy lastimadas: la una se llama Jarifa, la otra Fátima se llama. Solían ser muy amigas, aunque ahora no se hablan. Jarifa llena de celos a Fátima le hablaba: ¡Ay, Fátima, hermana mía, cómo estás de amor tocada! solías tener colores, veo que ahora te faltan. Solías hablar de amores, ahora obras y callas; pero si lo quieres ver, asómate a esta ventana, Y verás a Abindarráez, y su gentileza y gala. Fátima como discreta, de esta manera le habla: No estoy tocada de amores, ni en mi vida los tratara; si se perdió mi color, tengo de ello justa causa Por la muerte de mi padre, que aquel Alabez matara; y si amores yo quisiera, está, hermana, confiada, Que allí veo caballeros en aquella vega llana, de quien pudiera servirme, y de ellos ser muy amada.