Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 5
Por la calle de su dama paseándose anda Zaide, aguardando que sea hora que se asome para hablarle. Desesperado anda el moro en ver que tanto se tarde, que piensa con solo verla aplacar el fuego en que arde. Viola salir a un balcón más bella que cuando sale la luna en la oscura noche, y el sol en sus tempestades. Llegose Zaide, diciendo: bella mora, Alá te guarde, si es mentira lo que dicen tus criados a mis pajes. Dicen, que dejarme quieres, porque pretendes casarte con un moro que ha venido de las tierras de tu padre. Si eso es verdad, Zaida bella, declárate, no me engañes; no quieras tener secreto lo que tan claro se sabe. Humilde responde al moro: mi bien, ya es tiempo se acabe vuestra amistad y la mía, pues que ya todos lo saben. Que perderé el ser quien soy si el negocio va adelante: Alá sabe si me pesa, y lo que siento dejarte. Bien sabes que te he querido a pesar de mi linaje, y sabes las pesadumbres que he tenido con mi madre Sobre aguardarte de noche, como vienes siempre tarde; y por quitar ocasiones, dicen que quieren casarme. No te faltará otra dama hermosa, y de galán talle, que te quiera, y tú la quieras, porque lo mereces, Zaide. Humilde responde el moro, cargado de mil pesares: No entendí yo, Zaida bella, que conmigo tal usases: No entendí que tal hicieras, que así mis prendas trocases con un moro, feo y torpe, indigno de un bien tan grande. Tú eres la que dijiste en el balcón la otra tarde: tuya soy, tuya seré, y tuya es mi vida, Zaide.
Aunque la bella Zaida pasó con su Zaide todo lo que habéis oído, no por eso le dejaba de amar en su corazón, y el gallardo Zaide asimismo la amaba.
Aunque la dama le despidió, muchas veces se hablaban, no con tanta libertad, porque sus padres no lo sintiesen; y le hacía todos los favores que solía, aunque el moro, por evitar escándalo, no continuaba en pasear la calle de su dama: mas no era tan en secreto, que no fuese sentido del moro Tarfe, amigo de Zaide, el cual tenía una envidia mortal en su alma, porque amaba de secreto a Zaida; y considerando que jamás Zaide dejaría de amar a la bella Zaida, acordó de revolverlos, poniendo cizaña entre los dos, aunque esto le costó la vida; porque así acaece a los que no son leales con sus amigos.
Pues volviendo al caso de las fiestas atrás referidas, trataremos primero de un romance, que compuso un poeta en respuesta del pasado, y después diremos lo que en las fiestas pasó. Dice así el romance:
Bella Zaida de mis ojos, y del alma bella Zaida, de las moras la más bella, y más que todas ingrata: De cuyos rubios cabellos enreda amor mil lazadas, en que ciegas de tu vista se rinden mil libres almas: ¿Qué gusto, fiera, recibes de ser tan mudable, y varia, y con saber que te adoro, tratarme como me tratas; Y no contenta de aquesto de quitarme la esperanza, porque de todo la pierda de ver mi suerte trocada? ¡Ay cuán mal, fiera enemiga, las veras de amor me pagas; pues en cambio dél me ofreces ingratitud y mudanza! ¡Cuán presto le diste al viento tus promesas y palabras! pero bastaba ser tuyas, para que tuviesen alas. Acuérdate, Zaida hermosa, si aun aquesto no te enfada, del gusto que recibías cuando rondaba tu casa. Si de día, luego al punto salías a las ventanas; si de noche, en el balcón o en las rejas te hallaba. Si tardaba o no venía, mostrabas celosa rabia; mas ahora en qué te ofendo, ¿que acorte el pasar me mandas? Mándasme que no te vea, ni escriba billete o carta, que un tiempo tu gusto fueron, mas ya tu disgusto causan. Ay, Zaida, que tus favores, tu amor, tus palabras blandas, por falsas se han descubierto, y descubres que eres falsa. Eres mujer, finalmente, a ser mudable inclinada, que adoras a quien te olvida, y a quien te adora desamas. Mas, Zaida, aunque me aborreces, por no parecerte en nada, cuando de hielo tú fueras más sustentaras mi llama. Pagaré tu desamor con mil amorosas ansias, que el amor fundado en veras tarde se rinde a mudanza.
Por ser aqueste romance bueno, y aludir mucho al pasado, se puso aquí, y por adorno de nuestra obra.
Pues tornando a nuestro moro Zaide, valeroso y gallardo Abencerraje, quedó tan apasionado por lo que la bella Zaida le dijo, que le puso en extremo su pensamiento en si era verdad que los padres de Zaida la querían casar.
Con este cuidado andaba el gallardo moro muy pensativo, y por consolarse paseaba la calle de su dama; pero ella no salía a las ventanas como otras veces solía, sino muy de tarde en tarde.
Aunque la bella y hermosa mora le amaba tiernamente, no lo manifestaba por no dar enojo a sus padres, y por esto no osaba hablar con su querido y amante moro; lo cual él sentía mucho, y lo mostraba hasta en los trajes y vestidos, porque conforme a la pasión que sentía, así traía el vestido, y por él juzgaban los caballeros y damas de Granada los efectos de su causa y de sus amores.
Pues con estas congojas y pesadumbres andaba el valeroso Zaide tan imaginativo, sin poderlas apartar de su pensamiento, que le vinieron a poner en grande extremo y flaqueza, y estuvo muy mal dispuesto; y por consolarse, lleno de amorosas ansias, una noche muy oscura, buena a su propósito, bien aderezada la persona, y solo con un laúd se fue a la calle de su adorada mora a media noche, y comenzando a tocar el instrumento con mucho pesar, cantó en arábigo esta sentida
CANCIÓN.
Lágrimas que no pudieron tanta dureza ablandar, yo las volveré a la mar, pues que de la mar salieron. Hicieron en duras peñas mis lágrimas sentimiento, tanto, que de su tormento dieron unas y otras señas; Y pues ellas no pudieron tanta dureza ablandar, yo las volveré a la mar, pues que de la mar salieron.
No sin falta de lágrimas decía esta canción el enamorado Zaide al son de su sonoro laúd, acompañado de muy ardientes suspiros que le salían del alma, con que acrecentaba más las ansias de su pasión.
Y así como el enamorado moro sentía pasión en su alma, como lo mostraba, no la tenía menor la bella Zaida, la cual luego que sintió el laúd, y que quien le tocaba era su querido Zaide, porque en eso le conocía, se levantó muy quedito, y se fue a un balcón bajo, donde oía la canción y los suspiros que daba su amante, y enternecida la acompañaba en su mismo sentimiento con tristes lágrimas, trayendo a la memoria la sentencia de la canción, y por la causa que el moro la decía: la cual era de saber, que la primera vez que Zaide vio a su hermosa Zaida, fue en Almería un día de S. Juan, siendo capitán de una fusta, con la cual hacía el moro grandes entradas, y muy grandes robos por la mar, y acaso llegó Zaide con su bajel a la playa de Almería, a la sazón que la bella Zaida estaba en ella holgándose con sus padres y parientes.
Traía el moro gallardo en su navío ricos despojos de cristianos, y con muchas flámulas, gallardetes y banderas tendidas, las cuales adornaban y hermoseaban el navío, y fue causa que su padre de Zaida y ella entrasen a ver el navío y al capitán de él, el cual fue de ellos conocido.
El valeroso y gallardo Zaide los recibió con muy grande alegría y aplauso, poniendo los ojos en la bella Zaida, a la cual presentó muchas y muy riquísimas joyas, con las cuales descubrió su deseo y amor, y quedó amartelado de ella, y ella asimismo se enamoró del bizarro moro. Finalmente, se trató entre ellos que se fuese Zaide a Granada, y se tuviesen mucha fe y amor.
Él aceptó el partido, y determinó dejar la mar e irse a Granada, dejando su navío a un deudo suyo. Y estando en Granada el gallardo Zaide sirvió a su dama hasta aquel punto; y visto el proceder de los padres de su querida mora, y el gran disfavor que ella le había dado, lleno de amorosas llamas le cantó la canción dicha, trayendo a la memoria sus primeras vistas.
Así como la bella mora consideró la pena que su amante mostraba en sus acentos, hizo el sentimiento que él, y llegose al balcón enternecida, y llamole quedo por causa de sus padres. No se tardó el bizarro moro en su ida, y llegándose cuanto pudo al balcón muy gozoso, le dijo su dama:
--¿Cómo Zaide, todavía perseveras? ¿No sabes que me infamas? Advierte la nota que das: considera que mis padres me tienen puesta en vida estrecha solo por tu causa. Vete antes que seas sentido de ellos, porque han jurado que si no hay enmienda, que me han de enviar a Coín a casa de mi tío; no des lugar a esto, porque será mi vida acabada. Y no imagines que te he olvidado, que tan en mi alma te tengo como antes. Pasen estos nublados, que Alá nos enviará bonanza.
Y llorando se apartó de su amante, dejando a su amado moro en tinieblas faltándole su luz; el cual confuso se apartó de aqueste puesto, no sabiendo el fin que había de tener su amado deseo.
Pues volviendo al pasado sarao, y a las prometidas y concertadas fiestas, las cuales fuera mejor que no se concertaran ni hicieran, por las revoluciones y pesadumbres que en ellas hubo, y duraron por mucho tiempo después, como más largamente adelante diremos; en este sarao y fiesta se halló el gallardo y valiente Zaide, caballero Abencerraje, el cual amaba a su bella Zaida, y ella a él, y era con tanto extremo el amor que se tenían, que no excedía un punto de su gusto el uno del otro; y entreteníanse ambos sin gozarse, con solo verse y hablarse, hasta que llegase el venturoso día de su deseado casamiento.
Un día la bella mora hizo una linda trenza de sus hermosos cabellos, pues eran más que hebras de oro de Arabia, y con sus manos se la puso en el turbante a su querido Zaide; el cual quedó muy ufano, contento y gozoso con el nuevo bien y favor.
Audalá Tarfe, su amigo, le pidió le dijese la causa de su demasiado contento; y como quiera que no se gozan tanto los bienes y contentos que no se comunican, fiado en su grande amistad, y debajo de secreto, le declaró la causa, y enseñó la prenda estimada que su dama Zaida le había dado.
El moro Tarfe, lleno de envidia y mortal rabia, viendo cuán favorecido y estimado estaba con Zaida, determinó de revelarle el secreto a la hermosa mora, y buscando ocasión para hablarla un día, la dijo:
--¿Eres tú, señora, la que tanto amas a Zaide? ¿La doncella tan estimada, querida y tenida de todos en Granada y fuera de ella? Pues tu honra anda muy caída, que no ha mucho que en una conversación, tratando de los galanes favorecidos de sus damas, se quitó el turbante, y nos enseñó a todos una trenza de cabellos, y dijo ser tuyos, tejida y puesta allí por tu mano: mira si son señas bien conocidas.
Creyole ser así, y como propiamente la mujer es mudable, todo su amor se volvió en rencor y odio, y le dio gran tristeza y pena, considerando como andaba su honor; y luego le envió a llamar, y una criada le dijo que había poco que él había preguntado qué colores le agradaban y quién la visitaba. Venido Zaide muy alegre, ella encendida en cólera, le dijo:
--Ruégote que por mi calle ni casa no pases, ni hables con nadie de mi casa, porque está mi honra muy abatida por tu causa; la trenza que te di enseñaste a Tarfe y a otros, y así no hay que confiar en ti cosa alguna, y no esperes de hablarme jamás.
Y diciendo esto se entró llorando en un aposento, sin bastar las disculpas del enamorado moro, que la decía que mentían cuantos lo habían dicho. En vista de que no aprovechaban sus palabras, juró de matar al moro Tarfe, y por esto se hizo este
ROMANCE.
Mira, Zaide, que te aviso, que no pases por mi calle, ni hables con mis criadas, ni con mis cautivos trates. No preguntes en qué entiendo, ni quién viene a visitarme, ni qué fiestas me dan gusto, ni qué colores me placen. Basta que son por tu causa las que en el rostro me salen, corrida de haber mirado moro, que tan poco sabe. Confieso que eres valiente, que hiendes, rajas y partes, y que has muerto más cristianos, que tienes gotas de sangre: Que eres gallardo jinete, que danzas, cantas y tañes, gentilhombre, bien criado cuanto puede imaginarse: Blanco, y rubio por extremo, esclarecido en linaje, el gallo de las bravatas, la gala de los donaires: Que pierdo mucho en perderte, que gano mucho en ganarte, y que si nacieras mudo, fuera posible adorarte: Y por este inconveniente determino de dejarte, que eres pródigo de lengua, y amargan tus libertades. Habrá menester ponerte quien quisiere sustentarte, un alcázar en el pecho, y en los labios un alcaide. Mucho pueden con las damas los galanes de tus partes, porque los quieren briosos, que hiendan, y que desgarren. Y con esto, Zaide amigo, si algún banquete las haces, del plato de tus favores quieres que coman y callen. Costoso fue el que me hiciste; venturoso fueras, Zaide, si conservarme supieras, como supiste obligarme. Pero no saliste apenas de los jardines de Tarfe, cuando hiciste de la tuya, y de mi desdicha alarde. A un morillo mal nacido, me dijeron que enseñaste la trenza de mis cabellos, que te puse en el turbante. No pido que me la des, ni que tampoco la guardes; mas quiero que entiendas, moro, que en mi desgracia la traes. También me certificaron, como le desafiaste por las verdades que dijo, que nunca fueran verdades. ¡De mala gana me río; qué donoso disparate! ¿no guardas tú tu secreto, y quieres que otro lo guarde? No quiero admitir disculpa, otra vez vuelvo a avisarte, esta será la postrera que me veas, y te hable. Dijo la discreta mora al altivo Abencerraje, y al despedirse replica: _quien tal hace, que tal pague_.
Este romance se hizo por lo que atrás dejamos dicho, y viene a propósito a la historia.
Y volviendo a ella quedó Zaide tan desesperado viendo el cruel desdén de su dama y siendo mentira todo aquello que le increpaba, que saliendo de allí, casi perdió el juicio, y en cólera ardiente fue a buscar a Tarfe para matarle, y le halló en la plaza de Vivarrambla, dando orden de algunas cosas para las venideras fiestas. Llamole aparte y díjole:
--¿Por qué me has revuelto con mi señora Zaida, no guardando la ley de mi amistad?
Tarfe le respondió:
--Yo no te he revuelto con tu dama, y estoy inocente de lo que dices, y de mí no debes presumir tal.
Zaide se afirmaba en lo dicho; Tarfe lo negaba, y se dijeron palabras muy ofensivas. Cesaron las lenguas, y echando mano a sus alfanjes, pelearon muy bien, y Zaide dio a Tarfe una herida mortal, de la cual murió dentro de tres días.
Los Zegríes quisieron matar a Zaide, por ser amigos de Tarfe; acudieron los Abencerrajes presto, y si no viniera el rey, aquel día se perdiera Granada, porque Mazas, Gomeles, Zegríes y los de su bando se armaron para herir a los Abencerrajes, Gazules, Venegas y Alabeces; mas el rey Chico acompañado de muy principales caballeros de otros linajes, hicieron tanto, que los apaciguaron, y a Zaide le llevaron preso a la Alhambra.
Hecha la averiguación del caso, se halló que Tarfe era culpado; y porque el honor de la bella Zaida no fuese manchado, hizo el rey que Zaide se casase con ella, y le perdonó la muerte de Tarfe. Por esto quedaron los Zegríes enojados; pero no por eso cesaron las fiestas concertadas, porque el rey mandó que se hiciesen. No faltando quien a Zaida respondiera a su mandato de esta suerte:
Di, Zaida, ¿de qué me avisas? ¿quieres que mire, y que calle? no des crédito a mujeres, ni a mal fundadas verdades. Que si pregunto en qué entiendes, o quién viene a visitarte, fiestas son de mi contento las colores que te salen. Si dices son por mi causa, consuélate con mis males, que mil veces con mis ojos tengo regadas tus calles. Si dices que estás corrida, de que Zaide poco sabe, no supe poco, pues supe conocerte y adorarte. Conoces que soy valiente, y tengo otras muchas partes; no las tengo, pues no puedo de una mentira vengarme. Mas si ha querido mi suerte que ya en quererme te canses, no pongas inconvenientes más de que quieres dejarme. No entendí que eras mujer a quien novedad aplace, mas son tales mis descuidos que aun en lo imposible hacen. Yo soy quien pierdo en perderte, y gano mucho en amarte; y aunque hables en mi ofensa, no dejaré de adorarte. Dices que si fuera mudo fuera posible adorarme; si en mi daño no lo he sido, enmudezco en disculparme. ¿Hate ofendido mi vida? ¿quieres, señora, matarme? que no te hable me mandas, para que el pesar me acabe. Es mi pecho calabozo de tormentos inmortales, mi boca la del silencio, que no ha menester alcaide. El hacer plato y banquete es de hombres principales; mas el hacer disfavores solo pertenece a infames. Zaida cruel, hasme dicho que no supe conservarte; mejor supe yo quererte, que tú supiste obligarme. Mienten los moros y moras, y miente el villano Tarfe, que si yo le amenazara, bastara para matarle. Ese perro mal nacido, a quien yo mostré el turbante, no le fío yo secretos, que en bajo pecho no caben. Yo he de quitarle la vida, y he de escribir con su sangre lo que tú, Zaida, replicas, _quien tal hace, que tal pague_.
Esta es la historia del valeroso moro Zaide Abencerraje, por la cual se han hecho dos romances, a mi parecer buenos, donde nos dan a entender cómo no es bueno revolver a nadie, porque de ello no se espera sino el galardón de Tarfe, que murió a manos de su buen amigo Zaide. Y si acaso es mentira que Tarfe no lo había dicho, tomaremos ejemplo en la liviandad de Zaida, que por creerse de ligero, fue causa de la muerte de Tarfe.
Finalmente, por esto, y por las palabras que el Malique Alabez había hablado en el sarao, y Zulema Abencerraje, todos los Zegríes, Gomeles, Mazas y los de su bando quedaron muy enojados, y con malos propósitos y deseos de vengarse del agravio recibido en presencia del rey y de los caballeros y las damas; pues estaba en el sarao y en aquella fiesta toda la flor y nobleza de Granada, y aun del reino todo; porque fue mucha desenvoltura la de Malique Alabez, y se alargó mucho el Abencerraje también: mas como se habían hecho las amistades, no trataban de ello ni lo daban a entender; pero el rencor estaba arraigado en sus corazones y por no mostrar el odio mortal en que ardían, se comunicaban con los Abencerrajes y Alabeces, disimulando en todo lo que podían, puesto que eficaz y grande deseo tenían de vengarse todos los del linaje Zegrí, como pareció después.
Estando un día todos los Zegríes en el castillo de Bibatambién, morada de Mahomad Zegrí, cabo y cabeza de los Zegríes, tratando de las cosas pasadas, trayendo a la memoria las palabras de Alabez, y de las fiestas que esperaban de torneo y juego de cañas, Mahomad Zegrí habló a todos los presentes de esta manera:
--Bien sabéis, ilustres caballeros Zegríes, como nuestro real y antiguo linaje ha sido tenido en tanto en España y en África; y como han sido nuestros antecesores reyes de Córdoba, y como ahora ha sido vituperado y ofendido nuestro honor por los Abencerrajes; y los Almoradís son nuestros enemigos, porque se han vuelto contra nosotros; con lo cual estoy tan rabioso que muero de pesar, y lo que me alivia y entretiene es la confianza que tengo de verme vengado. El agravio es de todos, y todos nos hemos de satisfacer; ahora nos ofrece muy buena ocasión la fortuna; aprovechémonos de ella, y es procurar matar en el torneo o en las cañas a Malique Alabez, y al soberbio Abencerraje; que muertos estos, iremos dando traza como se acabe de todo punto este pérfido linaje de los Abencerrajes, que tan estimados y queridos son de todos; y para esto el día del juego de cañas hemos de ir bien armados con jacos fuertes debajo de las libreas. Y pues el rey me ha hecho cuadrillero, saldremos treinta Zegríes, y llevaremos libreas rojas y encarnadas con los penachos de plumas azules, antigua divisa de los Abencerrajes, para que sea por esto instrumento de que se enojen con nosotros y se revuelva cuestión, y venidos a batalla, cada uno haga como quien es, y pues llevaremos armas, no hay duda sino que los maltrataremos: no hay que temer, pues tenemos de nuestra parte Mazas y Gomeles; y si no les diere nada a los Abencerrajes de la divisa azul, en el juego de cañas les tiraremos agudas lanzas en el lugar de cañas. Este es mi parecer, decidme ahora el vuestro.
Así como acabó Mahomad de decir su razonamiento, respondieron todos que era justo lo que decía, y que era buena la traza, que cada uno haría lo posible por vengarse; y concertado esto, fue cada uno a su casa.
A esta sazón ordenaban su cuadrilla Muza y los Abencerrajes, siendo cuadrillero el valiente Muza por mandado del rey, en la cual cuadrilla habían de ir Malique Alabez y los Abencerrajes; y de común acuerdo sacaron las libreas de damasco azul, forradas en tela de plata fina, con penachos azules, blancos y pajizos, conformes a las libreas; los pendoncillos de las lanzas blancos y azules, recamados con mucho oro: en las adargas llevaban por divisas unos salvajes; solo Malique llevaba su misma divisa, que era el listón morado, que atraviesa la adarga una corona de oro con su letra, que decía: _De mi sangre_.
Muza llevaba la misma divisa que sacó el día que escaramuzó con el maestre, que era un corazón en la mano de una doncella, apretando el puño, destilando el corazón gotas de sangre, y la letra decía: _Por la gloria tengo mi pena_.
Todos los demás caballeros Abencerrajes sacaron listones y cifras a su gusto, puestas de suerte que no quitaban la vista de los salvajes.
Concertada esta cuadrilla del gallardo Muza, acordaron de llevar yeguas blancas, enlazadas las colas con cintas azules de seda y oro muy fino.
Llegado ya el celebrado día de la grandiosa fiesta, mandó el rey traer veinte y cuatro toros de los mejores que había en la sierra de Ronda, que eran allí muy bravos; y puesta la plaza de Vivarrambla como verdaderamente convenía para la tal fiesta, el rey acompañado de muchos caballeros ocupó los miradores reales, que para aquellas fiestas estaban diputados. La reina con muchas damas se puso en otros miradores con la misma orden que el rey. Todos los ventanajes de las casas de Vivarrambla estaban ocupados de bellísimas damas.
Acudió tanta gente, que no había sitio donde estuviesen, y vinieron muchos de fuera del reino, como fue de Toledo y de Sevilla, y la flor de los caballeros de esta ciudad se hallaron en Granada a la fama de tan grandes fiestas.
Los caballeros Abencerrajes andaban corriendo los toros con tanta gallardía y brío que daban a todos mucho contento en mirarlos, y en verlos hacer aquellas gentilezas les daban mil alabanzas; y particularmente se llevaban tras de sí los ojos de todas las damas, porque eran tan favorecidos de ellas que no se tenía por dama quien no amaba Abencerraje; y donde quiera que había caballeros de este linaje, eran tan tenidos, estimados y queridos de todos que causaban envidia a los otros caballeros.
Y con mucha razón eran queridos de las damas, porque todos ellos eran galanes y gentiles hombres, hermosos y dotados de discreción, y muy bien criados y de buenos respetos.