Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 4

Chapter 44,369 wordsPublic domain

Los caballeros sacaron las lanzas, y con grande destreza comenzaron a escaramucear, rodeándose el uno al otro, procurando herirse; pero aunque era bueno el caballo del maestre, no era ligero como el del moro, a cuya causa no podía dar golpe a gusto, por andar Muza tan ligero; y así entraba y salía con velocidad el moro, dándole algunos golpes al maestre, el cual como vio la ligereza del caballo del contrario, acordó, fiando en la fortaleza de su brazo, de tirarle la lanza, y aguardó a que el moro le entrase, y viéndole cerca terció la lanza, y levantose sobre los estribos, y con fortaleza jamás vista le arrojó la lanza.

Muza quiso hurtarle el cuerpo y revolvió la rienda al caballo por huir del golpe; pero no lo hizo tan a su salvo que llegando primero la lanza del maestre, le pasó el cuerpo al caballo: alborotose saltando, dando vueltas y empinándose, y dando grandes corcovos; y visto por el moro, temiendo no le viniese algún daño por aquella causa, saltó en tierra y con osado ánimo se fue al maestre para desjarretar el suyo, y de él entendido, saltó tan ligero como el viento; y embrazando el escudo, la espada desnuda se fue a Muza, el cual venía lleno de cólera y saña contra él, por haberle herido tan mal su caballo; y con una cimitarra fue a herir al maestre, el cual le ofendía bien y le maltrataba: peleando a pie, y cerca el uno del otro, se daban tan recios y desaforados golpes, que no bastaba fuerza de los escudos y de las armas, que con la fortaleza de sus brazos no se deshiciese y rompiese; y como el valeroso maestre era muy diestro y cursado en las armas, y más fuerte que Muza, puesto que el moro era valiente y de animoso corazón, quiso mostrar donde llegaba su valor, y afirmando su espada sobre la cimitarra de Muza, fue al reparo, y el maestre con muy gran presteza le hirió en la cabeza sin poderlo remediar el gallardo moro: cortole con la cuchillada la mitad del bonete, y vino el penacho al suelo; y si el casco no fuera tan fino, fuera la herida más peligrosa, y quedó Muza casi aturdido del golpe; y viendo cuán a maltratar le traía el maestre, volviendo en sí acudió con su cimitarra con destreza, y descargó un golpe muy recio.

El maestre lo recibió en el escudo, el cual fue cortado por medio, por ser fuerte el golpe que en él le dio, y le rompió asimismo la manga de la loriga, y le alcanzó a herir de una pequeña herida en el brazo, de la cual le salía mucha sangre, y fue causa de que el maestre se encendiese en cólera y saña, y queriendo vengarse, acometió con un golpe a Muza en la cabeza, el cual con presteza fue al reparo porque no le hiriera.

El maestre viendo que acudió al reparo, bajó la espada, y de revés le dio una herida en el muslo, que no le aprovechó la loriga que llevaba encima, para que no entrase la espada del maestre.

De aquella suerte andaban los valerosos caballeros muy encarnizados, dándose muy grandes y fieros golpes.

Quien mirara a la hermosa Fátima, conociera claro que amaba a Muza, porque así como vio el bravo golpe que el maestre dio a su amante y querido Muza, del cual le derribó el bonete y penacho, temió quedaba mal herido; y viendo el caballo muerto, no lo podía sufrir, y así de todo punto perdió su color con un desmayo cruel que le dio, y cayó sin sentido en el suelo.

La reina mandó que la echasen agua en el rostro, y echándosela volvió en sí, y abriendo los ojos dio un suspiro, diciendo:

--¡Oh Mahoma! ¿Por qué no te dueles de mí?

Y tornándose a amortecer, la mandó la reina llevar a su aposento, y que la regalasen. Jarifa, Daraja y Cobaida la llevaron con mucha presteza, haciendo muchos remedios, hasta que la bella mora volvió en sí, y les dijo a Daraja y a Jarifa que la dejasen sola, porque quería reposar un poco.

Estas lo hicieron así, y se tornaron adonde estaba la reina mirando la escaramuza, que a la sazón estaba más encendida, pero manifiesta en la ventaja que el maestre llevaba a Muza, por ser más diestro en las armas; puesto que Muza era de grande esfuerzo y valor, y no mostró jamás punto de cobardía, y más en aquella ocasión, antes redoblaba sus golpes, hiriendo al maestre.

Al moro le salía mucha sangre de la herida del muslo, y era tanta, que Muza sentía bien la falta de ella, y estaba desfallecido y débil; lo cual visto por el maestre, considerando que aquel moro era hermano del rey de Granada, y que era también muy estimado, y deseando también con muchas veras que fuese cristiano, y que siéndolo, le podría ganar algo en los negocios de la guerra en provecho del rey D. Fernando, determinó con todo cuidado de no proseguir la sangrienta batalla, y de tener amistad verdadera con el valiente Muza, y así luego se fue retirando afuera, diciendo:

--Valeroso Muza, paréceme que para negocios de fiestas hacer tan sangrienta batalla como la que hacemos, no es justo; démosle fin, si te pareciere, que a ello me mueve ser tú tan buen caballero, y hermano del rey, de quien tengo ofrecidas mercedes; y no digo esto porque de mi parte sienta haber perdido nada del campo, ni de mi esfuerzo, sino porque deseo amistad contigo por tu valor.

Muza que vio retirar al maestre, se maravilló, y también se retiró, diciendo:

--Claramente se deja entender, valeroso maestre, que te retiras, y no quieres fenecer la batalla, por verme en tal estado, que de ella no podía yo sacar sino la muerte; y movido tú de mi mala fortuna, me quieres conceder la vida, de la cual reconozco me haces merced. Y también digo, que si tu voluntad fuere que nuestra lid fenezca, de mi parte no faltaré hasta morir, con la cual cumpliré a lo que debo a ley de caballero; mas si, como dices, lo haces por respeto de mi amistad, te lo agradezco infinito y lo tengo a grande merced, por tener amistad con un tan singular caballero como tú, y prometo y juro de serlo tuyo hasta la muerte, y de no ir contra tu persona ahora ni en tiempo alguno, sino en cuanto fuere mi poder servirte.

Y diciendo esto dejó la cimitarra de la mano, y se fue a abrazar al maestre, y él hizo lo mismo con mucho amor, y entendió de cierto el maestre que de aquella amistad había de resultar muy gran bien a los cristianos.

El rey y los demás que estaban mirando la batalla se maravillaron mucho, y no podían entender qué podía ser; y venido a entender el caso y la amistad, el rey con seis caballeros se llegó a hablar al maestre, y después de haber tratado cosas de muy grandes cortesías, sabiendo la amistad del maestre y de su hermano, aunque no se holgó mucho, dio orden de volver a la ciudad, porque Muza fuese curado, que lo había bien menester.

Y así se partieron los dos caballeros, llevando la amistad en sus corazones muy fija y sellada. Este es el fin que tuvo la batalla.

Vuelto el rey a Granada, no se trataba otra cosa sino de la escaramuza, y de la amistad que de ella procedió, y de la virtud, bondad y valor del maestre; y con razón, porque era adornado de todo, y por él se dijo aquel romance, que dice:

¡Ay Dios, qué buen caballero es el maestre de Caltrava, y cuán bien corre los moros por la vega de Granada! Desde la fuente del Pino hasta la Sierra Nevada, y en esas puertas de Elvira, mete el puñal, y la lanza; las puertas eran de hierro, de parte a parte las pasa.

Siendo fenecida la batalla del maestre y de Muza, desamparando la Vega el maestre se fue con las presas que habían hecho él y su gente.

Volvamos ahora a lo que pasó en Granada, después que el rey entró en ella y sanó Muza de las heridas, que pasó más de un mes.

CAPÍTULO V.

_Que trata de un sarao que se hizo en palacio entre las damas de la reina y los caballeros de la corte, sobre el cual hubo pesadas palabras entre Muza y Zulema Abencerraje, y de lo que pasó._

Grande fue la reputación que cobró Muza de valiente caballero, pues no quedó del maestre vencido, como lo habían sido otros valientes caballeros, a quien había vencido y muerto por sus manos.

Entró Muza en Granada al lado del rey su hermano, acompañado de todos los caballeros más principales de la ciudad. Entraron por la puerta Elvira, y por las calles donde pasaban, todas las damas le salían a mirar, y otras muchas gentes ocupaban las ventanas, que era cosa de ver.

De esta suerte fueron hasta la Alhambra, donde fue Muza curado por un gran maestro, y estuvo casi un mes en sanar: después de sano fue a besar las manos al rey, el cual tuvo con su vista mucho contento, y asimismo todos los demás caballeros y damas de la corte; y quien más con su vista se alegró, fue la hermosa Fátima, porque le amaba mucho, aunque él no la pagaba su amor.

La reina le hizo sentar junto a sí, y le preguntó cómo se sentía y qué le había parecido el esfuerzo del maestre. Muza le respondió:

--Señora, el valor del maestre es en demasía muy grande, y me hizo merced que la batalla no pasase adelante, por excusar el daño notable que estaba de mi parte, que era manifiesto; y juro por Mahoma que en lo que yo pudiere le tengo de servir.

--Mahoma le confunda --respondió Fátima--, que en tal sobresalto nos puso a todos, y especialmente a mí, que como vi que de un golpe que os dio os derribó la mitad del bonete con todo el penacho, no me quedó gota de sangre, y faltándome de todo punto el aliento me caí amortecida en el suelo.

Fátima dijo esto encendiendo todo su rostro en color, de suerte que todos echaron de ver, que amaba al gallardo y valiente moro, el cual respondió:

--Mucho me pesa, que tan hermosa dama viniese a tal extremo por mi causa.

Y diciendo esto volvió los ojos a Daraja, mirándola aficionadamente, dándola a entender que la amaba de corazón; pero ella se estuvo con los ojos bajos y sin hacer mudamiento.

Llegada la hora de comer, el rey se sentó con sus caballeros a la mesa, porque en comiendo había de haber gran fiesta y zambra. Las mesas fueron puestas, y comieron con el rey los caballeros más principales, y eran cuatro caballeros Bencerrajes, cuatro Almoradís, dos Alhamares, ocho Gomeles, seis Alabeces, doce Abencerrajes y algunos Almoradines, Abenámar y Muza. Eran estos caballeros de grande estima, y por su valor les daba el rey su mesa.

Asimismo con la reina comían muy hermosas damas, y de buenos linajes, las cuales eran Daraja, Jarifa, Cobaida, Zaida, Sarracina y Alboraida; todas eran de la flor de Granada. También estaba la hermosa Galiana, hija del alcaide de Almería, que había venido a las fiestas, y era parienta de la reina.

Andaba enamorado de la hermosa Galiana el valiente Abenámar, y por ella había hecho muchos juegos y escaramuzas, y por él se dijo este romance:

En las guerras de Almería estaba el moro Abenámar, frontero de los palacios de la mora Galiana. Por arrimo un albornoz, y por alfombra su adarga, la lanza llana en el suelo, que es mucho allanar su lanza. En el arzón puesto el freno, y con las cuerdas trabada la yegua entre dos linderos, porque no se pierda, y paza.

Este romance lo dicen de otra manera, diciendo: _Galiana está en Toledo_, y es falso, porque la Galiana de Toledo fue mucho tiempo antes que los Abenámares, especialmente de este de quien ahora tratamos, y el otro de la pregunta del rey Don Juan, pues en tiempo de aquestos era Toledo de cristianos, y así queda la verdad clara.

La Galiana de Toledo fue en tiempo de Carlos Martel, y fue robada de Toledo, y llevada a Marsella por Carlos. Esta Galiana de quien ahora tratamos, era de Almería, y por ella se dice el romance y no por la otra; y este Abenámar era nieto del otro Abenámar.

Volviendo, pues, a nuestro caso, el rey con sus caballeros, y la reina con todas sus damas, comían con gran contento al son de muchas y diversas músicas, así de ministriles, como dulzainas, harpas y laúdes que en la real sala había.

Hablando el rey y los caballeros sobre algunas cosas, en especial de la batalla del maestre y de Muza, y del gran valor del maestre y de su cortesía, que era muy grande, de lo cual le pesaba al moro Albayaldos, que sentía mucho el no haberse acabado la escaramuza, porque le parecía que no era tanto el valor del maestre como la fama publicaba, y que si peleara en lugar de Muza había de alcanzar victoria del maestre; por lo cual propuso en sí que la primera vez que entrase en la Vega le había de pedir campo, por ver si lo que se decía era así.

Las damas también trataban de la escaramuza pasada, y del grande esfuerzo del valiente Muza y de su donaire.

Abenhamet no quitaba los ojos de Daraja a quien amaba en extremo, y no era mal correspondido en su fe, porque ella le adoraba, por tener partes para ser querido y porque en extremo era galán y valiente, temido y muy estimado, y alguacil mayor en Granada, que este cargo y oficio no se daba sino a persona de mucha estima, y nunca salía este oficio de los caballeros Abencerrajes, como se verá en los compendios de Esteban Garibay, y Camaloa, cronista de los reyes cristianos de Castilla.

Pues si Albayaldos estaba con deseo de probar el valor del maestre de Calatrava, no menos lo tenía su primo Aliatar que se preciaba de valiente, y holgara ver si era así lo que se decía del maestre.

El valiente Muza ya no trataba de esto, sino de tener por amigo al maestre, y más se entretenía en mirar a Daraja que en las otras cosas, y tanto se embebecía en mirarla que muchas veces se olvidaba de comer.

El rey su hermano advirtió en ello y coligió que amaba Muza a Daraja, y pesole grandemente porque también él la amaba de secreto, y muchas veces le había descubierto su corazón, aunque no daba ella atento oído a sus querellas ni palabras, ni hacía caudal de lo que decía el rey.

También Mahomad Zegrí miraba a Daraja: este era caballero de mucha calidad, y sabía que Muza la servía, pero no por eso desistía de su propósito, de lo cual no se le daba a Daraja nada, por tener puestos los ojos en Abenhamet, caballero Abencerraje, gallardo y estimado.

La reina trataba con sus damas cosas de los caballeros y sus bizarrías, y entre todos, los Abencerrajes y Alabeces, los cuales linajes eran deudos.

Estando la reina hablando con sus damas, habiendo acabado de comer el rey y los demás caballeros, y habiéndose comenzado algunas danzas entre damas y caballeros, llegó un paje de parte de Muza, e hincando las rodillas en el suelo, le dio a Daraja un ramo de flores y rosas, diciendo:

--Hermosa Daraja, mi señor Muza os besa las manos y os suplica recibáis este ramillete que él mismo hizo y compuso por su mano, para que os sirváis de tenerlo en la vuestra, y que no miréis el poco valor del ramillete, sino la voluntad del que os lo envía, que entre estas flores viene estampado su corazón para que lo toméis en vuestras manos.

Daraja miró a la reina y se puso muy colorada, sin saber si lo tomaría o no; y visto que la reina la miró, y no le dijo cosa alguna, tomó el ramillete, por no ser demasiadamente descortés ni ingrata a Muza, por ser buen caballero y hermano del rey, considerando que por tomar el ramo no era ofendida su honestidad, ni su querido Abencerraje, el cual vio bien como lo tomó, diciéndole al paje, que ella le agradecía mucho el presente.

Quien mirara a Fátima entendiera bien lo mucho que le pesó, porque nunca él la había enviado ramillete; pero procuró disimular, y llegándose a Daraja la dijo:

--No podéis negar que Muza es vuestro amante, pues en presencia de todos os ha enviado este ramillete; y pues vos lo recibisteis, es argumento que le queréis bien.

Casi afrentada Daraja de aquello, la respondió:

--Amiga Fátima, no os maravilléis si recibí el ramo, que no lo tomé con mi voluntad, sino por no dar nota de ingrata en presencia de todos los caballeros y damas de la sala, que si no pareciera mal, lo hiciera mil pedazos.

Con esto dejaron de hablar sobre aquel caso porque mandó el rey que danzasen las damas y caballeros, lo cual fue hecho, y Abenámar danzó con Galiana; Malique Alabez con su dama Cobaida, y muy bien, por ser extremada en todo; Abindarráez danzó con la hermosa Jarifa, y Venegas con la bella Fátima: Almoradí, un bizarro caballero pariente del rey, danzó con Alboraida; un caballero Zegrí danzó con la hermosa Sarracina; Algamún Abencerraje con la linda Daraja, y en acabando de danzar al tiempo que el caballero Abencerraje le hizo una cortesía, ella haciéndole reverencia le dio el ramillete, y él lo recibió con mucha alegría, y lo estimó en mucho por ser de su mano.

El valiente Muza, que había estado mirando la danza, y no quitaba los ojos un momento de su señora Daraja, visto que le había dado el ramillete que le había enviado a su dama, ciego de enojo y pasión que recibió por ello, sin tener respeto al rey ni a los demás caballeros que en la real sala estaban, se fue al Abencerraje con una vista tan horrible, que parecía echar fuego por los ojos, y con voz soberbia le dijo al Abencerraje:

--Di, vil y bajo villano, descendiente de cristianos, mal nacido, sabiendo que aqueste ramo fue hecho por mi mano, y que se lo envié a Daraja, lo osaste recibir, sin considerar que era mío; si no fuera por lo que debo al rey, por estar en su presencia, ya hubiera castigado tu loco atrevimiento.

Visto por el bravo Abencerraje el mal proceder de Muza, y el poco respeto que tuvo a su antigua amistad, no menos encolerizado que él, le respondió diciendo:

--Cualquiera que dijere que soy villano y mal nacido, miente mil veces, que yo soy muy buen caballero e hijodalgo, y después del rey mi señor, no es ninguno tal como yo.

Diciendo esto, los caballeros pusieron mano a las armas para herirse, lo cual hicieran si el rey no se pusiera en medio, y todos los caballeros. Y muy enojado el rey contra Muza por haber sido el movedor de la causa, le dijo palabras muy sentidas; y por haber tenido tanto atrevimiento en su presencia, mandó saliese desterrado de la corte.

Muza dijo que se iría, y que algún día en escaramuzas de cristianos le echaría menos, y diría: «¿dónde está Muza?» Diciendo esto volvió las espaldas para salir de palacio; mas todos los caballeros y damas le detuvieron, y suplicaron al rey que se quitase el enojo, y alzase el destierro a Muza; y tanto se lo rogaron los caballeros, la reina y las damas, que le perdonó, e hicieron amigos a Muza y al Abencerraje, y le pesó a Muza de lo hecho, porque era amigo de los Abencerrajes.

Pasada esta cuestión se movió otra peor, y fue, que un caballero Zegrí, que era la cabeza de ellos, le dijo a Abenhamet Abencerraje:

--El rey mi señor echó culpa a su hermano Muza, y no reparó en una razón que dijísteis, que después del rey no había caballeros tales como vos, sabiendo que en palacio los hay tales y tan buenos como vos, y no es de buenos caballeros adelantarse tanto, y si no fuera por alborotar el real palacio, os digo que os había de costar bien caro lo que hablasteis en presencia de tantos caballeros.

Malique Alabez, que era muy cercano deudo de los Abencerrajes, como valiente y osado, se levantó y respondió al Zegrí muy valerosamente, diciendo:

--Más me maravillo de ti en sentirte tú solo, adonde hay tantos y tan preciados caballeros, y no había ahora para qué tornar a remover nuevos escándalos y alborotos; porque lo que Abenhamet dijo fue muy bien dicho, porque los caballeros de Granada son bien conocidos quién son y de dónde vinieron, y no penséis vosotros los Zegríes, que porque sois de los reyes de Córdoba descendientes, que sois mejores ni tales como los Abencerrajes, que son descendientes de los reyes de Marruecos y de Fez, y de aquel gran Miramamolín. Pues los Almoradís, ya sabéis que son de aquesta real casa de Granada, también de linaje de los reyes de África. De nosotros los Maliques Alabeces, ya sabéis que somos descendientes del rey Almohabez, señor de aquel famoso reino de Cuco, y deudos de los famosos Malucos: pues donde están todos estos y habían callado, ¿por qué tu quieres renovar nuevos pleitos y pasiones? Pues sabe que es verdad lo que te digo, que después del rey nuestro señor, no hay ningunos caballeros que sean tales como los Abencerrajes, y quien dijere lo contrario miente, y no le tengo por hidalgo.

Como los Zegríes, Gomeles y Mazas, que eran deudos, oyeron lo que Alabez decía, encendidos en saña se levantaron para darle la muerte. Los Alabeces, Abencerrajes, y Almoradíes, que era otro bando, viendo su determinación se levantaron para resistirle y ofenderlos.

El rey que tan alborotado vio el palacio, y el peligro de perderse toda Granada y así también todo el reino, se levantó dando voces, diciendo:

--Pena de traidor, cualquiera que más se moviere y sacare armas.

Y diciendo esto asió a Alabez y al Zegrí, y llamó la gente de la guarda, y los mandó llevar presos. Los demás caballeros se estuvieron quietos por no incurrir en la pena de traidores.

Alabez fue preso en el Alhambra, y el Zegrí en Torres-Bermejas, y puestas guardas los tuvieron a buen recado. Los caballeros de Granada procuraron hacer las amistades, y al fin se hicieron interviniendo en ellas el rey, y fuera mejor que no se hicieran, como se dirá adelante.

CAPÍTULO VI.

_Cómo se hicieron fiestas en Granada, y por ellas se encendieron más las enemistades de los Zegríes, Abencerrajes, Alabeces, y Gomeles, y lo que pasó entre Zaide y Zaida acerca de sus amores._

Antes de pasar adelante con la fiesta concertada, diremos del valeroso Zaide y de la bella Zaida, a quien él tanto estimaba, y era tan público en Granada, que ya no se trataba sino de sus finos amores.

Sabiendo esto sus padres de ella, determinaron de casarla con otro, y dar fama de ello, porque Zaida se apartase de aquel propósito y perdiese la esperanza de sus amores, y cesase en pasearle su calle y puerta, porque no fuese el honor de Zaida tan rompido.

Y con este intento pusieron mucho recato en su hija, no dejándola poner a las ventanas, porque no hablase con Zaide; pero poco aprovecharon sus prevenciones, porque no por eso dejaba Zaide de pasear la calle, ni ella le dejaba de amar con más fervor que de antes.

Y como se publicaba el casamiento de Zaida por toda la ciudad, y que sus padres la casaban con un moro de Ronda, poderoso y rico, el bravo Zaide no podía sosegar de noche, ni de día, ocupado en varias imaginaciones, procurando estorbar el casamiento con darle muerte al desposado.

Y no cesando un momento de pasear la calle de su dama, por ver si la podía hablar para saber de ella su voluntad, porque espantaba el gallardo moro de que su Zaida consintiese en el casamiento, a causa de la fe y palabra que entre los dos se habían dado, la aguardaba por ver si salía a un balcón, como solía hacer.

La bella Zaida no estaba con menos pena y cuidado que su galán, deseosa de hablarle, y darle cuenta de lo que sus padres tenían tratado; y así salió al balcón, y vio al valeroso Zaide que se andaba paseando solo, con un semblante triste y melancólico, y alzando los ojos al balcón; y viendo a la hermosa Zaida tan gallarda y bizarra, se le quitó luego todo su mal, y llegándose al balcón temeroso habló a su mora de esta manera:

--Dime, bella Zaida, ¿es verdad esto que se dice, que tu padre te casa? Si es verdad, dímelo, no me lo encubras, ni me traigas suspenso; porque si es verdad, vive Alá que tengo de matar al moro que te pretende, para que no goce de mi gloria.

La hermosa Zaida le respondió (los ojos muy llenos de lágrimas):

--Así me parece, Zaide, que mi padre me casa: consuélate, y busca otra mora a quien servir, que por tu gran valor no te faltará; ya es tiempo que nuestros amores tengan fin: el cielo sabe las pesadumbres que por tu causa he tenido con mi padre.

--¡Oh cruel! --respondió el moro--, ¿es pues esa la palabra que me tienes dada de ser mía hasta la muerte?

--Vete, Zaide --dijo la mora--, porque viene mi madre buscándome, y así ten paciencia.

Diciendo esto se quitó del balcón llorando, quedando el valeroso moro confuso, sin saber lo que determinar para alivio de su pena; y determinando de no dejar su pretensión sin perder la escaramuza de su pensamiento, desocupó el puesto, dejando allí el alma.

Por esto que le pasó a Zaide con su mora, se dijo este romance: