Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 14
Reduán espoleó su caballo para favorecer a los moros; pero por priesa que se dio ya habían muerto a los dos, y los otros andaban a mal traer; y temerosos de la muerte desampararon a la dama, y volvieron las espaldas a todo correr de sus yeguas.
A esta sazón llegó Reduán, y mirando a la hermosa mora la vio vertiendo perlas por los ojos, y que acrecentaba más su triste llanto viendo muertos dos de sus guardadores, y que los otros dos se habían ido huyendo.
Movido de compasión el valiente Reduán, por librarla del poder de los cristianos, y sin hablarles palabra, los acometió, y del primer encuentro hirió al uno muy mal en un descubierto de la adarga, de modo que vino a tierra; y revolviendo su caballo con gran ligereza y velocidad, se apartó de los tres cristianos escaramuceando un gran trecho, y luego tornando como un pensamiento sobre ellos, de un encuentro derribó a otro caballero del caballo, mal herido.
Los dos cristianos que quedaban embistieron a Reduán, y el uno de ellos le dio una gran lanzada, de suerte que quedó herido de una mala herida; el otro caballero, aunque le entró, no le hirió y rompió su lanza. Reduán viéndose herido, se apartó de ellos, y con muy bravo ánimo les volvió a embestir, de suerte que derribó del caballo al que estaba sin lanza.
El cristiano que estaba solo hirió a Reduán segunda vez, y él encolerizado acometió al cristiano para herirle, mas no se atrevió a esperarle por verse solo, pues los compañeros estaban en el suelo mal heridos, y los caballos andaban sueltos por el campo.
Los dos moros que habían ido huyendo se detuvieron por ver el fin de la batalla; y visto cuán en breve había desbaratado aquel moro a los cuatro cristianos, volvieron espantados adonde había dejado a la mora, la cual estaba admirada del valor del moro.
Reduán estaba hablando con ella maravillado de su hermosura, que le parecía ser mayor que la de Lindaraja y la de todas las damas de Granada; y así era verdad, que era la más hermosa de todo el reino. Estaba Reduán tan rendido a la mora, que no se acordaba de Lindaraja, y solo se ocupaba en mirarla, y la preguntó quién era.
En esto llegaron los dos moros, y dándole las gracias del socorro le dijeron así:
--Señor caballero, Mahoma os trajo aquí a tal tiempo, que si vos no vinierais, nosotros del todo fuéramos perdidos y muertos a manos de aquellos caballeros cristianos; y lo que más nos pesara es perder esta dama que traemos a nuestro cargo, y porque parece que estáis herido, según demuestra esa sangre, vamos la vuelta de Granada, y en el camino diremos lo que habéis preguntado; y mirad si de estos caballeros cristianos se ha de hacer alguna cosa.
--No --dijo Reduán--, básteles estar heridos; cogedles los caballos, dádselos, y váyanse.
De esto se maravillaron los moros, y cogieron los caballos y se los dieron a los cristianos, y ellos tomaron la vía de Granada.
Yendo Reduán junto a la hermosa mora, la cual no menos pagada iba de Reduán que él iba de ella, el uno de los dos moros comenzó a hablar de esta manera:
--Habéis de saber, señor caballero, que éramos cuatro hermanos y una hermana, que es la que presente veis: de los cuatro, por nuestra desdicha, ya habéis visto como quedan allí los dos muertos a manos de los cristianos, y aun habemos sido para tan poco los dos que quedamos, que aún no les dimos sepultura; pero querrá el santo Alá que hallemos algunos villanos que pagándoselo quieran dársela. Nuestro padre es alcaide de la fuerza de Ronda; y como supimos que en Granada se hacían tan grandes fiestas, pedimos a nuestro padre, Zaide Hamete, licencia para venir a verlas. Pluguiera al santo Alá que no hubiéramos venido, que nos ha costado dos hermanos, y afrentosamente huimos y dejamos en tan notable peligro a nuestra hermana Haja, si vos, señor, no lo remediárades. Esta es, señor caballero, nuestra lastimosa y verdadera historia; y pues ya, señor, habéis sabido nuestro viaje, y también quién somos, recibiremos merced, si sois servido, que nos digáis de dónde sois y cómo os llamáis, para que sepamos a quién somos tan obligados.
Reduán les respondió:
--Holgado me he, caballeros, de saber quién sois; bien conozco a vuestro padre, y conocí a vuestro abuelo Almadán, a quien mató D. Pedro Sotomayor. Pésame de no haber venido antes, que yo sé que no hubieran muerto vuestros hermanos, y huélgome mucho de haberos servido en algo, y lo haré cada y cuando que se ofrezca; y por si os queréis servir de mí, y daros gusto, os diré quién soy: llámanme Reduán, y soy de Granada; vamos allá a mi casa, y será vuestra, donde os haré regalar y servir conforme merecéis.
--Gran merced, señor Reduán --respondieron ellos--, por el ofrecimiento que nos hacéis; deudos tenemos en Granada donde podemos ir a posar, cuanto más que por la desgracia sucedida nos detendremos muy poco en la ciudad, especialmente siendo ya pasadas las fiestas.
En esto iban hablando los dos hermanos de Haja, y Reduán, cuando vieron venir dos leñadores que con sus bagajes iban por leña al dicho soto, y en llegando a ellos dijeron los dos hermanos a Reduán:
--A buen tiempo han venido estos villanos, que podría ser quisiesen dar sepultura a nuestros hermanos, pagándoselo.
--Yo se lo rogaré --dijo Reduán, y habló a los villanos diciendo--: Hermanos, por amor del santo Alá, que deis sepultura a dos caballeros que están allí bajo muertos, que os será bien pagado.
Los villanos dijeron, que de buena gana lo harían, sin interés alguno. Los hermanos suplicaron a Reduán esperase allí en compañía de su hermana, en tanto que iban a ayudar a enterrar los muertos, que seguros iban, quedando ella con él, y a traer los caballos, siquiera porque no se aprovechasen de ellos los cristianos.
--Mucho me holgara de acompañaros --dijo Reduán--; pero pues es vuestro gusto que yo quede con vuestra hermana, soy contento.
Los moros se lo agradecieron mucho, y se fueron con los villanos para dar sepultura a sus hermanos, y cobrar los caballos perdidos.
El valiente Reduán ardiendo en llamas de amor por la hermosa Haja, y viendo la oportuna ocasión por estar solos, la dijo de esta suerte:
--O fue ventura, o desdicha mía haberos hallado en esta parte; en un punto vi muerte, vida, cielo, suelo, tempestad, bonanza, paz y guerra; y lo que más siento, es no saber el fin de una tan extraña aventura, como es la que la fortuna me ha ofrecido: de suerte estoy suspenso, Haja hermosa y bella, que no estoy en mí, sino en ti. No sé dónde vaya sino a ti; temo declarar mi mal, muero si no lo declaro, ardo en vivas llamas, estoy más helado que los Alpes de Alemania. No sé si hable, o calle, oh bellísima señora: por mejor medio elijo declararte lo que mi alma siente, para que des vida a quien le va faltando, pues tú eres la verdadera medicina, y salutífera a mi enfermedad. Sabrás, vida de esta mía, que en la dichosa hora que vi tus soles llorosos por la escaramuza de que tú eras la causa, luego comencé a pelear con cinco contrarios, cuatro los cristianos, y otro tú; vencilos, y te libré; y tú me venciste y cautivaste: ¿con qué armas peleaste, que tan presto me venciste? Pero, ¿para qué lo pregunto, pues eres semejanza y cifra de la hermosura, dotada en discreción, bravo donaire, brío y gentileza? Estas son las armas con que peleaste conmigo. No hallaste en mí resistencia porque de mis potencias estabas apoderada: tu siervo soy, y tú mi señora y mi bien. Adórote, no me aborrezcas; estímote, no me menosprecies, no seas ingrata a mi pecho fiel, amoroso y verdadero: corresponde a mi casto amor, pues te admito por mi esposa, y dame respuesta piadosa.
Y diciendo esto enmudeció. Haja le respondió, diciendo:
--Noble, brioso y esforzado caballero, aunque sin experiencia de causas de amor, por ser doncella de catorce años, recogida y noble, que presto sabrás quien soy, luego reconocí ser tu accidente de amorosas llamas, y a lo que me has dicho, digo que sea así por no contradecirte; pero bien sé que los hombres, por conseguir su lascivo deseo, dicen mil lisonjas vanas, y otras cosas o cuitas en daño de las tristes mujeres, que de ligero se creen. Quiero resolverme y responder, porque veo venir a mis hermanos, que si tú me amas, soy tu rendida; si con facilidad me quisiste, con fuerza te adoro; si te parezco bien, me parece que no hay otro en la tierra como tú. Y si como dices, me quieres por esposa, pide a mis hermanos que alcancen el sí de mi padre, que el mío en tu boca está; y te prometo que será tan imposible faltar esta ferviente fe que tengo, como pedir a la nieve que caliente, al sol que resfríe y que no alumbre, y como ver en el suelo el firmamento estrellado. Tanto es lo que te quiero, moro, que en mi alma moras; y porque llegan mis hermanos, mudemos plática, no apartándome de tu pensamiento, como yo no te aparto del mío; y cuando caminemos, como que no me has dicho nada, puedes tratar con mis hermanos el casamiento: y de no querer mi padre, ni mis hermanos que me case contigo, que no me persuado a que den tan mal pago a una obligación tan grande como te tenemos, y más siendo tan principal caballero, que nosotros ganamos en que tú me quieras por esposa, yo quiero, si tú me quieres; tuya soy, pues me libraste de poder de los cristianos, que es cierto que había de ser su cautiva. Pues tanto más me ha valido el trueque, dichosa suerte ha sido la mía, aunque he perdido dos hermanos, en haber venido por aquí, resultándome tanto bien de querer ser tú mi esposo; y en señal de que seré tuya, para que estés confiado en mi palabra, toma esta sortija del dedo del corazón, y ponla en el tuyo, pues el mío tienes en él.
Y diciendo esto sacó una sortija de oro, con una esmeralda trasparente y fina, y se la dio a Reduán, el cual la tomó con mucha alegría, y besándola mil veces la puso en su dedo, quedando el más contento y favorecido amante del mundo.
Quisiera el enamorado moro dar respuesta a su querida mora; pero no hubo lugar, porque llegaron sus dos hermanos, bañados los rostros en lágrimas por el dolor de sus dos caros hermanos, a quien venían de enterrar y traían sus caballos del diestro. La hermosísima Haja no pudo dejar de llorar los ya difuntos hermanos. Reduán los consolaba lo que podía, diciéndoles palabras muy eficaces para ello; y con estas y otras pláticas entraron en Granada.
Era ya de noche, y dijeron los hermanos a Reduán, que les diese licencia para ir a posar en casa de un deudo suyo, que era de los Almadenes, y vivía en la calle de Elvira. Reduán les dijo que hiciesen su gusto y los acompañó hasta la posada; y despidiéndose de ellos se volvió a su casa.
Mas al tiempo de despedirse no apartaba la vista de sus ojos el uno del otro amante, de tal manera que apartándose se consideraba sin alma Reduán, por quedársele con su señora; y Haja asimismo, por llevársela Reduán.
Los caballeros y la dama fueron bien recibidos de su tío, quien recibió mucha pena por la muerte de sus dos sobrinos.
A otro día por la mañana se vistió Reduán, y fue al real palacio por besar las manos al rey, el cual en aquella hora se acababa de levantar y vestir para ir a la Mezquita mayor, a ver el zalá que se hacía por un moro de su secta llamado Gidemahojo; y viendo a Reduán vestido de marlota y capellar verde, y plumas verdes, alegrose grandemente con su vista, porque había muchos días que no le había visto; y le preguntó dónde había estado, y cómo le había ido en la escaramuza con Gazul. Reduán le satisfizo, diciendo que Gazul era buen caballero, y que Muza los había hecho amigos.
Con esto el rey y los demás caballeros que le salían a acompañar, que por la mayor parte eran Zegríes y Gomeles, se fueron a la mezquita, y con muy grande aplauso se hizo el zalá y alcoranas ceremonias, y se volvieron al Alhambra; y en entrando en su palacio real hallaron a la reina y sus damas en la sala, porque era costumbre del rey Chico; y así lo tenía mandado, que en cualquier tiempo que saliese, a la vuelta había de estar la reina y sus damas en la sala por solo su gusto, y porque se holgaba de verlas; y más a Celima, que la amaba en supremo grado, por lo cual él y el capitán Muza tuvieron muchas diferencias, como adelante se dirá.
Entraron en palacio con todos los caballeros de su corte, y todas las damas pusieron la vista en la bizarría de Reduán, espantadas de la mudanza de librea. Lindaraja le miraba de propósito, y admirada de que no la miraba, dijo entre sí:
--Disimula Reduán su pasión: bien hace, que no ofenderé a mi Gazul.
La reina dijo a Lindaraja:
--Todavía tiene esperanza Reduán de gozarte.
Respondió Lindaraja:
--Bien puede desistir de ese pensamiento, porque estoy muy fuera de él.
Dijo la reina:
--Pues en verdad que tiene buen talle, y es galán y discreto Reduán, y que cualquiera dama se puede tener por dichosa en ser suya.
--Así es, señora, Reduán merece mucho, y de no haber puesto mi afición en Gazul, es sin duda que ninguno sino él fuera señor de mí.
Con esto callaron, porque no advirtiesen las otras damas en lo que hablaban.
A esta sazón le dijo el rey a Reduán:
--Bien te acordarás que me diste palabra de ganar a Jaén en una noche: si lo cumples, como me lo prometiste, te daré doblado el sueldo de capitán; y si no lo cumplieres, me has de servir en una frontera, privado de la vista de tu dama. Por tanto apercíbete a la empresa, que yo iré en persona a la conquista, que estoy muy sentido de estos cristianos de Jaén, porque cada día nos corren la tierra, y talan la Vega; y pues ellos me vienen a buscar tantas veces, será bien que vaya yo a buscarles una, y que de esta se concluya con todos.
Reduán le respondió con rostro alegre, diciendo:
--Si algún tiempo di palabra de darte a Jaén ganada en una noche, de nuevo lo confirmo, con que me des mil soldados de los que yo señalare, que yo os cumpliré lo dicho.
El rey dijo:
--No digo mil soldados, sino cinco mil te daré, y aunque yo vaya, tú has de ser capitán de todos.
--Estimo mucho la honra que me hacéis --dijo Reduán--, y yo me holgaría de acertar a servirte como deseo. Tu Majestad señale la gente y día que hemos de partir, que desde luego estoy dispuesto y obediente a tu gusto.
--No espero menos de ti, y no perderás el servicio que me hicieres: los caballeros que irán contigo serán Abencerrajes, Zegríes, Gomeles, Mazas, Venegas, Maliques y Alabeces, que bien sabes el valor de todos, y sin estos irán los demás caballeros e hidalgos, pues yo voy a la jornada.
Diciendo esto entró un portero, y dijo al rey que pedían licencia una dama y dos moros forasteros para besarle las manos. El rey dijo que entrasen.
Luego entraron por la sala dos caballeros de buena gracia, marlotas y capellares, borceguíes y zapatos negros; enmedio de ambos venía una dama vestida de negro, tapado el rostro con un cabo del almaizar que no descubría más que dos luceros, y bien se echaba de ver por la hermosura de ellos, que debía de ser perfecto en todo.
Maravillado el rey de sus funestos trajes, les dijo:
--¿Qué es lo que queréis?
Haciendo gran reverencia al rey y a la reina, y a las damas que allí estaban, propuso el moro lo siguiente:
--Nuestro principal intento ha sido venir a besar tus reales manos y las de mi señora la reina, y a que conozcas estos tus siervos. Nosotros tres somos nietos de Almadán, alcaide que fue de Ronda, y ahora lo es nuestro padre; y como tuvimos noticias de las fiestas que en esta ciudad se hacían, por celebrar los casamientos que tu Majestad ha hecho en ella, acordamos de venir a verlas. La fortuna no quiso que las gozásemos, y fue la causa que el día de las fiestas, en un lugar de grandes espesuras que se dice el Soto de Roma, de improviso nos asaltaron cuatro caballeros cristianos, muy valerosos, y tanto, que aunque nosotros nos defendimos por amparar esta doncella, que es hermana nuestra, pudieron tanto, que de cuatro hermanos que éramos, nos mataron los dos, y nosotros con temor de la muerte huimos, y si no fuera por el valor de este caballero que está junto a vuestra Majestad, todos nos perdiéramos --y diciendo esto, señaló con el dedo al fuerte Reduán--: que venció con su valentía él solo a tres cristianos, y el otro huyó. Venimos a darle las gracias al vencedor caballero que estaba consolando a nuestra afligida hermana, y dio licencia a los vencidos cristianos para que fuesen libres, sin quitarles ningún despojo; benignidad de noble caballero nunca vista, que con quedar herido no quiso vengarse. Os certifico, señor, que si todos los caballeros de vuestra corte son como Reduán, podéis conquistar el mundo, porque vimos que de tres botes de lanza derribó tres cristianos mal heridos, y el otro huyó. Acordamos de venir a besar las manos de vuestra Majestad, y a pedir licencia para ir a contar a nuestros padres esta desdicha.
Con esto no dijo más el moro, mostrando mucha tristeza, y la misma mostró el otro hermano y la doncella.
Mucha admiración causó al rey la tragedia, y la ventura de ir Reduán por aquel sitio para remediar la dama; y volviéndose a Reduán le dijo:
--Grande era el amor que te tenía, y con esta hazaña le has acrisolado más, y desde hoy te encargo la alcaidía del castillo de Tíjola, que está junto a Purchena.
Todos los caballeros tuvieron a heroico hecho el que hizo Reduán, y le alababan mucho; lo cual lastimaba a Lindaraja, que estaba casi arrepentida por haber despreciado a Reduán.
El rey les dijo a los dos hermanos:
--Pues es vuestra voluntad de iros, id en buen hora, que licencia tenéis; pero antes que os vais querría ver el rostro de esa dama por mi gusto y de la reina; decidle se quite el rebozo, porque no será bien que dejemos de gozar de su vista, que yo bien entiendo que es peregrina a lo que se infiere por los hermosos ojos que tiene.
Los hermanos la dijeron que se descubriese; ella lo hizo así, y quitándose un prendero del almaizar, descubrió su rostro, que no menos que el de Diana era.
Así pareció a todos los de la sala real, como el sol que por la mañana sale esparciendo sus ardientes rayos: esto mismo hacía la hermosa Haja, pues los de su hermosura reverberaban en quien la miraba, y quedaban todos deslumbrados, matando con su vista a los caballeros de amor, y a las damas de envidia.
A todos admiró la hermosura de la bizarra Haja, y deseaban su amistad por gozar de su hermosura. La reina que asimismo estaba espantada de la beldad de Haja, le dijo al rey:
--Sírvase vuestra Alteza de que goce yo de esta dama.
--Vaya en buen hora --dijo el rey--, que bien sé que ha de haber más de cuatro damas envidiosas de las que hoy os sirven.
Llamaron a Haja, y haciendo mesura al rey y a los caballeros, pasó a besar la mano a la reina, y de rodillas en el suelo se la pidió. No quiso la reina dársela, antes la levantó, y la hizo sentar junto a sí.
A todas las damas causó admiración la perfección con que en todo dotó naturaleza a Haja; pues aunque estaban allí Daraja, Sarracina, Galiana, Fátima, Celima, Cobaida y otras muchas damas de excelente hermosura, ninguna como la de la hermosa Haja.
Reduán que no apartaba los ojos de su adorada Haja, estaba muy receloso, y con gran temor no se le trocase, y le quebrase la palabra dada.
La mora miraba de cuando en cuando a su amante Reduán, y si con lanza y adarga le había parecido bien, mucho mejor le parecía vestido con el traje de corte, y más tan galán como estaba; y extendiendo los ojos por todos los caballeros presentes, ninguno la pareció llegar a poder competir con su querido Reduán. Mostrábasele grave, alegre y risueña, que no fue poco contento para el moro.
El rey dijo a Reduán:
--Mucho me holgara de ver la escaramuza que tuvisteis con Gazul, porque sería de ver, siendo ambos tan valientes.
--Yo soy testigo de ella --dijo Muza--, porque no pudiéndolos persuadir a que no peleasen, estuve mirando la cruel y sangrienta escaramuza que entre un león y una onza no podía ser más violenta; y movido a compasión de que ambos no muriesen, porque no reconocí ventaja en ninguno, me puse enmedio, y cesó la escaramuza, quedando los dos con igual victoria.
--¿Qué les movió al desafío? --dijo el rey.
--Son cuentos largos --contestó Muza--; no hay para qué refrescar en la memoria cosas viejas, sino decir que está en la sala la causa de su enojo.
--Ya entiendo lo que puede ser --dijo el rey--: bien sé yo que Reduán no volverá a hacer escaramuza con Gazul sobre lo pasado en ninguna manera.
--Vuestra Majestad está en lo cierto --dijo Reduán--, porque estoy ya olvidado de todo aquello; pero a la sazón perdiera mil vidas por ella, si las tuviera, lo que ahora no me pusiera a perder una.
--Debe de haber algo nuevo, que no es posible menos --dijo el rey.
Diciendo esto, los dos caballeros, hermanos de Haja, se habían sentado junto a Mahandín Hamete, principal caballero y rico, del linaje de los Zegríes, el cual habiendo visto la hermosura de Haja estaba tan amartelado, que no apartaba los ojos de ella: afligíale tanto la causa amorosa, que no pudiéndola resistir les dio parte a sus hermanos, diciéndoles:
--Señores caballeros, ¿conoceisme?
--No, señor, sino para serviros --respondieron ellos--, que como forasteros no conocemos particularmente a los caballeros granadinos; pero estando en compañía de tan alto rey y en su real palacio, bien inferimos que debéis de ser de estirpe clara.
--Pues sabed, caballeros, que soy Zegrí, descendiente de los reyes de Córdoba, y en Granada valgo yo tanto, que se hace larga mención de mí y de los de mi linaje, y querría, si lo tuvieseis por bien, emparentaseis conmigo, dándome por mujer a vuestra hermana Haja, que me ha parecido tan bien, que me holgara ser vuestro cuñado y pariente; y a ley de moro hidalgo, que pudiera estar casado con una dama que era de lo más principal de Granada; mas no me he querido casar hasta ahora que he visto a vuestra hermana, de la cual estoy muy pagado.
Con esto cesó el Zegrí, aguardando su bien o su mal.
Los hermanos de Haja comunicaron entre ambos si convenía o no aquel casamiento, y al fin considerando el valor de los Zegríes, cuya fama era tan notoria, le dieron el sí, confiados en que su padre tendría por bien lo que ambos hiciesen.
El Zegrí muy alegre con el sí de los hermanos, se levantó, e hincándose de rodillas habló de esta suerte:
--Alto y poderoso rey, suplico a vuestra real majestad, que ya que se celebran casamientos, y por ellos hay fiestas, que se haga el mío para que goce de ellas, porque sabrá vuestra majestad que vencido de los amores de la hermosa Haja, la pedí en casamiento a sus dos hermanos, los cuales sabiendo quién soy, lo han tenido por bien, y me la han prometido por mujer; por lo que suplico a vuestra majestad sea servido de que nos desposen conforme a nuestros ritos, pues se ha ofrecido esta ocasión en tan buen tiempo.
El rey, mirando a la dama y a sus dos hermanos, admirado de tan repentino acuerdo, dijo que si era gusto de ellos y la dama quería, que él era contento.
Todos se admiraron del caso, y callaron hasta ver en qué paraba; pero Reduán ardiendo en enojo e ira, se levantó en pie y dijo:
--Señor, a este casamiento que pide el Zegrí no hay lugar, porque es mi esposa desde que la libré de los cristianos, y entre los dos nos hemos dado palabra de esposos, y hay también prendas que son confirmación de esto que digo: nadie como la dama puede decir lo que pasa; y no pretenda agraviarme ninguno, porque me lo pagará.
El Zegrí respondió alborotado que Haja no se podía casar sin licencia de su padre o hermanos, y que era suya, y la defendería hasta la muerte. Reduán que oyó la arrogancia del Zegrí, arremetió a él para herirle con muy encendida rabia. Los Zegríes acudieron a favorecer a su pariente, y los de Reduán, Muza y los Abencerrajes fueron a socorrerle.
El rey, viendo el escándalo que se empezaba, mandó pena de muerte a quien más hablase en el caso, que él determinaría lo que había de ser.
Con esto se aquietaron aguardando su determinación; y visto que ya estaban sosegados fue al estrado de la reina, y tomó de la mano a Haja, y puesto en medio de la sala la dijo que escogiese a Reduán o el Zegrí, o aquel que más gusto le diese.