Gloria (primera parte)

Part 5

Chapter 54,026 wordsPublic domain

Pasó Gloria á la sacristía, que era lóbrega y húmeda; de allí á un patiecillo estrecho cubierto de hierba, y del patio á una habitación destartalada, que tenía el techo en tres planos distintos, y en las paredes un resto de arco bizantino destrozado y cubierto de yeso; vivienda construída sobre las ruínas del palacio abacial, y que servía de asilo al sacristán de la parroquia. Dicha pieza estaba llena de objetos distintos en revuelto montón: era almacén, carpintería, taller y dormitorio de Caifás y sus hijos. Hacheros de madera plateada, horriblemente manchados con gotas de amarilla cera, aparecían patas arriba junto al túmulo negro que servía para los funerales. Un San Pedro sin manos, y por consiguiente sin llaves, mostraba su calva, coronada con el nimbo de oro, por encima de un rimero de astillas y tablas rotas. Lienzos pintados, como telones de teatro, ó más bien como pedazos de monumento de Semana Santa, aparecían dispuestos verticalmente para servir de biombo ó abrigo á la cama en que dormían los tres hijos de Caifás, y la armazón de una vieja manga cruz sin forro, tenía dentro ollas rotas, vasos desportillados, una calavera de palo y un libro de palo también, atributos de alguna imagen de anacoreta. Ninguna silla ni otro mueble destinado á sentarse había allí, como no sirviese para esto un banco de carpintero. Cuando Gloria entró, Caifás martillaba en las necias tablas del ataud de pobres, echándole una pieza en el fondo. A cada golpe, el horrible cajón despedía un gemido.

—¡Qué espantoso temporal!—exclamó Gloria entrando en el taller de Caifás.

—Señorita—dijo el sacristán riendo cariñosamente,—¡cómo la ha cogido el agua en la Iglesia! Iré á casa del señor cura por un paraguas.

—No, esperaré á que pase el chaparrón. De casa vendrán por mí—repuso Gloria, buscando con los ojos un sitio donde sentarse.

—¡Ay, niña de mi corazón! Esto es una Babel. No hay sillas para sentarse las personas decentes. Pero acomódese usted en esta tarima de la Virgen. A bien que no está mal en ella quien podría ser puesta en los altares sin que Dios se enfadase por ello.

Gloria se sentó, Caifás, dando el último martillazo, dió por terminada su obra.

—Vamos, ya he concluído—dijo.—Ahora no les entrará aire á los pobrecitos que van á la tierra. La caja estaba desfondada, y anteayer cuando llevaron al cementerio el cuerpo del tío Fulastre, se le salió fuera un brazo por la tabla rota. Como el brazo saliera al pasar por frente á la casa de D. Juan Amarillo, y se movía á modo de insulto, la gente dijo que el tío Fulastre aplazaba á D. Juan Amarillo para el día del Juicio.

Gloria no estaba serena. El desorden de aquella estancia y la vista de la triste caja no eran espectáculo propio para volver el sosiego á un espíritu sobresaltado.

—¡Qué terrible tempestad!—dijo mirando el torvo cielo que por la ventana se veía.—¡Cuántos barquitos habrán perecido hoy!

—El Señor no manda más que calamidades—afirmó Caifás dando un suspiro.—No sé cómo hay quien quiera vivir. ¡Bonito oficio es este de la vida!... Verdad es que como no nos lo dieron á escoger...

—Ten paciencia—le dijo Gloria,—que otros hay más desgraciados que tú.

Caifás, que estaba en el suelo, elevó sus ojos hacia la hermosa doncella sentada en la tarima. No era posible mayor semejanza con los cuadros en que el arte ha puesto una figura mundana orando de rodillas al pié de la Virgen María. Sólo los trajes podían quitar la ilusión. Entre los ojos de topo, la faz angulosa, el estevado cuerpo, la color amarilla de José Mundideo (á quien todos en Ficóbriga conocían por el mote de Caifás), y la seductora hermosura de Gloria, había tanta distancia como de la miseria del mundo á la majestad de los cielos. El sacristán infló el pecho para echar fuera un suspiro tan grande como la Abadía, y acurrucándose en el suelo, dijo:

—¡Paciencia yo!... Pues qué, ¿queda todavía algo de paciencia en el mundo? Creí que yo me la había cogido toda... En verdad que si no fuera por las almas caritativas como la señorita Gloria, ¡qué sería de mí y de mis pobres hijos!

Los tres chicos de Mundideo parecían confirmar esta aseveración del padre, contemplando á la señorita de Lantigua con miradas fervorosas. Eran dos varones y una hembra pequeñuela. Esta, poseída de profunda admiración hacia la señorita, se acercaba tímidamente, y con sus deditos sucios, como hojas de rosa que han caído en el fango, tocaba los guantes de Gloria y los bordes de su sobrefalda, y hubiera tocado algo más, si el respeto no la contuviera. El mayor, Sildo, limpiaba el polvo de la tarima y de todo cuanto á Gloria rodeaba, mientras el segundo, Paco, cuidaba de poner en el mayor orden los hilos de la borla del quitasol que estaban cada uno por su lado.

Gloria sacó su portamonedas, diciendo:

—Esta semana no te he dado nada. Toma.

—¡Bendita sea la mano de Dios!...—exclamó José tomando seis moneditas de plata.—Ya veis, hijos, cómo Dios no nos abandona... ¡Ah! señor cura, señor cura, no todos tienen corazón de hierro como usted.

—¿Qué dices del cura?

—Señorita Gloria—repuso Caifás enjugando una lágrima con la manga de la camisa,—desde el primero de mes ya no comeré el amargo pan de la parroquia. El señor cura me despide.

—¿Te despide?

—Sí, dice que por mis escándalos... porque tengo muchas deudas y no las puedo pagar, porque soy un tramposo, un miserable, un desdichado... Y tiene razón. Yo no debo estar más en estos lugares sagrados. Soy un tramposo, estoy comido de deudas; tengo empeñada hasta la camisa en casa de la Cárcaba y debo á D. Juan Amarillo más de lo que peso... Iré pronto á la cárcel y después á presidio y después á la horca, que es lo que merezco.

—Por Dios, José, me estás asustando—dijo Gloria, acariciando á los chicos, que se habían echado á llorar, viendo llorar al padre.—Si es verdad lo que dices, eres un hombre de muy mala conducta.

—Yo no soy más que Caifás el estúpido, Caifás el feo, Caifás el idiota, como me llaman en Ficóbriga, y Caifás el desgraciado, como me llamo yo.

—Francisca me dijo que el domingo estabas borracho como una cuba en el prado de la Pesqueruela.

—¡Oh! sí, señorita Gloria; es verdad. Me emborraché... ¿cómo lo diré? Estuve dudando si echarme al mar ó emborracharme para dormir algunas horas, para olvidarme de que soy Caifás el horrible. El vino alegra ó adormece... ¡Sueño y alegría! ¡Qué cosas tan divinas para quien no las conoce nunca!

—No, no vengas con disculpas—dijo Gloria en tono de amable amonestación.—Tú no eres bueno; yo no creo que seas tan malo como dicen; pero ello es que tú no eres bueno. Verdad es que estás mal casado y que tu mujer es capáz de hacer pecar á un santo.

—¡Oh Dios mío, oh Virgen mía, oh señorita Gloria!—exclamó Caifás, demostrando en lo lastimero de su tono que la herida de su corazón había sido tocada.—¿Cómo ha de haber virtud al lado de esa mujer? ¡Si usted la viera cuando entra aquí de noche, con el carpancho tan sucio como su cara, y su cara tan dura como el carpancho, pintada toda con la almagre del mineral, que no parece sino que la han echado de sus cavernas los infiernos!... Como en el embarcadero beben que es un primor, siempre viene alegre, me pega, me quita el dinero, azota á los chicos, da gritos, y echa unos cantorrios que escandalizan al señor cura y á todos los vecinos. Ella, señorita Gloria, es la causa de que yo tenga mi casa por los suelos, de que todas mis ropas y alhajas y colchones hayan ido á parar á casa de la Cárcaba, de que jamás tenga un real, de que esté á punto de ser llevado á juicio por don Juan Amarillo, y echado de la sacristía por el señor cura... ¡Esta es mi situación, esta es la situación de Caifás, el dejado de la mano de Dios!... ¡de Caifás, el que se irá al Infierno por culpas ajenas!...

—Eres un majadero—dijo Gloria con enfado,—¿por qué te dejas dominar por esa harpía?

—Yo no me dejo dominar por ella. Anoche reñimos y le pegué. Pero, aunque quiera, ya no puedo salir del infierno en que me he metido. Como no puedo pagar mis trampas, me echan de la sacristía, y como me quedo sin pan, pediré limosna, iré á la cárcel... No, señorita Gloria, yo creo que Caifás el feo no puede seguir viviendo... Me dan unas ganas de echarme al mar... ¡Qué bien se debe estar allá en el fondo, en el fondo!...

—¡Infelíz!—exclamó Gloria conmovida.—Ya se te amparará. No desconfíes de Dios, José; no pienses en el suicidio, que es el mayor de los pecados.

—Cuando usted me dice que tenga confianza, casi la tengo; cuando la veo á usted, parece que me sale de dentro un no sé qué... me siento más fuerte contra la desgracia... Dios debe de ser muy poderoso, cuando la ha hecho á usted, señorita Gloria... Mi vida es negra y obscura como este ataud. Usted pasa, me mira y parece que de esta caja salen flores. Sí, señorita mía, delante de usted yo soy otro... Adoro á la doncella celestial que me ha socorrido tantas, tantísimas veces, á la que me sacó de la enfermedad que tuve el año pasado, á la que no ha permitido que mis hijos anden desnudos, á la que se ha dignado consolarme, honrando mi humilde morada, á la única persona que me ha dicho: «Caifás, tú no eres tan malo como dicen. Confía en Dios y espera.»

—Eres tonto. ¿Eso qué significa?

—Significa que usted es un ángel... ¡Ay! si se me presentara ocasión de mostrarle mi agradecimiento... ¿Pero yo qué puedo si soy como un guijarro de las calles, á quien todo el mundo da con el pié?

—Vamos, no te acuerdes de mis beneficios, que no valen nada—dijo Gloria con impaciencia, mirando al cielo á ver si había concluído de llover.

—¿Que no me acuerde? ¿Que no me acuerde de quien me da el pan de cada día? No la aparto á usted del pensamiento á ninguna hora, y creo que antes que olvidar á mi ángel tutelar, me olvidaré de mí mismo y de la salvación de mi alma. Me parece que veo en todas partes á mi Divina Pastora. Anoche, señorita Gloria, soñé con usted.

—¿Conmigo?—dijo Gloria sonriendo.—¿Qué soñaste?

—Una cosa triste, pero muy triste.

—¿Que me moría?

—No: que me había olvidado usted á mí y á mis pobres hijos y ya no nos hacía caso.

—Es particular. ¿Y por qué os olvidaba yo?

—Porque estaba usted enamorada.

Gloria se sonrojó, poniéndose seria.

—Sí: soñé que había venido un hombre.

—¡Un hombre!

—Es claro. ¿Pues á quién podía querer usted sino á un hombre?... Yo le veía, y me parece que le estoy viendo.

—¿Cómo era?—preguntó Gloria sonriendo.

—Era... ¿cómo decirlo?... un hombre horrible, espantoso...

—¡Jesús!

—No, entendámonos... no era horrible de cara, sino al contrario, tan hermoso, que no hay otro semblante que pueda comparársele sino el de Nuestro Señor Jesucristo.

—Entonces, ¿por qué te espantaba?—preguntó Gloria prestando á aquella trivialidad más atención de la que merecía.

—Porque se la llevaba á usted lejos, muy lejos—dijo Caifás con el énfasis de un artista muy poseído de su asunto.

—Caifás, no me marees con esos novios horribles y guapos y que llevan muy lejos.

—Yo soñé que había venido volando por los aires, y que caía del cielo como un rayo.

—Vamos, calla. Me voy á destemplar otra vez. Esta tarde he estado muy nerviosa en la Iglesia; José, tuve mucho miedo.

Gloria se levantó.

—¿Sabes—dijo después de mirar al cielo,—que la tempestad no cesa? Extraño mucho que de mi casa no me hayan mandado á buscar.

—Es particular—indicó Caifás,—¿quiere la señorita que avise?

—No, ya vendrán. Papá querrá mandarme el coche, y estarán enganchándolo... Pero ahora me acuerdo de que una de las mulas se ha puesto mala ayer... Al menos ha podido venir Roque con un paraguas.

—Yo tengo uno que está roto—dijo Mundideo;—pero algo tapa. ¿Quiérelo la señorita?

—No, esperaré. Han de venir.

Como pasase algún tiempo, Gloria se impacientó mucho.

—Pues estoy con gran cuidado. Anochece, y nadie viene á buscarme. ¿Habrá pasado algo en mi casa?

—¿Quiere la señorita marcharse? Vamos allá. Parece que ahora llueve menos.

—Sí, el temporal cede. Vámonos. Aprovechemos este claro. ¡Cómo estarán esas calles!

—La distancia es corta.

Caifás sacó de detrás de San Pedro un paraguas rojo, y lo abrió dentro de la casa para enterarse de su estado. No era pieza, en verdad, de consolador aspecto para un día de temporal. La tela huía de las puntas de las varillas, dejándolas descubiertas, y los descosidos paños se recogían hacia dentro, plegándose como las hojas de una flor marchita.

XVI

Ya llegó.

—Está bueno—dijo animosamente Gloria.—Vamos.

Después de dar á los chicos todos los cuartos que llevaba, la señorita y el sacristán salieron. Gloria se recogía el vestido, Caifás ponía cuidadosamente el paraguas de modo que su Divina Pastora se mojase lo menos posible, y le indicaba los charcos del camino y las piedras salientes donde debía poner el pié.

—Estoy con cuidado—repitió Gloria.—¿Qué sucederá en mi casa?

Cerca de la Abadía y á mayor altura que ella, contenido por grueso muro de mampostería sobre la calle de la Poterna, estaba el cementerio de Ficóbriga. Gloria nunca pasaba por allí sin sentir religiosa emoción.

—¡Qué mala noche para mis pobres hermanitos, Caifás!—dijo.

—Ellos no tendrán frío como nosotros—repuso el sacristán.

—Es verdad; pero somos tan materiales, estamos tan apegados á la tierra, que no podemos pensar nada del alma si no lo referimos al cuerpo.

Sopló de súbito otra racha del Noroeste tan fuerte, que los dos viajeros tuvieron que detenerse. A Caifás se le volvió el paraguas del revés, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para defenderlo del viento que quería arrancárselo de las manos. Una rama arrastrada por el huracán pasó rozando el rostro de Gloria. Después la lluvia les azotó á entrambos con furia.

—¡Jesús, Dios nos favorezca!—exclamó.

Lívida claridad iluminó á Ficóbriga, y Gloria vió una cinta de fuego bajar culebreando hasta los techos de la villa, á punto que el trueno retumbaba en los altos cielos llenos de agua.

—¡Un rayo!—gritó con angustia.—Caifás... ¿no te parece que ha caído en mi casa?

Detúvose espantada y sin aliento mirando hacia Oriente; mas en la negrura de la noche no se distinguían con precisión los edificios.

—Por allá parece que cayó... pero mucho más lejos. No tenga la señorita cuidado; ha caído en la ría.

—Corramos, Caifás; me he quedado muerta. ¡Dios mío, qué nerviosa estoy esta noche! Juraría que el rayo cayó sobre mi casa.

—Es el hombre que ha bajado del cielo—dijo Mundideo riendo;—el hombre con quien yo soñé.

—Tú estás borracho... Por Dios, José, ¿querrás callar?... Mira que estoy muy excitada esta noche. Me haces daño.

—Pues callo.

—Aprieta el paso... Vaya, al fin estamos cerca. Veo luz en la ventana del cuarto de papá. Parece que todo está tranquilo.

La noche era obscurísima; mas no tanto que no se viese perfectamente la superficie de un gran charco que las aguas habían formado en la plazoleta frente á la casa de Lantigua.

—Bonito está esto, Caifás. Si es un lago la plaza...

—Yo pasaré á la señorita en brazos—dijo Caifás disponiéndose á hacer lo que decía.

—No, no es preciso. Por aquí, por el callejón se puede pasar á la casa vieja. Me parece que está abierta la portalada.

Ya hemos dicho que el palacio de Lantigua lo componían dos casas, la vieja morada solariega de los primeros Lantiguas y la moderna que fabricó el indiano y que fué heredada por D. Juan. Ambos edificios estaban unidos exterior é interiormente, pero la vieja no tenía sino un par de piezas habitables. Lo demás destinóse á granero y almacén. En la planta baja había un hermoso establo y las cocheras. Por la portalada de la casa antigua entró Gloria, después de dar las gracias á Mundideo por su compañía.

Subió rápidamente la escalera vieja, atravesó el largo corredor desierto y entró en una vasta pieza que servía para conservar frutas en cuelga, y contenía sacos vacíos, arcas y otros objetos. De allí se pasaba á otra pieza amueblada que servía de comunicación con la casa nueva. Gloria empujó la puerta y al pronto sorprendióse mucho de ver luz allí donde no habitaba nadie. Entró y miró á todos lados, quedándose atónita y sin habla por breves momentos. Allí había un hombre.

Estaba tendido en la cama y cubierto con gruesas mantas, á excepción de la cabeza. Sobre la cercana mesa había una luz. La señorita dió algunos pasos hacia el lecho, y vió un rostro lívido y dolorido, con algunas manchas amoratadas como de golpes, entreabierta la boca, cerrados los ojos, ligeramente fruncido el ceño, húmedo el pelo. El perfil de aquella cara era perfecto, la frente hermosísima, entre obscuros cabellos desordenados. De las cejas rectas ligeramente arqueadas hacia la sién, partía la naríz aguileña, fina, intachable, como cortada por diestro cincel. Bigote castaño y barba del mismo color, un poco puntiaguda y ligeramente bifurcada en su extremidad, remataban dignamente un rostro que era de los más acabados que pueden imaginarse. Gloria, en aquel breve instante de observación, hizo un paralelo rápido entre la cabeza que tenía delante y la del Señor que estaba en la Abadía, dentro de la urna de cristal y cubierto con blanquísimas sábanas de la más fina holanda.

Pero no había tenido tiempo de hacer deducción alguna cuando se abrió la puerta que comunicaba con la casa nueva, y aparecieron D. Angel y D. Juan. Andaban con cuidado para no hacer ruído.

—¡Oh! ¿Ya estás aquí?—dijo D. Juan.—¿Por dónde has entrado?

—Por la portalada.

—Hija, no mandé á buscarte porque no hemos tenido un punto de reposo. Ya ves.

Don Juan señalaba al hombre.

—Nos hemos llevado un rato, hija...—dijo el obispo con orgullo.—Pero por bien empleado. Hemos realizado un acto heróico.

Gloria preguntaba con la mirada.

—Ahí lo tienes, ahí tienes á un desgraciado joven á quien acabamos de salvar del furor de las olas. ¡Qué satisfacción tan pura!

—Pero no hagamos ruído—murmuró don Juan.—El médico ha dicho que no hay ya cuidado; pero que se le deje descansar.

—¿Y quién es?—preguntó Gloria.

—Es... el prójimo. ¿Qué nos importa? ¡Bendito sea Dios que nos ha permitido hacer esta obra de caridad!

—Si no es por D. Silvestre...

—¿Don Silvestre le sacó?

—De en medio de las olas, hijita. Todavía estoy conmovido. ¡Qué tarde hemos pasado! Pero triunfamos de los elementos, y todos se salvaron. Los pobres náufragos están repartidos por las casas de Ficóbriga, y á nosotros nos ha tocado éste... Pero estás hecha una sopa, hija. Ve á mudarte de vestido.

El hombre se movió entonces, y dijo algunas palabras en lengua que ninguno de los presentes entendió.

XVII

El vapor «Plantagenet.»

Retrocedamos unas cuantas horas.

Después que Su Ilustrísima, bajando de paseo á la playa, dijo aquellas palabras: «¡pobres marineros, pobres navegantes!» siguieron andando á toda prisa para guarecerse en la casilla del resguardo. Todos deploraban el chasco, y aunque D. Angel reía para animar á los demás, antes se oían quejas que felicitaciones en el grupo. El grave doctor López Sedeño tuvo la mala suerte de meter su pié derecho en barro hasta la pantorrilla, con lo que todos recibieron gran disgusto. Por fin llegaron á la casilla del resguardo, que fué como tocar la tierra después de un largo viaje por entre escollos y tormentas.

—Es cosa de cantar un _Te Deum_—dijo Romero sacudiéndose la ropa.

Don Angel, tomando asiento en un barril vacío que le presentaron, repitió:

—¡Pobres marineros!

En el mismo instante oyóse un cañonazo. Era un buque que pedía auxilio. Miraron todos, y entre la bruma del mar vieron un fantasma que elevaba sus brazos al cielo con desesperación, vomitando humo.

—¡Un vapor, un vapor!—gritaron todos.

En el embarcadero, reuniéronse al punto muchos marinos y pescadores.

—¡Se estrella contra Los Camellos!

A la izquierda de la boca de la ría había una serie de rocas que se mostraban completamente en marea baja, y en la pleamar eran indicadas por movibles espumarajos del agua. Uno de los peñascos tenía forma parecida á un camello, y de aquí vino el nombre dado á todo el arrecife.

—¡Jesucristo les ampare! ¡Pobres marinos!—exclamó el obispo, asomándose también á la puerta. ¿Conocen ustedes ese barco?

—Es inglés—indicó un marinero.

—Ya; es el _Plantagenet_—dijo un forastero de los que á la sazón se guarecían allí.—Le he visto la semana pasada atracado en los muelles de Manzanedo descargando carriles.

—¿Y se perderá, se perderá?—preguntaron con ansiedad D. Juan, D. Angel y los demás de la partida.

—Debe de haber perdido el timón, y no puede gobernar—dijo un robusto y hermoso marinero, que vestía grueso camisón de lona, pantalones recogidos dejando ver toda la pierna desnuda, y cubría su varonil cabeza de Neptuno con un _sueste_ de hule que por todos sus bordes despedía el agua.

—¡Pero se ahogará esa pobre gente!—exclamó con terror el Sr. de Lantigua.—Germán, es preciso hacer un esfuerzo.

—Señor, es ir á buscar la muerte, señor—repuso Germán llevando la mano á la delantera del _sueste_.

El _Plantagenet_, mientras de este modo se discutía sobre su suerte, se acercaba más á Los Camellos. Arrojaba el vapor silbando con verdadera rabia, como lanza su grito el animal herido que presiente la muerte. Era un buque pesado y sin elegancia, como nave de carga. Su casco parecía un almacén negro, y su arboladura sin garbo ni esbeltéz consistía en tres palos con escaso cordaje. Tenía dos vergas en el palo de trinquete, y en el de mesana, que era pequeñísimo, flotaba un girón rojo, ennegrecido por el humo, en cuyas aspas podían reconocerse las insignias de la Gran Bretaña. La proa vertical se alzaba desmesuradamente, mostrando hasta el último número de las medidas de flotación y las planchas rojas de hierro mal pintado. Daba grandes tumbos á babor y estribor, mostrando ora la horrible panza, ora la cubierta en desorden, negra y húmeda, las escotillas, el mamparo de la máquina, el puente y la chimenea negra, con dos anillos blancos y una T, emblema de la casa _Taylor and Co_, de Swansea, poseedora de treinta y dos buques de carga y pasaje.

El pobre barco inspiraba esa compasión hondamente patética que acompaña al espectáculo de los grandes peligros. Se le veía forcejear con las olas tratando de gobernarse con la hélice para huir de los escollos, y su figura tomaba la especial fisonomía que adquiere todo lo que interesa, personificándose á los ojos de los que están en salvo. No era un buque, sino un hombre, un pobre nadador que luchaba con la resaca; se le veía romper las olas con la dura cabeza, y sacarla fuera para respirar por los dos agujeros llamados _escobenes_, abiertos á manera de narices. La hélice trabajaba con frenesí, tornillando el agua y sacando hirvientes virutas de espuma. Tragaba el casco inmensos sorbos de agua y al tumbarse los arrojaba en catarata por los portalones, sin cesar de dirigir al cielo su espantosa imprecación en forma de humo densísimo y de rugiente vapor blanco y rabioso como el chorro de la ballena herida.

—A los condenados ingleses—observó Germán,—les pasa esto por borrachos. Sabe Dios los cuartillos de aguardiente que tendrá á estas horas en el buche el capitán.

—No digáis desatinos, hijos míos—manifestó con angustia el señor obispo,—y ved si podéis salvar á esos desgraciados.

Germán puso un gesto que daba miedo.

—Ese buque venía á nuestro puerto—dijo el prelado, buscando todos los medios para interesar á los rudos marineros ficobrigenses,—con el fin de traernos riquezas, mercancías, dinero, trabajo.

—Perdone Su Ilustrísima—gruñó uno de los presentes.—El _Plantagenet_ no puede entrar en esta ría. No es sino que pasaba para Levante, se sintió con averías y quiso guarecerse en el abra de Ficóbriga, aguantándose á máquina. Pero se le rompió el timón, y ya ve Su Ilustrísima... Dentro de dos horas no quedará nada.

—Sí, ya veo que el buque no puede salvarse; pero la tripulación, la tripulación...