Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 22

Chapter 224,312 wordsPublic domain

D. Manuel le iba contra todas sus malicias, porque ya le conocía el modo de pelear; y así como vio que D. Juan y D. Alonso habían ya vencido a sus contrarios, y el alcaide de los Donceles andaba con el suyo muy revuelto y en punto de traerle a aquel extremo, cobró grande ira porque no concluía con su enemigo, y llegándose cerca de él le dio un golpe tan terrible en la cabeza, que, aunque acudió a repararle con la adarga, no soportó el todo sino alguna parte, y así fue rota con el fino casco, y herido en la cabeza muy mal, y aun le quitó el sentido y dio de manos en tierra sin poderse valer; mas volviendo en sí, temiéndose de su contrario, y de que no fuese causa aquella flaqueza para que su competidor se gloriase de conseguir la victoria, sacando fuerzas de pusilanimidad se levantó, procurando la venganza de la ofensa recibida, y levantando su cimitarra dio un desatinado y fuerte golpe en un hombro de D. Manuel y no hizo herida; pero la vida le costó el golpe al moro, porque D. Manuel le dio otra junto a la que tenía en la cabeza, que desatinado cayó en tierra derramando mucha sangre, y luego murió.

Los añafiles de parte de la reina tocaron con mucha alegría por el buen suceso.

D. Manuel subió en su caballo, y se fue adonde estaban D. Alonso y D. Juan, los cuales le recibieron muy alegremente diciendo:

--Gloria a Dios, que os ha escapado de las manos de aquel pagano.

Quien en esta ocasión mirara a la hermosa reina Sultana, conociera muy claramente en su bello rostro la grande alegría que en su corazón tenía, viendo que se iban aniquilando sus enemigos, de lo cual a ella se le había de seguir su libertad, y díjoles a Celima y a Esperanza de Hita:

--Sabéis lo que veo, que si D. Juan Chacón tiene fama de valiente caballero y lo es, que sus tres compañeros no lo son menos que él, pues con tan sobrado valor han vencido a los mejores y más valientes caballeros del reino de Granada.

Esperanza la respondió:

--¿No dije a vuestra alteza que D. Juan tenía muy principales amigos? Mirad si ha salido verdad lo que dije.

--Dejemos estar eso --dijo Celima--, no lo entiendan los jueces, y veamos el fin del caballero que queda, que yo entiendo que no tendrá menos poder que los tres vencedores.

Y mirando la batalla vieron cómo andaba muy revuelto y encendido en la pelea, y aunque herido y cansado, no se vio en él punto de cobardía ni aun imaginación.

El valeroso moro proseguía la batalla con grande dolor y rabia, viendo muerto a su primo hermano y a los dos Gomeles, y él puesto en el mismo peligro, y así peleaba como hombre desesperado, considerando la infamia en que había incurrido, y mayor por no haber salido con su intento; y con la furia de un loco frenético daba tajos y reveses a diestro y a siniestro, y fuera de orden por si acertara a darle alguna herida penetrante, de la cual muriera el contrario; porque ya que él fuera vencido, como los otros tres de su parte, no quedaran tan triunfantes matando a alguno de ellos; y aunque peleaba con tan grande furia y braveza, no era menos la del valiente alcaide de los Donceles, porque estaba muy airado con su enemigo; y aun porque todos sus compañeros habían alcanzado el lauro y gloria del vencimiento, y estaban ya descansando, le parecía que empezaba de nuevo la batalla, siendo su enemigo de muy grandes fuerzas y astucias para pelear; y considerando que le miraban y que le debían de juzgar por menos que sus compañeros, pues no daba fin a la batalla, poniendo los ojos ensañados en su contrario, apretó con toda fuerza las espuelas al caballo, arremetió al Zegrí, y lo mismo hizo él; y así se embistieron con ánimo y furia increíble; y fue tan recio el encuentro de los caballeros, que sin remedio hubieron de venir al suelo los dos sin poderse herir el uno al otro; pero apenas fueron en tierra cuando estuvieron en pie, y se acercaron hiriéndose cruelmente, y experimentando cada uno las fuerzas del contrario, porque eran furiosos y desatentados los golpes que se daban, mostrando cada uno la fortaleza de su brazo y el ánimo del corazón.

Verdad es que el moro andaba más orgulloso y ligero, y las heridas que daba casi no ofendían, por tener muy buenas armas el valiente alcaide; pero el golpe que el valeroso alcaide alcanzaba, rompía, cortaba y destrozaba tan fuertemente con la fortaleza de su brazo, que no daba golpe con la espada que no hiciese herida grande o pequeña.

Lo cual visto por el valiente Zegrí, con una rabia crecida, confiando en sus grandes fuerzas, arremetió al alcaide por venir con él a los brazos, el cual se alegró mucho, y así abrazados comenzaron a luchar dando muchas vueltas, y haciendo cada uno lo que podía por derribar a su contrario; pero cada cual echaba de ver el resto de sus fuerzas, y así ambos trabajaban muy en balde, porque no había robles tan firmes como ellos.

El Zegrí era de muy gran cuerpo y fuerzas, que parecía un jayán, y procuraba levantar de tierra a su enemigo para dar de golpe con él en el suelo, y por muchas veces que lo intentó, ninguna salió con su pretensión, porque parecía que tenía echadas raíces, y que era ponerse a arrancar un nogal de cuajo; de suerte que por mucha diligencia que hacía el Zegrí, era molerse en vano.

Reconocido por el alcaide el mal pensamiento de su contrario, echó mano a un puñal buido, y diole tres golpes por debajo del brazo izquierdo, y tales, que el moro dio grandes gritos sintiéndose mal herido de muerte, y sacando una daga le dio al alcaide otras tres heridas; mas como era ancha la daga no pudo falsear las armas mucho, y así fueron pequeñas.

El valeroso alcaide le dio otra muy mala herida en la ijada izquierda, con la cual se acabó de rematar la sangrienta batalla, porque así como le dio la última, sin poderse menear cayó en el suelo desangrándose por las penetrantes heridas; y al tiempo que el alcaide vio en tierra al contrario, fue de presto y le puso una rodilla en los pechos, y enarbolando el invicto brazo le dijo:

--Date por vencido, y confiesa la verdad luego, y así no te acabaré de matar.

El malvado Zegrí viéndose tan mal herido y a voluntad de su competidor, le respondió diciendo:

--Ya no es menester darme más heridas que las que tengo, porque esta postrera bastaba para echar del mundo a un tan gran traidor alevoso como yo; y pues me pedís, vencedor caballero, que declare la verdad, yo la diré: Sabrás que habiendo muerto algunos de mi linaje los del bando Abencerraje, y a otros afrentado, y que tanto valían con los reyes que no nos podíamos vengar de ellos, ordené yo mismo que fuesen perseguidos todos los caballeros Abencerrajes, y por mi traición fueron muertos sin culpa; y la reina no debe cosa ninguna de lo que yo la levanté acerca del adulterio de que fue acusada: esta es la verdad; llegado he a punto de decirla, y no hay otra cosa sino lo que he dicho: de todo lo cual estoy muy arrepentido, por haber visto las desgracias y muertes que en este tiempo han sucedido, y por la afrenta grande en que se ha visto la reina no siendo culpada en ninguna cosa.

Todo lo que el traidor Zegrí decía estaban oyéndolo muchos caballeros, así del bando de la reina, como de los Zegríes; y para más justificar la causa de la reina llamaron a los jueces para que oyesen todo lo que el Zegrí decía.

Luego llegó el valeroso Muza, y los dos jueces que estaban en el cadalso bajaron, y entrando en el palenque tornó a referir el Zegrí lo dicho, y luego expiró.

Al momento tocaron con grande alegría muchas chirimías y dulzainas con otros instrumentos músicos por victoria tan importante, que habían conseguido aquellos caballeros extranjeros de los naturales traidores; y cómo por ella se había sabido la verdad, y le era vuelta y restituida su honra a la casta e inocente reina.

A una parte se oían las músicas y grande alegría, y a otra lloros, tristeza y gritos que daban las mujeres y deudos de los Zegríes muertos.

Los caballeros vencedores fueron sacados del campo con muy grande honra, hecha por la mayor parte de los caballeros que eran del bando de la reina.

Y de esta suerte los victoriosos caballeros llegaron a la reina que ya estaba dentro de la litera en que había venido, y la preguntaron si había otra cosa que hacer en aquel caso, o en otro cualquiera que fuese de su gusto o de necesidad.

La reina dijo que para la satisfacción entera de su honra bastaba lo que habían hecho, y que recibiría mucho contento en que se quisiesen ir con ella para ser curados de sus heridas.

Los caballeros aceptaron el ruego de la reina, y así salieron de la plaza llevando la música de añafiles delante, con mucho contento y alegría.

Todo lo cual era al contrario en los mal intencionados Zegríes y Gomeles, porque con tristes llantos sacaron del palenque los destrozados cuerpos de sus parientes, y estuvieron determinados de romper con su contrario bando, y procurar dar muerte a los extranjeros vencedores; y no se determinaron, por entonces, porque de allí adelante hubo entre ellos bandos y pasiones mayores que hasta entonces habían tenido, como adelante lo diremos.

Los caballeros cristianos llegaron a la posada de la reina, y todos los demás caballeros; y los vencedores fueron curados con gran diligencia de cirujanos, y ellos pusieron sus armas junto a sí, por si algo sucediera.

Y aquella noche después de haber cenado, la reina, Celima y Esperanza fueron a visitar a los cuatro caballeros cristianos; y después de haber hablado de los trabajos en que se había visto aquella ciudad, y de la muerte injusta de los Abencerrajes, la reina se llegó un poco más al lecho de D. Juan Chacón, y sentándose le dijo:

--El alto y poderoso Jesucristo, y su bendita Madre que le parió sin dolor, quedando Virgen por divino misterio, os den salud entera y vida larga, y os paguen la buena obra, que a esta triste y desconsolada reina habéis hecho habiéndome librado de una muerte tan infame y afrentosa; mas fue la voluntad de Dios de librarme, y que vos fueseis el instrumento de mi libertad; y así os quedo obligada mientras la vida me durare, la cual gastaré en vuestro servicio. Deseo ya verme cristiana para servir a Dios y a su Santísima Madre y a vos, y creedme que la mayor parte de los caballeros de esta ciudad están deseosos de verse ya cristianos, y no aguardan sino que el rey D. Fernando comience la guerra, y está así concertado desde que se fueron los caballeros Abencerrajes; por tanto así como lleguéis, dad orden a vuestro rey para que ponga en ejecución la guerra contra este reino, y os ruego que me digáis quién son esos tres caballeros a quien soy obligada, porque sepa a quién he de servir.

--Excelente señora --dijo D. Juan--, los caballeros que a mí me han hecho merced y a vos servido, son D. Alonso de Aguilar, el gran D. Manuel Ponce de León, y el otro D. Diego Fernández de Córdoba, caballeros de grande estima, que ya tendréis noticia de ellos.

--Sí tengo --respondió la reina--, que muchas veces han entrado en la Vega, y han hecho cabalgadas de ganados y buenas presas, y son conocidos por sus hechos y nombres, aunque ahora no han sido conocidos por el disimulo del traje turquesco, y ha sido buen pensamiento; y pues son de tan gran valor, será justo que les hable y dé las gracias del bien que por su causa me ha redundado.

Diciendo esto la reina Sultana fue donde estaban los tres caballeros, y a todos, y a cada uno de por sí les dio muchas gracias por el favor que le tenían hecho, y que confiaba en Dios que algún día les serviría en algo.

El alcaide de los Donceles respondió en nombre de todos:

--Vuestra alteza le dé esas gracias y mercedes al señor D. Juan, que nosotros poco es lo que hemos hecho, según lo mucho que os deseamos y debemos servir.

--Muchas mercedes, señores caballeros, por el nuevo ofrecimiento, que es para más obligarme a serviros, y reagravar la deuda tan grande que os tengo. Dios os pague lo que habéis hecho por mí, y dé vida para que pueda pagar alguna cosa de lo mucho que os debo; y porque parece que es hora de reposar y descansar, yo me quiero ir a recoger para dar orden a lo que conviene para vuestro regalo.

Con aquesto se fue la reina, y habló con su tío Moraicel, y le dijo que estaba recelosa de que viniesen a tomar venganza los Zegríes y Gomeles en los cuatro caballeros, por la muerte de los cuatro traidores; que pusiesen algún remedio.

Y pareciéndole buen consejo, fue a dar parte de ello a Muza, el cual puso cien caballeros de guarda en la casa, los cuales estuvieron toda la noche con gran cuidado.

Fue muy acertado el parecer de la reina, porque los Zegríes y Gomeles tenían concertado de cercar la casa, y dar muerte violenta a los caballeros vencedores; y como vieron tanta guarda, y conociendo que no podrían salir con su intento, desistieron de su propósito; y más cuando supieron que el valeroso Muza había puesto aquellos caballeros, lo sintieron de manera que se les comía el corazón de envidia, por ver con las veras que acudía Muza a los cuidados de la reina, y no se atrevieron a irle a la mano porque le temían.

Venida la mañana se fue la gente de guardia, y los cuatro caballeros determinaron de irse, porque no los echase menos el rey D. Fernando; y así pidieron licencia a la reina para partirse a la corte de su rey, porque les importaba que no supiese la ausencia que habían hecho.

--¿Pues cómo, señores, dijo la reina, estando tan lastimados, cansados y heridos os queréis poner en camino tal? No lo tengo de consentir: ¿por ventura os falta cosa alguna, o la deseáis?

--No uno ni otro --respondió D. Juan Chacón--, porque donde está vuestra alteza no hay que desear nada; pero importa irnos por lo que he dicho.

--Pues que así es --dijo la reina--, tornaos a curar, e id vuestro viaje con la bendición de Dios; y por él os ruego no me olvidéis, y suplicad a vuestro rey que comience la guerra contra Granada, porque a todos los que tienen deseo firme de ser cristianos, se les cumpla.

Los caballeros se lo prometieron así. La reina mandó llamar a los cirujanos; y curados, se armaron, y despidiéndose de la reina y Celima, Esperanza y de Moraicel, se partieron quedando llorando la reina la ausencia de tan buenos caballeros.

Muza, Malique Alabez y Gazul, que supieron que los caballeros extranjeros se iban de Granada, les salieron a prevenir un grande acompañamiento con más de doscientos moros, a más de media legua la vuelta de Málaga.

Pero así como los moros se despidieron de ellos, tomaron la vía de Castilla, y caminaron a grande priesa; y entrando en tierra de cristianos, supieron cómo los Reyes Católicos estaban en Écija: ellos fueron a Talavera, y hallaron a sus criados que los esperaban para que siguiesen la corte.

Allí estuvieron ocho días curándose muy secretamente, y estando ya mejores se partieron para Écija; y en llegando, pidiendo licencia al rey D. Fernando para irse a sus tierras, se la dio; y llegados a sus patrias, ellos y otros caballeros dieron orden de ganar a la ciudad de Alhama, llevando para ello la prevención conveniente, porque era muy fuerte; y siendo juntos muchos y principales caballeros la cercaron y combatieron por todas partes.

Donde los dejaremos combatiendo, por decir lo que pasó en la ciudad de Granada en este medio y sazón, y también porque a mí no toca escribir lo que pasó en aquesta guerra de Alhama, que no hace al intento, ni propósito mío.

CAPÍTULO XVI.

_De lo que pasó en Granada, y cómo se volvieron a refrescar los bandos de ella, y la prisión del rey Mulahacén en Murcia, y la del rey Chico en Andalucía, y de otras cosas._

Grande fue la tristeza y desconsuelo que la reina Sultana sentía por la ausencia de sus defensores caballeros, y de buena voluntad fuera en su compañía, que temía el alboroto de la ciudad; y si su dolor y tristeza fue grande, más excesivo fue el de los Zegríes y Gomeles y los demás de su bando por causa de los caballeros que en la cruel batalla murieron, y porque los agresores se fueron sin que de ellos se tomase venganza, y porque se sentían muy afrentados y corridos por las cosas pasadas; pero con disimulación aguardaban ocasión para ejecutar su deseo.

Digamos ahora del rey Chico, el cual como supo la muerte de los acusadores de su mujer la reina, y la confesión que había hecho el malvado Zegrí en su disculpa, descubriendo la pésima y horrible maldad; enojado de sí mismo, no sabía qué hacerse.

Poníasele delante la culpa de su ceguedad, y la muerte tan sin culpa de los nobles Abencerrajes; la grande deshonra en que había puesto a la reina, el destierro injusto que hizo cumplir a los Abencerrajes, y cómo por su causa se habían tornado cristianos y a él le aborrecía toda Granada, y cómo estaban amotinados y conjurados contra él, y hasta su padre le procuraba quitar el reino, y aun la vida. Imaginando en estas cosas y otras muchas venía a perder el juicio.

Maldecía a los Zegríes y Gomeles, porque le habían dado tan malos consejos, y a él porque los había recibido.

Llorando todas estas desventuras se tenía por el rey más desdichado de todo el mundo, y no osaba parecer de vergüenza o de temor; por lo cual no le visitaban los Zegríes y Gomeles.

Bien se holgara el reyecillo de que su amada Sultana quisiera volver a su amistad; mas era imaginación y trabajo muy en vano, porque aunque ella quisiera, cuanto más que no estaba de ese parecer, sus deudos no lo consintieran; y con todo esto pidió a Muza que desenojase a la reina, y alcanzase de ella el perdón, y la dijese cuán arrepentido estaba, y que viniese a hacer vida con él.

Muza pidió a la reina y a sus parientes todo lo que el rey Chico le había pedido, y no fue posible alcanzar alguna cosa de lo que pedía; y así volvió, y dio al rey la respuesta que había dado la reina.

Con esto el rey se deshacía en pena; mas consolábase con que había de procurar traer a su amistad a todos los caballeros que pudiese, y a los ciudadanos y gente plebeya, para irse apoderando de toda la ciudad; y así iba adquiriendo amigos, y a todos les pedía perdón diciéndoles que él había sido mal aconsejado, y aunque habían pagado su delito los promovedores y consejeros, que ellos verían la enmienda que tenía de allí adelante, y que lo sucedido le había de ser escarmiento para mientras viviera, como lo verían, y el tratamiento que haría a sus vasallos; y como era heredero forzoso del reino, muchos grandes le obedecían con toda la más gente común.

Nunca pudo reducir a su obediencia a ninguno de los Almoradís, Marines, Alabeces, Gazules, Venegas ni Aldoradines, que estos seis linajes seguían la parte del rey viejo, y la de su hermano el infante Abdalí.

En este tiempo el rey Mulahacén, como hombre valeroso, no habiendo perdido sus bríos y braveza de corazón, ordenó de hacer una entrada en el reino de Murcia, y así juntando mucha y muy lucida gente, prometiendo buenos sueldos a los de a caballo y de a pie, salió de Granada llevando consigo dos mil hombres de a pie y de a caballo, y se fue a la ciudad de Vera, y tomando el camino de la costa, por dejar a Lorca, salió a los Almazarrones, y de allí fue a Murcia, y recorrió todo el campo de Sangonera, cautivando mucha gente.

D. Pedro Fajardo, adelantado del reino de Murcia, salió con la más lucida gente que pudo a resistir al moro, que andaba corriendo el campo con gran pujanza; y encima de las lomas del Azul, día de San Francisco, se rompió la batalla entre moros y cristianos, la cual fue muy sangrienta y reñida; mas fue Dios servido, por intercesión del bienaventurado Santo, que D. Pedro Fajardo con la gente de Murcia, mostrando grandísimo valor, venció a los moros, y desbarató y prendió al rey.

Viéndose desbaratados los moros, huyendo volvieron a Granada, donde se supo la prisión del rey Mulahacén y pérdida de todo su campo, lo cual se sintió en toda la ciudad, si no fue el infante Abdalí que se holgó mucho de la prisión del rey su hermano, porque por allí entendió alzarse con todo el reino, y así escribió al adelantado D. Pedro que le hiciese merced de tenerle al rey su hermano preso hasta que muriese, y que por ello le daría las villas de Vélez el Blanco y el Rubio, Xiquena y Tirieza.

Mas el adelantado, considerando la traición que el infante quería hacer, no quiso aceptar su oferta, antes dejó ir libremente al rey y a los que con él fueron cautivos; el cual como llegó a Granada halló a Abdalí apoderado del Alhambra, diciendo que su hermano se la había dejado en guarda.

Mulahacén muy enojado de esto, y más por la traición que le quiso hacer, se retiró en el Albaicín, adonde él y su mujer estuvieron muchos días.

La madre de Mulahacén, vieja de ochenta años, habiendo visto la liberalidad del adelantado, le envió diez mil doblas, el cual no las quiso recibir; y le envió a decir que se las diese a su hijo para que hiciese guerra a su hermano.

Visto que no había querido recibir los dineros, le envió ciertas joyas muy ricas y doce poderosos caballos enjaezados, todo lo cual recibió D. Pedro Fajardo.

A pocos días se volvieron al Alhambra, porque su hermano se la dejó libre, entendiendo que el rey no sabía nada de las cartas que le había enviado a D. Pedro Fajardo.

Mulahacén disimuló aquel negocio, y lo guardó para su tiempo, mas indignado contra su hermano y contra los que le fueron favorables, y todavía le dejó la administración del gobierno.

A este Mulahacén le llamaron el Zagal, y Gadabli; mas su nombre propio y más usado era el de Mulahacén.

Esta batalla y prisión de este Mulahacén escribió el moro cronista de este libro, y yo doy fe que en la iglesia mayor de Murcia, en la capilla de los marqueses de los Vélez, hay una tabla encima del sepulcro de D. Pedro Fajardo, en la cual se cuenta el suceso de aquesta batalla.

Volviendo a nuestro propósito, el rey Mulahacén muy enojado por lo que el gobernador su hermano había hecho, hizo un día su testamento diciendo: «Que en fin de sus días fuese su hijo heredero del reino, y que echase de él al infante su hermano, y a todos los de su bando.» Esto decía, porque seguían al infante Abdalí muchos caballeros Almoradís y Marines, los cuales sustentaban la parte del infante.

Por este testamento hubo después en Granada muchos alborotos, y entre los ciudadanos guerras civiles, como después de esto sucedieron; pues estando el rey Mulahacén en el Alhambra, y Granada, como de antes solía, debajo de la gobernación de dos reyes y un gobernador, no por eso dejaron los Almoradís de buscar modos y maneras para que totalmente el rey Chico fuese privado del reino; mas no podían hallar ninguna comodidad que buena fuese, respecto que los Zegríes y Gomeles estaban de su parte con otros muchos caballeros que reconocían que aquel era finalmente el heredero del reino; pero no por esto dejaban de buscar asechanzas y mil ocasiones tío contra sobrino, y sobrino contra tío; pero como el rey Chico estaba odiado de los más principales caballeros, no pudo salir por entonces con su intención en nada, ni pudo expeler a su tío del cargo que tenía, y así aguardaba tiempo para ejecutar su intención; y por alegrarse un día se paseaba por la ciudad con otros principales caballeros, por dar alivio a sus penas, rodeado de sus Zegríes y Gomeles, y le vino una muy triste nueva: cómo los cristianos habían ganado la ciudad de Alhama; con la cual embajada hubiera el rey de perder el sentido, así por perder aquella ciudad como por el peligro que tenía Granada de ser cada día corrida de cristianos.

Tanto fue su sentimiento que al mensajero que trajo la nueva le mandó matar; y subiéndose al Alhambra lloró la pérdida de su ciudad, y mandó tocar añafiles y trompetas de guerra para que con muy gran presteza se juntase toda la gente, y fuera al socorro de la ciudad de Alhama.

La gente de guerra se juntó toda al belicoso son de las trompetas, y preguntándole al rey que para qué los mandaba juntar, respondió que para socorrer a Alhama, que la habían ganado los cristianos.

Entonces un alfaquí viejo le dijo: