Gloria (primera parte)

Part 13

Chapter 134,027 wordsPublic domain

Daniel besó el anillo con gran respeto, y descubriéndose, dijo:

—¿No esperaba Su Ilustrísima verme otra vez en Ficóbriga?

—No, seguramente. Ayer recibió mi hermano una carta en que usted le anunciaba su viaje.

—Pues Dios no ha querido que me vaya hoy.

—Cuidado: no hay que echar la culpa de todo á Dios—dijo el prelado gravemente.—Dios lo habrá permitido; pero no lo habrá querido.

—Con perdón de Usía Ilustrísima—afirmó Morton,—pienso que lo ha querido. Yo estaba en el muelle de X... junto á mi equipaje, esperando el bote que me había de conducir á bordo del vapor, cuando sentí que una mano muy pesada me tocaba al hombro; volvíme y ví á Caifás, Sr. D. Angel, con el semblante más angustiado que puede imaginarse.

—Ya, ya voy comprendiendo.

—Caifás se puso de rodillas delante de mí y me dijo: «Señor, en Ficóbriga aseguran que he robado, en Ficóbriga dicen que el dinero que tengo no es mío. El juez me amenaza y todos piden que Caifás el feo, Caifás el malo, Caifás el idiota vaya á la cárcel. Yo, quebrantando mi palabra, he dicho que usted me sacó de la miseria; pero nadie cree al humilde, y D. Juan Amarillo, soberbio entre los soberbios, clama contra mí...» En resumen, señor obispo, he tenido que detener mi viaje para sacar á ese hombre de tan mal paso, pues si así no lo hiciera, la limosna que le dí y que nada vale en verdad, se trocaría en vilipendio suyo, sumergiéndolo en la miseria.

—¡Buen pensamiento y excelente acción!—dijo el prelado seriamente.—Ella es tal, que se le puede permitir á usted el paso de este puente, que de otro modo le estaría vedado. Adelante, pues, y no se me detenga usted en Ficóbriga.

Despidióle bondadosamente, aunque con sequedad, y Morton siguió su camino hacia Ficóbriga, mientras D. Angel no paraba en el del Soto; pero á cada diez pasos volvía la cabeza para ver qué dirección tomaba el hamburgués. Vióle marchar hacia la Cortiguera, donde vivía Caifás, y con esto Lantigua sintió calmarse la zozobra que empezó á alborotar su espíritu.

Cuando el obispo estuvo cerca del Soto, toda la servidumbre y deudos del cura, con las amas á la cabeza y doña Saturnina al frente de éstas, á la manera de tambor mayor, salieron á recibirle y besarle el anillo, de lo que resultó no poca confusión. Y al mismo tiempo le aclamaban con gritos y decían: «Viva la gloria de Ficóbriga.»

Hasta que el venerable no atravesó la portalada de la huerta, no cesaron las importunidades de la plebe.

—Aún están aquí los restos del festín—dijo el prelado viendo la desordenada mesa.—Ha sido buena idea ponerla al aire, porque hace un calor sofocante.

—Pues me parece que no pasará la tarde sin llover, señores—dijo el cura husmeando el horizonte.—¿No quiere Su Ilustrísima tomar el chocolate?

Al punto trajeron los cangilones, y don Angel se sentó en un banquillo rústico. Rodeáronle todos, menos Sedeño y Rafael del Horro, que se apartaron para leer un suelto de periódico.

—Sr. D. Silvestre—dijo el prelado cuando empezó á tomar chocolate.—¿Lloverá esta tarde?

—Me temo que sí. Está la atmósfera muy cargada. Tendremos vendabal, y fuerte. Así se puso el tiempo el día que naufragó el _Plantagenet_. ¡Qué día, señores, qué día!

—Fué tremendo—dijo Su Ilustrísima.—¿A quién creen ustedes que acabo de encontrar ahora al pasar el puente de Judas?... ¿No lo adivinan ustedes? Pues al mismo D. Daniel Morton en persona.

—¿Iba á Ficóbriga?—preguntó con mucho interés D. Juan Amarillo.

—Allá iba... Parece que él fué quien le dió á Caifás...

—Quien no te conoce que te compre—dijo el usurero ficobrigense, guiñando el ojo.—No creo en tales limosnas, aunque ese extranjero debe de ser hombre muy adinerado...

—Entonces bien podía hacer una limosna...

—Precisamente lo que no creo es la limosna; lo que no creo es una generosidad de esa especie. Aquí no somos bobos, Sr. Morton; aquí en España no nos mamamos el dedo y sabemos conocer á los pillos.

—Amigo D. Juan—manifestó Su Ilustrísima devolviendo el pocillo de chocolate,—Jesucristo dijo: «No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados...»

Y variando de tono y de asunto, añadió:

—Es una gloria esta huerta de D. Silvestre. Aquí todo prospera, y el trabajo y esmero del cultivo son frutos de bendición. ¡Ojalá sucediera lo mismo en toda nuestra España, y tras de cada siembra de sanos consejos y exhortaciones viniese una cosecha de buena conducta! ¡Qué manzanos, qué perales, qué melocotoneros!

Don Silvestre vió llegado el momento de saborear uno de los más dulces placeres de su regalona vida, enseñar su huerta. Levantóse el prelado, y Romero fué delante mostrando las hermosas castas de perales alineados en espaldera los unos, sustentados otros por alambres gordos, y todos ellos frondosísimos y cuajados de peras. Las había bergamotas, duquesas, amantecadas, pardas de invierno y de otros muchos linajes exóticos. El cura hacía fijar la atención en los ramilletes de frutas verdes aún, y las tomaba en la mano para mostrarlas, diciendo:—¿Pero ven ustedes qué peras? En toda la provincia no hay nada que se les pueda comparar. Mientras esto sucedía, D. Juan Amarillo había llevado aparte á don Juan de Lantigua para hablarle de un negocio importante.

—No nos alejemos mucho—le dijo el literato y jurisconsulto,—porque me parece que va á llover esta tarde.

XXXV

Los juicios de Dios, abismo grande.

Morton detuvo su caballo en la Cortiguera y Sildo le dijo:

—Padre vendrá en seguida. Ha ido á rezar á la Iglesia.

No tardó en aparecer Caifás.

—Aquí me tienes—le dijo Morton.—Llévame á donde quieras; pero despacha pronto, porque he de volverme á X... antes de anochecer. ¿Dónde está ese juez que no cree que los hombres tengan dinero si no es robándolo?

—Si vuecencia me quisiera acompañar á casa del escribano D. Gil Barrabás, hermano de D. Bartolomé Barrabás, y firmarme un papel diciendo que me hace donación de los diez y ocho mil reales...

—Anda delante y guía á casa de Barrabás.

—¡Oh, señor, cómo podré pagarle á vuecencia tantas bondades!...

—Que Sildo me tenga el caballo y lo cuide aquí mientras volvemos. Esto no durará mucho.

Media hora después Morton volvió con Caifás á la Cortiguera; pero uno y otro miraron á todos lados. ¡Oh sorpresa de las sorpresas! Ni Sildo ni el caballo estaban allí.

Y sucedió que Sildo, al tener las riendas del generoso animal, sintió en su alma un vivísimo impulso de caballero, es decir, que deseó montarle. En los doce años de su edad, el pobre chico no había oprimido los lomos de ningún caballo.

—¡Si yo me montara en él—dijo,—y diera dos pasos de aquí á los Cinco Mandamientos, cómo se reirían mis hermanos!

La vanidad se amparó de su alma. La serpiente dijo en su oído palabras tentadoras y Sildo oyó claramente: «Sube en el caballo del bien y del mal, y montarás como el Sr. Morton, y como él serás gallardo y hermoso.»

Es difícil detenerse en la pendiente de los goces. Sildo fué de los Cinco Mandamientos á la ladera del Rebenque, y del Rebenque atravesó todo el prado de la Pesqueruela, y después un poco más allá y siempre más allá. Cuando quiso detener el caballo no pudo, y éste emprendió á correr, no pareciendo dispuesto á parar en media provincia. Celinina y Paco indicaron que Sildo había corrido hacia la Pesqueruela. Marcharon allá á toda prisa Morton y Caifás; pero no vieron nada. Bajaron á la playa por el pinar; mas el ginete no parecía por ninguna parte, y las noticias que adquirían de los transeuntes eran contradictorias. Desesperado estaba Daniel por aquel accidente, y más desde que le pareció ver en el cielo síntomas de mal tiempo. Caifás se encomendaba á todos los Santos y rezaba Padre-Nuestros á San Antonio. Por último, discurrieron buscar cada uno por un lado y reunirse en la Cortiguera. Separáronse, pues, en el pinar.

Pero Morton, cansado al fin de buscar en vano su caballo, decidió volverse á pié. Por no atravesar el centro de Ficóbriga, dió un gran rodeo, pasando por detrás de la Abadía. Al llegar al callejón que da entrada por Oriente al atrio de ella, sintió gemir los viejos goznes de la puerta. Miró y vió salir á la señorita de Lantigua. En presencia de una visión sobrenatural, Daniel no hubiera experimentado tan vivo sacudimiento en todo su sér. El primer impulso fué correr tras ella; pero se contuvo y en uno de los huecos del carcomido muro se incrustó como estátua. Gloria tomaba el camino de su casa. Pasó como los pensamientos placenteros que al modo de relámpagos cruzan la mente en horas de tristeza.

Morton la vió desaparecer en la revuelta de una calle é instintivamente salió de su escondite para correr tras ella.

—¡Que esté condenado á no verla más!...—pensó.—¡Ni una vez siquiera!...

La siguió á mucha distancia, deteniéndose cuando estaba demasiado cerca, adelantándose cuando se quedaba muy lejos. Por fin, cuando Gloria entró en el jardín de su casa, Morton dijo para sí:

—Todo acabó. Ahora me marcharé.

Pero antes de decidirse á partir estuvo media hora sentado sobre una piedra en cierta calleja que por un lado salía á la plazoleta, y por otro á las pendientes que bajaban al mar.

Pesada y tibia gota de agua, cayendo sobre su mano, le sacó de su abstracción. Mirando al cielo, vió una nube amarilla con intensos cambiantes grises, y pudo observar el aire sofocante. Sopló formidable viento que hizo remolinos de polvo, y empezaron á caer gruesas gotas que manchaban el suelo con redondeles negros, como si llovieran piezas de dos cuartos. Buscando donde guarecerse, salió Daniel de la calleja, penetró en otra, y al fin pudo hallar una gran teja vana, bajo la cual se abrigó perfectamente.

Entonces descargó una lluvia tremenda, espantosa, diluvio que parecía inundar la tierra y desleír á Ficóbriga.

—Así llovía sobre el pobre _Plantagenet_ el día del naufragio—pensó Morton.—¡Pobre de mí! Las tempestades me trajeron y las tempestades me llevan. ¿Quién puede penetrar los designios del Señor?

Después, mirando al cielo que se descuajaba en rayos y se vaciaba en chorros de agua, dijo así:

—«Viéronte las aguas, ¡oh Dios! viéronte las aguas, y temieron y temblaron los abismos... Las nubes echaron inundaciones de agua, tronaron los cielos y discurrieron tus rayos... Anduvo en derredor el sonido de tus truenos, los relámpagos alumbraron el mundo, estremecióse y tembló la tierra... En la mar fué tu camino, y tus sendas en las muchas aguas, y tus pisadas no fueron conocidas[B].»

[B] Salmo LXXXI, 17, 18, 19, 20.

La tempestad acabó de obscurecer la tarde que ya tocaba á su fin. Morton miró á la casa de Lantigua, que frente á él estaba por el costado de Oeste, y vió luz en las habitaciones altas.

—Ya están ahí todos los de la casa—pensó.—Gloria, con sus encantos que la igualan á los ángeles, alegra las horas de los dos ancianos... ¡Oh, Dios mío, qué felices son!

Pasó algún tiempo más. Las calles eran ríos. Los tejados vaciaban agua, cual si sobre ellos se rompiesen las compuertas de un estanque; la lluvia azotaba con sus mil látigos las paredes; corría la gente despavorida. Por fin, después de media hora de diluvio, pareció que se había concluído el agua de los cielos. Adelgazaron los chorros. La nube de verano pasaba, y la Naturaleza tendía á serenarse con la rapidéz del que se ha encolerizado por broma.

—Me parece que podré seguir—pensó Morton.—Pero ¡cómo habrán quedado esos caminos!... Está escrito que no naufrague yo una vez sola en Ficóbriga.

Esto pensaba, cuando sintió gritos y voces en la plazoleta y también dentro del jardín de Lantigua. Mucha gente se reunía allí. Daniel acudió tranquilamente primero, y á toda prisa cuando sintió entre las distintas voces de alarma la voz de Gloria.

—¿Qué ocurre?—preguntó al primero que encontró en la plazoleta.

—Que con la mucha agua, el puente de Judas se ha roto, y la señorita Gloria está asustada porque el Sr. D. Juan y el señor obispo no han vuelto todavía del Soto.

Morton halló abierta la puerta de la verja y entró. Lo primero que vieron sus ojos fué á Gloria, que atravesaba el jardín, envuelta en un mantón encarnado. En su cara y en sus pestañas brillaban algunas gotas de la escasa lluvia que aún caía. El frío y el espanto la hacían temblar, cubriendo de palidéz su hermoso rostro.

—¡Daniel!—exclamó sobrecogida,—¿qué buscas aquí?...

Y corrió hacia la casa. Morton la siguió.

—¡Jesús crucificado!—añadió Gloria:—¿no sabes... no sabe usted lo que pasa? La lluvia ha destruído el puente de Judas. Mi padre y mi tío deben de haber salido ya del Soto... Yo no puedo vivir en esta incertidumbre... Corro allá.

Volvió á salir.

—Si no se puede pasar—dijo uno.

—Se puede pasar—afirmó otro.—Francisquín, el del cura, acaba de venir del Soto. Hay un tramo medio roto; pero agarrándose bien, se puede pasar.

—¿Decís que ha venido Francisquín?—preguntó Gloria con viva ansiedad.

—Sí, señorita: ahí está con un recado del señor.

—¡Francisquín, Francisquín!—gritó Gloria desde la verja.

Un muchacho pequeño y colorado, húmedo todo desde la cabeza hasta los piés, como una deidad de los ríos, penetró en el jardín.

—¿Y mi padre, y mi tío?—preguntó la señorita.

—No tienen novedad; pero no pueden pasar para acá en coche, y á pié con mucho trabajo. La crecida es grande.

—¿Te dieron algún recado para mí?

—Sí, señorita; que esté usted sin cuidado, que todos los señores se quedarán en el Soto esta noche y vendrán mañana, subiendo hasta Villamojada para coger el puente de San Mateo, aunque yo creo que mejor se podrá pasar en lanchas.

—¡Gracias á Dios!—dijo Gloria.—Ya estoy tranquila.

Entonces fijó los ojos en Daniel Morton. Desvanecidos sus temores, su espíritu se ocupó por entero de aquella aparición.

—Adiós—dijo el extranjero.—Puesto que de nada sirvo aquí...

Gloria se detuvo un instante turbada y confusa.

—Adiós—repitió.—¿No estabas ya en camino de Inglaterra? ¿Ha naufragado otra vez el vapor? ¡Jesús! ¡Vienes siempre con las tempestades!... ¿Por qué estás aquí?... ¿Cómo estás otra vez aquí?... Daniel, por Dios, ¿qué es esto?

Curiosidad muy viva se marcó en su semblante, juntamente con claras señales del amor que la dominaba y que no se había extinguido.

—Hazme el favor de darme la mano—dijo el extranjero.

Los criados que estaban presentes se alejaron uno tras otro.

—Pero yo quiero saber por qué estás aquí y no en camino de Inglaterra. No pensé verte más... ¿Por qué has vuelto?... Pero no quiero saberlo... no quiero saber nada.

—Dios ha querido que te vea esta noche. Dame la mano.

—Tómala, y adiós.

Morton le besó ardientemente la mano.

—Pero adiós de veras.

—De veras—repitió Daniel.

—¿Dónde está tu caballo?—dijo Gloria.

—Lo he perdido...

—¡Perdido! Entonces...

—Me voy á pié.

—¿Por dónde, si no hay puente?

Morton pensó con profunda seriedad en aquella singular ruptura del puente.

—Hay mucha distancia...—dijo la señorita sondeando con sus ojos el alma de su amigo.

—Me quedaré en la posada de Ficóbriga.

—Es verdad. Adiós.

Morton parecía clavado en el suelo.

—Adiós. ¿Pero te retiras ya? ¡Ay! ¡Esto es espantoso! ¡Esto es inícuo!

Gloria estaba también clavada en el suelo.

—Sí, es preciso...—dijo con voz dolorida.—Este encuentro inesperado parece una cosa infernal. Amigo, vete.

—¡Me expulsas!... Eso sí que es infernal y horrible. Maldígame Dios si te obedezco—dijo Morton dando un paso hacia la casa.

—Pues yo te echo de mi casa, porque es preciso, porque Dios lo quiere así—dijo Gloria, tratando en vano de echar tierra sobre su pasión.

—¡Mentira! ¡mentira!—exclamó éste con febril ardor.—Tú no me amas, tú has hecho burla de mí, del pobre extranjero arrojado aquí por los mares y que quiere huir y no puede.

—Tú no eres ya juicioso y bueno, como la última vez que nos vimos. Amigo, si me estimas, si me amas, vete. Te lo suplico.

La pobre joven casi se ahogaba.

—¡No verte más!... Si cuando huyo, Dios me trae otra vez aquí. ¡No verte más!... ¡Me arrancaré los ojos antes que obedecerte!

—Se ve mejor con el pensamiento que con los ojos. Tú me aconsejaste que hiciéramos ambos un sacrificio, ¿por qué te opones ahora?

—Porque mi Dios me impulsa hacia tí, y me dice: «Anda y tómala, que es tuya y lo será por los siglos de los siglos.»

—¿Quién es tu Dios?

—El tuyo. No hay más que uno.

Gloria sintió que á borbotones manaba de su alma la sensibilidad. No pudo contenerla.

—Morton, amigo de mi alma—dijo con pasión,—te suplico que te vayas. Vete, si quieres quedarte en mi corazón.

—¡No quiero, no quiero!

Lo dijo con tanta fuerza, que causaba miedo.

Gloria sintió circular en derredor de sus sienes un remolino ardiente que cegaba las claras facultades de su espíritu, como el vértice de caliginosos vapores que obscurecen la luz del sol.

—Amigo, si quieres que te quiera más que á mi vida—dijo medio trastornada,—vete, y déjame en paz... ¿No crees lo que te digo? Ausente, ausente es como te quiero más.

—¡Falsedad, falsedad, falsedad!

—¡Oh, qué pequeño eres!—exclamó la joven apelando desesperada á la razón.—Esto es indigno de tí. No eres como yo creía, Daniel.

—Soy... como soy—murmuró Morton,—y no de otra manera.

—Te aborreceré.

—Aborréceme. Lo prefiero... es mil veces preferible.

—Todos los lazos están rotos—agregó con viva agitación la señorita de Lantigua.—¿Por qué no huyes de mí?

—Huí ya... pero el destino, Dios, ó no sé quién, me ha traído otra vez á tu lado.

—¡Dios, Dios!—exclamó ella con desesperación.

—No creo en la casualidad.

—Yo creo en Satanás.

Furioso viento se levantó entonces, como para secar la tierra inundada. Apenas se oyeron estas palabras de Morton.

—¡Oh, por el Dios que hizo el Cielo y la tierra! Gloria, Gloria de mi vida, ven, huye conmigo, sígueme.

—¡Jesús!—gritó la señorita de Lantigua horrorizada.

—Tú no entiendes las misteriosas voces del destino, de Dios. El Cielo y la tierra, todo me está diciendo: «es tuya...»

—Adiós, adiós—exclamó Gloria llevándose las manos á la cabeza, y huyendo hacia la casa.

—Aguarda—dijo Daniel, corriendo tras ella.

Gloria entró y quiso cerrar la puerta; pero Morton, impidiendo con enérgica mano su movimiento, entró también.

XXXVI

¡Qué horrible tiempo!

—¡Qué horrible tiempo!—refunfuñó Francisca.—¡Si parece que se va á acabar el mundo!... ¡Jesús! el viento ha apagado la luz de la escalera... ¡Cómo golpean las puertas! Roque, Roque.

A la voz de la venerable criada, que avanzaba por el fondo del pasillo bajo, Roque apareció soñoliento.

—Hombre, muévete—dijo Francisca andando casi á tientas hacia la escalera.—Jesús, María y José... ¡qué miedo! Si me parece que he visto una sombra, un bulto escurriéndose por la escalera arriba...

—Usted ve visiones, señora Francisca.

—Con verte á tí tengo bastante, mónstruo.

—Cierra la puerta del jardín. Puesto que los señores no vienen... ¡Qué horrible ventisca! Vaya, que Santiago se porta. Después de la tormenta, fuelle. Si parece que los demonios levantan en peso la casa y se la llevan por los aires... Díme, zopenco, ¿has visto subir á la señorita?

—Sí, señora, hace mucho rato.

—¡Qué has de ver tú, si dormías! ¿Estará en el comedor? No, todo á obscuras... Anda, cierra la puerta, enciende el farolillo y vamos á registrar la casa.

—¿A registrar?

—Sí; no estoy tranquila. Me pareció que ví... ¡San Antonio bendito!...

—Algún alma del otro mundo.

—Ea, cierra, sube y calla.

Callados subieron ambos después de cerrar.

—¡Ah!—dijo la dueña al llegar al pasillo alto,—la señorita está ya encerrada en su cuarto. Veo claridad por la ventanilla alta.

Y acercándose á la puerta del cuarto de Gloria, gritó:

—Buenas noches, señorita.

En seguida dieron un paseo por la casa, pero no hallaron á nadie.

El viento seguía, daba vueltas alrededor de la casa, estrechándola en vorágine horrible, como si la arrancase de sus poderosos cimientos para llevársela en un vuelo. Creeríase que toda Ficóbriga, con su Abadía en medio y su torre como un mástil, corría llevada por el huracán, del mismo modo que corre un mísero barco sin timón. Los árboles del jardín flotaban cual desmelenadas cabelleras, sacudiéndose, y las rachas de lluvia rasguñaban los cristales como uñas. Cuando el viento calmaba su furia loca, seguía llorando en el techo con lastimero y penetrante gemido que se apagaba y avivaba, recorriendo toda la escala, cual un monólogo de aflicción, con imprecaciones y suspiros.

Después volvía á soplar con rabia; las ramas, en su rozar vertiginoso, se azotaban unas á otras, y parecía que entre aquel torbellino difundido por la inmensidad de los cielos, se estaba oyendo el rumor de las destrozadas alas de un ángel que caía arrojado del Paraíso.

XXXVII

Al fin se supo.

Gloria sintió frío en el cuerpo y en el alma. Volvía lentamente á la normalidad de su espíritu. Cuando dirigió la primer mirada á su conciencia, se horrorizó. Todo era negro y espantoso. Cuando trajo á la memoria su familia, su nombre, creyóse abandonada de Dios y de los hombres.

—¡Daniel, Daniel! ¿Dónde estás?—exclamó cerrando los ojos y alargando la mano como si pidiera socorro.

Morton la estrechó en sus brazos.

—Aquí—dijo,—á tu lado, del cual no me separaré jamás.

—¡Qué locuras dices! Debes huir; pero por Dios, no me dejes ahora. Yo muero.

—Ahora—afirmó Daniel con energía,—nadie, nadie me arrancará de tu lado.

—Mi padre...—murmuró ella.

—No me importa.

—Mi religión...

El extranjero calló, hundiendo la cabeza sobre el pecho.

—¡Daniel, Daniel!—clamó la joven llena de congoja.—¿Qué tienes?

Morton no contestaba. Gloria puso su mano en la barba de él, tratando de obligarle á alzar la cabeza.

—Has pronunciado la palabra terrible; ya no me acordaba de ella—murmuró el extranjero.—Has helado la sangre en mis venas, has hecho saltar mi corazón como si hubieras dado sobre él un latigazo.

—¿Por qué te espantas así?—dijo la de Lantigua espantándose también.—Daniel, amigo de mi alma, no aumentes el abismo que nos separa; al contrario, tratemos de llenarlo.

—¿Cómo?

—Hagamos un esfuerzo: reunamos nuestras creencias en una sola; reconciliemos nuestras conciencias. ¿No han concordado ya en el pecado? Pues hagámoslas una en el bien, en la verdad. Daniel, examinemos bien lo que nos separa, y se verá que la distancia entre los dos no puede ser grande.

—Ante el que hizo los cielos y la tierra, no; pero ante los hombres es inmensa...

—¡Dios mío!—exclamó Gloria bañado el rostro en lágrimas.—¿No habrá para nosotros misericordia?

—Querido amor mío, esposa—dijo Morton abrazándola con efusión;—ha llegado el momento de que todo sea verdad entre nosotros.

—Y de que miremos cara á cara este problema cruel.

—Sí, sí.

—Nuestro remordimiento sale terrible y amenazador del fondo de nuestra alma—dijo Gloria,—y nos grita: «Ya estáis unidos para siempre.»

—Para siempre—murmuró él.

—La separación es imposible.

—¡Imposible!... Pero la hora de la verdad ha llegado.

—¡Oh! Daniel, Daniel—exclamó la de Lantigua, sintiendo en su alma violentísima irrupción de sentimiento religioso;—amigo de mi vida, compañero de mi alma, esposo mío, arrodillémonos delante de esa imagen de Nuestro Señor Jesucristo y hagamos voto solemne de disponer esta noche misma nuestra reconciliación religiosa, haciendo todos los sacrificios posibles, tanto tú como yo. Hijos somos ambos de Jesucristo: volvamos á El los ojos... Daniel, Daniel, ¿por qué huyes de mí?

Gloria, arrodillándose delante de la imagen, tiró del brazo de Morton para que hiciera lo mismo. Daniel dejó caer la cabeza sobre el pecho. Nunca su rostro había estado más hermoso ni más patético. Pálido y grave, sus ojos azules se abatían con sombría tristeza, y vistas de perfil la elegante línea de su naríz y de su frente, y la graciosa barba puntiaguda, su semejanza con el semblante mortal del Salvador del mundo era perfecta.

—¿Por qué no me miras?—preguntó Gloria llena de desconsuelo.

—No puedo más—gritó Morton con súbito arranque.—Gloria, yo no soy cristiano.

—¿Qué dices? ¡Daniel, por Dios y la Virgen!

—Es preciso decírtelo al fin—añadió el extranjero con voz trémula,—y te lo diré. Gloria: yo no soy cristiano; soy judío.

—¡Jesús! ¡Padre y Redentor mío!