Part 3
«Que ponga usted bien esos manteles, tío...» «Allá voy, hijita, y no seas tan viva de genio...» «¿Qué tal? ¿Está ya frita la merluza?...» «Divinamente; como que me están dando ganas de comérmela...» «Vaya, lave usted esos platos, mientras yo limpio los cuchillos, pronto...» «Pues manos á la obra...» «Todo está preparado: que entren las señoras...» «Pues allá van las señoras...» «Música, tío, música...» «Pues allá va la música... Ton, torontón...» Al coloquio de las dos voces igualmente infantiles, aunque de distinto tono, sucedía entonces musical murmullo, al modo de himno de Riego ó marcha real, acompañada de golpecitos sobre la mesa, dados con las patitas de palo de una muñeca.
En aquellos solitarios diálogos dentro de una estancia donde ningún extraño podía penetrar, no se oía nada teológico; pero á veces caían boca arriba las figurillas; olvidábase todo, cacerolas, visitas, cocina, sofás, ceremonias; Gloria fijaba sus ojos en el placentero semblante de su tío; preguntábale cómo era el Cielo, y entonces el ángel y el santo empezaban á hablar de ello con tanto fervor como los desterrados hablan de la patria.
Más tarde, años adelante, cuando Gloria, disputando con su padre, comenzaba á dar las muestras de precocidad que hemos expuesto, D. Angel se reía de tan buena gana, que era cosa de seguir disparatando para gozar en su alegría. El obispo se cercioraba frecuentemente (y esto con la mayor seriedad) de la ortodoxia de su sobrina, y en punto tan delicado jamás tuvo ocasión de censura, antes al contrario, de grandes alabanzas y de que el inmenso amor que le tenía se aumentase.
Aquí punto.
VIII
Un pretendiente.
Estalló, como he dicho, el cohete en los aires, y casi en el mismo instante resonaron las campanas de la Abadía, mezclándose el agudo son de la esquila con la hueca salmodia del fabordón, para anunciar á los habitantes de Ficóbriga el felíz suceso. Salieron todos á la calle; abandonaron la playa marineros y calafates; de los campos acudieron labriegos y pastores; afluyó de una y otra parte enjambre de chiquillos; todos los funcionarios municipales aparecieron de gran etiqueta, y ninguna persona quedó en su casa. La cariñosa manifestación provenía de que los Lantiguas eran muy queridos en la localidad, especialmente el D. Angel.
De todas las personas importantes que salieron al encuentro de su Ilustrísima, el más apresurado fué D. Silvestre Romero, cura de la villa. Siguióle correteando, según se lo permitían sus piernecitas, el llamado D. Juan Amarillo, varón pálido y rico, que no llevaba tal apellido, por ser, como era, el usurero de la comarca, sino porque lo heredó de sus dignos padres. Fué también el boticario, industrial ingeniosísimo que iba en camino de ser rico, y no se quedó atrás, sino que fué de los primeros en correr al camino, abrochándose el recién puesto y de antiguo raído pantalón. D. Bartolomé Barrabás, el liberalote del país, exdómine con puntas de filósofo, ogaño maestro de escuela, con pespuntes de hombre político, y aun de orador y también de periodista. Siguiéronle varios indianos, paso á paso, marchando con gravedad y compostura, porque hombres que habían pasado toda su vida trabajando no podían igualarse á los chicos de las calles ni á los holgazanes, como D. Bartolomé Barrabás. Iban acompañados de sus sombreros de pelo, para tan alta ocasión sacados de las sombrereras, y también de sus paraguas, que desafiaban á las nubes.
Cuando D. Angel llegó á las primeras casas del pueblo, se bajó del coche para abrazar á su hermano y sobrina. Exclamación inmensa, como el bramido del mar irritado, le saludó. De entre aquel tumulto de entusiasmo saltaron al aire gorras y sombreros. Los paraguas de los indianos, cual aves majestuosas, desplegaron sus alas negras para recibir unas cuantas gotas que á la sazón caían. Abalanzóse el gentío hacia Su Ilustrísima para besarle el anillo, y muy difícil le fué á D. Angel llegar á la Abadía para orar breve rato. De la Abadía á la casa continuaron las apreturas, y fué preciso que la autoridad municipal, siempre vigilante en lo que al buen orden de los pueblos se refiere, interviniese para apartar á un lado y otro á la pegajosa muchedumbre.
Cuando el prelado entró en la casa, quiso orar también un rato en la capillita de ésta; pero le advirtió su hermano que estaba fuera de uso por hallarse en reparación. En la sala baja, el prelado conversó un rato con las eminencias ficobrigenses que habían salido á recibirle.
En la casa había gran movimiento de personas que iban de aquí para allí, y subían y bajaban. Gloria se dirigía precipitadamente á la escalera para subir á dar ciertas órdenes, cuando encaró con un joven. Ambos sonrieron; ella con sorpresa, él con alegría.
El señor obispo había traído consigo á tres personas, dos del orden sacerdotal y un láico.
El láico era un joven como de treinta años muy cumplidos, delgado y rubio, de ojos obscuros acompañados de sutilísimas gafas de oro, cejas muy arqueadas como curva de puente antiguo, barba abundante y azafranada, fisonomía inteligente y porte caballeroso y hasta cierto punto elegante. Eran fáciles sus maneras y su habla un poco campanuda, como de quien gusta de oirse y se ha oído mucho en estrados, en las Cortes ó en las varias academias de mancebos aprovechados que hay en Madrid. Nada había en su persona de asacristanado ó frailuno, como pudiera creerse al verle venir en compañía de clérigos.
Este personaje fué el que encaró con Gloria en el primer peldaño de la escalera, inmutándose un poco al verla.
—¡Cómo! ¿usted por aquí, Rafael? ¿Ha venido usted con mi tío?—le preguntó la señorita, después del primer saludo.
—He venido con Su Ilustrísima; pero me quedé un poco atrás, porque nuestro coche se detuvo en la cuesta—repuso el mancebo estrechando la mano á la joven.—Ya sé que todos están buenos. El Sr. D. Juan hecho un mozalvete. Usted siempre tan linda...
—Yo creí que usted no saldría de Madrid. Como ahora están las cosas tan enredadas por allá...
—Por allá y por aquí y por todos lados... No sé á dónde irá á parar el mundo. Yo he venido á Ficóbriga para cierto asunto de elecciones y también para uno mío... Ya se lo dirá á usted D. Juan. He venido en el mismo tren que Su Ilustrísima, que después me ofreció su coche y hospitalidad en su casa. No la he aceptado por no molestar. Además tengo compromiso con mi íntimo amigo el señor cura para vivir con él unos días.
—¿Estará usted mucho tiempo por aquí?
—Me estaría toda la vida—dijo el joven con evidentes señales de debilidad amorosa en su grave semblante, y arqueando las cejas de un modo excesivo, hasta ponerlas en mitad de la frente.—El mes pasado la ví á usted por última vez en casa de su tía... ¡Qué pícara! ¡Dejarnos en tal soledad...! ¿Se acuerda usted de lo que hablamos allí la última noche de tertulia?
Gloria se echó á reir.
—Dos días después fuí á casa de mi amiga. El pájaro había volado. Ficóbriga y siempre Ficóbriga. Aborrezco á este pueblo.
—¡Aborrece á este pueblo!
—No, ahora no—respondió con viveza el de las gafas.—Es un paraíso este lugar. Por desgracia el asunto de las elecciones me entretendrá poco más de dos semanas... ¡Qué dulce es vivir aquí, tan cerca de usted, Gloria!... Parece un sueño, y sin embargo, es verdad... ¡Verla á usted todos los días, á todas horas...!
—El honor es para nosotros, Sr. del Horro. Pero dispénseme usted... Voy á mandar que bajen los azucarillos... ¡Francisca, pero Francisca!...
IX
Recepción, discurso, presentación.
El joven entró en la casa. Estaban allí además de los dos hermanos Lantigua, el doctor López Sedeño, secretario de Su Ilustrísima, el paje del mismo, D. Juan Amarillo, el cura y el alcalde de Ficóbriga, los tres indianos y D. Bartolomé Barrabás, que á pesar de la firmeza de sus ideas republicanas, no vacilaba en tributar respetuoso homenaje á la principal gloria de Ficóbriga, aunque tal gloria estuviese representada en un príncipe de la Iglesia.
El cura de Ficóbriga, D. Silvestre Romero, que era un hombre proceroso, fornido, de fisonomía dura y sensual como la de un emperador romano, pero muy simpático y francote, dió comienzo, no sin turbación, á un discurso que preparado llevaba, y del cual la historia, muy negligente en esto, apenas conserva algunos párrafos.
—Todos los habitantes de esta humilde villa—dijo,—sienten la más viva alegría al ver á Usía Ilustrísima en el seno de esta humilde villa, y esperan que la presencia de Usía Ilustrísima en esta humilde y honrada villa sea anuncio felicísimo de paz, origen de concordia, y señal de bienes sin cuento...
Y más adelante, cuando se serenó un poco, y pudo con desembarazo echar fuera los pensamientos que traía almacenados en su mente, agregó esto:
—¡Benditos nosotros que vivimos ausentes de los escándalos que pasan allá donde la corrupción y la irregularidad tienen su asiento! Lo que llega á nuestros oídos nos hace estremecer. El Sr. D. Juan profetizó en aquel su célebre discurso los fuegos de Nínive, y los fuegos de Nínive que ya cayeron sobre Francia, caerán también sobre la católica España y la abrasarán y podrá decirse de ella: «Pereció su memoria con el sonido» _periit memoria ejus cum sonitu_.
Y después:
—Antes se había entibiado la religiosidad; pero ahora se ha perdido por completo en la mayor parte de las personas, y las que aún saben dirigir sus almas al cielo, se ven perseguidas, amenazadas por la caterva brutal de filósofos y revolucionarios. Los hombres que gobiernan al país predican públicamente el ateísmo, se burlan de los Santos Misterios, insultan á la Virgen María, denigran á Jesucristo, llaman bobos á los Santos, y mandan demoler las Iglesias y profanar los altares. Los ministros del Señor hállanse hoy en la condición más precaria: se les trata peor que á los ladrones y asesinos: el culto sin decoro ni magnificencia, á causa de la general pobreza de la Iglesia, entristece el ánimo. Los hombres no piensan más que en reunir dinero, en reñir los unos con los otros y en disputarse el gobierno de las naciones, que al dejar de ser guiadas por la política cristiana y único gobierno posible, que es el de Cristo, marchan con paso ligero á su disolución y total ruína.
Don Silvestre no quitaba los ojos, mientras hablaba, de D. Juan de Lantigua, como preguntándole: «¿Qué tal lo hago?» Pero el insigne jurisconsulto fué la única persona que no se mostró entusiasmada con el discurso del cura, sin duda por no creerlo ni nuevo ni oportuno; que todas las ocasiones no son propias para decir verdades. El doctor Sedeño, que era un poco enfático, dijo también algo coruscante sobre la ruindad de los tiempos; pero á pesar de su mérito no ha llegado el texto á nuestras manos.
—Malos son los tiempos—dijo Su Ilustrísima, dirigiéndose principalmente al cura y á Barrabás, que muy azorado no decía palabra;—pero Dios no abandonará á los suyos en medio de la tempestad que se acerca, ni faltará un arca para los que viven en él. Oremos sinceramente, señores; la oración es antídoto celeste contra la epidemia del pecado que por todas partes nos rodea; oremos por nosotros, y por los que cierran sus oídos á la voz de Dios y sus ojos á la luz de la verdad. Fervor y piedad constantes en los que creen pueden atraer sobre la tierra especiales favores del cielo. _Te, domine, custodies nos a generatione hac in æternum._ «Tú, Señor, nos salvarás y nos guardarás de esta generación para siempre.»
Al llegar aquí, el prelado fijó sus ojos con expresión de gran benevolencia en el joven seglar que había traído consigo y presentándole á sus amigos, habló así:
—Aquí está nuestro heróico joven, nuestro valiente soldado. Señores y amigos míos, saluden ustedes al benemérito campeón de los buenos principios, de las creencias religiosas, de la Iglesia católica, y al perseguidor del filosofismo, del ateísmo, de las irreverencias revolucionarias. ¡Gloria á la juventud creyente, fervorosa, llena de fe y de amor al catolicismo!
Don Rafael del Horro, inclinándose con modestia, balbució algunas palabras en protesta de aquellos elogios.
—Cuando la juventud—añadió el prelado,—se entrega á los vicios de la inteligencia y se corrompe con perniciosas lecturas, este joven aspira al honroso nombre de soldado de Cristo. La Iglesia pelea allí donde la provocan al combate. ¡Ah, señores! No es vana cortesanía lo que sale de mis labios, sino admiración por su valiente espíritu, por su animosa decisión en pro de la combatida Iglesia, por la constancia con que persigue, acosa y anonada la pícara fracmasonería y el materialismo, por su elocuencia y su enérgico estilo literario, prendas todas que han sido armas poderosas de la causa de Dios en el período que acaba de pasar...
—¡Ah!—exclamó D. Juan Amarillo, haciendo un saludo pomposo,—ya sabemos que el señor es un gran orador y un gran periodista.
Don Silvestre Romero abrazó con efusión á Rafael del Horro. Eran antiguos amigotes, y en cierta ocasión, como el joven orador y publicista necesitase un buen corresponsal en Ficóbriga, brindóse á desempeñar este cargo el cura, enviando unas cartas muy saladas que no dejaban nada que desear.
Mientras duraron las felicitaciones, don Bartolomé Barrabás, que era el demagogo de la localidad, no se atrevió á decir una palabra en pro de sus perversas doctrinas, y aunque el cura y Amarillo dejaron caer alguna punzante cuchufleta sobre la persona del filósofo de aldea, este no creyó prudente empuñar las bien afiladas armas de su dialéctica en aquella ocasión. El respeto á D. Angel ponía una mordaza en sus labios. Y tan bien pagó el noble prelado esta prudencia, que como D. Silvestre aludiera claramente al demagogo, diciendo que también Ficóbriga estaba tocada de pestilencia, habló de esta manera:
—No me toquen á D. Bartolomé, que espero convertirle, puesto que su corazón es bueno, y estos desvaríos no perderán su alma, si llegamos á tiempo.
Barrabás se inclinó dando las gracias. Por decir algo, dijo:
—Y según la prensa, el Sr. D. Rafael del Horro viene á trabajar en las elecciones.
—Viene á trabajar y á triunfar—repuso con desenfado el cura,—no pasará como la otra vez, cuando por nuestra negligencia y descuido se nos pusieron éstos encima.
Y luégo, amenazando á Barrabás con la derecha mano, añadió:
—Ahora se dirá: _Exurgat Deus et dissipentur inimici ejus, et fugiant... Sicut fluit cera á facie ignis, sic periant pecatores á facie Dei._ «Levántese Dios y sean dispersos sus enemigos, y huyan... Como se derrite la cera delante del fuego, así perezcan los pecadores delante de Dios.»
Repitiendo el gesto de amenaza, D. Bartolomé dijo riendo:
—Iremos á votar.
El demagogo no estaba en la lista de los convidados de aquel día; pero D. Angel le rogó que se quedase, lo que en extremo agradeció Barrabás. Al mismo tiempo D. Juan de Lantigua gritaba desde la puerta:
—Gloria, Gloria, hija mía; ¿pero no se come hoy en esta casa?
X
D. Angel de Lantigua, obispo de ***.
El obispo parecía un niño grande. Su cara redonda, sonrosada y siempre risueña, se destacaba entre la ampulosa envoltura episcopal y bajo el sombrero verde, respirando profundo gozo de espíritu, benevolencia, paz completa con la conciencia y relaciones perfectas con Dios. Era hombre que por natural impulso de su sano corazón se inclinaba á suponer lo bueno en todo. Sus estudios, su experiencia, su confesonario le enseñaban que hay malvados en el mundo; pero siempre que hablaba con alguien, decía para sí: «¡Qué buena persona, qué excelente sujeto!»
Como una luz alumbra cuanto la rodea, así su corazón proyectaba las claridades de la bondad sobre los que se le acercaban. Era incapáz de tener un mal pensamiento acerca de individuos conocidos, y cuando oía hablar de las picardías de alguien, no omitía decir cualquier palabra en su defensa. Su inteligencia era quizás inferior á la de su egregio hermano don Juan, pero le ganaba en verdadera piedad y en dulzura de sentimientos; y aunque tocante á materias dogmáticas profesaba la doctrina de la intolerancia en el verdadero sentido teológico no en el vulgar de esta manoseada palabra, la viva compasión que sentía hacia los errores de nuestros contemporáneos parecía atenuar el rigor de sus ideas. Se ignora lo que D. Angel habría hecho si hubiera tenido en el hueco de la mano á la pecadora sociedad presente. En cuanto á D. Juan, es seguro que la habría echado al fuego, quedándose después con la conciencia, no sólo tranquila, sino satisfecha de haber realizado el bien.
En las prácticas religiosas era D. Angel intachable. No se le podía tildar ni de flaqueza ni de exceso de celo. Jamás desmayó en sus deberes de prelado: jamás extremó la letra á expensas del espíritu. En sus ratos de vagar, recreaba el ánimo con piadosas lecturas, y aborrecía los periódicos de cualquier partido que fuesen. En Ficóbriga, como los médicos le ordenasen una vida tranquila y que huyese de lecturas taciturnas y mentales trabajos, gustaba de pasear por el jardín, contemplando las muchas y bellas flores, y oyendo las explicaciones de su sobrina acerca del tiempo y condiciones en que cada una se criaba. Gustaba también de pasear por el pueblo hacia la mar, bajando casi siempre á la playa y al muelle, y deteniéndose infaliblemente á ver llegar las lanchas pescadoras, cuya vuelta al abrigo le producía inefable sensación de placer y asombro de la bondad infinita de Dios. Sus ojos las buscaban en el horizonte, las seguían por la superficie del mar, y cuando atracaban, tenía gozo especial en ver desembarcar la sardina, la merluza y el besugo. Siempre le causaba admiración que trajesen tantos peces, y decía á los marineros: «Creí que no quedaba más, después de lo que trajísteis ayer. ¡Bendito sea Dios que no deja morir á los pobres!»
Le agradaba la música, cualquiera que fuese, sin distinción de escuelas. No entendía de buena ó mala música. Para él toda era buena, y siempre que su sobrina tocaba el piano, oíala con placer, y aun con cierto respeto, porque aquel precipitado correr de los dedos sobre las teclas, le parecía el colmo de las habilidades humanas. Pegábansele al oído aquellos ritmos, y por las mañanas, cuando bajaba al jardín, después de decir misa en la Abadía ó en la capilla, solía tararear entre dientes algún cantorrio sin principio ni fin. Pero su principal gusto consistía en departir con su sobrina sobre cualquier materia sagrada ó profana. Autorizábala benévolamente para decir cuanto se le antojara: le preguntaba mil cosas frívolas que de ningún modo podían interesarle, y hacía comentarios sobre los diversos sucesos que ocurrían en Ficóbriga, pues también allí había sucesos.
Tenía en tanto aprecio á su secretario el doctor López Sedeño, que en ninguna cosa grave ponía mano sin consultarle, por ser Sedeño teólogo eminente y gran sabedor de cánones; pero de algún tiempo acá se había dado el secretario con exceso á los negocios políticos, y leía con afán los periódicos y aun escribía algo en ellos. Si al principio desagradó esto á D. Angel, pronto se fué acostumbrando, y acabó por alabarlo, considerando que los tiempos exigían tomar las armas. No faltaron maliciosos que en las antesalas del palacio episcopal de *** murmuraron de la excesiva preponderancia del doctor Sedeño en los consejos de Su Ilustrísima, y hubo quien, por mote, llamó al leal servidor y amigo _le petit Antonelli_. Pero de estos detalles, que quizás fueran malignidades, no nos ocuparemos aquí. Otros decían que Sedeño era muy soberbio y aspiraba al episcopado de ***, cuando fuese trasladado D. Angel, como se anunciaba, á la metropolitana de S, y recibiera el capelo. Nosotros lo ignoramos y cerramos los oídos á los chismes capitulares.
Sólo sabemos que D. Angel era amado con delirio por sus diocesanos, lo mismo que por sus compatriotas los de Ficóbriga; que su corazón estaba limpio de ambiciones; que si tomaba con mucho calor la perversidad de los tiempos, era sólo atendiendo á lo espiritual. Gran cariño tenía á Rafael del Horro, joven espada de la Iglesia, diputado, una especie de apóstol láico, defensor enérgico del catolicismo y de los derechos eclesiásticos. Sin embargo, cuando por el tren le habló el ardiente joven del negocio de la elección, Su Ilustrísima le dijo:
—Creo que mis paisanos le votarán á usted, porque son buenos católicos, y darán fuerza á los defensores de la Iglesia; pero no me pida usted que les hable de este negocio. Allá se las entienda con su amigo D. Silvestre, que es, según dicen, un águila para esto de elecciones, pues las que él ha dirigido dejaron fama en todo el país.
Este fué un punto en que ni el mismo doctor Sedeño, con ser _le petit Antonelli_, pudo hacer variar la inquebrantable resolución del prelado. Tampoco quiso éste intervenir en otro asuntillo que traía á Ficóbriga Rafael del Horro, y lo encomendó por entero al cuidado de su hermano D. Juan, como se verá en el capítulo siguiente.
XI
Un asunto grave.
Rafael del Horro vivía en casa del cura, y todos los días, bien al almuerzo, bien á la comida, se personaba en casa de Lantigua, llevado del afán de hablar con Gloria. Una mañana, antes de que el aguerrido campeón de Jesucristo pareciese por la casa, D. Angel, que acababa de llegar con Gloria de la Abadía, donde había celebrado la misa, dijo á ésta:
—Tu padre está en el jardín y quiere hablarte; ve.
Gloria corrió al jardín, donde estaba don Juan en pié, con las manos á la espalda, inspeccionando los materiales que habían traído para componer la capilla. Fueron ambos á sentarse en un apartado y umbroso sitio que abrigaban corpulentas magnolias y otros árboles. Un sol tibio calentaba el jardín, convocando en el espeso verdor de éste á toda la república de pájaros vecinos que entraban y salían por diversas partes jugando y charlando. D. Juan miró con afectuosos ojos á su hija, y le habló así:
—Por lo mucho que te quiero, voy á enterarte de un asunto que interesa mucho á tu porvenir y á tu felicidad. Si se tratara de una jovenzuela de esas que no poseen tu buen juicio ni tu rectitud, seguramente el camino que debía seguirse sería distinto; pero tú no eres como las demás, y yo tomo la senda más breve. Creo, hija mía, que ha llegado la ocasión de que te cases.
Gloria se quedó absorta; quiso hablar, y no se le ocurrió nada digno de ser dicho en tan crítica ocasión y ante la majestad imponente de D. Juan, en quien veía entonces juntas las dos personas de su padre y de su tío.
—Sí—prosiguió Lantigua.—Lo que en otra clase de personas es cuestión difícil, aquí es problema facilísimo, y puede resolverse con honra y contento de todos. Una joven que no ha entretenido su edad florida en noviazgos indecentes, ni con necios amoríos de balcón ó de tertulia, es el tesoro más preciado de una honesta familia. Esa joven eres tú. Tu carácter bondadoso, dócil, tu educación cristiana y hábitos humildes, tus pensamientos, que si alguna vez han sido soberbios, después se han sometido al yugo de la autoridad, me mueven á hablarte de este modo, seguro de que tus ideas se acordarán con las mías y tu sentir con mi sentir.
La señorita quiso de nuevo hablar algo, aunque fuera para dar su asentimiento; pero nada de lo que vino á su mente le pareció digno de la gravedad del caso, por cuya razón hubo de callarse.
—¡Qué seria te has puesto!—dijo el padre;—y también pálida. Así me gusta. Una muchacha casquivana y ligera habría sonreído y soltado por la boca mil palabras torpes ó fútiles; pero tú comprendes que el asunto de que trato es una piadosa unión por toda la vida, un Sacramento instituído por Dios, el paso más difícil y más delicado de la existencia, y sólo la idea de avanzar el pié para darlo debe suspender el ánimo de la mujer cristiana.
Después de sonreir, prosiguió así: