Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 12

Chapter 124,261 wordsPublic domain

Maravillose Muza de verlos, y ellos de ver a él con aquel caballo de las riendas y sin ningún escudero que le acompañase; y en llegando los unos a los otros se saludaron, según su costumbre, y después el que primero habló fue Muza, diciendo:

--Por Mahoma juro, que me espanto en veros ir a los dos por este apartado camino, y sospecho que vuestra venida no es sin causa, y recibiré gran placer si me dais cuenta de ella.

Reduán respondió:

--Más razón hay de admirarnos nosotros en veros venir así solo, y con ese caballo del diestro; y debe de ser la causa que habéis tenido escaramuza con algún caballero cristiano y le habéis muerto, y le quitasteis el caballo.

--Yo me holgara que fuera así --respondió el afligido Muza--; mas decidme, señor Reduán, ¿es posible que no conocéis este caballo?

Reduán mirándole dijo:

--Si no me engaño es de Albayaldos: suyo es de cierto. Su señor ¿dónde queda?

--Pues lo preguntáis --respondió Muza--, yo os lo diré. Sabed que ayer en el juego de sortija, habiendo corrido el maestre de Calatrava sus tres lanzas, y ganado al mantenedor, Albayaldos entró en la plaza, y porque el maestre mató al rey Mahomad, primo de Albayaldos, desafió al maestre estando yo presente, y quedó que se habían de ver hoy en la fuente del Pino, llevando Albayaldos por su padrino a Alabez, y el maestre por el suyo a D. Manuel Ponce de León; y esta mañana fui a palacio y no vi a Albayaldos ni a Alabez, y acordándome del desafío, sin dar cuenta a nadie fui por la posta a la fuente del Pino, y allí vi a los cuatro caballeros; hice todo lo posible porque no pasase adelante el desafío, y ya lo había alcanzado del maestre; pero Albayaldos estaba tan pertinaz, que no quiso sino proseguir la escaramuza. Alabez y D. Manuel tenían antes de ahora comenzada una escaramuza, y por cierta ocasión no fue fenecida, y hoy la quisieron fenecer, de suerte, que padrinos y ahijados riñeron cruelmente, y al fin por caer de su caballo fue muy mal herido Albayaldos, el cual vencido, al punto de su muerte dijo que quería ser cristiano. Alabez también fue muy mal herido y vencido por D. Manuel Ponce de León; y si no fuera por mí, allí muriera. Pedile de merced otorgase la vida a Alabez, y fue tan noble que dejó de matarle y me lo entregó. Yo le apreté las heridas y se vino, y entiendo que está curándose en Arbolote. El maestre bautizó a Albayaldos, y le puso por nombre D. Juan, y a poco rato murió llamando a Jesucristo: antes que muriera me rogó muy encarecidamente que le diese sepultura debajo de aquel pino, y así lo hice, y de sus armas hice un honroso trofeo, y lo colgué encima de su sepultura. Todo esto pasa como lo he contado: ahora hacedme placer de decirme adónde vais, por si os puedo servir en algo.

--Obligación hay --dijo Gazul-- de daros cuenta de nuestra venida, pues nos la habéis dado de este suceso, y respondiendo a estas cosas, digo que siento en el alma la muerte de Albayaldos y las heridas de Alabez, por ser dos caballeros en quien el rey tenía puestos los ojos por su valor. La causa de nuestra venida es, que el señor Reduán me trae desafiado, solo porque Lindaraja me ama y a él le aborrece, y para esto vamos a la fuente del Pino por ser lugar apartado.

Admirose el fuerte Muza del caso, miró a Reduán y le dijo:

--¿Pues es posible que queráis que os ame por fuerza la dama? Nunca forzoso amor es perfecto. De suerte que si ella quiere a otro, ¿queréis tener escaramuza con quien no os debe nada, y dejáis la culpa sin castigo, y ponéis la vida en contingencia de perderla? Si ella no os quiere, buscad otra, que abundancia hay de damas, siendo vos como sois un caballero tan estimado en el reino, así en valor de la persona, como en bienes y linaje. Por cierto bien parecería que saliesen a reñir cada día los caballeros más estimados por esos negocios, y se matasen; y al tiempo de la necesidad, como cada día vemos que la hay, por tener los cristianos a la puerta, ¿quién saldría a los rebatos y escaramuzas? Mirad en que paró Albayaldos por no tomar mi consejo. No paséis adelante, sino volvamos a Granada. Bien sabéis, señor Reduán, que yo amaba a Daraja, y a los principios me hizo favores, cuantos a hombre se le podían hacer; y sin causa, solo por su gusto me aborreció, y puso los ojos en Zulema Abencerraje. Cuando vi de cierto que no me quería, aunque luego lo sentí mucho, procuré olvidarla, y me consolé considerando que no hay veletas de torres tan mudables como ellas. ¿Fuera bueno que la ingratitud que Daraja usó conmigo me lo pagara Zulema y le matara, no teniendo culpa? Disparate fuera muy grande. En lo que me vengo de Daraja es en no mirarla, y en hacer a mi dama mil ofrendas en presencia de ella, y esta es mucho mayor venganza que si la matara. Por vuestra vida, muy esforzado Reduán, que cesen todos vuestros rencores, y nos volvamos a Granada.

Con esto cesó el valiente Muza, y Reduán respondió diciendo:

--Es tan grave mi tormento, y tan grande el infierno que arde en mis entrañas, que no me deja reposar porque de noche arde en mi pecho un mongibelo, y de día me enciende un volcán, sin cesar de abrasarme, de modo que para mitigar el fuego en que me abraso, no aguardo sino la acerba y cruda muerte.

--Quiero preguntar, señor Reduán --dijo Muza--, qué remedio pensáis sacar después de muerto de todos vuestros males.

--Descanso --respondió Reduán.

--Y sepamos --dijo Muza-- si acaso en la escaramuza que pretendéis hacer, matáis a Gazul, y averiguadamente la dama os aborrece más; y si por haberla privado de su gusto, y por vengarse de vos, pone los ojos en otro, ¿le habéis de matar también?

--Ahora querría acabar esta escaramuza --respondió--, que después el tiempo me dará orden a lo demás.

Visto Muza que se iban, y que no había podido reducir a la razón a Reduán, se fue con ambos, con esperanza de aplacar la escaramuza; y tan buena priesa se dieron a caminar que en breve tiempo llegaron a la fuente del Pino; y en parando, Muza ató al pino el caballo de Albayaldos, y les enseñó el sepulcro, y de nuevo volvió a rogar a Reduán que no prosiguiese en su intento, y que dejase aquella empresa que no importaba.

Reduán sin responder palabra dijo a Gazul:

--Ea, robador de mi gloria, ahora estamos en parte donde se ha de acabar de perder mi esperanza.

En diciendo esto empezó a escaramucear por lo llano, y a llamar a Gazul que viniera a la escaramuza.

Gazul enfadado del arrogante contrario, como quien pretendía privarle de todo punto de su bien, y frustrarle la esperanza que tenía de gozar a Lindaraja, sin hacer flores de escaramucear, en un momento se juntó con Reduán con una ardiente cólera, y se comenzaron a dar tan terribles golpes de lanza, que era admiración. Reduán rompió a su contrario la adarga y jaco, y le dio una pequeña herida, de la cual salía mucha sangre.

Gazul viéndose así herido a los primeros golpes, para vengarse aguardó que Reduán se ladease con el caballo para herirle en el descubierto; y sucedió como lo imaginó, porque Reduán quiso volver con otro golpe, y fue rodeando para ejecutarle, y se le acercó cuanto pudo.

Luego que Gazul le vio tan cerca arremetió su caballo con tanta presteza, que cuando Reduán entendió escaparse del encuentro, ya lo tenía recibido, y no tuvo lugar sino de adargarse por reparar el golpe; pero no le valió ser fina la adarga ni la jacerina, que el hierro de la lanza lo falseó todo, y quedó Reduán mal herido, y retirándose Gazul volvió a herir a Reduán: y él venía con su lanza enristrada, y se encontraron tan fuertemente, que se quebraron las lanzas, y ambos se hirieron en los pechos; y como se vieron tan cerca uno de otro, se abrazaron, haciendo mucha fuerza para sacarse de la silla, y así pelearon gran rato sin poder efectuar su pretensión.

Los caballos, como se vieron tan juntos, alborotándose y dando relinchos, empezaron a morderse, y empinándose, a pesar de sus señores, volvieron de ancas para hacerse mal con las herraduras; y al tiempo de revolverse, como estaban apretados los caballeros el uno con el otro, de necesidad hubieron de venir ambos al suelo; pero Reduán como más fuerte se trajo tras sí a Gazul y quedó debajo.

Reduán que se vio en tanto peligro, hizo mucha fuerza con los brazos y pechos, y afirmando los pies en el suelo, dio tales enviones, que desechó a Gazul de encima, y se levantó luego en pie, y lo mismo hizo Gazul, y muy presto se adargaron; y poniendo mano a sus alfanjes se comenzaron a herir terriblemente dándose recios golpes, de suerte que las adargas se hicieron pedazos, y quedaron muy mal heridos.

El que estaba más herido era Reduán, porque tenía dos heridas de lanza. Ambos andaban mal heridos, sin reconocerse ventaja en ninguno. Las libreas estaban rotas por el suelo y las armas descubiertas, de suerte que cada uno procuraba herir en las partes más flacas de las armas, para que el golpe no fuese en balde.

Los alfanjes eran damasquinos y de muy finos temples, y no tiraban golpe que las armas no fuesen rotas y ellos heridos, y así en dos horas que había que lidiaban, estaban tales, que no se podía esperar sino la muerte de ambos.

Reduán llevaba lo peor de la escaramuza porque, aunque es verdad que era de más fuerza que Gazul, era más seguro, y entraba y saltaba más a su salvo, y hería como quería Gazul, lo cual no hacía Reduán, a cuya causa andaba tan mal herido: mas los golpes que Reduán acertaba, eran muy desaforados.

Muy mal heridos andaban los dos, y mucha sangre vertían; lo cual visto por Muza, atendiendo que si la escaramuza pasase adelante, aquellos dos tan buenos caballeros habían de morir, de compasión que de ellos tuvo, se apeó de su caballo, y se fue a poner enmedio de ambos, diciendo:

--Señores caballeros, hacedme merced que no pase adelante la escaramuza, porque si proseguís, me parece que ambos moriréis.

Gazul se apartó luego, y el valeroso Reduán, aunque contra su voluntad se hubo de apartar, considerando que Muza era hermano del rey; y apartados los curó Muza, y apretó las heridas, y subiendo en sus caballos, tomó Muza del diestro el de Albayaldos, y se fueron a Arbolote; y serían las cinco de la tarde cuando llegaron, y preguntando por Alabez, le hallaron mal herido en una cama, curado con gran diligencia por un buen maestro que allí estaba.

Luego los dos caballeros Reduán y Gazul también fueron puestos cada uno en su cama, y curados por aquel cirujano, y los regalaron y proveyeron de todo lo necesario. Mucho se admiró Malique Alabez viendo a Gazul y a Reduán tan mal heridos, porque ambos eran muy grandes amigos suyos.

Ahora los dejaremos curando, y ya hechos amigos, y volveremos a contar de Granada, y de algunas cosas que en ella sucedieron el día siguiente que pasaron estas dos escaramuzas.

CAPÍTULO XII.

_En que se da cuenta de una pendencia que los Zegríes tuvieron con los Abencerrajes, y cómo estuvo Granada a punto de perderse._

Puestos los caballeros en cura partió Muza a Granada, llevando el caballo de Albayaldos consigo, y puesto el sol llegó a la ciudad; y entrando por ella se rebozó con el cabo del capellar por no ser conocido, y así llegó al Alhambra a hora que el rey su hermano se sentaba a cenar; y apeándose, dio los caballos a uno de la guardia, y se entró en el real aposento. El rey se maravilló de verle venir de camino, y le preguntó dónde había estado aquel día. Muza le dijo:

--Señor, cenemos, y después os diré cosas de que os admiréis.

Cenaron, que bien lo había menester Muza, y acabada la cena contó por extenso la muerte de Albayaldos, las heridas de Alabez, y la escaramuza de Gazul y Reduán, con lo cual fue el rey muy suspenso, y sintió la muerte de Albayaldos; y el día siguiente se publicó por la ciudad, y todos hicieron mucho sentimiento, y en particular su primo Aliatar, que juró de vengar su muerte, aunque le costase la vida.

Todos los caballeros fueron a darle el pésame a Aliatar; los primeros fueron los Zegríes, Gomeles, Venegas, Mazas, Gazules, y Bencerrajes, y otros muy principales caballeros de la corte, y a la postre fueron Alabeces y Abencerrajes; y puestos todos en sus asientos, como en casa de un principal caballero, después de haberle dado el pésame, se trató si sería bueno hacer por él el debido sentimiento, como por semejantes hombres se suele hacer.

Para esto hubo grandes pareceres, porque unos decían que no, por cuanto siendo Albayaldos moro, al tiempo de su muerte se volvió cristiano.

Los Venegas decían que no importaba eso; que sería bien que sus deudos y amigos hiciesen sentimiento, así por los unos, como por los otros.

Los Zegríes decían que pues Albayaldos se había vuelto cristiano, que no se holgaría Mahoma de que ellos hiciesen sentimiento, porque se había apartado de su secta, y esto era guardar derechamente el rito del Alcorán.

Los Abencerrajes decían que el bien que se había de hacer fuera por amor de Alá, y que si Albayaldos se había vuelto cristiano a la hora de su muerte, que aquel secreto solo Dios lo sabía, y que no por esa causa se dejase de hacer el debido sentimiento.

Un Zegrí llamado Abenámar dijo:

--O el moro moro, o el cristiano cristiano: dígolo, porque en esta ciudad hay caballeros que cada día envían limosnas a los cautivos cristianos que están en las mazmorras del Alhambra, y les dan de comer, y son los caballeros que digo los Abencerrajes.

--Decís verdad --dijo Abinhamad, Abencerraje--, que todos nos preciamos de hacer bien a los cristianos y a cualquier necesitado, porque los bienes los da el santo Alá para hacer bien por su amor; pues los cristianos dan limosnas a los moros en nombre de Dios, y por su amor lo hacen, y yo que he estado cautivo lo sé, porque las he visto dar, y a mí me han hecho bien; y en reconocimiento de esto yo y mis parientes hacemos la limosna que podemos a los cautivos cristianos, que por ventura lo estaremos nosotros algún día. Y a cualquier caballero que le pareciere mal, es muy ruin, y siente poco de caridad; y tóquele a quien le tocare: cualquiera que dijere que hacer limosna a quien la pide no es bueno, miente, y lo sustentaré.

El valeroso Zegrí, ardiendo en saña, por verse desmentido, sin responder alzó la mano para herirle en el rostro al Abencerraje, el cual reparó el golpe en el brazo izquierdo; pero no fue tan bueno el reparo, que por eso dejase el Zegrí de alcanzarle en el rostro con las yemas de los dedos, de lo cual se sintió el Abencerraje, y rabioso como un león hircano, en viva cólera ardiendo, puso mano a la daga, y antes que se moviera un paso el Zegrí, le dio dos puñaladas, ambas penetrantes: al momento cayó muerto a los pies del Abencerraje.

Otro caballero Zegrí embistió al Abencerraje para herirle con un puñal; pero no pudo, porque con gran presteza le asió del brazo derecho el Abencerraje, de modo que el Zegrí no pudo hacer lo que pretendía, y el animoso y esforzado Abencerraje le dio una herida en el estómago, con la cual cayó muerto.

Los Zegríes que allí había, que eran más de veinte, pusieron mano a las armas, diciendo:

--Mueran los traidores Abencerrajes.

Los Abencerrajes se pusieron en defensa. Los Gomeles fueron en favor de los Zegríes, y serían más de veinte, y con ellos otros tantos Mazas.

Lo cual visto por los Alabeces y Venegas, fueron en favor de los Abencerrajes, y entre estos seis linajes de caballeros se comenzó una revuelta brava y reñida, que en muy poco tiempo fueron otros cinco Zegríes muertos y tres Gomeles, y dos de los Mazas, y en estos tres linajes hubo catorce heridos. De los Abencerrajes no hubo muerto, mas hubo diez y siete heridos: a uno le cortaron un brazo a cercén. De los Alabeces murieron tres, y hubo ocho muy mal heridos. Algunos Venegas salieron heridos, y dos muertos. Mucho mayor fuera la desgracia, si Aliatar y otros caballeros no se pusieran enmedio; y algunos de los que ponían paz salieron heridos.

Con esta riña, que parecía hundirse Granada, salieron todos a la calle continuando su pendencia; pero como los moros que ponían paz eran muchos, y de mucho valor, que eran Sarracinos, Bencerrajes, Gazules, Almohades y Almoradís, tanto hicieron que los pusieron en paz, aunque con dificultad, porque los de la pendencia eran muchos, y había muertos de por medio.

El rey Chico fue avisado de lo que pasaba, y salió del Alhambra, y fue adonde era la cuestión, y aún no estaba de todo punto el negocio acabado. Los caballeros de la pendencia, así como reconocieron al rey, se apartaron, y se fue cada uno por su parte.

Hecha la averiguación del caso, mandó prender a los caballeros Abencerrajes, les dio por cárcel la Torre de Comares, y a los Zegríes mandó poner en las Torres-Bermejas, a los Gomeles en la Alcazaba, a los Mazas en el castillo de Bibatambién, a los Alabeces en la casa y palacio de Generalife, y los Venegas en una torre fuerte de los Alijares; y el rey muy enojado se subió al Alhambra, diciendo:

--Por Mahoma juro, y por mi corona, que he de apaciguar estos bandos, con quitar seis cabezas a cada linaje.

Los caballeros que le iban acompañando le suplicaron que no hiciese tal, porque eran la mapa de la ciudad, y todos bien emparentados; y si hacía cualquier castigo, se alborotaría la ciudad, y aun todo el reino, y habría un escándalo, que quisiese luego remediarlo, y no pudiese; que lo mejor sería hacerlos amigos, a cuyo trabajo y cuidado ellos se obligaban.

Finalmente, aplacado algún tanto el rey con lo que dijeron los caballeros, les encargó que hiciesen con brevedad las amistades.

Hicieron tanta diligencia los Aliatares, Bencerrajes y Almoradís, que en espacio de cuatro días todos los caballeros que riñeron, fueron amigos, y las muertes perdonadas, llevando las justicias gran cantidad de dinero para la Cámara real.

Esto pasado soltaron a los presos, cuando los Zegríes muy lastimados apellidaron entre ellos venganza de tanto daño y deshonra, y para contrastarla, se juntaron un día todos los Zegríes y Gomeles en un jardín muy deleitoso de una huerta junto a Darro, y después de haber comido todos a una mesa, estando sentados por su orden, un caballero Zegrí, a quien los demás respetaban por mayor y cabeza de ellos, hermano de aquel Zegrí que mató Alabez en el juego de cañas, comenzó a hablar, mostrando grande tristeza, y a decir así:

--Valerosos caballeros Zegríes, deudos y amigos míos, y vosotros los Gomeles, advertid lo que quiero deciros con lágrimas de sangre. Ya sabéis en cuánto se debe estimar la honra; cuánto cuesta conservarla, y que en un instante se pierde; y una vez perdida, no se cobra jamás: dígolo, porque en Granada nosotros los Zegríes, y vosotros los Gomeles, estamos puestos en el trono y alteza que podemos desear: el rey nos estima, la ciudad nos ama, riquezas tenemos abundantemente, y estos caballeros mestizos Abencerrajes procuran quitarnos el honor y abatirnos, y nos han muerto a mi hermano, y otros tres o cuatro deudos, y asimismo de los caballeros Gomeles, haciendo de nosotros infame menosprecio. Todo esto pide entera venganza; porque si no la procuramos presto, harán los Abencerrajes que no seamos nada, y que nadie nos estime; y para el reparo es menester, por todas las vías y modos que se pudiere, que busquemos cómo seamos vengados, y nuestros enemigos aniquilados y destruidos, porque nos quedemos en nuestra honra permanecientes. No se puede hacer por fuerza de armas, respecto que el rey puede proceder contra nosotros; pero tengo imaginado un buen medio, aunque no es a ley de caballeros, sino para vengarnos de nuestros enemigos.

Un caballero de los Gomeles respondió:

--Señor Zegrí Mahomad, ordenad lo que conviene, que aquí os seguiremos.

--Pues sabed --dijo el Zegrí-- que he determinado poner mal a los Abencerrajes con el rey, de modo que ninguno viva, diciendo que Albid Hamete, cabeza de ellos, cometió adulterio con la reina; y he de atestiguar con vosotros, y habéis de decir que es verdad lo que yo digo, y que a quien nos contradijere, se lo daremos a entender; y que los Abencerrajes le pretenden matar y quitar el reino, y con esto sin duda que el rey los mandará degollar a todos; y dejadme el cargo, que yo daré la orden para ello. Este es mi pensamiento, amigos y parientes, ahora dadme vuestro parecer, y sea con secreto, porque ya veis lo que importa.

Acabando el Zegrí su diabólica y mal pensada razón, todos dijeron a una que estaba bien acordado, y que se hiciese así, que todos favorecerían su intención. Luego fueron señalados dos caballeros de los Gomeles para que el Zegrí y ellos propusiesen el caso delante del rey.

Acabada de tratar esta tan insolente traición, fueron a la ciudad, donde estuvieron con su dañado pensamiento aguardando tiempo y lugar para ponerlo en ejecución; y así los dejaremos a ellos, y volveremos al moro Aliatar, que estaba enojado por lo que en su casa había sucedido, y triste por la muerte de su primo Albayaldos, y juró de vengar su muerte, y propuso de ir a buscar al maestre para matarle; si pudiese; y para esto no quiso dilatar más su deseo, sino luego se puso un jaco acerado sobre un estofado jubón, y una marlota leonada sin guarnición, y púsose un acerado casco, sobre él un bonete leonado, y en él un penacho negro.

Trajéronle un caballo enjaezado de negro, lanza y adarga negra, sin otra señal ni divisa; salió tan gallardo y brioso, que pocos le igualaron en la ciudad, y llegando a la plaza nueva, vino bajando el camino de Antequera para buscar al maestre, o a otros cristianos en quien vengar la muerte de su primo Albayaldos.

Habiendo pasado de Loja vio un escuadrón de cristianos, que venía para entrar en la Vega, los cuales traían un pendón blanco y una señal roja, la cual era la cruz de Santiago, y por capitán de esta gente venía el maestre de Calatrava, que ya estaba sano de sus heridas por haberlas curado con precioso bálsamo.

Aliatar conoció ser aquesta señal del maestre, porque él le había visto muchas veces en la Vega; y arrimándose al escuadrón, dijo en voz alta:

--¿Por ventura viene aquí el maestre de Calatrava?

El maestre que esto oyó, se adelantó de su gente, y le dijo al moro:

--¿Para qué preguntas por él?

--Quería hablarle --dijo el moro.

--Si no es para más, yo soy, decid lo que queréis.

Aliatar mirando al maestre le conoció luego en la cruz, y arrimándose a él sin ningún temor y sin saludarle, le dijo:

--Maestre esforzado, con razón os podéis llamar el caballero más dichoso del mundo, pues habéis alcanzado victoria de tantos y tan buenos caballeros, y más con la que alcanzasteis de mi primo Albayaldos, gloria y espejo de todos los caballeros de Granada, que es tanto el sentimiento mío, que muero en pensarlo. Mi venida es en busca vuestra para vengar la muerte de mi primo, acudiendo a la obligación que tengo; y pues os he topado, holgaré cumpláis mi deseo; y si muriere en la escaramuza, partiré consolado, por morir a manos de tan principal caballero, y por hacer compañía a mi amado primo.

A lo cual respondió el maestre:

--Holgárame, Aliatar, que ya que me habéis topado habiéndome buscado, que fuera para cosa que yo os pudiera servir, que juro como caballero, que en mí tendréis eterna amistad, y me holgaría que no hiciésemos escaramuza, porque vuestro primo hizo el deber como caballero; quiso Dios llevárselo al cielo, porque al tiempo de su muerte le conoció, y pidió el agua del bautismo, y se volvió cristiano: ¡Dichoso él, pues goza de Dios! Por eso no querría que tuviésemos escaramuza sin haber para qué, sino ved si os puedo servir en algo, que lo haré por vos.

--En mucho estimo la merced que me hacéis, señor maestre --respondió Aliatar--: por ahora no se me ofrece cosa en que me la hagáis, sino que me clama la sangre de mi primo Albayaldos, y querría que no dilatásemos la escaramuza; asimismo quisiera me aseguréis que de los vuestros no seré ofendido, sino que solo con vos he de lidiar.

--Mucho me holgara --dijo el maestre-- que no pasarais adelante con vuestro intento; pero pues esta es vuestra voluntad, hágase lo que queréis. En lo que pedís, que no seáis ofendido de los míos, yo os doy seguro de ello.