Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 6

Chapter 64,266 wordsPublic domain

Ninguno llegaba a cualquiera de ellos con necesidad, que no se la remediase, aunque fuese muy a su costa. Eran deshacedores de agravios, aquietadores de la república, padres de huérfanos, amigos por extremo de la conservación y obediencia a sus reyes debida.

Eran muy amigos de cristianos, porque ellos mismos iban a las mazmorras a visitar a los cautivos, y los consolaban, daban limosnas y les enviaban de comer; y por estas y otras muchas causas eran tan queridos de todo el reino.

Jamás en ellos se halló temor, aunque se les ofreciesen casos muy arduos. Daban tanto contento con su bizarría y nobleza, que las damas y toda la gente no apartaban su vista de ellos.

No menos galas llevaban los gallardos Alabeces.

Procuraron mostrar su valor los Zegríes, porque alancearon ocho toros muy bien, sin recibir daño ningún Zegrí, ni los caballos.

A la una de la tarde ya estaban corridos doce toros, y el rey mandó tocar los clarines y dulzainas, que era señal para que todos los caballeros que habían de jugar, se juntasen en el mirador, y juntos, muy gozoso el rey les hizo dar colación.

Lo mismo hizo la reina a sus damas, las cuales tenían galas y trajes nunca vistos, a que daba más ser la hermosura de quien los tenía puestos.

Llevó la reina una rica marlota de brocado, con muy ricas labores de oro y pedrería fina. Tenían un tocado muy costoso, y encima de la frente una rosa encarnada, y enmedio de ella un carbunclo precioso. En volviendo el rostro la reina, era tanto el resplandor y claridad que echaba de sí el carbunclo, que quitaba la vista a quien lo miraba.

La bella Daraja salió de azul, la marlota de damasco picada, forrada de tela de plata, que descubría por las picaduras la fineza de la tela. En el tocado dos plumas, una azul, y otra blanca, divisa de los Abencerrajes; estábale muy bien la gala, por ser hermosa, que ninguna dama podía competir con ella.

Galiana de Almería salió con un vestido de damasco blanco con una labor peregrina; la marlota forrada en brocado morado, con unas cuchilladas grandes; su tocado era de artificio. Entendíase bien de esta dama, en su traje, cuán libre vivía de amor, aunque sabía que Abenámar la amaba mucho, y deseaba servir.

Fátima salió de morado (no imitando a Muza en la librea, porque estaba desengañada de que Muza amaba a Daraja, y se empleaba en servirla): la ropa era costosa, por ser de terciopelo, forrada en tela blanca de brocado; el tocado era muy de ver, puesta en él una garzota verde.

Finalmente Cobaida, Sarracina, Alboraida, Jarifa, y todas las demás damas que estaban con la reina, salieron con tanta bizarría, que era cosa notable.

En otro balcón estaban todas las damas del linaje Abencerraje, que no había más que ver en el mundo.

Llevaba la ventaja en todo a las damas, Lindaraja, hija de Mahomet Abencerraje. A esta hermosa dama servía un galán y bizarro moro, llamado Gazul, y en su servicio, y por darla gusto, hizo muchas fiestas en Sanlúcar.

Volviendo, pues, a nuestro propósito, serían las dos de la tarde, cuando los caballeros y damas acabaron de comer las colaciones, y soltaron un toro de los más bravos que había entre todos, que no seguía hombre a quien no volteaba, ni la ligereza de los caballos ni de las yeguas bastaba a escaparse de sus veloces cornadas. Era tanta su braveza y ligereza que en breve espacio le desocuparon la plaza todos los de a pie, aunque contra su voluntad.

Como vio su braveza el rey, dijo a los caballeros:

--Bien será lancear ese toro.

Malique Alabez pidió licencia para hacer algún lance, y el rey se la dio. Muza venía a pedirla para lancearle, y como se la había dado a Alabez no la pidió.

Bajó de los miradores Alabez, y subió en un caballo, el cual le había enviado el alcaide de Vélez el Rubio y el Blanco, que era primo-hermano suyo, hijo de un hermano de su padre, al cual mataron a traición unos caballeros llamados los alfaquíes, por envidia que le tenían, por ser tan querido del rey; pero no compraron muy barata la muerte del noble alcaide, que el rey la vengó bien. Siete hermanos eran estos alfaquíes, y a todos juntos los mandó degollar por la traición que hicieron en matar sin ocasión ni culpa a quien no lo merecía. Sus bienes fueron confiscados por la corona real.

Dio, pues, vuelta Alabez a toda la plaza, y llegando al balcón donde estaba su señora Cobaida, hizo que se arrodillase el caballo, y él humilló la cabeza, haciendo cortesía a su dama, y a todas las demás que estaban allí. La dama enamorada de su Alabez, se levantó y le hizo el acatamiento.

Él, muy gozoso de haber visto a su querida señora, y tan favorecido, espoleó al caballo, y partió más veloz que un rayo; tanta era la ligereza del caballo, que apenas se le veía en la carrera. El rey y los caballeros se holgaron de verle; a los Zegríes les pesó, porque era mortal la envidia.

Era tanta la gritería de la gente que ponía grima; y era causa que el toro había dado vuelta por toda la plaza, habiendo volteado y derribado mucha gente, y muerto cinco o seis personas, y venía como el viento adonde estaba Alabez, y como le vio venir, quiso hacer una gentileza, y fue, que saltó del caballo, y aguardó al toro con ánimo osado, el albornoz en la mano izquierda, y cuando bajó el toro la cabeza para hacer su golpe y darle un bote, le echó tan bien el albornoz delante de los ojos, que dio gran contento a todos; y asiéndole de ambos cuernos, le hizo estar quedo a su pesar, porque era grande la fuerza que tenía.

El toro procuraba desasirse para matarle, y Alabez se defendía con el valor de su persona, aunque con mucho peligro.

Y pareciéndole al valiente moro que duraba mucho aquella pelea, enojado, y con cólera que tenía, le torció el pescuezo, y con fuerza increíble le derribó en tierra como si fuera muy débil oveja; y como lo vio en el suelo, se fue poco a poco, con semblante apacible, y sin poner el pie en el estribo saltó en su caballo, dejando al toro molido, y tal, que no se pudo levantar de allí, quedando todos muy admirados de su esfuerzo, valor y fortaleza invencible, dándole mil loores.

El rey llamó a Alabez, y fue como si no hubiera hecho cosa alguna; y en llegando le dijo el rey:

--Mucho contento me habéis dado, y no se esperaba menos de vuestro valor y nobleza: yo os hago merced de la alcaidía de la fuerza de Cantoria, y de que seáis capitán de cien caballeros.

Alabez le besó las manos por las nuevas mercedes que le hacía.

Serían a la sazón las cuatro de la tarde, y mandó el rey que se tocase a cabalgar. Oída la señal, todos los caballeros que eran de juego se adelantaron para hacer la entrada, y entre tanto comenzaron una muy acordada música, con diversidad de instrumentos.

Luego vino entrando por la boca del Zacatín el gallardo Muza con su cuadrilla Abencerraje. Entrando de cuatro en cuatro, y dando vuelta por la plaza, haciendo el debido acatamiento al rey, a la reina y a las damas, dieron algunas carreras con muy grande brío y donaire. Eran Muza, Malique Alabez, y treinta Abencerrajes en la cuadrilla, y parecían muy bien las plumas azules y telas de plata sobre nevadas yeguas, que hermoseaban toda la plaza y amartelaban las damas con su bizarría.

No con menos gala y brío entraron los Zegríes por otra puerta, todos de encarnado y verde, con plumas y penachos azules, yeguas bayas, y en las adargas una misma divisa puesta en listones azules, que era unos leones encadenados por mano de una dama. Decía la letra: _Más fuerza tiene el amor_.

De esta manera entraron en la plaza de cuatro en cuatro, y juntos hicieron un caracol y escaramuza con mucho concierto, que no menos contento dieron que los Abencerrajes.

Y tomando las dos cuadrillas sus puestos, y apercibidas las cañas, habiendo dejado sus lanzas, al son de las trompetas y dulzainas se comenzó a trabar el juego con mucha gallardía, donaire y brío, de ocho en ocho.

Los Abencerrajes, que habían reparado en las plumas azules que los Zegríes traían, antigua divisa suya, muy enojados les tiraban a los turbantes, por derribárselos, muy valerosamente; mas no pudieron los Abencerrajes salir con su intento, y así andaban jugando con muy gran concierto, que era mucho de ver, y daban grande contento a todos los que les miraban.

Mahomad Zegrí, como tenía tratado con todos los de su linaje, de dar la muerte a Malique Alabez, o a alguno de los Abencerrajes por las palabras dichas; dio orden que Malique Alabez saliese de la parte contraria, y cayese en su cuadrilla, teniendo inteligencia para que él y los ocho revolviesen sobre Alabez y los suyos. Y habiendo corrido seis veces dijo el Zegrí a los de su cuadrilla:

--Ahora es tiempo, que está el juego encendido; venguémonos, pues se nos ofrece buena ocasión.

Y tomando una lanza con un muy agudo hierro, aguardó que Malique Alabez viniese con los ocho caballeros de su cuadrilla, revolviendo sobre los de la contraria parte, como es uso y costumbre en semejantes juegos, y al tiempo que Malique Alabez volvía cubierto con su adarga contra él y los suyos, salió el Zegrí, y llevando puestos los ojos en Malique Alabez, mirando por donde mejor le pudiese herir, le arrojó la lanza con tanta fuerza, que pasó la adarga de una parte a otra, y el agudo hierro entró en el brazo derecho, que se lo pasó con mucha brevedad.

Muy grande fue el dolor que el valeroso Malique Alabez sintió de aqueste golpe, porque le atormentó todo el brazo, y aun todo el cuerpo, sin entender que estaba herido; y en habiendo llegado a su puesto puso la mano en la parte que le dolía, y ensangrentósela; y mirando al brazo, viendo la herida, dijo en alta voz a Muza y a los Abencerrajes:

--Caballeros, grande traición nos han armado los Zegríes: lanzas con hierros agudos tiran por cañas; veisme aquí herido.

Los valientes Abencerrajes al punto tomaron sus lanzas para estar prevenidos a lo que se les ofreciese.

A esta sazón volvía el Zegrí con su cuadrilla para irse a su puesto, cuando Malique Alabez con gran furia se atravesó de por medio viéndose herido, y le tiró la lanza diciéndole:

--Traidor, no es de caballero lo que has hecho, sino de villano.

No fue en balde el tiro, pues le pasó el adarga y cota, y le entró en el cuerpo un palmo y más de lanza, y luego cayó el Zegrí de la yegua casi muerto.

De ambas partes había apercibimiento para lo que se ofreciera, y empezaron una escaramuza brava y sangrienta; y como los Zegríes iban bien armados, llevaron lo mejor de la batalla; pero como era tanto el valor de Muza y del valiente Alabez, y el de los Abencerrajes, no dejaban de maltratar a los Zegríes, y hacerles daño notable.

La vocería y algazara era mucha, y cuando vio el rey encendido el juego, bajó a la plaza, y subió en una yegua y entró entre los lidiadores con un bastón diciendo:

--Afuera, afuera.

Asimismo todos los caballeros desinteresados ayudaron a poner en paz.

Estuvo este día en peligro de perderse Granada; porque de la parte de los Zegríes fueron Gomeles y Mazas, y de la de los Abencerrajes, Almoradís y Venegas.

Como los bandos y cismas son tan peligrosos entre los príncipes y magnates, lo temió el rey, y así hizo todo lo posible para apaciguarlos; quietos y apartados cada uno en su cuadrilla, el valiente Muza y los de la suya se subieron al Alhambra, llevando consigo a los Almoradís y Venegas. Los Zegríes se retiraron al castillo de Bibatambién, llevando muerto a Mahomad Zegrí.

La reina y las damas se quitaron de los miradores, dando gritos cuando vieron las veras del juego, porque en los de la lid había maridos, hermanos, parientes y amantes de las damas, y sus lastimas y lloros movían a compasión a todos los que las oían, y en particular las lamentaciones de la hermosa Fátima, llorando su muerto padre; que eran muchos los extremos que hacía, bastantes a enternecer un corazón diamantino.

Este desdichado fin tuvieron las fiestas, quedando muy revuelta Granada, y por eso se hizo este romance:

Afuera, afuera, afuera, aparta, aparta, aparta, que entra el valeroso Muza, cuadrillero de unas cañas. Treinta lleva en su cuadrilla Abencerrajes de fama, conformes en las libreas de azul y tela de plata. De listones y de cifras travesadas las adargas: yeguas de color de cisne, con las colas encintadas, Atraviesan cual el viento la plaza de Vivarrambla, dejando en cada balcón mil damas amarteladas. Los caballeros Zegríes también entran en la plaza: sus libreas eran verdes, y las medias encarnadas. Al son de los añafiles traban el juego de cañas, el cual anda muy revuelto, parece una gran batalla. No hay amigo para amigo, las cañas se vuelven lanzas, mal herido fue Alabez, y un Zegrí muerto quedaba. El rey Chico reconoce la ciudad alborotada; con un bastón en la mano va diciendo: Aparta, aparta. Muza reconoce al rey, por el Zacatín se escapa, con él toda su cuadrilla no paran hasta el Alhambra. A Bibatambién Zegríes tomaron por su posada; Granada quedó revuelta por esta cuestión trabada.

Quedó la ciudad de Granada tan llena de escándalo y revuelta, porque la flor de los caballeros estaban metidos en estos bandos.

El rey Chico andaba suspenso, y admirado de ver las novedades que cada día había en la corte, y con todas veras procuró hacer las amistades, porque no viniese a más daño del sucedido: mandó que se hiciese información del caso para castigar a los culpados; y con esto paró la traición, concierto y junta que se hizo en el castillo de Bibatambién contra Alabez y los Abencerrajes.

El rey quiso proceder contra los Zegríes, mas todos los caballeros le suplicaron los perdonase, y considerase que era ya muerto el caudillo del bando. El rey los perdonó e hizo las amistades, y así se aquietó la ciudad, como de antes lo estaba, que no fue poco.

CAPÍTULO VII.

_Del triste llanto que hizo la hermosa Fátima por la muerte de su padre, y cómo se iba a Almería la bella Galiana, si su padre no viniera, la cual estaba muy vencida de amores de Sarracino; y de lo que entre él y Abenámar pasó una noche debajo de las ventanas del real palacio._

Muy gran llanto era el que hacía la bella Fátima por la muerte de Mahomad Zegrí, su padre, y era en tanto modo su sentimiento y dolor, que se temía no perdiese el juicio o la vida, porque no bastaba la reina, ni alguna otra dama a consolarla: era tan grande el dolor que tenía en su afligido corazón, que del sentimiento, llanto y desconsuelo enfermó, y enflaqueció de tal suerte que parecía otra de la que ser solía.

Visto que no admitía consuelo ninguno, y que las medicinas no la daban mejoría, acordaron enviarla a Almería a casa del alcaide de ella, que era su pariente, el cual tenía una hija muy hermosa y discreta, que sería posible aliviarse allí, y quitarse la tristeza que tenía; y allí la llevaron, donde fue bien recibida y regalada.

La hermosa Galiana vivía libre de amor, y fue herida de amores de Hamete Sarracino, y con grande exceso; y como se acababa la licencia que de su padre tenía para estar en Granada, envió a llamar al valiente Sarracino con mucho secreto.

Dado el recado vino al punto a palacio, y entrando en el aposento de la bella mora, vio que estaba sola, y ella se levantó a recibirle, mudadas las colores. El bizarro moro la dijo, que le mandase lo que quería que en su servicio hiciese.

Galiana le mandó sentar cerca de sí, tratando largamente de las fiestas pasadas, y la muerte del Zegrí, y de los bandos movidos para tan pequeña ocasión, y de otras cosas, con las cuales palabras se enlazaban las almas, y se aficionaban los ojos.

Y satisfaciendo el enamorado moro a la dama, no menos aficionada que él, la dijo y propuso lo siguiente:

--Grande ha sido, señora, la batalla de los Abencerrajes y Zegríes, y desdichada la muerte de Mahomad Zegrí; pero yo os certifico, señora de mi libertad, que es más la guerra que en mi alma y pensamiento hacen vuestra beldad y hermosura: muerto me han vuestros ojos de amor, mi pecho se abrasa, y arde en amorosa llama; si no acudís al remedio, sin duda moriré: recibidme en vuestro servicio, señora, y no seáis ingrata a mi amorosa voluntad.

Galiana estuvo atenta a las discretas razones del aficionado y gallardo moro, y en extremo holgó de ver tantas muestras en su querido Sarracino, porque ya labraba amor dentro de su pecho, y le estimaba y quería tiernamente, y así con alegría le respondió:

--No es de nuevo, galán Sarracino, en los hombres aficionarse a las damas a primeras vistas y de ligero, y los primeros días tienen algún fervor y fe, y algún cuidado de visitar sus damas, y pasearles las calles. Aquesto hacen por obligar a las damas, y dura en ellos entretanto que ellas se rinden, y se manifiestan por suyas; y en siendo señores de su libertad, en ese punto cesa el cuidado y la solicitud, y aun vienen a olvidar y aborrecer sin causa; y así las damas que vivimos libres, no habíamos de dar crédito a vuestras palabras y promesas.

Sarracino respondió:

--Juro por Mahoma, y él me falte, si yo faltare jamás en serviros, quereros y adoraros, y a fe de caballero de ser muy fiel y leal mientras viviere.

--Bien entendido --dijo Galiana-- que un caballero tan principal como vos cumpliréis vuestra palabra, como quien sois, sabed, que me he de ir a Almería, porque se me acaba la licencia que me dio mi padre, y así habré de partirme de Granada; y antes de irme, holgaré de hablaros más despacio, y sea esta noche a hora conveniente, y con mucho secreto os poned debajo de este balcón, y podremos hablar con más quietud que ahora; y con esto os id con Alá, antes que el rey lo entienda.

El favorecido moro se ausentó de los ojos que daban vista a los suyos, y muy ufano y contento, por verse tan favorecido y regalado de la dama más hermosa y libre de amor que se conocía. Cien mil siglos le parecía cada hora de las que faltaban hasta la dichosa hora que esperaba.

Habiendo acabado Febo su curso, y empezado Tetis a tender la tiniebla oscura, que no lo era para el enamorado moro, se fue a palacio, prevenido de armas defensivas y ofensivas para lo que se ofreciera; y a la una, cuando todos de ordinario reposan, se acercó al balcón de su señora Galiana, y escuchando, oyó tocar un laúd muy acordado, y una tierna y delicada voz, que al son del instrumento cantaba con gran suavidad, y mostraba en sus acentos estar herida y lastimada de amor, según las pausas que hacía, y suspiros que daba.

El gallardo moro estuvo atento a la dulce música y suave voz, y al sentido de la dolorosa canción, que dice así:

CANCIÓN.

Divina Galiana, es tal tu hermosura, que iguala con aquella que el Troyano le diera la manzana, por quien la guerra dura le vino al fuerte muro de Dardano. ¡Oh rostro soberano! pues tienes tal lindeza, el que podrá gozarte dirá que nunca Marte gozó cuando fue preso tal belleza; ni el que se llevó a Argos la causa de la guerra de años largos. Y pues sube de punto tan alto tu belleza, que no hay acá tu igual en todo el suelo, do muestres el asunto, tan lleno de aspereza, como Anajarte hizo al sin consuelo amante, que de vuelo el cuello puso al lazo, por salir de tormento, y quiso que llegase tan mal plazo; muéstrate piadosa, pues eres en verdad divina diosa.

Oyendo el bravo Sarracino la enamorada canción, y no pudiendo sufrir más que el puesto donde había de hablar a su querida dama estuviese ocupado, se llegó a reconocer quién era el que cantaba. El cual, como sintió gente, dejó de proseguir su música, y se aprestó de sus armas.

Era el músico el fuerte Abenámar, el cual estaba amartelado de la bella Galiana, y por ablandar y mover a quien tan exenta vivía de amor, la cantaba aquella endecha triste.

Llegose Sarracino a él, y le dijo:

--¿Qué gente?

Respondió:

--Un hombre.

Replicó:

--Mucha nota veo en lo que habéis hecho, por dormir la reina y sus damas en ese cuarto, y podrá el rey sospechar algo, que por ventura no hay.

--No se os dé nada a vos --dijo Abenámar--, ni os entremetáis en lo que no os va nada, sino pasad adelante antes que os envíe contra vuestra voluntad.

--¡Oh villano! Yo veré si vuestras obras son como las palabras --dijo Sarracino, embrazando su rodela.

Con el alfanje en la mano embistió a Abenámar, que no menos apercibido estaba que él venía, y se comenzaron a dar muy grandes golpes.

Era tanto el ruido que hacían peleando, que algunos caballeros, mancebos moros, que buscaban sus pretensiones, acudieron a poner en paz, y no fue menester, porque como los valientes guerreros sintieron venir gente, y se apartaron, por no ser conocidos. Abenámar quedó herido en un muslo de una herida pequeña.

Los caballeros procuraron conocer los que peleaban, y nunca fue posible, porque huyeron cada uno por su parte.

La hermosa Galiana vio todo cuanto pasó, porque ya estaba puesta en un balcón, cuando Abenámar comenzó a tañer y cantar; y como vio trabada la pendencia, se retiró a su aposento, temerosa no sucediese alguna desgracia a su querido Sarracino.

No fue tan secreto este negocio que no lo supiese el rey, y mandó que se hiciese información, para que fuese castigado el causador del escándalo. Procurose hacer, y en ninguna manera se halló quiénes fueron los de la pendencia.

Pasado todo esto, se dio orden para llevar a Galiana a Almería, y mandó el rey que se aprestasen cincuenta caballeros, para que fuesen en su compañía; y estando todo a punto entró en palacio Mahomad Mostafá, alcaide de Almería, y padre de la hermosa Galiana.

Traía consigo una hija menor que Galiana, y tan hermosa como ella, la cual se llamaba Celima: el rey se levantó y abrazó al alcaide, diciendo:

--¡Qué buena venida es esta, amigo Mostafá, que con ella me has dado gran contento! Tu hija Galiana estaba ya aprestada para irte a ver con el acompañamiento que tú y ella merecéis.

Mostafá le respondió:

--Bien tengo entendido, que de tu larga y magnífica mano he de recibir mercedes, como siempre me las has hecho: mil años vivas para que en tranquilidad y sosiego nos gobiernes.

--Yo os agradezco aquesa voluntad --dijo el rey, y fue a abrazar a la bella Celima, y ella humillada le besó las manos.

La reina y sus damas se levantaron a recibir a Celima, y ella le besó las manos a la reina, y abrazó a su hermana, y las damas se maravillaron de la hermosura de Celima, y ella de la de las damas y su bizarría.

El alcaide Mostafá fue recibido con mucho amor de todos los cortesanos, y el rey le mandó sentar en un rico cojín cerca de sí, y le dijo:

--Holgádome he de tu venida y de la de tu hija, y querría saber, qué te ha movido a traerla a Granada.

El alcaide le dijo:

--Poderoso rey y señor mío, después de venir a besar tus reales manos, traigo a mi hija para que sirva a mi señora la reina, en compañía de las damas y de su hermana Galiana, porque no se halle en Almería, especialmente por el temor que tiene a los rebatos que nos dan siempre los cristianos; y me pareció que estaba mejor en Granada, que en Almería.

--Bien has hecho, dijo el rey, porque aquí estará en compañía de su hermana y gozará de las fiestas que cada día se hacen, aunque las pasadas fueron escandalosas.

A esta sazón entró un moro viejo, y dijo cómo un caballero cristiano paseaba la Vega bien alistado de armas, en un poderoso caballo que ponía espanto su brío y fortaleza, y no podía conocer quién fuese de cierto, por traer puesta la celada. El rey dijo que le procurasen conocer; y a este tiempo estaba en el Alhambra él, y la reina en la torre de Comares.

Deseoso el rey de ver al caballero cristiano, subió a la torre de la Campana, y con él la reina, caballeros y damas. Es la más alta torre del Alhambra, la cual señorea toda la Vega; y mirando a ella vieron un caballero armado, de muy lucidas y fuertes armas, en el escudo y penacho una cruz roja, sobre un hermoso caballo, que se paseaba como si estuviera en su misma patria. En viendo la cruz roja, dijo el rey: