Part 4
—Sin duda sospechas quién es el hombre á quien tengo por el más á propósito para ser tu esposo. Hay un joven cuyo carácter, talentos no comunes y costumbres cristianas son una excepción entre todos los de su clase y de su edad, como lo eres tú entre las niñas de estos tiempos. Ese mozo, ¿necesito nombrarle?, es D. Rafael del Horro... En verdad que si no descollase por sus virtudes tanto como por su talento, se habría dirigido á tí y te habría mareado la cabeza con boberías de novela, contrarias á la moral cristiana y que, aun cuando los fines sean buenos, dejan siempre germen de vicio y concupiscencia en el alma. Cuerdo, sensato, honesto, respetuoso contigo y con nosotros, se ha abstenido de demostraciones apasionadas. En Madrid, y aquí mismo, me ha confesado que siente hacia tí una afición purísima y santa, y que se considerará felíz si le das el nombre de esposo.
Gloria, más incapáz entonces que nunca de pronunciar una palabra, trazaba con la punta de la sombrilla rayas horizontales sobre el piso de arena.
—Si fuese preciso enumerarte los méritos de Rafael, hija mía—agregó D. Juan,—te diría que, entre todas las personas que conozco, no hay ninguna que más me cautive por la valentía de sus convicciones, por el entusiasmo con que ha consagrado su juventud á la defensa de una causa perseguida por los malos, por su honradéz, laboriosidad y formalidad, prendas todas que no suelen ser adorno de los jóvenes, sino de hombres sesudos y maduros, ya templados y hechos á la vida por el trabajar de los años.
Gloria, después que trazó sobre la arena regular número de líneas horizontales paralelas, empezó á trazar otras perpendiculares, que formaban enrejado con las primeras.
—En este último período, Rafael ha conquistado la admiración y la gratitud de todos los que vivimos perseguidos. Su talento y su valor para luchar solo contra los verdugos de la Iglesia me han recordado al gran Judas Macabeo; sólo que aquél trabajaba con la espada y éste con la lengua y la pluma. Admirables triunfos le debe la Iglesia en sus relaciones temporales, gratitud eterna los pobres eclesiásticos perseguidos, que no pueden ir á defenderse á los antros de herejía ni subir á la cátedra de las blasfemias. Pero como la verdad necesita órganos en todas las esferas, en la de estas mundanales luchas tiene la Iglesia buen número de piadosos seglares que la defienden, la amparan y son un valladar firme contra las amenazas de los impíos.
—¡Una caterva de pícaros!—dijo Gloria, que encontrando al fin coyuntura á propósito para decir algo, no quiso dejarla pasar.
—Tal vez en su conciencia no sean tan malos como dicen—indicó D. Juan;—pero ello es que Rafael sabe entenderles... ¡Pobre joven! Cuando me reveló, respetuosamente por supuesto, la casta afición que le has inspirado, sentí mucho gozo. «Puesto que mi hija no ha de ser monja, dije, ya le encontramos el compañero de su vida...» No he querido contestarle nada hasta saber lo que piensas acerca de esto.
Gloria empezó á trazar rayas diagonales en el enrejado.
—Mis ideas en esto son, hija, que al matrimonio debe preceder una elección libre del corazón, previo el consejo de las personas mayores. Pero si admito el consejo y á veces la oposición á inconvenientes afectos de las niñas, rechazo la violencia y la imposición para realizar el gusto, á veces equivocado, de los padres. Esto suele ser causa de matrimonios desgraciados y pecadores. Si á pesar de las prendas rarísimas de Rafael, no sientes inclinación á darle tu mano, nada de hipocresías, nada de violencias. Si le has tratado poco y te es indiferente, como creo, un trato decoroso te revelará los tesoros de su corazón bueno y recto. No confundas los arrebatos de un día con el afecto tranquilo y que ha de durar toda la vida, reflejo del amor puro y reposado que tenemos á Dios.
Gloria se ocupó en trazar en los cuatro costados del enrejado unos picos á manera de fleco. Después apartó de su complicada obra geométrica los ojos y fijándolos en su padre, dijo:
—Bien, papá, yo haré siempre lo que usted me mande.
—Si yo no te mando nada—declaró Lantigua con viveza.—Veo que no estás dispuesta á dar una contestación terminante y categórica. Eso es prueba de sensatéz. Estas cosas deben pensarse...
—¡Eso es; pensarse!—exclamó Gloria asiéndose á la idea del pensar, como el náufrago á una tabla.
—Bien—dijo D. Juan levantándose.—Tómate todo el tiempo que quieras, y piensa, hija mía. Tienes entendimiento, corazón, piedad y fe cristiana suficientes para encontrar la mejor solución. ¿Quedamos en eso?
—Quedamos.
—Pero desearía que tu contestación no se retardase mucho.
—Contestaré pronto—afirmó Gloria.
—Te doy tres días; vamos, cuatro. Eso me prueba, como he dicho antes, que no ha habido noviazgo. ¿Rafael te ha hablado de esto?
—Un poco... pero así como broma. Yo siempre lo tomé como broma...
—Ya ves que es muy serio. Con que, hijita, prepárate á responderme. Medítalo bien. Ni tu consentimiento ni tu negativa disminuirán el cariño que tu padre te tiene... Vaya, adiós. Me voy á trabajar. Te encargo que cuides de que no me hagan ruído.
—Descuide usted, papá.
Don Juan de Lantigua se metió en su cuarto, y como el buzo se arroja al mar, él sumergióse en el océano de sus libros. Hasta la hora de comer, nadie tendría noticia de su existencia.
XII
El otro.
Lo propuesto por D. Juan dejó á Gloria en la mayor confusión. Aquel asunto realmente grave no podía presentarse á su espíritu sin ocuparlo al punto vivamente, y durante largo rato su meditación fué tan profunda, que el tiempo transcurría sin que ella lo advirtiese. Al fin, dando un suspiro, y alzando la cabeza, como que volvió en su acuerdo, advirtiendo gran soledad en el jardín, bastante caldeado por el sol que á mucha altura estaba ya. Cerradas todas las persianas de la casa, ningún ruído venía de ella; hasta los pájaros se habían callado, y sólo dos ó tres cuchicheaban algún secreto ó refunfuñaban alguna disputa en las últimas ramas de los plátanos. Gloria se levantó, pues el ardiente vibrar de sus nervios la impulsaba á pensar marchando.
Complacida del silencio y soledad en que estaba, dejóse ir hacia un escondido y ameno bosquecillo. Al ver el apresuramiento de su marcha y el afán con que, marchando hacia el obscuro sitio, miró á sus espesuras, cualquiera habría creído que alguna persona la aguardaba allí; pero no había nadie. El bosquecillo estaba enteramente solo. Después acercóse á la verja, y por entre los huecos que dejaba á trechos el follaje de la madreselva, miró hacia el camino con los ojos fijos y el semblante pálido: sus grandes pestañas aleteaban como mariposas negras jugando en la luz. ¡Ah! Cualquiera que en tal actitud la hubiese visto y observase con cuánto interés exploraban sus ojos el camino, ya en dirección á la playa, ya en dirección á las montañas, habría creído que esperaba á una persona. Sin embargo, podemos jurarlo y lo juramos: por allí no pasó jamás nadie que interesase á su corazón.
Luégo subió á su cuarto y se puso á trabajar en una obra de aguja. Seguía meditando; pero los sonidos más insignificantes la hacían volver súbitamente la cabeza. A veces el caer de una hoja, las pisadas del jardinero sobre la arena, el ruído de las huecas regaderas de latón al ser puestas vacías en el suelo, el surtidor que caía en la pila llena de agua con pececillos encarnados, el arrullo de las palomas en lo alto del granero de la casa vieja, el silbar lejano de un vapor zarpando de la ría impresionaban su oído tan enérgicamente, cual si voces amadas la llamaran y la nombraran en distintos puntos del espacio infinito. Y, no obstante, será preciso repetirlo, nadie la llamaba desde el jardín ni desde los altos aires vacíos, ni desde los mares profundos, como no fuera una voz sólo por ella oída. Su corazón latía con fuerza y vivo compás. Sobre él se sentían pasos.
Intentaremos describir la situación de espíritu de la señorita de Lantigua. La razón no le decía nada en contra del proyecto de su padre, y reconocía fácilmente en Rafael todas las cualidades de un joven maduro, de un carácter honrado y bondadoso, de un atleta del catolicismo, de un trabajador incansable, de un apóstol seglar. Reconociendo esto, hacía esfuerzos para despertar en su pecho inclinación vehemente hacia aquel joven; pero aquí empezaba la dificultad, porque se interponía siempre entre ella y él una sombra intrusa, viniendo no sabemos de dónde.
Esto debiera conducirnos á la afirmación categórica de que la señorita de Lantigua había encontrado ya el elegido de su corazón; pero una serie de indagaciones hechas con ayuda de las personas más curiosas de Ficóbriga, demuestran lo contrario. Teresita la Monja, esposa de D. Juan Amarillo, en cuya casa hay un ventanuco desde el cual se atisban con buen ojo el jardín, los patios y corredores de la casa de Lantigua, asegura que si Gloria tuviese algún novio del tamaño de una lenteja, ó recibiese cartas, ó hablara por el balcón, á ella no se le hubiera escapado. Lo mismo dicen las dos hijas de D. Bartolomé Barrabás, ambas muy instruídas en todas las historias del pueblo, amigas íntimas de Francisca Pedrezuela, criada principal de nuestros héroes. Y sin embargo, _el otro_ existía. ¿Dónde? ¿Quién era?
La señorita de Lantigua descendió al jardín después de la comida. Entonces, sin mover los labios, hablaba. Oigámosla:
—Es una locura—decía,—esto que tengo: es una locura pensar en lo que no existe, y desvanecerme y afanarme por una persona imaginaria... Fuera, fuera tonterías, ilusiones vagas, diálogos mudos. Aquí hay algo de enfermedad sin duda, y mi cabeza no puede estar buena. Vivo en grande error, sueño lo imposible, lo que no existe ni puede existir sobre la tierra. ¿En qué consiste, pues, que entre todos los hombres que he visto y oído y conocido, ninguno se parece á éste? Si mi padre y mi tío le conocieran, no harían tantos elogios de Rafael.
»¿Pero cómo le han de conocer si no existe, si no está en ninguna parte, si no tiene cuerpo, ni vida, ni realidad?... ¡Loca, mil veces loca soy!... Déjame, _tú_, y no vuelvas más... Calla, _tú_, y no digas una palabra más, pues no te escucho. Eres una mentira, menos que una sombra, menos que un fantasma, menos que un rayo de sol; eres un pensamiento nada más. No sólo no existes, sino que no puedes existir, porque serías la perfección. Sal, pues, del jardín y no vuelvas más, ni me hables, ni me llames en el silencio de la noche, ni pases haciendo sonar con tus pisadas las hojas arrugadas y secas del otoño... Adiós, _tú_; has sido conmigo cortés, fino, generoso, delicado, leal, apasionado sin impureza y cariñoso con un respeto sagrado hacia mí; pero te despido, porque mi padre me manda que quiera á ese D. Rafael; buena persona, apreciable joven, como él dice. Sin duda no puede haberlos mejores sobre la tierra, y el creer en tí, el pensar en tí es un disparate, como alzar la mano para coger una estrella.
»Cada cosa en su lugar. El cielo tiene estrellas y soles, la tierra hombres y gusanos... Vivimos abajo y no arriba. Mi padre me ha dicho varias veces que si no corto las alas al pensamiento voy á ser muy desgraciada... Vengan, pues, las tijeras. O se tiene voluntad ó no se tiene... ó se vive en la realidad ó en el sueño. Señor y padre querido, tienes razón en llevarme por este camino; guiada por tan fiel mano, entraré gozosa en él y me casaré con tu soldado de Cristo.
Luégo siguió pensando que era necedad propia de colegialas, castigadas á pan y agua por no saber la lección, el divagar á solas fijando el entendimiento en imaginarios galanes, el representarse escenas platónicas y apasionadas entrevistas y mil otras aventuras dramáticas, embellecidas al mismo tiempo por la fantasía y la inocencia. Afirmó además que tales desvaríos eran indignos de una persona de sólidas calidades y principios como ella, y aunque su conciencia diáfana, clara y limpia como los cielos no le mostraba la nube de ninguna impureza, juzgó que en aquel perpétuo y descarriado imaginar suyo había no poco de pecado ó al menos de germen pecaminoso.
Después se rió un poco de sí misma, y dejando ir el pensamiento hacia su padre, encontró en él tanta bondad, tanta previsión, tal rectitud de miras, que sintió aumentarse la admiración y el cariño que hacia él sentía. Por la concatenación natural de las ideas, su pensamiento, después de revolotear locamente, fué á posarse sobre la persona de Rafael.
—¡Qué excelente joven es ese Rafael!—dijo andando hacia la casa.—He sido una tonta en no comprender antes su mérito. Se le tomaría por un viejo... ¡Y luégo ese talentazo que le ha dado Dios!... Ahí es nada traer mareados á los pícaros revolucionarios y herejes, y volverles tarumbas con sus discursos y despedazarles con sus artículos... ¡y qué discursazos! Bien me acuerdo de aquel que decía: «¡Estáis conculcando todas las leyes divinas y humanas; estáis insultando á Dios...!» Luego es piadoso, es creyente; no tiene la despreocupación infame de los muchachos del día... ¡Ay!... allí viene; me escaparé.
Y azorada huyó por un lado, mientras el modelo de jóvenes entraba por otro.
XIII
Llueve.
Tales pensamientos duraron poco en la mente de Gloria. Como mudan las corrientes en la esfera del mundo, volviéndose del Norte al Sur, así las ideas de ella marcharon con rumbo distinto, se dijo:
—No, yo no puedo querer á ese hombre. Hay en él algo que me repugna, sin poderme explicar lo que es.
Aquella tarde, que era la del 23 de Junio, víspera de San Juan, fueron todos á la Abadía. D. Angel la recorrió toda para ver las composturas hechas en algunos altares, los nuevos vestidos con que había sido obsequiada la imagen de la Virgen, y los ornamentos de plata Meneses recién comprados por suscripción entre los fieles de Ficóbriga. Examinólo bien el obispo, y sobre cada pieza dió su dictamen con mucho acierto. Después de orar un rato, salieron para dar un paseo. En el atrio, Su Ilustrísima dijo:
—Daremos un paseo por la playa si les parece á ustedes.
Don Juan, el doctor Sedeño, Rafael y el cura accedieron muy gustosos.
—Veremos llegar las lanchas—indicó el cura, poniéndose la mano á guisa de pantalla ante los ojos para mirar el mar.—Hoy vendrá buena sardina... Hola, está picada la mar.
—¿Tendremos temporal?—preguntó don Angel.
El cura miró al cielo y al horizonte. Parecía que olfateaba las vías aéreas, inquiriendo el rastro de las tempestades.
—Tendremos vendaval esta tarde—afirmó, echándose atrás el manteo, prenda para él de grandísimo estorbo, pero que no podía menos de usar mientras acompañase al prelado.
—Hombre de Dios—dijo éste con festivo disgusto;—¿se empeñará usted en aguarnos el paseo?
—Don Silvestre—manifestó el padre de Gloria,—se deja atrás á los mejores barómetros conocidos.
Romero extendió la mano hacia el Noroeste, señalando un cerro aplanado cuya falda tocaba el mar y que tenía por nombre la Cotera de Fronilde.
—Infalible—dijo.—Hay celaje allí, y no puede fallar la sentencia que dice: _Fronilde nublada, Ficóbriga mojada_.
—Pues pica el sol—indicó el obispo.
—Otra señal de próxima lluvia, Ilustrísimo Señor...
—En fin, ¿bajamos ó no á la playa?
—¡Quién dijo miedo!... ¿Vienes tú, Gloria?
Esta, durante las observaciones meteorológicas se había visto precisada á contestar á varias preguntas del joven de Horro, y á escuchar estudiadas frases que bajo frivolidad aparente escondían la intención amorosa.
—¿Vienes, Gloria?—repitió D. Juan.
—No—replicó ella vivamente,—tengo que rezar, y me vuelvo adentro.
El semblante de Rafael se nubló como la Cotera de Fronilde.
—Se le exime á usted de la obligación por esta tarde—dijo afablemente y con cierto tonillo de galantería Sedeño.
—No, no; que rece, que rece—dijo D. Angel.—Sr. D. Rafael, déme usted el brazo.
Gloria volvió á entrar en la Abadía, y los demás emprendieron su paseo por una vereda pedregosa, que empezaba detrás de la Iglesia y terminaba en la playa. Delante iba D. Angel, apoyado en el joven orador y periodista, imagen de la Iglesia sostenida por la entusiasta juventud batalladora. Desde aquel rústico sendero se veía el mar en extensión considerable. Dos ó tres lanchas corrían tendiendo las blancas olas hacia la barra, y allá lejos, muy lejos, en el punto en que se confundían cielo y tierra, una mancha negra ensuciaba el azul del firmamento.
—Un vapor—dijo Su Ilustrísima.
—Pasa de largo—indicó Romero.
En el mismo instante, el sol dejó de iluminar el grupo de paseantes.
—Parece que el señor párroco se va á salir con la suya—apuntó D. Angel.—Nos quedamos sin sol, aunque más allá sigue descubierto. Esto pasará.
—Tenemos agua—manifestó el barómetro.
Don Angel miró al cielo, y al mirar le cayó una gota de agua en la punta de la naríz.
Don Juan extendió la mano, diciendo:
—Caen gotas.
—Ya que estamos aquí—propuso D. Angel alargando también la mano,—más vale que sigamos y demos la vuelta por el Resguardo para salir á casa. Casi se tarda lo mismo.
—Pues adelante—dijo D. Silvestre, abriendo su paraguas rojo y dándolo á Rafael para que cubriese al señor obispo.
Don Juan abrió también el suyo. Las gotas menudeaban. De pronto una racha de Noroeste sopló con fuerza, levantando remolinos de polvo, pues la tierra apenas se había mojado, y azotando con violencia suma á los paseantes, obligóles á detenerse un momento. Las ropas talares del obispo, del cura y del secretario se arremolinaron silbando en torno de los cuerpos, como si el viento quisiera arrancárselas para ponérselas él.
—¡Dios mío! ¿qué es esto?—exclamó don Angel.
En poco tiempo la nube parda se extendió por todo el cielo, cubriéndole. Los viejos álamos de tronco leproso y de sonoras hojas se encorvaban gimiendo, y sacudían sus ramas con movimientos de desesperación. El viento, después de barrer furioso los tejados, arrancando todas las tejas que no estaban seguras, caía con furia loca sobre el mar, y embistiendo las olas las ahuecaba, silbando en los cóncavos cilindros de ellas y esparciendo su espuma. Había desaparecido el horizonte, y cielo y tierra eran una inmensidad blanquecina, toda agua, toda bruma. De repente, velóz culebra de fuego violáceo cruzó el espacio, vibrando fugazmente en él como el pensamiento dentro de nuestro cerebro, y después sonó allá arriba hondo estrépito de mil montañas que parecían rodar, chocando unas con otras.
La lluvia empezó á caer fuerte, punzante, espesa, torrencial. Calado en un instante hasta los huesos, D. Angel se volvió á sus amigos, y con voz dolorida y semblante de compasión profunda, exclamó:
—¡Pobres marineros, pobres navegantes!
XIV
El otro está cerca.
Gloria penetró en la Iglesia, gozosa de encontrarse sola y en sitio á propósito para soltar el freno á su imaginación. En el sagrado recinto no había ya sino cinco ó seis personas, entre ellas Teresita la Monja, que era la última que salía, y dos marinos ancianos que iban todas las tardes.
Dirigióse á la capilla de su familia y sentóse en un rincón de ella, mirando al altar. La tranquila atmósfera del templo, la media luz, el silencio, eran como un espejo donde el alma posaba blandamente sus ojos y se veía. Buena ocasión también para rezar, para mirar á Dios cara á cara, como si dijéramos, y subir hasta El con el pensamiento, dejando acá todo lo que puede dejarse. Así lo pensó Gloria.
En la Iglesia de Ficóbriga hay sillas muy bajas y de alto respaldo, las cuales sirven de reclinatorio. Gloria tomó una de las de su casa, y arrodillándose en ella apoyó su frente en el respaldo, sosteniéndola con ambas manos. Un momento después pensaba así:
—¿Que no pueda yo arrojar esto de mí? ¿En qué consiste, Señor, que lo que no es nada, lo que no existe, lo que no puede existir, ocupa mi pensamiento noche y día para mortificarme, para condenarme tal vez? Rezaré, rezaré con toda mi alma.
Empezó á rezar con la boca. Pero su pensamiento no iba á donde la tiránica voluntad lo mandaba, y así como la brújula mira siempre al Norte, él miraba constantemente á su idea. No había fuerza humana que le apartase de aquella dirección.
—Esto es locura, locura...—afirmó Gloria alzando la cabeza.
Volvió á cerrar los ojos y á hundir la frente, y una voz decía dentro de su cerebro:
—¡Ya voy, ya estoy cerca, ya te toco!
La señorita de Lantigua experimentó una sensación de anhelo ó expectativa que la llenaba de indecibles congojas. Sentía su corazón ensancharse y contraerse. Allá dentro, en lo íntimo de su sér, había como un anuncio misterioso, que no tenía explicación fácil. El alma sentía pasos, que es como decir que su facultad de adivinación anunciaba la proximidad de algo profundamente interesante para ella. Era un resplandor que en la dulce obscuridad del sér iba poco á poco despuntando como una aurora, y que anunciaba otra luz mayor. Dentro de Gloria, misteriosos sones murmuraban:—«¡Oh, alma; pronto en tí será de día!»
Alzando de repente los ojos, tuvo miedo. Miró á las bóvedas del templo y viólas obscuras, á pesar de ser las cinco de la tarde. La arquitectura de la vetusta Iglesia, obra románica del undécimo siglo, estaba toda cubierta profanamente por una capa de yeso, bajo la cual las emblemáticas figurillas de los capiteles y de las archivoltas apenas tenían forma. Parecían tiritar de frío arrebujadas en gruesos mantos blancos. Muchos arcos ogivos ó peraltados habían perdido, con el peso de tantos años, su original curva; muchas ventanas desquiciadas hacían muecas; muchas columnas habían dejado de ser verticales; paredes había que se inclinaban con ceremoniosa reverencia. El conjunto estético de tal fábrica era triste.
Gloria, sobrecogida por secreto espanto, se levantó. En el mismo instante un fragor horrísono retumbó allá arriba, sobre el techo, y la Abadía gimió en los atléticos brazos del suelo. Por las abiertas ogivas entraron ráfagas violentas que recorrieron las bóvedas cantando con atronadores bramidos, y dieron vuelta á toda la Iglesia, rozando los bancos, difundiendo el polvo de los altares, agitando los huecos vestidos de las imágenes. Derribaron una lámpara, que rompió al caer la urna ó sepulcro de cristal en que estaba el Señor difunto. Azotaron con un ramo de flores de trapo el rostro de San José, y le arrancaron la espada de la mano á San Miguel, arrojándola dentro de un confesonario. Dieron vueltas alrededor del órgano, haciendo murmurar á los tubos, y volvieron las hojas del libro de coro, como si febril mano de un lector invisible las repasara. Besaron la frente de Gloria, y escaparon después por las puertas, cerrándolas con tal violencia, que éstas perdieron la mitad de sus podridas tablas.
La señorita de Lantigua tuvo miedo; vió la Iglesia casi á obscuras y sin alma viviente. Al salir de su capilla, creyó sentir pasos, corrió, y alguien corría tras ella. Indudablemente oía pisadas y una voz diciendo:—«Espera, soy yo, soy yo que he llegado.»
Su terror aumentó, y con su terror el afán de huir. Pasaba de una capilla á otra... Casi estuvo á punto de pedir auxilio. Creyó ver los altares corriendo también, y oir á los santos gritar: ¡socorro!... Detúvose al fin; trató de serenarse, mirando hacia atrás y á todos lados con observación atrevida que disipase las absurdas aprensiones. Pero no pudo tranquilizarse por completo, y su corazón se contraía recogiéndose, como la sensitiva cuando la tocan. Creíase tocada por una mano invisible.
—¡Qué nerviosa estoy!—dijo tratando de sacudir el miedo.
De pronto sintió una alegre voz de muchacho. Por la sacristía apareció corriendo uno de los hijos del sacristán.
—Sildo, Sildo—gritó Gloria,—ven acá.
—¡Ah!... la señorita Gloria—dijo el muchacho acudiendo á ella.
—Ven acá: dame la mano.
—Voy á cerrar las puertas; se ha metido un aire, que... ya, ya. ¿Quiere usted salir?
—No, parece que llueve mucho. Esperaré.
Poco después, Sildo la guiaba á la sacristía.
XV
Va á llegar.
—¿Está tu padre?
—Sí, señorita. Está poniendo una tabla al ataud de pobres.