Guerras civiles de Granada: Tomo I

Part 10

Chapter 104,191 wordsPublic domain

--Juro por Mahoma, que tengo gran contento, porque los Zegríes y Gomeles han sacado tal invención, que puede competir con la de los Abencerrajes; y a no haber salido tal el castillo, estuvieran muy desvanecidos: pero bien entenderán que los Zegríes y Gomeles son buenos caballeros, y tienen partes tan subidas de punto como ellos.

Un caballero de los Abencerrajes, que allí junto del rey estaba, respondió:

--Por cierto, caballero Zegrí, que en lo que habéis hablado no tenéis ninguna razón, porque los Abencerrajes son caballeros tan modestos que, por próspera fortuna que tengan, no alcanzan más ni menos, ni por adversa que les venga se bajan; continuamente se están en un ser, y siempre viven en una manera con todos, siendo afables con los pobres, y socorriéndolos; magnánimos con los ricos, y amigos sin doblez ni maña ninguna, y así no hallaréis que en Granada ni en todo su reino haya caballero Abencerraje mal quisto, ni de nadie mal querido, sino es de vosotros los Zegríes y Gomeles, y sin razón los tenéis odiados.

--¿Sin razón os parece? --dijo el caballero Zegrí--. ¿Luego no es causa suficiente para aborrecerlos el haber muerto violentamente en el juego de cañas al Zegrí Mahomad, cabeza de todo nuestro linaje?

--¿Y no os parece --dijo el Abencerraje-- que se movieron los de mi linaje con suficiente causa, pues todos los Zegríes se juntaron, e hicieron traición contra los Abencerrajes para matarlos, y fueron armados con jacos y cotas debajo de las armas, y en lugar de cañas tiraban lanzas con hierros agudos, lo cual experimentó bien Malique Alabez, pues le pasó el brazo de una parte a otra? Así que manifiestamente ha parecido estar en los Zegríes la culpa, y con saberlo muy de cierto que fuisteis culpados, tenéis un rencor mortal contra nosotros, y nos buscáis mil calumnias.

--Pues así culpáis a los Zegríes --dijo el Zegrí--, y decís que ellos fueron agresores y cabeza de bando, ¿por qué causa iba Alabez armado?

--Yo os lo diré --dijo el Abencerraje--. Habéis de saber que uno de los convocados le dio aviso de la traición, y así se previno él, y por entender que semejante villanía no harían tales caballeros, no dio aviso a los Abencerrajes; y creedme, que si lo diera, no había de ser solo Mahomad, sino que fueron como de juego, y no como de pelea. Pero con todo eso recibid lo que ganasteis, pues Malique Alabez vengó bien su herida.

--Si la vengó --dijo el Zegrí--, espero en Alá Santo que lo ha de pagar algún día.

El rey y muchos caballeros estuvieron escuchando el coloquio que había pasado entre el Abencerraje y el Zegrí, y quisieron responder algunos Zegríes; y visto por el rey que se iba encendiendo el fuego, les mandó callar, pena de la vida, porque no se revolviera alguna pendencia. Oído el mandato callaron, quedando de nuevo encontrados, y con intento de vengarse unos de otros.

Estando en esto entró en la plaza un carro triunfante dorado de fino, en las esquinas y cuadrángulos talladas todas las cosas que habían sucedido desde la fundación de Granada hasta el día presente, y dibujados los reyes y califas que la habían gobernado. Oíase dentro del carro una acordada música de muchos instrumentos.

Encima del carro venía una gran nube, puesta con tanto artificio, que causaba admiración. Echaba de sí infinidad de truenos y relámpagos, que su braveza ponía espanto a quien lo miraba. Tras esto llovía una menuda gragea de anís con tal concierto, que a todos ponía espanto; toda la plaza anduvo desta manera, y como fue junto de los reales miradores, con gran sutileza fue abierta en ocho partes, descubriendo dentro un cielo azul hermosísimo, adornado de muchas estrellas de oro muy relucientes.

Estaba puesto por su arte un Mahoma de oro, sentado en una silla, y en las manos una corona de oro, que la ponía sobre la cabeza del retrato de una mora en extremo hermosa, la cual traía sus cabellos sueltos como hebras de oro: venía vestida de brocado morado, toda la ropa acuchillada, y todos los golpes venían tomados con broches de diamantes y esmeraldas. La dama fue conocida de todos, que era la hermosa Cobaida.

A su lado estaba sentado un caballero, vestido de la misma librea de la dama, y plumas moradas y blancas, con argentería de oro, y el remate de ello lo tenía el retrato, que parecía estar preso.

El caballero fue conocido que era Malique Alabez, que habiendo sanado de las heridas que le había dado el maestre, quiso hallarse en las fiestas, y por la confianza que tenía de su destreza.

El caballo era del maestre, y salió encobertado del mismo brocado, testera y penachos de la misma color.

Grande fue el contento que todos recibieron en verle, porque le querían mucho, y mayor el gozo de su señora Cobaida, por ver el artificio y autoridad con que venía su retrato.

Todos esperaban que empezase Alabez las suertes, por la satisfacción que de él tenían, el cual se fue paseando poco a poco delante de su carro, por ser bien visto de todos; y en llegando adonde estaba la tienda del mantenedor, se detuvo y le dijo:

--Caballero, conforme a las condiciones, ¿gustáis de que corramos tres lanzas, que aquí traigo el retrato de mi señora?

--Soy contento --respondió Abenámar, y diciendo esto, tomó una lanza, y corrió con tan buen aire, que se llevó la sortija dentro de la lanza.

Alabez corrió e hizo lo mismo. En todas las tres lanzas se llevó siempre la sortija. Levantaron vocería, diciendo:

--Bravo caballero es Alabez, pues no ha perdido lanza; buena joya merece.

Los jueces habían tratado que pusiesen juntos los retratos de Abenámar y Alabez, pues ambos eran buenos caballeros, y que por su valor se le diese a Alabez una buena joya por la sutil y vistosa invención que trajo.

Llamáronle, y venido luego pidió su retrato, y junto con él le dieron una navecilla de oro, con todos su aderezos, y él la tomó, y al son de muchos instrumentos dio la vuelta a la plaza, y en llegando al mirador de la reina, en cuya compañía estaba la hermosa Cobaida, y poniendo la navecilla en la punta de la lanza y dándosela, la dijo:

--Servíos, dama hermosa, de esta nave, que va viento en popa, como mi deseo.

Cobaida la tomó con rostro vergonzoso, que hermoseó más su belleza.

La reina miró la nave, y dijo:

--Por cierto que si navegáis con tan buen piloto, como el que la ganó, que os podéis tener por dichosa, aunque merecéis un rey.

Cobaida besó las manos a la reina por tanto favor.

Alabez se fue a su carro, y sentado como de antes, le pusieron la cadena al cuello al son de muchos instrumentos, y puesta se cerró la nube, comenzando a echar truenos y relámpagos con gran temeridad, que parecía querer quemar la plaza, y con esto se salió de ella.

El rey dijo a los caballeros:

--Alabez ha llevado el lauro de todas las invenciones, porque la suya ha sido la mejor que he visto jamás.

Los caballeros respondieron, que no se había visto tal sutileza.

En saliendo la nube, entraron cuatro cuadrillas de caballeros muy galanes.

La una cuadrilla, que era de seis caballeros, traía libreas de brocado rosado y amarillo, los caballos encobertados con la misma librea, con plumas y penachos de la misma color. La otra cuadrilla venía de brocado verde y rojo con la misma color, y penachos de la librea. La tercera cuadrilla venía de brocado azul y blanco, recamado de oro y plata, adornados los caballos con la misma librea. La última cuadrilla venía de brocado amarillo y naranjado, con lazos y recamos de oro y plata, cubiertos los caballos de la misma librea.

Entraron estos veinte y cuatro caballeros con adargas y lanzas, y en ellas pendoncillos de sus libreas, y entre todos hicieron un extremado caracol.

Acabado, empezaron una brava escaramuza doce a doce, que parecía batalla entre enemigos; y acabada la escaramuza tomaron cañas, y divididos en cuatro cuadrillas, jugaron muy bien las cañas, y acabado el juego, fuéronse gallardeando al mantenedor, y le dijeron si quería correr una lanza con cada uno de ellos. Abenámar respondió que sí la correría.

Finalmente con todos veinte y cuatro corrió una lanza, y los quince ganaron joya, y al son de los instrumentos las dieron a sus damas, y se salieron de la plaza, dejando a la gente de ella contenta por haber visto su gentileza y galas.

La una cuadrilla eran Azarques, y en otra Sarracinos, y la tercera Alarifes, y la cuarta Aliatares, toda gente noble y principal, y estimada de todos. Los antepasados de estos caballeros fueron vecinos de Toledo, de los pobladores, gente principal y estimada.

Florecieron estos linajes en tiempo del rey Calafín, que reinó en Toledo: este tenía un hermano, que era rey en un lugar que se llamaba Belchiz, en Aragón; se decía Zaide, y tenía grandes competencias y guerras con un bravo moro llamado Atarfe, deudo muy cercano del rey de Granada; y habiendo hecho partes con Zaide y el moro Atarfe, el rey de Toledo, por manifestar la alegría que tenía de que su hermano y Atarfe fuesen ya amigos, hizo una fiesta solemne, en la cual se corrieron toros, y hubo un vistoso juego de cañas, y los jugadores de ellas fueron estos cuatro linajes de caballeros, Sarracinos, Alarifes, Azarques y Aliatares, abuelos de los caballeros nombrados en el juego de sortija.

Otros dicen que las fiestas que el rey de Toledo hizo no fueron sino por dar contento a una dama llamada Zelindaja, a quien el rey quería mucho, y tomó por achaque las paces de su hermano Zaide con el granadino Atarfe.

Sea por una de las dos causas, ellas se hicieron, como está dicho; y estos caballeros eran de aquella prosapia y sangre de aquellos cuatro linajes.

La causa de vivir en Granada fue, que como se perdió Toledo, se retiraron a Granada; y de aquellas fiestas ya dichas y del juego de cañas que se hizo en Toledo, quedó grande memoria, por ser las fiestas notables de buenas, y por ellas se dijo este

ROMANCE.

Ocho a ocho, diez a diez Sarracinos y Aliatares, juegan cañas en Toledo contra Alarifes y Azarques. Publicó fiestas el rey por las ya juradas paces de Zaide, rey de Belchite, y del granadino Atarfe. Otros dicen que estas fiestas sirvieron al rey de achaque, y que Zelindaja ordena sus fiestas y sus pesares. Entraron los Sarracinos en caballos alazanes, de naranjado y de verde marlotas y capellares. En las adargas traían por empresas sus alfanjes hechos arcos de Cupido, y por letras fuego y sangre. Iguales en las parejas les siguen los Aliatares, con encarnadas libreas llenas de blancos follajes. Llevan por divisa un cielo sobre los hombros de Atlante, y un mote que dice así: _Tendrelo hasta que me canse._ Los Alarifes siguieron muy costosos y galanes, de encarnado y amarillo, y por mangas almaizares. Era su divisa un mundo que le deshace un salvaje, y un mote sobre un bastón en que dice: _Fuerzas valen._ Los ocho Azarques siguieron, más que todos arrogantes, de azul, morado y pajizo, y unas hojas por plumajes. Sacaron adargas verdes, y un cielo azul en que asen dos manos, y el mote dice: _En lo verde todo cabe._ No pudo sufrir el rey que a los ojos le mostrasen burladas sus diligencias, y su pensamiento en balde; Y mirando a la cuadrilla le dijo a Zelin su alcaide: «aquel sol yo le pondré, pues contra mis ojos sale.» Azarque tira bordones que se pierden por el aire, sin que conozca la vista a do suben ni a do caen. Si se adarga o se retira, de mitad del vulgo sale un gritar: _Alá te guíe_, y del rey un _muera, dadle_. Zelindaja sin respeto al pasar, por rociarle, un pomo de agua vertía, y el rey gritó: _paren_, _paren_. Creyeron todos que el juego paraba, por ser ya tarde, y repite el rey celoso: «prendan el traidor Azarque.» Las dos primeras cuadrillas, dejando cañas a parte, piden lanzas, y ligeros a prender al moro salen, que no hay quien baste contra la voluntad de un rey amante. Las otras dos resistían, si no les dijera Azarque: «Aunque amor no guarda leyes hoy es justo que las guarde. Rindan lanzas mis amigos, mis contrarios lanzas alcen, y con lástima y victoria lloren unos, y otros canten; que no hay quien baste contra la voluntad de un rey amante.» Prendieron, en fin, al moro, y el vulgo para librarle, en corrillos diferentes se divide y se reparte; Mas como falta caudillo que los incite y los llame, se deshacen los corrillos y su motín se deshace: que no hay quien baste contra la voluntad de un rey amante. Sola Zelindaja grita: «Libradle, moros, libradle;» y de su balcón quería arrojarse por librarle. Su madre se abraza de ella diciendo: «Loca, ¿qué haces? muere sin darlo a entender, pues por tu desdicha sabes, que no hay quien baste contra la voluntad de un rey amante.» Llegó un recado del rey en que mandó que señale una casa de sus deudos, y que la tenga por cárcel. Dijo Zelindaja: «Digan al rey que por no trocarme, escojo para prisión la memoria de mi Azarque; y habrá quien baste contra la voluntad de un rey amante.»

Así estas mismas divisas, motes y cifras sacaron las cuatro cuadrillas de los caballeros ya nombrados, como quien las había heredado de sus antepasados, y siempre se preciaron de ellas.

Pues habiendo salido de la plaza con bizarría, y alegres por haber visto su gala y buen parecer, entró un alcaide de las puertas de Elvira a gran priesa, y llegando a la presencia del rey hizo el acatamiento debido y le dijo:

--Un caballero cristiano ha llegado, y pide licencia a vuestra alteza para entrar a correr tres lanzas con el mantenedor.

--Yo la doy: entre, permitido es.

Luego volvió el alcaide y abrió la puerta.

En entrando por la plaza pusieron al punto los ojos en él y en su buen talle; y en solo su aspecto le consideraban victorioso y triunfante de los despojos ganados por Abenámar, y aun del retrato de su dama y de la estimada cadena. No hubo caballero ni dama a quien su vista no causara alegría.

En la parte izquierda del capellar traía una cruz colorada, la cual daba ser y adorno a su persona. El cristiano caballero poniendo los ojos en todas partes, dio vuelta a la plaza, y llegando a los miradores reales hizo gran reverencia al rey, a la reina y a las damas: a él le hicieron mucha cortesía, y las damas se levantaron en pie.

Fue conocido de todos el caballero cristiano, que era el maestre de Calatrava, de cuya fama y hechos tenía el mundo entera noticia. El rey se alegró en saber quién era, y que hubiese venido a honrarle su fiesta.

Habiendo, pues, dado vuelta a toda la plaza, llegó al mantenedor y le dijo:

--En tantos despojos y joyas como veo a los pies de ese hermoso retrato, cuya hermosura, noble caballero, dicen que defendéis, echo de ver el valor de vuestra persona; y así sois digno de que todos os honren y tengan en lo que se debe estimar tal caballero como vos. ¿Seréis servido de correr conmigo un par de lanzas, a ley de buenos caballeros, sin que haya interés de retrato?

Abenámar miró bien al caballero, y se volvió a Muza y le dijo:

--Este caballero me parece que es el maestre de Calatrava con quien trabaste tanta amistad; paréceme que en la cruz roja le quiero conocer.

Muza puso los ojos en el maestre, y luego le conoció, y le fue a abrazar diciendo:

--Seáis bienvenido, flor de toda la cristiandad, y aun también de la morisma, pues aquí os conocen por las obras contra su voluntad; y en Castilla y todo el mundo sois conocido solo por oídas.

El maestre le abrazó, agradeciendo lo que en su alabanza había dicho.

Abenámar se llegó a él, y le dijo que él se holgaría de correr dos o tres lanzas con tal caballero. Y diciendo esto corrió una lanza extremadamente, pero el maestre corrió la suya con más ventaja.

Finalmente, corrieron tres lanzas y todas las ganó el maestre.

Todos entendieron que trajera retrato, pero no era miliciano de Cupido sino de Marte; porque en verdad, no puede ningún caudillo que pretende alcanzar honra por sus hazañas, entretenerse en amores; y si lo hiciere, su nombre será borrado de las memorias de todos.

Los jueces llamaron al maestre y le dieron por premio la cadena de dos mil doblas de valor, pues no había traído retrato, que si lo trajera llevara el retrato y los despojos.

El maestre recibió la cadena, y al son de la música que había en la plaza, fue dando vuelta a toda ella, acompañado de todos los caballeros; y en llegando a los miradores de la reina, hizo una muy grande reverencia, y alzándose en los estribos, besó la cadena, y se la dio, diciendo:

--Vuestra alteza reciba esa niñería, que no hallo otra persona digna de ella. No extrañe vuestra alteza mi atrevimiento, que lícito es en tales actos recibir cualquiera joya.

Levantose la reina y recibiola, y besándola se la puso al cuello, y haciéndole una mesura se volvió a asentar.

El maestre inclinó la cabeza al rey, y se volvió con Muza y otros caballeros que le querían bien, por tener tanta fama en todo aquel reino, por las muchas entradas que hacía entre año, y de todas conseguía victoria.

A esta sazón el muy valiente y esforzado Albayaldos, que tenía muy grande deseo de verse en batalla con el maestre para probar sus fuerzas, y porque el maestre había muerto a un deudo suyo con quien él tenía mucha amistad, se quitó del lado del rey con disimulación, y subió sobre una yegua bien aderezada, y acompañado de sus amigos se fue paseando adonde estaba el maestre y el valiente Muza; y contemplando el buen talle del maestre y su donaire, le dijo:

--Grande ha sido y es el gozo que todos hemos recibido, esforzado e invicto maestre, de verte tan galán y de fiesta, y fuera muy mayor mi contento si te viera con tus fuertes y lucientes armas, como otras veces te he visto en la Vega, y en ella tuviéramos los dos escaramuza, que ha días que lo deseo, y son dos causas las que me mueven. La una por el gran valor que la fama ha derramado por el mundo de tu persona, y el deseo que tengo de vencerte para ser el interesado en todo. La otra por vengar la muerte que le diste a mi primo el rey Mahomad. Aunque te conozco, y sé que se la diste en trabada y muy reñida escaramuza, con todo eso me llama y provoca a venganza el amor de mi querido primo: y por tanto tente desde hoy por desafiado, para que cuando fuere tu voluntad se ponga en ejecución mi deseo; y saldré con armas y caballo, y conmigo irá Malique Alabez.

Atentamente escuchó el maestre todo lo que le dijo el valeroso Albayaldos, y con rostro risueño le respondió así:

--Si te ha sido alegría el verme con traje galán, y gustaras más de verme con armas, yo me holgaría infinito saber que esa era tu voluntad para venir prevenido, y que en aqueste día pusiéramos por obra lo que deseas: tu valor publican los cristianos que corren la Vega; y ahora lo confirmo en que me has desafiado. Dices tener deseo de verte conmigo por mi valor: otros muchos caballeros cristianos hay que honran mis hazañas, y con quien ganaras más fama; y si te incita a tener escaramuza la vertida sangre de tu primo el rey Mahomad, como dices, sé decirte, que no vi, ni sentí en él punto de cobardía, sino que murió como caballero peleando; y pues tu gusto es de probar tus fuerzas con las mías, yo soy contento de ello, y así mañana te aguardo en la fuente del Pino, donde estaré con solo un cristiano, padrino mío, que se llama D. Manuel Ponce de León; y para que estés cierto de que no habrá otra cosa, recibe este guante en señal de la escaramuza aplazada.

Diciendo esto, le dio un guante derecho; y el moro lo recibió, y le dio al maestre un anillo de oro, que era su sello. Muza y los caballeros quisieron que no se hiciera la escaramuza, mas no quiso ninguno desistir de su palabra dada; y así quedó hecho el desafío entre los dos para el día siguiente.

CAPÍTULO XI.

_De la batalla que Albayaldos tuvo con el maestre de Calatrava, y cómo el maestre le venció y dio muerte._

El desafío de los dos valerosos caballeros aceptado, por ser ya tarde se fue el maestre, habiéndose despedido de todos: dejémosle ir y volvamos al fin del juego de sortija.

Pues como ya se había puesto el sol y no venía ningún caballero, los jueces mandaron a Abenámar, que dejase la tienda, pues no venía ningún caballero; que él lo había hecho, como todos tenían la confianza, y que había ganado mucho nombre, y ricos despojos y retratos muy hermosos; pero que al fin el de su Fátima excedía a todos.

El vencedor Abenámar mandó quitar el aparador de las joyas, que aún quedaban muchas y muy ricas.

Los jueces se bajaron del tablado y subieron a caballo, y pusieron enmedio al fuerte Abenámar y su padrino Muza, y con toda la caballería en su compañía, y al son de música dieron vuelta a la plaza, dándole mil parabienes de su victoria; y en llegando a los miradores reales de la reina, tocaron chirimías, dulzainas y atabales, y otros instrumentos, y dio a Fátima todos los despojos ganados en la sortija, diciendo:

--Toma, señora, lo que de derecho te toca, porque tu hermosura lo ha conquistado; y así es bien que lo goces y dispongas de ello a tu gusto como tuyo.

Fátima lo recibió todo sin responder; porque la vergüenza la ocupó; aunque con los ojos le dio mil gracias, cifra con que en tal caso los amantes se entienden.

No fue poca la envidia que causaron a Galiana y a Jarifa ver los ricos trofeos en poder de Fátima, y más les causó ver entre ellos sus retratos.

Estaba Galiana muy triste y imaginando cien mil cosas: consideraba que Abenámar había ordenado aquellas fiestas por vengarse de su ingratitud; y más lo sentía por ver ausente a Sarracino, que no volvió más a la plaza.

El rey, visto era tarde, se quitó de los miradores, y la reina, y se fueron al Alhambra.

Aquella noche cenaron con el rey todos los del juego de sortija, menos Sarracino que fingió estar indispuesto.

Con la reina cenaron las más principales damas de la corte, en la cual cena hubo muy alegres fiestas y un sarao público.

Danzaron todas las damas y caballeros con las libreas que habían jugado la sortija. Sola Galiana no danzó, porque estaba triste por la ausencia de su moro, aunque fingió estar indispuesta. Bien conoció la reina su pena, aunque lo disimulaba. Celima su hermana la consolaba lo posible, pero no admitía ningún consuelo, porque tenía el corazón muy lastimado.

El que se aventajó a todos fue el fuerte Gazul con la hermosa Lindaraja, a quien él tanto amaba, y ella a él; lo cual sintió mucho el fuerte Reduán de verse aborrecido de quien él tanto amaba; y ardiendo en rabiosos celos, propuso en su corazón el matar a Gazul; pero no le sucedió como pensó, según adelante diremos, en una escaramuza que ambos tuvieron sobre la hermosa dama Abencerraje.

De esta dama se hace mención en otras partes, y más en una recopilación del Bachiller Pedro de Moncayo, adonde la llama Celima. Llamáronla así por su lindeza, y porque era extremada en hermosura; pero su propio nombre era Lindaraja, por ser Abencerraje. Adelante se tratará de ella, y de Gazul después de la violenta y cruda muerte que se dio a los Abencerrajes por la traición que les levantaron.

Y tornando a la historia, siendo la mayor parte de la noche pasada en danzas, bailes y otros regocijos, y habiéndoles hecho el rey mucha honra a Abenámar y a los justadores, les mandó ir a reposar.

La noble y hermosa Fátima dio todos los retratos a las damas cuyos eran, pasando entre ellas muchos donaires y gracias, quedando muy obligadas a la triunfadora por la magnificencia que con ellas había usado.

Despedidos del rey los caballeros, se fue cada uno a su casa, y asimismo las damas que no eran de palacio.

Albayaldos no pudo reposar el resto de la noche, y tomando la mañana salió del Alhambra a aguardar a Malique Alabez, y en llegando le dijo:

--Tarde habemos salido de la fiesta.