Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 13

Chapter 134,162 wordsPublic domain

Diciendo esto alzó las manos a su gente, haciendo señal que se retirasen de allí, y esta era bastante señal de seguro.

La gente luego se retiró; lo cual visto por el moro, dijo al maestre:

--Ea, caballero, ya es tiempo de comenzar nuestra escaramuza, y diciendo esto movió su caballo a media rienda, escaramuceando con gracia.

El maestre, hecha la señal de la cruz, alzó los ojos al cielo diciendo:

--Por vuestra Santísima Pasión, Señor mío Jesucristo, que me deis victoria contra este pagano.

Y diciendo esto, con bravo ánimo arremetió su caballo por el campo, escaramuceando contra el moro; y aunque no estaba sano de las heridas que le dio Albayaldos, y le impedían para pelear, su gallardo ánimo suplía los defectos de sus heridas, y notando la braveza de Aliatar, su denuedo y ligereza de escaramucear, dijo entre sí: «Conviene andar cuidadoso porque este moro no alcance victoria, lo cual no permita Dios»; y diciendo esto sosegó su caballo, viniéndose despacio, y los ojos puestos siempre en su enemigo para ver lo que haría.

El moro que vio andar así al maestre, no sabiendo la causa, se le fue acercando para hacerle algún daño; y estando cerca de él, confiado en el valor de su brazo, enderezó para dar el golpe, entendiendo que el maestre no estaría en el caso advertido; y levantándose sobre los estribos le arrojó la lanza con tanto ímpetu, que el hierro y banderilla iban rechinando por el aire.

El maestre que vio desembrazar la lanza con tan gran violencia, y que el asta venía crujiendo por el aire, con gran presteza arremetió su caballo y se apartó hacia un lado, hurtándole el cuerpo, de modo que pasó por delante, y se clavó en la tierra sin hacer efecto.

Habiéndose el maestre apartado con tal presteza, y cual halcón suele asaltar a los astutos gorriones, arremetió al moro para herirle; el cual no osó aguardar, porque le vio venir con violencia, y revolviendo el caballo fue adonde estaba clavada la lanza; y llegando tiró de ella y la sacó del suelo con una presteza admirable; y revolviendo para herir al maestre, le vio tan cerca de sí, que le venía a los alcances, que no se pudo hacer otra cosa sino embestirse el uno al otro, y diéronse dos grandes encuentros.

El moro dio a su contrario en el escudo y se lo falseó, y le hirió en el pecho de una mala herida. El golpe que el maestre dio fue muy bravo, porque rompió la adarga del moro, aunque era muy fuerte, y el jaco acerado, y le hizo una mala herida por la cual salía mucha sangre.

Bien sintió el moro que estaba mal herido, pero no por eso mostró punto de desmayo, antes con más ánimo arremetió al maestre, blandeando la lanza como si fuera un junco.

El maestre usó de maña con él, que al tiempo que se hubieron de encontrar los dos, ladeó un poco su caballo, de suerte que le dio Aliatar en la adarga al soslayo, y aunque la rompió no entró el hierro en la carne. El maestre le dio de través en lo descubierto, y le hizo una mala herida.

El moro, encendido en ira rabiosa, casi desesperado, arremetió al maestre para herirle, pero guardábase de los golpes con gran ligereza. Y visto por el moro la grande destreza del maestre, maravillado detuvo su caballo y le dijo:

--Cristiano caballero, si queréis, y es vuestro gusto, fenezcamos nuestra escaramuza a pie pues ha gran tiempo que combatimos a caballo.

El maestre dijo que le placía, y se alegró, porque era grande la destreza que tenía a pie; y así se apearon los dos fuertes guerreros, y embrazando sus escudos, con las armas en las manos se acometieron con tanta fortaleza, como dos bravos leones; pero poco le valió al moro su braveza, que tenía poderoso enemigo.

Heríanse por todas partes, procurando cada uno dar la muerte a su contrario, y así andaban los dos muy encarnizados: llevaba el moro lo peor, aunque no lo sentía, porque de dos heridas destilaba mucha sangre, y tanta, que donde Aliatar ponía los pies quedaba rastro; mas como era el moro valiente, y de tan animoso corazón, no lo sentía, y así se mantenía en su escaramuza.

A esta sazón tiró el maestre un revés a su enemigo, y le cortó la adarga como si fuera de seda; lo cual visto por el moro lo sintió, y muy sañudo dio un golpe al maestre por encima de su escudo, que parte de él vino al suelo; y como el maestre lo alzó por defender la cabeza, la punta del alfanje alcanzó con tal valor, que el acerado casco del maestre fue roto, y quedó herido en la cabeza: la herida no fue grande, respecto que el alfanje le tocó por los extremos, pero salíale tanta sangre que le bañaba los ojos, de modo que le turbaba; y si a la sazón el moro no anduviera tan debilitado por la falta de sangre, el maestre corría peligro, porque como el moro vio tanta sangre por el rostro del maestre, cobró ánimo, y comenzó a herirle bravamente; mas como estaba desangrado, no pudo acometer al maestre como quisiera ni mostrar su valor: con todo eso ponía en aprieto al maestre, el cual como se vio tan perseguido del moro, y que tanta sangre le salía de la herida de la cabeza, de todo punto enojado, poniendo la vida en mucho riesgo, cubierto lo mejor que pudo con la parte de escudo que le quedaba, acometió a Aliatar, llevando su espada de punta.

El moro que le vio venir no le rehusó que también le embistió, pensando con aquel golpe fenecer la escaramuza. El maestre le hirió de punta al moro con gran furia, de suerte que la espada entró hasta lo más escondido de sus entrañas; mas no pudo hacer tan a su salvo el maestre esta herida, que él no quedase mal herido de otra en la cabeza; de tal suerte, que aturdido vino al suelo, derramando mucha sangre.

El moro que vio al maestre en tierra y cubierto de sangre, entendió que era muerto, y fue para cortarle la cabeza; pero cuando se movió para ello cayó en tierra muerto, a causa de haberle pasado las entrañas.

A esta sazón el maestre volvió en sí, y viéndose puesto en tal estado, receloso que el moro viniese sobre él, con presteza se levantó, y mirando a Aliatar le vio tendido en el suelo que no se movía: entonces se hincó de rodillas, y dio muchas gracias a Dios por la victoria, y levantándose se fue al moro y le cortó la cabeza y la arrojó en el campo.

Luego tocó la corneta, y al sonido vino su gente, y vista la victoria se holgaron; y como le hallaron tan mal herido les pesó mucho, y cogiendo los caballos le dieron el suyo al maestre, y el del moro cogieron de la rienda, y la cabeza de Aliatar puesta en el pretal, despojado el cuerpo de ropas y armas, se fueron para curar al maestre, el cual quedó de esta escaramuza con mucha honra; y por ella se hizo aquel antiguo romance que dice así:

De Granada sale el moro que Aliatar era llamado, primo hermano del valiente y esforzado Albayaldos; Aquel que mató el maestre en el campo peleando. Sale a caballo este moro de finas armas armado, Sobre ellas una marlota de damasco leonado; leonado era el bonete, negro el plumaje azulado. La lanza también es negra, adarga negra ha tomado; también el caballo es negro, de valor muy estimado. No es potro de pocos días, de diez años ha pasado; tres cristianos se lo cuidan, y él mismo les da recado. Sobre tal caballo el moro se sale muy enojado; llegando a la plaza nueva hacia Darro no ha mirado, Aunque pasó por la puerta, según va encolerizado; sale por la puerta Elvira y por la Vega se ha entrado. Camino va de Antequera en Albayaldos pensando, topar desea al maestre para vengarse a su salvo; Y en llegando junto a Loja un escuadrón ha encontrado; todo es de lucida gente, por señas un pendón blanco, En medio una cruz roja del Apóstol Santiago. Llegándose al escuadrón sin temor ha preguntado, «Si venía allí el maestre que D. Rodrigo es llamado.» El maestre allí venía, de su gente se ha apartado, Y dijo: «¿Qué buscas, moro? Yo soy el que has demandado.» Conócele luego el moro por la cruz que trae al lado, Y también en el escudo que lo tiene acostumbrado: «Dios te guarde, buen maestre, buen caballero estimado: Sabrás que soy Aliatar, de Albayaldos primo hermano, a quien tú diste la muerte, y le volviste cristiano; Y ahora soy yo venido solamente por vengarlo: apercíbete a batalla, que aquí te aguardo en el campo.» El maestre que esto oyó, no quiso más dilatarlo: vase el uno para el otro, muy grande esfuerzo mostrando. Dábanse grandes heridas reciamente peleando: el maestre es valeroso, el moro no le ha durado. Finalmente le mató como varón esforzado; cortárale la cabeza, y en el pretal la ha colgado. Volviose para su gente muy malamente llagado, y su gente le llevó donde fue muy bien curado.

A cuatro días que pasó esta escaramuza, se supo en Granada como Aliatar murió a manos del maestre, lo cual sintió mucho el rey, viendo que en tan poco tiempo le había muerto dos tan buenos caballeros, como eran Aliatar y Albayaldos.

También lo sentían todos los caballeros, y la alegría de los días pasados se volvió en tristeza y pesar por la muerte de estos dos tan principales; lo cual visto por el rey, acordó con su consejo, que se volviesen a alegrar, y ordenose que todos los caballeros que jugaron en la sortija pasada, se casasen con las damas; que se hiciese sarao público, y se cantase y danzase la zambra, que es fiesta entre moros muy estimada, y que se corriesen toros, y hubiese juego de cañas. Y para esto dio el rey orden al valeroso y valiente Muza, el cual se encargó de hacer las cuadrillas del juego, y de hacer traer los toros.

Grande contento sintieron los caballeros mancebos que tenían damas; y así toda la ciudad tuvo tanta alegría como de antes, y aun más, porque luego los caballeros comenzaron a ordenar juegos y máscaras de noche por las calles, mandando poner grandes hogueras y luminarias por toda la ciudad, de suerte que la noche parecía día.

Será bueno decir quiénes fueron los caballeros y damas que se casaron.

El fuerte Sarracino con la linda Galiana; Abindarráez con la hermosa Jarifa; Abenámar con Fátima; Malique Alabez con la linda Cobaida, que ya le habían traído de Arbolote, y estaba de todo punto sano de sus penetrantes heridas; Azarque con Arbolaya; un caballero Almoradí con la bella Sarracina; un caballero Abencerraje con Celima: todos estos caballeros y damas nombradas fueron casados en la misma sala real, en la cual hubo dos meses de fiesta y zambra.

Como los caballeros y damas ya nombradas era toda gente principal, y la flor de la ciudad de Granada, se hicieron grandísimos gastos, así en comidas, como en ricas ropas, oros y sedas; de manera que la ciudad estaba en esta sazón la más rica y opulenta, y más alegre y regocijada que había estado en ningún tiempo.

Fuera gran bien para los moradores de la ciudad y para todo el reino, que siempre estuvieran en tranquilidad y concordia; pero como la rueda de la fortuna es mudable, presto volvió lo de arriba abajo, y dio con todo en el suelo, convirtiendo tantos placeres y regocijos en tristes llantos, como adelante diremos.

Muza, como hombre a quien habían hecho cargo de las fiestas, presto concertó las cuadrillas del juego, tomándose él un puesto con treinta caballeros Abencerrajes, y dando el otro puesto a un caballero Zegrí, hermano de Fátima, mancebo de valor; y este señaló otros treinta Zegríes, deudos suyos, para el juego, el cual había de ser en la plaza de Vivarrambla, donde se habían de correr los toros; y traídos un día señalado, los corrieron con mucha alegría de toda la ciudad, en presencia del rey y la reina, y de toda la corte. Congregáronse de la ciudad y forasteros mucha gente a la fama de las fiestas reales.

Ya se habían corrido cuatro toros muy bravos, y el quinto estaba en la plaza, cuando entró por ella un caballero en un lucido caballo; la marlota y capellar eran verdes, como quien vivía con esperanza, las plumas verdes con argentería de oro. Con él salieron seis con la misma divisa de su librea, y cada uno con un rejón negro en la mano, y unas listas de plata.

Grande contento dio el caballero a todos los que estaban mirando las fiestas, y más a la hermosa Lindaraja, porque luego conoció a Gazul, que ya estaba sano de las heridas que le dio Reduán en la escaramuza que tuvieron los dos.

Reduán no quiso estar en las fiestas aquel día, por los desdenes que le hacía Lindaraja; y por no verla, y por no traer a la memoria sus penas, se salió aquel día armado, por si encontraba algún cristiano con quien pelear.

Pues como Gazul entró tan gallardo, y vio que todo el vulgo le miraba, se puso enmedio de la plaza, y aguardó que el toro viniese por aquella parte; el cual no tardó mucho, que habiendo muerto cinco hombres, y atropellado más de cincuenta, llegó, y así como vio el caballo, arremetió para herirle.

Gazul le aguardó, y al tiempo que el toro quiso dar su golpe, le clavó un rejonazo tan cruel por medio de los hombros, que contra su gusto cayó en tierra, y no hirió al caballo. Sentía tanto dolor el lastimado toro, que puestos los pies y manos hacia arriba, se revolcaba en su sangre, dando unos bramidos espantables.

Admirado quedó el rey y toda la corte de ver la venturosa suerte de Gazul, y qué brevemente había quitado la fuerza y brío a un animal tan feroz.

Con mucho contento estaba Gazul, lidiando los toros que se corrían, aguardándolos hasta llegar muy cerca, y después los lastimaba con el rejón de tal suerte, que no volvían más a él; y porque aquel día lo hizo tan bien el invencible Gazul, se dijo este

ROMANCE.

Estando toda la corte de Abdalí, rey de Granada, haciendo una rica fiesta, habiendo hecho la zambra, Por respeto de unas bodas de gran nombradía y fama, por las cuales corren toros en la plaza Vivarrambla. Estando corriendo un toro, que su braveza espantaba, se presentó un caballero sobre un caballo en la plaza, Con una marlota verde, de damasco bandeada, y el capellar de lo mismo, muestra color de esperanza. Plumas verdes, y el bonete parece de una esmeralda; seis criados van con él, que le sirven y acompañan, Vestidos también de verde, porque su señor lo manda, como aquel que en sus amores esperanza lleva larga. Un rejón fuerte y agudo cada criado llevaba; de color negro eran todos, y bandeados de plata. Conocen al caballero por su presencia bizarra, que era el muy fuerte Gazul, caballero de gran fama, El cual con gentil donaire se puso enmedio la plaza con un rejón en la mano, que al gran Marte semejaba, Y con ánimo invencible al fuerte toro aguardaba. El toro cuando le vio, al cielo tierra arrojaba Con las manos y los pies, cosa que gran temor daba; y después con gran furor hacia el caballo arrancaba Por herirle con sus cuernos, que como alesnas llevaba; mas el valiente Gazul su caballo bien guardaba, porque con el rejón duro con presteza no pensada Al bravo toro hiriera por entre espalda y espalda: el toro muy mal herido con sangre la tierra baña, Quedando en ella tendido su braveza aniquilada. La corte toda se admira en ver aquella hazaña, Y dicen que el caballero es de fuerza aventajada; el cual corridos los toros, el Coso desembaraza. Haciendo mesura al rey, y a Lindaraja su dama; lo mismo hizo a la reina, y a las damas que allí estaban.

Volviendo al propósito, el fuerte Gazul corrió los demás toros que quedaban, en compañía de otros caballeros que los corrían; y no quedando ya ningún toro, hecho el acatamiento debido al rey y a la reina, y a las damas, y en particular a Lindaraja, se salió de la plaza, quedando todos muy contentos en haber visto su hazaña. Luego se tornó a montar para que entrase el juego de cañas.

Los caballeros del juego se fueron a aderezar, y no tardó mucho que al son de militares trompetas entró el valeroso Muza con su cuadrilla, con tanta bizarría, gala y gentileza, que no había más que ver.

Toda la librea era blanca y azul con griones y bandas pajizas, plumas encarnadas y blancas, con mucha argentería de oro; por divisa en las adargas un salvaje, que con un bastón deshacía un mundo. Esta divisa era de los bravos Abencerrajes muy usada, con una letra a los pies del salvaje, que decía así:

Abencerrajes levanten hoy sus plumas hasta el cielo, pues las famas en el suelo con la fortuna combaten.

De esta forma entró el granadino Muza muy gallardo y bizarro con toda su cuadrilla, que eran treinta Abencerrajes, todos caballeros de mucho valor. En entrando hicieron todos un concertado caracol, escaramuceando unos con otros, y al cabo se pusieron cada uno en su puesto.

Luego el bando de los Zegríes entró muy gallardo, y no menos vistoso que los Abencerrajes: su librea era verde y morada, cuarteada de color de hojaldre muy vistosa.

Venían en yeguas bayas muy ligeras: los pendones de las lanzas eran verdes y morados; y si los Abencerrajes hicieron buena entrada y caracol vistoso, no la hicieron menos los bravos Zegríes. Traían por divisa en las adargas unos alfanjes sangrientos con una letra que decía así:

Alá no quiere que al cielo hoy suba ninguna pluma, sino que se hunda y suma con el acero en el suelo.

Habiendo hecho su caracol muy gallardamente, tomaron su puesto, y al punto los dos bandos se apercibieron de cañas para el juego.

El rey, que ya tenía vistas las letras y divisas de los caballeros, entendió por ellas el rencor que tenían; y porque no resultase algún escándalo en tiempo de tantos regocijos y fiestas, luego se quitó de los miradores, y acompañado de todos los grandes de su corte bajó a la plaza antes que se comenzasen las cañas, que no fue poco importante su asistencia.

Puesto a un lado mandó que jugasen, y al son de los añafiles y chirimías se comenzaron a jugar las cañas, hechas cuatro cuadrillas. Las cañas se jugaron sin haber desconcierto alguno, aunque lo hubiera muy grande, si el rey no descendiera a la plaza, porque los Zegríes venían de mano armada contra los Abencerrajes, los cuales, escarmentados de la pasada, estaban apercibidos para lo que se ofreciera; pero con la presencia del rey que estaba con ellos, no ejecutaron su intento los Zegríes.

Habiendo visto los moros de los bandos contrarios al rey, estuvieron con mucha concordia, y se acabaron las fiestas de aquel día sin pesadumbre y con mucho gusto, que no fue pequeño misterio.

Y por estas fiestas de toros y juego de cañas se hizo el siguiente

ROMANCE.

Con más de treinta en cuadrilla, hijosdalgo Abencerrajes, sale el valeroso Muza a Vivarrambla una tarde; Por mandado de su rey a jugar cañas se sale, de blanco, azul y pajizo, con encarnados plumajes; Y para que se conozcan en cada adarga un salvaje, acostumbrada divisa de moros Abencerrajes, Con un letrero que dice: Abencerrajes levanten hoy sus plumas hasta el cielo; pues de ellas visten las aves. Y en otra cuadrilla vienen atravesando una calle los valerosos Zegríes, con libreas muy galanes. Todos de morado y verde, marlotas y capellares, en mil jaqueles gualdados de plata los acicates. Sobre yeguas bayas todos, hermosas, ricas, pujantes; por divisa en las adargas unos sangrientos alfanjes, Con una letra que dice: no quiere Alá se levanten, sino que caigan en tierra con el acero pujante. Apercíbense de cañas, el juego va muy pujante; mas por industria del rey no se revuelven, ni salen, Porque los Zegríes tienen contra los Abencerrajes un concierto de traidores, y no pudieron lograrle.

Acabado el juego de las cañas el rey y los demás caballeros principales de la corte, y la reina y las damas con sus novios se retiraron al Alhambra, donde el rey los regaló grandemente en la cena, porque estaba muy contento de que no había sucedido ninguna desgracia.

Hubo sarao real, y los desposados danzaron con las desposadas, y el rey con la reina, Muza con Celima, con mucho contento de ambos; Gazul danzó con Lindaraja. Tanto danzaron y bailaron aquella noche, que era ya casi de día cuando se fueron a dormir los desposados.

La hermosa Galiana, gozosa de verse en aquel punto con su Sarracino, a quien con tan excesivo amor amaba, después de haberle dicho muchas amorosas razones, le dijo:

--Dime, querido señor mío, ¿qué fue la causa que el día de S. Juan habiendo corrido con Abenámar las tres lanzas en el juego de la sortija, luego saliste de la plaza, y no pareciste más en aquellos cuatro o seis días? ¿Fue porque perdiste la joya, o por qué? Que te prometo que lo deseo saber.

--Querida esposa y señora mía, la causa fue porque perdí tu retrato bello y la rica manga labrada de tu mano, y por la vergüenza que me ocupaba de parecer en tu presencia, y por saber que Abenámar ordenó aquel juego por vengarse de los dos: de ti, porque le desdeñaste; y de mí, porque una noche le herí debajo de tu balcón, estándote dando una música, que bien creo que tendrás noticia de ello; y viendo que fortuna le favoreció tan a medida de su deseo, y que a mí me había sido contraria, me dio tan gran tristeza y desesperación, que enfermé de melancolía y maldecí mi poca ventura; renegué del falso Mahoma, y prometí y juré a fe de caballero, de ser cristiano, y lo tengo de cumplir, aunque sobre ello muera, porque tengo por mejor la fe de los cristianos, que no la burlaria de la secta de Mahoma; y si tú me quieres bien, como dices, has de ser cristiana, que yo sé que el rey D. Fernando nos hará grandes mercedes por ello.

Con esto cesó, aguardando la respuesta que le daría Galiana, la cual luego le respondió:

--Señor, y esposo, no puedo yo huir en ninguna manera de tu voluntad; antes seguirela en todo y por todo; tú eres mi señor y marido, a quien yo di y entregué mi corazón; y así digo, que no iré contra tu gusto en cosa ni en parte; y más, que yo sé que la fe de los cristianos es mucho mejor que el Alcorán, y así prometo de ser cristiana.

--Acrecentádome habéis las mercedes de todo punto --dijo Sarracino--, y no esperaba menos de tan leal y firme pecho.

Y diciendo esto la abrazó entre mil ternezas, y así pasaron toda aquella noche.

Venida la mañana, los grandes de la corte se juntaron y ordenaron que Abenámar, pues era tan buen caballero, se casase con Fátima, ya que en su servicio había hecho tan grandes cosas. Los Zegríes no quisieron que aquel casamiento se hiciese, por cuanto Abenámar tenía amistad con los Abencerrajes; las cuales contradicciones no aprovecharon porque el rey gustó de que se casaran, y todos los caballeros fueron en que se efectuase.

Hecho el casamiento, las fiestas se aumentaron, haciendo cada día zambra y muchas danzas y juegos; de modo que no había otra cosa en la corte sino galas, invenciones, máscaras y regocijos; y los dejaremos en ellas por contar lo que le sucedió a Reduán en la Vega, yendo desesperado por verse aborrecido de Lindaraja que amaba a Gazul.

Pues es de saber que como salió de la ciudad se fue por el río Genil abajo, y llegó al Soto de Roma, que es un soto muy agradable, de mucha espesura de árboles; y hoy día quien no tiene muy andadas las veredas se pierde en él: hay dentro infinidad de caza volátil y terrestre, y estará de Granada el principio del soto legua y media, teniendo de ancho y largo más de cuatro leguas.

Allí vio una escaramuza muy reñida entre cuatro moros y cuatro cristianos, por causa de que les querían quitar una mora muy hermosa, y la defendían, aunque con pérdida y trabajo, por ser los cristianos de mucho valor. La mora miraba su escaramuza derramando abundancia de lágrimas.