Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 17

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Los Zegríes comenzaron a alborotarse, diciendo que ellos eran caballeros y lo que habían dicho lo sustentarían en campo armados a los cuatro caballeros.

--Eso se verá presto --dijo Muza; y díjole al rey--: Vamos al Alhambra, que ya todo está apaciguado: solo quedan cuatro linajes de caballeros que no os quieren dar obediencia, sino a nuestro padre: pasen algunos días, que yo los compondré. Y vosotros, Zegríes y Gomeles, advertid, que si por vuestro consejo murieron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes, de vuestros linajes hay más de cuatrocientos caballeros muertos; mirad si ha sido granjería la que habéis hecho. Id al Alhambra, y mandad que los saquen del cuarto de los Leones, y dadles sepultura, que así han hecho los Abencerrajes a todos sus deudos, muertos sin culpa.

Con esto salió Muza de la mezquita, y el rey Chico con él, fiado de su palabra, y le dijo:

--Muza, ¿quién te dio aviso de que estaba yo aquí?

--Quien te vio venir --dijo Muza.

Diciendo esto, se bajaron todos del cerro, y se entraron en el Alhambra.

Los Zegríes llevaron los cuerpos muertos a sus casas, y los fueron acompañando, y Muza con ellos, por evitar algún escándalo; y en todo aquel día no se oía en toda Granada otra cosa sino llantos y gemidos muy tristes.

El rey se retiró a su cuarto con muy buena guarda, y mandó que no dejasen entrar a nadie en todo aquel día; lo cual se cumplió todo así, que ni aun a la misma reina dejaron entrar, y muy confusa se volvió a su retrete, no sabiendo la causa de tan grande encerramiento, pues le había enviado a decir Muza que no tuviese pena, que el rey volvería a su silla.

CAPÍTULO XIV.

_En que se da cuenta cómo los traidores pusieron acusación a la reina y a los Abencerrajes, y cómo la reina fue presa por ellos, y dio cuatro caballeros que la defendiesen, y de lo demás que sucedió._

Los muertos ya enterrados de la una parte y de la otra, y habiendo cesado los llantos por ellos hechos, y reducida la parte mayor de los caballeros de Granada a la obediencia del rey Chico, por orden del valeroso capitán Muza, habiéndose pasado aquel día tan memorable para Granada, luego el día siguiente dio orden que fuesen a hablar al rey; y así se juntaron todos los más principales, y le fueron a ver, aunque contra su voluntad, solo por hacer placer al valiente Muza; y en entrando en su real sala, se fueron sentando por su orden, como antes solían, aguardando que el rey saliese de su aposento: el cual como supo que estaba allí Muza y los demás caballeros, salió vestido de negro mostrando tristeza en el rostro, y sentado en la silla real, mirando a todos, les dijo:

--Muy leales y verdaderos vasallos, amigos míos, bien sé que habéis estado muy enojados conmigo, y con deliberación de quitarme el reino y la vida por lo que hubo en el cuarto de los Leones, no sabiendo vosotros el fundamento y justa causa que a ello me movía, y sin escandalizaros; pero a veces la cólera ciega la razón de modo, que no da lugar a la consideración con el deseo de la venganza. Alá os guarde de rey injuriado, que no aguarda dilación su agravio. Y para satisfacción de mi poca culpa, y muy sobrada justicia, pedida y demandada de mi crecido agravio, habéis de saber, oh nobles granadinos, que los famosos Abencerrajes, de cuya fama el mundo está lleno, habían conspirado y hecho conjuración para privarme del reino y de la vida, y de todo esto tengo fulminado proceso con información bastante, por donde son dignos de muerte, y más. Albín Hamete, Abencerraje, violó mi honra con mancha de adúltero, tratando con la reina Sultana, mi mujer, de deshonestos y secretos amores, aunque no lo fueron tanto, que con facilidad fueron descubiertos; y en esta sala hay caballeros testigos de vista que lo dirán y sustentarán, y a esta causa se ejecutó ayer lo que visteis, queriendo por mi mano tomar venganza de tan enorme injuria y deshonra; y si no se descubriera tan presto mi intento, no hay duda, sino que no fuera ya vivo ningún Abencerraje; mas mi mala suerte ordenó que se descubriera. De lo pasado me pesa solo por el alboroto de la ciudad, y por haber muertes de nobles y leales caballeros a manos de los Abencerrajes vivos y de los Gazules, y la sangre de los Zegríes y Gomeles vertida por mi causa pide justísima venganza, la cual prometo hacer por Mahoma. Y ahora doy por sentencia que los Abencerrajes que son culpados en esto, por tener atrevimiento de entrar con mano armada en mi casa real, sean desterrados de Granada, y dados por traidores, y sus bienes confiscados a mi real Cámara, para que de ellos haga mi voluntad; y los que no son tan culpados y los ausentes, así alcaides, como los que no lo son, que se queden en Granada privados de mi real servicio. Y si tuvieren hijos varones, los envíen a criar fuera de la ciudad; y si fueren hijas, que las casen fuera del reino; y esto mando que se publique por toda Granada. Y en lo que toca a la reina Sultana, mi mujer, mando que los caballeros que han de poner la acusación la pongan luego; y puesta, sea presa, hasta que se vea su justicia conforme a derecho, que no es justo que un rey como yo viva afrentado. Estas dos cosas fueron la causa, buenos caballeros y leales vasallos, del alboroto de ayer: ahora considere cada uno la causa por suya, y juzgue lo que haría, y verá cómo no se satisface mi agravio, y respóndame.

Dichas estas palabras por el rey todos los caballeros que estaban allí juntos se miraban los unos a los otros, y admirados de todo aquello que el rey les había dicho, no sabían qué responderle, porque ninguno de los que vinieron con Muza a dar la obediencia al rey, no dio crédito a cosa ni parte de lo que tocaba a los Abencerrajes, como ni a lo de la reina, y luego entendieron ser traición; y así los caballeros Almoradís, Almohades, y otros que eran parientes de la reina Sultana, hicieron entre ellos gran movimiento y comunicación, y al cabo de una pieza que el rey aguardaba respuesta, se levantó un caballero Almoradí, tío de la reina, y respondió, diciendo:

--Atentos hemos estado, rey Abdalí, a tus razones, con las cuales no menos pesadumbre y alboroto que ayer se espera; porque en lo que has hablado manifiestamente parece ser averiguada traición, así en lo que toca a los caballeros Abencerrajes, como en lo de la reina; porque los Abencerrajes son nobles, y en ellos no puede caber traición, ni tal de ellos se puede presumir; porque de su bondad y nobleza siempre han dado verdadero testimonio sus obras, por las cuales tú y tu reino habéis resplandecido; y si ahora los mandas desterrar, tu reino de hoy en más lo puedes dar por ninguno, y al tiempo pongo por testigo; cuanto y más, que aunque tú los destierres, si ellos con su gusto y voluntad no se quieren salir de Granada, no los puedes tú hacer fuerza, atento que no eres rey supremo por ser vivo tu padre, el cual estima mucho a este linaje. Si no me crees, mira tu palacio, y verás como en faltando todos los Alabeces, Gazules, Aldoradines y Venegas, parece estar solo y sin acompañamiento ninguno, y te has de ver sin todos estos y otros muchos, por ser amigos de los Abencerrajes, pues la plebe ya bien sabes el amor que les tiene; y sé de cierto, que si el amor de ellos levantara bandera contra ti, te echaran del reino en que estás; pero son leales, y antes morirán que tal hagan. Repórtate, rey mal aconsejado, y no te ciegue la cólera; y en lo que dices de la reina que ha sido adúltera, es falso; es matrona ilustre y honesta, y se debe tener y estimar en mucho; y si contra ella te mueves o alteras, los Almoradís, Almohades y sus parciales te hemos de quitar la obediencia, y hemos de darla a tu padre; y cualquiera que pusiere falta o dolo en la reina Sultana, miente y es un villano, y yo lo probaré donde quisiere.

El traidor Zegrí, Mahandín Gomel, Mahandón y Abenhamete con saña se levantaron y dijeron que lo que ellos decían era verdad, y quien lo contradecía, mentiría.

Los Almoradís se alzaron poniendo mano a las armas; todos los Zegríes y Gomeles hicieron lo mismo, y con gran enojo se fueron los unos a los otros, moviendo mucho escándalo y alboroto en el palacio real; mas los caballeros Azarques y Alarifes, Muza, Sarracino, Reduán y el mismo rey, obraron tanto, que no los dejaron juntar, antes los aquietaron e hicieron sentar; y estando sosegados dijo estas razones Muza:

--Señores caballeros, yo querría que se pusiese la acusación a la reina, y que por ella sea presa, pues confío en Alá que su inocencia ha de ser verdugo de los acusadores falsos, y han de morir o retractarse de lo dicho, de donde se seguirá mayor lauro y corona de honor a la inocente reina y a todos los de su linaje; para lo cual salga aquí la reina, responda por sí, y dé y señale caballeros que la defiendan.

A todos pareció bien lo que Muza dijo, y así fue llamada la reina Sultana, la cual fue acompañada de sus damas, y los caballeros se levantaron y la hicieron grande acatamiento, salvo los traidores; y antes que la reina se sentase en su estrado le dijo Muza:

--Hermosa Sultana, hija del famoso Moraicel, y de nación Almoradí por descendencia del padre, y Almohades por la madre, descendientes de los reyes de Marruecos: sabrás, reina de Granada, por tu daño, como en esta sala hay caballeros que pongan dolo en tu castidad, diciendo que no has guardado las leyes conyugales, como era razón, a tu marido el rey; antes dicen que has adulterado y hecho traición con Albín Hamete, Abencerraje; por lo cual ayer fue degollado con los demás Abencerrajes que murieron. Si esto es así, lo cual todos nosotros no creemos, porque tenemos entera satisfacción de tu bondad, virtud y castidad, has incurrido en pena de muerte de fuego; por tanto da razón de ti, para que no haya más escándalo del que por tu causa ha habido; y si no le das cual conviene a tu honor y al de tu marido, morirás quemada conforme a nuestras leyes: yo te lo he dicho, no por ofenderte, sino para que repares con tiempo la defensa y lo que te conviene, que por mi parte seré en tu favor y en todo lo que pudiere, como lo verás.

Con esto calló Muza, y se sentó, aguardando que la reina respondiese. La cual como oyó lo que Muza le había dicho, miró a todos los caballeros de la sala; y como los vio callar, tuvo por verdad lo que al pronto había escuchado por donaire y juego; y reparándose un poco, sin mudarse la color de su hermoso rostro, ni hacer mudanza mujeril, respondió de esta suerte:

--Cualquiera que en mi honestidad pura, limpia y casta pusiere alguna falta, miente, y no es caballero, sino villano, vil y de bajos pensamientos, mestizo, infame y mal nacido, indigno de entrar en el real palacio; y sea quien fuere, póngase aquí en mi misma presencia la acusación que contra mí se ha hecho, que no temo pena ninguna, porque mi inocencia me asegura, y mi castidad y limpieza me hacen libre: jamás con pensamiento ni obra hice ofensa al rey mi marido, ni la pienso hacer en tanto que mi marido fuere, ni después; ora sea por separación de muerte, o por repudiación de su parte hecha. Mas estas cosas y otras tales no pueden salir sino de moros, de quien no salen sino maldades y novedades, como de hombres de poca fe y mal inclinados. Benditos sean los cristianos reyes y quien los sirve, que nunca entre ellos hay semejantes maldades, y la causa es estar fundados en buena ley. Pero una cosa sé decir, que confío en el santísimo Alá que ha de volver por mi casta limpieza, y descubrir la verdad; y hago promesa de que si Alá se sirve de dar victoria a mis defensores, como lo espero en él que se la dará, viéndome libre de este testimonio, de no volverme a juntar con el rey en poblado ni fuera.

Diciendo esto comenzó a llorar, y con ella todas sus damas; de tal manera, que a todos los caballeros que la oían movía a muy grande compasión y lástima.

Lindaraja se hincó de rodillas delante de la reina, y pidió licencia para partirse a Sanlúcar a casa de un hermano de su padre, pues por mandado del rey habían muerto sin culpa a su querido padre, y pues desterraron a los Abencerrajes, que ella se quería desterrar, por no ver las tiranías y crueldades que cada día se hacían, y más el testimonio que a su alteza se levantaba; que no diese lugar que ella presenciara a aquellos dolores tan acerbos; y que cuando la honra de la reina padecía, no estaba segura la de sus damas, dueñas y doncellas.

La reina la abrazó llorando, y quitándose del cuello la cadena que el maestre la dio el día de la sortija, dijo:

--Toma, amiga, yo quisiera galardonar tus servicios fieles y leales, pero ya, por mi desdicha, no soy señora de bienes, sino de males: dichosa tú, y yo sin ventura. Vete en paz, y vive en ella, que ausente de la corte yo sé que la tendrás.

Y diciendo esto la apretó entre sus brazos, regándola su hermoso rostro con lágrimas, las cuales Lindaraja derramaba de sus ojos en abundancia. Aquí se aumentó el llanto de todas las damas, porque las iba abrazando y despidiéndose de todas.

Estaban los circunstantes tan lastimados de la dolorosa despedida de la reina y de Lindaraja, que no dejaban de ayudar con lágrimas; y no pudiendo sufrir aquel dolor, todos los Almoradís y Almohades, y otros de su parcialidad, se salieron llorando de la sala diciendo:

--Abdalí rey, abre los ojos y mira lo que haces, y tennos por tus enemigos de aquí adelante.

Lindaraja despidiéndose del rey se salió de palacio, y acompañada de su madre y de algunos caballeros se bajó a la ciudad, y al otro día se partió para Sanlúcar, y Gazul en su compañía, que era el que la servía, como ya se ha dicho, y adelante se tratará de ellos más largamente.

Ahora vayan su camino, y volvamos a tratar del rey, y de la acusación de la triste reina Sultana, la cual lloraba muy dolorosamente su deshonra, y con ella sus doncellas.

El rey mandó al traidor Zegrí que pusiese la acusación, y él se levantó y dijo:

--Por la honra de mi rey, y volviendo por ella, como debo, digo que la reina Sultana es adúltera, y que yo y Mahandín la vimos en Generalife, debajo de un rosal, que está junto a la fuente grande, estar en lascivas concupiscencias con Albín Hamete, Abencerraje; lo cual sustentaremos los cuatro a otros cuatro que señale la reina en su defensa.

A esto respondió la reina:

--Mientes, como traidor infame, falso, tú y todos vosotros; yo fío en el poderoso Alá que ha de descubrir la verdad, y os ha de costar muy caro.

El rey dijo:

--Sultana, dentro de treinta días habéis de dar caballeros que os defiendan; donde no, se procederá contra vos conforme a la ley.

Sarracino no pudiendo sufrir más aquella lástima, dijo:

--Yo me ofrezco a la defensa de la reina, aunque no haya más caballeros que quieran volver por su honor.

Reduán dijo:

--Yo seré el segundo, y serviré de tercero y cuarto.

Muza dijo:

--Pues yo ayudaré también, y no faltará otro caballero que ayude, porque se haga la batalla cuatro a cuatro; y mire la reina si nos quiere admitir, que como caballeros juramos de hacer el deber.

La reina respondió:

--Muchas mercedes, señores caballeros, por la que me hacéis tan señalada; yo veré lo que me importa, pues tengo término suficiente, aunque sé que en hacer tales caballeros la batalla, mis enemigos serían vencidos, y mi honra satisfecha.

El rey mandó que estuviese presa en la torre de Comares, y en su compañía Galiana y Celima para que la sirviesen. Luego Muza y otros caballeros llevaron a la desdichada e infeliz reina presa, y la pusieron en un aposento, y a la puerta doce caballeros de guarda, con orden que si no es a Muza, otro no pudiese entrar a hablar con ella. Esto hecho se despidieron del rey todos los caballeros, por lo que había pasado.

Las damas de la reina se fueron todas: las doncellas en casa de sus padres, y las casadas a sus casas con sus maridos. Reduán se llevó a su querida Haja; Abenámar a Fátima, que estaba muy triste por lo que sus parientes habían hecho. Todas las demás damas se fueron, quedando desierto el cuarto de la reina.

Quedaron con el rey Zegríes, Gomeles y Mazas, por acompañarle, y a muchos pesaba de lo que habían empezado a hacer, porque imaginaban que no podían tener buen fin todas aquellas traiciones.

Luego se pregonó que dentro de tres días saliesen los Abencerrajes desterrados, so pena de las vidas.

Los Abencerrajes pidieron dos meses de término, porque querían salir del reino; y fueles concedido a instancias de Muza, porque entre él y ellos se trató lo que adelante se dirá.

Este pregón se divulgó por toda la ciudad, y sintieron tanto los moradores de ella el agravio que a los Abencerrajes se hacía, que si quisieran ellos levantar bandera contra el rey Chico, los ayudaran con sus personas y haciendas, porque en extremo eran amados de toda la ciudad, y tenidos en lugar de padres y amparadores de todos.

Este pregón lo oyó una hermana del rey Chico, llamada Moraina, la cual era mujer de Albín Hamete, Abencerraje; y llena de enojo por haberle muerto a su marido sin culpa, y de temor por haberle quedado dos niños, uno de cinco años y otro de tres, vestidos ambos de luto y ella también, fueron al Alhambra y en su compañía cuatro caballeros Venegas, y entraron en la sala del rey para hablarle.

Los guardas conociendo a Moraina, la dejaron entrar en el aposento del rey, su hermano, al cual halló solo; y haciéndole mesura, le dijo:

--¿Qué es esto, rey? Rey te digo, y no hermano, aunque es nombre de más piedad; mas porque no entiendas que soy de los conjurados contra ti, como tú mismo dices, te llamo rey. Pues dime, ¿qué clima es este que nos sigue tan cruel? ¿Qué hado tan rigoroso y sangriento es este? ¿Qué estrella tan caliginosa y mortífera corre predominando y causando tantas desventuras? ¿Qué cometa llena de fuego es este, que así abrasa y eclipsa el claro linaje de los Abencerrajes? ¿En qué te han ofendido, que así totalmente los quieres destruir? ¿No te ha mitigado haber degollado la mitad del linaje, sino que ahora mandes desterrar a los que han quedado? Y ya que así es, ¿qué razón hay para que los hijos inocentes de los padres se hayan de dar a criar fuera de la ciudad, y a las hijas casarlas fuera del reino? ¡Pregón duro! ¡Sentencia cruel! ¡Mandato acerbo! ¿Dime de qué sirven estas tiranías, rey inclemente? Y yo triste, desconsolada y viuda, hermana tuya por mi mal, ¿qué haré con estos dos niños, retrato de aquel caballero Albín Hamete, mandado por ti degollar sin culpa? ¿No bastó la muerte inocente de su inculpable padre, sino desterrar los huérfanos hijos? ¿A quién los encomendaré fuera del reino que los críe? Si a ellos destierras, yo he de ir también por su madre. ¡A tu sangre maltratas! Por Alá santo te ruego, que te reportes; mira que estás mal aconsejado; no pase adelante tu crueldad injusta, que es en los reyes grande imperfección ser crueles, y más donde no hay culpa, sino interés y envidia.

Con esto cesó la bella Moraina, no dejando de llorar, y dando dolorosos suspiros de lo más íntimo de su alma.

Todo lo cual no fue bastante a ablandar el diamantino corazón del rey, antes encendido en infernal cólera, los ojos encarnizados contra su hermana, la dijo:

--Di, Moraina infame, sin conocimiento de la real sangre, ¿tan poco valor en ti se encierra? ¿Eso me dices? ¿Di, no consideras la mancha que puso en mi honra tu desleal marido? Si tú tuvieras una gota de mi real sangre, sintieras mi agravio, y esa gota dando el pecho a tus hijos, les fuera veneno mortífero; y si este efecto hiciera, diría que eras mi hermana; pero no creo que lo eres, pues no sientes lo que yo. Mejor hubieras hecho en haber quemado esas dos ramas infames, salidas de aquel aleve tronco, causador de mi afrenta; y pues tan poco miramiento has tenido, y no has hecho oficio de hermana, yo haré lo que tú no hiciste.

Y diciendo esto asió al niño mayor, y alzándole en peso, le puso debajo del brazo izquierdo, y echando mano a la daga se la metió por la garganta, que no pudo defenderle la desdichada madre; y dejando muerto al inocente niño, a pesar de su triste madre, tomó al otro, y le degolló, dejando segadas las manos a la sin ventura Moraina por quitarle a su tierno niño.

Y habiéndolos muerto, dijo el sanguinolento rey:

--Acábese de raíz esta traidora casta de Albín Hamete.

Vista la crueldad del tirano rey, la lastimada madre, bramando como leona, acometió a su hermano por quitarle la daga para matarle; pero el rey se defendió, y visto que no podía defenderse de ella, porque le pedía sus hijos, con diabólica furia la dio dos puñaladas en el delicado pecho, de las cuales cayó muerta con sus hijos; y dijo el rey:

--Allá irás con tu marido, pues tanto le amas, que tan traidora eres como él.

Y luego mandó que enterrasen aquellos cuerpos en la sepultura de los reyes, lo cual se hizo admirándose de aquel acaecimiento.

Los caballeros Venegas, sabiendo el caso atroz que el rey había cometido, salieron del Alhambra, y se fueron a la ciudad, y contaron el caso a otros caballeros; y así se supo por toda Granada aquella gran crueldad del rey.

Muchos determinaron de matarle, y más sabiendo la injusta prisión de la reina; mas vivía el rey con tal cuidado y guarda, que no tuvieron lugar de ejecutar su deseo; porque la puerta del Alhambra la guardaban mil caballeros, y de noche se cerraba bien, y por los muros y baluartes había puestas muchas postas y centinelas, guardando todas las entradas.

La gente del rey Mulahacén guardaba lo que le tocaba, que era la plaza de los Aljibes y la torre de la Campana, y las torres cercanas a ella, y sus baluartes y barbacanas.

Finalmente, lo mejor del Alhambra tenía Mulahacén: el rey Chico tenía la casa real antigua, y cuarto de los Leones y Torres de Comares, y miradores del bosque a la parte del Darro y Albaicín.

Aunque las guardas y gente de ambas partes estaban separadas y apartadas, y cada cual seguía la parte de su rey, jamás entre ellos había discordias por mandado de los reyes y ruegos de Muza.

Y aunque había dos reyes, la gente más principal seguía al rey viejo, como eran Alabeces, Abencerrajes, Gazules, Almoradís, Langetes, Atarfes, Azarques, Alarifes y todo el común ciudadano, respecto de estar bien con los caballeros Abencerrajes y sus valedores.

Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Alabeces, Bencerrajes, Almoradís, Almohades, y otros muchos linajes y caballeros de Granada, aunque después de la prisión de la reina se habían pasado al rey viejo los Almoradís, Almohades y Venegas.

Estaba Granada divisa y llena de bandos y escándalos cada día, y más se acrecentaron cuando los caballeros Venegas dieron noticia de la crueldad que el rey Chico había usado con su hermana y con sus sobrinos; la cual fue de todo punto causa de que los Almoradís, Almohades, y Marines, y otros muchos caballeros de gran valor le desampararon; de tal manera, que casi toda Granada estaba apercibida en su daño.

Solo tenía de su parte a los Zegríes, Gomeles y Mazas; y como estos tres linajes eran tan poderosos, le sustentaron en su estado hasta que se perdió, como adelante se dirá.

Volviendo a la muerte de los hijos de Moraina y de la suya, hubo en Granada grande sentimiento del doloroso caso. Todos decían que era el rey muy cruel, tirano, enemigo de su sangre, e indigno del reino y de la vida.

Quien más sintió esta muerte fue el capitán Muza, hermano de Moraina, y firmó con juramento, que había de ser vengada aquella traición antes de muchos días; y si Muza sintió el desaforado caso, cruel y grave, no menos lo sintió el rey Mulahacén, que al fin era su padre.

Y después de haber hecho gran llanto por su amada hija y por los nietos tan queridos, con ferviente enojo se fue a armar, y se puso un fino jaco y un acerado casco, y sobre el jaco una aljuba de escarlata, y tomó una tablachina en el brazo izquierdo; y llamando a su alcaide, le dijo, que muy presto juntase la gente de su guardia, que eran más de cuatrocientos caballeros.

El alcaide los juntó, y les dijo que el rey Mulahacén los mandaba juntar; que estuviesen apercibidos para lo que les mandase.

Ellos dijeron, que allí estaban a su mandado.