Gloria (primera parte)

Part 12

Chapter 124,027 wordsPublic domain

El abogado, el seglar, se expresaba así, con el tono de la autoridad irrecusable, mientras el sacerdote, el pastor callaba, aceptando su papel de pasiva bondad. El uno tenía la idea, el otro el prestigio exterior; el uno la iniciativa, el otro las bendiciones.

Durante largo rato, el despacho de D. Juan fué un hervidero de planes, de noticias, de amenazas, de religiosidades mezcladas con mundanos ímpetus. Al fin, D. Angel y Rafael pasaron á la sala, donde Gloria recibió á éste. El distinguido joven se empeñó con cierta fatuidad en llevar la conversación al punto para él interesantísimo de su reciente triunfo; pero Gloria, que derramaba su resplandor en las cumbres del espíritu, estaba demasiado alta para deslumbrarse con la débil luz de un fósforo.

Oyéndoles, D. Angel sentía en su alma profunda pena, sabedor, como era, de dos sucesos igualmente deplorables: el desaire que había hecho la pícara á las gracias y perfecciones del soldado de Cristo, y su detestable afecto á un extranjero impío; pero respetando los designios de Dios, bajaba sus párpados orando para sí, y enlazaba los dedos de ambas manos; rozando una con otra la yema de los pulgares.

—Dios lo ha dispuesto así—pensó.

Romero bajó también á saludar á la señorita de la casa.

—Una queja tengo de usted, señor cura—le dijo Gloria, después que le oyó alabarse de sus recientes hazañas.

—¿Cuál, querida niña? ¿Una queja de mí?

—Que mandara usted arrojar de la sacristía al pobre Caifás. ¿No es un dolor...?

—¡Ah, tunante, borracho! Pero no debe quejarse; pues según me han dicho, está hecho un potentado.

—¡Ah, sí!...—murmuró Gloria turbándose.

—Al entrar en Ficóbriga, supe que Mundideo ha pagado todas sus deudas y desempeñado toda su ropa... Vamos, que está rico.

—Mi sobrina y yo—dijo Su Ilustrísima sonriendo,—le dimos algún socorro, pero no era para tanto. Si no se ha repetido el milagro de la multiplicación de los panes...

—Para milagros estamos—añadió el cura.—Aquí no ha habido sino latrocinio. ¡Oh! es mucho pájaro aquel Caifás.

—¡Señor cura, por Dios!—exclamó Gloria con indignación.

—Qué, ¿me equivoco? ¿Pues de dónde saca Caifás tanto dinero?

—Se lo habrá dado alguien.

—¡Oh, sí!... eso dice él. ¿Pues no tiene la poca vergüenza de decir que Daniel Morton se lo dió?

—Y será verdad.

—Yo no lo creo. D. Juan Amarillo, que entiende mucho de estas cosas, me ha dicho que está alarmadísimo... Ha contado su dinero; está seguro de que no le falta nada... sin embargo, no puede desechar cierto recelo...

—Sí—dijo D. Juan, que á la sazón entró.—En todo Ficóbriga no se habla más que de las riquezas de Caifás. Parece que me está componiendo la casa. Vamos, yo no salgo mal.

—Mi opinión—afirmó el cura,—es que no debe levantarse mano hasta averiguar lo que hay en esto. Ya el Juzgado está decidido á intervenir.

—¿Por qué? es una iniquidad—afirmó Gloria con ardor.—Esto no debe consentirse... y no lo consentiremos.

—Ya está mi hija en su elemento—repuso Lantigua,—es decir, ocupándose excesivamente y con gran furor de una frívola cosa, que nada le interesa.

—Me ocupo de salvar de la calumnia á un inocente.

—¿Y cómo sabes tú que es inocente? Vamos á ver... Lo mejor es no hacerte caso y dejarte con tu tema... Con que, señores, vámonos á comer. Hoy es día de alegría.

El cura les detuvo antes de pasar al comedor, y solemnemente habló así:

—Señores, señores...

—¿Tenemos discurso?—preguntó D. Juan viendo que, después del vocativo, el buen párroco alzaba el brazo derecho en la actitud más ciceroniana.

—Señores: espero que mañana todos los presentes, empezando por Su Ilustrísima el reverendo obispo de *** y acabando por nuestro insigne y valeroso diputado Sr. del Horro, me honrarán aceptando mi mesa y una hidalga reunión en mi finca del Soto de Briján. De esta manera sencilla, y por medio de una frugal comida, pienso que celebremos nuestra victoria, sin ruído, sin mundano estrépito, sin pompa, sin jactancia, como se reunían los primitivos cristianos en aquellos piadosos banquetes...

Don Juan vió que el cura iba tomando un tonillo de sermón harto enojoso en hora de grande apetito, y dijo así:

—Aceptado, aceptado. Mas por ahora, vamos á lo que está más cerca. A la mesa, señores.

Bien pronto estuvieron todos reunidos en la mesa de D. Juan, que era suculenta á pesar de ser de vigilia por marcar el Almanaque el 24 de Julio.

—¿Con que aceptan ustedes?—preguntó Romero.

—¡Comilonas!—dijo Su Ilustrísima.—Por mi parte, doy las gracias al señor cura.

—Si Usía Ilustrísima no gusta de este festejo—dijo Romero con sumisión,—renunciamos á él.

—No, hijos míos, ¿por qué? Celébrese el banquete, que ya supongo ha de ser frugal y decoroso. Pero no asistiré; primero, porque no gusto de festines; segundo, porque celebran ustedes con él un acto político, y yo huyo de los actos políticos.

—Siento en el alma que Su Ilustrísima no nos acompañe—dijo el cura.—¿Acaso vamos á celebrar una orgía? El salmista ha dicho: «Banqueteen los justos.» _Et justi epulentur._

—_Et justi epulentur et exultent in conspectu Dei_—añadió vivamente el prelado.—«Y regocíjense en la presencia de Dios.» No violentemos los sagrados textos, señor cura, ni sostengamos que el inspirado David nos recomienda la glotonería.

—¡Oh! Ilustrísimo Señor—exclamó el párroco,—lo que Usía diga esa será mi ley.

—Pues digo que celebren ustedes su banquete profano; pero que no me inviten á él, porque no voy. Por lo tanto, luégo que hayan ustedes comido, alargaré mi paseo hasta allá. No es muy lejos.

—No hay más que bajar á la ría, pasar el puente de Judas, subir los prados de D. Juan Amarillo, y en seguida se llega al Soto.

—Ya, ya sé el camino.

Entró un criado con una carta para don Juan. Este la abrió, y después de recorrerla con la vista, dijo:

—Es de Daniel Morton. Me escribe anunciando que se embarca mañana por la mañana, y se despide de todos.

Don Angel miró con disimulo á su sobrina. Fuerte, animosa, heróica, Gloria recibió el golpe sin dar á conocer las grandes sacudidas de su alma angustiada. Sólo D. Angel, sabedor del caso, creyó distinguir una extraña neblina en el rostro de la joven. D. Juan la miró también. Quizás se hubiera entablado conversación sobre Daniel Morton; pero entró el Sr. de Amarillo, y que quieras que no, tuvo que sentarse á la mesa y tomar un bocado, aunque con prisa, porque el juez le estaba esperando para ver qué resolución se tomaba en el negocio de Caifás. D. Juan de Lantigua, á quien consultó, dijo de este modo su opinión:

—No veo razón alguna para molestar á Mundideo, mientras que no se le pruebe que ese dinero ha sido mal adquirido.

—Es que se le probará.

—¿Le falta á usted algo en su caja?

—No, señor; pero el dinero no sale de la tierra como la hierba. Caifás ha robado á alguien. Propongo que todos los vecinos de Ficóbriga recuenten sus fondos, y mientras tanto que José Mundideo sea puesto á la sombra.

—Pero la ley...

—¿Qué ley, ni ley?...

—Sr. D. Juan—dijo el cura,—¿quiere usted venir á comer mañana á mi casa del Soto?

—Ya sé que han ganado ustedes las elecciones. ¡Bien por el ejército de Cristo!—exclamó Amarillo con entusiasmo.

Y levantándose al instante con una copa de vino en la mano, añadió:

—Propongo un bríndis, señores. Brindo por Su Ilustrísima D. Angel de Lantigua, el glorioso hijo de Ficóbriga, el apóstol más ferviente del apostolado español, el modelo de virtudes, de quien todos debemos tomar ejemplo, el varón piadoso, el justo...

—Por Dios, por Dios—dijo Su Ilustrísima tapándose los oídos y todo confundido y turbado.—Basta de incienso, D. Juan, basta, basta. El mejor bríndis que usted puede dirigirme y el único que le agradeceré, es no molestar al pobre Caifás.

Todos los presentes besaron el anillo al prelado, y cuando éste se retiró, tomaron café.

XXXIII

Agape.

El día de Santiago había feria en Ficóbriga, es decir, venta de ganado en la pradera, un novillo corrido en la plaza, diversos puestos de frutas y pastas, vino y licores, algo de teatros, bailes del país, y por la noche gran función de fuegos artificiales. Pero el principal festejo del día debía de ser el banquete con que D. Silvestre Romero, espléndido en todas sus cosas, obsequiaba á sus amigos en el Soto de Briján.

Desde muy temprano, innumerables servidores no daban paz á las manos ni á los piés, apercibiéndolo todo con arreglo á las instrucciones del buen párroco, tan perito en estas materias. Llegaban las provisiones en repletos carros del país, cuyas ruedas sin engrasar gemían al subir la cuesta en cuyo alto término estaba la finca.

Era admirable la diligencia que ponía en tan grande faena la señora Saturnina, á quien podremos llamar archiama, por ser como gobernante de las dos ó tres amas y demás servidumbre del opulento cura. Puede decirse que la excelente mujer no durmió en la noche del 24, porque toda ella se la pasó de claro en claro, ora batiendo huevos, que por centenares fueron vaciados en un desaforado artesón; ora desplumando aves, que al anochecer perecieron en horrorosa hecatombe.

Pero la gran bataola fué por la mañana, cuando, encendida la cocina, dió principio el fuego á su gran obra, y las cacerolas empezaron á murmurar, y el humo y los espesos vapores olorosos, llenando parte de la casa, salían al campo como nuncios benditos de la gran hartazga que se preparaba. Doña Saturnina y cuantas le ayudaban no tenían manos para tomar quién los papelillos de las especias, quién la nuez moscada ó el limón ó la canela; y espumando guisados, ó albardando fritos, ó batiendo ensaladas, ó templando sopas, parecían traer en sus manos el sustento de un ejército.

A hora conveniente, dos jayanes pusieron sobre la mesa del comedor un mediano monte de pan, mientras no lejos de allí se preparaban la vajilla y la mantelería. Cestas ventrudas parían dulces á montones, obra de hábiles monjas; y de un barrigudísimo tonel iban sacando el rico vino añejo de Rioja, el cual, después de hacer buches y remolinos en un embudo de latón amoratado por el uso, se colaba dentro de las botellas, sonándolas como bocinas. Doña Saturnina no olvidaba ninguna de las operaciones, poniendo sus ojos en todo para que nada se retrasase, y hasta dispuso ella misma los ramos de flores que se habían de colocar en la mesa, los palillos, el aguamanil y otras menudencias y accesorios de una buena comida.

Medio día era por filo cuando los convidados salieron de Ficóbriga, con un sol que aun en aquellas frescas tierras abrasaba. Delante venían en el coche de Lantigua, D. Juan, el cura y Rafael. Seguían luégo en otro coche D. Juan Amarillo con el teniente cura y dos beneficiados de las cercanías, y después, en un _breck_, los demás convidados, que eran amigos venidos para tal solemnidad de la capital de la provincia. Total: once bocas.

Sentados los comensales, bendijo D. Silvestre la comida, y comenzó el _stridor dentum_.

Había tenido doña Saturnina la felíz idea de poner la mesa fuera de la casa, en medio de la frondosa huerta, y á la sombra de dos ó tres álamos, que con sus ramas la cubrían toda, dejando tan sólo penetrar algunos rayos de sol que caían aquí y acullá, como si hubieran sido salpimentados con luz los manteles. Aquí brillaba un melocotón, allí el cuello de una botella, más allá un salero, más lejos la calva de D. Juan Amarillo.

En cuanto á la parte principal del banquete, que era la comida, todos los elogios que de ella se hagan serán pálidos ante la realidad de su abundancia y el exquisito sabor de toda ella, si bien era más rica que fina, algo á la pata la llana, demasiado suculenta, comida española de esa que más parece hecha para atarugar rústicos cuerpos que para deleitar delicados paladares.

Viérais allí la sopa de arróz calduda, que bastaba por sí sola á dejar ahito al más hambriento, y después los pollos con tomate, precediendo á las magras, también entomatadas, para hacer lugar á los finísimos pescados cantábricos en picantes escabeches ó nadando en ricas salsas. Entre ellos venían las bermejas langostas, mostrando la carne como nieve dentro de la destrozada armadura roja, y los sabrosos percebes, como patas de cabra; y luégo volvía el imperio de la carne representado en piezas adobadas del animal que mira al suelo, siguiendo á esto chuletas con forro de fritura y otras viandas riquísimas y olorosas, acompañadas por delante y por detrás de aceitunas, pepinillos, rajas de queso flamenco ó del país, anchoas y demás aperitivos, sin que faltaran unos calabacines rellenos, en los cuales no se sabía qué admirar más, si el especioso sabor del alma ó la dulzura del cuerpo, y también gran copia de colorados pimientos, que como llamas de fuego iban de boca en boca.

¿Y qué diremos de los vinos, algunos de ellos de las mejores estirpes andaluzas? ¿qué de los dulces y platos de leche, que bastarían para hartar á todos los golosos de la cristiandad? Por último, el generoso olor del tabaco habano se dejó sentir, y una azulada nube flotó sobre la mesa, envolviendo el grupo de convidados en sensual atmósfera.

El anfitrión D. Silvestre Romero (la moda nos obliga á darle aquel nombre) había comido bien; D. Juan no había hecho más que probar los platos, Rafael del Horro estuvo muy parco y D. Juan Amarillo devoraba. Los demás no desairaron á D. Silvestre. Este se desvivía porque todos comieran mucho, y no tenía consuelo al ver que no se atracaban como él, y á cada instante les excitaba echándoles en cara su desgana y presentándoles los platos para que repitiesen.

Fué digno de notarse un incidente de la comida, por la semejanza que ofrecía con casi todos los banquetes políticos que se celebran en Madrid. Rafael del Horro propuso que el ramillete puesto en el centro de la mesa se enviase á la señorita de Lantigua.

Cuando fumaban, D. Silvestre creyó que debía tomar la palabra, y lo peor fué que la tomó.

—Queridos hermanos y amigos míos—dijo:—nos ha reunido aquí la celebración de un triunfo. Porque ha sido un triunfo grande, inmenso, que nos ha de conducir á una victoria aún mayor, á la victoria de la verdad sobre el error, de la virtud sobre el vicio, de Dios sobre Satanás.

—Muy bien—repuso D. Juan Amarillo abriendo los diminutos ojos que había cerrado poco después de la última copa.

—Hemos combatido como buenos—añadió el cura, que gustaba de emplear, hasta en los sermones, símiles guerreros,—y seguiremos combatiendo. En los libros santos se ha dicho: «Y tú Jehová, Dios de los ejércitos, no hayas misericordia de los que se rebelan con iniquidad... Acábalos con furor, acábalos y no sean; y sepan que Dios domina en Jacob hasta los confines de la tierra.» Y en otro pasaje: «Fuego irá delante de él y abrasará en redor sus enemigos.» Nuestra obligación es, pues, combatir, ya que las cosas han llegado al extremo de tener que emplear sus infames armas. ¡Oh! señores, si yo tuviera la elocuencia y la erudición de mi ilustre amigo el gran católico D. Juan de Lantigua, os diría á qué extremos llegan la impiedad y osadía de los revolucionarios, y el aprieto en que quieren poner á los hombres religiosos y píos; si yo tuviera, repito...

Don Silvestre se atragantó ligeramente. Todos le oían con serenidad; en los labios de D. Juan vagaba una sonrisilla que parecía decir:

—Más vale que te calles, pedazo de alcornoque.

—Pero, en fin, no las tengo—añadió el cura atleta,—no tengo ni esa erudición pasmosa, ni esa elocuencia arrebatadora; y así es bien que le ceda la palabra...

—¡Oh! si el Sr. D. Juan nos concediera oir su palabra...—dijo Amarillo cabeceando.

Lantigua se puso la mano en el pecho y tosió.

—Señores, no puedo—dijo con humildad.—Rafael, hable usted, que lo hará mejor que yo.

Del Horro se excusó con frases de modestia; pero al fin, no pudiendo resistir á la sugestión de todos los convidados, que á un tiempo le apretaban para que hablase, se levantó, limpió las gafas, se las puso, y arqueando las cejas, habló de este modo:

—Señores, ninguna voz más desautorizada que la mía para dirigiros la palabra. Joven, sin experiencia, sin conocimientos, me falta autoridad. Válganme por las prendas de que carezco, mi acendrada fe, mi sincero amor al catolicismo, los esfuerzos que he hecho en mi limitada esfera para conseguir el triunfo práctico de la Iglesia, de esa amorosísima madre nuestra, por quien vivimos, por quien alentamos, por quien respiramos. Dios ha querido que el más indigno de sus soldados, el más pequeño de sus servidores alcance hoy un triunfo material en las contiendas que han establecido los inícuos. El me dé fortaleza para defenderle, El dé fuerza á mi labio, energía á mi corazón, vigor á mi espíritu. _Estote ergo fortes in bello._ «Sed fuertes en la guerra.»

»Inmensa, asquerosa, pestilente lepra cubre el cuerpo social. El llamado _espíritu moderno_, dragón de cien deformes cabezas, lucha por derribar el estandarte de la cruz. ¿Lo permitiremos? De ninguna manera. ¿Qué valen algunos centenares de inícuos depravados contra la mayoría de una Nación católica? Porque no sólo somos los mejores, sino que somos los más. Alcemos en esta Cruzada el glorioso estandarte, y digamos: «Atrás, impíos, malvados sectarios de Satanás, que contra el reino de Nuestro Señor Jesucristo no prevalecerán las puertas del Infierno.» Y luégo, volviendo mi humilde rostro hacia el Oriente, distingo una venerable y hermosa figura. Al verla llénase mi corazón de intensísima congoja y las lágrimas acuden á mis ojos, considerando el aflictivo estado en que los perversos tienen al que es antorcha esplendorosísima que ilumina el mundo. Lleno de admiración y respeto, exclamo: «Grande eres, ¡oh Pedro! no sólo por tus bondades, sino por tus martirios. También de tí se puede decir que rasgaron tus vestiduras y sobre ellas echaron suertes. ¡Ay de los impíos que después de despojarte te han encarcelado! Ya les arreglarán los demonios en el Infierno. En tanto, ¡oh Pastor Santo! yo te saludo con lágrimas en los ojos, yo canto un _hosanna_ amorosísimo en tu presencia, y te pido la bendición para que se redoblen mis fuerzas, se enardezca mi espíritu y no desmaye en la gran contienda que se prepara.»

Terminado el discurso del valeroso joven, recibió apretados abrazos de todos los concurrentes, y entonces D. Juan de Lantigua, sin dejar su asiento, y con gran atención y religioso silencio de todos, dijo lo siguiente:

—¿Me atreveré, queridos amigos y hermanos míos, á haceros presente que para esta lucha á que la impiedad y malvada desvergüenza de los revolucionarios nos llama, no bastan, no, la finura y temple de las armas, ni el denuedo de los brazos varoniles? La mejor arma es la oración y el más terrible baluarte las virtudes y el buen ejemplo. Seamos buenos, píos, caritativos, fervientes católicos, y tendremos asegurada la mitad del triunfo. Tengo el sentimiento de declarar, porque así lo reconozco, que el espíritu religioso está muy enflaquecido entre nosotros. Se habla mucho de batallar y poco del amor de Dios. _Inter vos dormiunt multi_, «entre vosotros duermen muchos.» Es preciso que todos despierten, porque la tempestad está encima; es preciso que despierte, no sólo la carne, sino el espíritu. ¿No habéis conocido que entre nosotros cunde desparramada la herejía? ¿No véis que hasta los más fuertes han caído? ¿No véis que el racionalismo y el ateísmo han robado muchas almas al seno de Dios? ¿No véis que disminuye cada día el número de los fervorosos católicos y aumenta el de los indiferentes? Hé aquí un mal demasiado grave para conjurarlo fácilmente. Yo os digo: no sólo es preciso batallar, sino predicar; no sólo ha llegado la hora de la pelea, sino del ejemplo santo. Abnegación, paciencia, martirio. Hé aquí tres palabras mágicas que superan en eficacia á los más cortantes aceros.

—Muy bien, muy bien. ¡Viva el Sr. Lantigua!—exclamó D. Juan Amarillo sin poderse contener.

—Aborrezco las exclamaciones y detesto las apoteosis de hombres. No se debe enaltecer más que á Dios; no se debe glorificar sino á Aquel que _era_, como dice David, _antes que nacieran los montes y desde el siglo y hasta el siglo_. Continuando, pues, mis observaciones, diré que los males que he indicado y esta general corrupción y ponzoña provienen de los maleficios extranjeros que han dañado nuestro cuerpo. Gozaba España desde edades remotas el inestimable beneficio de poseer la única fe verdadera, sin mezcla de otra creencia alguna ni de sectas bastardas. Pero los tiempos y la maldad de los hombres han traído un poder civil que, por obedecer á los malvados de fuera, ha dejado sin amparo á la Iglesia, cuando el deber de la potestad civil, como dijo San Félix, es _dejar á la Iglesia católica que haga uso de sus leyes, no permitiendo que nadie se oponga á su libertad_.

»¿Qué sucede, pues? Que el error ha fundado mil cátedras en nuestro suelo. Espantáos, católicos: según los enemigos de Dios, la preciosísima unidad de nuestra fe es un mal, y para remediarlo, piden que se abra la puerta á los cultos idólatras, á los errores de la Reforma, á los desvaríos del racionalismo, semejantes á despropósitos de hombres borrachos. Ved aquí por qué corren las más asquerosas doctrinas, como arroyos de inmundicia, cuando, desatadas las cataratas del cielo, rompen las aguas el dique de los muladares, y el fango de los campos es arrastrado entre materias putrefactas y miserables cuerpos muertos.

»No, y mil veces no. O España dejará de ser España, ó su suelo se ha de limpiar de esta podredumbre, y en su claro cielo volverá á brillar único y esplendoroso el sol de la fe católica. Yo de mí sé decir que esta idea puede en mi espíritu más que todas las ideas, más que todas las afecciones, más que la vida y que cuanto existe. Por ver realizada esta idea y extirpado el cáncer que empieza á devorarnos, diera mil veces cuanto poseo, la paz de mi familia, mi familia misma, mi persona miserable. Tengo el ardor de los verdaderos creyentes, señores, y mi fe no está en los labios, sino en lo profundo del alma.

»Si no lucháis por tan grandioso fin, más vale que no luchéis; si no trabajáis con todas las fuerzas del espíritu, con la oración, con el ejemplo, con la caridad, más vale que os arrinconéis, cual mujeres, dejando á otra generación más varonil la santa empresa.»

No dijo más porque estaba fatigado, y en verdad había dicho bastante. Todas sus palabras fueron de oro, según la expresión de don Juan Amarillo. Las felicitaciones no podían ser más delirantes. Reinaba gran entusiasmo en la reunión, y quizás, quizás se hubiera atrevido á tomar la palabra el cura, si Rafael, mirando al camino, no viese á Su Ilustrísima D. Angel de Lantigua, que lentamente se acercaba. Entonces dijo con lengua y expresión místicas:

—Hé aquí que se acerca el que viene en nombre del Señor.

Y todos salieron á recibirle.

XXXIV

En el puente de Judas.

Mientras una docena de láicos arreglaban así, después de comer bien, los asuntos de la Iglesia católica, D. Angel de Lantigua, separándose de su sobrina, á quien dejó rezando en la Abadía, marchaba por el camino real en dirección al puente de Judas, con objeto de visitar á los comensales del Soto. Acompañábanle á un lado y otro su secretario y el paje, y seguíanle varios cojos, tullidos y toda la pobretería del camino, anhelantes de que les echase bendiciones, pues algunos las estimaban en más que las limosnas que recibían.

El santo varón, con el alma gozosa como de costumbre, iba departiendo afablemente con sus dos adláteres, cuando al entrar en el puente de Judas (cuya fábrica de palo era en extremo frágil) notó que éste se estremecía bajo sus piés. Mas no tardó en hallar la razón de la sacudida, porque por la otra cabeza del puente acababa de entrar un hombre á caballo. Galopaba.

—¡Eh! caballero—le gritó el guarda.—Está mandado que por aquí se vaya al paso.

El ginete era Daniel Morton. Luégo que vió á Su Ilustrísima, observando al mismo tiempo la estrechura del puente, semejante en esto al que tienen los mahometanos para entrar en el paraíso, detúvose y echó pié á tierra.

—¡Ah! ¡Sr. Morton!...—exclamó D. Angel con estupor, sintiendo que de improviso se desvanecía el gozo de su alma.