Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 11
--Así me parece --dijo Alabez--, pero hoy podremos reposar del trabajo pasado.
--Antes será al revés --dijo Albayaldos--, porque ayer vestisteis gala de brocado y seda, y hoy conviene vestiros de pelea con las duras armas.
--¿Pues por qué causa? --dijo Alabez.
--Porque tengo desafiado para hoy al maestre de Calatrava, y hemos de escaramucear en la Vega, y os he señalado por mi padrino.
--Pues con tal caballero tenéis aplazada escaramuza, plegue al santo Alá que os vaya bien con él, aunque yo lo pongo en duda, porque es muy diestro y experimentado en las armas; y puesto que me habéis recibido por padrino, vamos en buen hora, y por la real corona de mis antepasados que me holgaría que viniésemos con victoria del desafío. ¿Y el rey sabe esto?
--Yo entiendo que no --respondió Albayaldos--, si no es que se lo haya dicho Muza, porque estuvo presente en nuestro desafío.
--Sea como fuere, sépalo o no, vamos temprano --dijo Alabez-- y sin que el rey ni nadie lo entienda, salgamos a la Vega a vernos con el maestre. ¿Y el maestre señaló padrino?
--Sí --dijo Albayaldos--, a D. Manuel Ponce de León.
--Si así es, vive Alá que no podremos dejar de venir él y yo a las manos, porque ya sabéis la escaramuza que tuvimos, dijo Alabez, y él tiene mi caballo y yo el suyo, y quedó concertado que cuando nos viéramos otra vez daríamos fin a la escaramuza.
--No os dé pena eso --dijo Albayaldos--, que confianza tengo de que vengamos victoriosos.
Alabez dijo:
--Vamos a alistar nuestras armas, y a ponernos como conviene, que importa partirnos luego.
Con esto se partieron los dos valientes guerreros y aderezaron lo que les convenía para la pelea, y una hora antes del día se partieron de la ciudad muy secretamente, por no ser de nadie conocidos, y se fueron por el campo de Arbolote, lugar que es dos leguas de Granada, para de allí ir a la fuente del Pino, donde quedó tratado entre el maestre y Albayaldos que se habían de juntar.
El sol empezaba ya a alumbrar el mundo, y con la hermosura de sus rayos a dar ser a las inclinadas rosas y yerbas con el peso del rocío de la noche, cuando los dos valerosos moros llegaron a la villa de Arbolote, y pasando sin parar, se fueron a la fuente del Pino, tan nombrada y celebrada de todos los moros de Granada y su tierra; y sería una hora salido el sol, cuando llegaron a la fresca fuente, la cual cubre una hermosa sombra de un pino, que por eso tenía la fuente aquel nombre.
Llegados allí, no vieron a nadie, y apeándose de los caballos colgaron las adargas en los arzones, y arrimaron sus lanzas, y sentándose junto a la fuente se refrescaron en la cristalina agua, y empezaron a tratar de cómo no venía el maestre, y por qué sería su tardanza.
Dijo Albayaldos:
--¿Mas si nos hiciese burla el maestre y no viniese?
--No digáis eso --dijo Alabez--, que el maestre es buen caballero y no dejará de venir, que aún es muy de mañana.
Y diciendo esto vieron venir dos cristianos, muy bien puestos, con lanzas y adargas, en dos feroces caballos, y ambos de pardo y verde, y plumas de dos colores; conociéronlos luego en que se divisaba en medio de la adarga una cruz roja que campeaba en blanco. El otro caballero también tenía en su adarga otra cruz diferente, porque era de Santiago.
--¿No os decía yo --dijo Alabez-- que el maestre no tardaría? Mirad si es cierto.
Estando en esto llegaron los dos valerosos guerreros, flor de la cristiandad, y saludaron a los moros, y dijo el maestre:
--A lo menos hasta ahora somos perdidosos, pues no habemos venido primero.
--Poco importa --respondió Albayaldos--, que no consiste en eso la victoria.
Estando en esto relinchó el caballo del maestre, y mirando los cuatro caballeros al camino de Granada, vieron venir por él un moro a todo correr de su caballo: venía vestido de marlota y capellar naranjado, y en una adarga azul un sol en negras nubes que parecía oscurecerlo, y en torno de la adarga unas letras rojas que decían: _Dame luz, o escóndete_.
Atentamente fue de todos mirado, y de Albayaldos y Alabez conocido, que era el valeroso Muza; el cual como supo que Alabez y Albayaldos habían salido de Granada al cumplimiento del desafío, partió a la costa de la ciudad por si pudiera evitar la escaramuza, o cuando no hallarse en ella.
Y en llegando les dijo:
--Bien entendíades, caballeros, que habíais de hacer aquesta escaramuza solos, pues por Alá santo que le he dado la priesa posible a mi caballo por hallarme en ella, y mi principal intento ha sido venir a suplicaros, caballeros esforzados y valientes, que os sirváis de no ir en la prosecución del desafío, por hacerme merced, pues no hay urgente causa. ¿Qué provecho sacaréis en matar uno al otro, o por desgracia que mueran ambos? Ea, caballeros, no permitáis que falte del mundo ninguno de vosotros. Ambos sois mis amigos, y cualquiera desgracia que suceda a uno de vosotros o a los dos, me lastimará en el alma. No consintáis que mi venida y ruego sea en vano. Esto pido muy encarecidamente a los dos, y en particular al maestre.
Y dando fin a sus razones Muza, le respondió el maestre:
--Por cierto, noble Muza, que por daros gusto y pedírmelo con tanto encarecimiento, y por la mucha amistad que os tengo, haré de mi parte todo lo que me pedís, y yo alzo la palabra puesta del desafío, y no trataré más de él, como quiera Albayaldos y sea su gusto, porque a no serlo, no soy el todo, sino parte, y esa rindo a vuestra voluntad.
--A gran merced tengo la que me hacéis, y no esperaba yo menos de un caballero tan principal como vos sois, señor maestre. ¿Y vos, señor Albayaldos, no me haréis merced que cese ese rencor?
Albayaldos respondió:
--Señor Muza, tengo tan presente la sangre vertida de mi primo hermano, por la violencia del penetrante hierro de la lanza del maestre, que no me da lugar a que haga lo que me mandáis, aunque de cierto supiera morir a sus manos. Y si muriere yo en esta escaramuza será honrosa mi muerte; y si yo venciere y matare al maestre, todas sus glorias serán mías, y en lo que he dicho estoy resuelto.
El fuerte D. Manuel Ponce de León no gustaba de tantas arengas, y así dijo:
--Caballeros, gusto es del señor Albayaldos vengar la muerte de su primo: no es menester sino que se ponga en ejecución. El señor Alabez y yo quedamos concertados de dar fin a una escaramuza que tenemos empezada, y pues hoy viene a coyuntura pelearemos todos, y Muza será padrino de los cuatro.
Alabez dijo:
--Bien concertado está; no aguardemos a más conversación, no se nos vaya el tiempo en balde, y sean las obras más que las palabras; junto, si hay lugar, y gustáis de ello, señor D. Manuel, querría que me dieseis mi caballo y recibieseis el vuestro, y empecemos la escaramuza.
--No quede por eso, dijo D. Manuel, dadme ese, y aquí tenéis el vuestro, que bien os sé decir que antes de mucho serán ambos de uno de los dos.
Y diciendo esto destrocaron los caballos, y cada uno quedó contento con su prenda. El bravo Muza, visto que no había podido alcanzar lo que pretendía, se previno para el oficio que le habían señalado.
El maestre llevaba en torno de su adarga unas letras rojas, así como la cruz, que decían: _Por esta morir pretendo_. D. Manuel llevaba por la orla de su adarga otra letra que decía: _Por esta y por la fe_.
Malique Alabez y Albayaldos iban de una librea de damasco azul, marlota y capellar con muchos frisos de oro. Alabez llevaba en su adarga su acostumbrado blasón y divisa, en campo rojo una banda morada, y en ella una media luna, las puntas arriba, y encima de ellas una hermosa corona de oro con una letra que decía: _De mi sangre_. Albayaldos llevaba por divisa en su adarga, en campo verde un dragón de oro con una letra que decía en arábigo: _Nadie me toque_. Estaban tan galanes con sus libreas y divisas, que parecían no ir a pelear, y debajo de ellas llevaban fuertes armas.
Albayaldos encolerizado y muy brioso empezó a menear su caballo, y aprestarse para la escaramuza, y a llamar al maestre que viniera; el cual haciendo primero la señal de la cruz, movió su caballo a media rienda, poniendo los ojos en su enemigo con gran diligencia.
Alabez como se vio con su estimado caballo, como si fuera un Marte arremetió por el campo, y lo mismo hizo D. Manuel con el suyo, que en bondad ninguno le excedía: así se trabó entre todos cuatro una escaramuza de las más bravas y sangrientas que hasta entonces se habían visto.
Y no hay que espantarse de la exageración, pues eran los dos cristianos la mapa de la corte del rey de Castilla, y los dos moros del de Granada.
Albayaldos viendo muy cerca de sí al maestre, arremetió a él abalanzándose con intento de herirle, de suerte que feneciera presto la escaramuza; pero fue diferente de lo imaginado, porque así como le vio venir tan de rebato, reconoció su intento: hizo que le aguardaba, pero al tiempo de embestir, con mucha destreza picó al caballo haciéndole dar un gran salto en el aire, y retirose poco trecho por un lado; de modo que el encuentro del moro no hizo efecto, y el maestre revolvió como un pensamiento, y en lo descubierto de la adarga le dio un bote de lanza tan duro, que la fuerte cota que el moro llevaba fue rompida, y la carne abierta con el duro hierro.
No hubo áspid ni víbora pisada al descuido del rústico villano, que tan presto fuese a la venganza de su daño, ni embravecido león con onza que le hubiese herido, como el bravo Albayaldos revolvió a herir al maestre, bramando como un toro, lleno de ponzoñosa cólera; y como le vio tan cerca de sí, arremetió con tanta presteza, que el maestre no tuvo tiempo de usar la primera maña ni destreza; y así el moro le hirió tan poderosamente, que le atropelló la adarga, rompió el fuerte escudo, e hirió mal al maestre.
El moro rompió la lanza del golpe, y arrojando el trozo revolvió su caballo para tener lugar de echar mano al alfanje; mas no pudo revolver tan presto como lo imaginó, de manera que el maestre tuvo lugar de arrojarle la lanza porque no se fuese.
La lanza fue arrojada antes de tiempo, porque pasó por delante de los pechos del caballo de Albayaldos con tanta furia, como si fuera una saeta despedida del corvo arco; de modo que gran parte de la dura asta fue clavada en tierra, y eso a tiempo que el caballo del moro llegaba, el cual andando tropezó en el asta que quedaba retemblando, de suerte que sin poderse valer dio en el suelo.
El bravo moro como vio en tal aprieto su vida, le espoleó para que de todo punto cayese; mas no lo pudo hacer el moro tan presto, que el valiente D. Rodrigo no fuese a él con la espada desnuda, y antes que se levantase el caballo le dio de punta una brava herida.
Malique Alabez volvió el rostro hacia donde lidiaban el maestre y Albayaldos, y como le vio en tan notorio peligro, volvió las riendas a su caballo por favorecerle, y dejó a D. Manuel, que muy trabada escaramuza tenía con él, y como un águila llegó adonde estaba el maestre, a tiempo que traía el brazo levantado para tornar a herir a Albayaldos, y de través le hirió de un bote de lanza, tan a sobre seguro y a su salvo, que no embargante ser muy mal herido, si no se asiera a las crines del caballo, cayera en tierra sin duda.
El moro rompió su lanza con aquella herida que dio, y había puesto mano a su cimitarra para volver al maestre, cuando D. Manuel llegó a todo correr de su caballo por socorrer al maestre que estaba en mucho peligro, y sin duda que allí acabara su vida, y con una emponzoñosa cólera le dio a Alabez un golpe con la espada, que le quitó el sentido; y aunque fue la herida pequeña, porque le dio casi de llano, con todo eso fue dado con tanta fuerza, que le aturdió, y sin ningún remedio cayó del caballo, y con la caída casi volvió en sí, y reconociendo su peligro, como era de animoso corazón, se quiso levantar; mas D. Manuel no le dio lugar, porque habiendo saltado de su caballo, fue a él, y con gran furia le dio otro golpe por encima de un hombro, que le hizo una mala herida.
De aquel golpe tornó Alabez a caer en el suelo, y D. Manuel fue a cortarle la cabeza; pero como Alabez se vio en tal extremo, habiendo recobrado todo su natural acuerdo, puso mano a un puñal que tenía, y con la mayor fuerza que pudo le dio a D. Manuel dos grandes heridas, una en pos de otra.
D. Manuel, viéndose tan mal herido, puso mano a una daga que tenía, y levantando el invencible brazo, le fue a cortar la garganta para dividirle la cabeza del pescuezo; mas impidiolo el bravo Muza, que había estado mirando la escaramuza; y como vio a Alabez en tal aprieto, fue corriendo, y arrojándose de su caballo, detuvo el invicto y fuerte brazo a D. Manuel, diciendo:
--Señor D. Manuel, suplícoos me hagáis merced de la vida de este vencido caballero.
D. Manuel, que hasta entonces no le había visto ni sentido, volvió la cabeza, por ver quién se lo pedía; y conociendo ser Muza, hombre de tanto valor, y viéndose tan mal herido, y recelándose si no otorgaba la vida de tener escaramuza con él en tan mala ocasión, dijo que le placía de hacer lo que le pedía; y levantándose de encima de Malique, aunque con trabajo por estar desangrado, y tener penetrantes heridas, le dejó libre.
Malique estaba muy de peligro, y sin fuerza para levantarse del suelo, porque se desangraba muy apriesa.
Muza condolido de él, le alzó de la tierra, y le llevó a la fuente, dando muchas gracias a D. Manuel; el cual mirando el estado de la escaramuza del maestre y de Albayaldos, vio como el moro andaba desmayado y para caer, porque tenía tres heridas mortales, una de lanza, y dos de espada.
El maestre, viendo que D. Manuel había quedado vencedor de un tan buen caballero como Alabez, cobró ánimo de nuevo, y con una honrosa vergüenza, porque tanto se dilataba su victoria, arremetió con toda furia para Albayaldos, y dándole un golpe muy pesado sobre la cabeza, no pudiéndose ya el moro apartar, malamente herido, dio con él en el suelo sin ningún sentido, quedando el maestre con tres heridas.
El fuerte Muza que vio caído a Albayaldos, fue al maestre, y le pidió de merced que no pasase más adelante la escaramuza, pues Albayaldos más estaba muerto que vivo.
El maestre se lo concedió, y asignando la mano para levantarle, no se la dio, porque estaba casi privado de su sentido; y llamándole por su nombre, Albayaldos abrió los ojos, y con voz débil y flaca, como quien iba rindiendo el alma, le dijo que quería ser cristiano.
Mucho fue el gozo de los dos cristianos; y cogiéndole entre ambos, le llevaron a la fuente, y el maestre le bautizó en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y le puso por nombre D. Juan, y muy tiernamente se despidieron de los dos moros, y le encargaron a Muza cuidase de aquel caballero, porque ellos se iban a curar, que estaban muy mal heridos.
--Alá santo os guarde --dijo el afligido Muza--, y él querrá que algún día os pague las mercedes que me habéis hecho.
Los fuertes cristianos se fueron adonde su gente los aguardaba, que era en el Soto de Roma que dicen, por donde pasa el río Genil, y allí fueron con toda diligencia curados.
Volvamos al fuerte Muza, que había quedado en la fuente del Pino con los dos moros heridos. Malique Alabez ya puesto en todo su acuerdo, y no tan mal herido como se entendía, le dijo a Muza, qué era lo que había de hacer.
Muza respondió, que quería aguardar a ver en qué paraba el buen Albayaldos que estaba acabando, y que si él traía ungüento, que le curaría de modo que fuese a Arbolote, y que allí se podría curar despacio.
Alabez dijo que mirase en su mochila, que allí había lo necesario.
Muza fue al caballo de Alabez, y trajo paños y ciertos ungüentos para curar heridas, y poniéndole sobre ellas de los ungüentos, se las apretó con unos paños; y curado Malique subió en su caballo, y se fue a Granada, yendo considerando el valor de D. Manuel y del maestre; y tenía pensamiento de ser cristiano, entendiendo que la fe de Jesucristo era mejor y de más excelencias, y por gozar de la amistad de tan valerosos caballeros como aquellos, y de otros de cuya fama estaba el mundo lleno.
Con estos pensamientos llegó a Arbolote, y en casa de un amigo suyo se apeó, donde fue curado de manos de un cirujano experimentado, donde lo dejaremos por volver a Muza, que quedó con Albayaldos, al cual aunque se volvió cristiano no le desamparó, antes procuró de curarle; y desnudándole le halló tres heridas penetrantes, sin otra que tenía en la cabeza, y viendo que eran de muerte, no quiso curarlo, por no darle pena, y le dijo:
--¡Cuánto me pesa de verte así! Si admitieras mi consejo, no vinieras a este estado.
El nuevo cristiano D. Juan abrió los ojos, y mirando al cielo, con las ansias de la muerte decía:
--¡Oh, buen Jesús! ten misericordia de mí, y no mires que siendo moro te ofendí, persiguiendo tus cristianos. Mira tu grandísima misericordia, que es mayor que mis pecados; y mira, Señor, que tú dijiste por tu boca, que en cualquier tiempo que el pecador se volviese a ti, sería perdonado.
Adelante quería pasar D. Juan, mas no pudo, porque se le trabó la lengua, y comenzó a revolcarse a un lado y a otro por un lago de sangre que de sus heridas salía, y de la cual estaba todo bañado, que era compasión; y por esto se hizo este romance, que dice así:
De tres heridas mortales, de que mucha sangre vierte, el valeroso Albayaldos herido estaba de muerte: El maestre le hiriera en batalla dura y fuerte. Revolcándose en su sangre con el dolor que se advierte, Los ojos mirando al cielo, decía de aquesta suerte: «Sírvete, dulce Jesús, que en este tránsito acierte a acusarme de mis culpas para que yo pueda verte. Y tu Madre piadosa mi lengua rija y gobierne, porque Satanás maldito mi alma no desconcierte. ¡Oh, hado duro y acerbo, si yo quisiera creerte, no viniera a tal estado, ni viniera así a perderme! El cuerpo doy por perdido, que el alma no se me pierde, porque confío en las manos de aquel que pudo hacerme. Lo que te ruego, buen Muza, si en algo has de socorrerme, que aquí me des sepultura debajo del pino verde; Y encima pon un letrero, que declare esta mi muerte; y le dirás al rey Chico como yo quise volverme Cristiano en aqueste trance, porque no pueda ofenderme el fementido Alcorán, que pretende oscurecerme.»
Muy atento había estado el fuerte Muza a las razones del nuevo cristiano, y tanto sentía su mal, que no podía dejar con lágrimas en sus ojos de hacer un tierno sentimiento, considerando el estado en que estaba tan bravo caballero, y las grandes victorias por él alcanzadas contra los cristianos; las riquezas que dejaba, el brío, la valentía y fortaleza de su persona, y la grande estima y reputación en que estaba puesto; y verle tendido en el duro suelo, revolcándose en su sangre, y sin poder restañar la poca que le quedaba; y acercándose a él para consolarle, viendo cómo el nuevo convertido hizo señal de la Santa Cruz y la besó, y diciendo JESÚS rindió el alma a su Criador.
Lastimose tanto de ver al nuevo cristiano muerto, que derramó muchas lágrimas sobre el difunto con el dolor que tenía de la muerte de su amigo; mas visto que el llorar y hacer sentimiento doloroso no hacía al caso, se consoló dejando el llanto, y procuró cómo le podría dar sepultura en aquel lugar tan desierto; y estando así con este cuidado, Dios le socorrió en tal necesidad, para que el cristiano fuese enterrado, y no quedase su cuerpo a las aves en aquel campo; y fue, que cuatro rústicos iban por leña a la sierra Elvira con todo recado y azadones para sacar las cepas.
Muza se alegró cuando los vio y los llamó; los cuales vinieron, y Muza les dijo:
--Amigos, por amor de mí, que me ayudéis a enterrar el cuerpo de este caballero que está aquí, que Alá os lo pagará.
Los leñadores respondieron que de buena gana lo harían; y habiendo señalado Muza el lugar de la sepultura, la abrieron con diligencia al mismo pie del pino; y alzando el cuerpo del caballero le quitaron la marlota y capellar, y desarmándole de las armas que tenía, de tan poco provecho a los agudos filos y temples de la espada y lanza del maestre, y tornándole a poner su marlota y capellar, le enterraron con hartas lágrimas, que derramó Muza; y habiéndole enterrado, los leñadores se despidieron, espantados de las mortales heridas del difunto.
Muza escribió en el mismo tronco del pino un epitafio con letra que de todos fuese bien entendida, que decía de esta manera:
_Epitafio de la sepultura de Albayaldos._
Aquí yace Albayaldos, de cuya fama el suelo estaba lleno, más fuerte que Reynaldos, ni el Conde Palatino, aunque fue bueno. Matole el hado ajeno de su famosa vida, envidia conocida de aquel famoso Marte, que pudo tan sin arte ponerle el hierro duro, por vivir en su cielo más seguro.
Este epitafio puso Muza en el pino sobre la sepultura del convertido Albayaldos, y derramando lágrimas tomó la fuerte jacerina, casco, bonete y plumas, todas llenas de argentería, y la fina adarga hecha en Fez, y haciendo en todo con el alfanje y trozo de lanza enmedio un trofeo, le colgó en una rama del pino, y encima este letrero:
Es el trofeo pendiente del ramo de aqueste pino, de Albayaldos Sarracino, de moros el más valiente del estado granadino. Si aquí Alejandro llegara a este sepulcro, llorara con más envidia y más fuego, que lloró en aquel del griego, que el gran Homero cantara.
Así como Muza acabó de poner el trofeo con las letras que tengo dichas, y viendo que no había más que hacer, subió en su caballo y asió de la rienda al de Albayaldos maldiciéndole muchas veces, porque por la gran caída que dio, fue herido tan mal Albayaldos; aunque después dijo, que bien sabía que aquella causa, ni otra alguna no fueran bastante, sino que estaba ya ordenado del cielo que pasara así, y no podía dejar de suceder.
Yendo diciendo estas cosas y otras, aún no había andado tres millas cuando vio venir dos caballeros de buen talle: el uno venía vestido con marlota amarilla, capellar, bonete y plumas de la misma color; la adarga era la mitad amarilla y la otra azul, y en el lado azul pintado un sol metido entre nubes negras, y debajo del sol una luna que le eclipsaba, con una letra que decía de esta suerte:
Ya se eclipsó mi esperanza, y se aclaró mi tormento: ajeno soy de contento, pues no hay rastro de mudanza.
La lanza de este caballero era toda amarilla, el jaez y adorno del caballo, amarillo, y la banderilla de la lanza amarilla. Bien mostraba este caballero vivir desesperado. La letra decía: _Sin remedio de esperanza._
El otro caballero venía con una marlota, la mitad roja y la otra mitad verde, capellar, bonete y plumas de lo mismo, la lanza y la banderilla verde y roja, la adarga, la mitad roja y la otra mitad verde, y en la parte roja unas letras de oro, cortadas con mucho artificio, porque campearan desde lejos, que decían así:
Mi luz no se oscurece, antes esclarece el día, y este me causa alegría, porque mi gloria más crece.
Debajo de estas letras había un gran lucero también de oro, con los rayos muy grandes; y cuando le daba el sol resplandecía de manera, que privaba de la vista a quien lo miraba.
Muy bien mostraba este caballero vivir contento y alegre, según lo daban a entender las colores de su librea y blasón, y señal de su adarga.
Venían ambos platicando, y caminando de priesa. Muza los estuvo mirando por si acaso los pudiera conocer; mas no pudo conocerlos hasta que estuvieron cerca: entonces fueron conocidos, que el de color amarillo era Reduán, y vestía de aquesta suerte, porque Lindaraja, Abencerraje, le desamaba: el otro caballero de lo rojo y verde era el animoso Gazul, y vestía de aquesta manera, porque Lindaraja le amaba; y los dos venían desafiados sobre quién había de quedar con la hermosa dama.