Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 20

Chapter 204,273 wordsPublic domain

«La infeliz y desdichada Sultana, reina de Granada, del antiguo y claro Moraicel hija; a ti, D. Juan Chacón, señor de Cartagena, salud para que con ella, ayudado de Dios nuestro Señor y de su santísima Madre, puedas darme el favor que mi gran necesidad te pide, en la cual muy grandemente estoy puesta por un testimonio que me han levantado unos traidores caballeros, que son Zegríes y Gomeles, diciendo que violé con varón ajeno el aposento real de mi marido, y que delinquí con un noble caballero llamado Albín Hamete, Abencerraje; lo cual ha sido causa e instrumento para que los caballeros Abencerrajes fuesen degollados sin tener culpa; y no obstante esto, haber por ello en aquesta desdichada ciudad guerras civiles, de las cuales se han seguido muchas muertes de caballeros; y lo que más siento es que haya puesto dolo en mi honra, tan sin culpa, y que si en espacio de quince días no doy quien defienda mi honor, se ha de ejecutar en mí la sentencia en que estoy condenada, que es a morir quemada; y avisándome una cautiva cristiana de tu valor, esfuerzo, piedad, virtud y bondad, acordé de favorecerme de ti, pues eres padre de necesitados, y vengador de agravios. Mi necesidad es grande, pues soy mujer sola, desconsolada y triste; mi agravio es el mayor que en el mundo se ha hecho, pues se han atrevido traidores a poner mácula en mí, y a levantarme tal testimonio; lo que jamás imaginé. Yo estoy afrentada y en el peligro dicho: si no me socorréis soy perdida. No me neguéis vuestro favor, pues encomiendo en vuestras manos mi honra; y si por ser yo infiel no me queréis favorecer, consideraréis que no lo soy, sino que creo en Dios todopoderoso, y en la Virgen Santa María, su madre, en quien confío me alcanzaréis gloriosa victoria de mis enemigos, con la cual quedará libre mi honra y se sabrá la verdad cierta; y confío que os doleréis de esta desconsolada reina: no más. De Granada, etc.--_Sultana, reina de Granada._»

Acabada de escribir la carta, se la leyó la reina a Celima y a Esperanza, de que se holgaron mucho viendo su buen parecer, y cerrada y sellada, y puesto el sobrescrito, enviaron a llamar a Muza; y venido, le rogó la reina y Celima que enviase con un mensajero fiel aquella carta, y Muza lo prometió así; y aquel día despachó con la carta un hombre de confianza; y llegando a la corte dio la carta a D. Juan Chacón, y leída respondió a la reina Sultana, consolándola con palabras muy eficaces en una carta del tenor siguiente:

«A ti Sultana, reina de Granada, salud para que yo pueda besar tus reales manos, por la singular merced que me haces en querer servirte de este tu humilde siervo para un negocio tan arduo y de tanta gravedad. Muchos y muy principales caballeros hay en esta corte a quien pudieras mandar lo que a mí; y pues lo mandas, obedezco, y acepto lo que me pides, confiando en Dios y en su bendita madre, y en tu inocencia; y así digo que el último día del plazo partiremos a servirte yo y tres caballeros amigos, y no habrá falta: encomiéndate a Dios, el cual te guarde y defienda. De Talavera, etc.--_D. Juan Chacón._»

La carta escrita, la cerró y selló con su sello, lazos, flor de lis, blasón de sus antepasados; y dándola al mensajero, le envió; y llegado a Granada le dio la carta a Muza, y él la llevó a la reina; y habiéndola hablado, y a Celima su señora, se despidió, y en saliendo Muza, abrió la reina la carta y la leyó, presentes Celima y Esperanza de Hita; quedando con mucho contento y consuelo, y aguardando el día de la batalla.

A esta coyuntura se sabía por toda Granada cómo los caballeros Abencerrajes se habían vuelto cristianos, y Abenámar, Sarracino y Reduán, de que no poco temor tuvo el rey Chico, y los mandó pregonar por traidores, insistido de los Zegríes y Gomeles.

A lo cual no quisieron resistir, ni contradecir los linajes de los Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas, y todos los de su parte, por no mover nuevos escándalos; y también porque tenían esperanza que presto volverían a tomar posesión en todos los bienes de que se había entregado el reyecillo, y porque no les correspondía aquel pregón, por ser ya cristianos, y porque era notoria la pasión y odio que tenía a estos virtuosos y nobles caballeros Abencerrajes: en donde los dejaremos por hablar de D. Juan Chacón, el cual habiendo despachado el mensajero de la reina, se puso a considerar a qué caballeros hablaría para llevar a la defensa de la reina, que fuesen de confianza para la satisfacción de aquel caso; y por otra vía se determinaba a emprender aquel hecho él solo; y sin duda saliera con su intención, por ser de corazón animoso, y valiente por extremo. Tenía grandísima fuerza, y tanta, que de una cuchillada cortaba todo el pescuezo a un toro.

Sucedió, pues, que no apartando de su memoria el cuidado de la reina y la palabra dada, un día se juntó con otros caballeros muy principales y muy estimados: el uno era D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, descendiente de los reyes de Jeriza, y señores de la casa de Villagracia, salidos de la real casa de los reyes de Francia, y a quienes por señalados hechos que hicieron les dieron los reyes de Aragón por armas las barras de Aragón, rojas de color de sangre en campo de oro, y al lado de ellas un león rapante en campo blanco; armas muy acostumbradas del famoso Héctor troyano, antecesor suyo, como dicen las crónicas francesas.

El otro caballero era D. Alonso de Aguilar, gran soldado, belicoso y de muchas fuerzas, y de animoso corazón, amigo de batallar con los moros; y de tanta perseverancia que tuvo en esto, vino luego a morir a manos de los moros, mostrando el valor de su persona, como adelante se dirá.

El tercero era D. Diego de Córdoba, varón de gran fortaleza, amiguísimo del militar ejercicio; y tanto que decía que estimaba más a un buen soldado que a todo su estado; y que merecía comer con el rey, y decir que era tan bueno como él.

Finalmente el alcaide de los Donceles, D. Manuel Ponce de León, D. Alonso de Aguilar, y D. Juan Chacón estaban en conversación tratando del reino de Granada y de la muerte de los Abencerrajes tan sin culpa, y de la injusta prisión de la reina Sultana, y en el estado que la tenía su marido el rey Chico, porque de todo habían informado los caballeros nuevamente convertidos.

Y tratando del miserable estado en que la reina estaba por un testimonio, dijo D. Manuel Ponce:

--Si fuera lícito, de buena gana fuera yo el primero en defender a la necesitada reina.

--Yo el segundo --dijo D. Alonso de Aguilar--, porque estoy condolido de su desgraciada suerte, y al fin es agravio feo en mujer noble.

El alcaide de los Donceles dijo:

--Pues yo fuera el tercero, porque considero la aflicción en que estará puesta; y aunque es mora, debemos los caballeros deshacer agravios hechos a personas de tal calidad, y nunca los cristianos perdemos la buena obra que hacemos.

--Sepamos, señores --dijo D. Juan Chacón--, qué cosa incierta halláis para que la reina no sea favorecida en este caso.

--Dos cosas lo impiden --dijo D. Manuel--: la una, ser mora Sultana, aunque no hago mucho reparo en esta; la otra, porque no podemos ir sin licencia del rey nuestro señor.

Dijo el alcaide de los Donceles:

--Eso es lo menos, porque sin ella podemos ir de secreto.

--Pregunto --dijo D. Juan Chacón--: ¿si la reina Sultana escribiera a uno de los que estamos aquí, pidiendo favor y ayuda en una necesidad como la que tiene, y que quiere ser cristiana, aunque aventure la vida, dejaría de ir a la batalla?

Respondieron todos, que mil vidas que cada uno tuviera, las emplearía en un caso tan honroso.

Muy alegre con la respuesta metió la mano en el pecho D. Juan Chacón, y sacó la carta diciendo:

--Por esa veréis cómo me hace cargo la reina de la satisfacción de su honor, y me pesa de que en particular me señale, habiendo en esta corte tanta flor de caballeros. Avisé de ir con otros tres caballeros si los hallo, y si no iré solo a tener batalla con los cuatro moros, que yo confío en Dios y en la inocencia de la reina, que alcanzaré victoria; y si la fortuna me fuere adversa y muriere en la batalla, yo la tendré por dichosa muerte.

Habiendo leído la carta de la Sultana los tres caballeros, y viendo como decía en ella que quería ser cristiana, y de la deliberada determinación del señor de Cartagena, dijeron que ellos le acompañarían en aquella ocasión; y así ordenaron de partirse sin licencia del rey, y sin dar cuenta a nadie.

El andaluz, astuto guerrero, alcaide de los Donceles, dijo que sería bien que fuesen en traje turquesco, porque en Granada no fuesen conocidos de algunas personas, especialmente de los cautivos.

Todos dijeron que era acertado aquel parecer; y así aderezaron ricas libreas a lo turco, y previniéndose de armas y caballos, y de todo lo necesario para su viaje, partieron de Talavera sin escuderos por ir más encubiertos; dejaron dicho en sus posadas que iban a montería.

En todo el camino no entraron en poblado: en campaña dormían, y en las ventas compraban su menester; y así llegaron a la Vega dos días antes que se cumpliese el plazo, y entraron en el Soto de Roma, donde con quietud descansaron todo un día, y estuvieron la noche a orilla del fresco Genil; y la mayor parte de ella trataron del orden que habían de tener para conseguir el efecto de aquella batalla.

Venida la mañana, alegres se alistaron para ir a Granada, y se pusieron sobre las fuertes armas las vestiduras turquescas; y subiendo en sus caballos salieron a lo raso de la Vega, por donde se iban poco a poco acercando a Granada, mirando a todas partes, y alegrándoles su muy hermosa vista, y la diversidad de riberas, huertas, cármenes y jardines, que les parecía un paraíso terrenal.

Y no se admire el lector del encarecimiento, porque puede creer que no hay maceta de claveles ni de albahaca regalada y cultivada en casa de los señores, como los moros tenían cada palmo de tierra, aun en los cerros, como hoy día aparecen muchas ruinas; y así les producía la tierra que era maravilla; y puede considerarse su mucha fertilidad, porque un año antes que se ganara Granada, sustentaba ciento y ochenta mil hombres de pelea, sin viejos, niños y mujeres.

Yendo, pues, los famosos caballeros a Granada, atravesando por la Vega dieron en el camino de Loja, por el cual vieron venir muy apriesa a un caballero moro, que parecía ser de valor por su buen talle y librea.

Era la marlota de damasco verde con muchos tejidos de oro, y plumas verdes, blancas y azules. En medio de la adarga blanca estaba pintada un ave fénix, puesta sobre unas llamas de fuego, y una letra en círculo que decía: _Segundo no se halla._ El caballo era bayo, cabos negros, y en la gruesa lanza puesto un pendoncillo verde y rojo.

Parecía tan bien el moro que dio grandísimo contento su vista a los caballeros, y le aguardaron a que llegase, y en llegando les saludó en arábigo, y el alcaide de los Donceles le respondió en el mismo lenguaje.

El moro detuvo su priesa, y mirando la buena postura y talle de los cuatro caballeros, les dijo así:

--Aunque la priesa que llevo es grande, y la gravedad de mi cuidado no requiere dilación, el deseo de saber, si gustáis de decir quién sois, me obliga a detener las riendas, porque caballeros como vosotros son muy peregrinos en esta tierra, y no solemos ver semejantes galas sino en caballeros o embajadores que vienen de la parte del mar Líbico a tratar algo con el rey de Granada, aunque es verdad que no traen el apercibimiento de armas que parece tenéis debajo de las marlotas, ni caballos tan ligeros de guerra; y si gustáis de que vamos juntos, seré contento en llevar tan buena compañía, y no me neguéis quien sois, por lo que debéis a ley de caballeros.

Don Juan Chacón le respondió en turquesco, que eran de Constantinopla. Pero el deseoso moro no le entendió, y así dijo:

--No entiendo esa lengua, hablad en arábigo pues sabéis.

Entonces respondió el alcaide de los Donceles en algarabía:

--Nosotros somos de Constantinopla, de nación jenízaros, y tenemos sueldos del Gran Señor cuatrocientos de nosotros que estamos de guarnición en Mostagán; y como tenemos noticia de que en estas fronteras hay muchos cristianos de admirables fuerzas, venimos con intención de probar las nuestras con las suyas, aunque nos han certificado de que recibís notables daños cada día de ellos. Desembarcamos en Adra, y andamos mirando esta vega, que es la mejor que hay en el mundo, a nuestro parecer; y entendiendo de hallar algunos cristianos para escaramucear con ellos, no hemos topado ninguno; y así vamos a ver la nombrada y gran ciudad de Granada, y besaremos las manos al rey, y luego nos volveremos a embarcar en nuestra fragata, y nos iremos la vuelta de Mostagán; esta es la verdad de lo que habéis preguntado. Y pues ya habéis satisfecho vuestro gusto, nos le daréis en decirnos quien sois, que no menos deseo tenemos de saberlo, que el que vos manifestasteis tener de saberlo de nosotros.

--A mí me place --dijo el moro-- de daros cuenta de lo que me pedís; pero caminemos, y en el camino os daré larga cuenta de lo que deseáis saber.

--Vamos --dijo D. Alonso de Aguilar; y diciendo esto caminaron muy apriesa, y el enamorado Gazul comenzó a contar su historia en esta manera:

--Sabed, señores caballeros, que a mí me llaman Mahomad Gazul, que soy natural de Granada y vengo de Sanlúcar, porque allí está la prenda más querida y más amada que tengo en esta vida; mi hermosa dama, llamada Lindaraja, del linaje de los nobles caballeros Abencerrajes. Ausentose de Granada respecto a que el rey de ella mandó que saliesen desterrados los Abencerrajes, sin culpa, habiendo ya degollado a treinta y seis caballeros de ellos, que eran la flor de todo el reino. Esta fue la causa que movió a mi señora a salir de Granada; y se fue a Sanlúcar en casa de un tío suyo, y yo la acompañé. Con la vista de mi señora vivía contento, y ahora no lo estoy. Supe en Sanlúcar como los Abencerrajes se habían tornado cristianos y servían al rey D. Fernando, y que en Granada había grandes alborotos y guerras civiles, y la reina Sultana estaba presa en juicio de batalla; y como soy de su parte y todos los de mi linaje, vengo para ser uno de los cuatro caballeros que han de defender a la reina, siendo hoy el postrero día del plazo; y por tanto demos priesa porque no llegue yo tarde, y con esto he cumplido mi promesa, y os he dicho el hecho de la verdad.

--Por cierto, señor caballero --dijo D. Manuel Ponce--, que nos habéis admirado, y a fe de caballeros, que me holgaría que la señora reina quisiese que nosotros cuatro fuésemos señalados para su defensa, que por su alteza hiciéramos todo lo posible hasta perder las vidas.

--Pluguiese al santo Alá que en vuestros brazos poderosos pusiera la restitución de su honra la reina, que bien entiendo que estaba segura la victoria, y tengo de hacer las diligencias posibles para que os señalen, aunque he oído que no quiere encomendar la reina su causa a moros, sino a cristianos.

--Cuando eso sea --dijo D. Manuel Ponce-- no somos moros, sino turcos; de nación jenízaros, hijos de cristianos.

--No decís mal --respondió Gazul--, que por esta vía sería posible que la reina os escogiese para su defensa.

--Dejando esto aparte --dijo D. Juan Chacón--, señor Gazul, ¿qué caballeros cristianos son los de más fama, y que más daño hacen en este reino?

Respondió Gazul:

--Los que nos corren la Vega muy a menudo, y a quien temen los fronterizos de esta comarca, son D. Manuel Ponce de León, y a D. Alonso de Aguilar, y a Gonzalo Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, y a Portocarrero, y a D. Juan Chacón, y al gran maestre. Estos caballeros son asombro de esta tierra, y sin aquestos hay otros muchos caballeros en la corte del rey D. Fernando, que nos destruyen por momentos.

--Mucho nos holgáramos de vernos con esos caballeros --dijo D. Alonso de Aguilar.

--Pues a ley de moro hijodalgo, --respondió Gazul--, que habíais de hallar un Marte en cada uno de los ya nombrados, y en Granada os contaré cosas que han hecho, que os pongan espanto.

--Mucho nos alegraremos de oírlas, por tener que contar en nuestra tierra --dijo D. Manuel, y caminaron apriesa.

Dejarémoslos hasta su tiempo, por tratar lo que pasaba en la ciudad de Granada a esta sazón.

CAPÍTULO XV.

_En que se da cuenta de la batalla que se hizo entre los cuatro caballeros cristianos y los cuatro moros sobre la libertad de la reina, y cómo vencieron los cristianos y mataron a los moros, y cómo la reina fue libre; y de otras cosas más._

Con grande tristeza estaba la noble ciudadana gente de Granada, porque se había cumplido el término a la reina Sultana; y sentían más la pena, porque no había señalado quien hiciese la batalla contra los acusadores; y así muchos caballeros fueron a suplicar al rey que la volviese en su gracia, pues estaba sin culpa, y se echaba de ver su inocencia en que en los términos que se le habían dado no había señalado caballeros que volviesen por ella, y que no diese crédito a los Zegríes, pero no aprovechaban sus ruegos, porque estaba pertinaz, inducido de los falsos acusadores Zegríes para que su mentira fuese adelante; y así daba por respuesta que de no dar defensores aquel día, que al siguiente se ejecutaría la sentencia de la reina; y mandó que se hiciese en la plaza de Vivarrambla un teatro donde estuviese la reina, y los jueces que habían de determinar su causa: los cuales fueron Muza, y un Azarque, y otro Almoradí; y deseaban buen suceso en aquel caso, y tenían presupuesto de hacer por la reina todo lo que pudieran.

El tablado fue todo enlutado, y los jueces subieron al Alhambra para traer a la reina a la plaza, al sitio de la lid, y con ellos fueron muchos caballeros para venir acompañando a la reina.

Los Almoradís, Almohades, Aldoradines, Gazules, Venegas, Alabeces y Marines querían quitar a la reina, y darle de puñaladas al rey y quemarle la casa; pero fueron aconsejados que no hiciesen tal, porque aunque salvasen la vida a la reina, su honra quedaba manchada y oscurecida, y era argumento de verificación; porque diría el vulgo loco que porque estaba culpada, y saber de cierto que la habían de condenar a muerte, no consintieron que se hiciese batalla, y era en favor de los acusadores haciendo su mentira verdad.

Fue muy eficaz esta razón para que desistiesen de su propósito, confiando en que la bondad y sencillez de la reina la habían de librar.

Pues entrando los jueces en el Alhambra no los dejaba pasar adelante el rey Mulahacén diciendo que no habían de llevar a la reina para ponerla en acusación.

Muza y los demás caballeros le dijeron que era conveniente al honor de la reina poner su causa en juicio, porque por aquella vía quedaba su honor limpio; y de no dar licencia que la llevasen, quedaría probada la causa, y los Zegríes con su intención.

El rey preguntó si tenía la reina caballeros que la defendiesen; Muza dijo que sí, y que cuando no los hubiera, él mismo en persona haría la injusta batalla.

Con esto dio licencia para que entrasen; y así Muza y los dos jueces entraron, quedando todos los demás fuera del Alhambra: y llegando Muza a donde estaba la reina, la halló hablando con Celima sin ninguna pena de lo que aguardaba, que bien sabía que no tenía más de aquel día de plazo; pero confiada en D. Juan Chacón, estaba sin ninguna congoja, y también porque si no venía D. Juan Chacón, y ella fuese sentenciada a muerte, en morir cristiana llevaría mucho gozo, porque empezaría a vivir para siempre, y con esto estaba la más alegre y contenta que se podía imaginar.

Mas así como vio a Muza acompañado de aquellos caballeros que con él venían, luego presumió a qué era su venida, con la cual sintió alguna turbación y pesadumbre, y con ánimo varonil hizo en esto la resistencia que pudo, porque no se entendiera su flaqueza.

Muza y los caballeros, así como vieron a la reina y a Celima, hicieron el debido acatamiento, y dijo Muza:

--Grande ha sido el descuido que vuestra alteza ha tenido en nombrar caballeros, siendo hoy el último día que tenéis de plazo: ¿qué determináis?

--No tengáis pena --dijo la reina-- que yo confío en Dios que hoy se ha de saber la verdad de mi sincero pecho, y que no han de salir con su mala intención los falsos acusadores, y que tengo de triunfar de ellos; y cuando Dios se sirva que por mis pecados sean vencidos mis defensores, y en mí sea ejecutada la sentencia que contra mí se ha pronunciado, yo partiré contenta de esta vida mortal para gozar de la eterna.

Muza no entendió el secreto de las palabras, y así dijo:

--Yo he querido que siga aqueste juicio de vuestra alteza por justicia, por causa de algunas presunciones de gente ignorante y de poca experiencia, aunque debéis mucho a todos, porque cada uno siente vuestra pena como si fuera suya propia; y porque se acrisole y apure más el oro de vuestra castidad, y porque sean castigados los traidores que la han deslustrado. Así, señora, sabed que venimos por vuestra alteza estos caballeros y yo, que somos jueces de vuestra causa, y todos siervos vuestros, y haremos lo que debemos. Podréis luego señalar caballeros, que cien mil hay que os desean servir en esta ocasión tan honrosa. Vuestra alteza venga a la plaza y Celima también, porque haya buen suceso.

--Vamos --dijo la reina--, y venga conmigo Esperanza, que es mucho el amor que la tengo, y ha sentido mucho mi afrentosa prisión y tristeza, y será bien goce del contento, como confío en el poderoso Dios que nos le ha de dar con el triunfo de la victoria.

Y diciendo esto se entraron todas en el retrete y se vistieron de negro, y en saliendo del aposento dijo la angustiada reina al valeroso Muza:

--Mucho contento recibiré en que si mi desdicha fuere tanta que mis valedores sean vencidos, que todo lo que hay mío en este aposento se le dé a Esperanza, y libertad, porque esta es mi última voluntad por lo bien que me ha servido.

No pudo sufrir la reina las lágrimas, diciendo estas palabras; y lloraba con tanta tristeza y dolor de su afecto, que movió los varoniles pechos a acompañar su llanto; y dándole Muza la mano salieron fuera del Alhambra adonde estaba una litera, y entraron dentro de ella la reina, Celima y Esperanza.

Allí estaban para irla acompañando, vestidos de luto, muchos caballeros de los Alabeces, Gazules, Aldoradines, Venegas, Almohades, Marines, y otros muchos linajes, y debajo de las marlotas y albornoces negros llevaban muy fuertes armas, con intento de romper aquel día con los Zegríes, Gomeles y Mazas, por si fuese necesario; y si no fuera por la honra de la reina, sin duda aquel día se perdiera Granada.

Y así recelosos los Zegríes, Gomeles, Mazas, y los de su bando llevaban armas fuertes debajo de sus marlotas y alquifaes por si sus contrarios les quisiesen acometer.

No se vio jamás Granada en sus guerras y trabajos tan a pique de perderse como aqueste día; pero quiso Dios que sin escándalos ni guerras se acabase aquel negocio.

En llegando a la calle de los Gomeles salían a los balcones y ventanas dueñas y doncellas llorando amargamente a la desventurada reina; de suerte que a sus llantos y gritos se movió toda la ciudad a compasión, y maldecían al rey y a los Zegríes a grandes voces. De esta manera entró la litera en la calle del Zacatín, donde más se aumentaron los sollozos, suspiros y vocería.

Llegada la caballería y la reina a la plaza, fue puesta la litera junto al tablado. Muza y los otros dos jueces sacaron a la desconsolada reina Sultana, a Celima y a Esperanza de Hita, y las subieron al enlutado tablado por unas ventanas de una casa, y en el tablado había un estrado de paños negros y bastos.

Allí se sentó la reina muy afligida y llorosa, por ver que en pública plaza había de ser juzgada, y junto a ella sentó a Celima, y a sus pies a Esperanza de Hita; allí fueron los llantos, allí fueron los gritos de hombres, niños, damas y doncellas, que no pudieran ser mayores los de Roma y de Troya cuando se veían quemar sin tener remedio.