Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 19
Así parece que será bien tratar de la determinación de los Abencerrajes; y fue que un día se salieron a pasear, y con ellos los Alabeces y Aldoradines, y habiéndose consultado entre todos, acordaron de irse a volver cristianos, y servir al rey D. Fernando en las guerras que tenía contra Granada; y así para saber el gusto del rey D. Fernando, le avisaron del suyo por esta carta.
«A ti, invictísimo Fernando, rey de Castilla, ensalzador y observador de la fe de Jesucristo, salud, para que con ella defiendas y aumentes tus estados, y tu fe vaya adelante. Nosotros los caballeros Abencerrajes, Alabeces y Aldoradines, besamos tus reales manos, y decimos y hacemos saber que, siendo informados de tu gran bondad, deseamos de irte a servir, pues por tu valor mereces que todos los hombres te sirvan; y asimismo queremos ser cristianos, y vivir y morir en la fe católica que tú y los tuyos profesáis y tenéis. Para esto queremos saber si es tu voluntad de admitirnos debajo de tu amparo, y que estemos en tu servicio; y haciéndolo así te damos fe y palabra de servirte bien y lealmente, como fieles vasallos, en esta guerra que tienes contra Granada y su reinado; y te serviremos de suerte, que prometemos darte a Granada en tus manos, y la mayor parte de su reino. En esto haremos dos cosas: la una servirte a ti como a señor y rey nuestro, y por la otra trataremos de vengar la muerte de nuestros deudos, degollados tan sin razón por el rey Chico, a quien profesamos ya y reconocemos por odioso y mortal enemigo, y deseamos verle debajo de tu obediencia, y verte enseñoreado de este reino, como afirmamos que lo serás poniéndote a ello. Y con esto cesamos besando tus reales pies.--_Los Abencerrajes._»
Escrita esta carta se la dieron a un cautivo cristiano, y con ella la libertad, encargándole el secreto; y una noche salieron de Granada con él, y le acompañaron hasta ponerle en seguridad, y le enviaron en paz; el cual con diligencia caminó sin detenerse hasta Talavera, donde estaba el rey D. Fernando, y en llegando a su real presencia hincó las rodillas en tierra, y habló, presentes todos los grandes, de esta manera:
--Muy poderoso y católico rey, columna y defensor de la Religión cristiana: sabrás, señor, que he estado seis años cautivo en Granada, donde he padecido muchos trabajos, aunque me los alivió Dios nuestro Señor por las limosnas que un caballero Abencerraje me ha hecho, por el cual y la voluntad de Dios, soy vivo y libre: este caballero fue una noche a la mazmorra donde yo estaba, y me trajo a su casa, y me quitó las prisiones y vistiome este traje moro. Salimos aquella noche de Granada él y yo, y otros dos caballeros, y me acompañaron hasta ponerme en tierra de cristianos, y dándome dineros para el camino, me dieron esta carta y me encargaron el secreto, y que la pusiese en tus reales manos. Dios ha sido servido de que llegase a tu real presencia; esta es, cumplo con mi obligación y promesa.
Y en besándola se la dio al rey D. Fernando, el cual la tomó y leyó para sí, y la dio después a Hernando del Pulgar, su secretario, para que la leyese públicamente; y siendo leída todos los grandes se alegraron grandemente en saber que aquellos caballeros querían ser cristianos, y servir al rey en las ocasiones de la guerra contra Granada, porque serían de mucha importancia para la conquista de aquel reino; y habiendo consultado el rey con los suyos, se acordó que respondiesen a la carta; y así que la escribió Hernando del Pulgar, se buscó mensajero conveniente para aquel secreto, y partió de Talavera; y llegando a la ciudad de Granada dio la carta al Abencerraje que dio libertad al cautivo, que se llamaba Alí Mahomat Barrax, el cual recibió la carta, y de secreto hizo juntar a todos los Abencerrajes, Aldoradines y Alabeces, y siendo juntos abrió la carta que decía así:
«Abencerrajes nobles, famosos Aldoradines, y fuertes Alabeces, recibimos vuestra carta, con la cual se alegró toda nuestra corte, entendiendo que de vuestra venida no puede resultar cosa dañosa, sino mucha virtud, porque sois de calificada sangre; y en particular nos hemos alegrado y dado infinitas gracias a nuestro Redentor Jesucristo, porque os ha traído al conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, en la cual seréis del todo mejorados por la virtud de ella. Decís que nos serviréis en las guerras que tenemos contra infieles de nuestra religión: por ello os prometo doblados sueldos, y esta nuestra real casa tendréis por vuestra; porque entendemos que vuestro proceder lo merece. De Talavera donde al presente quedamos,--_El rey D. Fernando._»
Grande fue el contento que recibieron todos los caballeros circunstantes, sabiendo la atención y merced que el rey D. Fernando se ofrecía a hacerles; y así acordaron de salir de Granada; y para hacer mejor su negocio, determinaron que luego fuesen los Abencerrajes a servir a D. Fernando, y que los Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas quedasen en Granada dando orden a fin de que se le diese la ciudad y el reino; para lo cual los Alabeces escribieron a sesenta y seis alcaides, parientes suyos, que estaban en fuerzas importantes guardando el reino en el río de Almería y Almanzor, y Sierra de Filabres, haciéndoles saber lo que tenían acordado, y lo que le escribieron al rey D. Fernando, y lo que les fue respondido.
Todos los alcaides estuvieron bien en ello, y no hubo ninguno que lo contradijese, considerando las pesadumbres de Granada, y que en ella había tres reyes, y que cada uno quería mandar, de donde no podía resultar bien ninguno.
También escribieron los Almoradís, Venegas, y Gazules a parientes suyos, que eran alcaides en el reino, todos guardando el secreto, y alistados para cuando fuese tiempo.
Los Abencerrajes se despidieron de sus amigos y de toda la ciudad, y salieron de ella a medio día, llevando todo el oro, plata y joyas que tenían.
¿Quién podrá contar la lástima y el dolor con que todos los de la ciudad quedaron, viendo salir desterrados sin culpa a más de cien Abencerrajes? De antes lloraban a los degollados, ahora lloran a los que desamparan la ciudad; maldecían al rey Chico, y que no se lograse en el reino, maldiciendo a los Zegríes, causadores de tantas sediciones, muertes y destierros.
Solo se alegraron de la ausencia y destierro de los Abencerrajes, los Zegríes, Mazas y Gomeles, y celebraban su contento con el rey Chico, al cual decían mil lisonjas halagüeñas, dándole las gracias por lo que había hecho por darles gusto; y no faltó entre ellos quien dijo:
--¿Qué es esto Abdalí? ¿Así dejas salir a la flor de los caballeros de Granada? ¿No sabes que todo el común, y lo más granado de la ciudad estaba pendiente de la voluntad de estos nobles caballeros? No entiendas que a solos ellos pierdes, sino a otros muchos caballeros de prosapia, nobles y principales, guardadores y defensores de tu reino. Pues yo te certifico, que te ha de pesar muchas veces de los agravios que les has hecho, y los has de echar menos antes de mucho tiempo.
Bien conocía el rey ser notable el agravio que había hecho y hacía a los Abencerrajes; pero teníanle tapados los oídos las sirenas de los Zegríes, y no le despertaron los gritos, llantos, alaridos y voces que todos los de la ciudad daban por la ausencia y destierro de este virtuoso linaje.
Así salieron de Granada los Abencerrajes con gran dolor, por ver el sentimiento que aquella ciudad hacía de su ida. Salieron con ellos muchos ciudadanos, diciendo que adonde iban los Abencerrajes habían de ir ellos.
Quedó la ciudad tan sola, ausentes estos caballeros, que se parecía muy bien su falta. Echaban menos los caballeros la noble y hermosa compañía; los galanes el dechado de sus galas, los cautivos pobres su remedio; los huérfanos y viudas su amparo.
Idos los Abencerrajes tomó el rey posesión de todos sus bienes, y los mandaba pregonar por traidores, a lo que no dio lugar Muza ni otros caballeros, so pena de volver a la guerra pasada. Y cesando en el rey este propósito, cesó el de los caballeros amigos de los Abencerrajes. Dieron aviso al rey Mulahacén como habían salido los Abencerrajes a cumplir su destierro; lo cual sintió mucho, y dijo que él los volvería a Granada a pesar de su hijo y de sus consejeros.
Los Abencerrajes fueron adonde el rey D. Fernando estaba, y en su compañía iban Sarracino y Galiana, Reduán y Haja, Abenámar y Fátima, Zulema y Daraja: todos con muy firme propósito de recibir el bautismo, como lo hicieron.
Y llegados a la real presencia del rey D. Fernando, fueron de él y de su corte muy bien recibidos, y a otro día fueron bautizados, siendo el rey padrino y la reina madrina, y los casaron según orden de nuestra Santa madre Iglesia a los que eran casados cuando moros: a todas las cuales ceremonias asistió el rey y la reina y todos los grandes, honrándolos; y fueron hechas fiestas y regocijos por todos, y pasadas les fueron asentadas plazas de muy ventajosos sueldos.
A las nuevamente bautizadas hizo la reina Doña Isabel damas de su estrado. Los caballeros fueron sentados en compañía de D. Juan Chacón, señor de Cartagena, y capitán de caballos.
Hizo teniente a un caballero Abencerraje, llamado cuando moro Alí Mahomad Barrax, y cristiano, D. Pedro Barrax; Sarracino, Reduán y Abenámar fueron tenientes de capitanes de caballos, como lo fue de D. Manuel Ponce de León, Sarracino; de D. Alonso de Aguilar, Abenámar; de D. Pedro Portocarrero, Reduán.
En las cuales compañías servían con cuidado, y en las ocasiones se echaba de ver el valor de sus personas; donde los dejaremos por acabar el pleito de la reina Sultana.
Habiendo pasado treinta días más de los que había el rey concedido a la reina Sultana para que diese quien la defendiera, como no había dado caballeros mandó el rey que la sentenciasen a quemar, porque así lo disponía la ley.
A lo que contradijo el valiente Muza diciendo que no había podido la reina nombrar caballeros, respecto de las guerras civiles y diferencias que había habido en Granada, y así no se debía ejecutar la sentencia.
A Muza ayudaron todos los principales caballeros de Granada, salvo Zegríes, Gomeles y Mazas, por ser de su bando.
Los Zegríes tuvieron con Muza muchas proposiciones y respuestas de si se había de ejecutar o no la sentencia; y vista por el rey la disputa, dio quince días más de término a la reina, para que en el espacio de ellos señalase caballeros defensores; lo cual fue a mostrar Muza a la reina, por tener él solo licencia de hablar con ella; y entrando halló a la Sultana triste por ver su plazo ya cumplido, y por la ausencia de Galiana, aunque tenía consuelo con Celima.
Y sentándose Muza junto a la reina, la contó todo lo que había pasado, y cómo la habían dado quince días más de término para que nombrase quien la defendiese; que mirase a quien había de señalar, y lo dijese con tiempo antes que se pasase el término.
Sus bellas mejillas regadas con la inundación que por los hermosos ojos brotaba, dijo la reina:
--Nunca entendí que durara la terrible obstinación en el cruel rey, tu hermano y mi marido, y que tuviera ya entera satisfacción de mi lealtad e inocencia; y respecto de esto no he hecho ninguna diligencia en este caso, por saber de cierto que no he cometido el crimen de que me hace cargo, y por las revueltas y sediciones, bandos y guerras que ha habido; pero ahora que veo que la maldad pasa adelante contra mi casto pecho, yo buscaré quien dé entera satisfacción de mi honra, y castigo ejemplar a los falsarios. Yo determino de favorecerme de piadosos caballeros cristianos, porque de moros no quiero confiar un caso de tanta importancia; no por la vida, que no la tengo en nada, sino por no dejar tan fea mancha en el honor que con tanta integridad he guardado siempre.
Con estas palabras la reina aumentaba más su dolorosa pasión y llanto; y era tanto en abundancia, que enternecido el valeroso Muza se le vinieron las lágrimas a los ojos, y esforzándose dijo a la reina:
--No derrames esas perlas, bella Sultana: cesen vuestros llantos, que aquí me tenéis a vuestro servicio; yo os defenderé, y no moriréis aunque sea homicida del rey mi hermano.
Con esto se consoló un poco, y se resolvió de escribir a tierra de cristianos para que viniesen a defenderla algunos caballeros.
Celima estaba muy triste por la ausencia de su hermana Galiana; y despidiéndose de la reina se fue y la dejó sola en su retrete; la cual formando querellas de la variable fortuna, se quejaba diciendo:
Fortuna, que en lo excelso de tu rueda con ilustrada pompa me pusiste, ¿por qué de tanta gloria me abatiste? Estable te estuvieras, firme y queda, y no abatirme así tan al profundo, adonde fundo dos mil querellas a las estrellas, porque en mi daño un mal tamaño con influencia ardiente premio vieron, y en penas muy extrañas me pusieron. Oh mil veces bien afortunados vosotros Bencerrajes, que muriendo salisteis de trabajos, feneciendo los males que os estaban conjurados; y os puso en libertad gloriosa suerte, aunque era fuerte; mas yo, cuitada, aprisionada, con llanto esquivo, muriendo vivo: y no sé el fin que habrá mi triste vida, ni a tantos males cómo habrá salida. Naufragios tristes pasa mi ventura; en lágrimas se anega mi contento; secose ya mi flor, llevose el viento mi bien, dejándome en gran desaventura. ¿Adónde está lo excelso de mi pompa? Bien es que rompa con llanto eterno el duro infierno, y favor pida como afligida, diciendo que ya el suelo no me quiere; que se abra, y que me trague si quisiere. Si el vulgo no dijera que mi honra de todo punto estaba ya manchada, yo diera con aguda y dura espada el postrimero fin a mi deshonra; mas si me doy la muerte, dirá luego el vulgo ciego, que había gran culpa, y no disculpa; pues con mi mano tomé temprano la muerte aborrecida y fuerte; y así no sé si viva o me dé muerte. Si del horrendo lazo el negro sino de cárdeno color no se estampase, de suerte que en el cuello declarase la causa de furor tan repentino; yo diera el tierno cuello al lazo estrecho, y muy de hecho, la ira temo en grande extremo; que de otra suerte aquella muerte ya fuera por mi mal bien escogida, si muriendo quedara yo sin vida. Dichosa tú, Cleopatra, que tuviste quien del florido campo te trajera la causa de tu fin, sin que supiera ninguno por cual modo feneciste: apenas se hallaron las señales, ya funerales, del ponzoñoso áspid piadoso, que con dulzura en la blancura de tu hermoso brazo fue obrando con venenoso diente, tierno y blando. Y si de cautiverio y servidumbre, ilustre reina, fuiste libertada, y a la soberbia Roma no llevada en triunfo como era de costumbre; Yo, cuitada, que muero sin remedio, por no haber medio, cual tú le hubiste, gran mal me embiste; y mi enemigo hará conmigo un triunfo desigual a mi limpieza, pues se le entrega al fuego mi nobleza. Mas aunque falte el áspid a mi medio, yo romperé mis venas, y la sangre haré que en abundancia se desangre, de suerte que el morir me sea remedio; Y así el Zegrí sangriento que levanta con furia tanta el mal horrible, y tan terrible en daño mío; en Dios confío que no triunfe de mí en aqueste hecho, pues no verá partirme el duro pecho.
Estas y otras lastimosas cosas decía la afligida Sultana con intento de romper sus transparentes venas para desangrarse; y resuelta en darse este género de muerte, llamó a Celima y a una doncella cristiana, llamada Esperanza de Hita, que la servía, la cual era natural de la villa de Mula; y llevándola su padre y cuatro hermanos a Lorca a desposarla, fueron salteados de moros de Tirieza y Jaquena; y defendiéndose los cristianos, mataron más de dieciséis moros; y siendo mortalmente heridos los cristianos, cayeron muertos los caballeros. La doncella fue cautiva y presentada al rey, y él la dio a la reina por ser hermosa y discreta.
Venidas Celima y Esperanza al llamado de la reina, les dijo:
--Celima bella, discreta Esperanza, aunque tu buen nombre no me la da en mi pena, ya sabes la injusta prisión mía, y cómo se ha pasado el término en que había de dar caballeros que me defendieran; aunque respecto de estas guerras que ha habido, me ha dado el rey quince días de término más, cuando entendí que estaba arrepentido en su yerro, y seguro de mi castidad. El tiempo es breve, y no sé a quien encargue este negocio. Sabed que tengo acordado de darme yo misma la muerte, y será abriéndome las venas de los brazos, y que vayan destilando la sangre que me alimenta. Elijo esta muerte, porque los traidores Zegríes y Gomeles no me vean morir: solo una cosa os ruego, por ser lo último y postrero, y es que al punto que acabe de expirar (tú, Celima, sabes dónde entierran los cuerpos reales), abráis los antiguos sepulcros, y allí pongáis mi cuerpo, aunque desdichado; y tornando a poner las losas como de antes estaban, me dejéis, callando el secreto, el cual encargo a las dos; y a ti, Esperanza, te dejo libre, que eres mía: tomarás mis joyas para tu casamiento; y cásate con quien te estime, y escarmentad en esta desdichada reina. Lo que os he rogado, os vuelvo a pedir de nuevo, y no me faltéis en nada, porque con eso moriré contenta.
Y no cesando de llorar tomó un cuchillo de su estuche, y alzándose la manga de la camisa se iba a herir; mas Esperanza de Hita la tuvo el brazo llorando amargamente, y con amorosas y blandas palabras la consoló con las razones siguientes:
«Hermosísima Sultana, no te aflijas, ni a las lágrimas des tus lindos ojos, y pon en Dios inmenso tu esperanza, y en su bendita Madre, y de esta suerte saldrás con vida, junto con victoria, y a tu enemigo acerbo en este instante verás atropellado duramente. Y para que esto venga en cumplimiento, y en tu favor respire el alto cielo, pon toda tu esperanza con fe viva en la que por misterio muy divino fue Madre del que hizo cielo y tierra, el cual es Dios inmenso y poderoso, y por misterio alto y sacrosanto en ella fue encarnado, sin romperse aquella intacta y virgen carne santa. Quedó la infanta virgen y doncella antes del sacro parto, y en el parto, y también después de él virgen muy pura. Nació de ella hecho hombre, por reparo de aquel pecado acerbo, que el primero padre que tuvimos cometiera; nació de aquella virgen, como digo; después en una cruz pagó la ofrenda, que al más inmenso Padre se debía; allí en todo rigor la fue ganando, por darle al pecador eterna gloria. En esta virgen, pues, reina y señora, ahora te encomienda en este trance, y tenla desde hoy por abogada, y tórnate cristiana; y te prometo, que si con devoción tú la llamases, que en limpio sacaría esta tu causa.» La reina estuvo a todo muy atenta, y llena de consuelo halló en su alma con las palabras dulces y discretas que la Esperanza dice, y consolada, habiendo en su memoria ya revuelto aquel alto misterio de la Virgen; teniendo ya impreso allá en su idea, que gran bien le sería ser cristiana, poniendo en las reales y virgíneas manos sus trabajos, tan inmensos; y así abrazando a su Esperanza, dijo: «Han sido, mi Esperanza, tus razones tan vivas y tan altas, que en un punto con penetrante fuego han allegado a lo que muy más íntimo tenía allá en mi corazón, y más secreto, y con afecto grande se han impreso; tanto, que yo querría que ya fuese llegado el feliz punto, tan dichoso, en que cristiana fuese; y te prometo tener por abogada a la que Madre de Dios inmenso fue por gran misterio. Y así lo creo yo, como tú dices, y a ella me encomiendo ya, y ofrezco en sus benditas manos mis angustias con esperanza viva de remedio: la pongo desde hoy, y en Dios confío por su bondad inmensa, que me saque de tan terribles males a buen puerto.»
Atenta estuvo a todas estas cosas Celima, y enternecida en lágrimas viendo así llorar a la reina, y determinada de seguir los mismos motivos, y de tornarse cristiana, con amorosas palabras dijo a la reina:
--No imagines, hermosa Sultana, que aunque tú te vuelvas cristiana, yo dejaré de seguir tu compañía, para que de mí sea lo que de ti fuere: yo también quiero ser cristiana, porque entiendo que la fe de los cristianos es mucho mejor que la mala secta que hasta ahora hemos guardado del falso Mahoma. Y pues todas estamos en un mismo parecer, si se ofreciere, moriremos por Jesucristo y conseguiremos vida eterna.
La reina escuchaba con el entrañable amor que decía aquellas palabras Celima, y echándola los brazos, la abrazó, y dijo a Esperanza:
--Ya que habemos acordado de ser cristianas, ¿qué haremos para salir de aquí? Aunque mi salida quisiera que fuera para recibir martirio por Cristo y ser bautizada con mi misma sangre.
A lo cual respondió Esperanza:
--Visto, señora, tu buen propósito, te daré buen consejo para que quedes libre de esta falsedad que te levantan. Sabrás, reina y señora, que sirve al rey D. Fernando un caballero que se llama D. Juan Chacón, señor de Cartagena, el cual está casado con Doña Luisa Fajardo, hija de D. Pedro Fajardo, adelantado y capitán general del reino de Murcia: es muy valiente el D. Juan Chacón, y muy amigo de hacer bien a todos los que poco pueden. Escríbele, señora, que yo sé que si le pides su favor, que no te le negará, porque es muy piadoso, y luego buscará amigos que vengan con él a librarte; y entiendo que cuando ninguno le quiera acompañar, que él solo vendrá; porque te certifico que es de esfuerzo extremado, y dará fin a tanta desventura como tienes, y nos aliviará en nuestra gran pena, causada de la tuya y de tu cruel prisión.
--Pues tan buen consejo me diste --dijo la reina-- para lo más importante, que no fue de menos que ganar un alma perdida, no dejaré de tomar tu consejo, que es para lo menos, por ser libertad del cuerpo, y al momento me pondré a escribir a este caballero.
Y dándole recado escribió una carta a D. Juan Chacón, que decía así: