Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 8

Chapter 84,271 wordsPublic domain

Habiendo el rey y los demás caballeros ocupado los miradores de la plaza nueva, donde se había de hacer el juego de la sortija, vieron junto a la fuente de los Leones una rica y hermosa tienda de brocado verde, y junto a la tienda un alto aparador con un dosel de terciopelo verde, y en él puestas ricas joyas de oro, y en medio de ellas estaba asida una riquísima cadena, que valía mil doblas de oro, y aquesta era la cadena del premio, sin el retrato de la dama que con ella se ganaba.

No quedaba en toda la ciudad hombre ni mujer que no viniese a ver aquella fiesta; y no faltaron tampoco en ella los moradores de los lugares vecinos.

No tardó mucho espacio de tiempo, cuando se oyó muy dulce son de ministriles que salían por la calle del Zacatín; y la causa era que el valeroso Abenámar, mantenedor de aquella sortija, venía a tomar su puesto, y su entrada fue de esta manera: primeramente cuatro hermosas acémilas de recámara, todas cargadas de lanzas para la sortija, con sus reposteros de damasco verde, todos sembrados de muchas estrellas de oro, y pretales de cascabeles de plata, y cuerdas de seda verde.

Estos fueron con hombres de a pie y de a caballo, sin detenerse hasta donde estaba la tienda del mantenedor, y allí junto fue armada otra muy ricamente aderezada de libreas verdes y rojas, con muchos sobrepuestos de plata, todos con plumas blancas y amarillas: venían quince de una parte, y quince de otra, y al fin de todos ellos, y enmedio, venía el animoso y valiente Abenámar con un vestido de brocado verde, labrado a muchísima costa, y marlota y capellar de inestimable valor y aprecio, y traía una yegua rodada; los paramentos y guarniciones de ella eran del mismo brocado verde, testera y penacho muy rico de verde y encarnado.

Llevaba el gallardo mantenedor sembradas muchas estrellas de oro finísimo por todas las ropas y vestiduras, y en el lado izquierdo sobre el rico capellar un sol muy resplandeciente, con una letra que decía:

Solo yo, sola mi dama; ella sola en hermosura, yo solo en tener ventura más que ninguno de fama.

Esta misma letra se divulgaba por la plaza.

Después del valiente Abenámar venía un rico carro triunfal, adornado de muchas señas; traía hechas en él seis gradas muy bien aderezadas, y por encima de la más alta grada había un arco triunfal de extraña hechura, y debajo de él una rica silla, y en ella sentado y puesto el retrato de la hermosa Fátima. Estaba tan perfecta, que si su original no estuviera con la reina, dijeran que era ella.

Causaba espanto ver el adorno y gala del retrato, que no había dama que no la envidiase, ni caballero que no la pretendiese. Era el vestido turquesco, de muy extraña y vistosa hechura, la mitad pajizo y la otra mitad morado, y todo sembrado de estrellas de oro, y con muchos tejidos y recamados de oro.

El tocado artificioso y galán, sus cabellos sueltos, como una madeja de oro de Arabia; sobre ellos una hermosa guirnalda de rosas blancas, y tejidas muy al natural; sobre su cabeza parecía el dios de Amor, niño y desnudo, con sus alas abiertas y plumas de mil colores, poniendo la guirnalda a la bella imagen; y a los pies de ella estaba el arco y aljaba de Cupido, como por despojos del rendido. De esta suerte iba el bello retrato de la hermosa Fátima, que agradaba mucho su vista a todos.

El carro en que iba tiraban cuatro yeguas, más albas que la nevada sierra. Después del carro iban treinta caballeros de libreas verdes y encarnadas, con penachos de las mismas colores.

De la forma dicha entró el bravo y valiente Abenámar, mantenedor de la justa, y al son de los ministriles y otros instrumentos músicos que llevaba, dio vuelta por la plaza nueva, pasando por debajo de los miradores del rey, quedando admirado él y los caballeros de la gallardía, invención y traza.

Así como llegó el carro a los miradores de la reina, ella y las damas se admiraron de ver la belleza, adorno y galas de la efigie de la hermosísima Fátima, y cuán natural era a su señora.

Fátima estuvo junto a la reina, y con ella Daraja, Sarracina, Galiana, Celima, Cobaida, y otras damas, cifra de la hermosura, y alegrándose de ver la invención que Abenámar traía, la dijeron:

--Por cierto, hermosa Fátima, que si como lleva la ventaja vuestro galán y defensor caballero a todos los demás en industria, cifra y galas, la lleva en defenderos, y alcanzar el premio de la victoria, que os podéis tener por la más dichosa y bien afortunada dama del mundo.

Fátima, disimulando lo posible, respondió a las damas:

--No sé yo con qué intento ha hecho Abenámar lo presente; pero si bien advertís, son novelas de caballeros, y por esta vía querrían obligarme: no me da cuidado ninguno, ni es cosa que me toca; y poco se me da que me defienda o no.

--No sin misterio --dijo Jarifa-- el caballero Abenámar se ha puesto a hacer tal desafío a todos los caballeros enamorados, y a sacar tu retrato.

--Este motivo de Abenámar --respondió la hermosa Fátima-- él solo lo entiende, y cada uno hace y deshace a su gusto: si no, mira a Abindarráez, que por ti, y por lo que a él le está bien, tiene hechas cosas muy dignas de memoria.

--Lo de Abindarráez para conmigo --dijo Jarifa-- es cosa muy pública, y saben todos los de la corte que es mi amante; pero ahora lo de Abenámar nos parece a todas cosa muy nueva; y cierto que me pesaría si Abindarráez y Abenámar fueran competidores.

Dijo Fátima:

--Y que lo sean, o no, ¿qué se te da a ti?

--Dame pena --respondió Jarifa-- que tu retrato, que hoy ha entrado con tanto adorno, viniese a mis manos.

--¿Pues por tan cierta tienes la victoria de parte de Abindarráez --dijo Fátima-- que ya me tienes por tuya? Pues no tengas tanta confianza en tu amante caballero, que el que hizo un desafío general, ha hecho tantos gastos, y se ha esmerado tanto en la efigie, sabrá muy bien defender su partido, y al fin son casos de la fortuna, sujetos a ella.

La reina que estaba oyendo las disputas de las damas, les dijo:

--¿De qué importancia es tratar cosas de que se saca poco fruto? Ambas sois iguales en hermosura, hoy veremos quién lleva la palma, y gloria: cese esa plática, y atiéndase al fin de la aventura.

Con esto dieron fin a sus razones, y mirando a la plaza, vieron como Abenámar habiendo dado vuelta a toda ella, llegó a la tienda, y habiendo puesto su precioso carro junto del aparador, donde estaban muchas y muy ricas joyas, mandó poner el retrato de la hermosa Fátima al son de muchas dulzainas y ministriles, con que recibieron todos mucho gusto. Luego se apeó del caballo, y dándoselo a sus criados, se sentó a la puerta de su tienda en una muy rica silla, aguardando que entrase algún caballero aventurero. Todos los caballeros que habían acompañado al esforzado Abenámar, se pusieron a una parte, haciendo todos una larga y vistosa carrera.

Estando ya los jueces puestos en un tablado, en lugar y en parte que pudiesen muy bien ver correr las lanzas, aguardaban todos que entrase algún aventurero. Los jueces eran dos caballeros Zegríes muy honrados, dos Gomeles y un Abencerraje llamado Abenámar. Este era alguacil mayor de Granada, oficio y cargo que no se daba sino a caballeros de gran cuenta y valor.

No tardó mucho de oírse un grande ruido de música de añafiles y trompetas, y mirando hacia la calle de los Gomeles, vieron desembocar por ella una bizarra cuadrilla de caballeros, con librea de damasco encarnado y blanco. Los penachos y plumas eran blancas y encarnadas.

Pasada la cuadrilla, iba un caballero en un caballo tordillo, vestido a lo turquesco, paramentos y cimeras de brocado encarnado, con todas las bordaduras de oro, y penacho de las mismas colores. La marlota y capellar sembrada toda de mucha pedrería de inestimable valor.

Así como lo vieron, fue de todos conocido que era el fuerte y bravo Sarracino.

Tras él venía un carro labrado a mucha costa, encima del cual se hacían arcos triunfales de extraño artificio, en los cuales estaban pintados los asaltos y escaramuzas, que habían pasado entre moros y cristianos en la vega de Granada, entre las cuales estaba la batalla tan reñida que pasó entre el valiente y valeroso mancebo Garcilaso de la Vega, y Audalá, moro de gran fama, sobre el AVE MARÍA, que llevaba escrita en la cola del caballo: tan naturales parecían en la pintura, que era cosa muy peregrina.

Debajo de los cuatro arcos triunfales le hacía un trono en redondo, que por todas partes se podía bien ver era de blanco y finísimo alabastro, y en él entretalladas muchas y diferentes labores. Iba puesta encima del trono una imagen muy hermosa, vestida de brocado azul, con muchos recamados de oro; todo ello de mucho precio y estima. A los pies de la bella imagen muchos militares despojos y trofeos, y el Niño Amor vencido y arrodillado ante ella, quebrando su arco y rota su aljaba, tirando la imagen a todas partes las saetas, y denotando que a todos hería de amores.

El bravo Sarracino llevaba una divisa de un mar, y en ella un peñasco combatido de muchas ondas, y una letra que decía:

Tan firme está mi fe como la roca, Aunque el viento y el mar siempre la toca.

Esta letra se extendía por toda la plaza, para que a todos fuese manifiesta.

Así entró el valeroso Sarracino con su carro, no menos rico y costoso que el del mantenedor Abenámar, al cual carro tiraban cuatro caballos bayos, muy briosos y ricamente enjaezados: y así con solemne música dio vuelta el bravo Sarracino a la plaza, dando a todos los que le miraban muy gran contento.

Luego conocieron todos el retrato, que era de la bellísima Galiana. Decía todo el vulgo: «Bravo competidor tiene el mantenedor.»

La reina, admirada de la singular destreza del artífice que retrató aquel bello trasunto, y cuán natural estaba con su original, se volvió a Galiana, y la dijo admirada:

--Secreto estaba este negocio para conmigo, no me podrás negar ahora de tus amores: bizarro y galán caballero has escogido. No le faltaba nada de esto a Abenámar, pero en este caso no hay que disputar por ser de tu gusto.

Galiana disimulando calló. El rey dijo a los caballeros:

--No es posible sino que hoy hemos de ver cosas dignas de memoria, porque el mantenedor es muy esforzado y los aventureros valerosos, que cada uno ha de procurar alcanzar la victoria, por defender su dama, y por ganar el premio del contrario.

Y mirando hacia Sarracino, vieron como después de haber dado la vuelta por la plaza, mandó arrimar su carro a un lado de ella, y paseándose se fue a la tienda del mantenedor, y le dijo:

--Caballero, ya sabrás a qué es mi venida, y te prometo que cada instante se me hace un siglo hasta correr las tres lanzas puestas; porque entiendo por muy cierto que ha de gozar mi adorada dama el retrato de la tuya y la estimada cadena. Si mi desgraciada suerte tuviere ordenado que pierda el retrato de mi señora, llevarás junto con él esta preciosa manga, labrada por mi dama, la cual tiene de valor cuatro mil doblas.

Era así que tenía aquel valor, porque estaban bordados todos los extremos de alfójar, perlas y pedrería, y por ella se dijo este

ROMANCE.

En el cuarto de Comares está la hermosa Galiana, con estudio y gran destreza, labrando una rica manga Para el fuerte Sarracino, que por ella juega cañas: la manga es de gran valor, que precio no se le halla. De alfójar y perlas finas la manga iba esmaltada, con muchos recamos de oro, y lazos finos de plata; De esmeraldas, y rubíes por todas partes sembrada. Muy contento vive el moro, con el favor de tal dama; La tiene en el corazón, y la adora con el alma: si el moro mucho la quiere, ella mucho más le ama; Pues si el moro es de tal suerte, bien merece Galiana, que era la mora más bella, que en muchas partes se hallaba. Muchos moros la sirvieron, nadie pudo conquistarla, sino el fuerte Sarracino, que ella de él se enamoraba, Y por sus tiernos amores dejara los de Abenámar: contentos viven los dos con colmadas esperanzas, Que se casarán muy presto con regocijo y con zambra; porque entiende el rey en ello; y tiene ya la palabra Del alcaide de Almería, que es padre de Galiana; y así en Granada se dice, que se casarán sin falta.

Finalmente, la manga no tenía precio su valor, y el fuerte Sarracino confiado en su gallardía y destreza, quiso poner la manga en ventura de perderla, no considerando el bravo competidor que tenía delante.

El cual, así como oyó hablar a Sarracino, dijo que aquel era el premio del vencedor, corriendo tres lanzas mejores que el contrario; y si lo vencían perdía su fama y joyas.

Y diciendo esto, pidió que le diesen un caballo de ocho que tenía enjaezados, como se ha dicho, y tomando una gruesa lanza de sortija, se fue paseando por la carrera con tal donaire y brío, que a todos los que le miraban les daba gran contento.

Y viendo la bizarría que tenía, dijo el rey a los caballeros:

--No se niegue el buen parecer y postura que tiene Abenámar a caballo: Sarracino también es buen caballero, y hoy veremos quién lleva la palma del vencimiento.

A la sazón llegó al cabo de la carrera Abenámar, y haciéndole dar a su caballo una vuelta en el aire, dio un brinco muy alto, y luego salió como un rayo, y en medio de la carrera tendió su lanza con un donaire gracioso, y llegando a la sortija, dio por el extremo de arriba, y por muy poco no se llevó la sortija en la punta de la lanza; y no valía nada la que no se llevaba la sortija dentro del hierro, ni se podía ganar el premio si no era de esta manera.

Y deteniéndose miró a ver la suerte que haría el venturoso Sarracino, el cual estaba muy confuso y descontento, habiendo visto el golpe que había hecho el valeroso Abenámar, y mostrando buen ánimo, confiado en su mucha destreza, tomó una lanza, y poniéndose en la carrera arrancó con tanta velocidad, como si fuera una bala despedida de una culebrina por la gran violencia de la encendida pólvora, y tendiendo la lanza la llevó tan seguida, que la metió por medio de la sortija, y se la llevó dentro de la lanza.

Toda la gente que estaba mirando la justa dieron muy grandes voces, diciendo:

--Abenámar ha perdido; su retrato y cadena la ha ganado el vencedor Sarracino, porque la fortuna le ha sido muy favorable, y está de su parte la victoria.

Cuán ufano quedó Sarracino con la algazara que levantaron todos, no se puede encarecer, porque ya se consideraba poseedor de los premios del vencido; y así dijo, que le entregara el retrato y la cadena, pues la había ganado.

Mas el valeroso Muza, que era padrino del mantenedor Abenámar, replicó que no había ganado, porque eran tres lanzas las que habían de correr, y faltaban las dos. El padrino de Sarracino, que era un caballero Azarque, dijo que era ganado el premio con aquella lanza; y todos daban voces, cada uno alegando su derecho.

Los jueces mandaron que callasen, que ellos lo determinarían, y fue determinado que no había ganado Sarracino, atento que le faltaban dos lanzas que correr.

Sarracino estaba ardiendo en viva cólera, porque no le daban los premios ya ganados por la voz del pueblo, y más se encolerizó cuando sentenciaron que aún no había ganado. No estaba con menos cólera Abenámar que Sarracino, por haber perdido la primera lanza, y porque el vulgo le había dado el lauro a Sarracino.

Quien en estos debates mirara a Galiana, viera en su rostro una mudanza extrañísima de alegría que tenía por la desgraciada suerte que había tenido en la primera lanza el valiente Abenámar; y lo contrario se viera en Fátima por la buena suerte de Sarracino, aunque con discreción disimulaba su pena, pero no tanto que no se sintiese.

Y Jarifa, como dama en quien había tanta discreción, le dijo a Fátima:

--Amiga, mal le va a vuestro caballero y galán Abenámar: si así es hasta el fin, no le arriendo la ganancia.

--No tengo cuenta con eso --respondió Fátima--; pero si ahora le ha ido mal, podrá ser que le vaya bien después, y tanto que te pese, lo cual veremos al fin.

--Bien dices --dijo la hermosa Jarifa--, y eso aguardo; pero cree que los buenos principios siempre traen buenos fines.

--Eso niego --dijo Fátima--, y espero que me dirás que tengo razón, por este símil. Bien has visto y oído que un enamorado galán, en las primicias de sus amores, sirve a su dama con gran cuidado, siendo puntual en darla gusto, en regalarla, en darla músicas, en rondarle la casa, y en idolatrarla. Hácele mil promesas, que mientras más fuere, más la servirá y querrá, y que tan imposible será el dejar de quererla, como dejar el sol de calentar en el estío, y querer arrebatar con la mano la luciente luna de su lugar, y otros muchos imposibles que dicen, y sobre todo, el casarse con ella, todo con motivo y fundamento de gozar la dama a quien desea. La inocente, obligada con obras y promesas, entrégale su libertad, y viene en su deseo y gózala. ¿Aquestos son buenos principios, Jarifa?

Ella respondió:

--Sí.

Dijo Fátima:

--Pues apenas ha gozado la rendida dama el fraudulento amante, cuando, porque pasando un caballero por su casa le quitó el bonete por cortesía, dicen luego que es su galán, y que no se admiran, que quién entregó su honor a él, lo entregará a muchos; no queriendo admitir el perverso y fementido amante, que debajo de sus promesas y juramentos se le rindió la desdichada dama. Mira, Jarifa, cuánta es la malicia de los que esto usan, y traen por flor, que por solo que le dio algún rayo del sol en su balcón, desisten de la amistad de la recogida dama, y la dejan burlada, presa de amor, y deshonrada, por cuya causa viene a tener desastrado fin. ¿Son estos buenos fines?

--No por cierto --dijo Jarifa--, y confieso ser así lo que dices, y así pasa hoy en el mundo, y yo conozco algunas señoras pobres, cuya hermosura han gozado algunos caballeros, y solo por ser pobres las han dejado, y están arrinconadas y perdidas para siempre; por lo que debemos las doncellas escarmentar en cabeza ajena, y no creer a nadie de ligero, sino ir con el gusto de nuestros padres. Y si te parece miremos a los competidores.

Y mirándolos, vieron como Abenámar tomó otro caballo y lanza, y aunque disimuló, ardiendo en cólera por la mala suerte pasada, arrancó a toda furia, y tendiendo la lanza la llevó derecha como una bala, y pasando por la sortija como un pensamiento, se la llevó dentro de la lanza.

La gente dio gran gritería diciendo:

--El mantenedor va victorioso.

Sarracino dio la carrera con muy gran desenfado y gallardía, y enristrando su lanza con cuidado, tocó un lado de la sortija, y no hizo efecto ninguno.

Abenámar dijo a Sarracino:

--Caballero, otra carrera nos queda para que concluyamos nuestro pleito; concluyámoslo luego.

Y diciendo esto pidió una lanza, y en dándosela se fue poco a poco, y puesto en la carrera, la dio con la lanza tan bien puesta, que embocándola por la sortija, se la llevó dentro.

Entonces fueron las voces de toda la gente más levantadas de punto, diciendo:

--Ganado ha el mantenedor sin duda; suyo es el retrato hermoso de Galiana y la rica manga.

Bien se aparecía en Galiana el sentimiento que en su alma había, por la poca esperanza que tenía de que su enamorado Sarracino ganase. El cual se puso en la carrera, y al llegar a la sortija dio con la punta de la lanza en un extremo, que con el gran movimiento cayó en el suelo.

En parando el caballo del animoso Sarracino, fue llamado por los jueces, y le dijeron que había perdido el retrato de su dama y la rica manga. El moro respondió:

--Si ahora en juego he perdido, en escaramuzas sangrientas ganaré.

Abenámar, que con él estaba picado por lo que ya hemos dicho, respondió que si por vía de escaramuza entendía cobrar algo de lo perdido, que le avisase si quería luego cobrarlo, o que se quedase para cuando hubiese ocasión, que él le cumpliría de justicia a medida de su deseo.

Los jueces y padrinos los apaciguaron, y no consintieron que se tratase más en aquel caso. Sarracino salió de la plaza junto con los caballeros que le acompañaron. Abenámar mandó poner los ricos despojos a los pies de Fátima, su señora, sonando al ponerlos muchos instrumentos músicos.

El gozo y alegría que sintió la discreta y hermosa Fátima fue grande, por la alcanzada victoria; y más cuando vio a los pies de su retrato trofeos tan ricos y estimados.

Mas todo este regocijo lo celebraba entre sí, por disimular el mucho amor que tenía a su querido Abenámar, porque ella no quería que con demasiada certidumbre supiesen lo que sospechaban; en lo cual era muy diferente en el gusto que las otras damas de palacio, que se holgaban siempre de que sus negocios se supieran.

CAPÍTULO X.

_Que declara el fin que tuvo el juego de la sortija, y el desafío que hubo entre el moro Albayaldos y el maestre de Calatrava._

Ya se ha dicho como Sarracino salió de la plaza lleno de coraje por haber tenido tan mal suceso en el juego de la sortija; y lo que más sentía, era haber perdido el hermoso retrato de su señora.

Entrando en su casa se despidieron de él todos los caballeros que le habían acompañado, y él muy airoso se despidió de todos, y se apeó del caballo, se quitó la cimera y plumas, y toda la librea, y con iracunda cólera dio con todo en el suelo; y se subió a un aposento, y recostándose en su cama empezó a quejarse de su corta ventura, y contra sí decía:

--¿Di, bajo caballero, ruin y de poco valor, qué cuenta darás a tu señora Galiana de su hermoso retrato y rica manga, perdido todo por tu poco esfuerzo y destreza? ¿Con qué rostro, di, osarás parecer en su presencia? ¡Oh Mahoma traidor, porfiado y engañador! En el tiempo que habías de favorecer mis esperanzas me faltaste. Di, enemigo falso, ¿no te acuerdas que te prometí hacer toda tu efigie de oro, y de quemar en tu mezquita gran cantidad de incienso si me dabas victoria este día? ¿Pues por qué me la negaste? Pero bien entiendo de cierto que no tienes ningún poder. Mas, vive Alá, que por vengarme de ti me tengo de tornar cristiano, y he de seguir aquella santa ley, y dejar tu falsa secta, que por aquí se salvará mi alma perdida.

Estas y otras muchas cosas decía Sarracino, consolándose con su buen propósito.

Galiana sintió mucho la desgraciada suerte de su querido amante, y se le echaba bien de ver, pero con su discreción lo disimulaba, hablando con la reina y las damas, las cuales la consolaban diciendo que no porque su amante hubiese perdido su retrato, quedaba cautiva; que se riese de todo.

--Ninguna pena tengo de eso --dijo Galiana--, porque son aventuras de caballeros.

Y aunque decía esto, tenía en su alma una mortal envidia, y entre sí decía: «¡Ay, Abenámar victorioso, y cómo ahora te vengarás a gusto en mi retrato de la ingratitud que contigo usé, y cuán vana y gozosa estará tu dama con los vencidos despojos!» Celima la consolaba de secreto, diciéndola que no diese nota de sí con extremos, porque no fuese sentida de la reina y de sus damas. Galiana disimuló cuanto pudo su dolor y pena, y procuró desecharla.

Estando en esto, se oyó un ruido por toda la plaza, y mirándola toda, vieron que entraba por la calle de Elvira una gran serpiente, echando de sí mucho fuego; tras ella venían treinta caballeros ricamente vestidos de una librea blanca y morada, con penachos de la misma color ellos y sus caballos.

En medio de todos venía un caballo sin jinete, con cubiertas y guarniciones de brocado morado y blanco; también venía una sonorosa música de ministriles y dulzainas.

La serpiente dio una vuelta a toda la plaza, y enfrente de los miradores del rey y de la reina, y de los caballeros y damas, se paró, echando por la boca y oídos muchísimo fuego.

Era grande el estrépito que hacían los cohetes y ruedas con invenciones de fuego, que por la boca salían; y con el artificio que tenía la sierpe mediante el fuego que la quemó toda, se abrió por medio, y pareció un caballero vestido de brocado morado y blanco, con muchos recamados de oro; el penacho era de plumas blancas y moradas.