Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 21
Todas las ventanas, balcones y azoteas estaban llenas de gente, y en la plaza había grandísima multitud, y todos no cesaban de llorar y de hacer gran sentimiento viendo las lágrimas que derramaba la reina, su doncella y su esclava.
A un lado del tablado en otro estrado se sentaron los jueces para juzgar la causa, y de allí a poco espacio se oyeron veinte trompetas de guerra, y mirando lo que era vieron venir a los cuatro acusadores de la reina que venían armados y puestos a punto de batalla, y en muy poderosos caballos.
Traían sobre las armas marlotas verdes y moradas, pendoncillos y plumas del mismo color. Traían en las adargas unos sangrientos alfanjes con una letra en torno, que decía: _Por la verdad se derrama._
De aquesta forma llegaron los cuatro mantenedores de la maldad, acompañados de los Zegríes, Gomeles y Mazas, y de todos los demás de la parcialidad, hasta llegar a un grande y espacioso palenque que estaba hecho junto al tablado.
Era tan grande como una carrera de caballo, y muy ancho; y abierta una puerta del palenque entraron los cuatro caballeros acusadores, que eran Mahomad Zegrí, el caudillo de la traición, Hamete Zegrí, Mahandón Gomel y Mahandín. Así como entraron tocaron de su parte muchos instrumentos. Todos los de este bando se pusieron al lado izquierdo del tablado, porque al derecho estaban los caballeros deudos de la reina.
Estaban todos aguardando a ver a quién había de nombrar la afligida reina; y visto que desde las ocho de la mañana estaban allí, y que eran ya las dos de la tarde y no había señalado defensores, ni parecía ninguno, estaban todos con grande pena, y no sabían cuál era el pensamiento de la reina, pues tan descuidada estaba en un negocio que no le importaba menos que honra y vida; y no menos pena tenía la reina viendo que era tan tarde y no había venido D. Juan Chacón, en quien, después de Dios, tenía esperanza de su libertad, y no entendía qué causa le hacía faltar a la palabra dada.
Malique Alabez y un Aldoradín, y otros dos caballeros se llegaron al tablado, y dijeron en alta voz:
--Si gusta la reina de que la sirvamos en esta ocasión, dé licencia que la defendamos y lo pondremos por obra.
A lo cual respondió la reina, que ella lo agradecía, y que quería esperar otras dos horas; y que si no viniesen ciertos caballeros que tenía prevenidos, que ella aceptaba la oferta; y así se retiraron a sus puestos.
Pero no pasó media hora cuando se oyó un gran ruido y alboroto, al cual mirando toda la gente vieron entrar por la plaza cinco caballeros muy galanes, los cuatro vestidos a lo turquesco y el otro a lo moro, el cual fue conocido de todos que era Gazul: a los demás tuvieron por extranjeros, y así concurría toda la gente a ver los forasteros.
Los parientes de la reina y los demás caballeros le daban la bienvenida a Gazul, y en particular sus deudos, y le preguntaban todos si conocía aquellos caballeros que con él venían. Y él respondió que no, sino que en la Vega se habían juntado.
Y con aquesto llegaron al cadalso donde estaba la reina Sultana y los jueces, los cuales deseaban saber la causa de su venida; y llegados miraron a la triste reina, y les quebró el corazón verla en tan miserable estado; y mirando toda la plaza vieron el gran palenque, y dentro de él a los acusadores de la reina; y espantados de la mucha gente que había, dijo D. Juan Chacón en turquesco a los jueces si podía hablar a la reina dos palabras. Los jueces dijeron que no le entendían, que hablase en arábigo, y él lo dijo en algarabía; y Muza respondió que sí, que subiesen.
D. Juan subió al tablado, y haciendo su acatamiento a los jueces se fue a la reina, y hecha la reverencia, habló alto que los jueces lo entendieron, diciendo:
--Con la procela del océano, reina y señora, fuimos arribados al mar de España, y desembarcamos en Adra, y venimos con intento de escaramucear con algunos cristianos, y buscándolos en la Vega no encontramos ninguno; y viniendo a ver esta ciudad nos alcanzó en el camino un caballero moro, y nos dio cuenta del desastrado estado de vuestra alteza, y cómo no teníais caballeros nombrados para vuestra defensa, y que no queréis que vuestra causa defiendan moros, sino cristianos. Yo y mis compañeros somos turcos jenízaros, hijos de cristianos, y doliéndonos de vuestra contraria y adversa fortuna, movidos de piedad de vuestra inocencia, venimos a ofrecernos para hacer esta batalla; y si vuestra alteza nos quiere admitir, yo os prometo a ley de caballeros, por mí y en nombre de mis compañeros, que haremos en este negocio todo lo que pudiéremos.
Cuando decía esto D. Juan Chacón, tenía en la mano la carta de la reina, y al descuido la dejó caer en sus faldas, sin que se reparase en ello por los jueces, y cayó el sobrescrito hacia arriba.
La reina pidió a Celima que con recato le diese aquel papel: ella le alzó y se lo dio, y luego conoció su letra y advirtió el secreto, y con disimulación miró a Esperanza de Hita, que estaba divertida mirando a D. Juan Chacón; y volviendo la cabeza a mirar a la reina, ambas se entendieron mirándose la una a la otra, y maravillada la reina de su traje y disfraz, respondió a D. Juan Chacón:
--Yo he estado aguardando hasta ahora a cierto caballero que me dio palabra por letra suya, de estar hoy aquí con otros tres caballeros; y pues ya es tarde, y vos, noble caballero, queréis tomar este cuidado a vuestro cargo y de vuestros compañeros, yo lo agradezco mucho.
D. Juan replicó y dijo:
--Yo, señora, me prefiero a hacer lo que ese caballero, y no le reconozco ventaja, ni es mejor que yo; ni los tres caballeros que había de traer no excederán en cosa alguna a los que vienen conmigo: sed cierta de esto, señora, y dadnos licencia.
--Yo la doy --dijo la reina--, y creedme, virtuoso caballero, que no debo cosa ninguna en obra ni en pensamiento de lo que se me imputa, y así pelearéis seguros.
D. Juan dijo a los jueces que advirtiesen lo que la reina decía. Lo cual oído por los jueces mandaron que se escribiese aquel auto y lo firmase la reina: firmó, y haciendo el acatamiento debido a la reina, se bajó del tablado D. Juan Chacón, y subiendo en su caballo dijo a sus compañeros:
--Señores, nuestra es la batalla, empecémosla antes que sea más tarde.
Los caballeros de la parte de la reina rogaron a los defensores que hiciesen todos sus poderíos, como de tan buenos caballeros se esperaba; lo cual ellos prometieron, y así con toda la caballería los llevaron enmedio, paseándolos y dando vuelta por toda la plaza al son de muchas chirimías, añafiles y dulzainas.
Entraron en el palenque los caballeros cristianos, y recibiéndoles pleito homenaje de que en aquel caso harían el deber, cerraron la puerta.
En todo este tiempo no quitaba la vista Malique Alabez de D. Manuel Ponce de León, porque le parecía haberle visto, y no se acordaba dónde, y decía entre sí:
--Válgame Alá, y qué traslado es aquel caballero turco de D. Manuel Ponce de León; pero no es él, porque es turco, y él es cristiano.
Miraba el caballo, y conocíale por haberle tenido en su poder. Así andaba confuso, si era o no, y llegándose a un caballero Almoradí, tío de la reina, le dijo:
--Si el caballero del caballo negro es el que imagino, cierta está la libertad de la reina.
El caballero Almoradí dijo:
--¿Quién es? ¿Conoceisle por ventura?
--Yo os lo diré después, veamos ahora cómo le va en la batalla.
Diciendo esto, miraron a los caballeros, los cuales descubrían los escudos que eran muy fuertes y relucientes.
Ahora, pues, será bien tratar de qué colores eran las ropas turquescas. Eran todas de paño fino de color celeste, guarnecidas con franjones de oro y plata: los albornoces eran de seda azul. Llevaba cada caballero un turbante de toca de seda, listada de oro, y hecho de unas lazadas curiosas. En la parte de arriba del bonete en la punta, puesta una media luna de oro.
Los pendoncillos de las lanzas eran azules, y en ellos las armas de sus escudos, porque D. Juan Chacón llevaba en su pendoncillo una flor de lis de oro, y en el escudo en un cuartel de sus armas un lobo en campo verde, el cual parecía despedazar un moro. Encima del lobo había un campo azul, y en él una flor de lis de oro, y una letra que decía: _Por su mal se devora_, significando que aquel lobo se comía aquel moro por el testimonio que a la reina había levantado.
D. Manuel Ponce llevaba en su escudo el león de sus armas en campo blanco, y león dorado: no quiso aquel día poner las barras de Aragón. El león tenía entre las uñas un moro que estaba despedazando, y una letra que decía de esta suerte:
_Merece más dura muerte_ _quien va contra la verdad,_ _y aun es poca crueldad_ _que un león le dé la muerte._
El pendoncillo, que era azul, llevaba un león de oro.
D. Alonso de Aguilar no quiso aquel día poner ningún cuartel de sus armas, por ser muy conocidas: puso en su escudo un águila dorada en campo rojo, las alas abiertas como que volaba al cielo, y en las fuertes uñas llevaba una cabeza de un moro bañada en sangre, que de las heridas de las uñas le salía. Esta divisa del águila puso D. Alonso a memoria de su nombre. Llevaba una letra, que decía de esta suerte:
_La subiré hasta el cielo,_ _porque dé mayor caída,_ _por la maldad conocida_ _que cometió sin recelo._
Asimismo llevaba en el pendón de la lanza este bravo caballero el águila dorada, como en el escudo.
El alcaide de los Donceles llevaba por divisa en su escudo en campo blanco un estoque, los filos sangrientos, la cruz de la guarnición era dorada, en la punta del estoque tenía clavada una cabeza de un moro goteando sangre, con una letra en arábigo que decía de esta suerte:
_Por los filos de la espada_ _quedará con claridad_ _el hecho de la verdad,_ _y la reina libertada._
Muy maravillados quedaron todos los caballeros circunstantes, así los de la una parte, como los de la otra, en ver la braveza de los cuatro caballeros, y más en ver las divisas de sus escudos, por las cuales conocieron claramente que aquellos caballeros venían al caso determinadamente y con acuerdo; pues las divisas y letras de sus escudos lo manifestaban, y que la reina los tenía apercibidos para su defensa; y se admiraban grandemente de que en tan pocos días vinieran de tan lejas tierras; pero considerando que por la mar pudieran haber venido en aquel tiempo, con esto no curaron más de inquirir ni saber el cómo y cuándo, sino ver el fin de la batalla.
El valeroso Muza y los otros jueces se admiraron de ver aquellas divisas; y para gozar mejor de verlas pidió Muza un caballo, y subiendo en él se entró en el palenque, y mandó a un criado que le tuviese allí una lanza y una adarga, por si fuera menester.
Los dos jueces se estuvieron con la reina, la cual decía:
--Esperanza, dime, ¿conociste a aquel caballero que subió a hablarme?
--Sí, señora, aquel es D. Juan Chacón, que aunque viniera más disfrazado, no dejara de conocerle.
--Ahora digo --dijo la reina-- que es cierta mi libertad, y el vengarme de mis enemigos.
Malique Alabez y el animoso Gazul, y otros muchos caballeros, parientes y amigos de la reina, se pusieron alrededor del tablado, y por lo que se ofreciese.
A este tiempo el alcaide de los Donceles empezó a picar a su caballo, y lozaneando se fue adonde estaban los caballeros acusadores, y llegando a ellos, les dijo en alta voz:
--Decid, caballeros, ¿por qué tan sin razón habéis acusado a vuestra reina y señora, y habéis puesto dolo en su honra?
Mahomad Zegrí le respondió:
--Acusámosla por ver con nuestros ojos cometer el delito de adulterio, y volviendo por la honra de nuestro rey, lo manifestamos.
El valeroso alcaide, lleno de cólera, le respondió:
--Cualquiera que lo dijere, miente como villano, y no es caballero; y pues estamos en parte donde se ha de saber la verdad, apercibíos al momento todos los traidores a la batalla, que hoy habéis de morir confesando lo contrario de lo que tenéis dicho.
Y diciendo esto D. Diego Fernández de Córdoba, terció con presteza su lanza, y con el encuentro de ella le dio al Zegrí tan terrible golpe en los pechos, que sintió bien la fuerza de su brazo, y quedó lastimado; y si fuera el golpe con el hierro, no hay duda sino que de él muriera.
El Zegrí afrentado por ver que estaba desmentido y ofendido con el golpe, revolvió su caballo, y fue a herir al alcaide, el cual como hombre experimentado en la guerra y en escaramuzas, se retiró a un lado, y revolviendo sobre el moro que a él venía, comenzaron una trabada escaramuza.
Y visto esto, los trompeteros tocaron los instrumentos, haciendo señal de batalla, a la cual se movieron los demás caballeros, los unos contra los otros con gran furia.
A D. Manuel le cayó en suerte Alí Hamete, a D. Alonso, Mahandón; y a D. Juan Chacón le tocó el fuerte Mahandín.
Reconociendo cada uno su contrario, comenzaron una muy sangrienta batalla, mostrando cada uno su gran valor.
Los moros eran muy valientes; pero poco les aprovechaba su valor, porque lidiaban con lo mejor de Castilla; y así andando escaramuceando con admirable braveza, y dándose lanzadas por las partes que podían, D. Juan Chacón fue herido en un muslo, de donde le salía abundancia de sangre; el cual como se sintió herido en los primeros encuentros, y que su contrario salió libre sin que llevase otra herida en recompensa, encendido en cólera y saña furibunda aguardó a que volviese a segundarle otro golpe, que entonces le embestiría con toda su furia, y sucedió de la misma manera que lo imaginó, porque el moro muy ufano y gozoso, como sintió que le había herido, volvió al cebo para tornar a picar en él, diciendo con grande algazara:
--Ahora sabréis, turcos, si hay moros granadinos que puedan pelear y resistir a todos los caballeros del mundo.
Y diciendo esto se venía a D. Juan, el cual estaba sobre el aviso; y viéndole venir derecho y con tanta fuerza, apretó las piernas al caballo, y con valor y furia extraña embistió al esforzado moro, y se encontraron los dos caballeros tan fuertemente, que parecía haberse juntado dos montes, según la braveza y furia con que se acometieron.
El caballo de D. Juan Chacón era más fuerte y furioso que el del contrario; y así se paró después de haberle encontrado, y el del moro no se pudo tener, y se cayó de ancas.
El moro fue herido muy malamente del bote de la lanza que le dio el valiente D. Juan; mas no tan a su salvo, que no quedase con una pequeña herida, y que si entrara más el hierro, tuviera mucho peligro, por ser en el hueco del costado; pero no fue casi nada, porque no encarnó el agudo hierro.
El bravo moro se puso en pie con muy grande presteza, y echando mano a su alfanje se vino derecho a desjarretar el caballo de D. Juan para que le derribase, y él tuviese lugar de herir a su salvo a D. Juan; y aunque pudiera el noble cristiano alancear al moro, por tenerle tanta ventaja de estar a caballo y tener enristrada la lanza, no quiso dar nota de sí, que se pudiera decir que peleaba con tantas ventajas; y así no le esperó a caballo, sino saltó de él con grande ligereza, y desechando la lanza, puso mano a su espada; y embrazando el escudo se estuvo afirmado, aguardando a su enemigo, el cual llegó, y entre los dos valerosos guerreros comenzaron de nuevo una batalla tan reñida, que causaba grima ver las centellas que saltaban de los escudos; de la cual refriega sacó el moro dos pequeñas heridas; y apartándose un poco para cobrar aliento, volvió a embestir.
D. Juan Chacón como se vio acometer de aquella suerte, confiado en su fuerza, y viendo tan cerca al moro, le tiró un golpe de revés, que le cortó el adarga y le hirió mortalmente en el hombro; y por muy poco cayera, porque le quitó el sentido: lo cual visto por el valiente D. Juan, arremetió a él, y le dio un encuentro con el escudo, que desapoderado de sus fuerzas cayó en tierra el moro; y luego le dio una cuchillada que le dividió una pierna de su lugar; y viendo que había alcanzado victoria de su enemigo, alzó los ojos al cielo, y dio gracias a nuestro Señor Jesucristo; y tomando un trozo de lanza, se afirmó a él, porque le daba gran dolor la herida del muslo; y arrimándose a una parte del palenque, se puso a mirar la batalla.
Luego tocaron los músicos instrumentos de la reina, en reconocimiento del vencido moro, lo cual puso grande ánimo a los tres cristianos, y cobardía a los moros, y perdieron la esperanza de la victoria con tan mal presagio; y más cuando vieron dar en una ventana muy grandes gritos y hacer tristes llantos, y quien los daba era la mujer y hermanas de Mahandín viendo que con angustias mortales se revolcaba en su sangre.
Los Zegríes mandaron que se quitasen de allí aquellas mujeres, porque no fuesen sus llantos causa de desmayo en los tres mantenedores del testimonio.
Los seis caballeros se combatían con tanta ferocidad, que parecía que en aquel instante empezaba la batalla, haciendo tanto ruido y estrépito, que parecía que peleaban cincuenta caballeros.
D. Juan Chacón sentía mucho dolor de sus heridas, en particular del muslo, como ya se había enfriado; y subiendo en su caballo se puso a considerar si iría a ayudar a sus compañeros, o a curarse, y no se determinó a ninguna de las dos cosas por no ser notado; y así acordó de esperar el fin de la batalla, porque bien sabía que no duraría mucho, por dos razones; la una por la satisfacción que tenía en el valor y fortaleza de sus compañeros; la otra, porque peleaban con justicia y razón, y defendían la verdad; y así de necesidad los había de favorecer la fortuna.
Peleando, pues, los caballeros con un ánimo admirable, el enojado Mahandón, como vio a su querido hermano Mahandín tendido en el suelo, lleno de sangre, y hecho pedazos, con el dolor tan grande que sentía, dijo a D. Alonso de Aguilar.
--Permitid, señor caballero, que vaya a tomar venganza de aquel que ha muerto a mi amado hermano, y luego concluiremos vos y yo nuestra batalla.
--No trabajes en vano, dijo D. Alonso; fenece conmigo la batalla, pues tu hermano, como buen caballero, hizo lo que pudo; y no dudes de verte en el mismo estado que tu hermano está, porque la sangre de los nobles Abencerrajes vertida sin culpa, y la inocencia de la reina están pidiendo justa venganza contra los que quedáis.
Y diciendo esto le acometió con furia, y le hirió con la lanza en el costado, aunque no fue grande la llaga. Lo cual visto por el moro, revolvió contra D. Alonso, y colérico le arrojó la lanza.
D. Alonso que la vio venir con tal presteza, por hurtar el cuerpo al furioso golpe, revolvió su caballo con ligereza; pero no tan a tiempo, que no llegase primero la lanza, y entrándole por la una ijada del caballo, le salió a la otra más de media vara.
El caballo sintiéndose mal herido con la lanza atravesada, empezó a dar bufidos, brincos y corcovos, que no era bastante la dureza del freno para que se sujetase y estuviese sosegado; y visto que no aprovechaba su diligencia, y que por su desgracia se le podía seguir algún daño irreparable, determinó de arrojarse en el suelo, aunque se ponía en mucho peligro, por estar su competidor a caballo; y confiando en Dios nuestro Señor, se arrojó de la silla quedándose en pie con su espada en la mano aguardando a su enemigo.
Grande contento y alegría sintió el bando de los Zegríes y Gomeles en ver el estrecho en que había puesto su pariente al caballero extranjero, y en verle a pie le consideraban ya vencido; y como vio Mahandón a su contrario a pie, recibió mucho contento; y yéndose a él le dijo:
--Ahora me pagaréis la muerte de mi hermano; pues me evitasteis de darla a quien se la dio a él.
Y arremetió con el caballo para atropellarle, y el alfanje en la mano para herirle.
D. Alonso de Aguilar era muy ligero, y se estuvo quedo, como que le quería aguardar; mas al tiempo que llegó dio un salto, y se apartó, y Mahandón pasó de largo sin hacer efecto; y revolviendo otras tres veces, tampoco hizo nada.
D. Alonso le dijo:
--Desciende de aquese caballo, si no quieres que te le mate, y te podrá suceder peor.
Al moro le pareció buen consejo, y así se apeó; y embrazando su adarga vino a D. Alonso, diciendo:
--Por ventura me disteis el consejo por vuestro mal.
--Ahora lo verás --dijo D. Alonso--, si te di el consejo fue solo para darte cruel muerte, justamente merecida por el daño que de tu testimonio se ha seguido; y conviene que los traidores salgan del mundo.
Diciendo esto arremetió a Mahandón, y así entre los dos se comenzó una brava y dudosa batalla, porque ambos eran muy valientes y animosos caballeros.
Anduvieron más de media hora hiriéndose por las partes que podían, y cada uno muy deseoso de vencer a su contrario.
D. Alonso muy enojado, y cuasi corrido en ver que le duraba tanto su contrario, se acercó a él todo lo más que pudo, y alzando el brazo hizo señal de quererle herir en la cabeza: el moro acudió al reparo para recibir el golpe con la adarga; pero saliole incierto su reparo, porque no ejecutó el golpe en la cabeza, sino que rebatiendo la mano le hirió en el muslo izquierdo de una mala herida, que le cortó gran parte del hueso.
El valiente moro que se halló burlado y tan malamente herido, descargó un tan desapoderado golpe encima del bonete de D. Alonso, que el águila fue partida por medio; y rompiendo bonete y casco fue herido de una pequeña herida, aunque sintió mucho tormento en la cabeza, porque quedó como sin sentido y aturdido del fiero golpe; y si no fuera de tan animoso corazón, no hay duda sino que cayera en tierra sin dificultad ninguna, y consiguiera su enemigo la deseada victoria: mas como era de corazón fuerte, y nunca se dejó rendir de los trabajos, cobrando el cuerpo aquel ánimo de su corazón bizarro, y considerándose en cierta manera afrentado por ver que un golpe le había descompuesto su sentido; y encolerizado por verse herido y su rostro ensangrentado, con una cruel furia incomparable le tiró una estocada tan recia, que la adarga ni jaco fuerte no podían resistir la grande violencia de la espada, sino que fue todo rompido, y le metió cuatro dedos dentro del pecho al soberbio Mahandón; y como le cogió ya desangrado de la que le salía por la herida del muslo, no tuvo fuerzas para poder pelear más, y así cayó de espaldas.
Así como D. Alonso vio caído a su contrario, arremetió con él para cortarle la cabeza, y poniéndole la rodilla en los pechos vio que estaba expirando; por lo cual no le quiso herir más, y levantándose dio en su corazón infinitas gracias a Dios por la merced tan grande que le había hecho; y apretándose la herida de la cabeza con el turbante, se atajó la sangre; y mirando por su caballo le vio muerto, y fue a coger el de Mahandón, y subiendo en él se fue adonde estaba D. Juan Chacón, el cual le abrazó, dándole el parabién del vencimiento.
A este punto los añafiles y dulzainas de parte de la reina tocaron con grande alegría, lo cual causaba tristeza y melancolía a los Zegríes.
Cesando la música miraron la batalla que los cuatro caballeros hacían, que era muy sangrienta.
D. Manuel Ponce de León, y Alí Hamete Zegrí hacían su batalla a pie, respecto a que los caballos se les habían cansado y no podían concluirla como querían, y andaban muy listos procurando cada uno herir al otro por donde mejor podía: despedazábanse las armas y la carne con los duros filos de la espada y cimitarra, de lo que su sangre daba verdadero testimonio.
D. Manuel tenía dos heridas y el moro cinco; pero no por eso se vio en él falta de ánimo ni fuerzas, y andaba con tanto ardid intentando por donde podría herir a su enemigo y quedarse él reservado, haciéndole muchos acometimientos.