Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 18

Chapter 184,265 wordsPublic domain

Y visto por el rey que los de su guardia estaban juntos y alistados, salió a la plaza de su palacio, donde estaba toda la gente, y les dijo así:

--Valerosos vasallos y amigos míos, grande deshonra es que mi hijo me usurpe cetro y corona contra toda mi voluntad, y que siendo yo vivo haya otro rey; y bien sabéis cómo se hizo llamar rey por el favor y ayuda que le dieron los Zegríes, Gomeles y Mazas, diciendo que yo era viejo y sin provecho para la guerra y gobierno del reino; y por este engaño y color de ambición muchos caballeros le han seguido, y me han dejado contra toda razón. Que bien se sabe que ningún hijo puede ser heredero del reino, ni de hacienda hasta la muerte de su padre; y así lo mandan expresamente las leyes, las cuales ha quebrantado mi hijo, me ha usurpado el reino, y procede mal en la gobernación; pues en lugar de conservar la paz y sosiego en que yo tenía el reino, es perturbador e inquietador de ella, y alborotador del pueblo; y en lugar de guardar a todos recta justicia, hace los mayores absurdos que en el mundo se pueden imaginar. Mirad cómo mandó degollar a los nobles Abencerrajes sin culpa suya, y cómo sin ella tiene presa a su mujer, imputándola de adúltera; y lo que más me lastima es, que haya muerto a mis nietos y a mi hija. Pues si siendo vivo yo hace esto, ¿qué hará en viéndose solo? Bien podéis desamparar vuestra patria y tierra, y buscar la ajena. Ya no quiere Alá que tal tirano viva en el mundo, y así estoy dispuesto y determinado a la venganza de mi amada hija y de mis queridos nietos, dando muerte acerba a este enemigo de su sangre y reino: por tanto, amigos y leales vasallos, vuestra ayuda pido para tal venganza, que más vale perder un vil príncipe, que no que se pierda por sus tiranías un reino como el de Granada. Seguidme todos luego, y mostrad vuestro valor acostumbrado.

Diciendo esto, mandó a su alcaide que guardase muy bien su fortaleza, y se partió para la casa real donde estaba el rey Chico su hijo, diciendo él y todos los suyos:

--_Libertad, libertad: mueran los traidores tiranos, y quien los sirve: no quede ninguno._

Y con esta voz dieron tan de improviso en la guardia del rey Chico, que casi no la dieron lugar a tomar las armas, y entre ellos se movió una batalla muy cruel y sangrienta, cayendo muchos muertos de ambas partes.

¿Quién viera al buen rey Mulahacén dar golpes con su cimitarra a un cabo y a otro, que no daba golpe que no derribase caballero muerto o mal herido? Porque Mulahacén siempre fue hombre de mucha fuerza en su mocedad, y de grande ánimo; y no era tan viejo que no pudiese pelear, pues aún no tenía sesenta años.

Finalmente andaba entre sus enemigos como león carnicero, y sus soldados hicieron lo mismo, matando a sus contrarios.

Aunque eran doblados los del rey Chico, perdieron la plaza, y a su pesar se retiraron a la casa real, adonde era tanta la gritería y voces, que no se oían los unos a los otros, salvo la voz de la libertad.

El rey Chico, que oyó el tropel y ruido, muy espantado y atemorizado salió a ver lo que era, y vio a su padre entre la gente de su guardia con un rigor extraño: sospechando lo que podía ser, entró a armarse, y salió afuera para que los suyos cobrasen ánimo con su vista.

A esta sazón llegó muy mal herido el capitán de su guardia, diciéndole:

--Señor, ve a favorecer tu gente, que es grande el estrago que en ellos hacen tu padre y los suyos.

El rey Chico salió dando voces, diciendo:

--A ellos, amigos, a ellos, que aquí está vuestro rey; mueran todos.

Y diciendo esto, comenzó a herir en la gente del rey su padre con tanto ánimo, que puso en los suyos tal brío, que hicieron retirar gran trecho a la gente de Mulahacén; lo cual visto por el viejo, dando voces, decía:

--No os retiréis de esta vil y traidora canalla.

Con el ánimo que les daba cada rey a los suyos peleaban todos con mucho esfuerzo y valor; pero poco les aprovechó a los del rey Chico su ardimiento, porque eran más valerosos los del rey viejo; y perdida la esperanza de cobrar lo perdido, se retiraron hasta los mismos aposentos del rey Chico, y allí comenzaron a pelear los unos con los otros cruelmente; de suerte que todo el palacio estaba poblado de cuerpos muertos, y bañado en sangre de los heridos.

En esta refriega se encontraron padre e hijo; y viendo el viejo el estrago tan grande que en su gente hacía su hijo, sin mirar el paternal amor que debía tenerle, acometió a él con una furia de hircana sierpe, diciendo:

--Aquí pagarás, aleve, la muerte de mi hija y nietos.

Y diciendo esto, le dio un tan gran golpe con la cimitarra en la rodela, con que le reparó, que se la hendió en dos partes, y el reyecillo fue herido en el brazo; y si no se reparara bien, allí acabara la vida; y fuera gran bien para Granada, porque se evitaran tantos males como por su causa hubo.

Pues como el rey Chico se vio herido, y sin rodela, con indecible coraje, no respetando las canas de su padre, ni teniéndole aquella reverencia y obediencia que los buenos hijos deben tener a sus padres, alzó el brazo para herirle con el alfanje; mas no tuvo efecto su mal propósito, porque a la sazón acudieron muchos caballeros así de una parte como de otra, cada uno por favorecer a su rey.

Aquí se aumentó la gritería y se renovó la civil y sangrienta batalla; de manera que era gran compasión ver la mortandad de aquella mal considerada gente. Tan sin piedad se mataban y herían, como si en ellos de antigüedad viniera algún mortal odio y civil guerra.

Allí eran hermanos contra hermanos, padres contra hijos, parientes contra parientes, sin guardar el decoro al parentesco y amistad, no más guiados que por pasión y afición de sus reyes; cada uno favoreciendo donde más afición tenía, y así con estos motivos de cada parte andaba tan sangrienta la refriega, como si fuera batalla hecha entre dos enemigos ejércitos.

Mas como la gente y guardia del rey Chico eran más que los de Mulahacén, sacaban ventaja; lo cual conocido por un moro de la parte de Mulahacén, hombre de ardid y buen soldado, por salir con la victoria que pretendían, comenzó a decir en altas voces que todos lo oían:

--_A ellos_, _a ellos_, rey Mulahacén, que en tu socorro vienen los caballeros Alabeces, Gazules y Abencerrajes: mueran los traidores, pues de nuestra parte está la victoria.

Oída esta voz por el rey Chico y por los suyos, desmayaron de suerte que parecía verse en manos de la muerte, y por evitar el notorio peligro que les amenazaba determinaron desamparar la casa real para no verse despedazados a manos de los caballeros Alabeces, Gazules y Abencerrajes; y con un esfuerzo muy crecido acometió al rey Chico con una tropa de ellos por no dejarle en poder de sus enemigos, y se salieron del real palacio, dejando a sus espaldas otra gran parte de caballeros que le defendían de sus contrarios.

Los del rey Mulahacén los seguían con grande osadía, entendiendo que así era verdad, que tenían socorro.

De manera que los unos retirándose y los otros siguiéndolos, unos defendiendo, otros ofendiendo, llegaron a las puertas del Alhambra, las cuales hallaron abiertas, porque las guardias las desampararon visto el alboroto y bajaron a la ciudad a dar aviso a los Zegríes y Gomeles de lo que pasaba, y en la plaza Nueva hallaron algunos de ellos, y les dieron relación de todo lo que pasaba en el Alhambra.

Y como supieron el caso, a gran priesa subieron a ella; pero llegaron tarde, porque ya estaba el rey fuera de las puertas y toda su gente, y estas muy bien cerradas y puestas las guardias necesarias.

Los Zegríes, Gomeles, Mazas y otros caballeros de su parcialidad, como vieron al rey Chico herido en el brazo, y la mayor parte de su guardia destruida, muerta y herida, se escandalizaron y se llevaron al rey Chico al Alcazaba, antigua casa de los reyes, la cual era muy fuerte, y tenía su alcaide y gente de guardia.

En esta se aposentó el rey, donde fue curado con gran diligencia, y con la guardia necesaria para su seguridad.

Estaba con mucha pena porque había perdido el Alhambra, y con no menos saña procuraba la venganza de ella contra el rey Mulahacén, el cual estaba muy alegre por ver su Alhambra libre de sus enemigos; y por limpiarla de todo punto, mandó que a todos los cuerpos muertos de los contrarios los echasen por las murallas abajo, y a los de su bando les diesen honrosas sepulturas. En las torres pusieron banderas y estandartes, mostrando mucho contento y alegría, y tocando añafiles y dulzainas.

En toda la ciudad se supo cómo el rey Mulahacén quedaba señor del Alhambra, y había desbaratado y herido al rey Chico; con lo cual todos fueron muy regocijados, porque le aborrecían como a la muerte.

Quien más celebró el contento fueron los Abencerrajes, Alabeces, Gazules, Venegas y Aldoradines, y fueron muchos de ellos con el valiente Muza a darle el parabién de la victoria, y le ofrecieron de nuevo su ayuda, lo cual les agradeció el rey Mulahacén.

Muza procuró paces entre su padre y su hermano, y no era posible, porque era tan grande el odio del rey viejo contra su hijo, que no quiso hacer lo que le pidió Muza, antes dijo que no había de tener contento hasta verle destruido. No quiso porfiar Muza a su padre, por conocer en él que tenía muy presente la muerte de Moraina su hija.

Dejemos a Mulahacén en su Alhambra, y al rey Chico en su Alcazaba siguiendo sus intereses, y tratemos de los Almoradís, Almohades y Marines, linajes muy poderosos y ricos, parientes de la reina Sultana, tan sin culpa presa.

Ya se acordará el lector que estos caballeros Almoradís y Almohades se salieron de palacio amenazando al rey Chico por lo que hacía con su mujer la reina. Pues así como salieron del real palacio, todos se conjuraron contra el rey Chico para matarle, o a lo menos privarle del reino, porque tan sin causa tenía presa a su mujer. Y asimismo se juntaron contra los Zegríes por el testimonio que habían levantado a la reina.

Para conseguir mejor su fin, acordaron de trabar estrecha amistad con los Abencerrajes y sus parciales, sabiendo que por esta vía tenían a toda Granada de su bando.

Con esta resolución se fueron a casa de un hermano del rey Mulahacén, llamado Abdalí, y le hallaron en un aposento, solo, y muy triste en ver que no podía remediar aquellas maldades y traiciones que se habían hecho contra los Abencerrajes, y prisión de la reina, y la muerte de Moraina y sus niños; y como entraron en su aposento aquellos caballeros Almoradís, que eran doce, y llevaban comisión de todos, se maravilló Abdalí y les preguntó qué buscaban.

Los caballeros le dijeron que no se recelase, que más venían en su provecho que no en su daño, que le querían hablar despacio.

Abdalí los mandó sentar en un estrado muy rico, a su usanza; y estando sentados, uno de los Almoradís le dijo:

--Bien sabes, príncipe valeroso, las grandes insolencias que se hacen en Granada, y las civiles y sangrientas guerras, como aquellas tan memorables de Sila y Mario; y si has mirado, no hay calle que no brote sangre de nobles caballeros; de todo lo cual es la causa tu sobrino el rey Chico, por admitir los malos consejos, pues sin culpa mandó degollar a los Abencerrajes, y por esta causa murieron muchos Zegríes, Mazas y Gomeles; y no contento con esto mató a su hermana Moraina y a sus tiernos hijos: que estas cosas no son de rey sino de un bárbaro, cruel y tirano, sediento de sangre humana, y derramador de ella. Ahora ha tenido una refriega y trabada pelea con su padre, que ya la sabrás, en la cual han muerto muchos caballeros, y al fin Mahoma fue de la parte de tu hermano; de suerte que ya tu sobrino está desterrado del Alhambra, y se ha apoderado del Alcazaba con favor y calor de los Zegríes, Mazas y Gomeles; y nosotros los Almoradís y Almohades le hemos quitado la obediencia, porque sin culpa tiene presa a su mujer la reina Sultana, dejando su honra puesta en manos de la fortuna; mira si no lo hemos de sentir, siendo tan cercana parienta nuestra, y más viendo cuán tiranamente procede él en la gobernación del reino, y las extorsiones que cada día nos hace a todos; y visto esto nos hemos apartado de su obediencia junto con Marines, Abencerrajes, Gazules, Aldoradines, Venegas y todos los ciudadanos, que morirán porque vivan los Abencerrajes, y pase su valor adelante; y considerando que tu hermano es ya viejo, y cansado de las guerras que contra los cristianos ha tenido, no puede gobernar como conviene, y que según su naturaleza vivirá poco, y ha de quedar por rey Abdalí, nuestro capital enemigo, el cual no hay duda sino que perseverará en lo que ha comenzado, y con mayor violencia por verse solo en el reino, todos hemos determinado que tú seas rey de Granada, pues tu valor lo merece, para que gobiernes el reino en la paz y quietud que todos deseamos, y seamos los caballeros tratados con amigable benevolencia, como de tu bondad se espera. A esto solo habemos venido los doce Almoradís que ves, por comisión dada de todos los caballeros que os hemos referido. Danos respuesta luego, y de no querer admitir el reino lo daremos a Muza, que aunque es hijo de cristiana, lo es de tu hermano, y merece por su valor y esfuerzo ser príncipe del mundo.

Con esto dio fin el Almoradí a sus razones, aguardando que Abdalí respondiese, el cual parando un poco en el caso les dijo:

--Mucho agradezco, señores caballeros, la voluntad y la oferta que me hacéis: la carga que un rey se echa sobre sus hombros es muy grande, las obligaciones son muchas y mis fuerzas son pocas: mi hermano está vivo y con dos hijos; yo no hallo razón concluyente por donde pueda aceptar el favor que me prometéis; además de que cuando no mirase a las circunstancias dichas, será mover nuevas disensiones, guerras civiles y alboroto. Los más principales caballeros y toda la ciudad son de parte de mi hermano: no alborotemos más la tierra; pero sea de esta manera: yo sé que mi hermano está mal con su hijo, y al fin de sus días no le dejará el reino, sino a mí o a uno de mis hijos: hablémosle mañana, diciéndole que ya es viejo, y que me dé la gobernación del estado, para que le alivie de tanta carga; y si me da este oficio, con facilidad se podrá hacer lo que me pedís, y al fin dirán que por consentimiento de mi hermano habrá sido.

A todos les pareció muy bien lo que Abdalí respondió, y tuvieron por buen consejo aquel; y así quedó determinado, que el siguiente día se tratase aquel caso con el rey Mulahacén; lo cual se trató con él, yendo para ello muchos caballeros Abencerrajes, Alabeces, Venegas y Gazules; y estando todos con el rey, un caballero de los Venegas le habló, diciendo:

--Noticia tenemos, rey Mulahacén, de todos nuestros pasados, de que los reyes de Granada han sido para con los vasallos benévolos y apacibles, y siempre les han tenido muy crecido amor; lo cual ahora es al contrario, pues tu hijo en vez de hacer mercedes a sus súbditos, sin ocasión les quita las vidas. Ya sabrás lo que ha pasado estos días, y el escándalo y alboroto de la ciudad por la muerte de los nobles Abencerrajes, de lo cual han redundado aquestas guerras civiles, muertes, y desastrados fines entre los ciudadanos; y sé cierto, que si no se pone remedio, en poco verás tu ciudad despoblada, porque todos irán a buscar la paz a las ajenas tierras, pues en la suya no la tienen: nadie se queja de ti, ni hay por qué; pero nos recelamos de tu hijo, que tan mal procede en el gobierno de tu estado; que si ahora que eres viejo nos faltas, y por tu edad la muerte llama, y tu hijo queda por ley, será gran daño de todos; y así querríamos que pusieses un gobernador para que te aliviase la carga de la gobernación, y que en faltando tú, diesen el reino al gobernador, siendo cual conviene. Por tal elegimos a tu hermano Abdalí, y será posible que tuviese enmienda tu hijo, visto que has puesto gobernador; y puesta su enmienda, merecerá tener el reino. A esto solo hemos venido a darte cuenta de nuestra pretensión, lo cual te suplicamos nos otorgues, y en cambio de esta merced que te pedimos, si nos lo concedes, te damos palabra, a fe de caballeros hijosdalgo, de quererte servir, y obedecer en todo y por todo mientras vivieres.

Atento estuvo el rey Mulahacén a las palabras del caballero Venega; y reparando en que las leyes disponen que herede el hijo al padre, en particular siendo reino; y cuando se acordó de la gran desobediencia que su hijo había tenido con él, y los grandes daños que por su causa habían sucedido, y recelándose de otros mayores, acordó de dar contento a estos caballeros, viendo ser justa la petición, y que era en provecho de todos, y así dijo que era contento en que su hermano gobernase el reino junto con él; y después de muerto, su hijo Abdalí fuera rey, porque debía dársele el reino.

Los caballeros le dieron las gracias por la merced que les había concedido, y dieron a Abdalí el parabién de gobernador; y habiendo jurado de hacer lo que se debía en el oficio de la gobernación, y de guardar la lealtad debida a su hermano, al son de muchos instrumentos se le dio el cargo.

Con esto se despidieron del rey todos los caballeros, y acompañaron al gobernador hasta su casa: y luego aquel día mandó pregonar por toda la ciudad, que cualquiera que recibiese algún agravio de otro, que fuese a su casa, y que él satisfaría a cada uno conforme a derecho, guardando a todos justicia. Toda la ciudad se holgó mucho por la elección hecha, porque mediante esto iban quitando las fuerzas al rey Chico.

Así se entendió apaciguar la ciudad, y fue echar leña al fuego y alquitrán a la pólvora; porque luego que el rey Chico llegó a saber lo que su padre había hecho, en lugar de enmendarse, hacía mil agravios y desafueros, y cosas indecentes, todo confiado en los Zegríes, Gomeles y Mazas; y estos linajes se comunicaron acerca de lo que harían, pues había creado Mulahacén coadjutor para el gobierno.

Resolviéronse en que siguiesen al rey Chico y persiguiesen a los Abencerrajes, pues tenía poder para uno y otro; y que no desamparasen al rey hasta la muerte; y así le dijeron al rey, que él solo lo sería, o morirían en la demanda; y entendida por el rey Chico esta voluntad de sus valederos, les mandó que cualquiera persona noble o plebeya que fuese de la parte del rey su padre o del gobernador se la llevara allí, y al momento fuera degollada; y si se defendiese por no ser presa, que la matasen al punto.

Por esta causa fueron degollados y presos muchos que hacían la parte del rey Mulahacén; y sabido por él, y por Abdalí, gobernador, mandaron lo mismo a todos los de su parte.

De aquesta suerte había más matanza cada día, que en Roma en tiempo de las guerras civiles.

La ciudad se dividió en tres opiniones y partes: la una seguía a Mulahacén, y eran los Abencerrajes, Gazules, Alabeces, Aldoradines, Venegas, Azarques, Alarifes, y la mayor parte del común, por el amor que a los Abencerrajes tenían.

Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Laugetes, Bencerrajes, Alabeces y otros caballeros.

Al gobernador Abdalí seguían Almoradís, Almohades, Marines, y otros muchos caballeros, por ser estos dos linajes de los reyes de Granada.

De esta suerte estaba la desventurada ciudad repartida, y cada día había mil escándalos y muertes.

La gente ciudadana, mercaderes, oficiales, ni labradores, no se atrevían a salir de sus casas. Los caballeros y gente principal no salían menos de veinte juntos, porque si les acometiesen sus contrarios, pudiesen resistirlos; y si salían seis, o diez, luego los acometían, prendían y degollaban; y si se defendían, los mataban allí. Con estas violencias y crueldades había cada día llantos, tristeza y pesadumbres.

Había tres mezquitas en Granada, y a cada una acudía su bando.

En lo llano de la ciudad había una, donde ahora es el Sagrario, a la cual acudían el rey Chico y sus apasionados.

Otra había en el Albaicín, que ahora se llama S. Salvador, y a esta acudía el gobernador y su gente.

En el Alhambra había otra, que ahora se dice Santa María, donde estaba Mulahacén y los de su bando.

Cada uno conocía su distrito y jurisdicción.

¡Oh Granada, qué desventura fue esta que vino sobre ti! ¿Qué se hizo tu nobleza? ¿Dónde está tu riqueza? ¿Qué se hicieron tus pasatiempos, tus galas, justas y torneos, juegos de sortija, fiestas de S. Juan, músicas adornadas y zambras? ¿Adónde están tus admirables juegos de cañas? ¿Qué se hicieron las vistosas libreas de los gallardos Abencerrajes; las delicadas invenciones de los Gazules; las altas pruebas y ligerezas de los Alabeces; los costosos trajes de los Zegríes, Mazas y Gomeles? ¿Dónde está todo tu bien y contento? Paréceme que se ha convertido en lágrimas, tristezas, traiciones, muertes, lagos de sangre vertida con crueldad y tiranía.

Muchos caballeros ciudadanos desamparaban la ciudad, temerosos de lo que veían. Otros caballeros se iban a sus cármenes y heredades, y de allí los traían a degollar, cosa no vista sino en Roma.

Muza estaba muy enojado viendo aquellas maldades que se hacían por momentos, y procuraba medios para quitar y atajar tal daño; y así él y un linaje de caballeros llamados los alfaquíes, y Sarracino, Reduán y Abenámar andaban de un rey en otro, suplicándoles que viniesen en concierto las enemistades; y como estos caballeros alfaquíes eran muchos, muy ricos y de esclarecida sangre, y no estaban sujetos a ninguna parte apasionadamente, siempre a la obediencia del rey Mulahacén, cada uno de los otros dos bandos deseaba tenerlos por amigos; y así les quisieron dar gusto en dar asiento en aquellos bandos, viendo cada día se menoscababan los caballeros y moradores de la ciudad, así en muertes como en ausencias; y porque Muza había jurado que había de dar muerte a quien no dejase las comunidades, tanto hizo con ayuda de los alfaquíes, Sarracino, Reduán y Abenámar, que vinieron a poner paces entre los caballeros de los bandos, prometiendo que no habría más crueldades ni muertes, sino que hasta la muerte de Mulahacén cada uno siguiese a su rey sin ser forzado, sino que a su gusto siguiesen al que quisiesen de los dos, y que cada rey conociese y determinase las causas de su jurisdicción, sin entrometerse el un rey con lo que al otro tocase.

El rey Chico pidió que los Abencerrajes cumpliesen el tenor de su sentencia, cumplidos los dos meses que les dio de término. Mulahacén decía que no habían de salir los Abencerrajes de Granada hasta que él fuese muerto. En esto estuvieron discordes algunos días, y era la causa que los Zegríes se lo pedían al rey Chico, y todos los demás caballeros contrarios lo defendían.

Finalmente, quedó asentado que habían de salir del reino, pues que así lo pidieron los Abencerrajes al rey Mulahacén, porque querían ser cristianos y servir al rey D. Fernando, que si no fuera por esta causa, jamás salieran de Granada, porque tenían de su parte al rey viejo y a los más principales caballeros, y a todo el común de la ciudad.

Mediante las diligencias dichas quedó la ciudad en paz, aunque duró poco, como adelante se dirá. Por estas diferencias se hizo este

ROMANCE.

Muy revuelta anda Granada en armas y fuego ardiendo, y los ciudadanos de ella duras muertes padeciendo; Por tres reyes que hay esquivos, cada uno pretendiendo el mando, cetro y corona de Granada y su gobierno. El uno es Mulahacén, que le viene de derecho; el otro es un hijo suyo, que le quiere a su despecho. El otro un gobernador que Mulahacén había puesto: Almoradís y Almohades a este le dan el cetro. Al rey Chico los Zegríes, diciendo que es heredero: Venegas y Abencerrajes se lo van contradiciendo. Dicen que no ha de reinar ninguno, hasta que sea muerto el viejo Mulahacén, pues es vivo, y tiene el reino. Sobre estas guerras civiles el reino van consumiendo, hasta que el valiente Muza en ello puso remedio.

Al fin por Muza, los alfaquíes, y por Reduán, Sarracino y Abenámar se apaciguaron las guerras, de suerte que con seguridad se podía andar por la ciudad.